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EL AGUJERO   8 comments

Leí aquella historia en Slam, debió ser como a comienzos del presente siglo. John Thompson (el mítico John Thompson de toda la vida, el sumo hacedor de pívots como Ewing, Mourning o Mutombo) andaba ya jubilado tras su larga etapa en Georgetown; en cambio su hijo John Thompson III empezaba a labrarse una dura carrera como entrenador, aún no en los Hoyas sino en la más modesta (si bien no con menos tradición baloncestística) Universidad de Princeton. Cuentan que el hijo por aquel entonces andaba un tanto desazonado, razón por la cual decidió recurrir a la sabiduría de su amado progenitor:JThompson papá, creo que tengo equipo para aspirar al trono de la Ivy League, tengo buenos bases y aleros, buenos pasadores, tiradores y defensores, tengo casi todo pero me falta sólo un pequeño detalle: no tengo pívot, ninguno. Dime papá, qué puedo hacer, qué sistemas puedo implementar, qué estrategias puedo llevar a cabo, qué solución hay… La lacónica respuesta de su padre quizá no fue la que él esperaba, pero desde luego que el consejo no dejó lugar a dudas: consigue un pívot. Sin más.

No ha pasado mucho tiempo, apenas década y media (ayer, como quien dice), y sin embargo parece como si estuviéramos hablando de la prehistoria. Hoy ya nadie va a John Thompson a decirle coach, no tengo pívot, qué puedo hacer, hoy más bien irán a otros (pongan aquí el nombre que quieran) a preguntarles exactamente lo contrario, coach, tengo un pívot, un tío enorme y con muy buenos fundamentos pero que no abandona jamás las proximidades del aro, por favor coach, dígame qué puedo hacer, dígame cómo me las apaño para sacarlo de ahí… Y probablemente la respuesta de alguno no sería menos lacónica que la del Coach Thompson, si bien en un sentido diametralmente opuesto: no lo pongas, déjalo en el banquillo. Asunto resuelto.

Cómo hemos cambiado. Nos enseñaron que quien tiene un pívot tiene un tesoro, nos repitieron que los equipos se construyen desde el centro, a partir del cinco, a partir de Russell, Chamberlain, Abdul-Jabbar, Ewing, Robinson, Olajuwon, O’Neal. No por casualidad los Blazers escogieron a Bowie antes que a Jordan en el famoso draft de 1984, acaso una de las decisiones más justamente denostadas de la historia pero que en el baloncesto de aquellos tiempos (de casi todos los tiempos) tenía todo el sentido del mundo: escoltas anotadores hay muchos, en cambio los cénters dominantes se pueden contar con los dedos de una mano,top5 pillémonos al mejor que haya disponible y construyamos a partir de ahí. Sabían lo que querían, otra cosa ya es que se equivocaran de medio a medio en su evaluación del talento (y la salud) de cada jugador. Pero en aquel entonces las cosas eran así.

Y no hace tanto que seguían siendo así, no hace tanto (diez años, para ser exactos) que esos mismos Blazers escogían a Oden por encima de Durant, otra vez la cagaron (otra vez la salud, también) pero esa no es la cuestión. La cuestión es que hace una década aún se prefería la carne interior a la exterior (aún por larga que ésta fuera), aún quien tenía un pívot tenía un tesoro, aún algún comentarista encontraba una carencia en algún juego interior y te decía despectivamente que esto es lo que en USA llaman equipo donut, porque tiene un agujero en el centro. Hoy ese agujero se ha hecho más y más grande, se ha institucionalizado pero eso sí, como queda feo llamarlo agujero preferimos llamarlo spacing que queda mucho más bonito, dónde va a parar. Spacing, nada nuevo bajo el sol, ya el añorado Manel Comas en sus comentarios televisivos solía a menudo decir que el baloncesto es un juego de espacios, cosa obvia por otra parte; lo novedoso en todo caso sería la manera de utilizarlos. En ese sentido el actual spacing vendría a ser (simplifico deliberadamente el tema) algo así como la capacidad de abrir los ataques para que se abran también las defensas, sacándolas de su hábitat natural de los alrededores de la zona para generar grandes espacios (valga la redundancia) por los que penetrar. Me dirán que la definición me ha quedado un poco pedestre y que el spacing es mucho más que eso (afortunadamente) pero qué le voy a hacer, no soy técnico sino un mero aficionado, es lo que hay, no doy mucho más de sí.

No hace mucho leía que hoy el baloncesto básicamente consiste en un tío que la sube, otro que le bloquea y los otros tres que esperan al otro lado de la raya del triple a ver si les llega el balón. Sentencia simplista donde las haya, pero que si me apuran la podemos hacer aún más simple todavía: antes el que bloqueaba continuaba casi siempre hacia adentro, hoy continúa cada vez más hacia afuera, hoy se lleva mucho más el pop que el roll. Es curioso, no hace tanto que (algunos) despotricábamos del cuatro abierto pensando que acaso fuera una moda pasajera, y ahora en cambio ya hemos entrado de lleno en la moda del cinco abierto. Y porque no hay más.

Les contaré otra historia reciente (será breve, no huyan) de baloncesto universitario, que ya saben que me pierde. Hace un par de años los Hoosiers de Indiana tenían un equipo sin prácticamente ningún jugador interior, razón por la cual su técnico Tom Crean implementó sabiamente un sistema que generaba un montón de espacios para así aprovechar las cualidades de sus incisivos jugadores exteriores. En cambio al año siguiente llegó por fin el pívot que necesitaban, Thomas Bryant:Crean físicamente imponente, técnicamente bien dotado y psíquicamente muy mal amueblado (pero eso no viene al caso). ¿Creerán entonces que Tom Crean adaptó sus sistemas ante el novedoso hecho de contar por fin con un cénter dominante (rara avis, tanto más en NCAA) en sus filas? Pues no, más bien sucedió todo lo contrario, más bien fue Bryant quien se tuvo que adaptar a jugar mucho más fuera que dentro durante sus dos temporadas en Bloomington. Indiana era un equipo muy divertido de ver como casi cualquiera que practica el (mal llamado) small ball, pero que me lo pasara en grande viéndolo no significa que no me doliera el desperdicio (en mi opinión, habrá quien piense todo lo contrario) de esa ausencia interior. Esta pasada primavera Thomas Bryant se presentó al draft (fue escogido en el puesto 42 por los Lakers, que en el pecado llevarán la penitencia), y seguro que no serán pocos los que crean que el haber jugado por fuera le va a venir de perlas de cara a su carrera profesional. Pero yo más bien veo a un jugador sumamente desorientado (ya les dije que su coco tampoco ayuda) que a estas alturas ya ni sabe lo que es, que ya no es ni chicha ni limoná (signifique eso lo que signifique). Y este es sólo un ejemplo, el primero que se me ha venido a la cabeza. Podría ponerlos a miles, y (obviamente) no sólo de NCAA.

Lo llaman small ball y no lo es. No nos equivoquemos, no es una cuestión de tamaño sino de lo que se sepa hacer con él. Los centímetros, así de alto como de ancho (es decir, de envergadura), siguen valiendo su peso en oro, cuantos más mejor… siempre y cuando no te inmovilicen, siempre y cuando no te aten a la zona ni te pongan a jugar de espaldas. Hoy se cotiza la velocidad a campo abierto, la versatilidad para defender indistintamente a interiores y exteriores, el desplazamiento lateral, el primer paso para atacar de fuera a dentro, la muñeca. Sobre todo la muñeca, cuanto más lejos mejor. Hoy ya no te piden shaquilles ni olajuwones sino clones de aquel adelantado a su tiempo que fue Kevin Garnett. Hoy apenas quedan cincos, casi no hay ni cuatros, aquellos que llamamos cincos o cuatros abiertos en realidad no son más que especímenes más desarrollados y evolucionados del tres.

¿Exagero? Probablemente, pero aún así les agradeceré que echen conmigo una ojeada a alguno de los pívots más reputados del momento. Pongamos por ejemplo al gran Karlito, Karl-Anthony Towns: unos fundamentos técnicos depuradísimos, unas condiciones atléticas sobresalientes, un talento innato… que sin embargo no sería el jugador que es (y no digamos el que va a ser) si no hubiera hecho del triple parte esencial e indispensable de su juego.embiid O pongamos Joel Embiid, que nos enamoró en la Universidad de Kansas (y aún antes, en el McDonald’s All American) gracias a un juego de pies de espaldas al aro como no habíamos visto (casi) desde Olajuwon, pero que hoy (es decir, en lo poco que hemos podido verle tras su eterna lesión) tira ya triples como si no hubiera trabajado en otra cosa durante los largos meses que pasó en el dique seco. O pongamos sin ir más lejos a nuestro Marc Gasol, el cénter por antonomasia, acaso el cinco más cinco que podamos encontrar hoy en día en el mercado… y que sin embargo (a la fuerza ahorcan) también ha incorporado recientemente el triple a su ya de por sí selecto repertorio. Y no hablemos ya de Ibaka: ¿recuerdan cuando pontificábamos que Scariolo siempre preferiría para la selección a Mirotic porque le privaban los cuatros abiertos? Así es y así va a seguir siendo, pero ese argumento hace ya tiempo que se nos quedó obsoleto: hoy Ibaka en ataque es ya casi tan cuatro abierto como Mirotic. Que ya es decir.

Pero el problema (si es que es un problema) no son los triples, ojalá fuera tan simple como eso. Me dirán que pívots que tiraron triples siempre hubo, y muy probablemente me traerán a colación al gran Arvydas. Por supuesto que sí, Sabonis tiraba de fuera con inusitado acierto del mismo modo que pasaba el balón como los propios ángeles, fruto todo ello de su formación como base antes de pegar el estirón. Pero ello no le impedía desenvolverse como pez en el agua por la zona, mirar el juego de espaldas al aro o restregarse contra sus rivales cuando fuera menester. Su tiro exterior era UN recurso (para momentos muy puntuales), no EL recurso. Me dirán que como Marc, exactamente lo mismo, pero permítanme que establezca una sutil diferenciación: Sabonis lo llevaba de serie, Marc lo ha tenido que implementar, casi como una mera cuestión de supervivencia profesional.

Insisto, el problema NO son los triples, el problema es que de tanto tirar triples nos acabemos olvidando de casi todo lo demás. Soy casi prehistórico (y prehistérico), crecí en un tiempo en el que sólo se televisaban los partidos de Copa de Europa del Madrid o lo que es casi lo mismo, crecí viendo lanzar ganchos a Clifford Luyk. Gancho de Luyk, decía el Héctor Quiroga de turno, y a mí que era un crío que aún no sabía nada de baloncesto (tampoco es que ahora sepa mucho más) aquel me parecía un tiro casi indefendible: si te lo lanzan así como de medio lado, desde más arriba de la coronilla y con la mano más alejada del aro, pues a ver cómo paras eso.nba_jabbarhooks_800 Luego vimos mundo, descubrimos el skyhook de Jabbar y hasta el baby hook de Magic, conocimos incluso a un pívot eminentemente defensivo llamado Dikembe Mutombo que en ataque vivía casi exclusivamente del gancho porque era casi lo único que sabía hacer. Y ya. Recuerdo unas declaraciones que le leí hace quince o veinte años a un mítico pívot ex céltico llamado Dave Cowens, en aquel entonces entrenador de los Warriors, en las que se lamentaba precisamente de eso, de que un recurso tan efectivo como el gancho se encontrara prácticamente en peligro de extinción. Hoy ya no es que esté en peligro de extinción, hoy ya es que cuando vemos (si es que alguna vez lo vemos) a un pívot hacer un gancho casi nos entran ganas de abalanzarnos sobre la pista o la pantalla del televisor a darle un beso en los morros. Y ello aunque sea del equipo rival.

Casi hemos perdido el gancho y no tardará en llegar el día en que perdamos también el juego de pies de espaldas al aro. Pívot como su propio nombre indica viene de pivote, de pivotar, casi la esencia misma de este juego. A algunos aún se nos caen las lágrimas al recordar la maravillosa plasticidad de Hakeem Olajuwon, aquel a quien Montes llamaba (y muy pocos apodos habrá más descriptivos) el Bailarín de Claqué del Cotton Club. Pura poesía en movimiento. Hoy (poco más de dos décadas después) esos movimientos son casi pieza de museo, recuerdos de un pasado que nunca más ha de volver que decía la copla. Hoy son patrimonio casi exclusivo de gasoles y demás veteranos formados casi en las postrimerías del pasado siglo, por eso cuando en la universidad se nos apareció el antes mencionado Embiid haciendo olajuwonadas a diestro y siniestro algunos románticos de esto pensamos que quién sabe, tal vez no estuviera todo perdido, quizás aún hubiera esperanza. Esperemos que sus rodillas y sus técnicos no nos la quiten.

Tampoco hace falta irnos tan lejos, miremos por ejemplo el caso de Germán Gabriel. Su entrenador en aquellos maravillosos Juniors de Oro de Lisboa, Charly Sainz de Aja, lo definía en aquel entonces como el mejor, y créanme que lo era (junto con Navarro y Raül López, si bien por motivos radicalmente diferentes): unos fundamentos incomparables, un juego de pies casi impagable en un chaval que aún no había cumplido los diecinueve. El futuro era suyo, pero cuando se convirtió en presente resultó que éste tenía otros planes. O que los tenían sus entrenadores, más bien.gabriel Como tantas otras veces repararon mucho más en sus carencias que en sus virtudes, y a partir de ahí o bien no le dieron bola (no fueron pocos) o bien intentaron convertirlo en lo que no era. Y lo consiguieron, claro. Si quería sobrevivir en esta jungla tendría que ejercer de cuatro abierto, un cuatro abierto full time al que parecía habérsele prohibido pisar la pintura como si ésta produjera urticaria. Germán salía, metía sus triples, volvía al banquillo, volvía a salir, volvía a meter sus triples y así sucesivamente, de repente convertido en mero especialista, nada que ver con aquel otro Germán Gabriel que algunos habíamos conocido y que nunca acabábamos de echar de menos. Sólo en las postrimerías de su carrera, liberado por fin de ataduras (y con un físico mucho mejor trabajado, también), el Germán del pasado y el del presente volvieron a darse la mano para devolvernos por fin al jugador total, el que te mataba desde el triple pero te podía masacrar también con un reverso o un pivote inverosímil sobre la zona. Y no fueron pocos los que se creyeron la película al contrario, fíjate, cómo ha trabajado, a su buena mano ha añadido también un magnífico juego de pies… Y una leche. Añadió (antes) la mano, los pies siempre estuvieron. Aunque no se los dejaran enseñar.

En cualquier caso en Europa el agujero aún no es tan grande como en USA, justo será reconocerlo. En Europa aún paladeamos talentos interiores como los de Bourousis o Dubljevic, (cito simplemente los dos primeros que se me vienen a la cabeza), dos tíos old school… que sí, que también tiran (y meten) triples cuando se tercia, pero exactamente eso, sólo cuando se tercia, sólo cuando lo exige el guión. Su juego es de espaldas, de espaldas te ganan partidos y emeuvepés y hasta campeonatos. Como te los gana también otra estirpe de pívots, tíos como Ayón o Udoh que apenas salen de la zona, si acaso lo justo para que no les piten tres segundos. Sí, claro, me dirán que en USA también hay de esos (el propio Udoh, en breve), en USA hay de todo pero otra cosa ya es la importancia que se tenga o la trascendencia que se le dé. En Europa un pívot dominante aún puede ser (suele ser, de hecho) jugador franquicia, en USA aún podrá serlo siempre y cuando sepa hacer otras cosas, si no ni de coña. Un peón de rotación o un mero complemento, alguien que se faje ahí dentro y ponga buenos bloqueos a mayor gloria del tirador.

No resulta difícil imaginar que así serán las cosas también en Europa, más tarde o más temprano. Afortunadamente aquí aún no parecen haber llegado (pero se les espera) las famosas estadísticas avanzadas, ésas según las cuales (vuelvo a simplificar deliberadamente el tema) sólo saldrían a cuenta las bandejas y los triples,epv-chart-features por razones obvias: con las bandejas (quien dice bandejas dice también mates, canastas desde debajo o desde encima mismo del aro, escoja usted la versión que prefiera) minimizas el riesgo (perogrullada); con los triples maximizas el resultado ya que cada acierto te proporciona un cincuenta por ciento más de rédito al obtener tres puntos en vez de dos (perogrullada aún mayor si cabe). De acuerdo con esta teoría estarían llamados a desaparecer los tiros comprendidos en un rango de (pongamos) tres a seis metros del aro, por razones que hasta un ceporro estadístico como yo podría llegar a entender: suponen un riesgo similar al del triple, total para sacar el mismo rendimiento (dos puntos) que si tiraras una bandeja; ergo no compensa. Bajo estos parámetros no es ya que te sobren muchos hombres grandes, ya es que hasta un tío como Nikos Gallis lo tendría francamente difícil para sobrevivir en el baloncesto de hoy.

Así que ya saben: movilidad, flexibilidad, versatilidad, buena mano y buenos alimentos, y el tronco quitémonoslo cuanto antes de ahí para que no estorbe. Algunos crecimos creyendo en el sacrosanto principio del equilibrio, la versión baloncestera de aquella famosa manta corta futbolera: ya saben, si te tapas la cabeza te destapas los pies y viceversa. En fútbol se plantea en términos de ataque/defensa pero en baloncesto iría más en el sentido de juego interior/juego exterior: si sobrecargas el uno en detrimento del otro te haces previsible, facilitas la tarea a las defensas, necesitas amenazar desde dentro y desde fuera, cuanto más mejor. Creímos en eso, aún seguimos creyendo, vuelvo a recuperar a Manel Comas cuando en sus comentarios televisivos decía que en ataque al menos uno de cada tres pases ha de ser interior. Dentro-fuera, mover las defensas, hacerlas bascular, llevarlas de un lado al otro, generar ventajas para posibilitar buenas opciones de tiro, eso también es spacing. Y del mejor.

Y no digamos ya si tienes un cénter que sepa pasar, que abra el balón cuando se le cierran, que encuentre al hombre abierto incluso mejor que sus propios bases, que sea capaz incluso de distribuir desde el poste alto cual si de un director de juego encubierto se tratara.john-pinone Podría acordarme de muchos (Sabonis, forever) pero déjenme que tire de colores y me traiga a John Pinone. Un Pinone que hace pocos meses anduvo por aquí y no disimuló en absoluto su contrariedad al ver que su ex equipo del alma se había convertido en lo que tantos otros del otro lado (su lado) del charco, otra máquina de tirar triples sin a diestro y siniestro (muchos de ellos sin ton ni son) como si no hubiera un mañana, como si el baloncesto no pudiera/debiera ser también algo más (mucho más) que eso. Vivimos la dictadura del triple, seguramente harás muy bien en entregarte a ella si entrenas a los Warriors pero si entrenas al Minglanilla (un poner) cabe la posibilidad de que no dispongas de los mejores tiradores sobre la faz de la tierra, ante lo cual quizá necesites un plan B. Un plan B que en realidad no será tal plan B sino el plan A de toda la vida de dios: dársela al grande, si puede que la meta, si no puede que la saque (la pelota, no desparramemos), a partir de ahí empezar a generar. Aunque ya no se lleve.

No me gustaría que vieran esto como el típico arrebato del Abuelo Cebolleta, (pongan voz cascada) el baloncesto ya no es lo que era, los partidos ya no son como antes, cosas así. En absoluto. Quien me conoce sabe que soy un firme creyente en la filosofía de que cualquier tiempo pasado fue ANTERIOR, lo cual no significa necesariamente que fuera mejor. Me gusta el baloncesto bien jugado, lo juegue quien lo juegue (y como lo juegue), venga de donde venga. Disfruto con los Warriors, cómo no habría de disfrutar con un equipo que mueve el balón a esa velocidad y que cuenta además con Curry o Durant en sus filas. Pero disfruto también (y aún más si cabe) con los Spurs. No me preocupa tanto hacia dónde va el baloncesto como lo que nos estamos dejando de lado por el camino: una forma de entender el juego en la que los fundamentos eran aún más importantes que el atleticismo, en la que los partidos eran aún algo más que concursos de triples, en la que los pívots puros no eran aún rémoras sino perros grandes a los que alimentar. No nos dejen también sin eso, por favor. Espero que no sea demasiado tarde.

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WIGGINS, EMBIID, KANSAS   2 comments

Unos llevan la fama y otros cardan la lana, que decía mi abuela (supongo que además de mi abuela lo diría más gente pero yo por si acaso lo aclaro, no fuera a ser sólo suya la frase). La fama la lleva la Universidad de Kentucky, habitual paraíso del caliparismo o lo que viene siendo lo mismo, de los novatos de usar y tirar (también llamados one and done). Pero la lana también la cardan otros además de la propia Kentucky. La carda por ejemplo la no menos prestigiosa Universidad de Kansas, Jayhawks para los amigos, que este año cuenta en su rotación con la friolera de seis freshmen de los que dos no es ya que sean candidatos al one and done sino que son candidatos incluso a entrar en el Top5 del próximo draft. Y hasta puede que me esté quedando corto, habrá que ver cómo evolucionan los acontecimientos en los próximos meses pero créanme que a día de hoy no sería descabellado que ambos fueran nada menos que las elecciones 1 y 2 del susodicho draft. Paso a presentárselos (aunque sospecho que a estas alturas ya les conocerán de sobra): a ambos dos, y de paso al resto de Jayhawks 2013/2014.

¿Qué les cuento yo a estas alturas de Andrew Wiggins que no sepan ya? Dicen quienes miden estas cosas que desde los tiempos de un tal LeBron James no ha habido otro jugador de instituto que recibiera tanto seguimiento mediático, y aunque hayamos de recordar que también nos pusieron la cabeza mala en su día con Oden, Durant o Wall (por ejemplo), no seré yo ahora quien les lleve la contraria. Pero no estará de más contarles por si aún no lo supieran que Wiggins es canadiense de la parte de Ontario, que es hijo del ex jugador de Bulls, Rockets y Sixers Mitchell Wiggins y de la ex medallista olímpica y aún hoy recordwoman canadiense de 400 metros lisos Marita Payne, que ambos padre y madre se formaron y conocieron en la Universidad de Florida State (razón por la cual los Seminoles estuvieron hasta el último momento en la carrera por llevársele al huerto) y que además tiene dos hermanos mayores llamados Mitchell y Nick jugando también en NCAA, en la lejana Southeastern y la vecina Wichita State respectivamente. Andrew Wiggins vendría a ser un dos/tres (aquí más tres que dos, cabe esperar que en NBA será más dos que tres) de físico espectacular y talento muy por encima de la media, que no destaca tanto por su tiro (lo mejorará, sin duda) como por su agresividad de cara al aro contrario. Y que además tiene una cualidad fundamental a estos niveles, que es que no elude el choque jamás. Otros van encebollados hacia el aro, se les plantifica allí en medio el defensor y puede suceder que se lo coman con patatas (con la consiguiente falta en ataque) o bien que se paren a buscar otras opciones. Él no, el tira p’alante como si tuviera la canasta entre ceja y ceja, y como además sucede que tiene dos muelles por piernas, un tren superior importante y una portentosa velocidad y/o flexibilidad para cambiar de ritmo y/o dirección (y una consideración arbitral por encima de la media, también, es lo que tiene ser famoso) pues por lo general se las apaña para salirse con la suya y que la falta se la coma el defensor. Y si le hacen dos contra uno pues mejor que mejor (para él, se entiende), de hecho esa es quizá su principal imagen de marca, la que verán en cualquier vídeo, su innata capacidad para tirar de potencia, encontrar la ranura y meterse por el medio dejando a ambos dos defensores con un palmo de narices. Obviamente en NBA no le será tan simple, los músculos profesionales no son tan fáciles de voltear pero denle tiempo y seguro que también encontrará la manera.

Todo lo cual por supuesto está muy bien, pero yo no sería yo (ni me aguantarían lo que aguantan) si no les contara también la otra parte. Creo haberme visto ya como una docena de partidos de Kansas (no llevo la cuenta, quizás esté exagerando pero ocho o nueve desde luego que no me los quita nadie) y todavía a estas alturas no me atrevería a asegurar que Wiggins sea un ser humano. Todavía no le he visto jamás sonreír, ni celebrar, ni alegrarse, ni cabrearse, ni protestar, ni exteriorizar frustración ni mostrar ninguna clase de emoción ni hacer la más mínima mueca que me haga pensar que siente y padece, que detrás de ese impasible gesto de esfinge se esconde un jugador de carne y hueso y no un mero robot programado por ordenador. Probablemente corra sangre por sus venas pero él se esfuerza concienzudamente en disimularlo, de hecho no estaría de más que algún día le pincharan para que pudiéramos salir de dudas. Claro que ustedes me dirán (cargaditos de razón, como no podría ser de otra manera) que a ver si todo esto que les cuento tiene algo que ver con su juego. Pues no necesariamente… o eso creía yo, al menos. En sus primeros partidos pensé que esa frialdad gestual no se correspondía en absoluto con su puesta en escena sobre la cancha, que acaso fuera sólo una pose o una actitud ante la vida pero que en modo alguno repercutía en su desempeño. En cambio en estos últimos encuentros me ha dejado más dudas al respecto, véase por ejemplo el que jugó el sábado 18 de enero ante el gran Marcus Smart y sus aguerridos cómplices de Oklahoma State. Duelo en las trincheras, cuentas pendientes para dar y tomar, cuchillo entre los dientes, tanganas por doquier, uno de esos choques que (por recurrir al tópico) separan a los niños de los hombres. En semejantes circunstancias fueron muchos los que se engrandecieron para firmar un duelo formidable (que acabó llevándose al huerto Kansas por un ajustado 80-78) pero no así Wiggins que casualmente aprovecho la refriega para firmar su peor actuación de la temporada, apenas 3 puntos y 2 rebotes en 23 minutos sobre el parquet. Desaparecido en combate, nunca mejor dicho. Prefiero pensar que fuera un hecho puntual, sin más, prefiero (por ahora) pensar que toda esa frialdad sea una pose. Lo que sí es cierto es que se contagia, y quizá por eso a mí a día de hoy Wiggins me deja mucho, muchísimo más frío que sus coetáneos Jabari Parker y Julius Randle, no digamos ya su compañero Embiid…

Vi jugar por primera vez a Joel Embiid allá por la pasada primavera, durante uno de esos saraos que algunas afamadas marcas montan para que vayamos conociendo a las estrellas del mañana que aún se encuentren en edad de merecer: McDonald’s All American, Nike Hoop Summit, Jordan Brand Classic y demás eventos varios para yogurines de instituto, ya saben. Me puse a verlo (previa descarga más o menos clandestina) buscando todos esos nombres con los que nos venían bombardeando ya desde meses atrás, los Wiggins, Parker & Randle pero también otros como Aaron Gordon, Tyler Ennis, James Young, Chris Walker o los gemelos Harrison por ejemplo. De Embiid nada esperaba porque nada sabía, de hecho hasta ese momento ni le había oído nombrar siquiera. Pensé nada más verle que sería otro de tantos sietepiés africanos como brotan en estos días pero bastaron apenas un par de movimientos de espaldas al aro para descubrir que no era eso, o que no era sólo eso, que ahí había mucho más que un mero físico. Luego empezó la temporada y de entrada fue suplente, pensé como tantas otras veces que me habría venido arriba fruto de uno de mis habituales ataques de debilidad… hasta que le vi aparecer, para descubrir finalmente que no sólo no me había pasado sino que me había quedado corto. Más allá de su tamaño, más allá de su intensidad, más allá de esos brazos de grúa que le permitían taponar a diestro y siniestro todo lo habido y por haber resultaba que este tío además sabía jugar, y cómo. Te maravillaba que aún en su primer mes como universitario tuviera ya ese juego de pies, pero aún más te maravillaba cuando te contaban que la criatura apenas llevaba un par de años practicando el baloncesto, que antes sólo había jugado al fútbol o al voleibol en su Camerún natal (hecho éste que provocó el asombro del histórico a la par que histriónico analista de la ESPN Dick Vitale, sorprendido al parecer de que existiera el voleibol en Camerún). Si en tan corto espacio de tiempo había conseguido ya desarrollar tan amplia gama de movimientos, producía casi vértigo pensar hasta dónde podría llegar en cuanto progresara un poco más.

Claro está, de inmediato se dispararon del cero al infinito sus previsiones pre-draft, de inmediato rebasó a Parker, Randle, su compañero Wiggins y demás familia, de inmediato se instaló en un número 1 del que ya no habrá quien le mueva (que por mucho que nos quieran cambiar este juego la carne de cénter bueno sigue cotizándose más que cualquier otra)… y de inmediato comenzaron las odiosas comparaciones, también. Con su procedencia, su físico y sus maneras era sólo cuestión de tiempo que a alguien le diera por rebautizarle como el nuevo Olajuwon, yo no sé usted que pensará al respecto pero a mí estas cosas como que me dan mucho miedo. El cementerio (baloncestístico, entiéndase) está lleno de nuevos Jordan, nuevos Magic, nuevos Bird o nuevos Petrovic por poner sólo cuatro ejemplos, un montón de chavales a quienes desde el comienzo les colgaron ya un cartel con el que apenas pudieron durante el resto de sus carreras. Aquellos que alucinamos con el bailarín de claqué tenemos aún tan fresco ese recuerdo que si alguien viene a hablarnos del nuevo Olajuwon es como si nos diera una patada en el hígado. ¿Jugamos a las comparaciones? Miren, yo no llegué a ver a Olajuwon en su etapa universitaria (y bien que lo siento) pero sí les diré que en los años que llevo viendo NCAA sólo recuerdo otro jugador que tuviera ya en su año freshman unos movimientos de espaldas al aro similares a los de Embiid (y aún mejores, incluso), un chaval que jugaba en la Universidad de Wake Forest (pudimos verle aquí gracias a que allí jugaba también un paisano nuestro llamado Ricardo Peral y por eso nos televisaron unos cuantos partidos, si no de qué), provenía de Islas Vírgenes y se llamaba Tim Duncan, tal vez les suene. Duncan luego coincidió con David Robinson y ello le hizo evolucionar hacia la posición de cuatro, hoy bien podemos decir que es quizá el mejor cuatro de la histora pero créanme que de haberse quedado en el cinco también sería hoy uno de los mejores de la historia (y eso ya son palabras mayores). ¿Y voy a decir yo por todo ello que acaso Embiid pueda ser el nuevo Duncan? Pues no, ni loco, ni por asomo (entre otras cosas porque son muy diferentes). Joel Embiid es Joel Embiid, punto, con eso a día de hoy tiene más que suficiente. Recuérdenlo cuando dentro de veinte o treinta años emerja otro pívot de parecido origen y similares características y alguien nos lo venda como el nuevo Embiid. Al tiempo.

Joel Embiid tiene también defectos, sólo faltaría que no los tuviera a tan corta edad y con el poco tiempo que lleva en esto. Uno es obvio y se le curará con los años, la toma de decisiones, el saber cuándo es más adecuado irte por un lado o por el otro, cuándo es mejor jugártela o sacarla (la pelota), cuándo conviene irte al tapón o calmar tus ímpetus… El otro defecto me resulta mucho más preocupante, y creo que si no lo domestica le va a dar grandes quebraderos de cabeza a lo largo de su carrera: Embiid es… (¿cómo se lo diría?) de mecha corta, basta con que le acerques un poquito una cerilla para que explote sin remedio. Embiid tiene pinta de ser (mera elucubración, quizá me equivoque) demasiado noble, el típico chaval criado sin malicia ninguna en las praderas y los descampados de su Yaoundé natal y que no está acostumbrado a que nadie venga a buscarle las cosquillas. Y otra cosa no, pero a estos niveles del hipercompetitivo baloncesto USA los buscadores de cosquillas y los prendedores de cerillas están a la orden del día, me temo. Quien le busca le encuentra, basta con que se lo sepan para que buscarle deje de ser una mera circunstancia del juego y pase a convertirse en estrategia. Si está por ver que Wiggins tenga sangre en las venas resulta en cambio evidente que Embiid tiene demasiada, tal vez no les vendría mal una transfusión mutua, ese mismo duelo al sol ante los Cowboys de Oklahoma State del que antes les hablaba fue también una buena prueba al respecto. Por la posición que ocupa a Embiid le van a dar más que a una estera y no le van a pitar ni la cuarta parte de lo que le den, mejor será que se vaya haciendo a la idea por la cuenta que le tiene. Hoy al tercer mandoble que le sacuden saca el codo (y anda que tiene poco codo la criatura), eso en un baloncesto como éste en el que los codos te los miran con lupa es casi pecado mortal. En lo que llevamos de Big12 sale casi a sanción disciplinaria (técnica o flagrante) por partido, y esto no ha hecho sino comenzar. Ojalá lo controle.

Estos Jayhawks no son sólo Wiggins y Embiid, aunque demasiadas veces lo parezca. Son también otros freshmen de postín como (sobre todo) Wayne Selden Jr., poderoso escolta que en cualquier otra universidad levantaría pasiones y desataría ríos de tinta pero que aquí en cambio queda un poco ensombrecido por los dos bichos antes mencionados, cabe suponer que a partir de la próxima temporada llegará su momento siempre y cuando no se precipite y se tire en plancha al draft, que no debería pero vaya usted a saber; como freshman es también el base Frank Mason, que empezó la temporada como titular hasta que quedó claro que estaba aún más tierno que una lechuga para tan alta empresa, con tiempo y paciencia llegará a ser importante pero por ahora no pasa de brote verde que aporta energía y vitalidad desde el banquillo; como freshmen son también Conner Frankamp y Brannen Greene, eficientes escoltas de buena mano y mejor pinta (sobre todo el segundo), que aparecen aún de pascuas a ramos en la rotación pero con los que seguro que nos iremos familiarizando en años venideros.

Pero no sólo de novatos vive Kansas, no vayan a pensar, de hecho estos Jayhawks apenas serían nadie (aún a pesar de todo lo mencionado) si no fuera por el poso y la solidez que le aportan tipos como Naadir Tharpe, base junior ya consolidado como titular tras el fallido experimento Mason: no es la ilusión de mi vida como director de juego pero cumple con creces el expediente; o como el sophomore Perry Ellis, indiscutible cuatro titular y pieza fundamental por intensidad y calidad, por la cantidad de cosas que aporta y hasta por la atención que recibe y los espacios que genera para facilitar así (aún más si cabe) la eclosión de Embiid; o como la imponente pareja interior que acostumbra a dar el relevo a Ellis y Embiid, a saber, el sophomore Jamari Traylor y el sénior (transfer desde Memphis) Tarik Black, genuino tipo duro de esos que es preferible tener como amigo que como enemigo por lo que pueda pasar. Todos ellos componen el (para mi gusto) mejor equipo que haya tenido Kansas en estos últimos años, al menos desde aquel que se alzó con el título en 2008. Mejor sin duda que el que fue finalista en 2012 agarrado a los fornidos brazos de Thomas Robinson, mejor sin duda que el que hace apenas diez meses flirteó también con la Final Four sin más argumento que (el ligeramente sobrevalorado) Ben McLemore. Uno y otro equipo demostraron una vez más la probada capacidad de Bill Self para sacar petróleo de las piedras, miedo da pensar lo que pueda extraer este año de la mina de oro que tiene a su disposición. Luego pasará lo que tenga que pasar (que es bien sabido que una mala noche en marzo puede arruinarte una temporada entera) pero a día de hoy no veo a nadie con más argumentos que ellos para alzarse con el título a comienzos de abril (y cuando digo nadie quiero decir nadie, es decir, ni los invictos Arizona o Syracuse, ni Michigan State, Wisconsin, Duke, Kentucky, Florida o cualesquiera otros que usted pueda imaginar). Esperemos acontecimientos.

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

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