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NO TE SIGNIFIQUES   Leave a comment

Mira que nos lo decía una y otra vez nuestra madre, hijo, no te signifiques, no sé cuántas veces le llegué a escuchar aquella frase en aquellos extraños años del post-franquismo y la predemocracia (puede que aún estemos en esos años, de hecho). Hijo, no te signifiques, me lo decía a mí aunque mi natural timidez me impedía significarme, se lo decía sobre todo a mi hermano (menor) que era mucho más de significarse que yo. Hijo, no te signifiques, sonaba aquello como si fuera una negación de la personalidad, una negación de la persona misma, que no te vean, que no te sientan, que no sepan que existes, sé insignificante por definición. Eso mi madre, mi padre iba aún más allá, oír, ver y callar, ésa era su forma de ir por la vida, ésa fue la filosofía que nos inculcó millones de veces (no le gustaba repetir las cosas) a lo largo de nuestra infancia, oír, ver y callar, huelga decir que no le hicimos caso, huelga decir que ni siquiera yo (que era más de hacerle caso que mi hermano) le hice nunca el menor caso (de hecho ni siquiera él se hizo caso a sí mismo en algún momento de su vida; pero esa es otra historia), de habérselo hecho no estaría aquí ahora dándoles la brasa en este (ni en ningún otro) blog. En el pecado llevan la penitencia.

En fin, que supongo que no les descubro nada nuevo a estas alturas si les cuento que Pedro Martínez ha dejado de ser entrenador del Gran Canaria, como supongo que aún menos les descubriré nada nuevo si hurgo un poco en la polémica que se ha generado a su alrededor. Afirman los (ir)responsables de dicha decisión que ésta se ha tomado sólo en base a razones deportivas, y como quiera que yo soy una persona ingenua y bienpensante por definición (seguro que ya se habían dado cuenta) no puedo por menos que creérmelo, cómo no me lo habría de creer. Razones deportivas, of course, lo dicen porque puede que sea cierto y porque si no lo fuera tampoco podrían decir otra cosa, eso sería tanto como reconocer que han discriminado a un trabajador por motivos ideológicos y contra eso (que yo sepa) hay leyes, incluso en estos tiempos sigue habiéndolas aunque cada vez nos cueste más reconocerlas. Razones deportivas, por supuesto, cómo no, faltaría más, hagamos como que nos lo creemos, repasémoslas juntos, háganme el favor.

El Club Baloncesto Gran Canaria, el Granca para los amigos, ha quedado este año quinto clasificado en la ACB, así en temporada regular como en playoffs. Quinto (5º), repito, ello después ganar 22 partidos, más que en cualquier otra temporada por cierto. Algunos (no muchos) hay a quienes eso les parece poco, supongo que en base al esfuerzo económico realizado este pasado verano por la entidad: renovación de Newley o Bellas, adquisición de Oliver, Nacho Martín, Ben Hansbrough u O’Leary por ejemplo (quizá también deberían meter en ese saco la marcha de un jugador tan impagable como Toolson, pero ésa por lo general se les olvida). Supongo que también les parecerá poco por comparación a lo hecho en 2012/2013, año de gracia en que el Granca se clasificó cuarto (tras haber sido séptimo en temporada regular) y se metió además en semifinales de Copa del Rey. Todo ello muy normal claro está, tan normal es que a ellos les parezca poco como que a mí (que no soy nadie) lo hecho este año por el Granca me parezca más que suficiente, quizá porque no acostumbro a pedir la luna si sé que no me la pueden conseguir. Si ser quinto te parece poco mira al menos quiénes son los que están por delante, dos transatlánticos como Madrid y Barça, dos portaaviones como Valencia y Unicaja, cuatro equipos que en condiciones normales (repito, en condiciones normales) deben estar por delante del Granca sí o sí, el dinero es lo que tiene. Si ser quinto te parece poco echa un vistazo al parte de bajas, a la cantidad de semanas en que Martínez debió hacer encaje de bolillos ante las sucesivas lesiones de unos y otros, alguna tan devastadora como la de ese pívot del que ahora ya parece que nadie se acuerda, Xavi Rey. Si ser quinto te parece poco por comparación a lo hecho en 2012/2013 viaja un poco más atrás, tan solo un año, a aquella temporada 2011/2012 en la que el Granca hubo de esperar hasta las últimas jornadas para salvarse del descenso, sin que aquella plantilla de entonces fuera muy distinta de la que vino después. Si vamos a jugar hagámoslo con todas las cartas, por favor.

Pero con todo y con eso las razones deportivas me parecen legítimas, cómo no habrían de parecérmelo. Pongamos que los sabios rectores del Granca, en pleno uso de sus facultades mentales, hayan decidido, justo ahora que tienen nuevo pabellón y mayor previsión de abonados (y por ende de ingresos), que con este técnico han tocado techo (¿Y por qué ese techo habría de fijarlo el técnico y no el presupuesto, por ejemplo?), que este nuevo proyecto a Pedro Martínez le viene grande y por ello precisan de un nuevo entrenador que esté a la altura de las circunstancias, con dos… razones. Cuentan que andan detrás de Aíto (que si así fuera ya veremos si se deja) como podrían contarnos que andan detrás de Obradovic, Popovich, Krzyzewski o la madre que les parió, lo que les pete. Fichen a quien les plazca, probablemente acertarán porque grandes entrenadores hay unos cuantos en el mercado pero eso sí, permítanme antes que les diga una cosa: no dudo que acabarán encontrando a un técnico igual de bueno que Pedro Martínez, pero difícilmente encontrarán a un técnico mejor que Pedro Martínez. Al tiempo.

Ahora bien, Pedro Martínez, ahí donde le ven, tiene un defecto evidente: es un profesional del baloncesto, probablemente es un enamorado del baloncesto pero ello no significa que su vida entera (24 horas al día, siete días a la semana, etc) sea sólo baloncesto. A ratos (pocos) tiene también tiempo libre y hasta se cree con derecho a a utilizarlo en cosas ajenas a nuestro deporte, por dios qué atrevimiento, dónde vamos a llegar. Pedro Martínez lee, escribe, opina como si tuviera derecho a ello, como si fuera éste un país libre en el que poder opinar impunemente, sólo eso faltaba. Pedro Martínez tiene la funesta manía de pensar, es más, tiene también a veces (probablemente muchas menos veces de lo que le gustaría) la funesta manía de decir lo que piensa. Así lo hizo siempre (y alguna vez hubo en que casi le degollaron por ello), así sigue haciéndolo y así seguirá haciéndolo allá donde vaya porque hay cosas que no se pueden (ni se deben) cambiar, porque forman parte intrínseca de la personalidad de cada uno. Y si es un lugar común aquello de que los equipos son un fiel reflejo de la personalidad de sus entrenadores, probablemente ello muy pocas veces fue más cierto que con los equipos dirigidos por Pedro Martínez. Casualmente.

Hijo, no te signifiques… Nuestra sociedad pide modelos planos, tanto más en el mundo del deporte. Seres que no piensen y que si piensan no lo digan, el fútbol es así, el balón no quiso entrar, yo lo que diga el míster, no hay rival pequeño, ya no hay peritas en dulce, los partidos duran noventa minutos, hasta el rabo todo es toro, son cosas del fútbol. Oír, ver y callar (o en su defecto soltar una sarta de simplezas para que todos pensemos que cuánto mejor hubieran hecho permaneciendo callados), ese es el modelo imperante y pobre de aquel que se salga de la norma, tanto más si tu deporte no se juega con los pies. Corren malos tiempos para la lírica y la filosofía y el pensamiento y hasta el sentido común, tiempos en los que aquel que se mueve no sale en la foto (y cada vez son más los que se mueven, por eso cada vez salen peor las fotos). O no dices nada, o dices lo que quieren oír o más pronto que tarde alguien pedirá tu cabeza, sabíamos que era así en otros ámbitos, ahora ya sabemos (o sospechamos, al menos) que puede ser también así en el mundo del deporte. No te signifiques, quién me iba a decir a mí que aquella frase de mi madre volvería a retumbar de nuevo en mi cabeza, casi cuarenta años después…

Ahora bien, destrascendentalicemos (pedazo de verbo) un poco las cosas, esto tampoco es el fin del mundo, por supuesto que no. Curiosamente, al contrario de lo que suele suceder en tantos otros despidos (tantas otras no renovaciones de contrato, para ser más preciso), la situación esta vez no va a ser tan grave para el trabajador como para la empresa que le pone de patitas en la calle. Es obvio que Pedro Martínez no va a ser en ningún caso un parado de larga duración (salvo que él así lo quiera), es obvio que se lo van a rifar, cuántos quisieran estar en su pellejo. En cuanto al Granca… miren, yo a estas alturas ya no sé si esto ha sido por una cosa o por la otra o por todo lo contrario o por las dos a la vez o por ninguna o por un tema económico o por un totum revolutum o por hartazgo mutuo, no lo sé ni quiero saberlo ni creo que tenga por qué saberlo, pero sí hay algo que creo entrever y es el daño que la entidad se ha autoinfligido con esta historia: el Granca a partir de ahora podrá ganar o perder, podrá ser mejor o peor equipo pero créanme que eso a estas alturas es lo de menos, mucho más importante me parece el hecho de haber tirado por tierra de una tacada buena parte de la ilusión y la admiración generada a lo largo de todos estos años, la que les llevó a convertirse en el segundo equipo de muchísima gente (entre la que me incluyo) más allá de su Isla. Ese tesoro, mucho más valioso que cualquier victoria, casi tan valioso como cualquier título, es el que hoy han podido echar a perder. Veremos si algún día son capaces de reconquistarlo.

brotes verdes   Leave a comment

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 15 de octubre de 2013)

Granca y CAI han llegado para quedarse. Granca y CAI llegaron hace cinco meses, ganaron donde no les tocaba, subvirtieron el orden establecido, dieron el puñetazo encima de la mesa y dijeron hola buenas, aquí estamos, Granca y CAI llegaron y rompieron de un plumazo los esquemas de nuestro adocenado baloncesto patrio, acostumbrado por lo general a que tercero y cuarto fueran más o menos los de siempre para así justificar sin necesidad de más explicaciones que la Euroliga también la jugaran más o menos los de siempre.brotes-verdes Granca y CAI supusieron un maravilloso soplo de aire fresco (dos soplos, más bien) para nuestra alicaída Liga, dos brotes verdes (que éstos en verdad lo son aunque parezcan rojos o amarillos, no como esos otros que insisten en vendernos por ahí) en mitad de este páramo desolado, cada vez más yermo porque cada vez hay menos con que regarlo, también porque esos dos enormes eucaliptos plantificados allí en medio se chupan casi toda el agua e impiden que surja a su alrededor cualquier otro atisbo de vegetación. Granca y CAI surgieron sin embargo, resultó fácil la tentación de creer que fueran flor de un día pero nada más lejos de la realidad, casi medio año después ahí siguen cada vez más lozanos y frondosos, aguantando la sequía, los embates de los vientos y hasta las acometidas del temporal…

Y no será porque no les podaron (no sé si no estaré llevando la metáfora demasiado lejos), no será porque no intentaran quitarles todo lo aprovechable en cuanto se vio que podían prosperar. No había acabado casi el CAI de eliminar al Valencia Basket, no se había enfriado aún el parquet de La Fonteta y ya estaban los del Equipo Hacendado haciendo buena aquella vieja máxima, si no puedes vencer a tu enemigo únete a él, si no puedes vencer a tu enemigo intenta al menos quitarle lo mejor que tenga para que así puedas vencerle la próxima vez. La Cultura del Refuerzo, como si dijéramos. Dicho y hecho, Pablo Aguilar y Sam Van Rossom hicieron el breve trayecto Zaragoza-Valencia y de repente a orillas del Ebro se vieron de nuevo ante la necesidad de reinventarse, reinventarse relativamente porque al fin y al cabo allí seguirían los Llompart, Roll, Rudez, Stefansson o Joseph Jones, pero reinventarse de todos modos. Lo que para otros sería un grave problema, para Willy Villar es sencillamente un reto diseñado a la medida de su capacidad.

Si a alguien le quedaba alguna duda, se le debió quitar en cuanto vio aparecer por aquellas tierras a esa especie de Mister Bean con cuarenta centímetros de más llamado Giorgi Shermadini, todo un vigente campeón de Euroliga escogiendo ser cabeza de ratón (aunque hay ratones y ratones) en vez de cola de león, pasar de jugar diez minutos en un gran equipo a jugar treinta en un buen equipo como paso fundamental para relanzar (aún más) su carrera. Aun así alguno le puso pegas, ya dijo el torero que hay gente pa tó, que si no es un fino estilista, que si sus movimientos son manifiestamente mejorables, que si… Pura envidia, me temo. Shermadini podrá no resultar tan pintón como otros (como su magnífico compañero Joseph Jones, por ejemplo) pero es que tampoco lo necesita. A Shermadini se le mide en términos de eficacia, de economía de medios, para qué hacer cuatro pivotes y dieciséis reversos si con apenas un giro y un toque suave ya es capaz de sacar petróleo de las piedras. Y a ambos lados de la cancha, además. Cómo se lo explicaría: al precio que va hoy en día el kilo de cénter de calidad en el mercado europeo, ya hay que tenerlos bien cuadraos para poner pegas a un jugador así, y tanto más estando en un equipo como el CAI. Lo del sábado fue sólo el principio.

Pero es que además no vino solo, ponga usted un georgiano en su vida y a poco que se descuide tendrá dos por el mismo precio (bueno, no exactamente por el mismo precio, pero ustedes me entienden). Por si no tenías bastante con Mister Bean vas y le pones al lado al Señor Cuesta de aquí no hay quien viva (o de como demonios se llamara aquello), por otro nombre Viktor Sanikidze, un sujeto que dicen que pasó tiempo ha por Estudiantes aunque él se esforzara concienzudamente en disimularlo. Éramos más jóvenes (sobre todo él), hoy este Sanikidze tiene infinitamente menos pelo e infinitamente más baloncesto que entonces. Georgiano y georgiano, la pareja perfecta, desconfíe de parecidos y otras chorradas porque estamos ante el futuro (quizá ya presente) dúo de moda en la ACB, por separado son buenos pero juntos son capaces de fabricar baloncesto como los propios ángeles (no sé si como los Lakers o como los Clippers, pero como los ángeles al fin y al cabo), así en su selección como en su club. Nace el CAI Zaragozadze.

Si además cambias belga por belga, Van Rossom por Tabu (será por apellidos pintorescos), si además te sacas de la manga a un Pere Tomás que necesitaba ya resetearse fuera de Badalona, si además conservas casi todo lo demás (incluso Norel, que por ahí sigue aunque aún no goce de buena salud) el resultado de todo ello nos da un proyecto maravilloso, un equipo al que da gloria verlo. En Bilbao lo vieron y no parece que les diera mucha gloria, como tampoco parece que les diera mucha gloria en Vitoria ver al Granca, es lo que tienen las derrotas. Estas cosas son así, hace un par de años los equipos vascos epataban al resto de los mortales, hoy en cambio andan metidos en (relativas) penurias, mañana quién sabe. Tendrán que poner las cosas en perspectiva (es decir, tendrán que no jugar contra ellos) para apreciar en su justa medida lo que estas fantásticas criaturas de Abós y Martínez son capaces de hacer, lo que ya están haciendo. Para ver crecer los brotes verdes.

Y es que lo dicho cuatro párrafos más arriba para Willy Villar vale exactamente igual para Berdi Pérez. Aún no habían acabado de caer ante el Barça, aún no habían acabado de despedirse y desearse un buen verano y ya estaba Ryan Toolson vestido de verde Unicaja. Y el siguiente fue Spencer Nelson, más de uno contaba en la Isla con que recogiera el testigo de Jim Moran y se perpetuara de amarillo pero se ve que él tenía otros planes. ¿Problema? En absoluto. Hay seres humanos que no acostumbran a tener problemas sino soluciones, y me da que Berdi debe ser uno de ellos. Antes de traer lo bueno que haya por ahí procuremos conservar lo bueno que aún tenemos, que no es poco: Newley renovó contra todo pronóstico, como renovó Bellas tras arduo proceso que costó poco menos que un parto pero que al final (ya casi fuera de cuentas) acabó en alumbramiento feliz para todas las partes. Como siguieron también Beirán, Báez (¿acaso el jugador más infravalorado de la Liga?), el aún achacoso (aunque mientras estuvo en la selección no quisiéramos darnos cuenta) Xavi Rey y hasta la joya de la corona Edy Tavares. No estaba mal para empezar…

Pero aún había muchos agujeros que tapar. Granca se lanzó en picado a por el jugador más deseado del verano, Nacho Martín. Tenía mal pronóstico, tenía que competir contra ofertas muy superiores de equipos que tal vez le doblaran el presupuesto, tenía que jugar sus bazas. Como dijo aquél, hay cosas que el dinero no puede comprar. Hay personas (y hay edades) que priorizan la pasta y hay también personas (y edades) que están por encima de todo eso. No porque les sobre, nunca sobra, sino porque están ya en otra fase, porque son capaces de valorar aún más la calidad de vida. Entre ganar XXX en un sitio cualquiera o ganar sólo XX en mitad del paraíso, en un lugar de inmejorable clima meteorológico y social, muchos (que no miran más allá de sus narices, o más allá de su cuenta corriente) habrían elegido la opción A, pero Nacho Martín prefirió la B. Granca buscó a Nacho, Nacho Martín escogió Gran Canaria. Un gran lugar, un gran club, un gran tipo (visto al menos desde la distancia, que no tengo el placer), de alguna manera estaban todos ellos condenados a entenderse. Por nada del mundo se me vayan a perder el resultado de ese entendimiento.

Pero quedaba el toque mágico, el que antaño fue Toolson y antes fue Carroll y antes English y antes tantos otros, el que año tras año nos lleva a abrumar de loas y alabanzas a Berdi y antes a Himar y antes otra vez a Berdi. Vistos los antecedentes esperábamos un tirador, ficharon a Ben Hansbrough ergo a partir de ahí ya todos nos lanzamos a decir que Hansbrough es un tirador. Bueno, pues no. Hansbrough es menos que eso, lo que significa que es también muchísimo más que eso. Hansbrough es el pack total, créamelo porque le vi no menos de una docena de veces durante su periplo universitario, Hansbrough puede tirar (y meter) pero no es esa su principal faceta, Hansbrough anotará menos que sus antecesores o anotará tal vez lo mismo pero de otra manera, atacando el aro, dejándose los dientes en cada penetración. Eso sí, a cambio Hansbrough te dará una defensa y una intendencia que los otros no te dieron, ni por asomo. E intensidad, toda la del mundo. No estará tan loco como su afamado hermano Tyler (Psycho T para los amigos), su mirada no es tan enajenada pero sí te permite intuir esa misma determinación en sus ojos. En los días malos se dejará la vida (y pasará por encima de la de cualquiera, si es preciso), en los días buenos también pero además hará muchas más cosas. Siempre y cuando no me lo hayan estropeado desde que salió de Notre Dame.

Añádanle a Albert Oliver, todavía a sus 35 añazos un seguro de vida desde el base, un magnífico pasador (y tantas otras cosas) en el reino de los buenos pasadores, como lo es también Bellas o como lo son (cada uno a su manera) Hansbrough, Beirán, Báez, no digamos ya Nacho Martín. O como lo es incluso O’Leary, el típico alero sobrio y discreto que tanto gusta en aquellas tierras, el que partido tras partido te hará muy poco ruido y te dejará en cambio muchas, muchísimas nueces. Un equipo de buenos pasadores, bien trabajado además como es el caso, podrá ganar o perder pero te asegurará jugar muy bien al baloncesto. He ahí su imagen de marca. En esta Liga ACB podrá haber equipos mejores que el Granca, sobre todo plantillas mejores que la del Granca. Pero difícilmente encontraremos a un equipo que juegue tan bien al baloncesto como lo hace el Granca.

Granca y CAI han llegado para quedarse, y ahora usted (en el dudoso supuesto de que haya aguantado hasta aquí) me preguntará qué significa quedarse. Ojalá lo supiera. Quedarse es no ser aquella flor de un día que les dije en el primer párrafo, quedarse es competir de igual a igual semana tras semana, mes tras mes, es estar ahí rondando permanentemente las proximidades de la excelencia. Quedarse es seguir creciendo, es continuar año tras año peleando copas y playoffs, asumiendo que puedes perder (cómo no habrías de poder, la derrota es parte del juego) pero sabiendo que has hecho siempre todo lo necesario para que puedas ganar. Quedarse es no pensar jamás en títulos, pero si por cualquier circunstancia se ponen a tiro no perderles la cara y mirarlos de frente, siempre de frente. Quedarse es tener claro que hay por ahí dos acorazados pero que el resto son meramente humanos, y que hasta a los acorazados se les pueden encontrar vías de agua de vez en cuando. Quedarse es no ponerse más límites que aquellos que dicte el sentido común (o ni esos siquiera), quedarse es dormir poco y soñar mucho como en buena hora dijo Pedro Martínez. Quedarse es (o debería ser) precisamente eso, haberse ganado por fin el derecho a soñar. Así sea.

un soplo de aire fresco   4 comments

Recapitulemos: Xavi Rey, que estaba haciendo la mejor temporada de su vida y que en algún momento pudo hasta ser considerado (eso que solemos llamar) jugador-franquicia, lleva lesionado desde tiempo inmemorial. Jon Scheyer se apeó del barco en marcha, colgó las botas y las cambió por el traje y la corbata para irse a la vera del maestro Krzyzewski en su Cameron Indoor de Duke. Su presunto sustituto Chamberlain Oguchi se quedó pinchado en un bloqueo nada más llegar y ahí sigue, por ahora. Tomás Bellas, rescatado hace años de las profundidades de la LEB, hoy es probablemente el base más infravalorado de la ACB, acaso también el jugador (de cualquier posición) más infravalorado de la Liga; algo en lo que no le va muy a la zaga (en la infravaloración, me refiero) su compañero Eulis Báez, auténtica joya que tal vez sólo necesitaba encontrarse con el técnico ideal para sacar a relucir todas sus capacidades. Jugadores que dieron tumbos por aquí y por allá, como el propio Báez, como Newley, como ese mismo Beirán que necesitó irse tan lejos de casa para que por fin entendiéramos que era mucho más que un tirador. O como Slokar, ése de quien Messina dijo una vez que era demasiado inteligente para jugar al baloncesto, tal vez su problema fuera no haberse encontrado aún con el entrenador capaz de asumir y administrar esa misma inteligencia. Añádase a Óscar Alvarado y Walter Tavares, diamantes (cada vez menos) en bruto que van puliéndose día a día; añádase a Roberto Guerra, leyenda viva del club, el jugador canario por antonomasia, rescatado casi de la jubilación para hacer equipo y bien que lo está haciendo; añádase por supuesto a Spencer Nelson, camino de convertirse en una institución como en su día lo fue (lo será siempre) Jim Moran; añádase cómo no a un Ryan Toolson que desde ya debería dejar de ser el sobrino de y el primo de, la verdadera estrella de un equipo sin estrellas. Y ciérrese el círculo con el principal culpable de todo esto, don (hoy más don que nunca) Pedro Martínez, con todo su equipo técnico, también con ese previo encaje de bolillos que hoy hace Berdi Pérez, que antes hizo Himar Ojeda y aún antes otra vez Berdi. Y con sus gentes, esas buenas gentes que cada domingo se visten de amarillo y se pegan el madrugón (una hora menos, recuerden) para abarrotar el CID, que llevaban años rondándolo, que rompieron una primera barrera en febrero y ahora han roto por fin la barrera definitiva, que acaso crean que han cumplido un sueño y no se den cuenta (o tal vez sí) de que el sueño sigue abierto, no tiene por qué ser final sino principio, esto no ha hecho más que empezar. Esto es suyo, esta felicidad es de todos ustedes, disfrútenla por favor.

Sigamos recapitulando pero ahora un poco más arriba, unos cuantos miles de kilómetros hacia el nordeste: Henk Norel (como Xavi Rey en el párrafo anterior), seriamente averiado justo cuando iba camino de convertirse en la piedra angular de este proyecto. Michael Roll, Chad Toppert, Damjan Rudez, Joseph Jones, Golubovic, seres anónimos de cuya existencia apenas sabrían cuatro gatos antes de llegar a Aragón, tipos a quienes aún hoy apenas reconocerían más abajo de Calatayud o más arriba de Barbastro (por ejemplo). Como Stefansson, el islandés errante, tantas veces rebotado de tantos y tantos sitios. O como el mismísimo Sam Van Rossom, otro gran base, otro ejemplo palmario de infravaloración. O como Albert Fontet, quién nos lo iba a decir, felizmente recuperado para el baloncesto de élite. Y ese Pedro Llompart que era la pieza que faltaba para completar el puzzle, el pegamento que da sentido a todo lo demás; y por supuesto ese Pablo Aguilar, la verdadera joya de la corona que mucho me temo que les va a durar lo que (dicen que) dura un caramelo a la puerta de un colegio. Claro está, dirán que todo eso no es gran cosa, dirán que todos estos nombres más bien parecen deshechos de tienta, dirán lo mismo que habrían dicho en el párrafo anterior pero sucede a veces que para amalgamarlo existen profesionales como aquel Pedro Martínez o este José Luis Abós, el hombre (aparentemente) tranquilo que durante estas pasadas temporadas cargó con el mochuelo de que los resultados no estuvieran (presuntamente) en consonancia con la inversión realizada, contra todo pronóstico sus jefes tuvieron paciencia, le respaldaron y ahí está el fruto, ese que hoy disfruta (valga la redundancia) una afición inmensa, la misma que no murió cuando murió el anterior CAI, la misma que vio nacer de la nada a este nuevo CAI y lo mantuvo vivo en LEB, la misma que soportó frustración tras frustración en cada intento de ascenso a la ACB y aún así siguió adelante como si no hubiera pasado nada, la misma que tuvo al fin su premio y lo perdió y volvió a tenerlo, la misma que hoy valorará esto más que nadie porque sabe lo que cuesta lograrlo, sabe que han tenido que pasar más de veinte años para que Zaragoza (con otro club que se llama igual pero ya no es el mismo) vuelva a sentirse en la élite de la ACB.

Probablemente habrá quien se rasgue las vestiduras (más allá de lo obvio, más allá de las lógicas rasgaduras en Vitoria o Valencia), habrá incluso quien se eche las manos a la cabeza y piense que van a ser unas semifinales descafeinadas, que esto puede ser la ruina para la ACB y para su relación con TVE, todo lo que ustedes quieran pero qué quieren que les diga, a mí el hecho de que dos proyectos tan ilusionantes como Granca y CAI vayan a jugar las semifinales de la ACB me parece una magnífica noticia y un maravilloso soplo de aire fresco para nuestro baloncesto. Quizá no recuerden que hubo un tiempo (pongamos que dos décadas atrás) en el que se solía decir que ACB era en realidad el acrónimo de Acaban los Cuatro Buenos (creo recordar que la paternidad de la idea correspondió a Vicente Salaner) por aquello de que, sucediera lo que sucediera antes, al final las semifinales siempre las acababan jugando Madrid, Barça, Joventut y Estudiantes. Quizá sí recuerden que hubo otro tiempo bastante más reciente en el que igualmente Acababan casi siempre los Cuatro Buenos si bien estos ya eran Madrid, Barça, Baskonia y Unicaja, si acaso con ligerísimas incursiones (según las épocas) de Caja San Fernando, Valencia o más recientemente Bilbao Basket. En demasiadas ocasiones las semifinales ACB han parecido un coto cerrado, y por eso me alegra tanto que esta competición de alguna manera se democratice, que se abra a equipos que llevan años y años trabajando bien y se merecen con creces este premio. Me alegra aunque también lo sienta por un gran tipo como Zan Tabak, aunque lo sienta por un Valencia Basket que fichó tal vez mejor que ningún año para al final acabar casi igual que todos los años. Me alegra aunque los agoreros del apocalipsis intenten estropeármelo, me alegra aunque algunos linces ya estén dando por hecho cuál será el resultado, me alegra aunque algún periódico deportivo abra hoy su sección de baloncesto titulando a cinco columnas Todo apunta a una final Real Madrid-Barcelona como si no hubiera otra noticia, como si en este país no existieran otras realidades deportivas que merezcan ser contadas más allá de esa estomagante dualidad. Me alegra aunque siga sin entender (problema mío, que soy así de ignorante) qué tendría que pasar para que Granca y/o CAI jugaran Euroliga (que eso sí que es un coto cerrado), si les bastaría con llegar a la final o si además necesitarían ganarla, o si ni aún así la jugarían siquiera. Sí, me alegran estas semis y pienso disfrutarlas aunque una vez más me las vayan a televisar a medias, y créanme que todo lo demás (audiencias incluidas) por una vez me va a importar poco menos que un bledo (sea lo que sea un bledo). Si éstas también son sus semis, no permitan que nada ni nadie se las estropee.

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