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APROXIMACIÓN (TEMERARIA) AL DRAFT (I – LOS GRANDES)   3 comments

Aquí me tienen de nuevo, un año más, aproximándome (temerariamente) al draft como si en verdad supiera de qué demonios estoy hablando. Estas cosas habría que dejarlas en manos de expertos, yo no lo soy en absoluto, si acaso un mero aficionado que se jarta de ver baloncesto universitario (baloncesto de todas clases, en realidad) y sólo con eso ya se cree con derecho a calentarles la cabeza. Así lo haré una vez más, si bien dosificándolo en porciones para que el trago les resulte algo más llevadero. Avisados quedan.

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Grandes, para empezar. Pero cuando digo grandes no me refiero a grandes en el sentido de tamaño (que también) sino en el de grandeza, en el sentido de que son los dos jugadores verdaderamente grandes de este draft, acaso los dos únicos (con algún matiz, que explicaré más adelante) que tienen en sus manos marcar (casi) una época. Lo cual no quiere decir que vayan a marcarla, líbreme el cielo, sino que tienen al menos la posibilidad de hacerlo. Cuántos quisieran decir lo mismo.

Karl-Anthony Towns y Jahlil Okafor, Jahlil Okafor y Karl-Anthony Towns, tanto monta monta tanto. Duke y Kentucky, cinco y cuatro y medio, one and done y one and done. Presente y futuro. Okafor es (sobre todo) presente, Towns es (sobre todo) futuro. Preciosa manera de simplificar las cosas.

okaforOkafor es un cénter tremendamente maduro para su edad, uno de los pocos jugadores (quizá el único) de este draft que transmite la sensación de que podría aportar buenos números ya desde el primer día. Ese movimiento de pies, ese trabajo de espaldas al aro, ese saber pasar cuando le sobremarcan, ese oficio en casi todos los aspectos de su juego (esa inoperancia en los tiros libres, también), ese montón de detalles que te dejan la impresión (probablemente errónea) de que se trata de un jugador ya hecho, sin apenas margen de mejora (en los tiros libres sí podría haberlo; es más, debería de haberlo). A Towns en cambio se le ve más verde, especialmente en su proceso de toma de decisiones. Pero en medio de ese verdor se aprecian destellos (repertorio de fundamentos, rango de tiro, soft touch, ese ganchito que es una delicia, esa manera de deslizarse sobre la pista, esa inmejorable actitud en ambos lados de la cancha) de auténtico crack. Y además él sí mete los tiros libres (créanselo, de verdad, se lo juro, aún por increíble que resulte…)

No es ajena a esta percepción la evolución de ambos jugadores durante la temporada 2014/2015. Okafor llegó avasallando, a decir verdad nunca dejó de avasallar (finalista a jugador del año como si dijéramos, sólo derrotado por Kaminski) pero sí llegó un momento en que su dominio pareció ser mucho menos imponente (tanto menos según fue avanzando el curso). Los dobles o triples marcajes le hicieron sufrir más de lo debido, los rivales parecieron haberle tomado la matrícula. Towns en cambio desbarató en una sola temporada aquello que tantas veces hemos dicho (yo el primero) de que el one and done no te hace mejorar, no te da tiempo a evolucionar. Pues depende: hay jugadores que podrían tirarse no ya tres años sino treinta sin progresar ni un ápice en su juego (más adelante les contaré otro caso, también kentuckiano por cierto), y sin embargo hay otros a los que bastan apenas tres meses para mostrar cualidades que antes jamás podíamos imaginar. Y todo ello sin necesidad de salir de la Big Blue Nation, quién me iba a decir a mí que acabaría reconociendo algo así: así sucedió hace tres años con Anthony Davis (recuerdo bien que le puse por los suelos en noviembre y por las nubes en marzo), así ha vuelto a suceder este año con Towns.towns-kentucky Broncas de Calipari mediante, claro está: el técnico que le acogió en su seno desde que le descubrió a los catorce años en uno de sus múltiples viajes para dirigir a la selección dominicana, el que se convirtió en (algo así como) su padre deportivo, el que le ha regañado este año más que a cualquier otro miembro de su plantilla (amores reñidos son los más queridos, también en baloncesto). Quizá porque sabe mejor que nadie todo lo que puede dar de sí.

Es así de sencillo, Okafor llegó tan hecho que pareció como si se estancara, como si nos dejara la (quizá falsa) impresión de no tener más recorrido; Towns llegó tan por hacer (y se hizo tanto en una sola temporada) que su recorrido parece no tener límites. Imagino a Okafor dentro de unos años como un Bogut o un Hibbert mejorado, algo así (aquellos que saben más que yo prefieren compararlo con Al Jefferson, sus razones tendrán); no es poca cosa, desde luego. Pero es que pienso en Towns e inevitablemente pienso (otra vez) en Anthony Davis, una especie de Davis 2.0 con dos cejas y acento dominicano, con menos atleticismo que el original pero mayor repertorio técnico que el que tenía el original a estas alturas de su carrera. Salven las distancias, a día de hoy no me atrevería a insinuar siquiera que Towns pueda llegar a acercarse al nivel del de los Pelicans, sólo imaginarlo ya me parece un atrevimiento. Pero por ahí andaría la idea.

Piensen además que quien escoja a Towns se llevará un dos por uno, no sólo Karl-Anthony sino también su amigo imaginario, Karlito. Dirán que ya está un poco mayor para estas cosas pero qué quieren que les diga, cada uno se estructura su mente como mejor quiere y puede y a él este recurso parece haberle venido de perlas para escuchar la voz de su conciencia, repasar errores y hasta procesar adecuadamente las broncas de su amado coach. Todo un paquete completo en suma, ése que con toda probabilidad se llevarán los Wolves con su número 1 ya que (además de todo lo anterior) debería mezclar muy bien con Pekovic y/o Dieng, no digamos ya con Wiggins. Todo lo cual llevaría a que los Lakers por lógica escogieran a Okafor en el 2. Supongo que finalmente así lo harán, aunque es bien sabido que de un tiempo a esta parte las palabras lógica y Lakers no acostumbran a ir en la misma frase. De hecho se rumoreó que hasta podrían intercambiar su elección por un jugador veterano, lo cual a mí particularmente me parecería un grave error. Algún día tendrán que mirar por fin de frente a ese extraño concepto, reconstrucción, y esa pareja Randle-Okafor parece una magnífica piedra angular sobre la que empezar a cimentar el edificio. Ellos sabrán.

towns okafor

FRAUDE DE LEY   3 comments

Los leguleyos (también llamados juristas) manejan con relativa frecuencia el concepto fraude de ley, que en esencia vendría a ser (copio y pego de Internet, de la Enciclopedia Jurídica nada menos) la realización de un acto amparándose en una norma con la finalidad de alcanzar ciertos objetivos que, no siendo los propios de esa norma, sean además contrarios a otra ley o al ordenamiento jurídico. (…) El mandato legislativo no sólo se infringe porfraude-de-ley-1-728 actos francamente opuestos a su precepto, sino que también se provoca el criterio legal desarrollando una actividad que no resulta contraria al precepto legal literalmente considerado, pero sí que contradice su finalidad. Fin de la cita, que sospecho que les estaré aburriendo. Traduzco (a mi manera, y desde mi absoluta ignorancia): algo así como aprovecharse de una ley para incumplir la ley (otra ley), o al menos para ir en contra de la finalidad que se pretendía con dicha ley. O en versión española, que el que hace la ley hace la trampa… pero esta vez desde la propia ley. No sé si me explico.

Yo no sé nada de leyes (probablemente ya lo habrán notado), sé algo más (tampoco mucho) de baloncesto. Y los aficionados al baloncesto (sección NBA) asistimos con cierta perplejidad en los últimos tiempos a la generalización de un fenómeno que es más viejo que la tos, pero que de un tiempo a esta parte alcanza casi caracteres de pandemia: la comisión (del verbo cometer) de faltas personales sucesivas y sistemáticas sobre el mal lanzador de tiros libres para que así éste se estrelle una y otra vez desde la línea, volviendo el balón de inmediato al equipo infractor. Es decir, la comisión sistemática de un delito, ante el hecho evidente de que la pena impuesta por ese delito (y la escasa capacidad de quien ha de ejecutar la condena, también) es tan leve que a la larga resulta beneficiosa para el infractor. Darle la vuelta al concepto falta personal, de tal manera que el premio ya no es para quien la sufre sino para quien la comete; el perjudicado ya no es el infractor sino el receptor. Puede que no sea un fraude de ley, quién soy yo para decirlo; pero reconocerán que se le parece bastante.

No hemos inventado nada, podrían cantar a coro todos aquellos que lo hacen. Cuentan (y hasta donde alcanza mi memoria creo que es cierto) que el padre de la criatura fue el insigne Don Nelson, uno de los mayores genios de la estrategia que haya conocido nuestro juego, así para parir el small ball (y arruinarles la vida a unos cuantos grandes por el camino) como para retorcer el reglamento en beneficio propio, véase la muestra. El primer Hack-A fue Hack-A-Rodman, aunque a nadie se le ocurrió aún llamarlo así. La broma no pasó de mera anécdota, hubieron de pasar algunos años para que la anécdota trascendiera y se convirtiera en categoría: comienzos de este siglo, histórica final de conferencia entre Lakers y Blazers, Mike Dunleavy (padre hda hrdel actual jugador de los Bulls, por si alguien fuera tan joven como para no conocerlo) decidió desempolvar aquella vieja estrategia y aplicarla sobre Shaquille O’Neal, llevándole una y otra vez a la línea en cuanto saltaba el bonus. La cosa le salió como el culo, disculpen la vulgaridad, pero ahí quedó para la historia. Había nacido el Hack-A-Shaq. Luego vino Popovich (por quien profeso franca admiración, pero una cosa no quita la otra), vinieron tantos otros, el último (pero no por ello menos importante) el insigne Kevin McHale, que pese a tener al menos tres jugadores manifiestamente hackeables en sus filas (Dwight Howard, Josh Smith, Clint Capela) no ha dudado en aplicar hasta el hartazgo el Hack-A-DeAndre (es que si escribo Hack-A-Jordan se me revuelven las entrañas) ante los Clippers. Lo poco agrada pero lo mucho enfada, dicen, y esto ya está empezando a pasar de castaño oscuro. Como broma ya está bien.

Eso sí, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Porque esto mismo se lo vi yo hacer (y bien que le reí la gracia) a mi propio equipo, que es también el de usted y el de casi todos los que pasen por aquí: a nuestra mismísima selección, a finales del siglo pasado, cuando aún era sólo la selección y no llevaba eñes ni demás zarandajas mediáticas. Antes de que los Blazers crearan el Hack-A-Shaq nosotros ya habíamos inventado el Hack-A-Nosov. Vitaly Nosov, aparatoso pívot ruso de aire tosco, complexión robusta y muñeca de piedra al que una vez le dimos la tarde haciéndole falta cada vez que recibía el balón, regocijándonos con sus cuantiosos fallos en los tiros libres que a la postre nos dieron el partido… Eso sí, repárese en ese matiz: cada vez que recibía el balón. Obviamente la normativa FIBA no permite hacer faltas sistemáticas a un jugador que no lo tenga, la primera vez podría colar pero a la segunda o tercera hasta el árbitro más ingenuo acabaría reparando en ello y pitando antideportiva (acaso aún intencionada en aquella época). No es pequeño ese matiz, al que volveremos más tarde. Suficiente para que en nuestro continente no hayamos vuelto a conocer (que yo recuerde, al menos) otro caso igual.

Claro está, no faltan quienes ven en todo esto una forma de justicia poética, una especie de justo castigo al mal lanzador de tiros libres. Algo (sólo algo) de razón tienen, desde luego, cualquiera que vea baloncesto es capaz de apreciar cómo esta suerte esencial del juego se va deteriorando temporada tras temporada, puede que lo desmientan los números pero en mi caso están las sensaciones y éstas son peores cada año que pasa. Paso el invierno viendo NCAA y ahí ya el problema adquiere caracteres alarmantes, como si en los institutos ya sólo enseñaran a los niños a colgarse del aro y se olvidaran de explicarles los aspectos fundamentales del juego, Y no es un problema que se dé sólo entre chavales que pasan cuatro años hincando codos mientras juegan baloncesto (o viceversa) pero que luego no se van a ganar la vida con este deporte, se da también (y aún más si cabe) entre las presuntas estrellas del mañana: todavía recuerdo con pavor (por ejemplo) la horrorosa mecánica de aquel fornido mocetón de Connecticut llokaforamado Andre Drummond cada vez que ejecutaba (nunca mejor dicho) un tiro libre (tampoco parece que la haya mejorado mucho desde que está en NBA); y ni siquiera hace falta ir tan lejos, este mismo año hemos podido comprobar las portentosas habilidades al respecto del aspirante a jugador del año (que lo perdió por los pelos) y a número 1 del draft Jahlil Okafor, vigente campeón con Duke; o se pone las pilas este verano o en apenas unos meses acuñaremos la expresión Hack-A-Jahlil, al tiempo. Cada nueva temporada vemos que muchas criaturas vuelven de vacaciones con nuevas suertes recién incorporadas a su repertorio, fajadores a cuál más interior a quienes de repente te los reencuentras tirando de tres pero que cuando les llega la hora de ir a la línea resultan aún más pavorosos que el año anterior (estoy pensando en el ex Cardinal Montrezl Harrell mientras lo escribo, pero hay muchísimos más que encajarían en esta descripción). Mal endémico de un baloncesto USA (sobre todo en sus primeras etapas de formación) en el que lo accesorio parece importar más que lo esencial, el mate más que el fundamento, la espuma mucho más que el contenido que la sustenta. Son así.

Pero no mezclemos churras con merinas, por favor. No se nos ocurriría justificar un asesinato en base a la baja catadura moral del asesinado, a la levedad de las penas que se le impongan o a los beneficios penales establecidos (vale, ya sé que matar no es exactamente lo mismo que cometer falta personal, pero ustedes cogen la idea). Ni aún menos justificar un delito en base a la manifiesta torpeza del delinquido, la culpa es tuya por llevar el bolso abierto, por dejarlo ahí a la vista, por no poner alarma, por qué sé yo. Si no quieres que te mate no seas enemigo, que decía Gila. Pues no. La culpa de un delito siempre es del que delinque, la víctimhda sasa no es menos víctima por más o menos hábil que sea, por más o menos luces que tenga. Decimos les está bien empleado como si realmente fuera así, como si sirviera de escarmiento, pero hasta donde yo alcanzo a recordar no existe constancia de un Hack-A-etc que haya hecho mejorar los porcentajes de sus víctimas (acaso sí en ese momento puntual, pero no en términos globales), no digamos ya de aquellas otras víctimas potenciales que sólo lo ven por televisión. Si no meten los tiros libres es su problema, Popovich dixit. Cierto. Pero no es menos cierto que el deporte de élite no es sólo competición sino también (y aún más si cabe) espectáculo, tanto más si hablamos de NBA. Y el que se ponga en peligro ese espectáculo ya no es sólo problema de DeAndre Jordan, es también problema suyo y nuestro, de todos los que viven de él y de todos los que lo consumimos. De todos nosotros.

Y por eso mismo no me cabe la menor duda de que ha llegado la hora de que la NBA tome cartas en el asunto, y de que lo hará más pronto que tarde. Lo tienen bien fácil, al fin y al cabo existe ya una regla que penaliza las faltas al jugador sin balón en los dos últimos minutos de partido cual si de técnicas se tratara, tiro libre y banda para el equipo que la recibe; tan sencillo como aplicar esa misma norma en todos los cuartos, y no sólo en los dos últimos minutos sino en cuanto haya bonus, de tal manera que el equipo que hackee sepa que ahora ya la gracia no le va a servir para recuperar la bola. Obviamente no solucionaremos en su integridad el problema, el equipo infractor podrá seguir hackeando al torpe cuando reciba el balón pero ahora al menos tendrá que esperar a que le llegue (si es que le llega), ya el hack tendrá que ser a la española (modelo Nosov) y no a la americana, ya no habremos de soportar este basket interruptus en el que al mano de piedra se le empiezan a dar cachetes en media pista antes incluso de que el balón se ponga en juego (quién le iba a decir al bueno de Papanikolaou que quedaría para esto en NBA). Y todo ello basado en criterios objetivos, que el receptor de la falta tenga o no el balón, tan sencillo como eso, sin entrar en intencionalidades ni antideportividades varias. Es sólo una idea (y si aún se demostrara insuficiente podría incrementarse la dosis, dos tiros y banda si fuera menester), ahí se la dejo para lo que gusten mandar. Seguro que ustedes, en su docto entender y aún más recto proceder, encontrarán otra opción infinitamente mejor.

Lo que sea, pero hagan algo, ya. Paren esto de una vez por todas, inventen el Hack-A-Hack si se me permite la expresión. Que cuando hackean a Dwight, Josh o DeAndre nos hackean también a todos nosotros, que cuando acoquinamos pasta por una entrada, un canal de pago o un league pass no lo hacemos para ver a un sujeto parado ante una línea apedreando un aro, no lo hacemos para ver anticesto sino para ver (lo que toda la vida entendimos por) baloncesto. Que es tal la desesperación que todo ello nos produce que puede uno llegar a hacer cosas realmente absurdas, véase ésta misma que tienen ante sus ojos: tirarme un buen rato hablando de fraudes de ley y demás conceptos jurídicos como si en verdad supiera de qué demonios estoy hablando. No me obliguen a tener que repetirlo.

CON OCHO BASTA   1 comment

Eight is enough. Eight is enough! Así lo proclamó Mike Krzyzewski a los cuatro vientos (y a la CBS, y a la ESPN, y a quien se le pusiera por delante) nada más finalizar su victoriosa Final contra Wisconsin. Eight is enough, con ocho basta, a quienes sean insultantemente jóvenes les parecerá una frase como otra cualquiera, en cambio a quienes ya peinamos (demasiadas) canas nos retrotrae a los últimos Setenta y los primeros Ochenta, a una empalagosa y blandurriagfdfgdsfs serie yanqui que hizo furor en nuestras pequeñas pantallas, ya saben, esa típica familia llena de hijos (ocho, concretamente) que tanto juego dio siempre para comedias (presuntamente) costumbristas de clase alta, así en aquel lado del charco como en éste. Se emitía los viernes a la caída de la tarde, justo antes de Más Vale Prevenir (programa dedicado a la salud presentado por Ramón Sánchez-Ocaña, nada menos), y ni que decir tiene que arrasaba con la audiencia incluso en aquellos tiempos en que aún no teníamos por costumbre medir las audiencias (también es verdad que no tenía nada con qué competir), créanme que no había nada más visto en nuestro panorama televisivo semana tras semana, aún por raro que hoy nos resulte siendo ese día y a esa hora. Nos la tragábamos como pavos (a ver qué quieren, no había otros canales, no había Internet, no había ordenadores ni videojuegos, ni siquiera había nacido aún la costumbre de salir los viernes) y la olvidábamos inmediatamente después hasta el episodio siguiente, finalmente un día desapareció de nuestros televisores y nuestras vidas y la olvidamos ya para siempre o al menos eso creímos, yo al menos he vivido perfectamente durante más de treinta años sin acordarme jamás de ella, y así seguiría si no fuera porque al laureado y milenario (en victorias) Coach K le dio por recordármela la otra noche, justo después de convertirse (además) en pentacampeón…

Eight is enough. Eight is enough!… No, no es que al afamado Krzyzewski (que debería peinar aún más canas que yo, aunque por algún inexplicable e insospechado prodigio no sea así) le sobreviniera un repentino ataque de nostalgia televisiva, en absoluto. Es sólo que el susodicho K acababa de demostrar (por si alguien no lo tuviera ya suficientemente claro a esas alturas) que con lo que tenía tenía más que de sobra;2015-04-07T034227Z_1111927202_NOCID_RTRMADP_3_NCAA-BASKETBALL-FINAL-FOUR-CHAMPIONSHIP-GAME-WISCONSIN-VS-DUKE acababa de dar en las narices a todos aquellos que dijeron (dijimos) que a Duke esta plantilla se le quedaba muy corta, a todos los que insistieron (insistimos) aún más en ello tras la abrupta salida de Sulaimon. Pues ahí lo tienen, con ocho becas deportivas basta, con una rotación de ocho jugadores es más que suficiente. Suficiente para pasarse por la piedra con inusitada claridad a San Diego State, Utah y Gonzaga, suficiente para llegar más sobrados que nadie a Final Four, suficiente para apalizar a Michigan State, suficiente para derrotar finalmente a Wisconsin en una final extraordinaria, a esa misma Wisconsin que un par de días antes se había cepillado a la hipersupermegafavorita Kentucky en otra semifinal no menos extraordinaria. Con ocho basta. Pues va a ser que sí.

Pero tiene truco, claro. Tan sencillo como que no es sólo una cuestión de cantidad, sino también (y sobre todo) de calidad. Que hay ochos y ochos, vamos. Que cuántos, con una rotación manifiestamente más larga, no se hubieran dado con un canto en los dientes (a riesgo de hacerse daño) sólo con tener la cuarta parte del talento que atesoraban estos Blue Devils. Ocho apenas, y cuatro de ellos (y qué cuatro) novatos además para más inri, para que a todos aquellos que recurrieron (recurrimos) al factor experiencia para explicar lo de Wisconsin vs Kentucky el argumento ahora se les (nos) caiga por su propio peso. Con ocho basta, y si encima son unos críos recién salidos del cascarón (pero buenos como diablos) pues tanto mejor, así que ya puestos no estará de más que aprovechemos este modesto (y molesto) blog para rendirles homenaje, que bien merecido se lo tienen. Helos aquí, in alphabetical order:

Grayson ALLEN: La salida de Sulaimon fue el punto de inflexión. Antes apeDuke_c0-262-3082-2058_s561x327nas habíamos conocido a esa cara de chico travieso que llegó a Duke con magníficas referencias desde el instituto, que en sus escasísimas apariciones mostraba con cuentagotas la calidad que atesoraba… pero que no cabía, sin más; era el noveno, rotaban ocho, normalmente se quedaba sin jugar, nada grave, ya habría tiempo, ya llegaría su momento… Todo cambió a partir del 29 de enero: Grayson pasó de noveno a octavo, empezó a tener minutos, empezó a aprovecharlos, empezó a mostrar bien a las claras (por si a alguien le quedaba alguna duda) el pedazo de jugador que había detrás, y todo ello además en progresión ascendente, cada partido un poquito mejor que el anterior. ¿Hablábamos de puntos de inflexión? Lunes 6 de abril, Final universitaria, Wisconsin 9 arriba bien avanzada ya la segunda mitad, los Badgers relamiéndose y de repente el partido entero puesto del revés, un triple por allá, un dos más uno por acá, otro robo por acullá, un cóctel de talento, intensidad y descaro que los de Bo Ryan no supieron cómo procesar. Saben bien en Durham que sin esa eclosión no serían campeones, lo sabe todo dios y lo sabe él mejor que nadie, hasta el punto de que ya ha empezado a escuchar cantos de sirena garantizándole (¿?) un puesto en primera ronda del draft. Afortunadamente ha hecho caso omiso, afortunadamente parece que se quedará en Duke (al menos) una temporada más, créanme que sólo por ver jugar a esta criatura (titular indiscutible ya para entonces, no lo duden) merecerá ya la pena contemplar cualquier partido de los Blue Devils. Sólo denle tiempo.

Quinn COOK: Aterrizó en Durham a mediados de 2011, apenas un año despuéstyus-jones-quinn-cook del anterior título de Duke. Padeció importantes sinsabores, vivió en sus propias carnes la prematura eliminación ante Lehigh en 2012, la no menos prematura eliminación ante Mercer en 2014, la frustrante derrota ante Louisville en la Final Regional de 2013. Compartió vestuario con Austin Rivers, Seth Curry, Andre Dawkins, Michael Gbinije (sí, el de Syracuse), Josh Hairston, Ryan Kelly, Rodney Hood, Jabari Parker, todos los Plumlees. Llegó como una especie de combo guard (signifique eso lo que signifique), las circunstancias le llevaron a ejercer de base full time con notable éxito de crítica y público y justo entonces, cuando ya todos le teníamos como director de juego, apareció Tyus Jones y hubo de desandar lo andado para volver a ejercer de dos, a veces también de uno pero sólo a tiempo parcial. Y los agoreros auguraron catástrofes sin cuento en el perímetro de los Blue Devils por las crisis de celos que podrían suscitarse, pero nada más lejos de la realidad: Cook entendió la maravilla que le habían puesto al lado, asumió la situación, se adaptó a su nuevo rol sin decir oste ni moste. Base correcto, muñeca excelente, no tiene la calidad de alguno de sus compañeros (ni de lejos), no sabemos qué le deparará el destino en su carrera profesional pero de una cosa al menos sí que podemos estar bien seguros: nadie se merece este título tanto como él.

Amile JEFFERSON: Prototípico jugador de equipo, de esos que pareció que serían mucho más amile jeffersonde lo que fueron pero que en el fondo son mucho más de lo que parece que son (no sé si me explico). Pídanle que se asocie con cualquier Plumlee y a fe que lo hará, pídanle que sea referencia interior (no había otra) con Jabari Parker como imprevisto socio y también lo será, pídanle que sirva de báculo a Okafor y cumplirá con creces con su cometido, pídanle que salga desde el banquillo para limpiar la zona a Okafor y aceptará su nuevo rol sin rechistar. Puede parecer que su importancia haya ido disminuyendo con el paso del tiempo (probablemente porque así sea) pero un análisis más profundo quizá nos revelaría aspectos insospechados: nos revelaría, por ejemplo, que allá donde no llegó el amigo Jahlil ni aún menos Marshall Plumlee sí llegó él, que nadie consiguió parar a Kaminski como lo hizo él en esos minutos finales, justo cuando Okafor andaba atenazado en el banquillo con sus cuatro faltas a cuestas. De no haber sido por esa defensa puntual, por ese súbito apagamiento del hasta entonces inspiradísimo Frank the Tank, vaya usted a saber de qué estaríamos hablando ahora.

Matt JONES: En un momento dado de la temporada, quizás en aquella remontada en cancha de Virginia o quizás viniera ya de lejos, Mike Krzyzewski tuvo una idea (que para eso le pagan). Si la defensa rival se cierra sobre Okafor me tapa también a Jefferson, necesitaría un cuatro abierto para generar otras posibilidades pero no lo tengo, así que… ¿qué hacer?matt jones Pues muy fácil, Jefferson al banquillo, Winslow a ejercer de sucedáneo de cuatro y Matt Jones al quinteto titular para tener un arma homicida más desde el exterior. Lo que se llama abrir el campo, cuatro pequeños y un grande, que él por dentro se basta y se sobra y cuando la defensa se cierre sobre él (o sea, casi siempre) ya aprovecharemos su capacidad de pase para sacarla hacia el tirador. Y ni que decir tiene que el cambio le vino a las mil maravillas y que la impecable muñeca de Matt Jones hizo el resto, ya fue instrumental en aquella histórica remontada virginiana y a partir de ahí siempre estuvo donde y cuando se necesitó. Matt Jones aún es sophomore, es carne de cuatro años en Duke, si éste ya fue bueno imaginen lo que aún nos puede deparar en los dos siguientes. Nunca le pierdan de vista.

Tyus JONES: Cuentan que su madre le puso Tyus porque se enamoró de la manera de jugar de Tyus Edney, aquel menudo y maravilloso base que nos epató en UCLA (cómo olvidar aquella Madness de 1995, aquel canastón de costa a costa sobre la bocina, aquella lesión que le impidió jugar casi toda la Final) y que años más tarde siguió epatándonos por media Europa (cómo olvidar aquella Final Four de 1999, aquella Euroliga que ganó para el Zalgiris). Quién le iba a decir a esa madre que cuando escogió ponerle Tyus a su retoño no sólo estaba predestinándole a ser un base tan bueno (al menos) como el anterior, sino incluso a que ganara el título NCAA exactamente veinte años después de que lo hiciera el anterior. Tyus Jones empezó la temporada con más titubeos que Okafor o Winslow (lo cual no quiere decir qu164040615-407-wisconsin-v-dukee estuviera mal, sino que no estaba tan bien) pero eso fue sólo hasta que cogió confianza. Su mes de febrero ya fue extraordinario y su mes de marzo fue aún mejor si cabe, poniéndole todo ello al nivel del mejor base NCAA que podamos imaginar. Y qué decir de esas dos noches de abril… Hace días alguien me aseguraba estar convencido de que Tyus volvería a Duke para su segundo año, discrepé entonces y discrepo aún más ahora, yo más bien estoy convencido (mal que me pese) de que cogerá de la manita a su íntimo amigo Jahlil y se apuntará presuroso al draft, ojalá me equivoque. Eso sí, vaya usted a saber si alguna madre enamorada del juego de Jones no le pondrá a su hijo Tyus cualquier día de estos, vaya usted a saber si ese Tyus Loquesea no liderará a su universidad a ganar el título universitario de 2035… Y nosotros que lo veamos, claro.

Jahlil OKAFOR: Podríamos decir que ha hecho casi el mismo viaje que su amigo Tyus Jones, solo que en sentido inverso. Casi toda su temporada fue excelsa, confirmando las gloriosas expectativas generadas tras sus años de high school y sus fugaces (pero muy brillantes) apariciones durante el último Mundial Sub19. Durante meses hubo consenso en considerarle no ya el unánime número 1 del próximo draft sino el único jugador de dicho draft perfectamente capacitado para jugar ya en NBA y aportar desde el primer día, durante meses hubo consenso en proponerle para jugador del año casi por encima de Kaminski, menos mal que luego la realidad (y el propio Kaminski) acabó poniendo las cosasAPTOPIX NCAA Duke Wisconsin Final Four Basketball en su lugar. Y sin embargo, a partir de un determinado e impreciso momento de finales de temporada, su juego empezó a decaer: ya no era tan dominante, ya las constantes ayudas sobre él empezaban a hacerle mella, ya tenía dificultades no ya para anotar sino incluso para distribuir (otra de sus grandes cualidades, el pase, esa capacidad de doblar el balón desde el poste para encontrar siempre al hombre abierto cada vez que le sobremarcan). Importante siguió siéndolo, siempre lo fue (aunque sólo fuera por el hecho de atraerse a media defensa rival, aunque sólo fuera por el espacio que libera para que los cañoneros tengan tiempo de clavarla desde fuera); pero ya no determinante. Sirva como coartada que hubo de bregar (y habremos de reconocer que salió airoso) contra algunos de los juegos interiores más ilustrados de la competición: el de Utah (Poeltl, Bachynski), el de Gonzaga (Karnowski, Wiltjer, Sabonis)… o contra un juego interior bastante menos ilustrado pero no por ello menos incordioso, esos rústicos Costello y/o Schilling de Michigan State. Pero en la Final palideció (así en defensa como en ataque) ante Kaminski, por más que un par de canastas en los minutos postreros le sirvieran al menos para cubrir el expediente. Ha perdido cartel, qué duda cabe, hasta el punto de que a día de hoy resulta difícil seguir apostando por él como número 1 del draft, tanto más tras la emergencia de ese fascinante dominicano (y kentuckiano) llamado Karl-Anthony Towns (más verde en términos de presente, mucho más potencial en términos de futuro). No teman, Okafor en el peor de los casos será número 2, lo demás será ya cosa suya. Eso sí, yo le recomendaría encarecidamente que desde ya se ponga a trabajar en (por ejemplo) las faltas personales: las que hace (que le pitan demasiadas) y (sobre todo) las que le hacen: verle arrojar tiros libres es un dolor, se lo aseguro. Aún me dura el vello de punta tras aquel escalofriante airball que se marcó en semejante suerte ante Gonzaga…

Marshall PLUMLEE: Desde su primer año se vio ya que no se parecía ni WEB_PLUMLEEde lejos a Myles ni a Mason (con quienes llegó a coincidir, protagonizando el hecho insólito de que tres hermanos no gemelos ni trillizos jugaran a la vez en una misma universidad). Bueno, sí: en el apellido (obvio), en la inicial del nombre (qué fijación con la M) y en el físico, bien se ve que los tres han sido fabricados con el mismo molde. Pero pare usted de contar. Marshall anda bastante menos dotado en cuanto a talento que sus dos predecesores (que tampoco es que sean la quintaesencia a ese respecto), de hecho en su primer año ni le vimos y en el segundo sólo en momentos muy puntuales (y no sería porque hubiera mucha competencia, dada la escasez de juego interior en aquellos Blue Devils 2014). En este tercer año ha entrado por fin en la rotación como miembro de pleno derecho, exclusivamente para dar descanso a Okafor cada vez que necesitaba oxígeno o se cargaba de faltas. Y lo mejor que se puede decir de él es que no ha desentonado y ha cumplido muy dignamente con ese papel. Aún le queda un año, y será interesante ver qué le depara el futuro a partir de entonces; difícil será que siga los (discretos) pasos NBA de sus dos hermanos, pero no descarten que acabe ganándose muy bien la vida con esto. Planta tiene, actitud también, sólo le falta todo lo demás.

Justise WINSLOW: para muchos de nosotros será ya para siempre el hijo de Rickie, por más que para los americanos (de USA) Rickie Winslow sea ya sólo el padre de Justise. Vaya joya Justise, uno de esos jugadores totales que pueden hacer casi de todo y casi todo lo hacen bien, un tres que puede ser dos pero también cuatro más o menos abierto, de hecho ha ejercido ya de ello unas cuantas veces durante estos últimos meses. Wisconsin v DukeEn USA (tan propensos como son a las odiosas comparaciones) ya andaban el otro día comparándole con Kawhi Leonard, palabras mayores, no negaré que es ese corte de jugador pero aún así no deja de parecerme un atrevimiento, si le comparan con Leonard como si le comparan con Harden (por ejemplo), pero por ahora es sólo Justise Winslow (que no es poco) y tiene que encontrar su propio camino. Un camino que será mucho más fácil si parte desde posiciones altas del draft, a día de hoy anda ya encaramado en el Top 5 y no tiene visos de bajar, más bien al contrario, su aptitud y su actitud han entusiasmado durante este mes de marzo a todos aquellos que no vinieran ya entusiasmados de serie. Resulta tentador en este punto compararle (más comparaciones odiosas) con otro alero freshman del mismo corte, ese Stanley Johnson arizónico que llegó con mejor cartel y que sin embargo ha hecho exactamente el camino inverso, Justise fue p’arriba y Stanley p’abajo. De verdad se lo digo, si nuestro hijo de Rickie se aplica con las faltas y consolida su (aún mejorable) tiro exterior, el futuro es suyo (y si no también, pero menos). O como suelen decir por allí, sólo el cielo es el límite. Amén.

SUEÑOS DE MARZO II – DUKE   Leave a comment

Corren tiempos extraños en Durham, Carolina del Norte, tiempos de emociones desmedidas en el otrora apacible campus de la Universidad de Duke. Como probablemente ya sabrán incluso aquellos que no sigan para nada este baloncesto (más que nada porque les pusimos la cabeza mala con ello), Mike Krzyzewski se convirtió hace algunas semanas en el primer entrenador de la historia en alcanzar las mil victorias.1k Mil victorias, ahí es nada. Me dirán que sólo es un número (redondo, sí, pero número al fin y al cabo), una más que 999 y una menos que 1.001, pero no estará de más que nos detengamos siquiera un momento en la magnitud del hecho, que reparemos en que mil victorias universitarias no cuestan lo mismo que mil victorias profesionales, aunque sólo sea por el pequeño detalle de que en NBA se juegan al menos 82 partidos por temporada mientras que en NCAA no pasan de treintaitantos al año. Cuarenta años (los cinco primeros en la Army, desde 1980 ya en Duke) ha necesitado el head coach Krzyzewski para conseguir sus ya más de mil victorias, Cuarenta años, que se dice pronto. Mil y pico victorias, que se dice pronto. Deberíamos ponernos en pie.

Pero no era del Coach K de quien yo pretendía hablar (aunque tratándose de Duke sea inevitable) sino de sus Blue Devils 2014/2015. Tiempos extraños, ya se lo dije, tiempos de emociones insospechadas. Aún no se habían repuesto de la excitación de esa cacareada victoria mil (en cancha de St. John’s, en el mismísimo Madison Square Garden, ni el mejor guionista hubiera podido imaginar un escenario más apropiado) y ya estaban otra vez excitándose, pero esta vez por otro hecho completamente diferente y mucho menos estimulante, como fue la expulsión de un jugador.rasheed-sulaimon-k Rasheed Sulaimon, júnior, llegó en su día al campus de Durham con un cartel de estrella de instituto y unas expectativas desmedidas que poco a poco se fueron diluyendo con el paso de los partidos y de los años; a día de hoy era un mero jugador de rotación, nada más (y nada menos) que eso: triples, defensa, aporte extra de energía desde el banquillo y pare usted de contar. Poco para lo que un día pensamos que sería, pero más que suficiente para las actuales necesidades de Duke.

¿Qué pasó? Habré de reconocer que no lo sé, supongo que no he investigado el tema lo suficiente. Pero supongo que poca cosa no sería como para que Krzyzewski se haya visto obligado a tomar una decisión así (y apenas tres días después de su victoria mil, además). Recuérdese al respecto que al Coach K (aún a pesar de su formación militar, aún a pesar de haberse criado a la vera de Bobby Knight) no se le conocen modales autoritarios, en absoluto. Es más, cuentan que en sus 35 años como técnico de Duke nunca hasta ahora se había visto en la tesitura de tener que expulsar a un jugador, entre otras cosas quizá porque a Duke no llega cualquiera, porque en Duke además de jugar también hay que estudiar. Como en cualquier otro sitio me dirán, no sin razón, pero es que para esto también hay clases; no en vano Duke es uno de los centros de mayor prestigio baloncestístico de la nación, pero es también (y aún más si cabe) uno de los centros de mayor prestigio académico de la nación (Ivy League aparte). En Duke se presuponen cabezas bien amuebladas, lo cual no evita que de vez en cuando pueda surgir una excepción que confirme la regla, como es el caso. Para todo hay una primera vez.

Fuera por lo que fuese, lo cierto es que la baja de Sulaimon les deja un agujero importante en una rotación ya de por sí exigua, con un quinteto titular imponente pero con muy poquito más detrás. Y es que lo del cinco inicial es puro lujo, puro lujo es presentar en sociedad a la gran sensación de la temporada,chi-jahlil-okafor-duke-coach-k-20141106-001 el jugador que nos maravillaba ya en sus vídeos del instituto o en sus apariciones durante el Mundial Júnior, el que está respondiendo a todas las expectativas (éste sí) y generando además otras nuevas, el que tendrá el honor de escuchar su nombre dentro de unos meses de labios de Adam Silver, con el número uno del draft 2015 los Sixers de Philadelphia (por ejemplo) escogen a Jahlil Okafor, miren que ya tienen a Embiid y Noel y no necesitan más pívots pero aún así le escogerán de todos modos si el sorteo les es propicio, ni locos van a dejar escapar una oportunidad así, luego ya decidirán qué hacen con ello. Como puro lujo es también el fenomenal base (y amigo íntimo de Jahlil) Tyus Jones, como puro lujo es también ese prodigio con cuerpo de alero llamado Justice Winslow,Coaches vs Cancer Classic Justicia Winslow como si dijéramos pero no reparen en ese nombre que parece sacado de una película del oeste, reparen más bien en su apellido, a todos aquellos estudianteros que cumplan ya más de dos décadas en este mundo debería ponérseles la carne de gallina con sólo recordar a su padre. Tres freshmen de lujo complementados por dos veteranos de no menos lujo, Quinn Cook en la dirección (ahora ya mano a mano con Tyus Jones) y Amile Jefferson como socio interior de Okafor. ¿Quién da más?

Pero hasta ahí. El sexto hombre vendría a ser Matt Jones, exterior de buenísima mano que tendrá que dar un paso adelante (de hecho ya lo está dando) tras la salida de Sulaimon. Y el único relevo interior medianamente decente vendría a ser Marshall Plumlee, de los Plumlee de Duke de toda la vida, hermano pequeño de Miles y de Mason (se ve que sus padres sólo sabían poner nombres que empezaran por M) y por ahora bastante más limitado que éstos. Tan corto se le queda el banquillo que Krzyzewski tras quitarse del medio a Sulaimon ha tenido que recurrir de inmediato a Grayson Allen, freshman que está llamado a hacer grandes cosas en esa universidad pero que a día de hoy está mucho más verde que sus tres compañeros de generación, miren por donde ahora le va a tocar madurar más rápido, no hay mal que por bien no venga. Y apenas nada más, el resto ya es (en términos baloncestísticos) morralla, dicho sea con todos los respetos a chavales que juegan al baloncesto mientras estudian una carrera (o viceversa) y que no merecen en modo alguno ese calificativo, pero así nos entendemos. Por ahora les vale, pero cuando llegue el torneo de conferencia y se vean obligados a jugar partidos a diario, o cuando llegue el Madness y se vean obligados a jugar partidos cada dos días, veremos si no se les queda corto.

Tres derrotas llevan a día de hoy, y dos de ellas fueron en los días previos a esa victoria mil cuya consecución pareció suponerles un exceso de presión: perdieron entonces en North Carolina State y seguidamente en su propio feudo ante Miami, que mira que es difícil que los Blue Devils pierdan en casa ante cualquiera (como bien atestiguaba el rostro emocionado del gran técnico visitante Jim Larrañaga cuando abandonaba el Cameron Indoor), no digamos ya que caigan de 16 y encajen 90 puntos en el empeño. Y tras esa cacareada victoria mil volvieron a perder, si bien esta vez tenían coartada ya que cayeron en Notre Dame lo cual es perfectamente normal, dado que los Fighting Irish son una verdadera delicia de equipo.duke Pero si mencionamos sus derrotas mencionemos también algunas de sus principales victorias, que no son pocas: en Wisconsin hace un par de meses, en Louisville hace un mes o en Virginia hace un par de semanas, en uno de los partidos del año y que supuso la primera derrota (y única hasta ahora) de los Cavaliers: remontando, sobreponiéndose a esa extraordinaria defensa de ayudas que consiguió maniatar a Okafor (y por extensión a todos los demás) durante tres cuartas partes del partido, abriendo finalmente el campo hasta sacar de su fortaleza a los de Tony Bennett y crujirles a triples. Dos equipazos tremendos, un espectáculo grandioso.

¿Favoritos? Pues depende. Favorito para mí no hay más que uno y ese es Kentucky, pero sin duda están instalados en lo más alto de ese segundo nivel que también integran la propia Virginia, Gonzaga, Wisconsin, Kansas o Arizona. No me cuesta imaginarlos arriba del todo, pero (quizá porque aún resuena en mi cabeza el petardazo que pegaron hace unos años ante Lehigh, o el que pegaron hace unos meses ante Mercer) tampoco me cuesta imaginarlos cayéndose del cartel a las primeras de cambio, qué le vamos a hacer. Mimbres extraordinarios, sin duda, pero esperemos que a Krzyzewski al final no se le queden un poco escasos para hacer el cesto.

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