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EL BALONCESTO SEGÚN SAN ANTONIO (edición 2014)   4 comments

Desmontemos tópicos: (…) tal vez los Spurs sean, hoy por hoy, el equipo que mejor defiende de toda la NBA. Pero son, también, el equipo que mejor ataca de toda la NBA.

No, no nos echemos las manos a la cabeza. Pensemos fríamente en ello y descubriremos que ningún equipo mueve el balón en ataque como San Antonio (…) Ningún equipo tiene tanto equilibrio interior-exterior, ningún equipo es tan bueno en la toma de decisiones, ningún equipo abre tan bien la cancha, ningún equipo utiliza con tanta sabiduría su lado débil, ningún equipo encuentra tan a menudo la opción correcta, el jugador abierto.

Y sin embargo todos nosotros, a menudo, nos sentamos a ver a los Spurs envueltos en prejuicios: baloncesto sobrio, sólido, rocoso… Sí. Pero también suelto, fluido, alegre cuando es preciso. (…) Una verdadera fiesta para los sentidos siempre y cuando éstos estén desprejuiciados, predispuestos a apreciar en su justa medida todo aquello que tienen ante sí.

Pero eso sí: sin concesiones a la galería. Mates, los justos y necesarios; filigranas, las imprescindibles; virguerías, las justas. Otros pondrán el énfasis en el espectáculo, ellos, en el juego. Otros pondrán el énfasis en lo individual, ellos en lo colectivo. Otros buscan gustar, ellos quieren ganar. Otros miran la estética, ellos la eficacia. Ahí reside su verdadera estética.

En eso, y en la mera contemplación de ese balón que va de mano en mano, de posición a posición a la velocidad perfecta, a la suficiente para acabar volviendo loca a cualquier defensa, para que al final de cada jugada siempre encuentren a ese tío completamente solo en aquella esquina, o quizás incluso debajo mismo del aro, anotando con tal sencillez que los defensores acabarán pareciéndonos unos lelos, unos pardillos con el resuello descompuesto tras haberse pasado veinte segundos persiguiendo sombras. Y así una vez, y otra, y otra más detrás de aquel mecanismo en el que todo encaja a la perfección, en el que todo parece funcionar con la exacta precisión de un reloj suizo.

Seguramente la expresión “jugar de memoria” nunca fue más cierta que con esta gente. Tal vez los secundarios cambian pero los protagonistas permanecen, siguen siendo los mismos desde hace ya tanto tiempo que apenas si podemos recordarlo. Miremos cualquier equipo de la NBA (apenas se me ocurren dos o tres excepciones), miremos su plantilla actual y comparémosla con la de hace tres, cuatro años, y comprobaremos que ambas apenas se reconocen entre sí. Ahora miremos a la principal excepción, San Antonio: Duncan, Ginóbili, Parker, Popovich (…) Media carrera llevan juntos, toda una vida…

*****

Esto que acaban de leer lo podría haber escrito perfectamente ayer, o quizás esta misma mañana, pero aunque parezca mentira lo parí hace siete años (parece incluso mentira que ya anduviera por aquí aburriéndoles hace siete años), el 9 de junio de 2007 para ser exactos. Lo escribí como si fuera un puñetazo en la mesa, como la justa reivindicación de un equipo que me fascinaba y al que sin embargo algunos (eternos poseedores de la verdad absoluta) aún se empeñaban en negarle el pan y la sal, en vendérnoslo como el prototipo del feísmo y la espesura cuando en realidad era todo lo contrario, cuando ofrecía más espectáculo que casi cualquier otro. Sólo había que saber dónde mirar.

Llevaban ya para entonces tres anillos y apenas les restaba una semana para el cuarto, para llevarse por delante a aquellos Cavs presuntamente entrenados por Mike Brown y que giraban alrededor de un aún imberbe (si es que fue imberbe alguna vez) LeBron James. Eran otros tiempos, como lo eran en 2005 ante Pistons o en 2003 ante Nets, no digamos ya en 1999 ante Knicks. Eran otros tiempos… y sin embargo parece como si no hubiera pasado el tiempo, como si aquellos tres o cuatro años que decía yo entonces fueran ya trece o catorce a día de hoy. Cambian más algunas franquicias en quince meses (o en quince días) que lo que han cambiado éstos en quince temporadas. Casi nada sucede por casualidad.

Cambian algunos nombres, cómo no habrían de cambiar, es ley de vida. Los Bowen, Horry, Barry, Finley, Turkoglu, Nesterovic u Oberto de ayer (por citar sólo algunos) son los Leonard, Green, Mills, Belinelli, Splitter, Diaw o Joseph de hoy. Cambian tal vez las piezas accesorias (cada vez menos accesorias) pero la esencia permanece; llámese Duncan, Parker o Ginóbili, llámese Popovich, llámese idea, filosofía. Llámese EQUIPO.

Y no será porque no les dieron motivos para cambiar. A partir de 2008 el Oeste se convirtió en Territorio Lakers, Lamar y Pau sumándose a un Kobe aún en sazón, tres finales, dos anillos, Phil Jackson mediante. En 2011 se apagaron los Lakers pero emergieron (por fin) los Mavs de Dirk, en 2012 fue la hora Thunder, aquellos Durant, Westbrook, Ibaka o Harden (a quien nunca acabarán de añorar lo suficiente) cerrándoles las puertas de la puerta de la gloria. Pensamos entonces que los Spurs habían perdido su último tren…

Mentira. No lo pensamos entonces, llevábamos cinco años pensándolo. Así cayeran en final de conferencia o en primera ronda ante los Grizzlies daba igual, cada derrota llevaba aparejado el comentario, se acabó, estaban ante su última oportunidad, ya son mayores, todo tiene su fin, deberán reconstruir, es ley de vida. O no. Donde otros perderían el culo por ponerlo todo del revés ellos simplemente tiraban de draft, de fondo de armario internacional y de una buena dosis de sentido común. Añádase tal vez algún ajuste fino en el mercado libre y a tirar, para qué más. ¿Reconstruir, dice usted? Eso es de pobres (de espíritu), de quienes se caen a pedazos, tantas y tantas franquicias que se afanan en reconstruir cuando jamás fueron capaces de construir nada. Allá cada cual con sus escombros pero a nosotros déjennos en paz, tenemos un edificio sólido, algo viejo acaso pero aún firme, algún que otro parche, una buena mano de pintura y como nuevo. Cuántos lo quisieran.

Y si en 2012 (y anteriores) pensamos que se les había escapado su último tren, qué decir ya de 2013. Aquella inmolación del sexto partido, aquel Ray Allen salvándoles una vez más la vida a los Heat… Era el final, forzosamente tenía que serlo, cómo no habría de serlo si en junio de 2014 Duncan ya tendrá (tiene) 38 años, si Ginóbili estará a punto de cumplir los 37, si Parker y su paisano Diaw andarán ya en los 32. Tanto poner como ejemplo a los gatos porque (supuestamente) tienen siete vidas, y qué, si eso no es , unos mediocres los gatos, a partir de ahora no diga más vidas que un gato, diga más vidas que los Spurs. Será por trenes.

Quién nos lo iba a decir, que aquellos otrora tan denostados Spurs acabarían convirtiéndose en el equipo de América, que en este caso es tanto como decir el equipo del mundo entero. Miren el mapa y comprobarán que 49 de los 50 estados de la Unión van con San Antonio, que sólo en Florida van con Miami, será quizá porque tampoco hayan preguntado mucho en Orlando.apoyoSpursHeat Habrá quien diga que los encuestados no quieren tanto que ganen los Spurs como que pierdan los Heat, bien por romper la tendencia de estos últimos años o bien por la odiabilidad que aún pueda generar LeBron. No niego que dicho componente pueda existir, pero desde luego no es mi caso y tampoco creo que sea el de la mayoría. LeBron pudo generar rechazo hasta 2011 pero desde entonces (desde que se humanizó, derrota ante Mavs mediante) genera mucha más admiración, la que merece el mejor jugador de baloncesto de este tiempo y uno de los mejores de todos los tiempos, sin discusión. Vale, aún habrá quien quiera que pierdan los Heat (como habrá quien quiera que ganen) pero somos muchos más quienes simplemente queremos que ganen los Spurs, sin necesidad de mirar al de enfrente: porque su baloncesto enamora, porque es el juego que más se aproxima a la perfección, porque es el fruto de un verdadero equipo y no de una mera suma de individuos, aún por portentoso que sea alguno de esos individuos. Por pura armonía.

¿Se imaginan? ¿Duncan y Popovich ganando su quinto anillo quince años después de haber ganado el primero, Parker y Ginóbili ganando el cuarto cuando han pasado ya once temporadas desde que se estrenaron, todos ellos retornando a lo más alto de un cajón del que se apearon hace ya siete largos años? No es ya que haya llovido (sí, incluso en San Antonio), es que ha caído la de dios. Y ahí siguen. Y ahí vuelven. ¿Se imaginan? Sé que me emocionaré si ello sucede, me emocionaré como si fuera un equipo de aquí al lado de mi casa y no el de una ciudad a la que muy probablemente no viajaré jamás en mi vida (ni con la imaginación siquiera), me emocionaré como si me hubiera ido la vida en ello. Me emocionaré sobre todo, por encima de todos, por Manu, mi Manu, ya no debilidad absoluta sino en un escalón superior, quizá el único jugador del que me compraría la camiseta si aún estuviera en edad de comprarme y ponerme camisetas. Pero también por ese Duncan al que conocí (televisivamente) hace ya más de ¡¡¡20 años!!!, cuando aún era freshman en Wake Forest; también por ese Parker al que conocí (Antonio Rodríguez mediante) en aquel inolvidable Nike Hoop Summit del 2000; también por tantos otros de los nuestros, il Bello Belinelli, el tan orondo como inteligentísimo Diaw, el australiano de St. Mary’s Patty Mills. Y también, cómo no, por Splitter, nuestro Tiago, quién se lo iba a decir cuando nos llegó hecho un crío desde Brasil, cuando se hacía a diario el trayecto Bilbao-Vitoria en aquellos interminables primeros años, cuando se forjó a fuego a la vera de Dusko, quién se lo iba a decir incluso cuando fue MVP de la ACB, que algún día tal vez podría presumir también de anillo NBA. Ojalá…

Claro está que también puede suceder que pierdan, que ahí nos veamos otro año más repitiendo que se acabó, que éste ya sí era el último de entre todos los últimos trenes posibles. O no. Qué duda cabe, tarde o temprano dejarán de pasar trenes por San Antonio, es ley de vida. Quizás aún puedan subirse en marcha en 2015, difícil será que puedan ya hacerlo en 2016. ¿Pero saben qué les digo? Que aunque ya no pasen trenes ellos aún seguirán esperando en el andén, conscientes de que si alguna vez vuelve a pasar la única manera de cogerlo será que te pille en la estación. Saltemos otros siete años en el tiempo, imaginemos a Parker dirigiendo con la edad que ahora mismo tiene Duncan, imaginemos a Qué Guay Leonard convertido en la nueva megaestrella de los Spurs, imaginemos (puestos a imaginar) a un Splitter en plena madurez reconvertido en uno de los mejores cénters de la Liga, imaginemos a Duncan sentado en la grada a la vera del Almirante y a Ginóbili sentado en el banquillo a la vera de Pop, preparado para sucederle en breve plazo… Quien sabe, quizá para entonces (si aún estoy en este mundo, y en este blog) escriba el baloncesto según San Antonio (edición 2021), y lo empiece citando todas estas chorradas que escribí en 2014. ¿Imposible? Tan imposible como me habría parecido en 2007, si alguien me hubiera dicho entonces que escribiría esto mismo siete años después. Imaginar es libre, y es gratis. Y por ahora no hace falta ir tan lejos, no hace falta esperar siete años, nos vale ir relamiéndonos con lo que pueda suceder dentro de siete días, quizás alguno más. ¿Se imaginan…?

desagraviando a LeBron   1 comment

Hace ya más de un año que le debo un post a LeBron James. Hace ya más de un año, quizá desde el día aquel en que ganó su primer anillo, desde entonces llevo dándole vueltas sin haber conseguido empezarlo nunca. Un post de desagravio en cierto modo, porque no creo haber sido jamás injusto con LeBron pero puedo admitir que alguna vez no fui del todo justo. No fui justo cuando ponderé sus portentosas capacidades físicas y me olvidé de ponderar sus cualidades técnicas, no fui justo cuando pegó la espantá tras la derrota ante Orlando, no fui justo cuando anunció su traspaso a Miami, aún menos justo fui cuando su ego desmedido mordió el polvo ante Nowitzki… No fui justo o puede que (a mi manera) sí lo fuera, puede que lo injusto no sea tanto lo que escribí entonces como lo que no escribí después. Por eso digo que le debo un desagravio, veremos ahora si lo consigo…

Pero antes de nada me curaré en salud, porque sé que habrá quien (sólo a partir de este primer párrafo) me haya situado ya en esa extraña categoría que ahora solemos llamar haters. ¿Haters? Hasta donde alcanzo a recordar el verbo to hate significa odiar, ergo haters debería significar odiadores aunque el señor gúguel tenga a bien traducírnoslo por aborrecedores, supongo que porque el término odiador no existirá en castellano. Hater vendría a ser un extraño cajón de sastre que englobaría a los críticos, a los tibios, a los indecisos e incluso a aquellos que un día puntual dejan de cantar sus alabanzas para decir que ha estado mal, como si eso pudiera ser posible:  ya han salido a relucir todos los haters de LeBron, estaban ahí todos agazapados en sus madrigueras esperando a que hubiera una oportunidad, estas cosas y otras peores hubimos de leer en Twitter tras el tercer partido de la Final, aquella enorme paliza en San Antonio. No sé, yo desde siempre tengo debilidad absoluta por Manu Ginóbili o por Sergio Rodríguez (cada uno a su manera), lo saben ustedes de sobra, y sin embargo ello no me impide reconocer que la mayoría de los partidos de sus respectivas finales los jugaron ambos dos casi como el culo, me duele en el alma reconocerlo pero es así y lo tengo que reconocer. Pero claro, una cosa es la debilidad absoluta y otra ya el enamoramiento o la enajenación mental transitoria, una cosa es admirar a un determinado jugador y otra es mirarlo como si fuéramos crías de trece años mirando a Justin Bieber, no sé si me explico (y ustedes disculpen porque sé que la comparación no es muy adecuada, pero es lo que hay). Supongo que fueron demasiados años de tirarnos todos (unos más que otros) al cuello de LeBron y que a partir de ahí muchos fans ultramontanos acabaron desarrollando una especie de paranoia que hoy les impide distinguir entre opinión, crítica y odio. No estaría de más que se relajaran: a estas alturas, dos anillos mediante, no creo que quede nadie en su sano juicio que no reconozca los méritos de LeBron. Y aún menos creo que nadie odie (lo que yo entiendo por odiar) a LeBron.

Claro que también puede pasar que el hate en inglés no suene tan fuerte como aquí el odio. En castellano lo contrario de gustar no es odiar ni aborrecer, es más bien no gustar, disgustar en todo caso. Odiar sólo sería lo contrario de amar, de hecho odio y amor suelen ser dos caras de una misma moneda, difícilmente podrían entenderse el uno sin el otro, difícilmente puedes odiar de verdad a alguien a quien no hayas amado antes, había una vieja canción (más vieja que yo, incluso) que lo explicaba bastante bien…

Ódiame por piedad, yo te lo pido 
ódiame sin medida ni clemencia 
odio quiero más que indiferencia 
porque el rencor hiere menos que el olvido 

Si tú me odias quedaré ya convencido 
de que me amaste, mujer, con insistencia 
porque ten presente, de acuerdo a la experiencia 
que tan solo se odia lo querido

Pero no estarán ustedes para filosofías baratas a estas horas (sean cuales sean estas horas) así que seré más concreto. No odio a LeBron, no creo haberle odiado jamás… quizá porque tampoco le amé jamás, hasta ahí podíamos llegar. De hecho no creo haber odiado a nadie jamás en mi vida, soy así de raro, y miren que en estos últimos tiempos la actualidad nos pone a güevo unos cuantos nombres para odiar cada mañana pero oigan, que ni por esas. Antipatía, rechazo, desprecio, todo lo que ustedes quieran pero no odio. Quizá porque tampoco les amé antes…

No odio ni odié nunca a LeBron, pero sí habré de reconocer que hubo un tiempo en que me resultó profundamente antipático. Hubo un tiempo en que no soportaba sus patochadas, el numerito aquel de la foto (y sus compañeros tirándose por el suelo cuando disparaba, descacharrados de la risa), el numerito de los polvos de talco, tantos otros. No soportaba su mezquindad descojonándose de los rivales desde el banquillo con el partido ya resuelto, no soportaba esa manera de humillar a un compañero echándole broncas desproporcionadas en público (recuerdo una a Varejao sencillamente apocalíptica), no soportaba esa indignidad de marcharse derrotado al vestuario sin pararse a dar la mano al vencedor (en honor a la verdad habré de reconocer que en esto no fue el primero ni fue el último, este mismo año sin ir más lejos también hemos tenido algún otro ejemplo; y me pareció igual de mal, por supuesto). No soportaba que se montara (con la complicidad del operador televisivo, tampoco lo olvidemos) un programa de siete horas para anunciar que se llevaba todos sus talentos a South Beach, manda narices con la frasecita de marras, para anunciar eso le habrían bastado cinco segundos. No soportaba que se creyera dios y que se empeñara en demostrárnoslo a cada paso que daba, llámenme hater si así lo quieren, nunca lo fui pero llámenmelo si se quedan más a gusto.

Puede que cambiara yo, no les digo que no. Pero lo que sí tengo claro es que sobre todo cambió él. Hay en toda esta historia un punto de inflexión, un antes y un después, no descubro nada entre otras cosas porque él mismo lo dijo. Aquella noche de junio de 2011 en que se consumó su derrota ante los Mavericks LeBron debió hacerse muchas preguntas, probablemente siguió haciéndoselas una y otra vez durante las noches siguientes, durante todo aquel verano. Aquella fórmula retórica que repetía una vez tras otra en aquel anuncio que protagonizó unos meses antes, what should I do, qué se supone que debería hacer yo, probablemente dejó de ser ficción publicitaria para convertirse en una pura realidad que repiqueteó noche tras noche en su cabeza. El resultado de aquel periodo de reflexión fue que LeBron bajó a la Tierra, que el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, que dejó de ser dios y se hizo humano. Y entonces sucedió lo que parecía evidente, lo que cualquiera podría haber imaginado: de dios no se había comido nunca una rosca por su incapacidad para adaptarse al reino de los humanos, en cambio de humano su superioridad es absoluta ya que no existe ningún otro ser humano sobre la faz de la Tierra que se le pueda comparar. Lástima que tardara tanto en darse cuenta.

LeBron es el hombre biónicosi tuviéramos la capacidad de diseñar por ordenador al jugador perfecto muy probablemente nos saldría una cosa así. LeBron James es al baloncesto lo que (salvando las distancias) Jonah Lomu fue al rugby hace veinte años, un prodigio físico y técnico adelantado en (pongamos) medio siglo a su tiempo. Pero LeBron James no es sólo físico, quítenselo de la cabeza cuanto antes, si sólo fuera físico sería Dwight Howard, afortunadamente no es el caso. La naturaleza es muy importante pero no lo es todo, no se juega como lo hace LeBron ni se defiende como defiende LeBron ni se llega a donde ha llegado LeBron sin que haya mucho, muchísimo trabajo detrás. Tienes el físico, tienes los fundamentos, faltaba acaso la madurez pero ese tema empezó también a resolverse hace un par de años como ya quedó suficientemente explicado en el párrafo anterior. No creo que hoy nadie discuta ya que LeBron es ahora mismo el mejor jugador de baloncesto sobre la faz de la Tierra. Ya otra cosa es que además sea el que más nos guste.

No les voy a engañar, esta pasada Final fui con San Antonio, fui con San Antonio como en 1999, 2003, 2005 y 2007, fui con San Antonio como vengo haciéndolo casi desde siempre, desde que nos los vendían como la viva imagen del cemento hasta el punto de que hubo un tiempo en que llegué a sentirme como un antisistema (o aún peor, como un purista), de que en este país llegó casi a estar mal visto ir con los Spurs. Fui con San Antonio por Ginóbili, Duncan, Parker y ahora también por Leonard, fui con San Antonio porque me encanta de toda la vida de dios verles mover el balón, porque a mí se me gana por lo colectivo, porque me priva ver a un equipo y no a una mera suma de individuos. Fui con San Antonio y sólo yo sé el cabreo que me llevé al trabajo en la mañana del miércoles 19 de junio tras pegarme el madrugón para ver aquel sexto partido, suelo decir (a mi hijo se lo he dicho más de una vez) que la alegría por una victoria nos puede durar toda una vida pero la tristeza tras una derrota nunca debería durarnos más de cinco minutos, al fin y al cabo esto es sólo un juego y no nos va la vida en ello, suelo decirlo y además suelo cumplirlo pero aquel día fui incapaz, aquel disgusto me duró toda la mañana, puede que aún me dure (si bien ya convenientemente asimilado) a día de hoy. Lo vi tan cerca que fue casi como si me lo arrancaran de las manos, curiosamente en el séptimo mi disgusto fue mucho menor, supongo que lo tenía ya plenamente asumido con antelación. Fui con los Spurs como fui también con los Pacers (por Hibbert y George pero también por Vogel y su sentido colectivo del juego) en la Final del Este, como fui también con los Thunder (por Durant, Ibaka y aún entonces Harden, aunque ahí su sentido colectivo del juego deje mucho que desear) en la Final de 2012. Suelo ir con los equipos que me gustan, también habría ido con Memphis, Denver o Golden State en una hipotética final si se hubiera dado el caso, créanme que mi forma de entender el deporte es ir con y nunca ir contra… pero no les voy a negar que me cuesta mucho trabajo ir con los Heat, de tal manera que casi siempre acabo encontrando razones para ir con el equipo que juegue contra los Heat. Con Miami en general me pasa como con LeBron en particular: me impresiona, me abruma, casi me intimida… pero no me seduce. Y a mí (aún a mis años) todavía se me entra por la seducción.

Creo sinceramente que llegará el día en que LeBron sea considerado uno de los GRANDES de la historia de este juego, y fíjense que no digo grande (que eso lo es ya) sino GRANDE, con mayúsculas. Creo sinceramente que cuando dentro de veinte, treinta o cincuenta años (si todavía estamos por aquí, cosa improbable) nos pongamos a hacer como tantas otras veces el quinteto ideal de toda la historia NBA tendremos que incluirle, aún por mucho que nos duela aquél al que tengamos que quitar para ponerle a él. LeBron a día de hoy tiene 28 años y medio, es decir que su exuberante físico aún se tomará un tiempo antes de empezar a declinar, su conocimiento del juego en cambio seguirá creciendo día tras día. Estoy casi convencido de que LeBron al final tendrá razón en su pronóstico del día en que se presentó en Miami, cuando se puso a contar presuntos anillos con los dedos y le faltaron dedos: no uno, no dos, no tres, no cinco… Algún día utilizaremos el concepto dinastía para referirnos a estos Heat, tanto más gracias a los buenos oficios de la franquicia a la hora de encontrar los parches adecuados para cada ocasión: allá a donde no lleguen LeBron, Wade o Bosh siempre quedará un Battier, un Mike Miller, un Chris Andersen o un Ray Allen para sacarles las castañas del fuego. Es así, así habré de asumirlo aunque no me entusiasme pero no me pidan además que lo disfrute. Lo contemplaré, lo admiraré y me aguantaré (más o menos por ese orden) más que nada porque no me quedará otra, pero no me pidan además que me enamore. Seguiré prefiriendo el modelo fino estilista al modelo apisonadora, mi corazón (baloncestístico, entiéndase) seguirá estando con los Durant, Stephen Curry o Tim Duncan de la vida, o con los Olajuwon, Worthy, Penny Hardaway o Brad Daugherty por poner también algún ejemplo (variado, surtido) de otro tiempo. Soy así, qué le voy a hacer, supongo que a estas alturas ya va a ser difícil que cambie, supongo que por ser así no faltará quien interprete este presunto (intento de) desagravio como todo lo contrario, quien incluso me vuelva a colgar el cartel de hater… Como dijo el torero, ha de haber gente pa tó.

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