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CRÓNICAS DE MARZO (I)   Leave a comment

Ya estamos en marzo (probablemente ya se habrían dado cuenta) luego en apenas unos días entraremos también en plena locura de marzo. En apenas unos días (si mis exiguas fuerzas me lo permiten) empezaré a ponerles como de costumbre la cabeza mala con los torneos de conferencia, el bracket, las primeras rondas, los sweet 16, los elite 8 y demás maravillosas zarandajas universitarias propias de este maravilloso mes. Pero no estará de más que para ir abriendo boca les vaya contando ya alguna que otra historia, cada una de las cuales merecería un post entero por sí misma pero qué quieren, no doy más de sí en estos días así que tendrán que conformarse (o alegrarse, según) con esta especie de cajón de sastre. Al grano…

Si de historias se trata, no hay este año historia más hermosa que la protagonizada por los Shockers de Wichita State. Quizá recuerden que en la pasada temporada se metieron contra todo pronóstico en Final Four (partiendo desde el número 9 de su Región, nada menos), quizá recuerden que al final sólo hincaron la rodilla frente a esos imponentes Cardinals de Louisville que se alzarían con el título un par de días después. Pareció aquello el final de un hermoso sueño… y en realidad fue sólo el principio, quién nos lo iba a decir. Quién se lo iba a decir a los habitantes de Wichita, Kansas, que aquella dulce derrota sería la última, que de ahí en adelante y hasta nuevo aviso no harían ya otra cosa más que ganar. 31-0, se dice pronto, treinta y una victorias por cero derrotas para completar una inmaculada temporada regular, lo nunca visto. No exagero, ya hubo otras universidades que acabaron invictas la regular, la última hace diez años aquella (no menos sorprendente) St. Joseph’s de Jameer Nelson o Delonte West, pero nunca jamás hubo otra que enlazara tantas victorias en el empeño. 31 triunfos son muchos triunfos, que sin embargo no les han servido para ser considerados en ningún momento en el número 1 de la nación ni para evitar que aún así algunos les nieguen el pan y la sal por jugar en la Missouri Valley Conference, es decir, no una de las grandes conferencias sino una de las denominadas mid-majors. Pues qué quieren que les diga, obviamente Evansville, Missouri State, Indiana State, Bradley o Drake no se parecen en nada a Duke, Syracuse, Florida, Kansas o Arizona pongamos por caso, hasta ahí llegamos todos; pero para ganar 31 partidos, en casa y fuera, en ambientes favorables o abiertamente hostiles, no te basta con ser simplemente un buen equipo sino que además tienes que ser un pedazo de equipo. Un pedazo de equipo que además en su periodo de non-conference también ganó a otros pedazos de equipo como BYU, Tennessee, Alabama o Saint Louis (otra de las más gratas sorpresas del año), estas dos últimas a domicilio. No saben perder (literalmente) estos Shockers…

Ya, pero… ¿quiénes son estos Shockers? Podría casi copiapegarme y traer aquí lo que ya les conté hace once meses tras clasificarse para la Final Four, de hecho sólo tendría que borrar al base Armstead, al cuasipívot Hall y al mediocre pívot suplente Orupke, nigeriano al que pocos meses más tarde fichó UCAM Murcia por razones que a día de hoy todavía se me escapan. El resto del párrafo me valdría casi entero: Cleanthony Early sigue ejerciendo de estrella, Ron Baker sigue enchufándolas, Fred Van Vleet promocionó a base titular y confirmó las extraordinarias expectativas que ya había en torno a él… Súmenle a Tekele Cotton, al bahameño Kadeem Coleby y a alguna otra adición interesante desde el banquillo, principalmente los canadienses Chadrack Lufile y Nick Wiggins, ya saben, hermano mayor del hierático niño prodigio de Kansas Andrew Wiggins. Aunque sigo pensando como hace un año que el secreto mejor guardado de estos Shockers no viste camiseta de tirantes sino traje y corbata y lleva por nombre Gregg Marshall. Un técnico aparentemente (sólo aparentemente) de perfil bajo, que no hace tanto ruido como otros congéneres suyos pero cuya producción de nueces está muy por encima de la media, a las pruebas me remito. Obviamente nada será igual a partir de ahora, obviamente no será fácil que repitan Final Four (ni aún siendo como serán número 1 de su región en el Gran Baile)… pero que les quiten lo bailao, nunca mejor dicho. Pase lo que pase.

No, no llegaron en ningún momento a ser considerados número 1 de la nación, un honor que aún ostentan a día de hoy los Gators de Florida (no seré yo quien lo critique, tanto menos habiendo arrasado como han arrasado en su Conferencia… pero ello no me impedirá decir que no me seducen, en absoluto), un honor que aún antes ostentaron mis Orange de Syracuse… Ay, mis Orange de Syracuse. Mis Orange fueron el penúltimo equipo en perder, aguantando ahí al pie del cañón junto a Wichita State pero transmitiendo durante esas últimas semanas la inevitable sensación de que su imbatibilidad estaba cogida con alfileres. Ganaron ya por los pelos en Pittsburgh, ganaron aún más por los pelos en casa a North Carolina State, en ésas estaban cuando recibieron la visita de Boston College y justo ese día (justo ante el rival más insospechado) pasó por fin lo que tenía que pasar: los Eagles se llevaron (tras prórroga) la victoria del Carrier Dome, ni que decir tiene que eso fue sólo el principio: seguidamente los Orange viajaron por primera vez en su historia a un Cameron Indoor de Duke donde les esperaban con el cuchillo entre los dientes (esto sólo es el principio de una hermosa rivalidad): final polémico (casi tanto como el que ambos equipos ya habían experimentado semanas atrás en Syracuse), arrebato y expulsión de Boeheim, segunda derrota consecutiva. La tercera no tardaría en llegar y sería este pasado sábado en Virginia, paliza incluida. Y aún habría una cuarta este martes, en casa y ante Georgia Tech nada menos, otro de esos equipos con mucho más pasado que presente. En caída libre, justo en el momento culminante de la temporada. Qué quieren que les diga, me encantaría escribir otra cosa pero no creo que a día de hoy mis Orange (ni aún con las mejores versiones de C.J. Fair, Tyler Ennis o Jerami Grant) estén para repetir Final Four. De hecho a día de hoy mis Orange no están para (casi) nada.

Esa paliza padecida por Syracuse ante Virginia aseguró además el título de temporada regular de la ACC para los Cavaliers, hecho éste que también requiere párrafo aparte. Que en la ACC quizá más competida de la historia, con Syracuse, Pittsburgh o Notre Dame sumándose a las tradicionales Carolinas, Duke, Maryland, Florida State y demás familia, el título finalmente haya sido para Virginia no debería pasarnos desapercibido. Trátase de una universidad clásica que vivió tiempos de grandeza (que algunos no podremos evitar nunca asociar a la egregia figura de Ralph Sampson) pero que en estas últimas décadas andaba un poco venida a menos, razón por la cual sus responsables recurrieron a la cirugía. Hace cinco años se cargaron al técnico Dave Leitao (Lechón, si tradujéramos su apellido del portugués) y se fueron a la otra esquina del país a buscar su sustituto, Tony Bennett, en este caso no se trataba de ningún cantante sino de un joven entrenador que venía realizando una estupenda labor en Washington State. No diré que los resultados no se hicieron esperar porque sí se hicieron esperar, tampoco mucho, los cinco años que hicieron falta para que su estilo madurara, para que el escolta Brogdon o el pívot Mike Tobey se sumaran al extraordinario alero Joe Harris (ya en sus últimas semanas como universitario) y entre todos compusieran esta máquina infernal. Que en esta endemoniada ACC hayan ganado 16 partidos y perdido tan solo 1 (en Duke, el 13 de enero) es un logro que deberíamos valorar en su justa medida. Pase lo que pase a partir de ahora.

El polo opuesto de esta historia podríamos buscarlo en la Big12, podríamos encontrarlo si miráramos por ejemplo hacia Oklahoma State, ya saben, los afamados Cowboys del no menos afamado Marcus Smart. Hacia mediados/finales de enero iban 16-3, se las prometían muy felices estos Cowboys aún a pesar de sus evidentes carencias en el juego interior (pero de esos hay muchos), aún a pesar de su mala suerte con las lesiones, aún a pesar de ser quizá el equipo más macarra de América, aún a pesar de que Smart de tanto querer hacer honor a su apellido haya veces que hasta se pase de listo, no estará de más que de ahora en adelante vaya moderando su pasión por el flopping porque de no hacerlo le van a caer sanciones a chorros en NBA. Se las prometían muy felices estos Cowboys pero justo entonces empezaron a pasar cosas: perdieron en la visita a sus vecinos Sooners de Oklahoma, perdieron en casa ante Baylor y Iowa State y seguidamente fueron a jugar a un escenario a priori bastante más asequible, la Universidad de Texas Tech. Pero resultó que los nuevos pupilos de Tubby Smith no eran de la misma opinión: en los minutos finales ya era más que evidente que los Cowboys saldrían de allí con su cuarta derrota consecutiva… y entonces sucedió: un frustrado Marcus Smart fue a poner un tapón a la desesperada y cayó sobre el público, lo cual no hubiera tenido la menor importancia de no ser por el pequeño detalle de que al levantarse propinó un soberano empujón al espectador de la fila de atrás (que probablemente habría aprovechado la ocasión para soltarle algún improperio). A perro flaco todo son pulgas, la broma le costó a Smart tres partidos de sanción que supusieron otras tres derrotas para los Cowboys, en total siete consecutivas, mucho más de lo que cualquier universidad con aspiraciones puede soportar. Ante tal panorama resultaba manifiestamente evidente que peligraba su presencia en el Baile… o no: andan rehaciéndose, a día de hoy han conseguido enlazar de nuevo cuatro victorias, una de ellas precisamente ante Kansas (en un partido mucho más plácido que aquel otro de Lawrence…) Veremos.

Podría estar así varias horas contándoles batallitas universitarias, pero ni yo doy ya más de sí ni ustedes tampoco me lo iban a aguantar. Podría contarles por ejemplo que la semana pasada fue pródiga en partidazos (Minnesota-Iowa, North Carolina State-North Carolina, Indiana-Iowa…), podría contarles incluso que en otro de ellos sucedió un rocambolesco final. ¿Imaginan un ex jugador que fuera leyenda de una determinada universidad, y que viera a esa universidad caer derrotada por una canasta sobre la bocina de su propio hijo? Tal cual. Glenn Robinson fue leyenda en Purdue a mediados de los noventa, entonces le llamaban Big Dog Robinson, luego en sus años de Milwaukee Montes le rebautizó como Pichichi Robinson. Glenn Robinson tiene jugando en los Wolverines de Michigan a su hijo Glenn Robinson III, ya otras veces les hablé de él (ligeramente sobrevalorado por ser hijo de quien es, aunque esto no pasa de ser una opinión personal mía sin ningún fundamento). Pasó que esta pasada semana Michigan rindió visita al feudo de Purdue, pasó que allí estaba Robinson padre en primera fila viendo a su retoño contra su alma máter acompañado por otra leyenda local (a diferente nivel) como es Brian Cardinal, pasó lo que tenía que pasar: últimos instantes de la prórroga, uno arriba Purdue, los boilermakers ya relamiéndose, ataca a la desesperada Michigan, ese último balón que bien podría haber sido para Stauskas, LeVert o Albrecht pero hete aquí que fue a parar a Robinson, ese Robinson que en un escorzo imposible se suelta una especie de churro, suena la bocina, la bola que parece que no va entrar, la bola que finalmente cae dentro, ese Robinson padre al que imaginamos por un lado loco de alegría y por el otro no sabiendo dónde meterse… Y todo esto y más aún en febrero, un mero aperitivo, imaginen cuántas de estas historias nos tocará contar en marzo. Permanezcan atentos a sus pantallas.

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 7 de marzo de 2014)

chico listo   2 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 9 de marzo de 2013)

No he podido resistir la tentación y le he pedido al gúguel trasleit que me devolviera el significado de la palabra smart, aunque ya sabía de antemano lo que me iba a contestar. Efectivamente, smart significa inteligente, creo que hasta mi cuñado el del bar que apenas sabe una palabra de inglés (y pocas más de castellano) habría sido capaz de deducirlo a la vista de los múltiples reclamos publicitarios que pueblan nuestras vidas, smartphone, smart tv, smart box, tampoco es que sea algo exclusivo de ese idioma porque en el nuestro también podemos encontrar numerosas alusiones a edificios inteligentes, electrodomésticos inteligentes y hasta bolígrafos inteligentes si me apuran, somos así. Pero smart, in english, no es sólo una cualidad presuntamente humana sino que resulta que además es apellido, algunos lo aprendimos ya de niños (momento cebolleta) mientras veíamos aquella impagable serie nunca suficientemente repuesta, el Superagente 86, recuerden (si llegaron a tiempo de conocerlo), Maxwell Smart, el temible operario del recontraespionaje

Vale, sí, aquel era un personaje de ficción con apellido puesto ad hoc para que pudiera utilizarse como juego de palabras (de hecho el título original de aquella serie era get smart) pero es que a lo largo de los años hemos conocido otros smart nada ficticios sino más bien de carne y hueso: sin salir del ámbito del baloncesto podemos traer a colación a Keith Smart, héroe postrero del último título de la Universidad de Indiana allá por 1987 y actual entrenador de los Sacramento Kings; o a Shaka Smart, joven pero sobradamente preparado técnico de esa alucinante VCU (o lo que viene siendo lo mismo, Universidad de Virginia Commonwealth) que hace ya un par de años conoció las mieles de la Final Four… Ambos dos honran sobradamente su apellido pero no son la razón de que les esté soltando esta larga introducción (que llevarán un rato preguntándose a qué viene): la verdadera razón se llama Marcus Smart y está en su primer año (y último, me temo) de carrera en la Universidad de Oklahoma State.

Dicen que la primera impresión es la que vale, pero ello no tiene por qué ser necesariamente así. La primera impresión que se te queda al ver a Marcus Smart es buah, éste tiene que ser el típico chupón que no se la pasa ni a su padre, no hay más que ver esos aires que se gasta, esa pinta de sobrado que tiene (y eso que ya no luce ese peinado cónico que llevaba a comienzos de temporada…) Bueno, pues nada más lejos de la realidad. A ver, pinta de sobrado tiene, pinta de ir de chulo por la vida, es así, no vamos a decir lo que no es. Pero las apariencias engañan, a veces. De hecho a mí me sucedió hace ya casi un año, la primera vez que vi un vídeo de este tío junto con otro montón de vídeos de los recruits presuntamente más destacados para esta temporada: la mayoría de esos vídeos promocionales ponían el énfasis en aspectos meramente individuales (acaso porque no hubiera otros que mostrar), penetraciones suicidas, mates estratosféricos, driblings insospechados y demás juanpalomismos varios; pero había excepciones, excepciones como ese Kyle Anderson al que pocos meses después veríamos en UCLA, acaso también ese Yogi Ferrell de Indiana, desde luego este Marcus Smart; sus vídeos de apenas dos minutos no mostraban sólo egos desmedidos sino también asistencias, robos, ayudas, aplicación defensiva y demás escenas solidarias que parecían indicarnos que esta vez no estábamos ante el típico jugón unidireccional sino todo lo contrario, uno de esos casos aislados de jugadores que acostumbran a hacer muchas cosas, y todas razonablemente bien. Ahora bien, tampoco era cuestión de lanzar las campanas al vuelo, al fin y al cabo era sólo un vídeo, faltaba confrontarlo con la cruda realidad…

La realidad (nada cruda en este caso) o lo que viene siendo lo mismo, la posibilidad de verle en partidos enteros con sus cuarenta minutos completos, nos devolvió un Smart (parece que esté hablándoles de un coche) aún mejor de lo que habíamos imaginado. Smart anota a tutiplén pero también rebotea siempre que puede, asiste que es un primor (en consonancia con el papel de base que le ha sido asignado), roba balones a chorros, incordia siempre al rival y hasta tapona cuando es menester. El típico jugador hiperactivo, de esos que parecen estar en varios sitios a la vez, que sacan el córner y lo rematan de cabeza como diría el dicho futbolístico. Si usted es de los que gusta de tipos polifacéticos y multifuncionales no lo dude, éste puede ser su hombre, eso sí, siempre y cuando no le pida usted peras al olmo que aún le habrán de quedar cosas por pulir, que el tiro lejano aún no es su fuerte, que su comprensión del juego todavía tiene que mejorar, tiempo tiene por delante para ello… Pero de una cosa sí puede estar seguro: es de esos jugadores que casi nunca decepciona; podrá tener días malos en ataque (que los tiene, y los seguirá teniendo) pero siempre lo compensará con lo que aporte en casi todo lo demás.

Y por si todo ello fuera poco, resulta que además Marcus Smart es también un ganador, en el sentido más (digámoslo así) yugoslavo de la palabra. O dicho de otra manera, nunca va a ser ese tipo de jugador al que idolatren las aficiones rivales cuando acuda como visitante. No le idolatraron precisamente en Arkansas, donde su amplio repertorio de ardides, tretas y piscinazos varios para provocar faltas en ataque acabó descomponiendo al perímetro entero de los Razorbacks y por extensión a todos sus aficionados. Ni le idolatraron precisamente en Kansas (partido que por desgracia no pude ver) donde su actuación fue fundamental para acabar con la larguísima imbatibilidad en casa de los Jayhawks, hazaña que no encontró otra manera de celebrar que poniéndose a hacer cabriolas y piruetas varias en el centro de la pista, lo cual fue interpretado por los jugadores y aficionados locales como una falta de respeto (a mí no me pareció que fuera para tanto… quizá porque no soy de Kansas). Recuerden que hace honor a su apellido, no es que lo diga yo sino que hasta los propios analistas yanquis caen con frecuencia en el juego de palabras, por lo que no resulta difícil escuchar en una retransmisión cualquiera algo así como …ooohhh, Marcus Smart is so smart…!!!, o ver cómo en un pantallazo se preguntan how smart is Marcus? La respuesta parece clara, es sumamente inteligente… o no, o quizá no sea tanto eso (que ya nos explicó una vez Messina que un exceso de inteligencia puede resultar perjudicial para la práctica del baloncesto) como que es sumamente listo; no me consta que en el idioma inglés hilen tan fino, mis conocimientos no dan tanto de sí como para diferenciar entre smart y (por ejemplo) clever, pero en el nuestro lo tenemos clarísimo: a un lado quedaría la inteligencia pura y dura, y al otro la listeza o listura como un escalón más evolucionado: como la capacidad de sacarle partido, de saber utilizar en tu propio beneficio esa misma (mayor o menor) inteligencia. No sé cuál será el cociente intelectual de Marcus Smart pero eso sí, listo es un rato, puedo asegurárselo.

Marcus Smart tiene a su lado a Markel Brown, que le echa una mano en tareas de dirección y tiene buenísima mano además; tiene un poco más arriba al peculiar (hasta en el nombre) y estupendo alero Le’Bryan Nash; cuenta también con un par de eficaces ala-pívots (o similar), Cobbins y Kamari Murphy, y con un cénter modelo armario, Phil Jurick, que aporta presencia física y no le pidan más, que ya les dije antes lo de las peras y el olmo. Y finalmente otro freshman que empieza por lo general los partidos en el banquillo y los acaba en la cancha, Phil Forte (pronúnciese forté, con acento en la é), digno sucesor de lo que representó allí durante estos pasados años Keiton Page: el típico jugador de perímetro blanco, pequeño, incordio, de extraordinaria muñeca y no menos extraordinaria actitud; el espíritu de estos Cowboys de Oklahoma State. Sin Smart serían como mucho un buen equipo, sin excesos; con Smart son cosa seria. Suficiente para haber recuperado la ilusión en Stillwater (supongo que los que fundaron la ciudad le pusieron ese nombre para que los colonos que vinieran detrás supieran que allí todavía había agua), suficiente para tener prácticamente garantizada su presencia en la March Madness: no serán favoritos, pero de una cosa podremos estar bien seguros: Marcus Smart no va dejar pasar la oportunidad de dejar su sello en el que será (me temo) su único Torneo Final de la NCAA.

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