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estado de gracia   4 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 24 de octubre de 2013)

A veces me pregunto cuánto tiempo necesita permanecer un jugador en estado de gracia para que deje de decirse que está en estado de gracia. Me explico (o lo intento): de los grandes jugadores (o de los grandes en cualquier otra disciplina) nunca se dice que estén en estado de gracia, se dice que son buenos y punto, la gracia se les da por supuesta, se presupone que la gracia es su estado natural. Esa expresión, estado de gracia, no sería entonces para los sublimes sino para los normales, profesionales corrientes y molientes, jugadores del montón que de repente un día, dos o tres se salen de la norma, razón por la cual diremos que han entrado en estado de gracia. Pero eso, una semana, un mes, un año y medio… ¿Un año y medio?

Sergio Rodríguez, base del Real Madrid, explotó de repente en los playoffs de 2012, primero en la semifinal ante el Baskonia y luego en la Final contra el Barça, razón por la cual empezamos a escuchar una y otra vez que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez se ganó el derecho a ser llamado a la Selección y jugó a buen nivel en los Juegos Olímpicos de Londres, luego volvió al Madrid y comenzó extraordinariamente bien la temporada 2012/2013, razones todas ellas por las que seguimos escuchando que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez realizó un temporadón excelso que culminó en un título de Liga y una Final de Euroliga, Sergio Rodríguez para algunos (entre los que me cuento) se habría merecido mucho más el MVP que su compañero Mirotic… y con todo y con eso aún tuvimos que escuchar que seguía en estado de gracia. Sergio Rodríguez fue tal vez el mejor hombre de la Selección en el Eurobasket de Eslovenia, se echó el equipo a la espalda cuando nadie más lo hacía y todo lo que consiguió a cambio (además de un bronce) fue seguir escuchando que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez ha empezado como un tiro la temporada 2013/2014, está incluso mejorando sus casi inmejorables prestaciones de hace meses, está consiguiendo que hasta aquellos que siempre le negaron el pan y la sal le empiecen a reconocer sus méritos (no digamos ya los que siempre se los reconocimos)…. y por increíble que parezca, aún hoy el denominador común de todas las crónicas y de todas sus menciones sigue siendo que está en estado de gracia. Qué gracia.

En otros la gracia es la norma, un mal partido apenas es una excepción. En cambio en Sergio la gracia parece ser la excepción (¿año y medio de excepción?) luego habremos de concluir que la desgracia sería su norma. ¿En serio? Es como si se hubiese quedado instalado ya para siempre en su etapa negra, sus años con McMillan, su tiempo con Messina, como si no hubiese existido el antes y sobre todo no existiera el después, como si el de Portland (y Sacramento, y Nueva York) fuese el Sergio real y éste de ahora fuese el Sergio virtual. Como si en cualquier momento se pudiera romper el hechizo. Cualquier gran jugador puede hacer un mal partido, dos, tres, y no por ello dejará de ser un gran jugador. Esperen a que Sergio haga un mal partido, sólo uno, y ya verán cómo tendremos que escuchar que se acabó su estado de gracia. Como si no fuese sino que estuviese (ventajas de tener un idioma que distingue entre ser y estar), como si nos lo hubiesen instalado ya para siempre en la temporalidad. Otros son buenos fijos, por mucho que la caguen no dejarán de serlo, en cambio a Sergio parece haberle sido asignado el papel de bueno provisional, por muy bien que lo haga incluso durante años enteros seguirá estando bajo la lupa, seguirán impidiéndole ascender a la categoría superior. Seguirá examinándose partido a partido, seguirá saliéndose partido tras partido, seguiremos repitiendo todos como papagayos partido tras partido que está en estado de gracia. Bendita gracia.

Quizás aquella presunta desgracia (por contraposición a esta gracia) naciera en Portland, hace ya unos cuantos años. Allí se juntaron el hambre y las ganas de comer, se juntaron un Sergio tan talentoso como inmaduro y un Nate McMillan tan buen entrenador como cuadriculado a más no poder. Que a Sergio el baloncesto se le salía por los poros lo sabíamos ya desde hace tiempo, desde aquel inolvidable Eurobasket Sub18 de Zaragoza 2004, desde antes incluso, desde aquella última canasta del último minuto del último partido de la Final ACB 2004. A Sergio el baloncesto se le salía por los poros pero ése con ser su principal valor era también su gran problema, su incapacidad de administrar esa segregación. Sergio era un potro sin domar, si estaba inspirado era incomparable, si estaba atravesado te podía meter en un lío. McMillan habría pasado de él si le hubieran dejado pero como no le dejaron decidió domesticarlo, con poco ahínco esa es la verdad dada la poca fe que tenía en él. Nada que pudiera sorprendernos, cualquiera que hubiera conocido al Nate McMillan de los Sonics y conociera ahora a este Sergio sabría que nunca hubo dos bases más contrapuestos en toda la historia de la humanidad.

Y para domesticarlo (o así) recurramos a aquella vieja táctica del palo y zanahoria. Mucho palo y muy poca zanahoria, para ser exactos. Te pongo unos minutos, podría aguantarte un rato en cancha aunque la cagues pero no, el mensaje que te transmito es exactamente el contrario, en cuanto pierdas un balón, hagas un mal tiro o se te escape tu defendido te volverás al banquillo echando viruta. Sergio se acostumbró a jugar un día tras otro, un mes tras otro, un año tras otro con la espada de Damocles permanentemente instalada sobre su cabeza. El más mínimo error le condenaba de inmediato al banquillo, acaso ya por lo que restara de partido, acaso también para el partido siguiente. Para algunos ésta será la quintaesencia del buen entrenador, la letra con sangre entra como si dijéramos, las imprudencias se pagan como diría la DGT. Acaso algunos ingenuos pensáramos que la forma de aprender de tus errores no debería ser mediante el castigo sino mediante la confianza, si juegas pensando que al primer fallo ya te van a sentar jamás serás libre, jamás disfrutarás, en el mejor de los casos te convertirás en un adocenado incapaz de arriesgar, en el peor la presión de fallar te hará fallar más todavía. Acaso algunos ingenuos pensáramos lo que no debíamos, quién nos mandará pensar.

Tras aquel páramo de Oregon vinieron aquellos dos breves espejismos de Sacramento y Nueva York. Algunos creyeron que con el carapasmao de Westphal o el desbaratao de D’Antoni las cosas serían diferentes, yo no, yo me temí lo peor y por una vez (y por desgracia) acerté. De la capital de California sacó una gran amistad con el Chapu a la par que dejó un buen recuerdo, aún este verano se podía leer en las webs locales que Greivis Vásquez iba a ser el primer base pasador de la franquicia desde que se marchó Sergio Rodríguez; de la capital del mundo no sacó ni eso siquiera, cuentan que al acabar aquella temporada le ofrecieron (no sé si con mucho ahínco) un contrato que probablemente le habría convertido en el suplente del suplente, eso en el mejor de los casos. Era el momento de dejarlo, con gran dolor de su corazón. Sergio amaba la NBA sobre todas las cosas, Sergio en sus años mozos (según confesión propia) se pasaba madrugadas enteras en vela viendo partidos históricos en el Plus, Sergio se marchó luego a la NBA en cuanto pudo y vio así sus sueños convertidos en realidad. Apenas necesitó unos pocos años para comprender que la realidad rara vez se parece a los sueños.

Cambiar la NBA por la ACB fue como salir de Málaga para entrar en Malagón, como pasar de Guatemala a Guatepeor, como cambiar a McMillan por Messina.  No me interpreten mal, en realidad sólo fue una cuestión de incompatibilidad de caracteres. O de maneras de entender el baloncesto, más bien. Y miren que algunos ya lo intuimos aquel mismo verano, de hecho hasta se nos vinieron a la cabeza algunos versos de su inmenso (en varios sentidos) paisano Caco Senante. Senante era el autor de aquella canción con la que le había rebautizado el gran Montes, Mojo Picón, Mojo Picón, la rica salsa canaria se llama Mojo Picón, pero no era precisamente de esa canción de la que yo me acordaba aquel verano, sino de otra mucho más triste…

Se te adivina al caminar con ademanes de cansado.
Cansado de no ver el mar, de respirar aire viciado.

Parece que la gran ciudad te está intentando destruir
y te amenaza en cada esquina.
Y que ese mundo de hormigón, de ruido, asfalto y polución,
de golpe, se te viene encima.

Al contemplarte, creo ver, ave de mar en tierra adentro,
que quiere a la costa volver y anda buscando su momento.

No te consigues habituar a esta manera de vivir
y ya te invade la añoranza.
Y estás pensando en regresar para la tierra, a trabajar,
y eso mantiene tu esperanza,………te digo

Qué es lo que haces tú aquí, una gaviota en Madrid.

Una gaviota en EL Madrid, más bien. Un espíritu libre en el prieto corsé de Messina. Más palo y más zanahoria (mucho palo y muy poca zanahoria), más espada de Damocles, más y más de aquella vieja dinámica macmillaniana, entras-la cagas-sales, te pongo-me fallas-te quito, así una vez tras otra hasta el fin de los tiempos. Otra vez la presión añadida de que cualquier fallo signifique banquillo (bronca mediante), otra vez sin derecho al error. Messina es un gran entrenador, qué duda cabe, pero pertenece a esa categoría de grandes entrenadores que sólo entienden el baloncesto de una única manera, casualmente la suya propia. Todo lo que se sale de la norma (su norma) debe ser considerado sospechoso, por definición. Messina estaba acostumbrado a que en Moscú le dieran todo lo que pidiera, en cambio en Madrid le dieron sólo algo de lo que pidió (que fue bastante más de lo que le habían dado a su antecesor, por cierto) y mucho de lo que no pidió ni por asomo. Entre lo que no pidió ni por asomo estaba Sergio. Una gaviota difícilmente podrá volar si le cortan las alas, aún menos si la encierran en una caja. Hasta un ciego veía que aquello jamás podría funcionar. Sólo era cuestión de tiempo.

¡¡¡Se bota para penetrar a canasta, si no se pasa!!!, aún retumban en mi cabeza aquellos gritos de Messina al Chacho en vaya usted a saber qué tiempo muerto. Aquellas palabras siempre me parecieron un perfecto ejemplo de rigidez. En principio (sin tener en cuenta al jugador, sin tener en cuenta la situación, ni las circunstancias) puede ser una adecuada filosofía, qué duda cabe. Un base que bota y bota porque sí, con el yoyó puesto como si dijéramos, es manifiestamente contraproducente: adormece los ataques, fija las defensas, entontece a los compañeros, arruina las posesiones. Pero es que Sergio Rodríguez no entra en esta categoría, no se corresponde en absoluto con ese perfil. Sergio no paraliza el juego de su equipo sino que lo dinamiza, Sergio jamás bota por botar, Sergio bota y procesa, busca ese pase definitivo que saliendo de sus manos no es pase sino pre-asistencia, el pre sólo en función del posterior acierto de su receptor. Y si no lo encuentra, o reinicia o se la juega: o desde fuera (cada vez más desde fuera, cada vez mejor desde fuera) o para adentro. Claro está, ése del que les hablo es el Sergio desinhibido que hace ya casi diez años conocimos y también el que hoy (re)conocemos, ése no era en ningún caso el Sergio maniatado y cohibido de Messina ni el de McMillan. Un Sergio antinatural, un Sergio reprimido y por ello también deprimido. A la fuerza ahorcan.

Se fue (traumáticamente) Messina, se quedó Molin, se fue Molin, llegó Laso. Aunque Laso no hubiera ganado una Liga, una Copa y dos Supercopas, aunque no hubiera alcanzado una Final de Euroliga, aunque su equipo no jugara como los ángeles, aunque no hubiera ningún otro mérito que reconocerle siempre nos quedaría reconocerle el mérito de haber recuperado para la causa a Sergio Rodríguez. ¿El secreto? Obviamente no lo sé, no estoy ahí para saberlo. Puedo pensar que algo tendrá que ver el hecho de que Pablo Laso también fuera base, y cuando digo base quiero decir base: no un gladiéitor defensivo en plan McMillan sino un director de juego en toda regla; menos creativo que Sergio, más seguro que Sergio, tan buen pasador como Sergio. Algo tendrá que ver, seguro, pero aún más tendrá que ver otro concepto mucho más sencillo: confianza. Tan simple como eso, darle confianza. O aún mejor: no darle desconfianza. Que por primera vez en muchos años sintiera que podía arriesgar sin temor a las represalias, que perdiera de una vez por todas el miedo a equivocarse, que su permanencia en cancha ya no dependiera por fin de que la cagara o la dejara de cagar. Tan simple como eso.

Hoy nos puede parecer que todo su tiempo con Laso fue un camino de rosas, pero nada más lejos de la realidad. Los primeros meses fueron duros, no por Laso ni por él sino porque el proceso de descompresión requiere tiempo, no se sacude uno las telarañas de un plumazo así como así. Había que quitarse la escayola, el acartonamiento, la represión, había que dejar que poco a poco fueran volviendo aquellas viejas sensaciones de antaño, que el baloncesto volviera a fluir en su interior… Requiere tiempo y paciencia, pero el tiempo y la paciencia no son conceptos fáciles de manejar en una institución permanentemente instalada en la urgencia como es el Real Madrid. Cortoplacismo, que se dice ahora. Hacia mediados de la temporada 2011/2012 resultaba ya evidente que Laso había recuperado a Sergio, aunque éste aún no fuera el que hoy conocemos ni siquiera el que un día conocimos. Pero estaba en el buen camino, aquello sólo podía ser el principio de una hermosa amistad… y sin embargo era un secreto a voces que el Madrid ya tenía apalabrado a Dontaye Draper, y que éste no venía porque sí sino que venía precisamente para ocupar el puesto de Sergio Rodríguez. Sergio entró en los playoffs de 2012 convencido de que le iban a largar, convencido estaba él y convencidos estábamos también todos los aficionados al baloncesto (que lo entendiéramos o no ya era otra historia). Apenas unas semanas más tarde entró en estado de gracia. Y hasta la fecha.

Nunca dejes que te cambien, cuentan que alguien se lo dijo una vez (y evidentemente no se refería a que le sustituyeran sobre la cancha sino a que le cambiaran su forma de ser, su manera de jugar). Quien se lo dijo sabía bien de qué hablaba, lo sabía por propia experiencia, se llamaba (se seguirá llamando) Iván Corrales, otro espíritu libre (incluso demasiado), todo un personaje sobre la cancha y acaso también fuera de ella, muchos entrenadores se empeñaron en domesticarlo, alguno finalmente lo acabó consiguiendo y el remedio fue mucho peor que la enfermedad, aquel Corrales desbocado se nos fue diluyendo poco a poco hasta acabar quedándosenos prácticamente en nada. No fue un caso aislado, comparen por ejemplo a aquel explosivo Jason Williams de sus comienzos con aquel otro Jason Williams casi funcionarial (en el peor sentido del término) de sus últimos años. O a Luke Ridnour, hoy un base anodino en NBA pero al que algunos recordamos epatándonos en la Universidad de Oregon, créanme si les digo que era fantasía pura. Ellos dejaron que les cambiaran, no por gusto sino porque de ese cambio dependía que pudieran ganarse (muy bien) la vida jugando a esto. Cuántos no se habrán quedado en el camino, simplemente por no dejarse domesticar…

Claro está que hay librepensadores y librepensadores, también en lo que respecta a la dirección de juego. En mis lejanos tiempos del colegio me decían que no hay que confundir la libertad con el libertinaje (que nunca supe lo que era), también que la libertad de uno acaba donde empieza la libertad de los demás (o viceversa). La libertad de un base acaba donde empieza la de sus compañeros. A menudo metemos en el mismo saco al base hipercreativo que juega sólo para sí mismo y al base hipercreativo que pone su excelsa creatividad al servicio del equipo, como si ambos excesos fueran lo mismo. No es lo mismo, no puede ser lo mismo. El libertinaje en la dirección de juego suele ser tóxico, la libertad puede ser maravillosa. Y sin embargo hay entrenadores incapaces de distinguir entre uno y otro concepto, quizá porque en el fondo les dé miedo todo aquello que se escape de su control. Afortunadamente no son todos, ni la mayoría siquiera: muchos sí separan la paja del grano, muchos no consideran el talento como algo sospechoso sino como algo que se puede (se debe) encauzar. Sergio Rodríguez gastó media carrera deportiva en el empeño pero finalmente acabó encontrando la horma de su zapato. Gracias a Laso, también (y sobre todo) gracias a sí mismo, acabó casi resolviendo la cuadratura del círculo: el equilibrio imposible entre ser más Chacho que nunca, no dejar que le cambiaran (y no será porque no lo intentaron algunos) y que sin embargo todo ese desparrame de talento ya no despertara sospechas, que fuera visto por fin como algo positivo para su equipo, que provocara de una vez por todas la admiración general. Todo su baloncesto puesto al servicio de una idea, toda una idea hecha a imagen y semejanza de su baloncesto. Por fin.

Me van a permitir que me tire al barro. Estoy convencido de que al final de su carrera (pongamos dentro de ocho o diez años) Sergio Rodríguez estará considerado como uno de los bases de referencia del baloncesto europeo. Al mismo nivel de consideración que hoy podamos sentir hacia (fíjense qué nombres pongo) Diamantidis, Spanoulis o incluso Papaloukas, que sean los tres de la misma nacionalidad es una mera casualidad. Tres bases (dicho sea de paso) de quienes nadie dijo ni dirá jamás que estén en estado de gracia,, ellos no están sino que son. En condiciones normales (si no hay lesiones ni caídas insospechadas, si no se se cruza otro técnico represor en su camino por uno de esos avatares del destino) el Chacho de treintaitantos será aún mejor que este mismo Chacho de 27 que hoy conocemos: menos pujante físicamente (es ley de vida) pero mucho más maduro, más equilibrado y no por ello menos atrevido. Llegará el día en que le nombren el mejor base de Europa, llegará el día en que despierte murmullos de admiración en todo el Continente, llegará el día en que se nos caiga la baba con él (aún más que ahora)… y sin embargo es muy probable que para entonces aún tengamos que seguir escuchando esta misma retahíla, que lo que pasa con Sergio es que está en estado de gracia, mire usted. ¿Cuántos años de estado de gracia serán necesarios para la gracia deje de ser un estado y se convierta por fin en su condición natural? Esperemos averiguarlo algún día…

annus horribilis   2 comments

Allá por el pasado verano los Lakers ficharon a Nash y Howard y sus aficionados se vinieron arriba de inmediato como no podía ser de otra manera, en una muy particular reinterpretación del tradicional cuento de la lechera (disculpen el ripio): vamos que la única duda que les quedaba ya a esas alturas era si ganarían o perderían la Final contra los Heat. Algunos, con la sabiduría que da la experiencia (decía mi abuela que más sabe el diablo por viejo que por diablo; me horroriza estar aproximándome a esa fase), mostramos ya entonces nuestro escepticismo al respecto: al fin y al cabo Howard nunca fue santo de mi devoción, al fin y al cabo Nash estaba ya pa sopitas y buen vino (otra de mi abuela), al fin y al cabo Pau iba a seguir teniendo al lado un cinco con el que estorbarse, al fin y al cabo el precedente aquél de los Galácticos de 2004 (Kobe, Shaq, Payton, Malone) no invitaba precisamente al optimismo, al fin y al cabo iba a seguir entrenándolos el sinsustancia de Mike Brown. Ni que decir tiene que ante mis dudas la fanaticada amarilla se me tiró directamente al cuello, entiéndase en sentido figurado, amablemente y desde el respeto pero al cuello, es bien sabido que el escepticismo nada puede contra el sentimiento de ilusión colectiva de toda una afición enfervorizada. Claro está, hoy bien podría yo sacar pecho y decir ¿lo veis, veis como yo tenía razón? Pero no lo haré por dos razones, primera porque no es mi estilo y segunda porque no es verdad, yo no tenía razón, en el fondo yo estaba tan equivocado como todos ellos: no veía claro que les fuera a ir bien pero jamás, ni en la peor de mis pesadillas, hubiera imaginado que les acabaría yendo tan mal.

A partir de este momento no les voy a contar nada que no sepan ya, por lo que quedan eximidos de seguir leyendo salvo que sean de los Lakers y quieran autoflagelarse o bien sean de cualquier otra franquicia y quieran regodearse, que de todo habrá. Fue empezar la temporada y comprobar que Nash pasaba más tiempo lesionado que sano, que Howard tres cuartos de lo mismo (claro que en esto no es que salieran perdiendo, que allá en Philadelphia Bynum estaba aún peor), que Kobe iba a su bola para variar y que Pau estaba desubicado, desmotivado (tiende a desmotivársenos con relativa facilidad la criatura) y cariacontecido, factores todos ellos que contribuían a que realizara la peor temporada que se le recuerda. Dado que Metta World Peace es lo que es (con que mantenga estables sus constantes vitales y no le arranque a nadie la cabeza ya nos damos por muy satisfechos) y dado que en el banquillo tampoco es que hubiera mucho donde rascar, pues resultó que todo quedaba en manos de la sabiduría, de la excelencia, del buen hacer y el saber estar de Mike Brown (está bien, ya dejo la bebida). Un día Kobe le miró mal y supimos que su suerte estaba echada. Lo raro es que no hubiera estado echada mucho antes.

Claro está, los Lakers tras largar al técnico podrían haberse limitado a fichar a otro, es lo que haría cualquier franquicia normal, lo cual nos permitió comprobar una vez más que los Lakers distan mucho de ser una franquicia normal. En lugar de eso prefirieron montar un sainete, mucho más divertido, dónde va a parar: fueron a buscar a Phil Jackson, le ofrecieron el oro y el moro, le convencieron y cuando fue a decir que sí le respondieron ¡anda tonto, que te lo has creído! cual si de una broma tipo Inocente Inocente se tratara, no sé cómo quedaría la relación con su amiga entrañable Jeanie Buss después de aquello (en el supuesto de que dicha relación se hubiera mantenido hasta entonces, que no me consta), quién le iba a decir al bueno de Phil que a sus años tendría que aguantar semejantes tonterías. Mientras medio mundo daba ya por hecho lo de Jackson ellos se fueron a por Mike D’Antoni aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que tenían en la plantilla a Steve Nash, qué mejor fórmula que recuperar aquel binomio para volver a vivir aquellos tiempos del Showtime. Dicho y hecho, D’Antoni llegó a Los Ángeles, no consta que dijera (como en su día Rambis) soy el próximo entrenador al que cesarán los Lakers pero debería haberlo dicho, más que nada para curarse en salud. D’Antoni se puso a entrenar y los Lakers de inmediato recuperaron el show, de hecho los Lakers son un puro chou desde que se levantan y hasta que se acuestan; lo malo es el time, que rara vez les coincide con la hora del partido.

Recuperar el showtime (por contraposición al Boring time de Brown) en la capital del showbusiness parecía una magnífica idea, si estás en la meca del espectáculo qué menos que hacerlo bonito. Claro está, ya sería la leche que además de hacerlo bonito también fueras capaz de hacerlo bien. El baloncesto de D’Antoni siempre fue un perfecto ejemplo de defensa… en su etapa de jugador, encimando al base rival en el vértice de aquella 1-3-1 de Dan Peterson en la Olimpia milanesa. Luego ya de entrenador como que se le fue pasando, su estilo alcanzó el paroxismo en aquellos Phoenix Suns a los que les fue (relativamente) bien más que nada porque tenían los jugadores adecuados para ello. En Nueva York dejó huella (de hecho todavía están intentando borrarla) y en Los Ángeles va por el mismo camino, me temo: a correr tocan, pies para qué os quiero, tanto da que ya no tengamos las piernas ni los cuerpos ni las edades adecuadas para ello. Y si de correr se trata mejor con pequeños, dos grandes no me caben en la misma zona así que de entrada Pau al banquillo (y de inmediato nuestro patrioperiodismo o periopatrioterismo montó en cólera, cómo es posible, habráse visto tamaña afrenta, no podemos tolerar semejante aberración…) ¿Defensa, dice usted? Metamos 120 puntos por partido y ya verá cómo a nadie le importará nuestra defensa.

Dado que no hay mal que cien años dure ni franquicia que lo resista (mi abuela nunca habría dicho franquicia, de hecho no creo ni que conociera la palabra), un día las cosas empezaron sutilmente a cambiar. No fue tanto el estilo D’Antoni como que Kobe tuvo una idea: aburrido ya como estaba de jugarse tiros y más tiros y meter puntos y más puntos, total pa ná, una noche se dijo voy a probar a pasar el balón, a ver qué se siente. Y experimentó una sensación tan increíblemente placentera que le cogió el gusto, y repitió una vez y otra vez y otra vez más, y sus compañeros se lo agradecieron, y entre todos disfrutaron, y de repente sin apenas darse cuenta empezaron a ganar partidos, uno tras otro, y de verse desahuciados (soy consciente de que no debería haber utilizado esta palabra) pasaron a que los playoffs volvieran a ser una remota posibilidad… Dura poco la alegría en casa del pobre (otro dicho de mi abuela, sé que pobreza y Lakers no deberían ir en la misma frase pero ustedes cogen la idea), una noche se lesionó MWP, otra se lesionó Pau para no ser menos que sus compañeros, finalmente cuando ya no podían pasarles más cosas dentro de la pista empezaron a pasarles fuera: una aciaga mañana de febrero su eterno propietario Jerry Buss dejó de ser un mito viviente para pasar a ser simplemente un mito. No se le olvidará.

Pero había que llegar a la postemporada, había que alcanzar a Utah, había que intentarlo como fuera, tanto daría que luego cayeran en primera ronda ante los Thunder o los Spurs 4-0, 4-1, 4-loquefuera pero que no fuera por no haberlo intentado. Caiga quien caiga, cueste lo que cueste, 48 minutos por noche salvo que haya prórroga que entonces serán 53, aguanta Kobe, ya queda poco, total los playoffs ya están ahí a la vuelta de la esquina y al final pasó lo que tenía que pasar: se le rompió el tendón, de tanto usarlo. Yo soy de los que piensan que volverá a jugar, su orgullo no le va a permitir que esto acabe así, de ningún modo. Ya otra cosa será cuándo. Y ya otra cosa, mucho más importante que el cuándo, será cómo. Tengámoslo claro si aún no lo tuviéramos, (lo que aún quedaba de) el mejor Kobe se nos apagó para siempre el pasado viernes frente a los Warriors, a falta de apenas tres minutos para el final.

Al cierre de estas líneas (qué periodístico suena esto) los Lakers andan todavía metidos en playoffs, si bien los Jazz andan al acecho y su clasificación pende de un hilo. Tanto dará. Si los juegan serán pan comido (tanto más sin Kobe), si no los juegan tampoco les servirá de nada dada su infinitesimal posibilidad de pillar una buena ronda de draft y dada además la indefinición reinante en los primeros puestos de este draft. Se cerrará así su temporada más aciaga de los últimos quince años, esto sí que es un verdadero annus horribilis y no el de la familia real (británica, a ver qué otra iba a ser). Vamos, que para acabar de arreglarlo ya sólo les faltaría (aunque en NBA no se estilen mucho las rivalidades territoriales) que los Clippers se metieran en la Final. Sea como fuere tocará resetear este verano, tocará esperar a Kobe, tocará reciclar a Nash como entrenador-asistente (acaso lo sea ya y no nos hayamos enterado), tocará confiar en que Howard acabe siendo el cénter imponente en ambos lados de la pista que un día pensamos que sería, tocará moverse en el mercado, tocará traspasar a Pau, asumámoslo, asúmalo sobre todo nuestro patrioperioetcétera, traspasarlo a donde sea, si es a Houston como si es a Charlotte (vale, quizás esta última sea una opción demasiado extrema), que se despresurice de una vez y recupere el gusto de jugar por el mero placer de jugar. Y ya está, punto y aparte, año nuevo vida nueva en Los Ángeles, y que a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga, y si sale con barba será San Antón y si no será la Purísima Concepción (frases todas ellas que no sé si vienen a cuento pero quedan bien para acabar). Quede finalmente constancia del agradecimiento hacia mi abuela q.e.p.d. (que nunca supo quiénes eran los Lakers ni puñetera falta que le hizo), sin cuyos refranes, modismos y demás frases hechas jamás habría sido posible la realización de este post.

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