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APROXIMACIÓN (TEMERARIA) AL DRAFT (I – LOS GRANDES)   3 comments

Aquí me tienen de nuevo, un año más, aproximándome (temerariamente) al draft como si en verdad supiera de qué demonios estoy hablando. Estas cosas habría que dejarlas en manos de expertos, yo no lo soy en absoluto, si acaso un mero aficionado que se jarta de ver baloncesto universitario (baloncesto de todas clases, en realidad) y sólo con eso ya se cree con derecho a calentarles la cabeza. Así lo haré una vez más, si bien dosificándolo en porciones para que el trago les resulte algo más llevadero. Avisados quedan.

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Grandes, para empezar. Pero cuando digo grandes no me refiero a grandes en el sentido de tamaño (que también) sino en el de grandeza, en el sentido de que son los dos jugadores verdaderamente grandes de este draft, acaso los dos únicos (con algún matiz, que explicaré más adelante) que tienen en sus manos marcar (casi) una época. Lo cual no quiere decir que vayan a marcarla, líbreme el cielo, sino que tienen al menos la posibilidad de hacerlo. Cuántos quisieran decir lo mismo.

Karl-Anthony Towns y Jahlil Okafor, Jahlil Okafor y Karl-Anthony Towns, tanto monta monta tanto. Duke y Kentucky, cinco y cuatro y medio, one and done y one and done. Presente y futuro. Okafor es (sobre todo) presente, Towns es (sobre todo) futuro. Preciosa manera de simplificar las cosas.

okaforOkafor es un cénter tremendamente maduro para su edad, uno de los pocos jugadores (quizá el único) de este draft que transmite la sensación de que podría aportar buenos números ya desde el primer día. Ese movimiento de pies, ese trabajo de espaldas al aro, ese saber pasar cuando le sobremarcan, ese oficio en casi todos los aspectos de su juego (esa inoperancia en los tiros libres, también), ese montón de detalles que te dejan la impresión (probablemente errónea) de que se trata de un jugador ya hecho, sin apenas margen de mejora (en los tiros libres sí podría haberlo; es más, debería de haberlo). A Towns en cambio se le ve más verde, especialmente en su proceso de toma de decisiones. Pero en medio de ese verdor se aprecian destellos (repertorio de fundamentos, rango de tiro, soft touch, ese ganchito que es una delicia, esa manera de deslizarse sobre la pista, esa inmejorable actitud en ambos lados de la cancha) de auténtico crack. Y además él sí mete los tiros libres (créanselo, de verdad, se lo juro, aún por increíble que resulte…)

No es ajena a esta percepción la evolución de ambos jugadores durante la temporada 2014/2015. Okafor llegó avasallando, a decir verdad nunca dejó de avasallar (finalista a jugador del año como si dijéramos, sólo derrotado por Kaminski) pero sí llegó un momento en que su dominio pareció ser mucho menos imponente (tanto menos según fue avanzando el curso). Los dobles o triples marcajes le hicieron sufrir más de lo debido, los rivales parecieron haberle tomado la matrícula. Towns en cambio desbarató en una sola temporada aquello que tantas veces hemos dicho (yo el primero) de que el one and done no te hace mejorar, no te da tiempo a evolucionar. Pues depende: hay jugadores que podrían tirarse no ya tres años sino treinta sin progresar ni un ápice en su juego (más adelante les contaré otro caso, también kentuckiano por cierto), y sin embargo hay otros a los que bastan apenas tres meses para mostrar cualidades que antes jamás podíamos imaginar. Y todo ello sin necesidad de salir de la Big Blue Nation, quién me iba a decir a mí que acabaría reconociendo algo así: así sucedió hace tres años con Anthony Davis (recuerdo bien que le puse por los suelos en noviembre y por las nubes en marzo), así ha vuelto a suceder este año con Towns.towns-kentucky Broncas de Calipari mediante, claro está: el técnico que le acogió en su seno desde que le descubrió a los catorce años en uno de sus múltiples viajes para dirigir a la selección dominicana, el que se convirtió en (algo así como) su padre deportivo, el que le ha regañado este año más que a cualquier otro miembro de su plantilla (amores reñidos son los más queridos, también en baloncesto). Quizá porque sabe mejor que nadie todo lo que puede dar de sí.

Es así de sencillo, Okafor llegó tan hecho que pareció como si se estancara, como si nos dejara la (quizá falsa) impresión de no tener más recorrido; Towns llegó tan por hacer (y se hizo tanto en una sola temporada) que su recorrido parece no tener límites. Imagino a Okafor dentro de unos años como un Bogut o un Hibbert mejorado, algo así (aquellos que saben más que yo prefieren compararlo con Al Jefferson, sus razones tendrán); no es poca cosa, desde luego. Pero es que pienso en Towns e inevitablemente pienso (otra vez) en Anthony Davis, una especie de Davis 2.0 con dos cejas y acento dominicano, con menos atleticismo que el original pero mayor repertorio técnico que el que tenía el original a estas alturas de su carrera. Salven las distancias, a día de hoy no me atrevería a insinuar siquiera que Towns pueda llegar a acercarse al nivel del de los Pelicans, sólo imaginarlo ya me parece un atrevimiento. Pero por ahí andaría la idea.

Piensen además que quien escoja a Towns se llevará un dos por uno, no sólo Karl-Anthony sino también su amigo imaginario, Karlito. Dirán que ya está un poco mayor para estas cosas pero qué quieren que les diga, cada uno se estructura su mente como mejor quiere y puede y a él este recurso parece haberle venido de perlas para escuchar la voz de su conciencia, repasar errores y hasta procesar adecuadamente las broncas de su amado coach. Todo un paquete completo en suma, ése que con toda probabilidad se llevarán los Wolves con su número 1 ya que (además de todo lo anterior) debería mezclar muy bien con Pekovic y/o Dieng, no digamos ya con Wiggins. Todo lo cual llevaría a que los Lakers por lógica escogieran a Okafor en el 2. Supongo que finalmente así lo harán, aunque es bien sabido que de un tiempo a esta parte las palabras lógica y Lakers no acostumbran a ir en la misma frase. De hecho se rumoreó que hasta podrían intercambiar su elección por un jugador veterano, lo cual a mí particularmente me parecería un grave error. Algún día tendrán que mirar por fin de frente a ese extraño concepto, reconstrucción, y esa pareja Randle-Okafor parece una magnífica piedra angular sobre la que empezar a cimentar el edificio. Ellos sabrán.

towns okafor

más allá de los Wolves   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 15 de enero de 2013)

Más allá de los Wolves aún hay mucho y buen baloncesto en Minnesota. Más allá de ese equipo que nos encandila con nuestro Ricky o con nuestro Kirilenko (nuestro en sentido amplio), más allá de ese Kevin Love que está para pocos encandiles últimamente dados los múltiples achaques que le aquejan, más allá de Pekovic, Shved, Ridnour o Barea aún queda baloncesto de altísimo nivel en las twin cities, aún encontraremos por allí a otro equipazo que no es profesional sino universitario, que no viste de blanco, gris ni azul sino de grana y oro, que no tiene por apodo a unos lobos sino a unos gophers. Golden Gophers, para ser exactos.

[Y como ahora usted (dada su natural curiosidad) se estará preguntando qué demonios son los gophers, déjeme decirle que esa es una buena pregunta (que es lo que se suele contestar cuando no se tiene clara la respuesta). Por supuesto que en mi natural afán divulgativo he emprendido una exhaustiva investigación al respecto consistente en ir al gúguel trasleit, teclear gophers y ver qué me respondía, y cuál no habrá sido mi sorpresa cuando la susodicha aplicación me ha contestado que gophers significa tuzas, nada menos. Tuzas, palabra que existirá en castellano, no digo yo que no, pero que en mi más de medio siglo de vida es la primera vez que la veo, ruégoles me disculpen mi incultura. Aún así le he pedido al chisme que me ofrezca otras alternativas (a ver si alguna me resultaba más familiar) y entonces me propone gophers (para este viaje no hacían falta alforjas), topos o ardillas. Así que quedémonos con eso aún a riesgo de meter la pata, dejémoslo en topos dorados por ejemplo, espero que su curiosidad haya quedado al menos medianamente satisfecha…]

Retomemos (tras este prescindible inciso) el hilo baloncestero de la trama. Tiene esta Universidad de Minnesota la mala suerte de estar en la Big Ten, conferencia que cualquier otro año es una más de entre las más fuertes de la nación pero que este año es (en mi opinión) la más fuerte de la nación con mucha diferencia. Lo que tiene Minnesota le valdría para ejercer de favorita indiscutible en cualquier otra temporada pero en ésta no, en ésta tiene aún por delante a dos maravillosos portaviones llamados Michigan e Indiana. Y tampoco me pierdan a vista a lo que viene por detrás, otros tres magníficos equipos igualmente capacitados para ganar a cualquiera como son Ohio State, Illinois y (cómo no) Michigan State. El nivel es altísimo porque incluso más allá encontraremos a conjuntos como Purdue o Iowa que no tienen plantillas como para tirar cohetes pero están muy bien entrenados y hacen un magnífico baloncesto por lo que aún pueden darle un disgusto a cualquiera. Todo lo cual no hace sino acrecentar el mérito que tienen estos Gophers, tradicionalmente un buen equipo pero no necesariamente un gran equipo, al menos en estos últimos años. Este año sí. Este año bien podría ser su año, incluso más allá de la Big Ten.

Entremos en detalle. El juego exterior es territorio de los Hollins. Dicho así, los Hollins, cualquiera pensaría que son hermanos dado que se apellidan igual (y no se trata de un apellido especialmente corriente), que hasta la inicial de su nombre es la misma, que son de la misma raza y similar constitución física, que tienen un juego muy parecido y que ambos dos provienen de los aledaños de Memphis, Tennessee (a bastantes kilómetros de Minnesota por cierto). Bueno, pues no. Los Hollins, Andre y Austin, son hijos cada uno de ellos de su padre y de su madre, seres anónimos en el caso de Andre y acaso un poco menos anónimos en el caso de Austin porque el padre se llama Lionel y entrena a día de hoy con sumo acierto a los Memphis Grizzlies. Andre (Dre para los amigos) desempeña el papel de director de juego aunque eso no significa que lo sea, o al menos que lo sea en la medida en que a mí me gustaría que lo fuera. Digamos que es un base a la americana, más de jugársela que de hacer jugar a los demás, lo cual no significa que no la pase cuando sea preciso pero no está desde luego entre aquellos que marcan diferencias con sus asistencias, más bien al contrario, él suele marcarlas con sus penetraciones (amparadas en un físico muy superior a la media en su posición), su defensa y (sobre todo) ese excelente tiro que le permite levantarse incluso teniendo a su defensor encima. Características estas últimas en las que se asemeja a su no-hermano Austin, éste sí escolta puro y duro de muñeca superlativa, aún más si cabe que la de Andre. Y aún pueden añadir a una tercera pata, éste ya no se llama Hollins ni falta que le hace sino Coleman, Joe Coleman: tan buen defensor como los otros dos, no tan anotador pero que también puede meterlas (y de hecho las mete) cuando hace falta y desde donde haga falta. Tres jugadores relativamente (sólo relativamente) similares pero que se complementan a las mil maravillas, en contra de lo que pudiera parecer.

El juego interior es cosa del completísimo alero Rodney Williams Jr., presunto (sólo presunto) cuatro de extraordinarias condiciones atléticas que sin ser un prodigio técnico te la puede clavar de dentro o de fuera y que además rebotea, tapona, recupera, uno de esos sujetos a quienes puedes pedir lo que quieras porque sabes que siempre te van a ayudar. Y es cosa también de otro tipo por el que siento cierta debilidad, Trevor Mbakwe, no se dejen engañar por su apellido porque es de allí mismo, de esa ciudad gemela de Minneapolis llamada St. Paul. Mbakwe está en su sexto (sí, sexto) año universitario, de hecho en apenas unos días cumplirá los 24 tacos ya, y ello no porque los suspensos le hayan obligado a repetir curso (que no me consta) sino por su peculiar trayectoria deportiva: su temporada freshman (2007-08) la pasó (con lesión seria de por medio) en Marquette, la 2008-09 en un junior college vaya usted a saber por qué, la 2009-10 fue red shirt y ya en la 2010-11 se estrenó por fin en Minnesota cuajando una magnífica temporada júnior, lo que le convertía en piedra angular de los Gophers para la temporada 2011-12… en la que se lesionó nada más empezar, una severa lesión de ligamentos que tuve ocasión de presenciar en su día, una de esas que cuando las ves te dejan la sensación de que el equipo acaba de perder su temporada y él podría haber echado a perder incluso su carrera. Al final no fue para tanto ni lo uno ni lo otro: Minnesota aún sin él hizo un año muy digno y Mbakwe aquí está de nuevo disputando (esta vez sí) su temporada sénior: diría yo que no tiene ya la movilidad de antaño (o acaso sea mi memoria la que haya idealizado aquellos movimientos al poste bajo anteriores a la lesión, acaso tampoco fueran para tanto) pero sí tiene a cambio algo que no se entrena ni se compra en las tiendas: espíritu. Es el alma del equipo, el que contagia con su carácter y energía a los demás, el que aún teniendo las rodillas como las tenga es capaz de saltar a taponar lo que parece imposible o de tirarse por los suelos en pos de ese balón que se pierde dándonos la sensación cada vez que lo hace de que en cualquier momento se nos puede romper de nuevo… Por ahora no, por ahora sigue entero, esperemos que aún siga así por mucho tiempo.

También tienen banquillo, y más que decente: el principal relevo para el juego exterior es un convincente base de nombre peculiar, Maverick Ahanmisi (claro que no sé de qué me extraño dado que Maverick también tenemos alguno por estos pagos, afamado motorista por más señas) y el principal relevo para el juego interior es un grandote que aporta poco más que presencia (eso sí, mucha presencia), Elliot Eliason. También juega sus buenos minutos el alero Andre Ingram, también aparecen (pero ya muy esporádicamente) el sénior Welch o el freshman Ellenson… Una rotación sumamente completa que cuenta además con el valor añadido de la experiencia que atesoran ya algunos de sus mejores jugadores, de entre la rotación principal tan solo Andre Hollins y Coleman son sophomores, el año que viene probablemente notarán un vacío en su interior (en su juego interior, me refiero) pero este año ya que les quiten lo bailao.

Y todos ellos a las órdenes de un ilustre, Tubby Smith. Un ilustre bastante discutido en su día, un ilustre que llegó y besó el santo haciéndose con el título en aquella primera temporada al frente de Kentucky (recuerden, 1998, contra la Utah del añorado Majerus), no faltaron entonces las malas lenguas que insinuaron que se habría aprovechado de la herencia dejada por Pitino sobre todo a partir de esos años siguientes en que los Wildcats no hicieron sino ir a peor. Aquella es plaza difícil, ésta de Minnesota no es que sea fácil pero probablemente le permite desarrollar su trabajo con mucha menos presión. Hoy nos encontramos a un Tubby Smith plenamente consolidado tras casi seis años ya en Minneapolis, un Tubby Smith terriblemente avejentado a sus 61 años (como si en estos últimos tiempos le hubieran caído veinte años encima casi de golpe), un Tubby Smith que ahí tiene a sus Gophers funcionando como un reloj, mordiendo en defensa y atacando que da gloria verlos; malas lenguas abstenerse que ahí sí hay un gran entrenador detrás.

No decepcionan nunca estos Gophers que llegaron a la Big Ten tras sólo una derrota (por doce victorias) en todo su periodo de non-conference, derrota que data de noviembre y fue nada menos que ante Duke en un torneo disputado en Bahamas. Y en su conferencia pues (casi) más de lo mismo: he podido verles sus dos últimos partidos, ambos durísimos compromisos fuera de casa, ambos en sendos Assembly Hall, primero el de Illinois y luego el de Indiana. En una plaza tradicionalmente difícil como es Champaign ganaron con solvencia a ese pedazo de equipo que tienen los Fighting Illini, en una plaza tradicionalmente imposible como es Bloomington no les quedó otra que hincar la rodilla ante esos imponentes Hoosiers… pero con matices: Indiana en casa es un ciclón, Indiana hizo una primera mitad sencillamente perfecta, baste decir que el marcador al descanso señalaba un aplastante 52-29… y con todo y con eso el partido acabó 88-81, resultado que ni siquiera refleja lo que fue aquello porque aunque parezca increíble los Gophers mantuvieron opciones de remontada hasta casi la bocina final. Eso es Minnesota (Universidad de), lugar donde hoy ya cuentan las horas para otro partidazo, para recibir a los no menos imponentes Wolverines de Michigan este mismo jueves 17 (puede que cuando usted lea esto ya se haya jugado pero qué le voy a hacer, no llego a tanto). Son afortunados en Minneapolis, tendrán un frío que pela en estos días pero a cambio pueden disfrutar de los Wolves y los Gophers, pueden alternar el Target Center con esta otra Williams Arena que también llaman (vaya usted a saber por qué) the Barn, el Granero. Créanme, así da gusto entrar en calor.

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