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aquel 7 de junio   4 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 6 de junio de 2013)

Recuerdo que aquel 7 de junio de 1993 fuimos mi señora y yo a pasar la tarde a casa de mis padres. Es raro porque era lunes y nunca solíamos ir entre semana, no sé qué demonios pintaríamos allí aquel día, quizás (dadas las fechas) nos hubieran pedido ayuda con su declaración de la renta, qué sé yo. Lo cierto es que llegamos y que, tras los besos, saludos y cortesías de rigor, mi madre en un momento dado me soltó, bueno ¿te has enterao, no?

Pues no, yo no me había enterado de nada. Yo había estado trabajando de espaldas al mundo, no había tenido tiempo de ver ni escuchar las noticias, hoy pasa cualquier cosa y nos coscamos casi al momento pero en aquel entonces Internet era poco más que una entelequia, sabíamos que existía porque nos lo decían los periódicos pero ni siquiera alcanzábamos a entender aún en qué consistía. Yo no sabía nada, así que puse mi mejor cara de sorpresa y me preparé para recibir una noticia inesperada, aún no sabía cuánto: pues que se ha matao Petrovic

Antes de continuar creo que debo hacerles dos aclaraciones: 1) Mi madre lo dijo así, tal cual, se ha matao, y reconozco que siempre me ha sorprendido que determinadas personas de determinada edad y (quizá también) determinada zona geográfica utilicen esa expresión para referirse a aquellos que mueren en accidente de tráfico, como si no fuera tal accidente sino una elección voluntaria, como si en vez de estrellarse se hubiera suicidado. Mi madre dijo que Petrovic se había matado como se lo he escuchado decir tantas otras veces de tantas otras personas, y sin embargo luego supimos que ni siquiera conducía él, que viajaba plácidamente dormido y muy probablemente ni siquiera se enteró de cómo se mató.

y 2) Es posible que les sorprenda que mi madre, mujer ajena por completo a todo lo que signifique deporte, supiera en cambio quién era Petrovic (de hecho me sorprende incluso a mí mismo cuando lo recuerdo). Hoy mi madre tiene ochenta años, tiene la cabeza casi tan bien como entonces pero creo que si yo ahora le preguntara por jugadores de baloncesto en activo probablemente contestaría (no sin esfuerzo) que Pau Gasol… y ya está, y pare usted de contar. No creo que ni siquiera conozca a su hermano Marc ni a Navarro, Ricky, Rudy o Calde, no sabrá quiénes son Kobe Bryant o LeBron James, no tendrá ni remota idea de la existencia de Spanoulis, Diamantidis, Papaloukas o Teodosic pongamos por caso (ni falta que le hace, claro). Es más, creo que si yo le preguntara (cualquier día haré el experimento) dime mamá, ¿quién te parece a ti que ha sido el mejor jugador español de baloncesto de todos los tiempos?, contestaría sin pensárselo que Emiliano, por supuesto, quién va a ser. Es así, hubo un tiempo en este país en el que no todo era fútbol, en el que los deportistas de otras disciplinas eran conocidos incluso por el gran público ajeno a ese deporte (tanto más en el caso de Emiliano, ya que el Régimen necesitaba fabricar y vender héroes que nos hicieran olvidar nuestras miserias cotidianas). Hoy tenemos una selección de baloncesto campeona de casi todo pero a la gran mayoría de nuestros jugadores (fuera del círculo de aficionados al deporte, entiéndase) no les conoce ni la madre que los parió.

Y sin embargo mi madre sabía perfectamente quién era Petrovic, no es ya que lo supiera mi madre sino que en aquel entonces lo sabía casi todo dios, les gustara el baloncesto o no, les interesara el deporte o no. La burbuja baloncestera se acababa de pinchar en aquellos primeros noventa, se apreciaba ya claramente la cuesta abajo pero todavía vivíamos de las rentas de los felices ochenta, aquella década prodigiosa en la que el baloncesto se convirtió de repente en deporte de masas y algunos nos creímos (ingenuamente, estúpidamente) que sería así para siempre, más dura fue luego la caída. Petrovic fue un fruto (acaso el más sabroso) de aquellos años, Drazen Petrovic empezó a aparecer sutilmente en nuestras vidas a comienzos de los ochenta y así de entrada casi ni reparamos en él, Petrovic estaba ya en aquella selección yugoslava a la que ganamos en el Eurobasket de Nantes 83 y en aquella otra a la que volvimos a ganar en la semifinal de Los Ángeles 84, y créanme que apenas nos dimos cuenta de su existencia. Y sin embargo sólo harían falta unos pocos meses más para que irrumpiera ya para siempre en nuestras vidas…

La culpa la tuvo la Copa de Europa, aún a nadie se le había ocurrido llamarla Euroliga. Hoy el Madrid (sigamos las comparaciones odiosas) juega la Final de la máxima competición continental y me la ponen en un canal de tercera que no ve ni dios, en cambio en aquel entonces cualquier partido europeo del Madrid (o de quien fuera), cualquiera, constituía casi un acontecimiento nacional. Fue el Madrid a jugar a Zagreb, vino la Cibona a jugar aquí y en ambos enfrentamientos (nunca mejor dicho) descubrimos a un tipo que no es que fuera bueno ni extraordinario sino que era algo más, era lo siguiente: un prodigio, una cosa nunca vista en el baloncesto europeo, un genio, genio en el más estricto sentido de la palabra. Hasta pinta de genio tenía con aquella cara de niño malo, con aquellos rizos naturales casi a lo afro que luego poco a poco iría recortando con el tiempo. Alguien le apodó Mozart, o Amadeus si así lo prefieren, muy pocas veces un apodo estuvo mejor puesto. Hasta en su prematuro final.

Drazen era un genio capaz de convertir en oro cualquier cosa que tocara, capaz de convertir en triple cualquier tiro que lanzara. Drazen era más bien un dos que podía jugar (y a menudo lo hacía) de uno y que sabías de antemano que se iba a hacer el amo del cotarro desde el uno o desde el dos, tanto daba. Drazen era talento puro, no me atrevería a afirmar categóricamente que haya sido el mejor jugador europeo de la historia (no me suelen gustar ese tipo de afirmaciones que me obligarían a compararlo con Sabonis, quizás también con Nowitzki) pero sí me arriesgaría a afirmar que ha sido el jugador de mayor talento que ha dado nuestro continente en toda su historia. Drazen jugaba como los ángeles y metía puntos a chorros, sólo con eso le habría bastado ya más que de sobra para hacer historia. Pero para pasar de la historia a la leyenda no basta con ser muy bueno, hace falta un paso más, algo que ya sólo está en manos de los elegidos.

Llamémosle carisma si así lo quieren. O llamémosle chulería, si así lo prefieren. Drazen era chulo porque podía, Drazen era muy bueno y jamás perdía ni una sola oportunidad de restregarte en la cara lo bueno que era. Drazen hacía una cosa que jamás se había visto antes en nuestro deporte y que muy pocas veces se vio después, Drazen celebraba las canastas como si fueran goles (lo cual, dado su caudal de anotación, sucedía un montón de veces en cada partido), saltaba, brincaba, elevaba los brazos al cielo mientras volvía a territorio defensivo y así de paso aprovechaba para arengar a las masas si jugaba en campo propio y para restregártelo sin más si jugaba en campo ajeno. Drazen provocaba reacciones encontradas y tumultuarias a su paso, era idolatrado y odiado a partes iguales, a menudo era odiado por los mismos que le idolatraban e idolatrado por los mismos que le odiaban, muchos admiraban su talento pero odiaban su carácter como si pudiera disociarse una cosa de la otra, como si una cosa no fuera en cierto modo consecuencia de la otra (y viceversa). Drazen se hizo odiar por el madridismo así en Zagreb como en Madrid en aquella temporada 84/85 en la que aún quedaría la traca final, la mismísima Final de la competición, Madrid-Cibona en Atenas, en plena Semana Santa, la FIBA para estas cosas siempre tuvo el don de la oportunidad. Recuerdo que viajaba yo hacia el norte con unos amigos, recuerdo que me empeñé en parar en sabrá dios qué bar de carretera (aún no se había impuesto el concepto área de servicio) entre Burgos y Santander, recuerdo que me abalancé de bruces sobre el televisor esperando encontrarme un final igualado y fui a encontrarme con todo lo contrario, Cibona ganando de qué sé yo cuánto, de 15, de 20, Petrovic pasándose el balón por detrás de la espalda o entre las piernas ante la atribulada mirada del imberbe base madridista Paco Velasco (antiguo compañero mío de colegio, por cierto), luego supimos que mientras le toreaba iba repitiéndole una y otra vez, hala Madrid, hala Madrid, hala Madrid

Era así, cuando aquellos (aún) yugoslavos te ganaban era como si te ganaran dos veces, te abrumaban en el juego y al mismo tiempo te humillaban, te lo restregaban por la cara. Drazen Petrovic se convirtió en la bestia negra del Madrid, el enemigo público número uno no ya del madridismo baloncestero sino del madridismo en pleno (en aquel entonces ambos conceptos venían a ser lo mismo, dada la inmensa popularidad de nuestro deporte). En el Palacio de los Deportes se hizo frecuente escuchar un cántico que empezaba por sí sí sí y que acababa por Petroví (así, en agudo, para que rimara), en medio dos palabras que no reproduciré aquí pero que no les resultará difícil imaginar. La temporada 85/86 fue más de lo mismo, la diferencia fue que esta vez el rival de la Cibona en la Final no fue el Madrid sino el Zalgiris, más de lo mismo en todos los sentidos, para la historia quedará el arrebato aquel de un Sabonis desquiciado que se cruzó toda la pista para agredir no a Petrovic sino a Nakic, punto y final, nuevo festival de Petrovic, nuevo título para la Cibona, nueva exhibición, nueva humillación.

De alguna manera todo aquello fue el caldo de cultivo para un partido que creo que no olvidaré jamás (mientras el señor Alzheimer me lo permita), uno de esos que te marcan para toda la vida. Yugoslavia-URSS, Madrid, Palacio de los Deportes, semifinal del Mundial 1986. Aquellos yugoslavos que empezaron en tromba, aquel parcial inicial de 18 ó 20-0, qué sé yo, aquella portentosa exhibición ante la que los atribulados soviéticos poco más podían hacer que parar la hemorragia, último minuto, todavía Yugoslavia 9 arriba a apenas 50 segundos para el final… y el resto es historia: aquellos tres triples, aquellos dobles de un jovencísimo Vlade Divac, aquella prórroga, aquel Palacio de Deportes enloquecido gritando casi al unísono Rusia, Rusia, Rusia (éramos así, nos costaba llamar a las cosas por su nombre, aquella era la Unión Soviética y para más inri estaba plagada de lituanos pero nosotros nunca supimos llamarle otra cosa que no fuera Rusia, años más tarde conseguimos por fin acostumbrarnos a decir Unión Soviética y justo entonces ésta desapareció y volvió a llamarse Rusia, qué cosas), Rusia (es decir, la Unión Soviética) ganó por fin aquel partido ante una grada enfervorizada, algún afamado pívot yugoslavo dijo luego a la prensa que ese público español bien merecería que los tanques rusos invadieran Madrid, para que supieran lo que se siente

Si no puedes vencer a tu enemigo únete a él, dicen. Aquel Real Madrid se aplicó con denuedo a la tarea de fichar a Petrovic, se tiró un par de años intentándolo, cuentan que el día que finalmente lo consiguió algunos periodistas se presentaron en el viejo pabellón de la Ciudad Deportiva haciéndose los tontos, esperaron a los jugadores a la salida del entrenamiento y les preguntaron su opinión sobre Drazen Petrovic (como si ésta necesitara ser preguntada), pues que es un tal y un cual, y un esto y un lo otro, y una vez que la canallesca tuvo ya la declaración que esperaba tener entonces ya sí espetaron al Romay de turno, pues que sepas que acaba de fichar por el Madrid; evidentemente el susodicho interlocutor reculaba de inmediato, a ver qué iba a hacer, en cualquier caso es un grandísimo jugador, el Madrid es un gran club que siempre quiere fichar a los mejores así que estaremos encantados de tenerle entre nosotros, seguro que una vez que le tengamos como compañero se olvidarán de un plumazo todas aquellas pequeñas rencillas que

Petrovic fichó por el Madrid y de inmediato, como por arte de magia, se produjo uno de esos milagros de la multiplicación de los panes y los peces que a veces suceden en nuestro deporte: el mismo madridismo que lo había odiado hasta la náusea y que le había llamado hijo de tal y de cual de repente lo acogió en su seno como a un hijo, acaso ese hijo que en el fondo siempre había deseado tener; y al mismo tiempo el antimadridismo de aquí y de allá, que siempre lo había considerado un ídolo, de repente pasó a tacharlo poco menos que de traidor a la causa por el mero hecho de haber fichado por el Madrid. Y aquellos que durante años echaron pestes de sus (presuntas) provocaciones y desplantes ahora pasaron a considerarlo lo más natural del mundo, y aquellos que habían festejado esas maneras durante tantos años ahora pasaron a etiquetarlo de provocador. Y es que estas cosas ya se sabe, son así.

Fue aquel 1988/1989 un año extraño, una temporada en cierto modo fascinante. La que empezó siendo Liga de Petrovic y acabó siendo recalificada como Liga de Neyro nos dejó unas cuantas actuaciones memorables, una inolvidable visita de los Celtics (McDonald’s mediante) y una final europea para la historia, una final de Recopa que ha generado a lo largo de los años mucha más literatura que tantas otras finales de la mismísima Copa de Europa. El genial Óscar Schmidt anotó 44 puntos para su Caserta que de nada sirvieron ante los 62 de Drazen, prodigiosa exhibición tanto más tratándose de una Final que el Madrid ganó por el escalofriante resultado de 117-113. A todo aquello debería haberle seguido una fiesta pero más bien pareció lo contrario: caras largas, gestos avinagrados y un mal rollo general que (cuentan que) explotó definitivamente en el vuelo de vuelta a Madrid. Sus compañeros no asimilaron bien aquello de que el título pareciera más de Drazen que del equipo, a su frente un Fernando Martín que se empeñó en hacer bueno durante todo el año aquel dicho de que dos gallos no caben en el mismo corral. Martín y Petrovic eran muy distintos pero también muy parecidos, demasiado: ambos eran líderes, ambos eran ganadores, ambos no conocían a nadie si había un resultado en juego, ambos eran capaces de casi todo con tal de ganar. Ambos se bebieron la vida a tragos y se atragantaron demasiado pronto, por desgracia no tardaríamos mucho en comprobarlo. Dos hombres y un destino.

En el verano de 1989 Drazen Petrovic, recién proclamado campeón de Europa con la mejor selección yugoslava que vieron los siglos (y que sería sólo el presagio de la que aún continuaría arrasando en los dos años siguientes), seguía aún teniendo contrato con el Madrid pero de repente empezó todo a torcerse, de buenas primeras empezó a rumorearse que se iría rumbo a Portland, que los Blazers (poseedores de sus derechos NBA) estaban deseosos de hacerse de una vez por todas con sus servicios. Comenzó así uno de esos típicos culebrones veraniegos, si tú dices digo yo digo diego, si tú dices Portland yo lo desmiento, desmentidos desde el Madrid y desde el propio círculo del jugador, así un día y otro y otro más hasta que de repente una mañana, sin previo aviso, sin mediar palabra, sencillamente desapareció. Desapareció para reaparecer finalmente un par de días más tarde al otro lado del charco, rodeado por todas las fuerzas vivas de la franquicia y por casi toda la prensa del Estado de Oregon y diciendo probablemente aquello tan socorrido que todo deportista que se precie suele decir en estos casos, éste es un sueño hecho realidad, toda la vida he sido de los Blazers, es algo que soñaba desde niño etc etc. Ni que decir tiene que el madridismo en pleno se quedó con un palmo de narices, que de un día para otro pasó unánimemente del que no hombre, que no, cómo se va a ir, si tiene contrato, si está en el Madrid, si no ha nacido todavía un jugador que se quiera ir del Madrid, el club más grande del mundo, dónde va a estar mejor que aquí… al lo ves, si ya te lo decía yo, que este tío no es trigo limpio, que no era de fiar, como si no le conociéramos ya de sobra de cuando venía aquí con la Cibona, anda que a otros les podría engañar pero a mí no, yo bien que le calé desde el principio… Y es que (insisto) estas cosas ya se sabe, son así.

Al Madrid le fue fatal sin Petrovic pero al susodicho en Portland no le fue mucho mejor, más bien al contrario. Irte hoy a la NBA es casi como si te fueras a jugar al pueblo de al lado, en cambio en aquellos tiempos te ibas a la NBA y era como si te fueras a Marte. Portland además tenía un equipazo que nos sabíamos todos de memoria, Porter, Drexler, Kersey, Williams, Duckworth más el insigne Cliff Robinson de sexto hombre, más que suficiente para que Rick Adelman no necesitara hacer ningún experimento con el europeo aquel tan raro que le habían plantificado en el banquillo y que a saber quién demonios sería. Y le fue bien (a Adelman, me refiero), no diré yo que no, aquellos Blazers fueron finalistas de la Liga un año y finalistas de conferencia al año siguiente, pero con todo y con eso a los europeos (incluidos aquellos que más le habían aborrecido), a todos aquellos que sabíamos perfectamente de lo que era capaz se nos rompía el alma de verle allí partido tras partido pelándose el culo en aquel banquillo…

No hay mal que cien años dure (dicen), en su caso sólo duró dos. La temporada 91/92 ya fue buena y la temporada 92/93 (en medio una inolvidable plata olímpica, ya por fin no yugoslavo sino -sólo- croata) fue sencillamente extraordinaria. Petrovic había cambiado Portland por New Jersey y de repente los americanos (de USA) descubrieron como si hubiera nacido ayer a un maravilloso jugador al que los europeos llevábamos ya casi diez años admirando, de repente hasta Clyde Drexler (que no tenía por costumbre dar una voz más alta que otra) se quejó amargamente desde la otra esquina de la nación, cómo es posible que hayamos desaprovechado a un jugador así en Portland teniéndolo en el banquillo durante dos años seguidos, con lo bueno que es, con lo bien que nos habría venido su concurso, es que no me lo explico… Y se salió también en playoffs, y debió ser all star pero incomprensiblemente no lo fue, y sin embargo luego fue escogido en el tercer mejor quinteto de la Liga. Ya estaba donde siempre quiso estar, ya era una estrella absoluta en la meca del baloncesto, ya era el líder indiscutible de aquellos Nets. Y sin embargo…

Y sin embargo no debía ser oro todo lo que relucía. Drazen Petrovic nunca fue un chico fácil de llevar ni estaba precisamente acostumbrado a que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Petrovic fue a caer en aquel vestuario de los Nets que era como una jaula de grillos y que incluía a personalidades tan peculiares como (por ejemplo) aquel insoportable (y extraordinario jugador, por otra parte) Derrick Coleman. El domador de toda aquella selva se llamaba Chuck Daly, traía un magnífico currículum de amansador de fieras en los ya lejanos Bad Boys de Detroit y de aglutinador de egos en el Dream Team, pero aquellos Nets acabarían siendo superiores a sus fuerzas. Cuentan que cierta aciaga noche, tras un partido cualquiera, un jugador pateó con todas sus fuerzas un bidón de bebida isotónica en dirección al coach, arruinándole de paso uno de sus costosos trajes. Cuentan que aquel jugador fuera de sí se llamaba Drazen Petrovic…

Fuera por lo que fuera, Drazen se dejó querer en aquella aciaga (aún no sabíamos que lo sería) primavera de 1993. Los armadores y demás magnates griegos (eran otros tiempos) estaban dispuestos a tirar la casa por la ventana para posibilitar su regreso a Europa, Panathinaikos y/o Olympiakos (supongo que aún con K por aquel entonces) pusieron ofertas absolutamente mareantes encima de su mesa, cifras astronómicas que los Nets dijeron no estar dispuestos a igualar de ningún modo. Muchos aseguraron que estaba ya prácticamente hecho y que Petrovic volvería a Europa, otros tantos dijeron que su único objetivo era tensar la cuerda para hacer subir la puja a los Nets (o a cualquier otra franquicia que estuviera dispuesta a pagar eso), se nos avecinaba un nuevo culebrón veraniego y mientras tanto Drazen continuaba concentrado con su selección, preparando ya en Alemania el Eurobasket que habría de celebrarse muy pocos días después, jugando amistosos como aquel tras cuya disputa rehusó volver con el equipo y prefirió hacerlo por carretera, en coche particular… Bueno ¿te has enterao, no? Pues que se ha matao Petrovic

Aquel 7 de junio de 1993 Drazen Petrovic tenía sólo 28 años, podía parecer mayor porque teníamos la sensación de llevar ya media vida siguiendo sus andanzas pero aún le faltaban cuatro meses y medio para cumplir los 29. En condiciones normales le habrían quedado no menos de seis o siete años al más alto nivel, en su punto óptimo de maduración, en Europa o en USA, donde fuera. Puede que no tenga ya mucho sentido a estas alturas pensar en lo que pudo haber sido y no fue, pero una cosa sí que está meridianamente clara: aquel 7 de junio de 1993 de alguna manera marcó un punto de inflexión en nuestro deporte y en nuestras vidas, hay un baloncesto antes de Petrovic y un baloncesto después de Petrovic, algo de este juego (quizá su parte más lúdica) se nos quedó con él en aquella carretera aunque entonces apenas fuéramos capaces de darnos cuenta. Aquel 7 de junio de 1993 murió un gran jugador y nació un mito, un mito que está más y más vivo cada día, que seguirá viviendo así que pasen veinte años y otros veinte y los que tengan que pasar, seguirá viviendo mientras sigan existiendo imágenes que nos permitan disfrutarlo, mientras aquellos que le vimos jugar sigamos aún aquí para contarlo. Hasta la vista, Drazen.

Scalabrine Time   Leave a comment

Probablemente se estarán ustedes preguntando (que son ustedes muy de preguntarse cosas) de dónde habrá salido esa foto que se les aparece ante sus ojos cada vez que cometen la imprudencia de entrar en este blog. O puede que en vez de preguntárselo hayan acercado ustedes sus pupilas a la pantalla (me consta que alguno ya lo ha hecho), hayan guiñado los ojos y hayan comprobado (no sin dificultades) que ahí abajo junto a la línea de fondo pueden leerse dos palabras, Southern California. Efectivamente, premio para el caballero (o para la señora, si la hubiere), se trata del Galen Center, cancha en la que acostumbra a jugar sus partidos (buena parte de ellos, al menos) la susodicha Universidad del Sur de California, USC para los amigos, los Trojans ya para los íntimos.

Ahora bien, como son ustedes muy de preguntarse cosas, es posible que también se estén preguntando por qué demonios habré elegido para ilustrar mi zaid Arena precisamente esa arena y no cualquier otra. Buena pregunta. No les voy a engañar (cómo podría…), elegí esa foto básicamente por motivos técnicos, porque así en un primer vistazo no encontré ninguna otra que se adecuara mejor a mis necesidades, así en cuanto a calidad como a estética o a adaptabilidad respecto al tamaño del marco que estos señores de WordPress tienen a bien poner amablemente a mi disposición (y en cualquier caso no se trata de una elección definitiva porque no habrá elecciones definitivas, porque mi idea es que el look se vaya renovando cada cierto tiempo). Pero tampoco les voy a negar que, más allá de motivos técnicos, esta Universidad de Southern California siempre me cayó bien. Es decir, no diré que es mi equipo porque ese honor (en lo que a baloncesto universitario se refiere) se lo tengo reservado a Syracuse, pero sí vendría a formar parte de un selecto y recogido elenco de universidades que me gustan, que me caen mucho mejor que la media y que querré que ganen siempre salvo cuando les toque jugar contra Syracuse: Temple, Creighton, Missouri, Indiana, Colorado, Oregon… y sí, también USC.

Claro que ahora se estarán ustedes preguntando (hay que ver, no paran) de dónde vienen esas simpatías mías por USC. Pues vienen de hace ya más de una década, de tiempos muy anteriores a O.J. Mayo, de tiempos incluso anteriores a Taj Gibson (que ya me gustaba mucho por aquel entonces) y Nick Young. Vienen de un equipo de Southern California que causó sensación a comienzos del presente milenio, llegando a Final Regional y dejando por el camino una estela de excelente baloncesto. El entrenador de aquel equipo era Henry Bibby, el padre de Mike, a día de hoy asistente de Hollins en los Grizzlies. La estrella de aquel equipo era Sam Clancy, poderoso jugador interior que probablemente habría llegado a la NBA de no haberle faltado algún centímetro y que como no creció lo suficiente se vio abocado a peregrinar por otras tierras, mismamente por ésta (Valladolid, Menorca, sin demasiado éxito en ninguno de los dos casos) pero también por Rusia, Israel o Argentina, sobre todo Argentina. El jugón de aquel equipo era un prodigioso saltimbanqui cuyo arrebatado estilo parecía corresponderse perfectamente con las dos primeras sílabas de su apellido a la francesa, Jeff Trepagnier. El alero era un tipo discreto y buen tirador del que jamás se nos hubiera ocurrido imaginar la gran carrera internacional que acabaría haciendo, David Bluthenthal, entonces aún no era israelí (aunque a la vista de su apellido no era difícil suponer que acabaría siéndolo) ni se había recortado aún el nombre para dejárselo en Blu. El base he tenido que buscarlo porque no recordaba cómo se llamaba, Brandon Granville, el típico director de juego enloquecido y tan sobrado de talento como escaso de criterio, de esos que casi siempre acaban siendo más un problema que una solución. Y por último (pero no por ello menos importante, más bien al contrario), el quinto miembro de aquel quinteto era un presunto (muy presunto) pívot, cuyo nombre ya habrán deducido a poco que recuerden el título de este post…

Los narradores pluseros de aquellos veranos (entonces la NCAA sólo se nos aparecía en verano, aunque se hubiera jugado en realidad cinco meses antes) acostumbraban a pronunciárnoslo a la inglesa, algo así como Escálabrain, aún habría de pasar un tiempo para que Daimiel y Montes nos rompieran los esquemas pronunciándolo a la italiana, Escalabrini. Dos pronunciaciones diferentes y un solo jugador verdadero… que parece como si en realidad hubieran sido dos jugadores, también. O dicho de otra manera, mis lejanos recuerdos de aquel que llamábamos Escálabrain nada tienen que ver con mis cercanos recuerdos de aquel a quien aún hoy llamamos Escalabrini. El Brian Scalabrine que yo conocí en aquellos Trojans era un pedazo de jugador (espere, no me insulte aún, no me ponga esa cara, concédame al menos el beneficio de la duda). Atípico, no se lo voy a negar, pero pedazo de jugador al fin y al cabo. Un cuerpo extraño, desgarbado y pelirrojo, que no se restregaba mucho por dentro pero que (por extraño que hoy les pueda parecer) era quien verdaderamente dirigía al equipo desde fuera (desde fuera de la zona, me refiero). Pensarán que he enloquecido (y tal vez tengan razón) pero puedo asegurarles que Scalabrine era la verdadera cabeza pensante de aquel equipo, la única alternativa verdaderamente válida a la jaula de grillos que tenía por cerebro el tal Granville. La imagen que se me quedó grabada, la que más se me viene a la memoria de aquel Scalabrine original es verle distribuyendo el balón una y otra vez en la cabeza de la bombilla cual si de un Pinone cualquiera (aunque suene a herejía) se tratara, puro poste repetidor organizando el juego desde su atalaya. Recuerdo que pensé entonces que un tipo así tendría muy difícil encaje en la NBA, por una mera cuestión de músculo, pero que podría ganarse muy bien la vida y hasta marcar una época en el baloncesto europeo (otra vez a la manera de Pinone), por una mera cuestión de inteligencia. Hoy sigo pensándolo, aunque todo haya sucedido justo al contrario de lo que pensé.

A veces en la vida tienes que escoger entre ser cabeza de ratón o cola de león, como si dijéramos. Entre ser un jugador importante en una liga menor (para los americanos -de USA- toda liga profesional que no se llame NBA es una liga menor) o ser un mero calientabanquillos en la mejor liga del mundo. No pretendo juzgarle, líbreme el cielo, primero porque no soy quién para juzgar a nadie y segundo porque en realidad no sé qué clase de ofertas tuvo de Europa, si es que las tuvo. Ahora podría venir yo muy digno y decir que cuánto mejor que me pagaran por trabajar en Turquía a que me pagaran por no dar un palo al agua en Massachussets, podría decirlo y sonaría de lo más profesional y me quedaría tan ancho, aunque a decir verdad no sé si estaría siendo muy sincero con semejante afirmación. Muchos norteamericanos se ganan la vida en Europa por no tener ofertas de USA, o porque las ofertas que tienen de Europa superan con creces a las que puedan tener de USA. No parece que ese fuera nunca el caso de Scalabrine, a él nunca le faltaron las ofertas, a las pruebas me remito. Dije en el párrafo anterior (y ustedes me pusieron cara rara, no me lo nieguen) que en sus años mozos era un jugador extremadamente inteligente. Hoy parece evidente que fuera de la cancha lo fue también durante toda su carrera. Pocos jugadores habrán optimizado más sus ingresos, pocos habrán obtenido tanto beneficio por tan poco esfuerzo, muy pocos deportistas profesionales tendrán un ratio dinero ganado/minutos efectivamente disputados superior al suyo, ríase usted de aquel Jim McIlvaine. Que se lo ha llevado muerto, pues sí, qué duda cabe, pero eso en ningún caso será culpa suya, de ser culpa de alguien lo será de quien se lo pagó.

Eso sí, reconoceremos que él aceptó gustoso un papel que a algunos desde la distancia nos produce un poco de vergüenza ajena, el de mascota virtual. Es un papel que suele darse en algunas franquicias NBA, que tienen mascotas reales (todo lo real que pueda ser un muñeco) pero que a veces tienen también mascotas virtuales: dícese de aquellos jugadores generalmente blancos, grandes, poco agraciados físicamente y con pinta de no estar muy dotados para este juego, y que por lo general ocupan el fondo del banquillo y sólo juegan los minutos de la basura en el mejor de los casos. En Europa ese papel suele estar reservado a jóvenes promesas y cubrecupos varios (esa sería otra historia, que deberá ser contada en otra ocasión) pero en USA no necesariamente, en USA puede serlo cualquiera aunque tenga ya treintaitantos años, basta con que cumpla las condiciones anteriormente descritas, recuerden por ejemplo a aquel Pat Burke que tuvo cierto éxito en Baskonia y Madrid, cómo ejerció después de mascota virtual en Phoenix: saltaba a la cancha con el partido resuelto y era como si de repente aquello dejara de ser baloncesto para convertirse en circo, el numerito de la risa, el bombero torero y sus enanitos rejoneadores, algo así: la gente (la poca que aún quedaba) entraba en trance, dásela, dásela, aún no había hecho nada con ella y ya se le descojonaban, tira, tira, si la metía montaban una fiesta, si la fallaba la montaban más todavía, si tenía la mala suerte de que le saliera un airball ya era casi un orgasmo general. Scalabrine tuvo al menos una ventaja sobre Burke y sobre tantos otros como Burke, él casi siempre la metía. Y además supo siempre adaptarse perfectamente a esa situación, asumir con dignidad el papel de White Mamba, no mostrarse jamás incómodo sino integrarse perfectamente como una parte más (la más fundamental, de hecho) del chou. Inteligencia, ya se lo dije.

Hace algunos meses anunció públicamente su retirada y no hará falta que les recuerde que dicha noticia provocó de inmediato toda clase de risas y chanzas en Internet, hay que ver, qué terrible pérdida para la Liga, la NBA ya nunca volverá a ser lo mismo, cosas así; y no digamos ya cuando pocas semanas después anunció (o acaso lo soñé) que declinaba la generosa oferta de los Bulls para entrar a formar parte de su staff técnico porque su verdadera intención era emprender una (esperemos) brillante carrera como analista baloncestero televisivo. Más chanzas y más risas, quizá ignorando que él, precisamente por su bien amueblada cabeza y (sobre todo) por su privilegiada posición en primera fila durante todos estos años, puede que sea de las personas más indicadas para desempeñar esa función. Nadie vio tanto baloncesto tan de cerca, nadie conoce mejor que él la perspectiva desde el banquillo porque nadie chupó más banquillo. Nadie en estos últimos años encarna mejor ese mítico concepto yanqui del agitatoallas que Brian Scalabrine.

Y si no, que se lo pregunten (por ejemplo) a Rasheed Wallace, que hace algunas semanas fue rescatado de su retiro por los Knicks para integrarlo en el geriátrico que han montado en el Madison (y que tan bien les está funcionando, por cierto); y que cuando fue interpelado por los periodistas neoyorquinos sobre cuál habría de ser su papel en la franquicia, dijo abiertamente que él no tendría ningún reparo en asumir el rol de Scalabrine. Es más, añadió con esa impagable lengua que tantos disgustos le ha dado, ¡voy a ser el Scalabrine de los Knicks! (o eso creía él, porque a día de hoy está jugando bastantes más minutos de los que esperaba). Es decir, de alguna manera Scalabrine ha dejado de ser un jugador para convertirse en un símbolo, a este paso llegará el día en que a los minutos de la basura ya no los llamen garbage time sino Scalabrine Time. Reconozcámoslo, Scalabrine pasará a la historia como Escalabrini pero a algunos (muy pocos, lo reconozco) siempre nos quedará Escálabrain. Un poco como el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue, o no quiso (no necesitó) ser.

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