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APROXIMACIÓN (TEMERARIA) AL DRAFT (IV – LOS DE DENTRO)   Leave a comment

No teman, no volveré a hablar aquí de Towns y Okafor, que ya bastante bola les di en el primer episodio. Ni de Porzingis (en la medida en que le consideremos también interior), que ya bastante bola le di en el segundo. Vayamos un poco más allá.

¿Recucauley-steinerdan que cuando les hablaba de Towns les decía que había progresado en tres meses lo que otros no logran progresar en tres años (ni en treinta, si se diera el caso)? Pensaba en aquel entonces en otro fornido mocetón calipariano, justo aquél que lleva por nombre Willie Cauley-Stein. Cauley-Stein aterrizó en Kentucky en la temporada 2012/2013 como una fuerza de la naturaleza, siete pies de músculo absolutamente bien proporcionado que sembraba el terror en defensa y que parecía evidente que a poco que trabajara lo sembraría también en ataque. Contra todo pronóstico volvió para un segundo año, esperábamos encontrar grandes mejoras en su juego pero el único cambio apreciable fue aparecer con el pelo teñido de rubio platino, algo de lo que afortunadamente se arrepintió a los pocos días a la vista de los resultados. Contra todo pronóstico volvió también para un tercer año, creímos ingenuamente que ésta ya sería la definitiva, que por fin su torrente defensivo se correspondería con un amplio caudal de habilidades ofensivas, lo creímos hasta que comprobamos que este Cauley-Stein seguía siendo exactamente el mismo que habíamos conocido años atrás, que probablemente lo seguiría siendo ya para toda su vida deportiva. No, ahora ya no volverá para un cuarto año, tampoco es de extrañar, visto lo visto podría repetir curso 28 veces, podría volver a la universidad un año tras otro hasta el 2043 y aún así seguiría siendo el mismo jugador unidireccional que conocemos hoy. Que no es que esté mal, a ver si me explico: la intimidación cotiza al alza, las franquicias se lo rifarán, de hecho hasta algún pronosticador se ha atrevido a ascenderle hasta el número 4 en las previsiones pre-draft, lo cual no sería de extrañar porque en ese puesto escogen los Knicks y es bien sabido que son capaces de cualquier cosa. Triunfará en lo suyo aunque al otro lado sólo le veamos anotar en plan pichichi (tras rebote ofensivo o culminando alley-oops), llegará el día en que le nombren defensor del año y todos nos congratulemos de ello… aunque algunos (sólo algunos) no podremos evitar pensar también en lo que pudo haber sido y no fue.

Y ahora (para desengrasar) pasemos a algo así como el anti-Cauley-Stein, un tipo que carece del músculo y el atleticismo del kentuckiano pero que rebosa de absolutamente todo lo demás. Señoras, señores, con ustedes, recién llegado de Wisconsin, el Jugador del Año, el único, el incomparable, el irrepetible Frank Kaminski, pónganse todos en pie.kaminski Se me cae la baba con Kaminski, se me cae hasta ponerme perdido y lo peor es que no me pasa a mí solo, con las babas que todos los kaminskianos hemos generado durante estos últimos años se podría llenar un embalse, discúlpenme la guarrería. Saben que a mí se me gana mucho más por talento que por físico y por eso Kaminski es de esos jugadores que me llevaría a una isla desierta o aún mejor, a un equipo de baloncesto si lo tuviera. Así me va, por eso nunca llegaré a nada en la vida, por decantarme por la estética en detrimento de la sordidez, afortunadamente (para ellos) los general managers tienen sus pies mucho más en el suelo que yo y por eso todo parece indicar que pasarán de Kaminski en los primeros puestos del draft. Los pronósticos más favorables le sitúan en el puesto 8 mientras que los más desfavorables le mandan hasta el veintitantos, entre uno y otro un amplísimo abanico de posibilidades. El susodicho, oliéndose la tostada, ha ido ampliando sobremanera su rango de tiro ante la evidencia de que las franquicias despreciarán sus fundamentos bajo el aro por no llevar una gran cáscara de músculo a su alrededor (el síndrome de Tomic, como si dijéramos). Acabará ganándose la vida de especialista, puro cuatro abierto por una mera cuestión de supervivencia, muy probablemente emergiendo desde el banquillo. Y a muchos les encantará y les parecerá la quintaesencia del baloncesto moderno, pero a mí (que soy muy raro) no dejará de parecerme un desperdicio.

Volvamos ahora a Kentucky para hablar de Trey Lyles, otro espigado mocetón muy al gusto de aquella casa. Montones de centímetros, kilotones de músculo, atleticismo devastador, una especie de Cauley-Stein 2.0… pero con un ligero matiz. Cauley-Stein es un libro cerrado, resulta muy difícil imaginar que kentuckybigspueda llegar a ser otra cosa distinta a lo que ya es; Lyles en cambio es una página en blanco, está por escribir, puede quedarse en mero físico o evolucionar a jugador total, vaya usted a saber. Obviamente también está más verde, será mucho más trabajosa su adaptación a la Liga, los románticos de esto siempre pensaremos que debería haber permanecido al menos otro año en Lexington (aunque el currículum de Cauley-Stein nos lo desmienta) pero eso ya no tiene vuelta atrás. Dependerá (como en tantas otras ocasiones) de cuánto trabaje, de en dónde caiga, de cuánta bola le den. Apunta a número 8 en el mejor de los casos aunque tampoco en este caso ha faltado algún (presunto) especialista insinuando que los Knicks podrían escogerle en el 4, así están las cosas en la Gran Manzana, creo que si yo me presentara al draft también sonaría para los Knicks. Qué cruz.

Y permítanme que como de costumbre acabe el capítulo con cuatro nombres más, cuatro jugadores interiores que me provocan fascinación y me generan dudas, todo a la vez aún por contradictorio que ello resulte: Myles Turner, de Texas, trabajadísimo saco de fundamentos, calidad excelsa no exenta de músculo pero que fue de más a menos en la misma medida en que fue de más a menos (para acabar casi en nada) su Universidad. Bobby Portis, de Arkansas, debilidad personal del que suscribe, intenso todoterreno con todas las papeletas para convertirse en un interesantísimo cuatro de rotación aún a pesar de su falta de centímetros para ese puesto. Kevon Looney, de UCLA, fascinante físico longilíneo y bracilargo a lo Kevin Garnett, fascinante cóctel de aptitud y actitud que me enamoró en sus primeros partidos con los Bruins… y que me decepcionó (quizá por culpa mía, que esperé más de lo que debería) en casi todos los demás. Tierno e inconsistente como corresponde a su edad, prototípico caso de jugador al que otro año en la universidad le hubiese venido de cine… tanto más teniendo en cuanta que no parece ni que vaya a oler siquiera las primeras posiciones de este draft. Y finalmente Montrezl Monster Harrell, personaje de Louisville que por sí solo requeriría un capítulo aparte, si bien intentaré sintetizarlo en unos pocos renglones: un monstruo (como su propio apodo indica) que en su primer año pareció que iba a comerse el mundo, que en su segundo año (jamás pensamos que volviera para un segundo año) pareció habérselo comido y que en su tercer año (jamás pensamos que volviera para un tercer año) pareció haberle sentado mal la digestión. Puede salir una megaestrella o un bluff, casi sin término medio. Yo aún le tengo fe, aunque su estancamiento en esta última temporada y su propensión al cruce de cables me hagan cogérmela (la fe) con pinzas. Pero aún así no apostaría en su contra.

estado de gracia   4 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 24 de octubre de 2013)

A veces me pregunto cuánto tiempo necesita permanecer un jugador en estado de gracia para que deje de decirse que está en estado de gracia. Me explico (o lo intento): de los grandes jugadores (o de los grandes en cualquier otra disciplina) nunca se dice que estén en estado de gracia, se dice que son buenos y punto, la gracia se les da por supuesta, se presupone que la gracia es su estado natural. Esa expresión, estado de gracia, no sería entonces para los sublimes sino para los normales, profesionales corrientes y molientes, jugadores del montón que de repente un día, dos o tres se salen de la norma, razón por la cual diremos que han entrado en estado de gracia. Pero eso, una semana, un mes, un año y medio… ¿Un año y medio?

Sergio Rodríguez, base del Real Madrid, explotó de repente en los playoffs de 2012, primero en la semifinal ante el Baskonia y luego en la Final contra el Barça, razón por la cual empezamos a escuchar una y otra vez que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez se ganó el derecho a ser llamado a la Selección y jugó a buen nivel en los Juegos Olímpicos de Londres, luego volvió al Madrid y comenzó extraordinariamente bien la temporada 2012/2013, razones todas ellas por las que seguimos escuchando que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez realizó un temporadón excelso que culminó en un título de Liga y una Final de Euroliga, Sergio Rodríguez para algunos (entre los que me cuento) se habría merecido mucho más el MVP que su compañero Mirotic… y con todo y con eso aún tuvimos que escuchar que seguía en estado de gracia. Sergio Rodríguez fue tal vez el mejor hombre de la Selección en el Eurobasket de Eslovenia, se echó el equipo a la espalda cuando nadie más lo hacía y todo lo que consiguió a cambio (además de un bronce) fue seguir escuchando que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez ha empezado como un tiro la temporada 2013/2014, está incluso mejorando sus casi inmejorables prestaciones de hace meses, está consiguiendo que hasta aquellos que siempre le negaron el pan y la sal le empiecen a reconocer sus méritos (no digamos ya los que siempre se los reconocimos)…. y por increíble que parezca, aún hoy el denominador común de todas las crónicas y de todas sus menciones sigue siendo que está en estado de gracia. Qué gracia.

En otros la gracia es la norma, un mal partido apenas es una excepción. En cambio en Sergio la gracia parece ser la excepción (¿año y medio de excepción?) luego habremos de concluir que la desgracia sería su norma. ¿En serio? Es como si se hubiese quedado instalado ya para siempre en su etapa negra, sus años con McMillan, su tiempo con Messina, como si no hubiese existido el antes y sobre todo no existiera el después, como si el de Portland (y Sacramento, y Nueva York) fuese el Sergio real y éste de ahora fuese el Sergio virtual. Como si en cualquier momento se pudiera romper el hechizo. Cualquier gran jugador puede hacer un mal partido, dos, tres, y no por ello dejará de ser un gran jugador. Esperen a que Sergio haga un mal partido, sólo uno, y ya verán cómo tendremos que escuchar que se acabó su estado de gracia. Como si no fuese sino que estuviese (ventajas de tener un idioma que distingue entre ser y estar), como si nos lo hubiesen instalado ya para siempre en la temporalidad. Otros son buenos fijos, por mucho que la caguen no dejarán de serlo, en cambio a Sergio parece haberle sido asignado el papel de bueno provisional, por muy bien que lo haga incluso durante años enteros seguirá estando bajo la lupa, seguirán impidiéndole ascender a la categoría superior. Seguirá examinándose partido a partido, seguirá saliéndose partido tras partido, seguiremos repitiendo todos como papagayos partido tras partido que está en estado de gracia. Bendita gracia.

Quizás aquella presunta desgracia (por contraposición a esta gracia) naciera en Portland, hace ya unos cuantos años. Allí se juntaron el hambre y las ganas de comer, se juntaron un Sergio tan talentoso como inmaduro y un Nate McMillan tan buen entrenador como cuadriculado a más no poder. Que a Sergio el baloncesto se le salía por los poros lo sabíamos ya desde hace tiempo, desde aquel inolvidable Eurobasket Sub18 de Zaragoza 2004, desde antes incluso, desde aquella última canasta del último minuto del último partido de la Final ACB 2004. A Sergio el baloncesto se le salía por los poros pero ése con ser su principal valor era también su gran problema, su incapacidad de administrar esa segregación. Sergio era un potro sin domar, si estaba inspirado era incomparable, si estaba atravesado te podía meter en un lío. McMillan habría pasado de él si le hubieran dejado pero como no le dejaron decidió domesticarlo, con poco ahínco esa es la verdad dada la poca fe que tenía en él. Nada que pudiera sorprendernos, cualquiera que hubiera conocido al Nate McMillan de los Sonics y conociera ahora a este Sergio sabría que nunca hubo dos bases más contrapuestos en toda la historia de la humanidad.

Y para domesticarlo (o así) recurramos a aquella vieja táctica del palo y zanahoria. Mucho palo y muy poca zanahoria, para ser exactos. Te pongo unos minutos, podría aguantarte un rato en cancha aunque la cagues pero no, el mensaje que te transmito es exactamente el contrario, en cuanto pierdas un balón, hagas un mal tiro o se te escape tu defendido te volverás al banquillo echando viruta. Sergio se acostumbró a jugar un día tras otro, un mes tras otro, un año tras otro con la espada de Damocles permanentemente instalada sobre su cabeza. El más mínimo error le condenaba de inmediato al banquillo, acaso ya por lo que restara de partido, acaso también para el partido siguiente. Para algunos ésta será la quintaesencia del buen entrenador, la letra con sangre entra como si dijéramos, las imprudencias se pagan como diría la DGT. Acaso algunos ingenuos pensáramos que la forma de aprender de tus errores no debería ser mediante el castigo sino mediante la confianza, si juegas pensando que al primer fallo ya te van a sentar jamás serás libre, jamás disfrutarás, en el mejor de los casos te convertirás en un adocenado incapaz de arriesgar, en el peor la presión de fallar te hará fallar más todavía. Acaso algunos ingenuos pensáramos lo que no debíamos, quién nos mandará pensar.

Tras aquel páramo de Oregon vinieron aquellos dos breves espejismos de Sacramento y Nueva York. Algunos creyeron que con el carapasmao de Westphal o el desbaratao de D’Antoni las cosas serían diferentes, yo no, yo me temí lo peor y por una vez (y por desgracia) acerté. De la capital de California sacó una gran amistad con el Chapu a la par que dejó un buen recuerdo, aún este verano se podía leer en las webs locales que Greivis Vásquez iba a ser el primer base pasador de la franquicia desde que se marchó Sergio Rodríguez; de la capital del mundo no sacó ni eso siquiera, cuentan que al acabar aquella temporada le ofrecieron (no sé si con mucho ahínco) un contrato que probablemente le habría convertido en el suplente del suplente, eso en el mejor de los casos. Era el momento de dejarlo, con gran dolor de su corazón. Sergio amaba la NBA sobre todas las cosas, Sergio en sus años mozos (según confesión propia) se pasaba madrugadas enteras en vela viendo partidos históricos en el Plus, Sergio se marchó luego a la NBA en cuanto pudo y vio así sus sueños convertidos en realidad. Apenas necesitó unos pocos años para comprender que la realidad rara vez se parece a los sueños.

Cambiar la NBA por la ACB fue como salir de Málaga para entrar en Malagón, como pasar de Guatemala a Guatepeor, como cambiar a McMillan por Messina.  No me interpreten mal, en realidad sólo fue una cuestión de incompatibilidad de caracteres. O de maneras de entender el baloncesto, más bien. Y miren que algunos ya lo intuimos aquel mismo verano, de hecho hasta se nos vinieron a la cabeza algunos versos de su inmenso (en varios sentidos) paisano Caco Senante. Senante era el autor de aquella canción con la que le había rebautizado el gran Montes, Mojo Picón, Mojo Picón, la rica salsa canaria se llama Mojo Picón, pero no era precisamente de esa canción de la que yo me acordaba aquel verano, sino de otra mucho más triste…

Se te adivina al caminar con ademanes de cansado.
Cansado de no ver el mar, de respirar aire viciado.

Parece que la gran ciudad te está intentando destruir
y te amenaza en cada esquina.
Y que ese mundo de hormigón, de ruido, asfalto y polución,
de golpe, se te viene encima.

Al contemplarte, creo ver, ave de mar en tierra adentro,
que quiere a la costa volver y anda buscando su momento.

No te consigues habituar a esta manera de vivir
y ya te invade la añoranza.
Y estás pensando en regresar para la tierra, a trabajar,
y eso mantiene tu esperanza,………te digo

Qué es lo que haces tú aquí, una gaviota en Madrid.

Una gaviota en EL Madrid, más bien. Un espíritu libre en el prieto corsé de Messina. Más palo y más zanahoria (mucho palo y muy poca zanahoria), más espada de Damocles, más y más de aquella vieja dinámica macmillaniana, entras-la cagas-sales, te pongo-me fallas-te quito, así una vez tras otra hasta el fin de los tiempos. Otra vez la presión añadida de que cualquier fallo signifique banquillo (bronca mediante), otra vez sin derecho al error. Messina es un gran entrenador, qué duda cabe, pero pertenece a esa categoría de grandes entrenadores que sólo entienden el baloncesto de una única manera, casualmente la suya propia. Todo lo que se sale de la norma (su norma) debe ser considerado sospechoso, por definición. Messina estaba acostumbrado a que en Moscú le dieran todo lo que pidiera, en cambio en Madrid le dieron sólo algo de lo que pidió (que fue bastante más de lo que le habían dado a su antecesor, por cierto) y mucho de lo que no pidió ni por asomo. Entre lo que no pidió ni por asomo estaba Sergio. Una gaviota difícilmente podrá volar si le cortan las alas, aún menos si la encierran en una caja. Hasta un ciego veía que aquello jamás podría funcionar. Sólo era cuestión de tiempo.

¡¡¡Se bota para penetrar a canasta, si no se pasa!!!, aún retumban en mi cabeza aquellos gritos de Messina al Chacho en vaya usted a saber qué tiempo muerto. Aquellas palabras siempre me parecieron un perfecto ejemplo de rigidez. En principio (sin tener en cuenta al jugador, sin tener en cuenta la situación, ni las circunstancias) puede ser una adecuada filosofía, qué duda cabe. Un base que bota y bota porque sí, con el yoyó puesto como si dijéramos, es manifiestamente contraproducente: adormece los ataques, fija las defensas, entontece a los compañeros, arruina las posesiones. Pero es que Sergio Rodríguez no entra en esta categoría, no se corresponde en absoluto con ese perfil. Sergio no paraliza el juego de su equipo sino que lo dinamiza, Sergio jamás bota por botar, Sergio bota y procesa, busca ese pase definitivo que saliendo de sus manos no es pase sino pre-asistencia, el pre sólo en función del posterior acierto de su receptor. Y si no lo encuentra, o reinicia o se la juega: o desde fuera (cada vez más desde fuera, cada vez mejor desde fuera) o para adentro. Claro está, ése del que les hablo es el Sergio desinhibido que hace ya casi diez años conocimos y también el que hoy (re)conocemos, ése no era en ningún caso el Sergio maniatado y cohibido de Messina ni el de McMillan. Un Sergio antinatural, un Sergio reprimido y por ello también deprimido. A la fuerza ahorcan.

Se fue (traumáticamente) Messina, se quedó Molin, se fue Molin, llegó Laso. Aunque Laso no hubiera ganado una Liga, una Copa y dos Supercopas, aunque no hubiera alcanzado una Final de Euroliga, aunque su equipo no jugara como los ángeles, aunque no hubiera ningún otro mérito que reconocerle siempre nos quedaría reconocerle el mérito de haber recuperado para la causa a Sergio Rodríguez. ¿El secreto? Obviamente no lo sé, no estoy ahí para saberlo. Puedo pensar que algo tendrá que ver el hecho de que Pablo Laso también fuera base, y cuando digo base quiero decir base: no un gladiéitor defensivo en plan McMillan sino un director de juego en toda regla; menos creativo que Sergio, más seguro que Sergio, tan buen pasador como Sergio. Algo tendrá que ver, seguro, pero aún más tendrá que ver otro concepto mucho más sencillo: confianza. Tan simple como eso, darle confianza. O aún mejor: no darle desconfianza. Que por primera vez en muchos años sintiera que podía arriesgar sin temor a las represalias, que perdiera de una vez por todas el miedo a equivocarse, que su permanencia en cancha ya no dependiera por fin de que la cagara o la dejara de cagar. Tan simple como eso.

Hoy nos puede parecer que todo su tiempo con Laso fue un camino de rosas, pero nada más lejos de la realidad. Los primeros meses fueron duros, no por Laso ni por él sino porque el proceso de descompresión requiere tiempo, no se sacude uno las telarañas de un plumazo así como así. Había que quitarse la escayola, el acartonamiento, la represión, había que dejar que poco a poco fueran volviendo aquellas viejas sensaciones de antaño, que el baloncesto volviera a fluir en su interior… Requiere tiempo y paciencia, pero el tiempo y la paciencia no son conceptos fáciles de manejar en una institución permanentemente instalada en la urgencia como es el Real Madrid. Cortoplacismo, que se dice ahora. Hacia mediados de la temporada 2011/2012 resultaba ya evidente que Laso había recuperado a Sergio, aunque éste aún no fuera el que hoy conocemos ni siquiera el que un día conocimos. Pero estaba en el buen camino, aquello sólo podía ser el principio de una hermosa amistad… y sin embargo era un secreto a voces que el Madrid ya tenía apalabrado a Dontaye Draper, y que éste no venía porque sí sino que venía precisamente para ocupar el puesto de Sergio Rodríguez. Sergio entró en los playoffs de 2012 convencido de que le iban a largar, convencido estaba él y convencidos estábamos también todos los aficionados al baloncesto (que lo entendiéramos o no ya era otra historia). Apenas unas semanas más tarde entró en estado de gracia. Y hasta la fecha.

Nunca dejes que te cambien, cuentan que alguien se lo dijo una vez (y evidentemente no se refería a que le sustituyeran sobre la cancha sino a que le cambiaran su forma de ser, su manera de jugar). Quien se lo dijo sabía bien de qué hablaba, lo sabía por propia experiencia, se llamaba (se seguirá llamando) Iván Corrales, otro espíritu libre (incluso demasiado), todo un personaje sobre la cancha y acaso también fuera de ella, muchos entrenadores se empeñaron en domesticarlo, alguno finalmente lo acabó consiguiendo y el remedio fue mucho peor que la enfermedad, aquel Corrales desbocado se nos fue diluyendo poco a poco hasta acabar quedándosenos prácticamente en nada. No fue un caso aislado, comparen por ejemplo a aquel explosivo Jason Williams de sus comienzos con aquel otro Jason Williams casi funcionarial (en el peor sentido del término) de sus últimos años. O a Luke Ridnour, hoy un base anodino en NBA pero al que algunos recordamos epatándonos en la Universidad de Oregon, créanme si les digo que era fantasía pura. Ellos dejaron que les cambiaran, no por gusto sino porque de ese cambio dependía que pudieran ganarse (muy bien) la vida jugando a esto. Cuántos no se habrán quedado en el camino, simplemente por no dejarse domesticar…

Claro está que hay librepensadores y librepensadores, también en lo que respecta a la dirección de juego. En mis lejanos tiempos del colegio me decían que no hay que confundir la libertad con el libertinaje (que nunca supe lo que era), también que la libertad de uno acaba donde empieza la libertad de los demás (o viceversa). La libertad de un base acaba donde empieza la de sus compañeros. A menudo metemos en el mismo saco al base hipercreativo que juega sólo para sí mismo y al base hipercreativo que pone su excelsa creatividad al servicio del equipo, como si ambos excesos fueran lo mismo. No es lo mismo, no puede ser lo mismo. El libertinaje en la dirección de juego suele ser tóxico, la libertad puede ser maravillosa. Y sin embargo hay entrenadores incapaces de distinguir entre uno y otro concepto, quizá porque en el fondo les dé miedo todo aquello que se escape de su control. Afortunadamente no son todos, ni la mayoría siquiera: muchos sí separan la paja del grano, muchos no consideran el talento como algo sospechoso sino como algo que se puede (se debe) encauzar. Sergio Rodríguez gastó media carrera deportiva en el empeño pero finalmente acabó encontrando la horma de su zapato. Gracias a Laso, también (y sobre todo) gracias a sí mismo, acabó casi resolviendo la cuadratura del círculo: el equilibrio imposible entre ser más Chacho que nunca, no dejar que le cambiaran (y no será porque no lo intentaron algunos) y que sin embargo todo ese desparrame de talento ya no despertara sospechas, que fuera visto por fin como algo positivo para su equipo, que provocara de una vez por todas la admiración general. Todo su baloncesto puesto al servicio de una idea, toda una idea hecha a imagen y semejanza de su baloncesto. Por fin.

Me van a permitir que me tire al barro. Estoy convencido de que al final de su carrera (pongamos dentro de ocho o diez años) Sergio Rodríguez estará considerado como uno de los bases de referencia del baloncesto europeo. Al mismo nivel de consideración que hoy podamos sentir hacia (fíjense qué nombres pongo) Diamantidis, Spanoulis o incluso Papaloukas, que sean los tres de la misma nacionalidad es una mera casualidad. Tres bases (dicho sea de paso) de quienes nadie dijo ni dirá jamás que estén en estado de gracia,, ellos no están sino que son. En condiciones normales (si no hay lesiones ni caídas insospechadas, si no se se cruza otro técnico represor en su camino por uno de esos avatares del destino) el Chacho de treintaitantos será aún mejor que este mismo Chacho de 27 que hoy conocemos: menos pujante físicamente (es ley de vida) pero mucho más maduro, más equilibrado y no por ello menos atrevido. Llegará el día en que le nombren el mejor base de Europa, llegará el día en que despierte murmullos de admiración en todo el Continente, llegará el día en que se nos caiga la baba con él (aún más que ahora)… y sin embargo es muy probable que para entonces aún tengamos que seguir escuchando esta misma retahíla, que lo que pasa con Sergio es que está en estado de gracia, mire usted. ¿Cuántos años de estado de gracia serán necesarios para la gracia deje de ser un estado y se convierta por fin en su condición natural? Esperemos averiguarlo algún día…

la elección de Pitino   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 15 de abril de 2013)

En el otoño de 1987 descubrimos América. La descubrimos poco a poco, de hecho la íbamos descubriendo cada fin de semana, Trecet nos llevaba cerca de las estrellas y nosotros las devorábamos con ansia viva cada viernes o sábado, tal era nuestro afán por disfrutar de aquella maravillosa novedad. Uno de aquellos días tocó Knicks, tocó aquella mítica institución que tantas veces habíamos oído mencionar en tantas y tantas películas (tengo entradas para los Knicks, frase recurrente), tocó aquel no menos mítico Madison Square Garden del que tanto habíamos oído y desde el que tan pocas cosas habíamos visto. En aquellos Knicks nos reencontramos con un Pat Ewing que estaba casi igual que cuando le conocimos tres años antes allá por Los Ángeles 84, en aquellos Knicks descubrimos a un base rookie llamado Mark Jackson que tiraba que se las pelaba desde más allá de la línea de tres puntos, en aquellos Knicks vimos por primera vez a un técnico no menos rookie, un tipo insospechado que por edad (no tanto por estatura) aún podía pasar perfectamente por jugador, un yupie que por su aspecto más bien parecía que se hubiera escapado de Wall Street para reciclarse dirigiendo al más emblemático equipo de la Gran Manzana. Dinámico, energético, transmitía ese mismo dinamismo y esa misma energía a sus jugadores y de paso contagiaba a todos a su alrededor. Tenía buena pinta aquel tipo, parecía que podría hacer carrera en esto (no imaginábamos cuánta) y eso que aquel absurdo apellido italiano (que a nosotros nos sonaba como a diminutivo de pito) no le ayudaba en absoluto…

Claro está, aún no conocíamos nada más de él, no se me sorprenda, piense que en aquel entonces no existía Internet (o acaso sí existiera, pero como si no) y que las diversas revistas de baloncesto que pululaban por nuestros kioscos sólo caían en mis manos de pascuas a ramos ya que mi exiguo poder adquisitivo no me permitía otra cosa. Todavía no sabíamos que había llegado a Nueva York desde Providence, que había metido a los Friars en Final Four, que años antes había metido a la modesta (en términos estrictamente baloncestísticos) Universidad de Boston  en el Torneo, que aún antes de todo aquello había sido asistente en Syracuse, recuerden, el primero que fichó Boeheim para sus Orange(men) en aquel verano de 1976. No, aún no conocíamos entonces aquella merienda campestre (o lo que fuera) que nos contaron muchos años más tarde y que yo les conté hace unos meses, Boeheim, Pitino y sus respectivas cónyuges, sus planes de futuro, Boeheim diciendo que ya tenía el trabajo que quería en donde siempre lo había soñado, que allí era feliz y no aspiraba a casi nada más, Pitino incapaz de entenderlo, su ambición dándose de patadas con la apacible manera de entender la vida que tenía su jefe. Hoy, más de tres décadas y media después, sabemos que ambos respetaron escrupulosamente a lo largo de su vida aquella declaración de intenciones.

La ambición llevó a Pitino de Syracuse a Boston (University), de ahí a Providence y de ahí a Nueva York, allí le descubrimos (Trecet mediante) aquella madrugada de 1987, quién nos iba a decir entonces que más de un cuarto de siglo más tarde aún le tendríamos bien presente en nuestras vidas. Aquello de los Knicks se acabó un par de años después, y aunque me avergüence habré de confesarles que no sé demasiado bien por qué: no sé si pensó que aquello de la NBA no era para él (años más tarde volvería a cambiar de opinión), no sé si fueron los Knicks los que le retiraron la confianza, no sé si fue la irrupción de Kentucky la que lo cambió todo. El reto era precioso, desde luego: reflotar uno de los más grandes programas (en términos de baloncesto) de la nación, venido a menos en los últimos tiempos porque las irregularidades de reclutamiento durante la etapa de Eddie Sutton lo habían dejado muy tocado, sanciones NCAA incluidas. El reto era precioso y venía además aderezado con un cuantioso número de ceros a mano derecha para ayudarle a tomar su decisión. La ocasión la pintan calva (¿por qué se dirá esto?) debió pensar Pitino, que cambió de inmediato la populosa Nueva York por la apacible Lexington y el Madison Square Garden por el Rupp Arena. No era un paso atrás, en absoluto, a pesar de lo que aquí nos pudiera parecer.

Quedó así inaugurada la mejor etapa de su carrera, en mi opinión. Venían de la nada y apenas un año después ya todo dios hablaba de ellos, hasta en nuestros medios de información general de aquella época (El País, en mi caso) no era difícil encontrar alguna referencia puntual de aquellos Bombinos Pitinos, llamados así por su propensión a tirar de tres. Ese era uno de sus sellos de identidad, junto con el ritmo altísimo y (sobre todo) una defensa asfixiante, extenuante, salpicada a ratos con esa presión en toda la pista que a menudo lograba poner el partido entero del revés. Ya se quedaron a un palmo (a un triple imposible de Laettner, más bien) de la gloria en 1992, entonces aún no podíamos verlo (saben que nunca fue muy fácil ver NCAA en este país) pero tampoco tardaríamos mucho, Final Four de 1993, la primera que dio el Plus, acaso una de las más espectaculares por el nivel de sus contendientes que recordarse puedan: North Carolina, Kansas, Michigan y Kentucky, ahí es nada, de nuevo los Wildcats (casi) en la cima. Aquellos Jamal Mashburn, Travis Ford y demás familia nada pudieron (aunque no estuvieron lejos) ante Webber, Rose, Howard y demás Fab Five de Michigan pero la semilla ya estaba echada, el tallo era fuerte y sólo era cuestión de esperar a que acabara de crecer.

Acabó en 1996: Antoine Walker, Walter McCarthy, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk, calidad por arrobas, físico impresionante, defensa asfixiante, cuando se ponían a presionar no había rival al que no se le apagara la luz. Ganaron la Final a Syracuse, cortaron las redes y fue sólo el principio de un trienio mágico, tres años consecutivos jugando la Final, no habrá muchos equipos que puedan decir lo mismo en estas últimas décadas. En 1997 parecían predestinados a revalidar el título pero hete aquí que se cruzaron en su camino otros Wildcats, la Arizona de Lute Olson (y Mike Bibby, Miles Simon, Jason Terry) en una Final inolvidable. Y en 1998 presentaron un equipo infinitamente menor, un equipo que apenas nada tenía ya que ver con aquel de 1996 pero que sin embargo acabó alzándose de nuevo con el título, acaso fuera por pura inercia, por pura herencia del trabajo realizado durante todos estos años; aquel seguía siendo un baloncesto perfectamente reconocible, cualquiera que lo mirara podía ver tras aquel equipo la mano de Pitino… lo cual no dejaba de tener su mérito, dado que hacía ya un tiempo que Pitino no paraba por allí. 

Pitino estaba en Boston, llevaba ya unos cuantos meses afrontando otro reto aún mayor que el que aceptó cuando se hizo cargo de los Wildcats: reflotar a los Celtics. Una vez más un desafío a la medida de su ambición, un contrato lleno de ceros a la derecha (ya hubiera querido por ejemplo Phil Jackson cobrar una cifra siquiera medianamente parecida durante sus tiempos en Chicago), una oferta que ningún ser humano en su sano juicio podría rechazar. Y dicho y hecho, y todos esos aficionados célticos que llevaban ya una década instalados en la depresión recuperaron de repente la ilusión, volvieron a ser felices, pensaron que con Pitino la NBA volvería a ser verde, sólo era cuestión de tiempo… Efectivamente, sólo fue cuestión de tiempo que se estamparan de bruces contra la cruda realidad. Pitino el primero.

Creo que fue más o menos por aquellas fechas, entre la cresta de la ola de Kentucky y sus todavía prometedores comienzos en Boston, cuando el polifacético Pitino aprovechó el tirón para escribir un libro que no era tanto un libro de baloncesto como uno de esos manuales motivacionales de autoayuda que tanto gustan por aquellos pagos. Nunca lo vi ni lo hojeé ni lo tuve en mis manos siquiera pero tampoco es que haga mucha falta porque el título es de esos que lo dicen todo, una declaración de intenciones en toda regla: success is a choice o lo que viene a ser lo mismo, el éxito es una elección. Ya saben, aquella típica filosofía de que tienes lo que te mereces, hard work pays off, el trabajo duro siempre se recompensa, serás lo que quieras ser, cualquier sueño estará a tu alcance si luchas al máximo para alcanzarlo, etc. La cultura del esfuerzo, que diría Roig. Ojalá fuera todo tan fácil. No niego que las probabilidades de tener éxito en esta vida (quizá habría que empezar por definir qué es tener éxito) serán mucho mayores cuanto más trabajes para conseguirlo, no lo niego más que nada por la pura coherencia de estar diciéndole a mi hijo que estudie cada dos por tres, no lo niego ni siquiera aunque la realidad de mi país se empeñe en desmentírmelo día tras día. Pero al éxito y al fracaso apenas los separa una finísima línea, cuántos supremos esfuerzos que merecieron triunfar se fueron al limbo, no porque faltara trabajo sino por cualquier otra circunstancia, por no haber sabido estar en el momento justo en el sitio adecuado. Y el mejor ejemplo es el propio Pitino: no creo que su tesón y dedicación fueran menores en Boston de lo que lo fueron en Kentucky, más bien al contrario. ¿El éxito es una elección? De ser así cagarla también sería una elección. Y tan simplista sería lo uno como lo otro.

Pitino quizá comprendió tarde que la NBA no es la NCAA, que a ambas las separan mucho más que un par de siglas. En NCAA puedes valerte de tu prestigio y el de tu universidad para reclutar a los mejores jugadores, en NBA ya puedes hartarte a perder partidos y llevar más papeletas que nadie para que te toque Duncan que si luego va y le toca a San Antonio pues ahí te quedas, a conformarte con las migajas. En NCAA en el mejor de los casos juegas treintaitantos partidos de 40 minutos en cinco meses, en NBA en cinco meses y medio juegas 82 a razón de uno cada dos días, 48 minutos una noche y acaso otra vez a la noche siguiente, si les pones a presionar como en Kentucky les tendrás reventados antes de que llegue marzo, ya de playoffs ni hablemos. En NCAA les dices que presionen, que muerdan y hasta que se tiren por un barranco y te seguirán a pies juntillas, son estudiantes, no cobran un céntimo (más allá de su beca) y respetan el principio de autoridad más que nada porque no les queda más remedio; en NBA como te descuides alguno cobra más que tú (sí, incluso en el caso de Pitino), les pones a presionar e igual alguno te contesta que presione tu padre, y si ello te supone algún problema vámonos a ver al dueño a ver a quién hace caso de los dos. Los entrenadores que han logrado triunfar en NCAA y NBA se pueden contar con los dedos de una mano (y aún sobrarían cuatro dedos), se estampó Pitino como se fueron estampando también en mayor o menor medida Calipari, Carlesimo, Montgomery, Leonard Hamilton, tantos otros, todos aquellos que no se llamen Larry Brown.

Allá por la primavera de 2001 Pitino dio por finalizada su tormentosa relación con la NBA (a la fuerza ahorcan) y se encontró con unas cuantas universidades deseosas de llevársele de nuevo al huerto de la NCAA. Estos días hemos sabido que a punto estuvo de ser Michigan la elegida, precisamente Michigan, los Wolverines que también estaban de capa caída por aquel entonces. Cuentan que fueron los deseos de su señora esposa de volver a vivir en el Estado de Kentucky los que finalmente decantaron la balanza en contra de Michigan y a favor de Louisville. Cuentan además que Pitino era escéptico al respecto, los aficionados de Louisville jamás aceptarán a un entrenador que haya estado en Kentucky; se equivocó: más bien fueron los aficionados de Kentucky los que jamás aceptaron que un ex entrenador suyo (que les había hecho campeones, además), hubiera ido a parar a Louisville, ya una vez les conté cómo le recibieron en el Rupp Arena cuando se presentó allí por primera vez a dirigir las evoluciones del eterno rival.

El resto de la historia ya más o menos se la saben (y todo lo anterior probablemente también). Cuatro años tardó Pitino en convertirse en el primer entrenador en llevar a tres universidades diferentes a la Final Four, finalmente lo logró con aquellos improbables Cardinals liderados por Francisco García y en los que también estaba ya el colombiano Juan Palacios. Algunos tuvimos ya clarísimo entonces (y así lo escribimos, aunque a saber dónde) que más tarde o más temprano Pitino sería también el primer técnico en hacer campeonas a dos universidades diferentes, dicho y hecho, mérito increíble aunque quizá convendría establecer un pequeño matiz: ser campeón con dos universidades diferentes es muy difícil, véase la muestra, pero es todavía más difícil (casi imposible, incluso) si te tiras casi toda la vida en la misma universidad (toma ya perogrullada). Probablemente Krzyzewski, Boeheim o Izzo no lo lograrán jamás como tampoco lo lograron (por ejemplo) Dean Smith, Bobby Knight o John Wooden, y ello no les hace peores entrenadores. En absoluto.

No fue un tránsito fácil el de Pitino en Louisville, no fue un camino de rosas, no vayan a pensar. Primero porque hasta hace un par de años tuvo plantillas buenas o simplemente decentes pero no grandes como ésta de ahora o como las que llegó a manejar en Kentucky. Y segundo porque el éxito podrá ser una elección pero a veces es también un juego de palabras, a veces entre el éxito y el fracaso sólo hay una letra, cambie usted la L por la R y verá lo que sucede. Dado que las vidas privadas siempre me han traído al pairo habré de confesarles mi supino desconocimiento al respecto, y habré de confesarles también que me ha dado una pereza infinita documentarme sobre el tema. Hasta donde alcanzo a recordar (que no es mucho) resultó que Pitino había tenido tiempo atrás eso que nuestras abuelas llamaban un lío de faldas, un desliz, una amiga entrañable si prefieren que utilice una terminología más actual. Resultó que aquello tuvo consecuencias indeseadas (sigamos con los eufemismos), resultó que Pitino lo negó mientras pudo, resultó que años más tarde fue víctima de extorsión y al final no le quedó otra salida que reconocerlo… Todo lo cual me importaría un bledo (¿qué demonios será un bledo?) si no fuera por el pequeño detalle de que el escándalo casi le cuesta el puesto. Claro está, ahora lo fácil sería recurrir a la típica muletilla del puritanismo o la mojigatería yanqui, pero no es eso, o no es sólo eso: en Estados Unidos los técnicos universitarios no son sólo entrenadores, son también (y sobre todo) educadores, al fin y al cabo ejercen su magisterio en una institución educativa y las enseñanzas que transmiten a sus pupilos forman parte de su educación. Por eso se espera que su conducta sea irreprochable, que transmitan valores positivos, que actitudes como el engaño y la mentira no formen parte de su línea de actuación. Finalmente Pitino salvó los muebles, le ayudó a ello su sincero (supongo) acto de contrición, le ayudó también la predisposición de la Universidad a perdonarle dado que a ver dónde iban a encontrar otro entrenador mejor a estas alturas…

Hoy Pitino tiene ya sesenta bien disimulados años aunque le veamos casi la misma cara que hace un cuarto de siglo (milagros de la ciencia), hoy Pitino tiene una inmensa alegría que no le cabe en el cuerpo y que a poco que se descuide le hará saltar las costuras, de hecho durante la celebración tras la Final llegué a preocuparme al respecto. En apenas tres días ganó su segundo título NCAA, fue elevado a los altares del Hall of Fame, vio cómo su caballo (sí, también tiene un caballo) ganaba una de las más importantes carreras previas al afamado Derby de Kentucky y supo finalmente que su hijo Richard se convertía en nuevo entrenador-jefe de los Golden Gophers de Minnesota (curiosamente sustituyendo a quien hace dieciséis años ocupó su puesto en Kentucky, Tubby Smith). Hoy Pitino está ya (aún más si cabe) en el olimpo de los más grandes de este juego, hoy bien podrá reivindicar de nuevo (y a ver quién se atreve a discutírselo ahora) aquello de que el éxito es una elección. Su elección.

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Probablemente se estarán ustedes preguntando (que son ustedes muy de preguntarse cosas) de dónde habrá salido esa foto que se les aparece ante sus ojos cada vez que cometen la imprudencia de entrar en este blog. O puede que en vez de preguntárselo hayan acercado ustedes sus pupilas a la pantalla (me consta que alguno ya lo ha hecho), hayan guiñado los ojos y hayan comprobado (no sin dificultades) que ahí abajo junto a la línea de fondo pueden leerse dos palabras, Southern California. Efectivamente, premio para el caballero (o para la señora, si la hubiere), se trata del Galen Center, cancha en la que acostumbra a jugar sus partidos (buena parte de ellos, al menos) la susodicha Universidad del Sur de California, USC para los amigos, los Trojans ya para los íntimos.

Ahora bien, como son ustedes muy de preguntarse cosas, es posible que también se estén preguntando por qué demonios habré elegido para ilustrar mi zaid Arena precisamente esa arena y no cualquier otra. Buena pregunta. No les voy a engañar (cómo podría…), elegí esa foto básicamente por motivos técnicos, porque así en un primer vistazo no encontré ninguna otra que se adecuara mejor a mis necesidades, así en cuanto a calidad como a estética o a adaptabilidad respecto al tamaño del marco que estos señores de WordPress tienen a bien poner amablemente a mi disposición (y en cualquier caso no se trata de una elección definitiva porque no habrá elecciones definitivas, porque mi idea es que el look se vaya renovando cada cierto tiempo). Pero tampoco les voy a negar que, más allá de motivos técnicos, esta Universidad de Southern California siempre me cayó bien. Es decir, no diré que es mi equipo porque ese honor (en lo que a baloncesto universitario se refiere) se lo tengo reservado a Syracuse, pero sí vendría a formar parte de un selecto y recogido elenco de universidades que me gustan, que me caen mucho mejor que la media y que querré que ganen siempre salvo cuando les toque jugar contra Syracuse: Temple, Creighton, Missouri, Indiana, Colorado, Oregon… y sí, también USC.

Claro que ahora se estarán ustedes preguntando (hay que ver, no paran) de dónde vienen esas simpatías mías por USC. Pues vienen de hace ya más de una década, de tiempos muy anteriores a O.J. Mayo, de tiempos incluso anteriores a Taj Gibson (que ya me gustaba mucho por aquel entonces) y Nick Young. Vienen de un equipo de Southern California que causó sensación a comienzos del presente milenio, llegando a Final Regional y dejando por el camino una estela de excelente baloncesto. El entrenador de aquel equipo era Henry Bibby, el padre de Mike, a día de hoy asistente de Hollins en los Grizzlies. La estrella de aquel equipo era Sam Clancy, poderoso jugador interior que probablemente habría llegado a la NBA de no haberle faltado algún centímetro y que como no creció lo suficiente se vio abocado a peregrinar por otras tierras, mismamente por ésta (Valladolid, Menorca, sin demasiado éxito en ninguno de los dos casos) pero también por Rusia, Israel o Argentina, sobre todo Argentina. El jugón de aquel equipo era un prodigioso saltimbanqui cuyo arrebatado estilo parecía corresponderse perfectamente con las dos primeras sílabas de su apellido a la francesa, Jeff Trepagnier. El alero era un tipo discreto y buen tirador del que jamás se nos hubiera ocurrido imaginar la gran carrera internacional que acabaría haciendo, David Bluthenthal, entonces aún no era israelí (aunque a la vista de su apellido no era difícil suponer que acabaría siéndolo) ni se había recortado aún el nombre para dejárselo en Blu. El base he tenido que buscarlo porque no recordaba cómo se llamaba, Brandon Granville, el típico director de juego enloquecido y tan sobrado de talento como escaso de criterio, de esos que casi siempre acaban siendo más un problema que una solución. Y por último (pero no por ello menos importante, más bien al contrario), el quinto miembro de aquel quinteto era un presunto (muy presunto) pívot, cuyo nombre ya habrán deducido a poco que recuerden el título de este post…

Los narradores pluseros de aquellos veranos (entonces la NCAA sólo se nos aparecía en verano, aunque se hubiera jugado en realidad cinco meses antes) acostumbraban a pronunciárnoslo a la inglesa, algo así como Escálabrain, aún habría de pasar un tiempo para que Daimiel y Montes nos rompieran los esquemas pronunciándolo a la italiana, Escalabrini. Dos pronunciaciones diferentes y un solo jugador verdadero… que parece como si en realidad hubieran sido dos jugadores, también. O dicho de otra manera, mis lejanos recuerdos de aquel que llamábamos Escálabrain nada tienen que ver con mis cercanos recuerdos de aquel a quien aún hoy llamamos Escalabrini. El Brian Scalabrine que yo conocí en aquellos Trojans era un pedazo de jugador (espere, no me insulte aún, no me ponga esa cara, concédame al menos el beneficio de la duda). Atípico, no se lo voy a negar, pero pedazo de jugador al fin y al cabo. Un cuerpo extraño, desgarbado y pelirrojo, que no se restregaba mucho por dentro pero que (por extraño que hoy les pueda parecer) era quien verdaderamente dirigía al equipo desde fuera (desde fuera de la zona, me refiero). Pensarán que he enloquecido (y tal vez tengan razón) pero puedo asegurarles que Scalabrine era la verdadera cabeza pensante de aquel equipo, la única alternativa verdaderamente válida a la jaula de grillos que tenía por cerebro el tal Granville. La imagen que se me quedó grabada, la que más se me viene a la memoria de aquel Scalabrine original es verle distribuyendo el balón una y otra vez en la cabeza de la bombilla cual si de un Pinone cualquiera (aunque suene a herejía) se tratara, puro poste repetidor organizando el juego desde su atalaya. Recuerdo que pensé entonces que un tipo así tendría muy difícil encaje en la NBA, por una mera cuestión de músculo, pero que podría ganarse muy bien la vida y hasta marcar una época en el baloncesto europeo (otra vez a la manera de Pinone), por una mera cuestión de inteligencia. Hoy sigo pensándolo, aunque todo haya sucedido justo al contrario de lo que pensé.

A veces en la vida tienes que escoger entre ser cabeza de ratón o cola de león, como si dijéramos. Entre ser un jugador importante en una liga menor (para los americanos -de USA- toda liga profesional que no se llame NBA es una liga menor) o ser un mero calientabanquillos en la mejor liga del mundo. No pretendo juzgarle, líbreme el cielo, primero porque no soy quién para juzgar a nadie y segundo porque en realidad no sé qué clase de ofertas tuvo de Europa, si es que las tuvo. Ahora podría venir yo muy digno y decir que cuánto mejor que me pagaran por trabajar en Turquía a que me pagaran por no dar un palo al agua en Massachussets, podría decirlo y sonaría de lo más profesional y me quedaría tan ancho, aunque a decir verdad no sé si estaría siendo muy sincero con semejante afirmación. Muchos norteamericanos se ganan la vida en Europa por no tener ofertas de USA, o porque las ofertas que tienen de Europa superan con creces a las que puedan tener de USA. No parece que ese fuera nunca el caso de Scalabrine, a él nunca le faltaron las ofertas, a las pruebas me remito. Dije en el párrafo anterior (y ustedes me pusieron cara rara, no me lo nieguen) que en sus años mozos era un jugador extremadamente inteligente. Hoy parece evidente que fuera de la cancha lo fue también durante toda su carrera. Pocos jugadores habrán optimizado más sus ingresos, pocos habrán obtenido tanto beneficio por tan poco esfuerzo, muy pocos deportistas profesionales tendrán un ratio dinero ganado/minutos efectivamente disputados superior al suyo, ríase usted de aquel Jim McIlvaine. Que se lo ha llevado muerto, pues sí, qué duda cabe, pero eso en ningún caso será culpa suya, de ser culpa de alguien lo será de quien se lo pagó.

Eso sí, reconoceremos que él aceptó gustoso un papel que a algunos desde la distancia nos produce un poco de vergüenza ajena, el de mascota virtual. Es un papel que suele darse en algunas franquicias NBA, que tienen mascotas reales (todo lo real que pueda ser un muñeco) pero que a veces tienen también mascotas virtuales: dícese de aquellos jugadores generalmente blancos, grandes, poco agraciados físicamente y con pinta de no estar muy dotados para este juego, y que por lo general ocupan el fondo del banquillo y sólo juegan los minutos de la basura en el mejor de los casos. En Europa ese papel suele estar reservado a jóvenes promesas y cubrecupos varios (esa sería otra historia, que deberá ser contada en otra ocasión) pero en USA no necesariamente, en USA puede serlo cualquiera aunque tenga ya treintaitantos años, basta con que cumpla las condiciones anteriormente descritas, recuerden por ejemplo a aquel Pat Burke que tuvo cierto éxito en Baskonia y Madrid, cómo ejerció después de mascota virtual en Phoenix: saltaba a la cancha con el partido resuelto y era como si de repente aquello dejara de ser baloncesto para convertirse en circo, el numerito de la risa, el bombero torero y sus enanitos rejoneadores, algo así: la gente (la poca que aún quedaba) entraba en trance, dásela, dásela, aún no había hecho nada con ella y ya se le descojonaban, tira, tira, si la metía montaban una fiesta, si la fallaba la montaban más todavía, si tenía la mala suerte de que le saliera un airball ya era casi un orgasmo general. Scalabrine tuvo al menos una ventaja sobre Burke y sobre tantos otros como Burke, él casi siempre la metía. Y además supo siempre adaptarse perfectamente a esa situación, asumir con dignidad el papel de White Mamba, no mostrarse jamás incómodo sino integrarse perfectamente como una parte más (la más fundamental, de hecho) del chou. Inteligencia, ya se lo dije.

Hace algunos meses anunció públicamente su retirada y no hará falta que les recuerde que dicha noticia provocó de inmediato toda clase de risas y chanzas en Internet, hay que ver, qué terrible pérdida para la Liga, la NBA ya nunca volverá a ser lo mismo, cosas así; y no digamos ya cuando pocas semanas después anunció (o acaso lo soñé) que declinaba la generosa oferta de los Bulls para entrar a formar parte de su staff técnico porque su verdadera intención era emprender una (esperemos) brillante carrera como analista baloncestero televisivo. Más chanzas y más risas, quizá ignorando que él, precisamente por su bien amueblada cabeza y (sobre todo) por su privilegiada posición en primera fila durante todos estos años, puede que sea de las personas más indicadas para desempeñar esa función. Nadie vio tanto baloncesto tan de cerca, nadie conoce mejor que él la perspectiva desde el banquillo porque nadie chupó más banquillo. Nadie en estos últimos años encarna mejor ese mítico concepto yanqui del agitatoallas que Brian Scalabrine.

Y si no, que se lo pregunten (por ejemplo) a Rasheed Wallace, que hace algunas semanas fue rescatado de su retiro por los Knicks para integrarlo en el geriátrico que han montado en el Madison (y que tan bien les está funcionando, por cierto); y que cuando fue interpelado por los periodistas neoyorquinos sobre cuál habría de ser su papel en la franquicia, dijo abiertamente que él no tendría ningún reparo en asumir el rol de Scalabrine. Es más, añadió con esa impagable lengua que tantos disgustos le ha dado, ¡voy a ser el Scalabrine de los Knicks! (o eso creía él, porque a día de hoy está jugando bastantes más minutos de los que esperaba). Es decir, de alguna manera Scalabrine ha dejado de ser un jugador para convertirse en un símbolo, a este paso llegará el día en que a los minutos de la basura ya no los llamen garbage time sino Scalabrine Time. Reconozcámoslo, Scalabrine pasará a la historia como Escalabrini pero a algunos (muy pocos, lo reconozco) siempre nos quedará Escálabrain. Un poco como el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue, o no quiso (no necesitó) ser.

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