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HISTORIAS DE CONNECTICUT   Leave a comment

– Hace ahora trece meses, justo cuando empezaba el Torneo Final de 2013, le quise dedicar unos párrafos a un equipo que no iba a participar en ese Torneo Final de 2013. Era irracional, bastante lío tenía ya con escribir sobre los emparejamientos de aquel bracket como para ponerme a disertar casi a la vez sobre un equipo que había acabado ya su temporada pero qué quieren, soy así de raro, me encanta complicarme la vida por si la vida no me trajera ya suficientes complicaciones de serie. Aquel equipo era Connecticut, obviamente, y si había acabado ya su temporada no era por deméritos propios sino por decisiones ajenas. Castigados sin postre por su mala cabeza, porque aquello mal que bien seguía siendo una universidad, además de rendimiento deportivo tendrás que ofrecer rendimiento académico y si no lo ofreces tendrás al menos que procurar que no se te note cuando trates de disimularlo. UConn la cagó, pagó con creces por ello en 2013 y yo entonces pensé que ese precisamente había sido el secreto de su (inútil) éxito, un equipo que jugaba sin la presión de ganar porque en realidad no tenía nada que perder. Me equivoqué. Hoy, un año después, queda claro que aquel equipo que fue bueno sin presión en 2013 ha sido aún mejor bajo presión en 2014. Tanto mejor cuanta más presión, además. Se pudo dejar ir en momentos determinados de la temporada, pero nadie fue mejor que ellos cuando llegó la hora de la verdad.

– Kevin Ollie era uno de esos jugadores NBA que solemos llamar de perfil bajo, el típico que hacía que a Montes y Daimiel (y luego a todos los demás) se les llevaran los demonios cuando el Larry Brown de turno le prefería antes que al Larry Hughes de turno pongamos por caso. Kevin Ollie no era el típico base/escolta de diseño sino todo lo contrario, ese jugador sobrio, administrativo y funcionarial que aparece de vez en cuando para recordarnos que de todo ha de haber en esta vida (y en esa Liga). Kevin Ollie no aportaba liderazgo, fantasía, creatividad ni riesgo, no era el típico jugador que te entraba por los ojos pero como solía decir mi abuela, algo tendrá el agua cuando la bendicen. Pensarán algunos que no sería para tanto (y no lo era, de hecho) cuando llegó a jugar en una docena de equipos sin consolidarse en ninguno pero yo se lo pongo al revés, si doce equipos uno tras otro confiaron en él para completar su rotación será quizá porque ofrece otros valores que escapan a los ojos del aficionado medio: seguridad tal vez, la certeza de que su toma de decisiones podría no ser brillante pero jamás te va a incurrir en ninguna locura; sentido común, sin duda. Un sentido común que forma también parte de su bagaje como entrenador: la dirección sin aspavientos, la autoridad sin autoritarismo, la correcta toma de decisiones, la optimización de virtudes propias (correr siempre que se pueda, por ejemplo) para minimizar de paso las virtudes ajenas. Nada más (y nada menos) que eso.

– Fíjense si sería bajo el perfil de Ollie que algún presunto compañero suyo no dudó en ponerle como ejemplo negativo en cuanto se le presentó la ocasión. ¿Recuerdan aquel año 2008 en que Calderón estuvo a punto de ir al All Star? Calde presentaba unos números excepcionales en porcentajes, triples, asistencias y ratio asistencias/pérdidas, Calde estuvo en las quinielas hasta el último momento pero a algún colega suyo (o similar) no le pareció bien y no se recató en manifestarlo con este elegante comentario: Jose Calderon? Who? Come on man, this is All-Star, people. When I’ve seen some of the names that are being thrown around on the ticker as snubs, it’s killing me. I understand Calderon has the best assist-turnover ratio in the league, but you know what’s funny? All back-up point guards have the best assist-turnover ratios. Screw it, Kevin Ollie should be an All-Star then! For like five or six years, Ollie was No. 1 in assist-turnover ratio!  Quien así hablaba con esa desenvoltura no era otro que Gilbert Arenas, todavía en aquel entonces representando su papel de estrella de la Liga aunque cada vez nos lo creyéramos menos. Calde no era comparable en absoluto con Ollie (ni tenía por qué serlo) en términos de liderazgo, anotación, creación de juego o peso específico sobre la cancha, Calde dirigía mientras que Ollie interpretaba… pero con todo y con eso no creo que Calde se sintiera ofendido por que le compararan con Ollie, más bien al contrario, resulta casi un elogio que te comparen con alguien tan honesto y trabajador. Ofensivo sería que te compararan con Arenas…

– Kevin Ollie llegó (a Connecticut) y besó el santo. Si ya fue asombroso que metiera a su equipo en el Torneo a la primera oportunidad, si ya fue alucinante que metiera a su equipo en Final Four a la primera oportunidad (algo que a muchos les cuesta veinte o treinta años, algo que muchos más no consiguen nunca), díganme ustedes cómo calificar el hecho de haber ganado el título a la primera oportunidad. Y para que no queden dudas, dejando tirados por el camino a experimentadísimos técnicos como Martelli, Wright, Hoiberg (éste más emergente que experimentado, pero grande igualmente), Izzo, Donovan o Calipari, ahí es nada la pomada. Kevin Ollie ya está a en lo más alto sin haber pisado siquiera los escalones intermedios, un meteórico ascenso a los altares que obviamente no ha pasado desapercibido a esa acaparadora NBA que un día fue su casa y a la que ahora ya se le empiezan a hacer los dedos huéspedes (signifique eso lo que signifique) con el susodicho. Que se tomen un valium y le dejen en paz durante unas cuantas temporadas, que por ahora Ollie está muy bien donde está.

– Una vez escribí que el mérito que ya nadie podría quitarle a Pablo Laso (incluso aunque no hubiera ganado todavía ningún título) es el de haber recuperado para la causa del baloncesto a Sergio Rodríguez. Del mismo modo casi podría decirse que el mérito que ya nadie podrá quitarle a Kevin Ollie (incluso aunque no hubiera ganado este título) es el de haber recuperado para la causa del baloncesto a Shabazz Napier. Obviamente las comparaciones son odiosas, obviamente no estoy comparando a Laso con Ollie y aún menos a Sergio con Napier, líbreme el cielo, obviamente soy mucho más chachista que shabazzista (mucho más chachista que casi cualquier cosa, en realidad). Pero ustedes cogen la idea. De aquel Napier indómito y asilvestrado de sus dos primeros años sólo queda ya el recuerdo, puede que hoy Napier siga tirándose más tiros de los que convienen a su equipo pero al menos ya no tienes jamás la sensación de que le perjudica (como sí la tuvimos en su infausta segunda temporada) sino todo lo contrario. Hoy resulta evidente que a Calhoun (ya entonces más fuera que dentro) se le fue de las manos, que en cambio Ollie le debió dar unas premisas básicas, tendrás garantizada tu cuota de protagonismo siempre y cuando entiendas que aquí eres el mejor, pero de ningún modo eres el único. Algo así. Hoy todos esos presuntos excesos de Napier ya no son nada comparados con los que monta su madre cuando la vemos ahí pegando brincos en primera fila, justo detrás de su entrenador. Y Napier lo sabe (lo de Ollie me refiero, lo de su madre supongo que también), sabe cuánto le ha costado pero sabe también (y sobre todo) a quién debe agradecérselo. Ese inmenso abrazo entre lágrimas, nada más acabar la Final, difícilmente podría expresarlo mejor. 

– Si nos pidieran hacer una lista con las principales universidades (en términos de baloncesto) del universo NCAA, probablemente tardaríamos en incluir a Connecticut. Puede que sea grande pero no la meteríamos necesariamente entre las grandes GRANDES con mayúsculas, al menos en nuestro imaginario colectivo… Y sin embargo en estos últimos tiempos nadie ha ganado tantos títulos como los Huskies, ni de lejos. Retrotrayéndonos a los quince últimos años (lo que vienen a ser dieciséis temporadas) descubriremos que en ese periodo UConn ha ganado nada menos que cuatro títulos, que a mucha distancia le siguen Duke, North Carolina y Florida con dos cada uno, que luego vendrían Michigan State, Maryland, Syracuse, Kansas, Kentucky y Louisville con uno por barba y para usted de contar. Connecticut nunca ganó nada hasta fin de siglo pero desde entonces promedia casi un título cada cuatro años: 1999 (Khalid El Amin, Richard Hamilton, Jake Voskuhl…), 2004 (Ben Gordon, Emeka Okafor, Charlie Villanueva…), 2011 (Kemba Walker, Jeremy Lamb…) y finalmente éste de 2014. Y lo más llamativo es que a ninguna de esas cuatro ediciones llegó UConn como favorita: en 1999 ganó contra pronóstico la Final a Duke y en 2004 hizo lo propio en la semifinal para luego imponerse a los Yellow Jackets de Georgia Tech. Y qué decir de 2011, cuando los Huskies hubieron de ganar no ya seis partidos consecutivos sino once para alzarse con el título, los cinco que necesitaron para ganar la Big East (sí, cinco y en cinco días consecutivos además, tan mal venían que hasta hubieron de partir desde una ronda previa) más los seis del Torneo Final propiamente dicho. Y qué decir de este 2014 que no sepan ya, algunos linces como el que suscribe ya ni siquiera apostamos por ellos en su primera eliminatoria ante esos pujantes chicos de St. Joe que venían de ganar brillantemente su conferencia. Aún menos creímos en ellos contra Villanova o Iowa State, no digamos ya contra Michigan State, para qué hablar de la semifinal ante Florida o la Final ante Kentucky. Jamás dimos un duro (un euro, un dólar) por ellos, sólo ellos mismos creyeron en ellos, tanto como para ir dándonos partido tras partido con nuestro pronóstico en las narices. Cosas como éstas son las que hacen (aún más) grande a la NCAA.

– No vendrá mal tampoco que antes de acabar les recuerde un par de datos que no por obvios resultan menos trascendentes: 1) Shabazz Napier, Tyler Olander y el alemán Niels Giffey se gradúan con dos títulos universitarios en su zurrón, créanme que no hay muchos profesionales por el mundo que puedan decir lo mismo (de hecho en lo que llevamos de siglo sólo pudieron decirlo unos cuantos mocetones de Florida). Subieron a los altares el primer año, cayeron a los infiernos en el segundo, vieron abrirse el suelo bajo sus pies en el tercero y volvieron a tocar el cielo en el cuarto. Las vieron de todos los colores, pero que les quiten lo bailao. Y 2) Por si tuvieron poca fiesta con la consecución del título masculino, al día siguiente sus compañeras de clase se dieron también el gustazo de conseguir el título femenino. Acaparando, como si dijéramos. Claro que en este caso no se trató de ninguna sorpresa, trátase tradicionalmente de uno de los programas más pujantes de la nación, invictas llegaron e invictas salieron estas Huskies de Geno Auriemma, 40-0 en el total de la temporada. Quede Stors proclamada capital absoluta del baloncesto en estos días, deberíamos acudir todos juntos en peregrinación…

– Desconfíen de las apariencias y no se dejen engañar por los números, la Final (la masculina, me refiero) fue una grandísima final. Quizá no tan buena como la del año pasado o como tantas otras que se me vienen ahora a la mente, pero sí una final de altísimo nivel. Claro está que aquellos que no la vieron llegaron al día siguiente, miraron el resultado, leyeron 60-54 y de inmediato pusieron cara de asco, y pobre de ti como se te ocurriera decirles que en realidad había sido un buen partido porque entonces ya te trataban como si fueras un enfermo mental al que habría que ingresar en un psiquiátrico (acaso estén en lo cierto). Qué quieren que les diga, por más que lo intento no acabo de entender por qué el baloncesto (y sobre todo este baloncesto) debe estar sometido a esta especie de tiranía según la cual un partido es bueno o malo no en base a las sensaciones que te genere sino en base a los dígitos que señale el marcador. Las comparaciones son odiosas, pero día y medio después hubo un Atleti-Barça de Champions que acabó 1-0 y no recuerdo que a nadie se le ocurriera decir que aquello había sido una mierda por no haber quedado 3-2 (por ejemplo), más bien al contrario, todo dios dijo que había sido un partidazo (porque lo fue) y hasta un monumento al fútbol. De acuerdo, nada que objetar, pero si te entusiasmas con un gol y media docena de ocasiones en noventa minutos y en cambio le pones pegas a 114 puntos en cuarenta minutos pues entonces quizá sea todo mucho más sencillo, quizá simplemente te guste el fútbol y no te guste el baloncesto. Pues vale, me parece perfecto, haber empezado por ahí y así lo tendremos todos muchísimo más claro, así los del basket no tendremos ya esta horrible sensación de estar pasando un examen cada vez que enseñamos un marcador. No tenemos remedio.

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Y ahora me van a permitir que acabe con otra historia que nada tiene que ver con todo lo anterior, y que de hecho no afecta a Connecticut sino al que fue uno de sus rivales en este Torneo, Michigan State. O para ser más exactos, al jugador más emblemático de Michigan State. Cuentan que hace un par de años Adreian Payne acudió a visitar una clínica de niños enfermos de cáncer, cuentan que Payne podría haber hecho lo que tantos otros en similares circunstancias, dejar regalos, hacerse fotos con los niños, jugar un rato con ellos, cubrir el expediente y luego ya si te he visto no me acuerdo pero Payne no, Payne por alguna razón se quedó prendado de una pequeña admiradora llamada Lacey Holsworth. Volvió a visitarla no una ni dos sino un montón de veces, se implicó con ella como si fuera de su familia, entablaron ambos una hermosa relación de amistad y complicidad… Hacia finales de temporada regular se hizo habitual que las cámaras de la ESPN nos enfocaran en cada partido a una niña rubia en las gradas del Breslin Center; la misma que acompañó a Payne en su despedida de los Spartans durante la noche de los séniors, la misma que le ayudó a cortar las redes del Fieldhouse de Indianapolis tras ganar el Torneo de la Big Ten, la misma que le acompañó in situ (en compañía de su madre, obviamente) durante todo el Torneo Final, esa misma a la que aún vimos hace apenas una semana en Dallas, animando a Payne durante el concurso de mates previo a la Final Four… Pero Lacey estaba ya para entonces mucho peor de lo que su abundante cabellera rubia (que evidentemente no era suya) parecía hacernos creer, Lacey Holsworth dejó finalmente este mundo (tras sólo ocho años de permanencia en él) este pasado miércoles 9 de abril. Vayan estas líneas en homenaje a su memoria, pero vayan también en reconocimiento a un jugador que desde bien temprano entendió que la vida es algo más que meter canastas. Sabíamos ya que Adreian Payne era grande (en todos los sentidos) dentro de la pista, pero hoy sabemos que es aún mucho más grande fuera. Ojalá que le vaya bonito en su carrera profesional.

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(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 19 de marzo de 2013)

Recapitulemos. Temporada 2010/2011, los Huskies de UConn ganan el título con una imponente pareja exterior formada por Kemba Walker y Jeremy Lamb, por detrás de los cuales emerge un interesantísimo base freshman llamado Shabazz Napier. Temporada 2011/2012, Kemba Walker se va a la NBA pero los Huskies mantienen una imponente pareja exterior formada esta vez por Lamb y Napier, por detrás de los cuales emerge un interesantísimo freshman llamado Ryan Boatright. Temporada 2012/2013, Jeremy Lamb se va a la NBA (o algo así) pero los Huskies mantienen una imponente pareja exterior formada esta vez por Napier y Boatright, por detrás de (más bien al lado de) los cuales emerge un interesantísimo freshman llamado Omar Calhoun… Visto así parecería que nada ha cambiado en lo esencial en la Universidad de Connecticut, que el tiempo sigue su curso y la vida transcurre allí plácidamente propiciando los lógicos relevos de manera completamente natural… Bueno, pues no. Quítenselo de la cabeza cuanto antes, porque nada más lejos de la realidad.

Y es que la NCAA, que es muy de poner sus ojos sobre las universidades a su cargo, puso sus ojos sobre Connecticut al parecer por la sencilla razón de que sus criaturas no se aplicaban lo suficiente, no hincaban los codos como es debido y como consecuencia de ello se resentían sus resultados académicos; puede parecer un tema menor (y probablemente lo sea) al lado de tantos otros escándalos como acostumbramos a encontrarnos en este baloncesto, ya saben, irregularidades en el reclutamiento, falsificación de notas, trapicheos varios, puede parecer en un principio que esto es menos importante pero se ve que la NCAA se ha puesto últimamente muy seria a este respecto, razón por la cual decidió que la sanción a UConn (y a otros nueve colleges de mucho menos peso específico en la competición) habría de ser ejemplar: un año entero, este 2012/2013, condenados a no disputar post-temporada, entendiendo por post-temporada no sólo el Torneo Final o el NIT sino también el torneo de su conferencia. Un negro panorama que propició (entre otras muchas cosas) la marcha del hombre que había regido sus destinos desde el banquillo durante casi tres décadas, Jim Calhoun. No nos engañemos, de no haber mediado todo este lío probablemente también se hubiera ido dada su edad y sus recurrentes problemas de salud, pero la perspectiva de esas sanciones sobre la universidad (y acaso también sobre sí mismo, de haberse quedado) seguramente fue lo que acabó de precipitar su decisión. Jim Calhoun dejaba huérfanos a unos Huskies que después de tantos años habrían de buscar entrenador en plena crisis, a ver dónde iban a encontrar a uno que estuviera dispuesto a comerse semejante marrón…

No tuvieron que ir muy lejos, de hecho no tuvieron ni que molestarse en mirar siquiera más allá del staff técnico de la propia universidad. Allí llevaba ya un par de años ejerciendo de asistente un tipo cuyo nombre no le resultará en absoluto desconocido, sobre todo si (aunque no tenga usted ni papa de NCAA) acostumbra a seguir siquiera medianamente la NBA: Kevin Ollie. Kevin Ollie que jugó (y estudió también, supongo) en Conncecticut de 1991 a 1995, que repartió luego su inquieta carrera profesional entre no menos de una docena de franquicias, que nunca brilló pero siempre cumplió con su cometido, que fue de esos jugadores mucho más apreciados por sus técnicos que por sus aficionados. Kevin Ollie colgó las botas en el verano de 2010 y ya en ese mismo momento ingresó en su alma máter a la vera de Calhoun, quién le iba a decir entonces que en apenas un par de temporadas se encontraría ya con esta oferta encima de la mesa. La aceptó, claro, hay propuestas a las que no puedes decir que no aún por negro que sea el panorama que se presente ante tus ojos. La aceptó acaso pensando en la que se le venía encima, si alguien le hubiera dicho entonces que apenas un par de meses más tarde estaría ya firmando una extensión de contrato por cinco años más probablemente ni se lo habría creído…

Y es que el panorama era desolador; a la marcha de Calhoun había que sumar (más bien sería al revés, ya que la marcha del técnico fue posterior) la de unos cuantos jugadores que estaban llamados a soportar el peso del equipo en las siguientes temporadas: lo de Andre Drummond al fin y al cabo se veía venir, ni dios dudaba de que lo suyo sería un one and done, a mí entonces me parecía una barbaridad (plenamente formado en lo físico, escasamente en lo técnico) pero a la vista de lo bien que le va en los Pistons habré de envainármela, con perdón. Lo que ya no se veía venir de ninguna manera, lo que no habría sucedido de ningún modo de no haber sido por las susodichas sanciones, fue lo que vino después: el pívot Alex Oriakhi (fundamental en el título de 2011) pidió el transfer y se marchó a Missouri, Roscoe Smith hizo lo propio y se buscó la vida en Nevada-Las Vegas, el aún suplente (pero que este año habría sido muy importante) Michael Bradley se fue a buscársela a Western Kentucky… Madre mía pero dónde me estoy metiendo, pensaría Kevin Ollie ante semejante situación. Al menos el retorno (contra pronóstico) de los exteriores Napier y Boatright vino a endulzarle mínimamente el panorama…

¿Mínimamente? Tengo para mí (que diría Paniagua) que Shabazz Napier y Ryan Boatright componen la pareja exterior de mayor talento puro de todo el baloncesto universitario. Es decir, no digo que no haya otras mejores en cuanto a sensatez, equilibrio, toma de decisiones o conocimiento del juego pero en lo que se refiere a (lo que solemos entender por) talento para jugar a esto no creo que haya otra que se le pueda comparar. Otra cosa ya es que sepas qué hacer con ese talento, claro. Napier hizo una magnífica temporada freshman en aquellos Huskies campeones 2010/2011 dando relevos de calidad a Kemba o Lamb, pero bastó la marcha de Kemba para que el Napier sophomore 2011/2012 dijera ésta es la mía y se creyera el ombligo del mundo. Estaba asilvestrado, tirándoselo casi todo, jugándose lo suyo y lo de los demás hasta el punto de que no es ya que no ayudara a su equipo sino que era manifiestamente contraproducente, todo ello a las (presuntas) órdenes de un Calhoun que parecía completamente superado por la situación, como si hubiera decidido dejarlo por imposible ante el convencimiento de que no había nada que hacer. Apenas unos meses después de que los Huskies de Kemba epataran al mundo los Huskies de Napier parecían haberse convertido en el coño de la Bernarda, con perdón. Y si esto era así con Calhoun, ¿cómo habría de ser (cabía preguntarse) en su año júnior, a las (presuntas) órdenes de un entrenador novato como Ollie?

Pues su año júnior contra todo pronóstico ha sido casi extraordinario. A ver, tampoco exageremos, sigue yendo de jugón por la vida pero créanme que ha estado mucho más domesticado, jugando para él pero también haciendo jugar a sus compañeros, poniendo su talento al servicio del grupo y no al revés. Créanme que yo desde la distancia no sé si es mérito suyo o de Ollie, me gustaría pensar que ha madurado y se ha dado finalmente cuenta de que en el plan que estaba no iba a llegar a ningún sitio, pero aún más me gustaría pensar que su nuevo técnico haya tenido algo (o mucho) que ver en todo este proceso. Meter a este tío en una dinámica de equipo me parece casi su mayor logro, aún por encima de los buenos resultados cosechados en esta difícil temporada. Y claro está, si a eso le sumas a Ryan Boatright a pleno rendimiento pues ya es como si juntaras a Zipi y Zape, una verdadera delicia, un placer para los sentidos. Y a su vera (para acabar de liarla) el freshman Omar Calhoun, un sujeto cuyo apellido no habrá pasado inadvertido al avispado lector… pero tampoco vayan a pensar lo que no es. Ya sé que no es un apellido muy corriente, ya sé que parece mucha casualidad que llegue un Calhoun al equipo justo cuando se va otro Calhoun después de un cuarto de siglo de estar allí entrenando, pero créanme que el uno y el otro no tienen absolutamente nada que ver. Y si lo tienen lo disimulan muy bien, dado que su color de piel no puede ser más diferente…

Probablemente ya habrá deducido usted a estas alturas que estamos ante un conjunto plenamente orientado al juego exterior no por gusto sino por necesidad, porque dicen que de donde no hay no se puede sacar. El quinteto titular lo completaban DeAndre Daniels y Tyler Olander, dos supuestos interiores con manifiesta tendencia (sobre todo el primero) a buscarse la vida por fuera en cuanto el juego lo permitía. Añádanle al eficaz sexto hombre Niels Giffey (alemán, pronúnciese Guifái) y ya está, y punto pelota, y pare usted de contar (es decir, alguno más había lógicamente, más que nada para completar la plantilla, pero que entrarían ya en el terreno de lo irrelevante). Y con todo y con eso han hecho un año más que decente, han acabado con 20 victorias y 10 derrotas (10-8 en su Conferencia), puede que no parezcan números como para tirar cohetes pero ya se habrían dado con un canto en los dientes (a riesgo de hacerse daño) si les hubieran dicho algo así antes de empezar la temporada. Quién lo habría imaginado cuando les vimos aparecer vestidos de camuflaje en aquella primera cita de Alemania ante Michigan State, acaso pudimos empezar a imaginarlo apenas un rato después viendo marcharse a aquellos Spartans con el rabo entre las piernas, viendo como su base Appling era incapaz de encontrar la manera de parar a Napier…

Aunque parezca lo contrario (y lo sea), los Huskies han jugado con ventaja. Los Huskies han jugado todo el año como si no tuvieran nada que ganar, por la sencilla razón de que tampoco tenían nada que perder. Algo que puede resultar negativo en términos de motivación pero que también puede resultar muy positivo en términos de presión. Los Huskies jugaron y ganaron su último partido del año (contra Providence) el pasado sábado 9 de marzo, hoy casi todos los demás equipos de la nación están aún pringados en sus respectivos torneos de conferencia y sin embargo UConn está ya de vacaciones o para ser más preciso, está ya (supuestamente) en otras actividades académicas que nada tienen que ver con el baloncesto. Castigados, viendo el Torneo de la Big East por televisión más o menos igual que verán el Gran Baile, el NIT, etc. Y ya sé que me dirán que no tiene mucho sentido soltar ahora esta entrada acerca de una universidad a la que ya no podremos ver jugar, por supuesto que sí, tienen ustedes toda la razón del mundo, entono el mea culpa, este rollo debería haber sido escrito mucho antes. Pero aunque ya sea demasiado tarde me ha parecido que era de justicia rendir este pequeño homenaje a un equipo que hizo de tripas corazón (por qué se dirá esto), plantó cara a la adversidad y jugó todo el año como si en verdad tuviera algo por lo que jugar. Dicho queda.

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