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estado de gracia   4 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 24 de octubre de 2013)

A veces me pregunto cuánto tiempo necesita permanecer un jugador en estado de gracia para que deje de decirse que está en estado de gracia. Me explico (o lo intento): de los grandes jugadores (o de los grandes en cualquier otra disciplina) nunca se dice que estén en estado de gracia, se dice que son buenos y punto, la gracia se les da por supuesta, se presupone que la gracia es su estado natural. Esa expresión, estado de gracia, no sería entonces para los sublimes sino para los normales, profesionales corrientes y molientes, jugadores del montón que de repente un día, dos o tres se salen de la norma, razón por la cual diremos que han entrado en estado de gracia. Pero eso, una semana, un mes, un año y medio… ¿Un año y medio?

Sergio Rodríguez, base del Real Madrid, explotó de repente en los playoffs de 2012, primero en la semifinal ante el Baskonia y luego en la Final contra el Barça, razón por la cual empezamos a escuchar una y otra vez que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez se ganó el derecho a ser llamado a la Selección y jugó a buen nivel en los Juegos Olímpicos de Londres, luego volvió al Madrid y comenzó extraordinariamente bien la temporada 2012/2013, razones todas ellas por las que seguimos escuchando que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez realizó un temporadón excelso que culminó en un título de Liga y una Final de Euroliga, Sergio Rodríguez para algunos (entre los que me cuento) se habría merecido mucho más el MVP que su compañero Mirotic… y con todo y con eso aún tuvimos que escuchar que seguía en estado de gracia. Sergio Rodríguez fue tal vez el mejor hombre de la Selección en el Eurobasket de Eslovenia, se echó el equipo a la espalda cuando nadie más lo hacía y todo lo que consiguió a cambio (además de un bronce) fue seguir escuchando que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez ha empezado como un tiro la temporada 2013/2014, está incluso mejorando sus casi inmejorables prestaciones de hace meses, está consiguiendo que hasta aquellos que siempre le negaron el pan y la sal le empiecen a reconocer sus méritos (no digamos ya los que siempre se los reconocimos)…. y por increíble que parezca, aún hoy el denominador común de todas las crónicas y de todas sus menciones sigue siendo que está en estado de gracia. Qué gracia.

En otros la gracia es la norma, un mal partido apenas es una excepción. En cambio en Sergio la gracia parece ser la excepción (¿año y medio de excepción?) luego habremos de concluir que la desgracia sería su norma. ¿En serio? Es como si se hubiese quedado instalado ya para siempre en su etapa negra, sus años con McMillan, su tiempo con Messina, como si no hubiese existido el antes y sobre todo no existiera el después, como si el de Portland (y Sacramento, y Nueva York) fuese el Sergio real y éste de ahora fuese el Sergio virtual. Como si en cualquier momento se pudiera romper el hechizo. Cualquier gran jugador puede hacer un mal partido, dos, tres, y no por ello dejará de ser un gran jugador. Esperen a que Sergio haga un mal partido, sólo uno, y ya verán cómo tendremos que escuchar que se acabó su estado de gracia. Como si no fuese sino que estuviese (ventajas de tener un idioma que distingue entre ser y estar), como si nos lo hubiesen instalado ya para siempre en la temporalidad. Otros son buenos fijos, por mucho que la caguen no dejarán de serlo, en cambio a Sergio parece haberle sido asignado el papel de bueno provisional, por muy bien que lo haga incluso durante años enteros seguirá estando bajo la lupa, seguirán impidiéndole ascender a la categoría superior. Seguirá examinándose partido a partido, seguirá saliéndose partido tras partido, seguiremos repitiendo todos como papagayos partido tras partido que está en estado de gracia. Bendita gracia.

Quizás aquella presunta desgracia (por contraposición a esta gracia) naciera en Portland, hace ya unos cuantos años. Allí se juntaron el hambre y las ganas de comer, se juntaron un Sergio tan talentoso como inmaduro y un Nate McMillan tan buen entrenador como cuadriculado a más no poder. Que a Sergio el baloncesto se le salía por los poros lo sabíamos ya desde hace tiempo, desde aquel inolvidable Eurobasket Sub18 de Zaragoza 2004, desde antes incluso, desde aquella última canasta del último minuto del último partido de la Final ACB 2004. A Sergio el baloncesto se le salía por los poros pero ése con ser su principal valor era también su gran problema, su incapacidad de administrar esa segregación. Sergio era un potro sin domar, si estaba inspirado era incomparable, si estaba atravesado te podía meter en un lío. McMillan habría pasado de él si le hubieran dejado pero como no le dejaron decidió domesticarlo, con poco ahínco esa es la verdad dada la poca fe que tenía en él. Nada que pudiera sorprendernos, cualquiera que hubiera conocido al Nate McMillan de los Sonics y conociera ahora a este Sergio sabría que nunca hubo dos bases más contrapuestos en toda la historia de la humanidad.

Y para domesticarlo (o así) recurramos a aquella vieja táctica del palo y zanahoria. Mucho palo y muy poca zanahoria, para ser exactos. Te pongo unos minutos, podría aguantarte un rato en cancha aunque la cagues pero no, el mensaje que te transmito es exactamente el contrario, en cuanto pierdas un balón, hagas un mal tiro o se te escape tu defendido te volverás al banquillo echando viruta. Sergio se acostumbró a jugar un día tras otro, un mes tras otro, un año tras otro con la espada de Damocles permanentemente instalada sobre su cabeza. El más mínimo error le condenaba de inmediato al banquillo, acaso ya por lo que restara de partido, acaso también para el partido siguiente. Para algunos ésta será la quintaesencia del buen entrenador, la letra con sangre entra como si dijéramos, las imprudencias se pagan como diría la DGT. Acaso algunos ingenuos pensáramos que la forma de aprender de tus errores no debería ser mediante el castigo sino mediante la confianza, si juegas pensando que al primer fallo ya te van a sentar jamás serás libre, jamás disfrutarás, en el mejor de los casos te convertirás en un adocenado incapaz de arriesgar, en el peor la presión de fallar te hará fallar más todavía. Acaso algunos ingenuos pensáramos lo que no debíamos, quién nos mandará pensar.

Tras aquel páramo de Oregon vinieron aquellos dos breves espejismos de Sacramento y Nueva York. Algunos creyeron que con el carapasmao de Westphal o el desbaratao de D’Antoni las cosas serían diferentes, yo no, yo me temí lo peor y por una vez (y por desgracia) acerté. De la capital de California sacó una gran amistad con el Chapu a la par que dejó un buen recuerdo, aún este verano se podía leer en las webs locales que Greivis Vásquez iba a ser el primer base pasador de la franquicia desde que se marchó Sergio Rodríguez; de la capital del mundo no sacó ni eso siquiera, cuentan que al acabar aquella temporada le ofrecieron (no sé si con mucho ahínco) un contrato que probablemente le habría convertido en el suplente del suplente, eso en el mejor de los casos. Era el momento de dejarlo, con gran dolor de su corazón. Sergio amaba la NBA sobre todas las cosas, Sergio en sus años mozos (según confesión propia) se pasaba madrugadas enteras en vela viendo partidos históricos en el Plus, Sergio se marchó luego a la NBA en cuanto pudo y vio así sus sueños convertidos en realidad. Apenas necesitó unos pocos años para comprender que la realidad rara vez se parece a los sueños.

Cambiar la NBA por la ACB fue como salir de Málaga para entrar en Malagón, como pasar de Guatemala a Guatepeor, como cambiar a McMillan por Messina.  No me interpreten mal, en realidad sólo fue una cuestión de incompatibilidad de caracteres. O de maneras de entender el baloncesto, más bien. Y miren que algunos ya lo intuimos aquel mismo verano, de hecho hasta se nos vinieron a la cabeza algunos versos de su inmenso (en varios sentidos) paisano Caco Senante. Senante era el autor de aquella canción con la que le había rebautizado el gran Montes, Mojo Picón, Mojo Picón, la rica salsa canaria se llama Mojo Picón, pero no era precisamente de esa canción de la que yo me acordaba aquel verano, sino de otra mucho más triste…

Se te adivina al caminar con ademanes de cansado.
Cansado de no ver el mar, de respirar aire viciado.

Parece que la gran ciudad te está intentando destruir
y te amenaza en cada esquina.
Y que ese mundo de hormigón, de ruido, asfalto y polución,
de golpe, se te viene encima.

Al contemplarte, creo ver, ave de mar en tierra adentro,
que quiere a la costa volver y anda buscando su momento.

No te consigues habituar a esta manera de vivir
y ya te invade la añoranza.
Y estás pensando en regresar para la tierra, a trabajar,
y eso mantiene tu esperanza,………te digo

Qué es lo que haces tú aquí, una gaviota en Madrid.

Una gaviota en EL Madrid, más bien. Un espíritu libre en el prieto corsé de Messina. Más palo y más zanahoria (mucho palo y muy poca zanahoria), más espada de Damocles, más y más de aquella vieja dinámica macmillaniana, entras-la cagas-sales, te pongo-me fallas-te quito, así una vez tras otra hasta el fin de los tiempos. Otra vez la presión añadida de que cualquier fallo signifique banquillo (bronca mediante), otra vez sin derecho al error. Messina es un gran entrenador, qué duda cabe, pero pertenece a esa categoría de grandes entrenadores que sólo entienden el baloncesto de una única manera, casualmente la suya propia. Todo lo que se sale de la norma (su norma) debe ser considerado sospechoso, por definición. Messina estaba acostumbrado a que en Moscú le dieran todo lo que pidiera, en cambio en Madrid le dieron sólo algo de lo que pidió (que fue bastante más de lo que le habían dado a su antecesor, por cierto) y mucho de lo que no pidió ni por asomo. Entre lo que no pidió ni por asomo estaba Sergio. Una gaviota difícilmente podrá volar si le cortan las alas, aún menos si la encierran en una caja. Hasta un ciego veía que aquello jamás podría funcionar. Sólo era cuestión de tiempo.

¡¡¡Se bota para penetrar a canasta, si no se pasa!!!, aún retumban en mi cabeza aquellos gritos de Messina al Chacho en vaya usted a saber qué tiempo muerto. Aquellas palabras siempre me parecieron un perfecto ejemplo de rigidez. En principio (sin tener en cuenta al jugador, sin tener en cuenta la situación, ni las circunstancias) puede ser una adecuada filosofía, qué duda cabe. Un base que bota y bota porque sí, con el yoyó puesto como si dijéramos, es manifiestamente contraproducente: adormece los ataques, fija las defensas, entontece a los compañeros, arruina las posesiones. Pero es que Sergio Rodríguez no entra en esta categoría, no se corresponde en absoluto con ese perfil. Sergio no paraliza el juego de su equipo sino que lo dinamiza, Sergio jamás bota por botar, Sergio bota y procesa, busca ese pase definitivo que saliendo de sus manos no es pase sino pre-asistencia, el pre sólo en función del posterior acierto de su receptor. Y si no lo encuentra, o reinicia o se la juega: o desde fuera (cada vez más desde fuera, cada vez mejor desde fuera) o para adentro. Claro está, ése del que les hablo es el Sergio desinhibido que hace ya casi diez años conocimos y también el que hoy (re)conocemos, ése no era en ningún caso el Sergio maniatado y cohibido de Messina ni el de McMillan. Un Sergio antinatural, un Sergio reprimido y por ello también deprimido. A la fuerza ahorcan.

Se fue (traumáticamente) Messina, se quedó Molin, se fue Molin, llegó Laso. Aunque Laso no hubiera ganado una Liga, una Copa y dos Supercopas, aunque no hubiera alcanzado una Final de Euroliga, aunque su equipo no jugara como los ángeles, aunque no hubiera ningún otro mérito que reconocerle siempre nos quedaría reconocerle el mérito de haber recuperado para la causa a Sergio Rodríguez. ¿El secreto? Obviamente no lo sé, no estoy ahí para saberlo. Puedo pensar que algo tendrá que ver el hecho de que Pablo Laso también fuera base, y cuando digo base quiero decir base: no un gladiéitor defensivo en plan McMillan sino un director de juego en toda regla; menos creativo que Sergio, más seguro que Sergio, tan buen pasador como Sergio. Algo tendrá que ver, seguro, pero aún más tendrá que ver otro concepto mucho más sencillo: confianza. Tan simple como eso, darle confianza. O aún mejor: no darle desconfianza. Que por primera vez en muchos años sintiera que podía arriesgar sin temor a las represalias, que perdiera de una vez por todas el miedo a equivocarse, que su permanencia en cancha ya no dependiera por fin de que la cagara o la dejara de cagar. Tan simple como eso.

Hoy nos puede parecer que todo su tiempo con Laso fue un camino de rosas, pero nada más lejos de la realidad. Los primeros meses fueron duros, no por Laso ni por él sino porque el proceso de descompresión requiere tiempo, no se sacude uno las telarañas de un plumazo así como así. Había que quitarse la escayola, el acartonamiento, la represión, había que dejar que poco a poco fueran volviendo aquellas viejas sensaciones de antaño, que el baloncesto volviera a fluir en su interior… Requiere tiempo y paciencia, pero el tiempo y la paciencia no son conceptos fáciles de manejar en una institución permanentemente instalada en la urgencia como es el Real Madrid. Cortoplacismo, que se dice ahora. Hacia mediados de la temporada 2011/2012 resultaba ya evidente que Laso había recuperado a Sergio, aunque éste aún no fuera el que hoy conocemos ni siquiera el que un día conocimos. Pero estaba en el buen camino, aquello sólo podía ser el principio de una hermosa amistad… y sin embargo era un secreto a voces que el Madrid ya tenía apalabrado a Dontaye Draper, y que éste no venía porque sí sino que venía precisamente para ocupar el puesto de Sergio Rodríguez. Sergio entró en los playoffs de 2012 convencido de que le iban a largar, convencido estaba él y convencidos estábamos también todos los aficionados al baloncesto (que lo entendiéramos o no ya era otra historia). Apenas unas semanas más tarde entró en estado de gracia. Y hasta la fecha.

Nunca dejes que te cambien, cuentan que alguien se lo dijo una vez (y evidentemente no se refería a que le sustituyeran sobre la cancha sino a que le cambiaran su forma de ser, su manera de jugar). Quien se lo dijo sabía bien de qué hablaba, lo sabía por propia experiencia, se llamaba (se seguirá llamando) Iván Corrales, otro espíritu libre (incluso demasiado), todo un personaje sobre la cancha y acaso también fuera de ella, muchos entrenadores se empeñaron en domesticarlo, alguno finalmente lo acabó consiguiendo y el remedio fue mucho peor que la enfermedad, aquel Corrales desbocado se nos fue diluyendo poco a poco hasta acabar quedándosenos prácticamente en nada. No fue un caso aislado, comparen por ejemplo a aquel explosivo Jason Williams de sus comienzos con aquel otro Jason Williams casi funcionarial (en el peor sentido del término) de sus últimos años. O a Luke Ridnour, hoy un base anodino en NBA pero al que algunos recordamos epatándonos en la Universidad de Oregon, créanme si les digo que era fantasía pura. Ellos dejaron que les cambiaran, no por gusto sino porque de ese cambio dependía que pudieran ganarse (muy bien) la vida jugando a esto. Cuántos no se habrán quedado en el camino, simplemente por no dejarse domesticar…

Claro está que hay librepensadores y librepensadores, también en lo que respecta a la dirección de juego. En mis lejanos tiempos del colegio me decían que no hay que confundir la libertad con el libertinaje (que nunca supe lo que era), también que la libertad de uno acaba donde empieza la libertad de los demás (o viceversa). La libertad de un base acaba donde empieza la de sus compañeros. A menudo metemos en el mismo saco al base hipercreativo que juega sólo para sí mismo y al base hipercreativo que pone su excelsa creatividad al servicio del equipo, como si ambos excesos fueran lo mismo. No es lo mismo, no puede ser lo mismo. El libertinaje en la dirección de juego suele ser tóxico, la libertad puede ser maravillosa. Y sin embargo hay entrenadores incapaces de distinguir entre uno y otro concepto, quizá porque en el fondo les dé miedo todo aquello que se escape de su control. Afortunadamente no son todos, ni la mayoría siquiera: muchos sí separan la paja del grano, muchos no consideran el talento como algo sospechoso sino como algo que se puede (se debe) encauzar. Sergio Rodríguez gastó media carrera deportiva en el empeño pero finalmente acabó encontrando la horma de su zapato. Gracias a Laso, también (y sobre todo) gracias a sí mismo, acabó casi resolviendo la cuadratura del círculo: el equilibrio imposible entre ser más Chacho que nunca, no dejar que le cambiaran (y no será porque no lo intentaron algunos) y que sin embargo todo ese desparrame de talento ya no despertara sospechas, que fuera visto por fin como algo positivo para su equipo, que provocara de una vez por todas la admiración general. Todo su baloncesto puesto al servicio de una idea, toda una idea hecha a imagen y semejanza de su baloncesto. Por fin.

Me van a permitir que me tire al barro. Estoy convencido de que al final de su carrera (pongamos dentro de ocho o diez años) Sergio Rodríguez estará considerado como uno de los bases de referencia del baloncesto europeo. Al mismo nivel de consideración que hoy podamos sentir hacia (fíjense qué nombres pongo) Diamantidis, Spanoulis o incluso Papaloukas, que sean los tres de la misma nacionalidad es una mera casualidad. Tres bases (dicho sea de paso) de quienes nadie dijo ni dirá jamás que estén en estado de gracia,, ellos no están sino que son. En condiciones normales (si no hay lesiones ni caídas insospechadas, si no se se cruza otro técnico represor en su camino por uno de esos avatares del destino) el Chacho de treintaitantos será aún mejor que este mismo Chacho de 27 que hoy conocemos: menos pujante físicamente (es ley de vida) pero mucho más maduro, más equilibrado y no por ello menos atrevido. Llegará el día en que le nombren el mejor base de Europa, llegará el día en que despierte murmullos de admiración en todo el Continente, llegará el día en que se nos caiga la baba con él (aún más que ahora)… y sin embargo es muy probable que para entonces aún tengamos que seguir escuchando esta misma retahíla, que lo que pasa con Sergio es que está en estado de gracia, mire usted. ¿Cuántos años de estado de gracia serán necesarios para la gracia deje de ser un estado y se convierta por fin en su condición natural? Esperemos averiguarlo algún día…

lo de todos los años   7 comments

Me permitirán que me autoplagie (o que me autocite, que queda más elegante), que copiapegue aquí lo que escribí hace hoy exactamente un año y diez días, más que nada porque no me apetece volver a escribirlo:

El proceso de elección de Entrenador del Año en nuestra Liga ACB responde a un mecanismo ciertamente muy complejo, en el que inciden un sinfín de variables que resultaría sumamente prolijo explicar aquí, en el corto espacio de unas breves líneas. Pese a ello, y dada mi natural vocación de síntesis, haré un ímprobo esfuerzo para resumirles de la mejor manera posible los pasos que por lo general conducen a la concesión del susodicho galardón:

Paso 1: se espera a que termine la temporada regular.
Paso 2: una vez finalizada la temporada regular se obtiene la clasificación.
Paso 3: se mira dicha clasificación para comprobar qué equipo ocupó el primer puesto.
Paso 4: se comprueba quién es el entrenador de dicho equipo.
Paso 5: se otorga a dicho técnico el premio al Entrenador del Año. Sin más.

O dicho de otra manera: en la temporada 2009/2010 el Barça acabó primero la temporada regular, y el premio al Entrenador del Año le fue otorgado a Xavi Pascual. En la temporada 2010/2011 el Barça acabó primero la temporada regular, y el premio al Entrenador del Año le fue otorgado igualmente a Xavi Pascual. Y en ésta recién concluida 2011/2012 el Barça ha acabado primero la temporada regular, y el premio al Entrenador del Año le ha sido concedido a… (terminen ustedes la frase, háganme el favor, que es que a mí me da la risa).

Fin de la cita, evidentemente aquella entrada era mucho más larga (y cómo no habría de serlo) pero el resto eran ya generalidades y vaguedades que venían a cuento entonces pero hoy ya no vienen al caso. Hoy podría simplemente continuar aquella cita añadiendo que en esta temporada 2012/2013 el primer clasificado de la temporada regular ya no ha sido el Barça sino el Madrid, razón por la cual el Entrenador del Año ya no ha sido Xavi Pascual sino

Creo que no soy precisamente sospechoso de lasofobia, creo que nadie que me lea con cierta asiduidad pensará que si escribo así es porque le tengo cierta manía a Pablo Laso. Más bien al contrario, saben que le he puesto por las nubes un montón de veces, la última hace apenas unos días con notable éxito de público y no tanto de crítica, que de esa hay para todos los gustos. Lo repetiré una vez más, valoro a Laso muy por encima de lo que lo hacen muchos aficionados de su propio equipo y creo firmemente que está haciendo un extraordinario trabajo cuyos resultados se ven a simple vista: el título copero del pasado año, la Final de la Euroliga, el liderazgo en ACB y sobre todo la creación de un estilo de juego perfectamente reconocible y sumamente atractivo para el espectador. Valoro a Laso y hasta lo tengo en gran estima, no les quepa la menor duda, pero una cosa es una cosa y otra cosa ya son dos cosas. Laso es el entrenador del Madrid (lo mismo de esto ya se habían dado cuenta), y nadie dice que sea fácil entrenar al Madrid como tampoco es fácil entrenar al Barça, faltaría más; pero las penas con pan son menos como suele decirse. O dicho de otra manera, que no sé si me estoy explicando: es muy meritorio acabar primero la fase regular ACB, qué duda cabe, pero es algo que queda mucho más a mano si manejas un presupuesto futbolero como el de Madrid o Barça que si manejas cualquier otro presupuesto, cualquiera. ¿Entrenador del año? Para mí entrenador del año sería el que tuviera mejor relación calidad-precio, es decir, mejor relación entre los resultados conseguidos y los medios que fueron puestos en su mano para conseguirlos. El que hace más con menos, por decirlo así. Todo lo cual no quita para que si en un momento dado un equipo grande hace una temporada superlativa su técnico no pueda ser considerado entrenador del año, faltaría más. Pero eso, una temporada muy puntual, unas circunstancias muy concretas; no que por el mero hecho de quedar primero te lo den ya, de serie, sin atender a ninguna otra consideración.

Supongo que hasta se podría otorgar este premio en base a parámetros matemáticos, y obviamente no me refiero al puesto en la clasificación o a una mera suma estadística sino a algo más elaborado; quizás podría establecerse una correlación (inversa), de un lado el número de victorias, del otro el presupuesto del equipo o bien la suma de las nóminas de sus jugadores, ahí les dejo la idea (y gratis) por si les apeteciera llevarlo a cabo, yo no lo haré por varias razones: porque soy lego en la materia, porque aunque no lo fuera no tengo ni el tiempo ni las ganas de ponerme a calcular una cosa así y porque (sobre todo) no soy tanto de números como de sensaciones. Y mis sensaciones me dicen que el que ha hecho más con menos (muy alto el más, muy bajo el menos) ha sido el técnico del CB Canarias Alejandro Martínez. Primera temporada en la élite, casi rozando los playoffs, casi la misma plantilla que subió de LEB más algún ligero retoque y añadiendo además (por si todo lo anterior fuera poco) esas mismas cualidades que decíamos de Laso, ese estilo reconocible y muy atractivo. Sí, él habría sido sin lugar a dudas mi entrenador del año, y en su defecto tampoco me habría chirriado que lo fueran Pedro Martínez, Moncho Fernández, Roberto González o José Luis Abós, ejemplos perfectos todos ellos (cada uno a su manera) de optimizar plantillas y conseguir resultados muy por encima de las expectativas generadas. Cualquiera de ellos (y algún otro que me dejo) en mi opinión lo merecía más que Laso, simplemente porque ninguno de ellos tuvo ni de lejos el plantillón, los medios ni las posibilidades que tuvo Laso. Repito una vez más, todo ello sin menospreciar en absoluto el grandísimo trabajo de Pablo Laso.

A veces me pregunto qué es lo que mueve a la ACB a perpetrar esta solemne majadería año tras año. Evidentemente no lo sé, pero por buscarle alguna explicación me contesto que será tal vez por un impulso mediático, porque piensen que dárselo a un personaje mínimamente reconocible les permitirá vender mejor el producto. Lo cual, si fuera cierto, no haría sino confirmar la evidente incapacidad de la propia ACB a la hora de saber cómo vender su producto. Si se lo tienen que dar al entrenador del equipo líder (que suele coincidir con Barça o Madrid, casualmente) porque piensen (acaso con razón) que si se lo dan a cualquier otro no lo va a conocer ni la madre que lo parió, aviados vamos. Como siempre, el mundo al revés. La NBA, ese espejo en el que tanto les gusta mirarse, no tuvo ningún reparo en darle hace algunos años el premio de Entrenador del Año a un Doc Rivers que por aquel entonces no era el técnico de éxito que hoy conocemos en los Celtics sino un técnico rookie que, recién colgadas las botas, hacía sus primeros pinitos en Orlando. Aquellos Magic se quedaron a las puertas del playoff y muchos por aquí (quizá la falta de costumbre) pusieron el grito en el cielo, cómo es posible que se lo den si no está en playoffs, sin reparar en el pequeño detalle de que Rivers había hecho encaje de bolillos con una plantilla que no había por dónde cogerla, con un equipo que era algo menos que un equipo de transición. El que hace más con menos, recuerden, los votantes NBA lo vieron claro. La NBA crea estrellas y a partir de ahí las vende, la ACB espera que se creen solas y a partir de ahí tampoco hace nada, simplemente se deja llevar, no se atreve a salirse ni siquiera un poquito del guión.

Si sólo fuera el Entrenador del Año… Es Mirotic de MVP, es ese quinteto ideal políticamente correcto con tres jugadores del primer clasificado, otro del segundo y otro del tercero como si más allá no hubiera baloncesto, como si no existieran Nacho Martín, Justin Doellman, Germán Gabriel, tantos otros. Les compro a Sergio Rodríguez porque saben que soy muy del Chacho y porque creo que lo merece (aunque algún otro Rodríguez de acento puertorriqueño podría tener algo que decir), podría comprarles a Tomic aunque sus prestaciones a un lado de la cancha no tengan nada que ver con las del otro, podría hasta comprarles (con muchísimas reservas) a Mirotic pero por favor, no me vendan a Rudy, no me vendan al Chapu, este año no, a ambos les aprecio y les tengo en gran estima pero no me vendan la moto, tengan la bondad. No, no les pondré esta vez como ejemplo a la NBA porque allí también hacen sus cagadas (ese defensor del año en el segundo mejor quinteto defensivo del año, esos Wade y Howard en el tercer mejor quinteto de la Liga como si en verdad lo merecieran) y para eso me basta y me sobra con las nuestras. ¿Mirotic MVP? Es muy bueno y va a ser mucho mejor (pero esto se da por lo que se es, no por lo que se vaya a ser), cierto es que ha hecho partidos realmente extraordinarios pero no es menos cierto que en otros ha estado prácticamente desaparecido. Ya les dije antes que no me muevo tanto por números como por sensaciones, y mis sensaciones me llevan a un extraño concepto llamado continuidad: la que no encuentro en Mirotic, la que sí encuentro en aquellos otros Doellman o Nacho Martin que les decía más arriba (cada uno a su manera), la que encuentro incluso en su compañero Sergio Rodríguez antes que en él mismo. Claro está, Mirotic es la estrella emergente, jugará en la NBA tarde o temprano y queda mucho mejor a la hora de lucirlo, va usted a comparar, pones en el cuadro de honor MVP Nikola Mirotic y queda como dios, pones en cambio MVP Nacho Martín y queda de lo más cutre, ya ves tú, Nacho y encima Martín, pero quién demonios es ese tío, por dios qué vulgaridad. Habremos de reconocerlo, premiar a Mirotic resulta mucho más estético, ya otra cosa es que además sea justo.

Así que miren, déjense de tonterías de una vez por todas y para el año que viene institucionalicen todos estos premios, tengan la bondad. Háganlo en la misma línea que les proponía al comienzo, proclamen con antelación que el Entrenador del Año será el técnico del equipo que gane la temporada regular, que el MVP será el jugador más vendible e icónico de ese mismo equipo campeón de la regular, que el quinteto ideal estará integrado necesariamente por jugadores de los tres primeros clasificados en rigurosa proporción a los méritos contraídos por éstos, que los jugadores de aquellos equipos a partir del cuarto puesto podrán optar al Premio a la Actitud Azul o al Premio a la Tocada de Huevos Verde pero a los premios principales no, nunca, jamás, en ningún caso, bajo ningún concepto. Déjenlo por escrito, díganlo por adelantado y al menos sabremos a que atenernos. Nos parecerá igual de injusto, pero ya no nos pillará por sorpresa.

defensa de la alegría   1 comment

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 14 de mayo de 2013)

Aquellos (presuntos) madridistas que en la pasada Final de Liga se mostraban aterrados ante la posibilidad de que el Madrid la ganara porque ello significaría la continuidad de Laso (luego no la ganó y aún así continuó); aquellos que tras la derrota (dos prórrogas incluidas) en cuartos de final de Copa ante el Barça escribieron qué bien, un partido menos para que llegue Obradovic; aquellos que durante la semifinal de este pasado viernes aún decían preferir que perdiera el Madrid para que echen a Laso de una vez, aquellos en suma que salieron en manifestación cuando Laso fue nombrado entrenador del Madrid debieron ver por fin el cielo abierto al acabar la Final Four. Si ya lo decían ellos que con este entrenador no iban a ningún sitio, si estaba claro que no era un técnico a la altura de la grandeza de la entidad, una institución de tal calibre necesita tener a su frente a lo más florido y granado del universo mundo, qué sé yo, un Obradovic, un Blatt, un Messina, un… ¿Messina, dije? ¿El mismo Messina que ya pasó por esa casa y que se infló a ganar títulos, como todo el mundo sabe? ¿El mismo que últimamente parece haberse situado por encima del bien y del mal, en un plano superior al del resto de los demás mortales? ¿El del discurso egocéntrico, victimista y un tanto mourinhizado de estos últimos tiempos, ese mismo que cuando le oyes o le lees casi parece que hubiera inventado él este juego? Es una idea, sí señor, recuperen a Messina (tampoco él se iba a dejar), no tienen más que ver (previa comparación de presupuestos) lo bien que le ha ido con CSKA. Rechace imitaciones.

Lo diré una vez más para que no queden dudas: no considero que Pablo Laso sea el mejor entrenador del mundo (ni falta que le hace, por otra parte), de hecho está lejos incluso de ser siquiera mi entrenador preferido, quede constancia de ello no vayan a pensar que como siempre le estoy defendiendo va a ser que somos cuñados o algo. No, no tengo ni tendré nunca el placer de conocerlo, pero ello no quita para que tome partido ante esa campaña de acoso y derribo a la que se le viene sometiendo desde que llegó a la casa blanca hace ya casi dos años. Por supuesto que cualquier entrenador por el mero hecho de serlo está siempre en el ojo del huracán, y por supuesto que si encima estás al frente de una institución como el Madrid pues entonces ya no digamos, a la que te descuidas te caen palos por todos lados. Pero te caen tras las derrotas, no necesariamente tras las victorias, aún menos antes de empezar a experimentar victorias ni derrotas. Laso jamás tuvo el beneficio de la duda, Laso aún no había dirigido su primer entrenamiento y ya le pitaban los oídos pidiendo su cese, de hecho empezaron a pitarle desde el mismo momento en que se anunció su nombramiento. Desde entonces cada derrota ha sido culpa de él y cada victoria ha sido a pesar de él, si éstos ya no son nadie, si tienen el peor equipo de su historia, ganarles no es que sea un éxito ni siquiera un logro sino que es una obligación para un equipo de la grandeza del Madrid, cuántas veces no habremos tenido que leer o escuchar cosas así incluso en referencia a su eterno rival. La grandeza, dichosa grandeza, esa cosa que lo explica todo, esa extraña vara de medir por la que esa sacrosanta institución sólo puede fichar a lo más laureado del planeta, medianías abstenerse. Fulanito no es jugador para el Madrid, Menganito no es entrenador para el Madrid por una mera cuestión de pedigrí, de no tener un currículum plagado de éxitos internacionales sin parangón o de no haber costado chorrocientos millones de euros. Ese es el criterio, y a partir de ahí todo técnico de relumbrón con ínfulas de semidiós será siempre el entrenador ideal para el Madrid por mucho que la cague, y a partir de ahí todo técnico de escaso bagaje y actitud humilde será siempre un advenedizo por muy bien que lo haga. A las pruebas me remito.

Tampoco quiero que se me malinterprete, tampoco creo que esa sea la opción mayoritaria ni mucho menos. Lo fue en un principio, no me cabe la menor duda, pero el propio Laso a fuerza de hacer bien las cosas ha invertido la tendencia de tal manera que en mi opinión (evidentemente no manejo estadísticas al respecto) hoy son ya muchos más aquellos que valoran su trabajo y su estilo de juego que aquellos que aún siguen pidiendo sistemáticamente su cabeza. Pero ese sector crítico aún por minoritario que sea sigue haciendo mucho ruido (mucho más que el resto, por supuesto), ese Frente Anti-Laso (en adelante FAL) no cejará en su empeño hasta conseguir finalmente su defenestración. El Madrid perdió la Final de la Euroliga ergo a partir de ahora ya no le quedará otra que centrarse en la Liga, una Liga que desde este mismo momento dejará de interpretarse como objetivo para pasar a convertirse en obligación. Si la gana nadie le dará la menor importancia, con ventaja de campo y con la superioridad mostrada a lo largo de toda la temporada regular pues qué menos, sólo faltaría. Pero si la pierde, ay si la pierde: si la pierde bien hará Laso en coger a su familia y marcharse de inmediato de vacaciones al último rincón de la última isla del último archipiélago perdido del Pacífico, a ser posible sin móvil y sin cobertura de Internet pero eso sí, bien provisto de bastoncillos de algodón para rascarse los oídos cuando éstos le empiecen de nuevo a pitar, es decir en cuanto el FAL (muy crecido de militantes para la ocasión) empiece de nuevo a (citaré a los clásicos) ladrar su rencor por las esquinas.

Laso, señalado unánimemente por el FAL (y allegados) como principal culpable (y quién si no) de la derrota ante Olympiacos, tendrá una significativa cuota de culpa, qué duda cabe. La tendrá como máximo responsable de un equipo que no supo administrar su imponente ventaja del primer cuarto, que encajó la friolera de 90 puntos en los tres siguientes, que no supo ver cuán bajo estaba el listón de los palos, que no fue capaz de aprovecharlo en su defensa del mismo modo que el rival lo aprovechó en la suya, que pecó de pardillo hasta la náusea. Laso tendrá una significativa cuota de culpa pero Laso no juega, sólo dirige. Si le apuntamos en el debe su dirección en la Final pues entonces también habríamos de apuntarle en el haber aquella magnífica reacción en el último cuarto de la semifinal, sus aciertos en la serie ante el Maccabi, tantas otras cosas. Hoy nos dicen que Laso está señalado por el dedo pero no sé entonces cómo deberían sentirse aquellos que no llegaron donde llegó Laso, teniendo en algún caso (sólo alguno) muchos más medios humanos y/o económicos para conseguirlo: Messina, Blatt, Mahmuti, Pedulakis, Pianigiani, pongamos que incluso Repesa, tantos otros (nótese que no incluyo a Pascual como tampoco incluyo a Tabak o Plaza, que bastante tuvieron, cada uno a su manera, con sortear las piedras que el destino fue poniéndoles en su camino). Hoy el Madrid es subcampeón de Europa y muchos hablan de fracaso; que lo será, no digo yo que no, dada la magna grandeza de una entidad en la que todo lo que no sea campeonar ya es fracasar; pero que si esto es fracaso explíquenme entonces cómo llamamos a lo de CSKA, Efes, Besiktas, Panathinaikos, Fenerbahçe, Maccabi, incluso Khimki. O más fácil todavía, comparen a este Madrid que aparentemente fracasó por perder la Final con aquel otro Madrid de hace un año que evidentemente fracasó por no alcanzar siquiera los cuartos de final. A corto plazo y al calor del momento puedo entender casi cualquier cosa, pero ¿es de recibo, aún por muy Real Madrid que seas, aún por muchas expectativas que generes, que el disgusto por ser Subcampeón de Europa sea superior al disgusto por caer en el Top16? Así está el patio.

Por primera vez en muchos años el Real Madrid (sección de baloncesto, of course) parece saber lo que quiere. Por primera vez en varios lustros el Madrid parece tener claro hacia dónde se dirige, por una vez todos sus integrantes parecen caminar unidos en una misma dirección. Una filosofía, un técnico ideal para desarrollarla, una idea de juego, unos jugadores adecuados a esa idea, un presupuesto que no será la octava maravilla del universo pero cuántos lo quisieran, un objetivo común. Lo que se llama un proyecto. Dicho así parece lo más normal del mundo, lo que haría cualquiera. Y sin embargo repase usted la trayectoria del Madrid desde que ganó la última Euroliga (dieciocho años ya, algunos que hoy se rasgan las vestiduras ni siquiera habían nacido por aquel entonces) y comprobará que si de algo ha carecido el Madrid durante todos estos años ha sido precisamente de ese concepto tan sencillo, proyecto. Cambiar de entrenador como quien cambia de camisa, Scariolo, Imbroda, Lamas, Maljkovic, Plaza, Messina, tantos otros que me dejo, cada uno de su padre y de su madre, cada uno con sus propias ideas y algunos ni siquiera eso, algunos limitándose a cubrir el expediente y dejándose llevar. Hoy por fin el Madrid tiene un proyecto, un proyecto evidentemente mejorable (sobre todo por la parte de dentro) pero es que de eso se trata, un proyecto no es jamás algo cerrado sino una base sobre la que ir construyendo y mejorando año tras año. Un proyecto que se podrá estrellar o no pero que por ahora les ha dado una Copa (2012) que no ganaba desde hacía casi veinte años y una Final de Euroliga que no jugaba desde hace dieciocho. Y aún así y todo no faltan los que quieren cargárselo, los que lo cambiarían gustosos por cualquier afamado técnico foráneo de rictus amargado y rancio pedigrí que llegara y lo pusiera todo del revés. Qué cosas.

Y además, que hay proyectos y proyectos. Hay madridistas futboleros que me me cuentan que les encanta sentarse a ver a este Madrid de Laso (aunque luego lo hagan de pascuas a ramos), no como aquel de Messina que era un coñazo, cito textualmente. Del mismo modo que hay baloncesteros que no son precisamente del Madrid pero a quienes les encanta ver jugar a este Madrid, y que hasta habrían dado lo que estuviera en su mano por verlo alzarse con el título euroliguero por todo lo que ello habría representado para nuestro deporte, créanme que lo digo con conocimiento de causa porque a alguno lo conozco francamente bien. Esta cualidad, trascender a aficionados al basket ajenos al Madrid y a aficionados al Madrid ajenos al basket, es un valor añadido en el que deberían perseverar ya que no están los tiempos precisamente como para desperdiciar seguidores vengan éstos de donde vengan. Perseveren pues, mantengan el modelo, defiendan la alegría y no permitan que les pongan la cabeza mala con el ejemplo de los Kings del 2000, con que si este estilo podrá ser muy entretenido pero no sirve para ganar títulos o con frases hechas como aquella de que el ataque gana partidos pero la defensa campeonatos, como si este Madrid no defendiera (pregúntenselo al Barça o al Maccabi a ver qué opinan), como si una buena defensa o un buen rebote no fueran casi siempre el primer paso para empezar a correr, como si divertido fuera lo contrario de serio y no lo contrario de aburrido. De hecho a poco que se fijen descubrirán que ese mismo Olympiacos que se les llevó por delante no está tan lejos de estas mismas premisas, defensa al límite y luego ataque alegre, desinhibido y con múltiples opciones, no se meten cien puntos en una final de Euroliga (¿cuántos años hacía que no pasaba algo así?), aún por muchas facilidades que dé el rival, si después de matarte defendiendo no tienes luego esa frescura a la hora de atacar. El resultado no fue tanto una cuestión de estilo como de madurez, la que tiene por ejemplo Spanoulis, la que aún no tienen unos exteriores blancos que habrán podido ser campeones con la selección pero sin ejercer jamás el rol de líderes en esa selección, ese rol que ahora se les pide en el Madrid. La inmadurez se cura con el tiempo (aunque algún caso concreto que parece haberse quedado instalado para siempre en la adolescencia empiece a preocuparme), denles tiempo y recuerden una vez más aquel viejo axioma según el cual para aprender a ganar finales hay que perderlas primero. Quizás esto sólo haya sido el primer paso.

la Copa en 16 sorbos   1 comment

1. Cada derrota del Madrid hace aflorar el Frente Anti-Laso (en adelante FAL). Permanecen los miembros del FAL ocultos en sus madrigueras días y días, pueden permanecer así hasta semanas y semanas, meses y meses escudriñando el horizonte, esperando pacientemente hasta que las circunstancias les sean propicias, hasta que llega el día en que comete un mínimo descuido y entonces, zas, dentellada certera a la yugular. Vale, puede que el símil me haya quedado un poco exagerado pero así es como yo lo veo, fue perder el Madrid contra el Barça (que el Madrid en su ámbito doméstico sólo pierde contra el Barça, precisamente contra el Barça, también es casualidad) y emerger de nuevo todos aquellos que salieron en manifestación tras su nombramiento, probablemente esos mismos que hace unos meses preferían que el Madrid perdiera la Liga con tal de que Laso no siguiera, les salió el tiro por la culata porque la perdió y aún así siguió, algunos todavía no se habrán recuperado de la impresión. Va el Madrid líder en Liga y Euroliga pero tanto da, podría incluso ganar ambas competiciones que tanto daría, lo que pierda será culpa de él, lo que gane será a pesar de él. Definitivamente el madridismo (algún madridismo) tiene razones que mi razón no entiende. Ni falta que me hace, por supuesto.

2. Hace muchísimos años, un presidente de gobierno de este país dijo que el único miedo que no nos podemos permitir es el miedo al miedo mismo. Lo dijo y se quedó tan ancho, probablemente ni él mismo sabia qué quería decir pero vio que quedaba bien y lo soltó, ahí va eso. Y sin embargo el otro día me acordé yo de esa fase viendo jugar a Llull y sobre todo recordando aquellas declaraciones suyas de ese mismo día en El País, ésas en las que afirmaba no conocer el miedo, tal cual. Qué duda cabe, está muy bien no tener miedo, el miedo es un sentimiento paralizante que está contraindicado en cualquier actividad humana, no digamos ya en la faceta deportiva. Pero puede que aún peor que el miedo sea el miedo a tener miedo, que por huir del miedo acabemos convirtiendo el atrevimiento (positivo) en temeridad. Llull hizo buenas sus palabras contra el Barça, su apedreamiento del aro rival en los minutos postreros (contraindicado con las necesidades de su equipo) demostró con creces que efectivamente no tenía ningún miedo. Pero un poco de prudencia quizá no le habría venido del todo mal.

3. Yo soy más chachista que llullista, aquellos que lleven años leyéndome ya me lo habrán notado (demasiadas veces, incluso). O acaso sea yo de un llullismo muy particular ya que Llull me gusta como jugador pero no como director de juego, ya saben, debate interminable entre los que le consideran un base y los que no, yo entre ellos. Mi llullismo está condicionado, mi chachismo en cambio es incondicional… lo cual no me impide apreciar sus defectos: ha mejorado en defensa pero aún le cuesta pasar los bloqueos, tanto más si éstos te los pone una especie de globo aerostático de dos por tres con el que mejor harías en saltarlo o incluso en pasar por debajo de sus piernas porque rodeándolo no vas a llegar a tiempo, ni de coña. Sergio Rodríguez puede ser un problema puntual en defensa pero a cambio te ofrece infinidad de variantes en ataque, desde luego muchas más de las que te proporciona Llull Sin Miedo (que básicamente se reducen a dos, la opción bombardeo sin piedad y la opción venda en los ojos, también llamada a mí el pelotón que los arrollo). Por una vez (y esperemos que no sirva de precedente) Laso priorizó los defectos defensivos del Chacho sobre sus virtudes ofensivas, le mantuvo sentado un largo rato en los minutos decisivos mientras dio barra libre a Llull, con los resultados que todos conocemos. Puede que a estas horas aún esté arrepintiéndose de ello.

4. En el cercanías camino del trabajo, en los corrillos de pasillo, en el bar del desayuno no se hablaba de otra cosa. Sí, créanselo, ni fútbol ni leches, por una vez el baloncesto de clubes era el tema del día en aquella mañana de viernes (en lo deportivo, que en lo no-deportivo hay demasiadas historias estos días contra las que no podemos competir), lo cual me llenó de moderada satisfacción. Sí, moderada porque no me llamo a engaño, porque demasiado bien sé que si el partidazo televisado con dos prórrogas no hubiera sido el Madrid-Barça sino el Valencia-Estu (utopía irrealizable, me temo) no se habría acordado de él ni la madre que le parió, más allá de sus respectivas aficiones. Asumámoslo, en este país de fútbol y de Madrid-Barça nuestro deporte sólo existe cuando es capaz de reproducir en su seno el modelo futbolístico imperante. Resignémonos, consolémonos pensando en lo que podría haber sido aquello si la ACB y/o TVE se hubieran atrevido a llevarlo al prime time, o si en vez de jueves hubiera sido miércoles…

5. ¿Y por qué no era miércoles? No, no se conformen con la respuesta obvia (¡pues porque era jueves!), vayan un poco más allá. Los jueves está el Cuéntame, está El Barco, está hasta José Mota, en cambio los miércoles no diré que no haya nada porque algo habrá pero ni comparación, de hecho este miércoles por no haber no había ni fútbol, sólo la selección y a esas horas ya había acabado más que de sobra… ¿No habría merecido la pena intentarlo? ¿No habría sido un puntazo ese Madrid-Barça eliminatorio en la noche del miércoles, a las 22:00 pongamos por caso? ¿No merecería la pena (independientemente de todo lo anterior) que los cuartos de final en vez de ser jueves-viernes fueran miércoles-jueves, dejando así además un día de descanso reparador a los equipos que van por el lado débil del cuadro? Sí, ya lo sé, un día más de hotel, más gastos… pero creo que los beneficios compensarían los perjuicios más que de sobra. Piénsenlo.

6. Total que el Barça-Madrid valió por partido y medio y luego ya para compensar el Baskonia-CAI se nos quedó en medio partido, el que se jugó hasta el descanso. 1,5 + 0,5 = 2, es decir, hasta ese momento llevábamos la cosa más o menos equilibrada. Pero resultó luego que de dos cuartos de final previstos para el viernes sólo tuvimos uno, resultó el sábado que de dos semifinales previstas sólo hubo una (o ni eso siquiera, más bien tres cuartos), resultó el domingo que la Final se nos quedó apenas en media final… Me las prometía yo muy felices el jueves a las nueve y pico de la noche, pensaba entonces que mis temores eran infundados pero apenas tardé un rato en darme de bruces contra la cruda realidad. Lo dicho, esto ya no es lo que era… o acaso sea yo el que ya no soy lo que fui. Eso va a ser.

7. Acaso pensaran que no podían ganar la Copa estando de prestado en la ACB, que el mero hecho de intentarlo sería ya un atrevimiento viniendo de LEB, un poco como aquella selección de Dinamarca que osó ganar una vez la Eurocopa de fútbol sin haberse clasificado siquiera para jugarla. Acaso llegaran ya acomplejados a Vitoria y lo de English no hizo más que darles la puntilla o tal vez no, tal vez llegaran con buen ánimo y fue el entripao de su referente el que hizo que se les cayera el alma a los pies. Y una vez en los pies ya no la recogieron, claro, total para qué. Estudiantes no compareció en el Buesa o más bien lo hizo en cuerpo pero no en alma, el alma se quedó en el hotel a la vera de English para hacerle compañía en el lecho del dolor (o en la taza del váter, no sé). Tanto largar yo aquí de equipos que entienden la Copa como un fin y no como un medio, que se conforman con llegar y no intentan ir más allá… y al final he tenido que escribirlo hasta de quien jamás pensé que tendría que escribirlo, quién me lo iba a decir.

8. Una vez acabada la jornada del viernes alguien escribió en Twitter que no le sorprendía en absoluto la victoria del Granca sobre el Bilbao Basket porque que gane el que mejor juega es lo normal. Ojalá fuera todo tan fácil. Probablemente el Granca hiciera el mejor baloncesto de la Copa (que es tanto como decir de toda la ACB), del mismo modo que el Granca probablemente fuera la plantilla menos fuerte de las ocho que compitieron (o así) en Vitoria. Gracias a lo primero pasó una ronda y está tercero en liga, por desgracia lo segundo no le permitió ni le permitirá ir mucho más allá. Hoy no faltan iluminados que proclaman que el Granca se conformó con ganar al fin un partido y que se borró para la semifinal. Permítanme que discrepe totalmente: el Granca es lo que es y tiene lo que tiene; gracias a ser lo que es llegó hasta donde llegó, gracias a tener lo que tiene (o más bien a no tener lo que no tiene) difícilmente podrá aspirar a mucho más. Demasiado hizo.

9. Lo normal de cualquier competición deportiva sería una dinámica similar a la que rige para cualquier composición narrativa, ya saben, aquello de planteamiento-nudo-desenlace: un crescendo de emociones empezando por unos buenos cuartos de final que fueran preparando la atmósfera para unas magníficas semifinales que a su vez sembraran el caldo de cultivo para acabar desembocando en una extraordinaria final, algo así. ¿Se imaginan una novela o una película en la que el clímax se alcanzara ya en su primera escena y luego el resto de la trama fuera languideciendo sin remedio hasta el final? La ACB, también en eso, es el mundo al revés. No les echo la culpa porque no creo que haya culpables, esto está montado así y no hay que darle más vueltas. Pero es así.

10. Anda el madridismo (sector tangencial, es decir, esa inmensa mayoría futbolera que sólo ve a su equipo de baloncesto cuando juega contra el Barça) haciéndose cruces con Tomic estos días, ayer mismo sin ir más lejos me pedía uno una explicación, pero vamos a ver, pero cómo es posible, pero si era un pichafría, pero si… Pues vaya usted a saber, a lo mejor es el clima, que ese clima mediterráneo de Barcelona se parezca mucho más al de su Duvrovnik natal y eso le haga más feliz, nada que ver con estos fríos y estas sequedades que nos gastamos tierra adentro; o a lo mejor lo que le hace más feliz es estar en un equipo con muchos más sistemas orientados hacia los pívots, viniendo como viene de otro equipo mucho más pensado para el juego exterior… pero no, qué malpensados somos, cómo habría de ser eso. Será el clima, seguro.

11. No suelo llevarme bien en estos últimos tiempos con esas designaciones coperas de MVP hechas generalmente a matacaballo desde la improvisación: a falta de cinco minutos, mientras estás pendiente de un partido que acaso ni siquiera esté resuelto y del que tienes que hacer la crónica (eso cuando no lo estás contando en directo), te ponen un papelito para que votes deprisa y corriendo y claro, así pasa, que en lugar de pensar a quién votas y luego votar lo acabas haciendo al contrario, primero votas para salir del paso y después te lo piensas, véase Itu ayer sin ir más lejos. Pete Mickeal hizo una buena Copa pero no una gran Copa, se salió ante el Madrid (¿qué extraño mecanismo se activa en el cerebro de esta criatura cada vez que juega contra el Madrid?) y luego estuvo bien, sin más. Pero puestos a escoger (y aún con las evidentes limitaciones de un equipo tan coral) permítanme que yo me quede con Marcelinho. Desde que Pascual le ha aflojado las riendas (o desde que se ha soltado él, no sé) es otro jugador, y su equipo lo agradece y sus compañeros lo agradecen aún más si cabe. Es a quien yo habría votado pero claro, yo juego con ventaja, yo he podido pensarlo (tampoco mucho, que ya saben que no es mi fuerte) antes de escribir esto. Otros no tuvieron esa oportunidad.

12. En las horas previas a la Final, me asaltó una duda (sí, a veces me pasan estas cosas): ¿Qué equipo llegaría más fresco, el Barça tras dos partidos muy exigentes pero habiendo tenido un día de descanso, o el Valencia tras dos partidos muy cómodos pero no habiendo tenido descanso alguno? La Final dejó muy clara la respuesta, sin lugar a dudas: esa dinámica de jugar el viernes a las 21:30, luego el sábado a las 21:30 y finalmente el domingo a las 19:00 es mortal de necesidad (aún por apacibles que fueran sus duelos previos), tanto más si tu plantilla es más corta (o menos larga) que la de tu rival. No, no puede llover a gusto de todos pero quizá sí se podría intentar canalizar esa lluvia de algún modo… para lo cual me remito nuevamente a lo expresado en el sorbo número 5.

13. ·Existe por ahí una corriente de opinión que considera que para mejorar el baloncesto y recuperar los tanteos de antaño la clave sería que los árbitros pitaran todo lo habido y por haber, que sancionaran cualquier contacto por mínimo que éste fuera, lo cual al parecer redundaría en que los defensores se lo pensaran mucho más a la hora de defender. A ver: no niego yo que una cosa así no pudiera funcionar a medio/largo plazo (aunque a corto plazo sería un coñazo) siempre y cuando ese criterio se aplicara en todas las ocasiones y no sólo cuando a los árbitros se les pusiera en la punta del pie: ayer, por ejemplo. Ayer hicieron eso tan típico de hoy para que no se nos escape el partido vamos a pitar todo lo que veamos, pero todo todo. Y dicho y hecho, y a ellos no se les escapó el partido, se nos escapó a nosotros. Sí, me dirán que pitar muchas faltas es otra buena manera de aumentar los tanteos porque así hay más tiros libres pero qué quieren que les diga (sé que alguno me linchará por lo que voy a escribir a continuación), prefiero un partido a sesenta puntos dejando jugar que uno a noventa puntos que se pare cada dos por tres. Baloncesto interruptus no, por favor.

14. Algunos opinadores nos intentaron vender ayer que el título copero del Barça, viniendo como venía de un séptimo puesto al final de la primera vuelta, era una sorpresa. Pues no. Sorpresa sería que la hubiera ganado el Valencia, que la hubiera ganado el Baskonia, no digamos ya que la hubiera ganado el Granca. Venga desde donde venga, un título del Barça nunca puede ser una sorpresa como nunca podría serlo el del Madrid aunque pasara como octavo. Reconozcámoslo, la crisis (e incluso la injusta distribución de derechos televisivos en según qué deportes, también) ha abierto mucho más la brecha entre estos dos y el resto: pueden flojear durante un tiempo puntual pero cuando llega la hora de jugarse los títulos a un lado están ellos (aún por mal que estén) y al otro el resto de la humanidad. Asumámoslo, es así.

15. O eso o que lo hicieran aposta, claro. No, no lo digo yo (que a mí jamás se me ocurriría siquiera insinuar chorrada semejante), lo dice hoy bien clarito en su columna uno de los periodistas deportivos más prestigiosos (¿?) de este país (y uno de mis demonios familiares, también), el ínclito Juan Mora: “El Barcelona es ahora campeón de Copa, mientras el Madrid se lame sus heridas. No encuentro mejor explicación para entender semejante metamorfosis, que para el Barcelona el valor de la Liga en su fase regular sea cero. Al final todo se reduce a quedar entre los ocho primeros. ¿Para qué, entonces, desperdiciar energías y esfuerzos en algo que no vale de nada? Ha sido el más listo“. Es decir, todo aquello de palmar estrepitosamente en casa ante Blancos de Rueda u Obradoiro, todo aquel hundimiento ante Estudiantes, todo aquello fue a propósito, qué sutil estrategia, qué supremo ejercicio de inteligencia. Acabáramos. El Madrid haciendo el panoli ganando partido tras partido y el Barça en cambio dosificando sabiamente sus derrotas, total a quién le importa ser primero o ser séptimo si habíamos quedado en que la fase regular no sirve para nada, ¿verdad, señor Mora? Claro que si según usted lo del Barça en ACB fue de listos, entonces aplicando ese mismo razonamiento habremos de convenir en que lo del Barça en Euroliga fue de tontos, a quién se le ocurre, ganar partido tras partido echando el resto en la primera fase, total para pasar luego en igualdad de condiciones al Top16. ¿O es que acaso la primera fase euroliguera tiene mucha mayor trascendencia a efectos clasificatorios que la temporada regular ACB? Me lo explique.

y 16. Y es que hay periodistas y periodistas. El viernes en plena Copa nos dejó para siempre uno de los buenos, uno que creó escuela escribiendo de baloncesto desde su Málaga, uno cuya web fue un referente incluso en aquellos tiempos en los que casi ninguna web acostumbraba aún a ser un referente. Paco Rengel nos dejó a esa edad en la que nadie debería aún dejarnos (una edad que me resulta extrañamente familiar) y lo hizo predicando con el ejemplo, haciendo aún periodismo hasta casi el final del final. Este deporte, incluso esta vida, ya difícilmente volverán a ser lo mismo sin la energía y el entusiasmo que tantas veces nos transmitió Paco Rengel. Descanse en paz.

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