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EL MEDIO ES EL MENSAJE   4 comments

Algunos parecen haber descubierto durante este Eurobasket que a Mediaset le importan una mierda sus espectadores. Desengáñense (en el supuesto de que aún siguieran engañados), a Mediaset no le preocupa el espectador sino la audiencia, que parece lo mismo pero es exactamente todo lo contrario. Para acaparar audiencia pondrían escenas de coprofagia en horario infantil si la legislación se lo permitiera, para acaparar audiencia pondrían a Belén Esteban a narrar el Eurobasket si una suerte de ínfimo pudor no se lo impidiera.septiembre-llega-Eurobasket-Mediaset-Espana_MDSVID20150724_0116_17 Algunos somos tan raros que vemos sólo Mediaset de baloncesto en baloncesto, créanme que no es pose ni postureo sino la pura verdad, créanme que no sé quién es Nati Abascal ni Carmen Lomana ni ninguno de esos otros pseudofamosos que ellos mismos prefabrican en sus realitis para luego consumirlos mañana tarde y noche, créanme que no los reconocería si los viera por la calle (a la Esteban sí, por desgracia), créanme que en el año transcurrido entre el Mundobasket 2014 y el Eurobasket 2015 sólo he pisado esa casa para algún esporádico partido de fútbol, al menos mi señora sí siguió con delectación la serie El Príncipe, yo ni eso siquiera. Zapeo poco pero cuando zapeo los excluyo expresamente de mi ruta, no me vayan a salpicar. Soy así de raro, ya se lo dije.

Siro es al Eurobasket lo que Belén al Sálvame (o como se llame el producto de casquería que tengan ahora mismo en el mercado). Si ustedes son insultantemente jóvenes no lo recordarán pero hubo un tiempo (felices ochenta, infelices noventa) en que Siro López era un periodista responsable al que daba gusto escuchar contándonos nuestro deporte. Recuerdos de un pasado que nunca más ha de volver. Con el nuevo siglo Siro se futbolizó, se forofizó, se roncerizó, se puntopelotizó, invéntense el verbo que más les plazca. Se convirtió en chouman, en víscera jurbolera para ávido consumo de todas esas masas que no ven más allá del Barça y el Madrid. Y con sólo ese pasado (más aquel breve interludio baloncestero de infausto recuerdo en Telemadrid, ejecutando la Euroliga junto al no menos infame Chechu Biriukov) Mediaset decidió que ya era suficiente, que para qué más, lo de menos es que sepa o deje de saber, lo de menos es ofrecer un buen producto pudiendo obtSiro-Lopez--en-una-imagen-promocional-ener el mismo rendimiento (o más si cabe) con un ínfimo subproducto, total qué más da que vengan a ver baloncesto, a echar pestes del locutor o a descojonarse de él. Importa que vengan, no a qué vengan. Importa cuántos vengan, no cómo vengan. Importa la cantidad, nos la suda la calidad. Que hablen de nosotros, aunque sea bien.

Siro a menudo narra con el piloto automático puesto, su voz va por un lado mientras su cabeza va por otro, ve un triple de Llull y te dice triple de Simonovic no porque los confunda (que ya tendría mérito) sino porque es como mi hijo cuando estudia, la mente se le va a cualquier cosa menos a la que tiene delante de sus ojos (afortunadamente este año todavía no ha llamado a nadie Juan Carlos, quizá por no estar Navarro para confundirle ni Calderón para confundirse). Siro llama a Güler Gulár, a Erden Erdán, a Koufos Kufós (le encantan las agudas), a Strelnieks Estrelinek pero eso sí, cuando llega la hora de rebautizar a Antetokounmpo se pone digno y dice que si le llama Antetocubo es porque así se lo han dicho el locutor y el seleccionador griego, tanto da que el propio interesado parezca desmentirlo, total qué va a saber él de sí mismo. Siro se debate entre lo que no sabe y lo que no recuerda, el reglamento para él es esa cosa etérea en la que no está claro (por ejemplo) si se puede sacar el balón tras haber tocado el aro o no, pues depende, si favorece a los míos será que sí y si favorece a los de enfrente será que no. Siro ve a Schröder fallar el tiro libre que forzaría la prórroga y te dice que quizás alguien haya podido plantearse que hubiera tirado a fallar (como si alguien que no fuera él pudiera plantearse semejante cosa), que esa ya no es de baloncesto ni de matemáticas sino de sentido común: tiras a fallar un tiro libre cuando necesitas dos puntos, o tres, para igualar el partido, en la vana esperanza de que alguien de tu equipo encuentre el rebote y lo convierta; pero si sólo necesitas un punto no tiras a fallar, tiras a meter (que metas o no ya es otra cuestión). Obviedad absoluta, que no necesitaría ser explicada si no hubiera seres como Siro que necesitan que se les explique. Ese es el nivel.

Claro que Siro es sólo el narrador, lo suyo no sería tan grave si a su vera hubiera un analista que aportara conocimiento, entendimiento, equilibrio, sabiduría, frescura, pasión. Es decir, que aportara todo lo contrario que Antúnez. Si ustedes siguen siendo insultantemente jóvenes no lo recordarán pero hubo un tiempo en que José Miguel Antúnez ejerció de jugador de baloncesto, ejerció incluso de base (como si en verdad lo fuera) con notable éxito de crítica y público. Un (des)conocimiento del juego muy discutible, un proceso de toma de decisiones aún más cuestionable y una potencia física superlativa para aquellos tiempos, tanto más en nuestro baloncesto y en su posición: la que le llevaba a atacar una y otra vez el aro como si no hubiera un mañana, como si no existiera más jugada que la penetración.antunez1342338798_extras_albumes_0 Sólo con eso ya le bastó para que le fichara el Madrid (del Estu, como a tantos otros), para labrarse una carrera, para coronarla con éxitos y hasta algún que otro título, también algún que otro fracaso, tanto da si cuando hoy le preguntan por ellos es incapaz de distinguir los unos de los otros. Dejó huella, qué duda cabe, sobre todo en la cara (y en la memoria) de Biriukov tras la mañana aquella en que la emprendieron a puñetazos el uno contra el otro en pleno partido, algo muy meritorio teniendo en cuenta que ambos obviamente estaban en el mismo equipo. Bien puede decirse que Antúnez pasó por el baloncesto pero que el baloncesto no necesariamente pasó por él.

Genio y figura. El Antúnez comentarista parece hecho a imagen y semejanza del Antúnez jugador, hay cosas que no cambian nunca: mismo (des)conocimiento del juego, mismas peregrinas ocurrencias, misma capacidad de arrojarse al vacío sin red, sin reparar jamás en las consecuencias que ello pueda acarrear. Hace veinte años el vacío estaba alrededor del aro, hoy el vacío está en sus palabras (por definición), en decir lo primero que se le pasa por la cabeza tenga sentido o no, tenga contenido o no, sea cierto o falso, total qué más da que el sujeto en cuestión se llame Schaffartzig si a mí me peta llamarle Suarzur, total a quién le importa si el noventa por ciento de los que me escuchen no tendrán ni puta idea de quién es. Y resulta que Schröder es suplente en los Hawks porque el base titular es Tim Hardaway Jr, ahí queda eso, tanto dará que el susodicho no haya vestido aún ni por un segundo la camiseta de los Hawks porque hace apenas un mes que llegó a Atlanta, tanto dará que por no ser no sea ni siquiera base, vamos que ni por asomo, base extraordinario fue su padre (ídolo de Antúnez en aquellos años, si mal no recuerdo), su hijo por desgracia nada tiene que ver. Pero dicho queda, como queda dicho (a propósito de Karnowski, o de Domas Sabonis) que Gonzaga jugó este año la Final Four, contumaz en el error lo repetirá de nuevo unos días más tarde por si a alguien no le hubiera quedado suficientemente claro. Que digo yo que qué más hubieran querido ellos con las ganas que tienen de jugarla, lástima que los Blue Devils de Duke no fueran de la misma opinión. Son sólo unos pocos ejemplos (el total de agravios rebosaría con creces los límites de este blog) de flopping verbal, de decir algo (así sea erróneo o directamente inventado) para no decir nada. Una manera como otra cualquiera de enmascarar el vacío.

El cuadro lo completa María Victoria Albertos, capaz de inventar algún concepto revolucionario como aquél del porcentaje de rebotes (¿relacionar el número de rebotes que coges con el número de rebotes que podrías coger? Interesante…) o de decirte que España aún puede hacer una falta más porque sólo lleva cuatro en este cuarto, pero que si pasamos por alto éstos y otros deslices tiene al menos la rara cualidad de llegar al pabellón habiéndose preparado (siquiera mínimamente) los partidos, extraña conducta que a alguno de sus compañeros de pupitre le debe parece casi extraterrestre. Tuerta en el país de los ciegos, como tuerto (aún más si cabe) es Pepu Hernández, entiéndase obviamente en sentido figurado y en el contexto de dicha expresión. Pepu es alguien a quien todos los aficionados de este país en general y del Estu en particular le estaremos siempre eternamente agradecidos, Pepu fue entrenador (me gustaría pensar que aún sigue siéndolo), sabe bien de qué va esto y sabe además explicarlo en la medida en que le dejan. Puede que no sea el mejor analista del mundo (algún escarceo suyo en algún otro medio me dejó bastante frío) pero creo que saldrá reforzadísimo de este torneo, en parte por méritos propios y en parte por la mera comparación con quienes tiene alrededor. Pepu nos salva el Eurobasket como hace un año Daimiel nos salvó el Mundobasket, o si no nos lo salva al menos consigue que haya ratos en que no sintamos vergüenza ajena. Merecedor de otra oportunidad (Eurobasket_MDSIMA20150902_3501_1si así lo deseara) en cualquier otro lugar donde quienes tenga al lado no le pongan palos en las ruedas.

Al final todo se ciñe a un concepto muy gastado y manifiestamente en desuso, respeto. A ver cómo lo explico sin que suene demasiado pretencioso: yo no soy profesional de esto ni lo seré nunca (que no estoy ya en edad de ser nada más que lo que soy), ni experto siquiera, tan sólo un mero aficionado que sabe bastante menos de lo que aparenta. Y por eso considero que quien me cuenta un partido de baloncesto tiene que saber de esto muchísimo más que yo, que para eso le pagan. Puedo hasta llegar a aceptar que sepa más o menos lo mismo que yo (nadie es perfecto) pero lo que no concibo de ninguna manera es que sepa incluso menos que yo. Sobre todo si tenemos en cuenta que hay por ahí cienes y cienes de entrenadores, ex jugadores, periodistas y seres humanos en general que darían sopas con onda a este par de indocumentados si les fueran requeridos sus servicios. Claro está que eso sería demasiado fácil, darle el trabajo al que sabe en lugar de al que aparenta (o al que ya ni siquiera se molesta en aparentar), procurar hacer las cosas bien en lugar de hacerlas mal, ofrecer un producto de calidad (o digno, al menos) en vez de una mísera bazofia de todo a cien. O quién sabe, acaso sea todo mucho más maquiavélico: hace muchos años enunció McLuhan que el medio es el mensaje, y en Mediaset parecen haberlo entendido a la perfección. Estamos viviendo un magnífico Eurobasket, y sin embargo estamos dedicándole casi más tiempo a hablar de cómo nos ¿cuentan? el Eurobasket que al Eurobasket mismo. Probablemente de eso se trataba. Mis disculpas, por la parte que me toca.

¿y ahora qué?   Leave a comment

¿Y ahora qué hacemos?:

Opción A) Cambiar de una vez por todas esa absurda normativa, acabar por fin con la incompatibilidad selección-ACB y nombrar a uno de tantos magníficos entrenadores como pululan por nuestra geografía, pongamos Alonso, Plaza, Martínez, Fernández, Abós, Casas, Maldonado o Vidorreta por citar sólo los primeros apellidos que se me vienen a la cabeza.

Opción B) Nombrar a un técnico extranjero que no esté entrenando ahora mismo en nuestro baloncesto pero que lo conozca suficientemente bien; así de primeras se me ocurre el nombre de Fotis y luego también el de Dusko, si bien en este último caso no sé por qué me da la sensación de que no iba a mezclar bien con alguno de nuestros más reputados jugadores…

Opción C) Nombrar a un entrenador español que esté entrenando ahora mismo en el extranjero y que a ser posible tenga nombre de árbol al que no se le puedan pedir peras (o similar): Olmos o Valdeolmillos, tanto monta monta tanto. Ambos han triunfado en Puerto Rico y México, ambos vendrán al Mundial con sus respectivas selecciones, no será fácil sacarlos de allí.

Opción D) Nombrar a un entrenador español que no esté ahora mismo en activo. ¿Pero quién? Monsalve no creo que tenga ya cuerpo para meterse en un fregao de semejante envergadura, Julbe lleva ya un tiempo sin ejercer, la mera mención del nombre de Pepu provoca retortijones en los intestinos del señor Sáez, Hussein ya ni sé por dónde andará, Pesquera ni pensarlo, Casimiro… Casimiro podría ser una muy buena opción (o a mí me gustaría, al menos), ahí se la dejo para lo que gusten mandar.

Opción E) Continuismo parcial, es decir, dejar la selección en manos de Jaume Ponsarnau. ¿Por qué no? Ha entrenado durante varias temporadas, conoce este negocio, ya este mismo año habría sido mucho más lógico tenerle a él de principal y a Orenga de asistente que no al revés…

Opcion F) Continuismo interruptus o lo que viene siendo lo mismo, nombrar de nuevo a Scariolo, para lo cual obviamente tendría que dejar su cargo en el Baskonia… en el dudoso supuesto de que el verano que viene siga siendo aún entrenador del Baskonia, que estará por ver. Yo no lo haría, que dicen que segundas partes nunca fueron buenas. No tentemos a la suerte.

Opción G) Continuismo total, es decir, seguir con Orenga. Ahora mismo casi nos tiemblan las piernas ante esta posibilidad, pero conociendo como conozco a mis clásicos, créanme que no me extrañaría…

Y por último, Opción H) Tanto como se nos llena la boca hablando de autogestión, de técnicos de perfil bajo para dejarles hacer lo que quieran, de que se entrenan solos… No, obviamente no lo estoy proponiendo en serio ni creo que a nadie en su sano juicio se le ocurriera proponerlo, pero reconózcanme que estaría curioso, mirad chicos, ahí os quedáis, apañároslas vosotros mismos. Quizás así entenderíamos que a veces utilizamos algunas palabras demasiado a la ligera, que las cosas no siempre son tan fáciles por dentro como a menudo nos parecen desde fuera…

YOGUI   2 comments

Viajemos una vez más (que en este caso es gratis, y ya son cada vez menos las ocasiones en que podemos decir lo mismo) a aquel inolvidable verano de 1999. Pongámonos en situación, nuestra selección júnior acaba de ganar el Mundial de la categoría en Lisboa y nosotros (más que nada por la falta de costumbre) estamos aún en una nube, leyéndonos con fruición todo lo que cae en nuestras manos al respecto. Leyéndonos por ejemplo aquel reportaje de Gigantes en el que se nos cuentan (entre otras muchas cosas) los motes que se habían puesto aquellos jugadores entre sí. Recuerdo como si fuera ayer que a Pau le llamaban Gasofa (obvio), que a Cabezas le llamaban Charlie Heads (aún más obvio), que Raül López era Topogiggio, que Navarro no les voy a decir lo que era porque a día se hoy se lo seguimos llamando, que Berni tenía un apodo que le iba como anillo al dedo pero que por más que lo intento no consigo recordar… y que a Germán Gabriel sus compañeros, con un mucho de cariño y un puntito también de mala leche, le llamaban Yogui. Yogui, lo recuerdo bien, como también recuerdo que el incomparable técnico de aquella selección, Charly Sainz de Aja, tenía elogios para todos y cada uno de sus jugadores pero en el caso concreto de Germán Gabriel lo definía con tan solo dos palabras: el mejor. Así de sencillo.

Sí, ya lo sé, hoy que ya hemos visto a Pau, Juanqui, Raül, Felipe, Berni y hasta Cabezas hacer diabluras a éste o al otro lado del charco, hoy que ya les hemos visto a casi todos ganar casi todo lo ganable nos puede resultar extraño que para Sainz de Aja el mejor de entre todos ellos fuera Gabriel, precisamente Gabriel. Pero créanme que así era, y créanme también que, visto desde fuera, tampoco resultaba tan extraña esa aseveración. Gabriel, dentro de ese redondeado cuerpo de osito (o más bien de osazo), tenía algo que en aquel entonces (y no digamos ya ahora) resultaba impagable: talento. Talento en estado puro, que se manifestaba ya en un maravilloso juego de pies. Aquellos que tenemos ya una edad y nos criamos en un tiempo en el que el baloncesto aún no era tanto cuestión de músculo como de fundamentos todavía nos conmovemos cuando vemos a alguien que interpreta el juego como siempre pensamos que debía ser jugado. Y en aquella selección de 1999 todos eran buenos, cada uno a su manera, pero había básicamente tres sujetos que nos conmovían porque desparramaban talento en cada movimiento, en cada acción: Juan Carlos Navarro, Raül López y… sí, también (y sobre todo) Germán Gabriel. El mejor.

Aún hoy, trece años y medio después, muchísima gente alucina al ver su juego de espaldas al aro como si le hubiera brotado de improviso, como si el triple lo hubiera tenido siempre y en cambio estos movimientos al poste bajo los hubiera ido adquiriendo con los años. Bueno, pues permítanme que les explique que su viaje fue exactamente al revés. A aquel pívot orondo y con incomparable cara de buena persona jamás se le hubiera ocurrido tirar de tres, o puede que sí se le hubiera ocurrido pero seguro que alguien (problablemente el propio Sainz de Aja) le habría dicho pero chico, qué haces, si eso no es lo tuyo, tú dedícate a postear que lo haces como los ángeles, las virguerías exteriores déjaselas a otros. Y bien que le hizo caso, bien que se dedicó a postear y bien que le fue… en aquella selección júnior, porque lo que es en su club de toda la vida así de entrada no se comió un colín la criatura. Meses enteros pelándose el culo en el banquillo, meses enteros de cesiones a lugares más o menos ignotos en los que tampoco rascaba apenas bola, esa irresistible sensación que nos quedaba de que mientras sus compañeros de generación seguían imparables hacia arriba él se nos estancaba, acaso ya para siempre…

Y entonces, en algún momento de su azarosa carrera, alguien debió decidir que con ese torso redondeado y poco musculado y esa pinta de buenazo Germán Gabriel no podría nunca ser un cinco, los cincos tienen que intimidar ahí debajo y tú con ese aspecto no intimidarías ni a mi madre así que vamos a hacer de ti un cuatro, con dos… razones. Gabriel se aplicó, se puso a la tarea (más que nada porque no le quedaba otra si quería sobrevivir en esta profesión) y como clase tiene por arrobas para hacer lo que le dé la gana pues acabó desarrollando un tiro de tres que habría de acabar siendo la envidia de casi todo alero que se precie. Debería haber sido un recurso, una opción, esta vez en vez de continuar el bloqueo hacia dentro lo haré hacia fuera para romperte los esquemas, pero no. Hay entrenadores capaces de adaptar su filosofía al estilo de sus jugadores, y hay en cambio otros para los que el estilo de sus jugadores tiene que adaptarse necesariamente a su filosofía. Jugadores como piezas de ajedrez, yo quiero que hagas esto y me la suda que antes hicieras bien aquello otro porque ahora soy yo el que manda y te necesito ahí fuera así que vete olvidando de ir para dentro, que te quede claro. Y así, por poner algún ejemplo tonto, Herrmann en Unicaja sólo tiró de tres desde una esquina cuando antes y después se hartó de demostrar que sabía hacer muchísimas más cosas, y así Garbajosa acabó convirtiéndose en un jugador unidireccional que no pisaba la zona ni aunque le pillara camino del vestuario, y así Lorbek huyó de Málaga amargado de la vida dos meses después de llegar porque le obligaban a ser Garbajosa bis, y así Gabriel… Encasillar, le dicen a esto en el cine. Muchos dejaron de ser lo que eran para acabar siendo otra cosa completamente distinta, unos pocos huyeron y se salvaron, algunos se adaptaron y sobrevivieron pero mantuvieron en silencio su propia resistencia interior, mientras esté aquí seré lo que tú quieras que sea pero no por eso dejaré nunca de ser lo que soy.

Gabriel sobrevivió, volvió rebotado al Estu, llegó para un mes y ya va camino de su cuarto año. Mire, señor Casimiro, que además de tirar de tres también sé hacer esto, en realidad he sabido siempre, lo que pasa es que no me dejaban… Las ha visto de todos los colores (o de todas las tonalidades de azul) en este tiempo, temporadas enteras al borde del precipicio (tan al borde que al final acabaron cayéndose, aunque rebotaran después) pero siempre con un denominador común, siempre Gabriel como el mejor, a veces como el único realmente salvable en medio de tanto desastre. Lo que voy a escribir a continuación a alguno le sonará a atrevimiento, a blasfemia incluso, pero creo que Germán puede ser considerado por derecho propio el legítimo sucesor en ese puesto que podríamos denominar pívot inteligente (o pívot de inteligencia superior a la media, para que no se ofendan los demás), en la más rancia tradición estudiantil; una tradición que inauguró el Oso Pinone (será cuestión de osos, de Pinoso a Yogui) y que luego continuaron tipos como Rafa Vecina o Shawn Vandiver por ejemplo. Pívot Inteligente con mayúsculas, hasta el punto de que en el diseño de una jugada decisiva se atreviera a corregir a su entrenador de entonces, hasta el punto de que al final éste le dijera explícala tú, si casi te la sabes mejor que yo… Dijo Manel Comas en una retransmisión televisiva que hay algunos jugadores a los que se les nota a la legua que el día de mañana serán entrenadores, y que Gabriel era uno de esos casos, sin ninguna duda. Ojalá sea así, ojalá le tengamos de técnico o al menos de analista televisivo, pero que no le perdamos para este juego.

Hace unos días, mientras veía el Estu-Madrid y escuchaba cómo alguno (que parece que sólo viera baloncesto cuando le toca comentarlo) alucinaba una vez más con ese juego de pies, pensaba yo para mis adentros que hace tiempo que tengo una deuda contraída con Germán Gabriel. En todos estos años le habré elogiado docenas de veces y hasta habré reivindicado inútilmente cada verano su presencia en la selección (que bien pensado quizás haya sido mejor así, que vaya usted a saber si no le hubieran prohibido pisar la zona), pero nunca, que yo recuerde, le había dedicado una entrada completa para él solo. Ya que en apenas unos días escribiré sobre otro Yogi (éste sin u), que juega de base en Indiana y que vaya usted a saber por qué le llaman así porque en nada se parece al del dibujo, pues qué menos que soltarles antes toda esta parrafada sobre este otro Yogui nuestro, este auténtico y genuino malagueño de Caracas (o caraqueño de Málaga, no sé) que digo yo que bien ganado se lo tiene. Aunque ya apenas quedará nadie a estas alturas (aparte de mí, claro) que se acuerde de ese apodo, ni falta que le hace: aunque ya a nadie (afortunadamente) se le ocurriría llamarle así.

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