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delirios publicitarios   Leave a comment

Hubo un tiempo en que mirábamos a la ACB y todo eran cajas (de ahorros, me refiero), hubo un tiempo en que mirábamos a la ACB y todo eran inmobiliarias, hubo un tiempo en que mirábamos a la ACB y todo eran compañías de seguros, hubo un tiempo en que mirábamos a la ACB y todo eran camisetas vacías pidiendo a gritos que se apiadara de ellas un patrocinador. Hoy todavía estamos en ese tiempo (y lo que nos queda) pero se aprecian a veces en lontananza leves indicios, no tanto de recuperación como de las ganas que algunos tienen de echarle imaginación. No es que veamos la luz al final del túnel (dónde habré oído yo esto antes) sino que el túnel tiene grietas por las que se cuela alguna rafaguilla de luz de vez en cuando. Por esas rendijas entraron marcas tan prestigiosas como Gescrap o MadCroc, que antes de llegar al baloncesto ni sabíamos que existieran y que una vez se fueron seguimos sin saber que aún sigan existiendo, de hecho a alguna de ellas aún la deben de andar buscando para que pague lo que dejó a deber. Y por esas rendijas han seguido entrando firmas insospechadas, marcas cuya mera enunciación nos habría hecho descojonarnos de risa (de qué iba a ser si no) hace apenas unos años, pero que hoy mejor será que nos las tomemos muy en serio ya que representan el presente (valga la redundancia) y hasta el futuro de esta competición…

La Bruixa d’Or, por ejemplo. Si hace años hubiéramos tenido un equipo llamado La Bruja de Oro Manresa probablemente habríamos pensado que alguna editorial había tomado al asalto la ACB para promocionar así su colección de literatura infantil: Blancanieves Real Madrid, Caperucita Roja Murcia, El Príncipe Azul Estudiantes, El Corsario Negro Bilbao, Peter Pan Joventut, Josean y las Judías Mágicas Baskonia, El Pollito Pío Gran Canaria, La Isla del Tesoro Tenerife, Cenicienta Valladolid, El Patito Feo Fuenlabrada, Los Tres Cerditos… (vale, a éste casi mejor no lo ubico, no vaya a ser que alguien se ofenda). Afortunadamente el equipo manresano no se llama La Bruja de Oro sino La Bruixa d’Or, parece lo mismo pero no es lo mismo, el catalán es un idioma mucho más sutil que el castellano sin ninguna duda, pruebe a decir cojones y resultará de lo más ordinario, pruebe en cambio a decir collons y quedará hasta elegante. La Bruixa d’Or no es ningún cuento sino una administración de loterías, qué digo una, la administración de loterías por antonomasia, ubicada en Sort y que reparte suerte (como su propio nombre indica) año tras año sobre todo en estas señaladas fechas. Interesante cosa que las administraciones de loterías desembarquen en el patrocinio deportivo, por esa misma regla de tres no sé yo a qué esperan Doña Manolita o La Hermana de Doña Manolita (que también existe) para acoger en su seno por ejemplo al Fuenla, el Manresa de la Meseta como si dijéramos. Ahí les dejo la idea, para lo que gusten mandar.

Y qué decir del Tuenti Móvil Estudiantes. Tuentimóvil, qué bonito, dicho así todo junto suena casi a coche de los Autos Locos (Pier Nodoyuna y Patán, Penélope Glamour, los Hermanos Macana, si no sabe de qué le hablo alégrese, es una mera cuestión de edad) o al de Los Picapiedra (que era en realidad el troncomóvil, también sería buen nombre para una empresa de telefonía). Fíjense si será supina mi ignorancia en estas materias que yo aTuenti la tenía por una especie de red social de iniciación a la española, que algunos aún seguirán en ella de por vida (como hay quien sigue de por vida en la preadolescencia) pero que a la mayoría les debió servir de paso previo para dar luego el salto al Féisbuc, al Guasap, al Túiter y demás zarandajas que nos traen a mal traer en estos tiempos. Eso pensaba yo que era Tuenti, pero… ¿Tuenti Móvil? Se lo comenté a mi asesor tecnológico (o sea mi hijo), ¿sabes que ahora Estudiantes se llama Tuenti Móvil Estudiantes?, a lo que me respondió que sí, que por supuesto, que cómo no habría de saberlo, que él ya conocía de sobra la empresa y que de hecho es a la que tiene pensado apuntarse cuando se ponga Internet en el móvil, dado que ofrece las tarifas más baratas del mercado (paja mental que se ha hecho él solo consigo mismo, por ahora con el wifi de casa va que chuta, lo de ponerle tarifa de Internet todavía tendrá que esperar, aún por muy barata que sea). Todo un hallazgo que esperemos que no caiga en saco roto, que ojalá sigan raudos y veloces su ejemplo (el del patrocinio ACB, me refiero) Amena, Yoigo, Simyo, tantas otras (no, no incluyo a Orange, líbreme el cielo, con lo que ya patrocina tenemos más que suficiente, y eso que se me ocurren un par de equipos ideales para tenerle como espónsor por una mera cuestión indumentaria). ¿Imaginan por ejemplo un derby madrileño Tuenti Móvil Estudiantes-Pepephone Fuenlabrada, retransmitido además por Orange Arena? Es más: ¿podrán decir libremente Tuenti Móvil los narradores de Orange Arena cuando retransmitan al Estu, o lo tendrán prohibido para no hacerse a sí mismos la competencia? Es más: ¿será por esto por lo que cada vez le televisan menos partidos al Estu (y menos aún que le van a televisar como siga jugando así)?

Claro que si todo esto les parece raro no se pierdan ya lo de Unicaja, que en este caso nada tiene que ver con dicha entidad financiera sino con ese otro rótulo que sus jugadores llevan sobre las espaldas en los partidos de Euroliga, entre el apellido y el dorsal: AP-46 Pedrizas, tal cual. Sí, es exactamente lo que parece, una autopista de pillaje digo de peaje, la también denominada Autopista del Guadalmedina (la Güiquipedia hace milagros), que al parecer facilita el acceso a Málaga (previo pago, of course) evitando de paso las sinuosas y procelosas curvas del Puerto de Las Pedrizas, como su propio nombre indica. Pues nada, los aficionados al baloncesto les damos la bienvenida y les deseamos una feliz estancia en nuestras camisetas, faltaría más, lo que ya no sé es si sus usuarios compartirán esa misma felicidad cada vez que les toca pasar por caja. No hace mucho leí que el Presidente de la Patronal de Autopistas había tenido la luminosa idea de pedir que se cobre también peaje en las autovías para así atajar la grave crisis que atraviesa el sector (hay que ver, qué hombre tan inteligente), no sé muy bien cómo encaja ese discurso con esta huida hacia adelante de esponsorizar (siquiera mínimamente) a una entidad deportiva. Y además, ¿por qué sólo en Euroliga? ¿Creerán acaso que por emitirse los partidos en una plataforma de pago el target (o como se diga) de espectadores se asemeja más al de sus potenciales usuarios? ¿Creerán acaso que así llegan también al público internacional, que los aficionados turcos, lituanos o eslovenos dirán al verlo, anda mira, si alguna vez en nuestra vida viajamos a Málaga y decidimos acercarnos a conocer Antequera ya sabemos por donde tirar? Lo dicho, bienvenidos sean y ya que están aquí no dejen de comentar a sus compañeros lo bien que se está a ver si así se anima alguno más, de hecho sería un puntazo si así fuera, de hecho nuestros equipos ya no parecerían equipos sino robots de la Guerra de las Galaxias, R-2 Real Madrid, R-3 Estudiantes, AP-1 Baskonia, AP-2 Zaragoza, AP-4 Sevilla, AP-6 Valladolid, AP-7 Barça, AP-41 Fuenlabrada, AP-53 Obradoiro, AP-68 Bilbao… (ya ven que me lo he currado). Eso sí, por favor, no se les olvide pasar por caja antes de salir.

Y luego hay también marcas cuya llegada al baloncesto deberíamos valorar en su justa medida por el efecto arrastre que podrían ejercer en sus congéneres, es decir, lo que vienen siendo las empresas del sector. Pongamos por ejemplo UCAM, la Universidad Católica de Murcia, cuyo aterrizaje en las camisetas de la entidad pimentonera (qué cursilada) bien podría provocar que siguieran sus pasos otros centros del saber, así católicos como agnósticos, así públicos como privados, tanto da entre otras cosas porque al paso que vamos los públicos serán también privados pasado mañana. Quedaría una monísima ensalada de siglas, una especie de NCAA a la española… excepto por el pequeño detalle de que aquí no habría más universitarios que los que venden los bocadillos y los que limpian el pabellón, acaso también los que pasan la mopa. El signo de los tiempos, ya saben. Y qué decir del efecto arrastre que podría provocar el insigne Sr. Roig si se dejara de componendas y subterfugios, de culturas y esfuerzos y demás zarandajas y llamara por fin a su equipo Mercadona Valencia (Hacendado Valencia y Bosque Verde Valencia también valdrían), cómo no imaginar al resto del sector perdiendo el culo (si lo tuvieren) por seguir sus pasos: El Corte Inglés Real Madrid (Dios los cría y ellos se juntan), Ahorramás Estudiantes, Alcosto Fuenlabrada, Carrefour Baskonia, Hipercor Zaragoza, Alcampo Sevilla, Caprabo Barça, Eroski Bilbao, El Árbol Valladolid, Inditex Obradoiro… (no, por ahora no me consta que Inditex trabaje el tema de la alimentación, pero todo es ponerse). Ya en su día tuvimos un Caprabo Lleida, un Valvi Girona, un Covirán Granada y hasta un Tenerife Número 1 por ejemplo, no es un gremio que nos sea nuevo, acaso sólo necesite un leve empujoncito para volver a depositarnos su confianza. En sus manos lo dejo, Sr. Roig.

Este maravilloso mundo del patrocinio deportivo me lleva siempre a hacerme un montón de preguntas, algunas de las cuales amenazo con compartir con ustedes. Por ejemplo: ¿Todo producto es susceptible de esponsorizar a un equipo de baloncesto (o de lo que sea), o hay marcas que nos chirriarían, por una mera cuestión de sentido común? ¿Cómo reaccionaríamos ante nombres como Mimosín Real Madrid, Nenuco Estudiantes, Dodotis Joventut, La Española Barça, Paellador Valencia, El Cobrador del Frac Valladolid, Espárragos Cojonudos Baskonia? ¿Cabría siquiera imaginar en nuestras camisetas (de baloncesto o de lo que fueran) marcas como Supositorios Rovi, Hemoal, Micralax, Prenatal, Indasec (para esas pequeñas pérdidas de orina), Eau de Rochas, Chanel nº 5, tantas otras? [Cuentan que hace ya unos cuantos años una afamada marca de preservativos ofreció una pasta por aparecer en las camisetas del equipo de fútbol más laureado sobre la faz de la Tierra, cuentan también que la directiva de dicho club rechazó de plano tan sustanciosa oferta, será que la cosa del Durex no les acabó de encajar con aquello de que las mocitas madrileñas van alegres y risueñas cuando juega su Madrid] O bien: ¿Qué demonios hace una bebida como San Miguel 0,0 patrocinando al baloncesto, en otro tiempo la ACB, hoy la FEB? (y no, nada tiene que ver que un jugador de ese apellido luzca ese dorsal, dado que no le pagan ni un duro por el detalle) ¿Cómo es posible que un producto apellidado precisamente cero cero no patrocine a la liga de fútbol, siendo como es ese 0-0 el resultado balompédico por antonomasia? [Es más, creo sinceramente que si yo fuera el responsable de publicidad de dicha marca montaría en los campos de fútbol una campaña como esas que montan los burguer en los pabellones NBA… sólo que al revés: en vez de dar dos por uno en hamburguesas si el equipo local pasa de 100, regalaría dos por uno en cervezas (sin) en los bares de alrededor si el partido acaba 0-0. Imaginen ese tiempo de descuento, ese delantero local a punto de marcar el gol de la victoria, esos aficionados debatiéndose entre la alegría de ver ganar al equipo de sus amores o la alegría de que les salga gratis la caña (sin) de después…]

En cualquier caso todos esos patrocinios más o menos atípicos deberían abrirnos los ojos, deberían hacernos entender que hay otros mundos pero están en éste, frase clásica publicitaria que queda muy socorrida en un post dedicado a la publicidad. Si Mahoma no va a la montaña tendrá que ser la montaña la que vaya a Mahoma, si los patrocinadores no vienen al baloncesto tendrá que ser el baloncesto el que vaya a buscarlos donde sea menester. Al cine, por ejemplo. El mundo del cine ha hecho alguna aparición esporádica en las camisetas futbolísticas pero es todavía un territorio inexplorado en las baloncestísticas, y ello cuando hemos visto películas que les habrían venido a nuestros equipos como anillo al dedo, Titanic Barça (en otro tiempo Titanic Real Madrid), Avatar Estudiantes, Men in Black Bilbao (ésta era obvia), Dulce Pájaro de Joventut, Lo Imposible Valladolid, Ninette (y un señor de) Murcia, El Sitio de Zaragoza. O qué decir de esas superproducciones musicales tan en boga en nuestros teatros de la Villa y Corte, imaginen por ejemplo Mamma Mía Real Madrid, Hoy no me Puedo Levantar Baskonia, Los Miserables Valladolid (no se me enfaden, recuerden cómo acaba), Más de Cien Mentiras Estudiantes, Marta Tiene un Marcapasos… no, ésta ya sí que no, sería una crueldad innecesaria endosarle ese nombre a equipo alguno. Todo tiene un límite.

O como dijo aquél, yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto naves en llamas más allá de Orion, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de nosedónde, he visto a un partido político patrocinando a un club deportivo… Créanselo porque es absolutamente cierto, no de forma encubierta sino con total impunidad, que se me enrede ahora mismo el dedo entre las teclas si les miento, sucedió hacia finales de los setenta o principios de los ochenta del pasado siglo, fue en León y el equipo creo recordar que era de voleibol (aunque de esto último ya no estoy seguro), debió quedarse de repente sin espónsor y el partido mayoritario en aquel entonces decidió patrocinarlo, soltarle una pasta a cambio de que luciera en su denominación y en sus camisetas las siglas de la Unión de Centro Democrático. Y así cuando en los telediarios y en los estudioestadios de aquel entonces se daban los resultados del voleibol (sí, en los telediarios y en los estudioestadios de aquel entonces se daban los resultados del voleibol y hasta los de la Liga Nacional de Tenis de Mesa, ya les dije que había visto cosas) aquel equipo era mencionado como UCD León, tal cual aparecía en pantalla… Ergo con ese precedente no hará falta que les cuente el inmenso abanico de posibilidades que se abre ahora mismo ante nuestros ojos: PP Valencia, PSOE Sevilla, CiU Barça, ERC Manresa, IU Fuenlabrada, PNV Bilbao, Sortu GBC, BNG Obradoiro, Coalición (Gran) Canaria… En peores cosas se han gastado en todos estos años el dinero que no tienen, el que reciben de subvenciones y hasta el que les cae del cielo (ese que algunos malpensados llaman financiación irregular), a ver por qué no se habrían de dejar también en nosotros algunos eurillos (siquiera fuera para blanquearlos). Si al fin y al cabo hemos anunciado aseguradoras de dudoso gusto, especuladores inmobiliarios con o sin burbuja, entidades financieras con o sin preferentistas, diputaciones provinciales con o sin presupuesto, si hasta hemos vendido empresas de explotación laboral (ay perdón, quise decir de trabajo temporal, en qué estaría yo pensando), a ver por qué nos habríamos de asustar ahora de tener que vender partidos políticos, conglomerados fraudulentos, organizaciones mafiosas e incluso casas de lenocinio si ello fuera menester (ejemplos todos ellos independientes entre sí, no vayan a pensar que estoy comparando a unos con otros). Recuerden una vez más que la realidad siempre supera a la ficción. Si ya les parece raro todo lo que hemos visto, no quieran ni imaginar lo que aún nos quedará por ver.

el Madrid de los prodigios   Leave a comment

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 15 de noviembre de 2013)

Fui a ver el Real Madrid-Anadolu Efes, y fue como si hubiera ido a ver un Harlem Globetrotters-New York Nationals. Fui a verlo con mi hijo de dieciséis años, basketescéptico (por más que lo he intentado nunca he conseguido inocularle el virus) y realmadridfóbico, que empezó con cara de aburrimiento como diciendo no sé qué pinto yo aquí, quién demonios me mandaría decirle que sí a mi padre cuando me pidió que le acompañara, y que acabó en cambio disfrutando como un loco, poniéndose en pie, jaleando y aplaudiendo cabriolas y arabescos como un niño (como el niño que en el fondo sigue siendo, aunque se resista a reconocerlo). No habría de ser ese el único prodigio de aquella noche…

Fui a ver el Real Madrid-Anadolu Efes y fue como ir a ver un Harlem Globetrotters-New York Nationals, pero no estará de más que delimitemos de qué hablamos cuando hablamos de Nationals. Viejos (y buenos) conocidos como Savanovic, Vasileiadis, Planinic, Barac, un pívot solvente y de gozoso pasado céltico como Semih Erden, dos cotizadísimos americanos (de USA) como Gordon y Hopson más el sólido Dragicevic, más otro par de turcos cocinados a fuego lento en NCAA y que aspiran aún a día de hoy a encontrar su sitio en Europa, el ex Longhorn (de Texas) Dogus Balbay y el ex Mountaineer (de West Virginia) Deniz Kilicli, todo ello amalgamado además por un entrenador de probada solvencia, sin duda uno de los grandes, Oktai Mahmuti. ¿Los Nationals, dice usted? A ver, tampoco nos volvamos locos, en las horas previas y posteriores al partido escuché hablar del Efes como candidato serio a la Final Four, yo no diría tanto, yo lo veo como candidato indiscutible al Top16, como candidato (ya más discutible) a meterse en el playoff de cuartos de final, la Final Four ya me parecen palabras mayores para este equipo. Posible sí, como no habría de serlo. Probable no, en mi modesta opinión. Ahora bien, ¿los Nationals? En otra temporada, en otro momento, este mismo Efes habría podido ocasionar un buen incendio en el Palacio (decir incendio y Palacio en la misma frase suena como jugar con fuego, nunca mejor dicho), habría garantizado un partido igualado al menos. Es más, este mismo Efes bien habría podido provocar ese mismo incendio si su visita en vez de al Palacio hubiese sido al Palau, no digamos ya al Buesa o al Carpena.  Este mismo Efes que se la podría liar a cualquiera fue un vulgar juguete, un mero comparsa, un simple azucarillo disuelto en el agua que le dio el Madrid. Los Estambul Nationals.

Hay mucho de Globetrotters en este Madrid, no ya en su juego ni en sus virguerías ni en las asistencias ni en los contraataques ni en los robos de balón sino en algo mucho más importante que todo eso: la actitud. Esa sensación de ser felices, de disfrutar haciendo su trabajo, de pasárselo deputamadre juntos y transmitir esa misma vibración a todos los de alrededor. Ese situarse casi por encima del bien y del mal, ese mofarse involuntariamente de la autoridad competente como se mofan los Globetrotters de los pseudoárbitros durante su chou, esa simple jugada como metáfora de todo un partido, quién sabe si de toda una temporada: salen a la carrera, el Chacho desde media pista se la pone a Slaughter, éste clava el alley-oop, el Palacio se viene abajo pero llega el árbitro y dice que no, que mire usted, señor Rodríguez, quizá no se diera cuenta pero le hicieron falta al dar el pase así que no vale nada de todo lo que vino después, el Palacio es un clamor, a ese amplio sector del madridismo educado en la ley de la ventaja le cuesta mucho entender que aquí las cosas no sean así. ¿Qué hacer? Dar al replay, otra vez a la carrera, otro cuelgue a Slaughter desde el mismo sitio, otro alley-oop exactamente igual o aún mejor si cabe que el anterior, quienes lo vieran por la tele pensarían que les estaban dando la repetición pero no, ya era otra jugada, la misma y otra a la vez, ahí la llevas Lamonica, si no quieres caldo pues toma dos tazas, a ver si ésta me la anulas también… La locura.

Viendo al Madrid en vivo (viendo cualquier baloncesto en vivo, en realidad) aprecias cosas que a menudo se te escapan por televisión. Aprecias por ejemplo que Laso tenía razón en aquella queja del otro día, mucho contraataque, mucho passing game, mucha orgía y desenfreno, mucho jijí jajá, todo eso es así y está muy bien que nos lo valoren pero no se queden sólo ahí, aquí no sólo atacamos sino que también defendemos, de hecho no podríamos atacar como atacamos si no defendiéramos como defendemos, en realidad todo nuestro juego empieza desde la defensa (evidentemente no lo dijo con estas mismas palabras, pero ustedes me entienden). Y hay defensas y defensas. Hay defensas meramente posicionales, defensas centradas exclusivamente en dificultar las acciones del rival, defensas que si están bien hechas son extraordinarias como no podría ser de otra manera. Pero hay también defensas (llamémoslo así) proactivas, que no esperan al movimiento del rival sino que intentan anticiparse, no esperar a que empiece la jugada sino atacar la génesis misma de dicha jugada, meter mano por doquier, buscar compulsivamente el robo de balón si es preciso. Mérito tiene que lo haga cualquier equipo pero aún más mérito tiene que lo haga un equipo que nunca destacó en estos últimos tiempos por su defensa, un equipo en el que algunos de sus principales jugadores nunca parecieron haber sido llamados por los caminos de la defensa. Otro mérito que adjudicarle a Laso, otro mérito que adjudicarle a un técnico cuyos críticos, empujados por los acontecimientos, por fin parecen haber desaparecido del mapa. Hoy ya no leo madridistas preocupados por las victorias porque así no habrá manera de echarle, hoy ya no leo madridistas festejando las derrotas (lógico, dado que no hay derrotas) porque así quedará menos para que vuelva Obradovic. Estarán todos ellos (supongo) agazapados, esperando que se les presente de nuevo la oportunidad. Que sigan así por mucho tiempo.

Y el Chacho. Qué les digo yo del Chacho que no les haya dicho ya, qué les digo yo del Chacho que no les haya dicho aquí mismo, hace sólo tres semanas. Que si verlo en televisión es una gozada verlo en vivo es gozada y media, que es de locos verle mirando y botando y mirando y trazando líneas imaginarias y mirando y finalmente viendo, viendo lo que nadie más ve, poniéndola donde nadie más la pone, montando un partido tras otro la feria de la asistencia, ésta del derecho, ésta del revés, ésta otra a la esquina, mejor ésta al bies, ésta ya mirando al tendido, ésta casi mejor me la tiro yo que también tengo derecho y como estoy en estado de gracia (más bien mi estado es la gracia, ya de manera permanente) pues también la meto, vaya que si la meto. No descubro nada si les digo que el Chacho es el gran secreto de este Madrid (junto con Bourousis, que también merecería capítulo aparte), pero no estará de más añadir que otro de los secretos es la manera en que el Madrid (es decir Laso) utiliza al Chacho. No se trata de un modelo Papaloukaste quedas ahí cinco minutos en el banquillo estudiando el partido y luego ya entras y la lías, no, es algo de eso pero es también algo mucho más perverso que todo eso, es dejar que el rival se crea todavía en el partido, es empezar las rotaciones, es meter a Sergio como si fuera una rotación más, el de enfrente lo ve venir pero sabe que haga lo que haga será ya demasiado tarde, que en apenas cinco minutos tendrá el partido entero del revés… No es showtime, es chachowtime, me gustaría atribuirme la paternidad de la chorrada pero no lo haré porque no es mía, la descubrí ayer en una web no precisamente madridista sino todo lo contrario, la de la TV3 de CataluñaChachowtime, yo no podría haberlo definido mejor.

Hay equipos que te molestan, equipos que te aburren, equipos que te dejan indiferente, equipos que te gustan, equipos que te entusiasman y luego ya hay equipos que incluso te trasladan a un estatus superior. Una vez escribí que hay equipos que actúan como un reconstituyente: acaba el partido y te sientes mejor, más a gusto contigo mismo y con los que te rodean, rebosante de energía, de vitalidad, de optimismo. Si es verdad aquello de que la felicidad reside en las pequeñas cosas, ésta debe de ser sin lugar a dudas una de ellas. Una vez escribí esto mismo que acaban de leer y no lo hice para elogiar a ningún Madrid sino a otro equipo mucho más modesto, aquella maravillosa Penya de la erre que erreRicky & Rudy team, aquella fantástica criatura de Aíto. Hace ya casi siete años que lo escribí y desde entonces nunca he tenido la tentación de volver a escribirlo, no desde luego para glosar las virtudes de ningún equipo de este lado del Atlántico, quizá sí para glosar las de alguna universidad yanqui o las de los actuales Warriors de Golden State. Hasta hoy. Hoy estamos de nuevo ante un equipo cuyo juego nos devuelve la alegría y hasta las ganas de vivir, en el supuesto de que las hubiéramos perdido alguna vez. Y eso en estos tiempos que corren de crisis, paro y mierda por doquier, en estos tiempos de baloncesto adocenado en que los equipos se parecen los unos a los otros como gotas de agua, créanme que es un auténtico lujo que no podemos dejar pasar. Una rara especie que deberíamos proteger.

Y aún hay algo más, hay algo perverso en este Real Madrid de los prodigios, algo que diferencia a los buenos equipos de los verdaderamente grandes. La capacidad de ser no necesariamente amados pero sí admirados, no ya por los propios (que eso no tiene ningún mérito) sino también (y sobre todo) por los extraños. No haré comparaciones odiosas, no sacaré a relucir al Barça de Guardiola como ya alguno ha hecho por ahí con dudoso gusto, aquello fue cuestión de varios años y un montón de títulos, esto otro está en pañales todavía. Pero sí es verdad que este Madrid está empezando a generar entusiasmos incluso entre los no madridistas, véase la muestra, no diré que incluso entre los antimadridistas porque eso ya sería decir demasiado. La prueba irrefutable de que ganar, aún con ser importante, no es necesariamente lo más importante. Ganar sin enamorar es para fanáticos, enamorar sin ganar es para románticos, ganar y enamorar a la vez es para todo dios. Incluso para aquellos que jamás se habrían imaginado a sí mismos enamorándose de ver jugar (y ganar) al Real Madrid.

Sólo una sombra en medio de tanta euforia, y es precisamente esa misma, la euforia. La euforia desmedida no se puede controlar, pero esa misma euforia desmedida en una institución obligada a ganarlo todo puede resultar muy peligrosa. El año pasado el Madrid ganó la Liga y jugó la Final de la Euroliga, entonces fue suficiente pero tengo claro que este año ya no lo va a ser. Todo lo que no sea ganar la Euroliga será considerado (en base a los códigos del madridismo) como un fracaso, ya habría sido así antes, no digamos ya ahora ante esta catarata de baloncesto. Y esta Euroliga tiene muchos, pero muchísimos novios, el CSKA de Messina, el bicampeón Olympiacos, el sempiterno Panathinaikos, el mismísimo Barça, no digamos ya ese Fenerbahçe de un Obradovic que no tiene por costumbre perder euroligas, tanto menos en su primer año en cada equipo que entrena. Una mala tarde y se va todo al garete, una crisis puntual y se te vuelve todo del revés, cuanto más arriba estés más dura será la caída. Este Madrid está jugando que te cagas pero no estará de más recordar que aún estamos en noviembre, ya hace dos años se salió en noviembre y luego tras ganar la Copa le sobrevino el bajón, ya el pasado año se salió en noviembre y le sobrevino el bajón a la altura de la Copa aunque consiguiera reponerse después. ¿Es posible ser sublime sin interrupción, vivir eternamente instalado en pleno éxtasis, permanecer en este estado de grandeza hasta mayo, quizás hasta junio? Ese sí sería el mayor de los prodigios. Asúmanlo, cuando empiezas mal el año luego cualquier cosa que consigas te la van a dar por buena (véase el Barça de la pasada temporada), en cambio si lo empiezas de manera sublime todo que luego consigas (aún por mucho que sea) siempre va a parecer poco. He ahí el peligro. Al otro lado de la felicidad siempre reside el miedo, a más felicidad más miedo, cuanto más felices somos más tenemos que perder. Téngase muy en cuenta.

Pero como dijo aquel, que les quiten lo bailao. Lo bailao por ejemplo en aquel miércoles 13 de noviembre en que fui con mi hijo a ver un Real Madrid-Anadolu Efes y fue como cuando aquella tarde de hace seis años y medio le llevé a ver a los Harlem Globetrotters, también obviamente a los New York Nationals. Con una sutil diferencia, que aquellos eran los Globetrotters de verdad aunque su baloncesto fuera de mentira, éstos de blanco en cambio eran unos Globetrotters de mentira pero su baloncesto no podía ser más de verdad. La pura verdad. Ojalá siga siéndolo por mucho tiempo.

estado de gracia   4 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 24 de octubre de 2013)

A veces me pregunto cuánto tiempo necesita permanecer un jugador en estado de gracia para que deje de decirse que está en estado de gracia. Me explico (o lo intento): de los grandes jugadores (o de los grandes en cualquier otra disciplina) nunca se dice que estén en estado de gracia, se dice que son buenos y punto, la gracia se les da por supuesta, se presupone que la gracia es su estado natural. Esa expresión, estado de gracia, no sería entonces para los sublimes sino para los normales, profesionales corrientes y molientes, jugadores del montón que de repente un día, dos o tres se salen de la norma, razón por la cual diremos que han entrado en estado de gracia. Pero eso, una semana, un mes, un año y medio… ¿Un año y medio?

Sergio Rodríguez, base del Real Madrid, explotó de repente en los playoffs de 2012, primero en la semifinal ante el Baskonia y luego en la Final contra el Barça, razón por la cual empezamos a escuchar una y otra vez que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez se ganó el derecho a ser llamado a la Selección y jugó a buen nivel en los Juegos Olímpicos de Londres, luego volvió al Madrid y comenzó extraordinariamente bien la temporada 2012/2013, razones todas ellas por las que seguimos escuchando que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez realizó un temporadón excelso que culminó en un título de Liga y una Final de Euroliga, Sergio Rodríguez para algunos (entre los que me cuento) se habría merecido mucho más el MVP que su compañero Mirotic… y con todo y con eso aún tuvimos que escuchar que seguía en estado de gracia. Sergio Rodríguez fue tal vez el mejor hombre de la Selección en el Eurobasket de Eslovenia, se echó el equipo a la espalda cuando nadie más lo hacía y todo lo que consiguió a cambio (además de un bronce) fue seguir escuchando que estaba en estado de gracia. Sergio Rodríguez ha empezado como un tiro la temporada 2013/2014, está incluso mejorando sus casi inmejorables prestaciones de hace meses, está consiguiendo que hasta aquellos que siempre le negaron el pan y la sal le empiecen a reconocer sus méritos (no digamos ya los que siempre se los reconocimos)…. y por increíble que parezca, aún hoy el denominador común de todas las crónicas y de todas sus menciones sigue siendo que está en estado de gracia. Qué gracia.

En otros la gracia es la norma, un mal partido apenas es una excepción. En cambio en Sergio la gracia parece ser la excepción (¿año y medio de excepción?) luego habremos de concluir que la desgracia sería su norma. ¿En serio? Es como si se hubiese quedado instalado ya para siempre en su etapa negra, sus años con McMillan, su tiempo con Messina, como si no hubiese existido el antes y sobre todo no existiera el después, como si el de Portland (y Sacramento, y Nueva York) fuese el Sergio real y éste de ahora fuese el Sergio virtual. Como si en cualquier momento se pudiera romper el hechizo. Cualquier gran jugador puede hacer un mal partido, dos, tres, y no por ello dejará de ser un gran jugador. Esperen a que Sergio haga un mal partido, sólo uno, y ya verán cómo tendremos que escuchar que se acabó su estado de gracia. Como si no fuese sino que estuviese (ventajas de tener un idioma que distingue entre ser y estar), como si nos lo hubiesen instalado ya para siempre en la temporalidad. Otros son buenos fijos, por mucho que la caguen no dejarán de serlo, en cambio a Sergio parece haberle sido asignado el papel de bueno provisional, por muy bien que lo haga incluso durante años enteros seguirá estando bajo la lupa, seguirán impidiéndole ascender a la categoría superior. Seguirá examinándose partido a partido, seguirá saliéndose partido tras partido, seguiremos repitiendo todos como papagayos partido tras partido que está en estado de gracia. Bendita gracia.

Quizás aquella presunta desgracia (por contraposición a esta gracia) naciera en Portland, hace ya unos cuantos años. Allí se juntaron el hambre y las ganas de comer, se juntaron un Sergio tan talentoso como inmaduro y un Nate McMillan tan buen entrenador como cuadriculado a más no poder. Que a Sergio el baloncesto se le salía por los poros lo sabíamos ya desde hace tiempo, desde aquel inolvidable Eurobasket Sub18 de Zaragoza 2004, desde antes incluso, desde aquella última canasta del último minuto del último partido de la Final ACB 2004. A Sergio el baloncesto se le salía por los poros pero ése con ser su principal valor era también su gran problema, su incapacidad de administrar esa segregación. Sergio era un potro sin domar, si estaba inspirado era incomparable, si estaba atravesado te podía meter en un lío. McMillan habría pasado de él si le hubieran dejado pero como no le dejaron decidió domesticarlo, con poco ahínco esa es la verdad dada la poca fe que tenía en él. Nada que pudiera sorprendernos, cualquiera que hubiera conocido al Nate McMillan de los Sonics y conociera ahora a este Sergio sabría que nunca hubo dos bases más contrapuestos en toda la historia de la humanidad.

Y para domesticarlo (o así) recurramos a aquella vieja táctica del palo y zanahoria. Mucho palo y muy poca zanahoria, para ser exactos. Te pongo unos minutos, podría aguantarte un rato en cancha aunque la cagues pero no, el mensaje que te transmito es exactamente el contrario, en cuanto pierdas un balón, hagas un mal tiro o se te escape tu defendido te volverás al banquillo echando viruta. Sergio se acostumbró a jugar un día tras otro, un mes tras otro, un año tras otro con la espada de Damocles permanentemente instalada sobre su cabeza. El más mínimo error le condenaba de inmediato al banquillo, acaso ya por lo que restara de partido, acaso también para el partido siguiente. Para algunos ésta será la quintaesencia del buen entrenador, la letra con sangre entra como si dijéramos, las imprudencias se pagan como diría la DGT. Acaso algunos ingenuos pensáramos que la forma de aprender de tus errores no debería ser mediante el castigo sino mediante la confianza, si juegas pensando que al primer fallo ya te van a sentar jamás serás libre, jamás disfrutarás, en el mejor de los casos te convertirás en un adocenado incapaz de arriesgar, en el peor la presión de fallar te hará fallar más todavía. Acaso algunos ingenuos pensáramos lo que no debíamos, quién nos mandará pensar.

Tras aquel páramo de Oregon vinieron aquellos dos breves espejismos de Sacramento y Nueva York. Algunos creyeron que con el carapasmao de Westphal o el desbaratao de D’Antoni las cosas serían diferentes, yo no, yo me temí lo peor y por una vez (y por desgracia) acerté. De la capital de California sacó una gran amistad con el Chapu a la par que dejó un buen recuerdo, aún este verano se podía leer en las webs locales que Greivis Vásquez iba a ser el primer base pasador de la franquicia desde que se marchó Sergio Rodríguez; de la capital del mundo no sacó ni eso siquiera, cuentan que al acabar aquella temporada le ofrecieron (no sé si con mucho ahínco) un contrato que probablemente le habría convertido en el suplente del suplente, eso en el mejor de los casos. Era el momento de dejarlo, con gran dolor de su corazón. Sergio amaba la NBA sobre todas las cosas, Sergio en sus años mozos (según confesión propia) se pasaba madrugadas enteras en vela viendo partidos históricos en el Plus, Sergio se marchó luego a la NBA en cuanto pudo y vio así sus sueños convertidos en realidad. Apenas necesitó unos pocos años para comprender que la realidad rara vez se parece a los sueños.

Cambiar la NBA por la ACB fue como salir de Málaga para entrar en Malagón, como pasar de Guatemala a Guatepeor, como cambiar a McMillan por Messina.  No me interpreten mal, en realidad sólo fue una cuestión de incompatibilidad de caracteres. O de maneras de entender el baloncesto, más bien. Y miren que algunos ya lo intuimos aquel mismo verano, de hecho hasta se nos vinieron a la cabeza algunos versos de su inmenso (en varios sentidos) paisano Caco Senante. Senante era el autor de aquella canción con la que le había rebautizado el gran Montes, Mojo Picón, Mojo Picón, la rica salsa canaria se llama Mojo Picón, pero no era precisamente de esa canción de la que yo me acordaba aquel verano, sino de otra mucho más triste…

Se te adivina al caminar con ademanes de cansado.
Cansado de no ver el mar, de respirar aire viciado.

Parece que la gran ciudad te está intentando destruir
y te amenaza en cada esquina.
Y que ese mundo de hormigón, de ruido, asfalto y polución,
de golpe, se te viene encima.

Al contemplarte, creo ver, ave de mar en tierra adentro,
que quiere a la costa volver y anda buscando su momento.

No te consigues habituar a esta manera de vivir
y ya te invade la añoranza.
Y estás pensando en regresar para la tierra, a trabajar,
y eso mantiene tu esperanza,………te digo

Qué es lo que haces tú aquí, una gaviota en Madrid.

Una gaviota en EL Madrid, más bien. Un espíritu libre en el prieto corsé de Messina. Más palo y más zanahoria (mucho palo y muy poca zanahoria), más espada de Damocles, más y más de aquella vieja dinámica macmillaniana, entras-la cagas-sales, te pongo-me fallas-te quito, así una vez tras otra hasta el fin de los tiempos. Otra vez la presión añadida de que cualquier fallo signifique banquillo (bronca mediante), otra vez sin derecho al error. Messina es un gran entrenador, qué duda cabe, pero pertenece a esa categoría de grandes entrenadores que sólo entienden el baloncesto de una única manera, casualmente la suya propia. Todo lo que se sale de la norma (su norma) debe ser considerado sospechoso, por definición. Messina estaba acostumbrado a que en Moscú le dieran todo lo que pidiera, en cambio en Madrid le dieron sólo algo de lo que pidió (que fue bastante más de lo que le habían dado a su antecesor, por cierto) y mucho de lo que no pidió ni por asomo. Entre lo que no pidió ni por asomo estaba Sergio. Una gaviota difícilmente podrá volar si le cortan las alas, aún menos si la encierran en una caja. Hasta un ciego veía que aquello jamás podría funcionar. Sólo era cuestión de tiempo.

¡¡¡Se bota para penetrar a canasta, si no se pasa!!!, aún retumban en mi cabeza aquellos gritos de Messina al Chacho en vaya usted a saber qué tiempo muerto. Aquellas palabras siempre me parecieron un perfecto ejemplo de rigidez. En principio (sin tener en cuenta al jugador, sin tener en cuenta la situación, ni las circunstancias) puede ser una adecuada filosofía, qué duda cabe. Un base que bota y bota porque sí, con el yoyó puesto como si dijéramos, es manifiestamente contraproducente: adormece los ataques, fija las defensas, entontece a los compañeros, arruina las posesiones. Pero es que Sergio Rodríguez no entra en esta categoría, no se corresponde en absoluto con ese perfil. Sergio no paraliza el juego de su equipo sino que lo dinamiza, Sergio jamás bota por botar, Sergio bota y procesa, busca ese pase definitivo que saliendo de sus manos no es pase sino pre-asistencia, el pre sólo en función del posterior acierto de su receptor. Y si no lo encuentra, o reinicia o se la juega: o desde fuera (cada vez más desde fuera, cada vez mejor desde fuera) o para adentro. Claro está, ése del que les hablo es el Sergio desinhibido que hace ya casi diez años conocimos y también el que hoy (re)conocemos, ése no era en ningún caso el Sergio maniatado y cohibido de Messina ni el de McMillan. Un Sergio antinatural, un Sergio reprimido y por ello también deprimido. A la fuerza ahorcan.

Se fue (traumáticamente) Messina, se quedó Molin, se fue Molin, llegó Laso. Aunque Laso no hubiera ganado una Liga, una Copa y dos Supercopas, aunque no hubiera alcanzado una Final de Euroliga, aunque su equipo no jugara como los ángeles, aunque no hubiera ningún otro mérito que reconocerle siempre nos quedaría reconocerle el mérito de haber recuperado para la causa a Sergio Rodríguez. ¿El secreto? Obviamente no lo sé, no estoy ahí para saberlo. Puedo pensar que algo tendrá que ver el hecho de que Pablo Laso también fuera base, y cuando digo base quiero decir base: no un gladiéitor defensivo en plan McMillan sino un director de juego en toda regla; menos creativo que Sergio, más seguro que Sergio, tan buen pasador como Sergio. Algo tendrá que ver, seguro, pero aún más tendrá que ver otro concepto mucho más sencillo: confianza. Tan simple como eso, darle confianza. O aún mejor: no darle desconfianza. Que por primera vez en muchos años sintiera que podía arriesgar sin temor a las represalias, que perdiera de una vez por todas el miedo a equivocarse, que su permanencia en cancha ya no dependiera por fin de que la cagara o la dejara de cagar. Tan simple como eso.

Hoy nos puede parecer que todo su tiempo con Laso fue un camino de rosas, pero nada más lejos de la realidad. Los primeros meses fueron duros, no por Laso ni por él sino porque el proceso de descompresión requiere tiempo, no se sacude uno las telarañas de un plumazo así como así. Había que quitarse la escayola, el acartonamiento, la represión, había que dejar que poco a poco fueran volviendo aquellas viejas sensaciones de antaño, que el baloncesto volviera a fluir en su interior… Requiere tiempo y paciencia, pero el tiempo y la paciencia no son conceptos fáciles de manejar en una institución permanentemente instalada en la urgencia como es el Real Madrid. Cortoplacismo, que se dice ahora. Hacia mediados de la temporada 2011/2012 resultaba ya evidente que Laso había recuperado a Sergio, aunque éste aún no fuera el que hoy conocemos ni siquiera el que un día conocimos. Pero estaba en el buen camino, aquello sólo podía ser el principio de una hermosa amistad… y sin embargo era un secreto a voces que el Madrid ya tenía apalabrado a Dontaye Draper, y que éste no venía porque sí sino que venía precisamente para ocupar el puesto de Sergio Rodríguez. Sergio entró en los playoffs de 2012 convencido de que le iban a largar, convencido estaba él y convencidos estábamos también todos los aficionados al baloncesto (que lo entendiéramos o no ya era otra historia). Apenas unas semanas más tarde entró en estado de gracia. Y hasta la fecha.

Nunca dejes que te cambien, cuentan que alguien se lo dijo una vez (y evidentemente no se refería a que le sustituyeran sobre la cancha sino a que le cambiaran su forma de ser, su manera de jugar). Quien se lo dijo sabía bien de qué hablaba, lo sabía por propia experiencia, se llamaba (se seguirá llamando) Iván Corrales, otro espíritu libre (incluso demasiado), todo un personaje sobre la cancha y acaso también fuera de ella, muchos entrenadores se empeñaron en domesticarlo, alguno finalmente lo acabó consiguiendo y el remedio fue mucho peor que la enfermedad, aquel Corrales desbocado se nos fue diluyendo poco a poco hasta acabar quedándosenos prácticamente en nada. No fue un caso aislado, comparen por ejemplo a aquel explosivo Jason Williams de sus comienzos con aquel otro Jason Williams casi funcionarial (en el peor sentido del término) de sus últimos años. O a Luke Ridnour, hoy un base anodino en NBA pero al que algunos recordamos epatándonos en la Universidad de Oregon, créanme si les digo que era fantasía pura. Ellos dejaron que les cambiaran, no por gusto sino porque de ese cambio dependía que pudieran ganarse (muy bien) la vida jugando a esto. Cuántos no se habrán quedado en el camino, simplemente por no dejarse domesticar…

Claro está que hay librepensadores y librepensadores, también en lo que respecta a la dirección de juego. En mis lejanos tiempos del colegio me decían que no hay que confundir la libertad con el libertinaje (que nunca supe lo que era), también que la libertad de uno acaba donde empieza la libertad de los demás (o viceversa). La libertad de un base acaba donde empieza la de sus compañeros. A menudo metemos en el mismo saco al base hipercreativo que juega sólo para sí mismo y al base hipercreativo que pone su excelsa creatividad al servicio del equipo, como si ambos excesos fueran lo mismo. No es lo mismo, no puede ser lo mismo. El libertinaje en la dirección de juego suele ser tóxico, la libertad puede ser maravillosa. Y sin embargo hay entrenadores incapaces de distinguir entre uno y otro concepto, quizá porque en el fondo les dé miedo todo aquello que se escape de su control. Afortunadamente no son todos, ni la mayoría siquiera: muchos sí separan la paja del grano, muchos no consideran el talento como algo sospechoso sino como algo que se puede (se debe) encauzar. Sergio Rodríguez gastó media carrera deportiva en el empeño pero finalmente acabó encontrando la horma de su zapato. Gracias a Laso, también (y sobre todo) gracias a sí mismo, acabó casi resolviendo la cuadratura del círculo: el equilibrio imposible entre ser más Chacho que nunca, no dejar que le cambiaran (y no será porque no lo intentaron algunos) y que sin embargo todo ese desparrame de talento ya no despertara sospechas, que fuera visto por fin como algo positivo para su equipo, que provocara de una vez por todas la admiración general. Todo su baloncesto puesto al servicio de una idea, toda una idea hecha a imagen y semejanza de su baloncesto. Por fin.

Me van a permitir que me tire al barro. Estoy convencido de que al final de su carrera (pongamos dentro de ocho o diez años) Sergio Rodríguez estará considerado como uno de los bases de referencia del baloncesto europeo. Al mismo nivel de consideración que hoy podamos sentir hacia (fíjense qué nombres pongo) Diamantidis, Spanoulis o incluso Papaloukas, que sean los tres de la misma nacionalidad es una mera casualidad. Tres bases (dicho sea de paso) de quienes nadie dijo ni dirá jamás que estén en estado de gracia,, ellos no están sino que son. En condiciones normales (si no hay lesiones ni caídas insospechadas, si no se se cruza otro técnico represor en su camino por uno de esos avatares del destino) el Chacho de treintaitantos será aún mejor que este mismo Chacho de 27 que hoy conocemos: menos pujante físicamente (es ley de vida) pero mucho más maduro, más equilibrado y no por ello menos atrevido. Llegará el día en que le nombren el mejor base de Europa, llegará el día en que despierte murmullos de admiración en todo el Continente, llegará el día en que se nos caiga la baba con él (aún más que ahora)… y sin embargo es muy probable que para entonces aún tengamos que seguir escuchando esta misma retahíla, que lo que pasa con Sergio es que está en estado de gracia, mire usted. ¿Cuántos años de estado de gracia serán necesarios para la gracia deje de ser un estado y se convierta por fin en su condición natural? Esperemos averiguarlo algún día…

SuperPOCA   3 comments

Poca promoción: Conozco aficionados al baloncesto, seguidores habituales de la ACB, que se enteraron por pura casualidad (o por Twitter, que viene a ser lo mismo) el mismo viernes por la tarde de que se estaba disputando la Supercopa ACB. Es posible que ni recordaran que existía, o es posible que la asociaran con el fin de semana y pensaran que sería en sábado y domingo, yo que sé. La clandestinidad empieza a ser nuestro estado natural, cada año un poco más si cabe que el anterior. Luego la final fue un Madrid-Barça y se paró el mundo (*) pero antes de las semifinales no se enteró ni dios, entre otras cosas porque tampoco se acordó de anunciárnoslas ni dios.

[(*) No lo vi, y no me gusta escribir de lo que no veo. Pero sí quiero dejar constancia de que el pasado viernes, aproximadamente entre las 22:30 y las 23:00, hubo quejas en Twitter de espectadores de TVE1 que dijeron haber visto una promo en la que se anunciaba para la tarde siguiente la retransmisión del partido Real Madrid-Barcelona, final de la Supercopa ACB. A esas horas del viernes el Barça todavía estaba jugando con el Baskonia, estaba ganando al Baskonia pero todavía no había ganado al Baskonia. Si así fuera me resultaría inconcebible, me parecería una estremecedora falta de ética anunciar ya un partido entre dos equipos cuando aún no ha acabado de clasificarse uno de ellos, simplemente porque al tratarse de un Madrid-Barça perdamos el culo por venderlo. Para promociones así casi prefiero que no haya promoción, francamente. Repito: si así fuera, que yo verlo no lo vi]

Poca claridad: no resulta fácil para el común de los mortales entender por qué la Supercopa la juegan determinados equipos y no otros. Ésta vez no fue una excepción, y no faltaron los que se preguntaron el mismo día de las semifinales (antes ni sabrían que existía) qué demonios pintaban allí Baskonia y Bilbao Basket en lugar de (por ejemplo) CAI y Granca, tercer y cuarto clasificado respectivamente de la pasada Liga. A ver, yo a estas alturas ya me conozco el truco, y no tengo el menor inconveniente en compartirlo con ustedes: la Supercopa la juegan, por definición, el campeón de liga, el campeón de copa, el equipo más destacado en competiciones europeas (signifique lo que signifique eso) y el anfitrión. Es decir, la de este año la jugaron el Madrid (campeón de liga), el Barça (campeón de copa), el Baskonia (anfitrión) y el Bilbao Basket, que llegó a la final de la Eurocup (obviamente el Madrid y el Barça también llegaron a la Final Four de la Euroliga, pero ellos ya estaban clasificados por otras vías). Nada que reprochar pues en base a la reglamentación. Ya otra cosa será que sea lógica o ilógica dicha reglamentación. Y ya otra cosa será que se le dé la debida publicidad a dicha reglamentación, para que la gente sepa a qué atenerse cuando lo ve.

Poca gente: si montas este tinglado en una ciudad relativamente pequeña pero que tiene un equipo realmente grande, cuyos aficionados llevan viendo baloncesto de élite desde tiempo inmemorial, es más que probable que (fuera del partido de su equipo) sólo acudan a presenciarlo cuatro gatos. Y si encima su pabellón es inmenso, es aún más probable que esos cuatro gatos acaben pareciéndonos apenas gato y medio. Yo el pasado viernes lancé en Twitter una idea que obtuvo respuestas encontradas, pero como no escarmiento la lanzaré también aquí: montar la Supercopa en ciudades que no tengan ni hayan tenido nunca baloncesto ACB, que haberlas hay unas cuantas y algunas bien grandes por cierto: Vigo, A Coruña, Oviedo, Santander, Pamplona, Palma de Mallorca, Córdoba, Cádiz, tantas otras. No haría falta un pabellón de 15.000 espectadores, la Supercopa no es la Copa, no arrastra aficiones de otros lugares, con uno de 4.000 ó 5.000 sería más que suficiente. Añádanle una adecuada promoción (con fan zone y demás actividades alternativas) y una adecuada política de precios (que no están los tiempos para excesos) y no me cabe la menor duda de que la ciudad en cuestión se volcaría ante la posibilidad de ver por fin al lado de su casa a los mejores equipos ACB, Madrid y Barça incluidos por supuesto, faltaría más. Miren, señores de la ACB (en el supuesto de que quede alguno), no es por establecer comparaciones odiosas con la dichosa Ruta Ñ de mis pecados pero habremos de reconocer que en esto de vender el producto y abrir nuevos mercados la FEB les da cienmil vueltas. Hagan algo, lo que sea, cualquier cosa excepto volver a transmitir (precisamente en el torneo que da inicio a la temporada, el que debería servir de plataforma de lanzamiento para todo lo demás) esta misma imagen de desolación.

Poca televisión: hubo un tiempo en que una semifinal la daba la estatal y la otra las Autonómicas, hubo un tiempo en que el concepto Autonómicas englobaba a un amplísimo segmento de población, hubo un tiempo en que no había crisis y aún atábamos a los perros con longaniza, también en lo que se refiere a televisión pública. Hoy dices que determinada semifinal la dan las Autonómicas y eso lo más que significa es que tres o cuatro comunidades la verán en directo (en algún caso por canales realmente insospechados), que otras dos la verán en diferido (bien entrada la madrugada, a ser posible) y que el resto (y ese resto incluye a Andalucía, Madrid, las dos Castillas, Asturias, Cantabria, Navarra, La Rioja, Baleares, Murcia, Extremadura, no sé si me dejo alguna) habrán de encomendarse a esa extraña cosa llamada Orange Arena (y rezar lo que sepan, por supuesto). Siempre hubo ciudadanos de primera y otros de segunda en lo que a televisión se refiere; nunca como ahora fue tan pequeña la primera ni tan grande la segunda.

Poca modernidad: me duelen ya los dedos de teclear siempre lo mismo, pero aún así tendrán que aguantármelo otra vez: en NCAA y/o NBA cualquier amago de atisbo de sospecha de presunto mal uso de los codos o de cualesquiera otras partes del cuerpo hace que los árbitros se tiren no menos de diez minutos viendo repeticiones junto a la mesa de anotadores, así hasta tener toda la información que les permita adoptar una resolución justa. Aquí en cambio puede montarse una pseudo-reyerta como la que se montaron Sada y Carroll, puede hasta formarse una trifulca posterior que apenas deje ver nada y aún así los árbitros tendrán que seguir tomando su decisión por ciencia infusa, como si aún no estuviéramos en el siglo XXI, como vinieron haciéndolo toda la vida de dios. Vale que aquí las realizaciones no son las de allí (ni de lejos) pero al menos esta vez no podremos decir que no se lo curraran, nada que reprochar en esta ocasión a TVE, hasta recortaron la señal en el descanso pero ese no fue el problema, el problema es que aquí la instant replay ni está ni se la espera. Allí, a donde no llega la visión del árbitro llegan las repeticiones. Aquí, a donde no llega la visión del árbitro llega la imaginación.

Poca fe (y no me refiero a aquella Fe López a la que seguimos echando de menos, sino a la poca fe que tienen ustedes en sus propios productos): durante muchos años hubo concurso de mates y triples, luego desaparecieron y finalmente reaparecieron el pasado año… en la clandestinidad. Un miércoles por la mañana, en el patio de Endesa y exclusivamente para los trabajadores de la empresa, esa a la que este año no se han atrevido a volver no fuera a ser que esos mismos trabajadores les montaran el pollo por la negociación de su convenio colectivo.Josh-Ruggles-640x359 De los mates nunca más se supo pero al menos los triples salieron del hoyo, este año volvieron al evento supercopero lo cual está muy bien… pero eso sí, con disimulo, a escondidas, no fuera a ser que la gente se enterara. No como un evento que merezca ser visto en sí mismo sino como un mero divertimento para entretener al espectador hasta que empiece la final. No como dos buenos platos de una misma comida (uno más ligero que el otro, eso sí) sino como un mero aperitivo, poca cosa, si acaso unas aceitunillas para abrir boca, de esas que en vez de servirse en el salón se sirven a la entrada, de esas que en vez de servirse en TVE1 con el plato principal se sirven en las catacumbas de Teledeporte. En el pecado llevaron la penitencia: probablemente el mejor concurso de triples que recuerdan los tiempos fue a disputarse sin que casi nadie lo supiera, sin que hubiera casi ni un alma en el pabellón. Estarán contentos.

Poca pasión: más de lo mismo, Arseni Cañada (yo sigo echando de menos a Lalo Alzueta) y Juanma Iturriaga, no es ni de lejos el peor escenario posible pero tampoco el mejor, ni mucho menos. Itu está pidiendo a gritos (aunque no se le oiga) alguien que le complemente, que aporte algo más que chispa, que explique conocimientos técnicos y lo haga además con amenidad, a ser posible. Así que llegados a este punto, señores de la ACB (si es que queda alguien por ahí), me van a permitir que les haga una sugerencia: creo que la solución la podrían tener ahí mismo, a la vuelta de la esquina o para ser más exactos al otro lado del pupitre: Antonio Rodríguez. Sabe de esto más que (casi) nadie y es capaz de contarlo además con una pasión que para sí la quisieran muchos otros que viven de esto, véanse cualquiera de los cientos de partidos que comentó en su día para el Plus si quieren comprobarlo. Me le tienen ahí al lado haciendo labores de documentación y/o intendencia, escribiendo además artículos para su Espacio Liga Endesa (que igualmente podría seguir haciéndolos), lo tienen a güevo, ofrézcanle un micrófono y de inmediato mejorarán (con creces) el producto. Ustedes mismos.

Poca formalidad: si retransmites la final de cualquier competición debes ofrecer además la ceremonia de entrega de trofeos de dicha competición. Tanto me da que sea la final del Mundial de fútbol, la final de la Supercopa Endesa o la final del Trofeo de la Galleta de Aguilar de Campoo, lo mismo me da que me da lo mismo, una final no está completa si no están también los abrazos, las medallas, la (super)copa. Ya me pareció mal que hace dos semanas Sánchez y Daimiel despidieran perdiendo el culo la conexión tras la final del Eurobasket (no fuera a resentirse la portentosa audiencia de Cuatro) y mandaran la entrega de medallas a Energy, pero al menos quienes quisimos verla pudimos irnos también a Energy. Ayer no. Ayer según acabo la final tuvo que entrar el sacrosanto Telediario, no iban a hacerle esperar cinco minutos, faltaría más, hasta ahí podíamos llegar. Claro que también podrían haber hecho lo que sus colegas y mandar la ceremonia a Teledeporte pero eso habría resultado demasiado fácil, allí estaban dando tenis (casualmente) y tampoco era cuestión de molestar, casi mejor comámonos la ceremonia con patatas y tranquilicemos a la audiencia diciéndola que luego ya si eso durante el Telediario a lo mejor ofreceremos las imágenes… Qué quieren que les diga, me parece una falta de respeto: para los aficionados del equipo ganador en particular y para los aficionados al baloncesto en general.

Poca emoción: el buen concurso de triples y la magnífica final me reconciliaron un poco con el baloncesto al acabar el sábado, lo cual me resultó muy reconfortante teniendo en cuenta que 24 horas antes había acabado la del viernes sumido en la depresión profunda. Sé que me repito (y por eso no dedicaré al tema un post entero, sino sólo este párrafo) pero me lo tendrán que leer una vez más: vamos camino de una liga de dos o lo que viene siendo lo mismo, dos ligas, una por los dos primeros puestos y la otra por los puestos del 3 al 18. Vamos camino de reproducir fielmente en el baloncesto el modelo del fútbol, esa que llaman liga escocesa aunque ya el concepto se haya quedado caduco porque a día de hoy ya no hay dos grandes en Escocia sino uno. Vamos camino de reproducir fielmente en el baloncesto el modelo de la vida cotidiana (tampoco íbamos a ser una excepción): la clase alta cada vez más alta, la media-alta cada vez más media, la media cada vez más baja, la baja cada vez más cerca de la desaparición. El Barça y el Madrid siempre fueron favoritos pero hubo un tiempo en que supimos que les podía ganar (casi) cualquiera, no ya un partido puntual sino una serie de playoffs o incluso una liga entera. Hoy en cambio la brecha se nos va haciendo cada vez más y más grande, habrá quien esté encantado con ello (me consta que los hay, y no son pocos) pero a mí me duele en el alma ver cómo se nos va muriendo cada día un poco más (por si no viniera ya bastante muerta de serie) esta gran competición.

la canasta que venció al fútbol   2 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 10 de julio de 2013)

(Aclaración previa: lo que van a leer a continuación rememora un suceso acaecido el 4 de junio de 1983, razón por la cual este texto debió haber visto la luz el 4 de junio de 2013 para conmemorar su trigésimo aniversario. Pero se me fue el santo al cielo. En aquellos días andaba yo más pendiente de otros aniversarios, estaba además convencido de que esto que ahora les contaré había sido a finales de junio y no a primeros, cuando finalmente fui a mirar la fecha me quedé de piedra. En fin, en estos casos solían decir mi madre y mi abuela que todos los santos tienen octava, lo cual no sé muy bien lo que significa pero era su manera de explicar que tampoco pasa nada por conmemorar una efeméride unos cuantos días después. Me pongo a ello, ustedes me lo disculpen…)

Dado que antes de 1983 fue 1982 (parece obvio), quizá no estará de más que empiece dándoles un breve paseo por ese año para ponerles en antecedentes de lo que sucedió al año siguiente. En 1982 se celebró en este país un Mundial de Fútbol que de alguna manera significó un antes y un después: antes fue la expectación, la parálisis total alrededor de dicho acontecimiento, la sensación de que nos disponíamos a asistir a un suceso irrepetible dado que no estábamos acostumbrados a organizar eventos de semejante calibre; después fue el hastío de fútbol, el hartazgo, el mal sabor de boca que nos quedó a todos tras un Mundial que fue un fracaso en lo organizativo y un fracaso aún más estrepitoso en lo deportivo, baste con recordar que nuestra selección ni siquiera fue capaz de ganar a Honduras o Irlanda del Norte. Por primera (y última, y única) vez la población parecía harta de fútbol, algo a lo que también contribuía el eterno caos que se había instalado alrededor de dicho deporte. En aquellos tiempos, por increíble que hoy nos pueda parecer, llegaríamos a vivir una temporada ciega: casi hasta el final no se televisaría ni un solo partido y durante buena parte de ella no se verían ni resúmenes siquiera, debido a la manifiesta incapacidad de las partes (Federación Española, Televisión Española) para ponerse de acuerdo. Y créanme que no hubo constancia de que nadie se suicidara por ello…

Y en éstas estábamos cuando en agosto de aquel mismo año de gracia de 1982 empezaron a llegar magníficas noticias de una lejana ciudad colombiana llamada Cali, donde otros jóvenes que no jugaban al fútbol empezaban a reconciliarnos con el concepto selección. Selección de baloncesto, en este caso. Toda la vida recordaré aquella madrugada de agosto que mi hermano y yo nos pasamos en vela en sabrá dios qué apartamento playero, escuchando (sí, escuchando, no se televisaba) cómo nuestra selección ganaba por primera vez en su historia a Estados Unidos en la voz de Juan Manuel Gozalo para Radio Nacional. Aquella noche (y las que vinieron después) finalmente supimos que otro deporte era posible, que había otros mundos que también estaban en éste, que había vida más allá del deporte rey. Aún tardaríamos bastantes años en caernos de la nube.

Así, con el fútbol todavía dudando de sí mismo y el baloncesto de repente encantado de haberse conocido, se apareció finalmente en nuestras vidas el Eurobasket de 1983. Tradicionalmente el Eurobasket, cualquier Eurobasket, venía siendo territorio prohibido para el baloncesto español. Salvo contadísimas excepciones (Barcelona 73, lo que pudo ser Italia 79) la historia de nuestras participaciones en los Campeonatos de Europa se resumía en que llegábamos, ganábamos algún partido insulso, perdíamos con Polonia, lográbamos alguna que otra victoria brillante, caíamos de paliza ante la URSS y/o Yugoslavia, fallábamos el día clave (o en su defecto nos era desfavorable el basket average) y finalmente acabábamos jugando por los puestos quinto al octavo, eso en el mejor de los casos. Ser séptimos era un buen resultado, ser quintos era ya un éxito apoteósico. Sé que esto chirriará a los más jóvenes, pero bien harán en interiorizarlo para cuando vuelvan las vacas flacas; que volverán, no les quepa la menor duda…

Pero estábamos en 1983, más concretamente en aquel 26 de mayo de 1983 en que un montón de aficionados al baloncesto (así los de toda la vida como los sobrevenidos) y de público en general nos sentamos ante el televisor para ver por fin el debut de nuestra selección ante Italia, en el Eurobasket de Francia… O eso creíamos nosotros. Llegó la hora del partido y aquello que no empezaba o mejor dicho, empezar se suponía que ya tendría que haber empezado pero nosotros no podíamos verlo. Minutos musicales, algún documental sobre la cría del somormujo en cautividad, cualesquiera otros contenidos que soliera utilizar el Ente (suponiendo que en aquel entonces ya fuera un ente) para entretener la espera mientras repetían la socorrida retahíla de costumbre, estamos a la espera de conectar con Limoges para ofrecerles el encuentro España-Italia, por favor, permanezcan atentos a sus pantallas. ¿Qué estaba pasando? No había Internet, no sé siquiera si había Teletexto (y tanto daría, aunque lo hubiera), quedaba irnos a la radio, dar una vuelta por el dial y descubrir por fin dónde estaba el problema: la FIBA y/o el Comité Organizador, como el gendarme aquel de Casablanca, habían descubierto que aquí se juega. La FIBA y/o el Comité Organizador, que tenían prohibida la publicidad en las camisetas (qué tiempos), acababan de descubrir que nuestra selección llevaba publicidad en las camisetas.

Y bien grande por cierto. Una letra B y dos letras E entrelazadas componiendo el inconfundible logo del patrocinador, el Banco Exterior de España, entidad financiera pública que años más tarde se fusionó con Caja Postal para formar Argentaria y aún años más tarde se fusionó con (o fue absorbida por, no sé) el Banco Bilbao-Vizcaya para formar lo que hoy conocemos por BBVA. Aquel banco pagaba una pasta por aparecer en esas camisetas, los organizadores decían que no se nos televisaría ni un solo minuto mientras aquella publicidad no desapareciera de las mismas… ¿Qué hacer? Los altos directivos de la Federación Española de Baloncesto decidieron que no les quedaba más remedio que ofrecer una explicación convincente y plausible, así que fueron a la FIBA y les dijeron que no, mire usted, publicidad ninguna, cómo se les ocurre siquiera pensar eso, hasta ahí podíamos llegar, esas siglas BEE en realidad no significan Banco Exterior de España sino Baloncesto Equipo Español, a ver qué otra cosa habrían de significar… No insultaré a la inteligencia de los altos ejecutivos de la FIBA diciendo que se lo creyeron (aunque eso fue lo que se nos vendió en su día), más bien diré que fue un bueeeeeeno, aceptamos barco como animal acuático (o pulpo como animal de compañía), aceptamos cualquier cosa con tal de desfacer este entuerto, si nos decís que esas siglas BEE significan Baloncesto Equipo Español haremos como que nos lo creemos y si nos decís que son la onomatopeya de un balido para ilustrar la actitud de lobos con piel de cordero que traéis a este Campeonato pues nos lo creeremos también, nos creeremos todo lo que haga falta para salir de este atolladero. Hacia el comienzo de la segunda parte la selección apareció por fin en nuestros televisores, por supuesto con el logo del Banco Exterior bien visible en su camiseta; ya no volvería a desaparecer.

Perdimos finalmente de 1 aquel partido inaugural contra Italia, quién nos iba a decir entonces que ya no volveríamos a perder con ningún otro equipo que no fuera Italia. Porque el siguiente escollo era más difícil todavía, Yugoslavia, jamás habíamos ganado en partido oficial a Yugoslavia, alguna vez habíamos estado cerca (por ejemplo un año antes, en el tercer y cuarto puesto de Cali) pero nunca lo habíamos conseguido y ahora nos veíamos abocados a conseguirlo si queríamos que el sueño de estar en semifinales pudiera hacerse realidad. Misión casi imposible, tanto más cuanto que en la primera mitad llegamos a estar 13 abajo (no es que lo recuerde, a tanto no llego, es más bien que me he documentado convenientemente volviendo a ver dicho encuentro) mientras Slavnic, Kicanovic o Dalipagic nos las ensartaban de todos los colores. En la segunda mitad cambió la tónica, apretamos, defendimos y llegamos prácticamente igualados a un final agónico, angustioso, 1 arriba para nosotros pero toda una posesión entera para ellos, falla Vilfan, cogen el rebote, se la dan a Petrovic (sí, a ese mismo Petrovic que está usted pensando, de nombre Drazen, apenas 18 añitos por aquel entonces, recién rescatado del banquillo para jugarse la bola final), entra con todo pero también falla, rebote otra vez para Radovanovic ya casi sobre la bocina, aún le quedará tiempo para intentar una última bandeja, para que la bola se pasee sobre el aro haciendo una pavorosa corbata, para que finalmente se acabe saliendo… La locura.

Aquel Campeonato se jugaba de una forma rara (para lo que ahora estamos acostumbrados), dos grupos de seis equipos, no había cuartos de final, los dos primeros clasificados de cada grupo pasaban directamente a semifinales. Es decir, nos bastaba con ganar a los otros tres equipos del grupo, Francia, Suecia y Grecia, tarea relativamente sencilla porque eran presuntamente más débiles (eran otros tiempos) pero que en realidad no lo fue tanto, de hecho con el anfitrión se pasaron serios apuros (todo el Torneo llevábamos al borde del infarto) y con Suecia tres cuartos de lo mismo, sólo a Grecia le ganamos con cierta holgura. Yugoslavia e Italia también fueron haciendo sus deberes, así que llegaron a esa última jornada abocados a jugarse el todo por el todo el uno contra el otro, en un partido a vida o muerte… Tan a vida o muerte fue que alguno se lo tomó al pie de la letra, de hecho aquel encuentro pasó a la historia (negra) de nuestro deporte como la Batalla de las Tijeras. Ganó Italia 91-76, Yugoslavia se quedó fuera de la lucha por las medallas por primera vez en muchos años, afortunadamente no hubo que lamentar desgracias personales, muy poco pasó para lo que pudo pasar.

Italia pasó como primera de grupo y España como segunda para cruzarse con los mejores del otro lado, la URSS por supuesto en primer lugar y una sorprendente Holanda (que jamás en su historia se ha vuelto a ver en otra parecida) en segundo lugar. Ni que decir tiene que ante semejante panorama la Unión Soviética quedaba ya como única e indiscutible favorita al trono, ni que decir tiene que precisamente esa misma Unión Soviética (la de dios: Valters, Khomicius, Iovaisha, Eremin, Myshkin, Lopatov, Tarakanov, Belosteny y hasta un fornido mocetón de apenas dieciocho tacos llamado Arvydas que acostumbraba ya a sembrar el pánico a tan temprana edad) habría de ser nuestro rival en semis… Toda mi vida recordaré aquella tarde, toda mi vida recordaré que un montón de amigos habíamos quedado (como si no hubiera otra tarde para quedar), que salí con gran dolor de mi corazón, que fuimos a parar a un pub del barrio de Moratalaz (en una zona de copas que llamaban La Lonja, que puede que hoy ya ni exista siquiera), que llegamos y (no sin disimulo) clavé mis ojos ante el televisor, que un rato después ya no era yo sino todos mis amigos (no especialmente aficionados al baloncesto) los que también tenían la vista puesta en el televisor, que cuando llegó aquel último minuto no quedaba ya un alma en aquel enorme pub de dos pisos que no estuviera mirando cómo se nos apagaba la luz, cómo los soviéticos nos recortaban y se ponían a 1 a falta de 40 segundos, cómo en los 30 segundos siguientes ni dios parecía atreverse a mirar el aro hasta que la bola fue a parar a Epi (más bien fue el propio Epi quien se la quitó de las manos a Andrés Jiménez), cómo nacería en aquel mismo momento (o acaso ya existiera) el concepto episistema, el susodicho que se levanta sobre el mismísimo final de posesión, la bola que entra limpia, tres arriba, quedan menos de 10 segundos pero ya da igual, aún no se ha instaurado el triple, Eremin cruza la pista de lado a lado pero su canasta postrera ya no sirve para nada, final, ¡¡¡FINAL!!! y en aquel pub de Moratalaz y en el país entero ya sólo nos faltaba pellizcarnos, ya nos mirabamos los unos a los otros como para confirmar que era cierto, como si cualquier cosa nos pudiera despertar… Epi con aquella canasta había sellado la victoria y había logrado además otra victoria; pero eso no lo sabíamos todavía.

Aquello era muy grande, era como alcanzar por fin la mayoría de edad de nuestro baloncesto, el justo premio a lo que ya se había apuntado en Cali’82 y el paso previo al colofón que supondría (quién nos iba a decir entonces) Los Ángeles’84. Íbamos a jugar la mismísima Final del Eurobasket, en Nantes, el sábado 4 de junio a las 7 de la tarde… día y hora que no tendrían nada de particular si no fuera porque ese mismo sábado 4 de junio a las 8 de la tarde, en Zaragoza, debía disputarse la Final de la Copa del Rey de fútbol. Y no era una final cualquiera, no era un Betis-Osasuna ni un Celta-Levante (dicho sea con todos los respetos hacia estos cuatro equipos y hacia cualesquiera otros que se nos pudieran ocurrir), no… Real Madrid-Barcelona, Barça-Madrid, el acabose, el partido del siglo de ese año. Si en un mes hay dos acontecimientos que merezcan la pena ambos sucederán inexorablemente en la misma noche, dicen que dijo Murphy, y aquí estaba la prueba irrefutable. A partir de las 20:00 los telespectadores tendríamos que escoger entre la segunda parte del baloncesto y la primera del fútbol, ello suponiendo que pudiéramos escoger ya que no había más Televisión que la Española y no había más canales que La1 y La2, y en aquel entonces TVE tenía la rigurosa política de no dar jamás deporte por ambas cadenas a la vez para no perjudicar así los legítimos intereses de todos aquellos ciudadanos no aficionados al deporte. Vamos, que era más que probable que cortaran el baloncesto en cuanto empezara a sonar el himno en La Romareda, que ya no volvieran a él (en diferido, obviamente) hasta que el Rey hubiera entregado la Copa, eso en el mejor de los casos…

O no. O tal vez pudiera haber una solución. Evidentemente no puedes plantearte cambiar la hora de un evento internacional televisado a chiquicientos países como era la Final del Eurobasket, pero quizá sí puedas cambiar la hora de un evento de ámbito nacional como la Final de Copa. Con retrasarla sólo una hora sería más que suficiente… Ni que decir tiene que la Real Federación Española de Fútbol se negó en redondo, hasta ahí podíamos llegar. La RFEF podía sentir el aliento del baloncesto en el cogote y miraba con recelo todo lo que tuviera que ver con ese extraño deporte que amenazaba con subírsele a las barbas y osaba cuestionar su sempiterna supremacía, como para plantearse siquiera mover su finalísima, sí hombre sí, lo llevan claro, cambiar de hora nuestro principal evento del año por un simple partido de la mariconada esa de las canastas, sólo eso faltaba, pero qué se han creído, habrase visto tamaña atrocidad… Y además en este caso tenían una coartada sólida, mire usted, la Final de la Copa del Rey suele presidirla el Rey dado que el fútbol es el deporte rey como su propio nombre indica, a nosotros podría no importarnos ese cambio de hora, bien lo sabe dios, pero comprenderán que no vamos a modificar la sacrosanta agenda de su Majestad, tendrá ya toda clase de compromisos y obligaciones para esa noche como corresponde a alguien de tan alto rango y tan elevada condición, cómo habríamos nosotros (pobres mortales) de sugerirle siquiera que los cambie

En este punto de la historia entra en juego un personaje capital en aquellos tiempos, un volcánico periodista deportivo que sin duda les resultará familiar (incluso aunque no nacieran a tiempo de conocerlo), un sujeto que casi nunca fue santo de mi devoción pero a quien al menos por esta vez habremos de estarle eternamente agradecidos: José María García, también conocido entonces como Supergarcía o como Butanito según las simpatías (o antipatías) que despertara en cada cual. Uno de los mantras que solía repetir García a cada rato es que el periodista debe ser un simple notario de la actualidad, él lo decía como si se lo creyera pero luego se esforzaba repetidamente en incumplirlo, en demasiadas ocasiones no se limitó a dar testimonio de esa actualidad sino se esforzó en ser parte de ella, una moda que por desgracia prosperó y llegó hasta nuestros días, ya no necesariamente (o no sólo) en el ámbito del deporte. A García le encantaba ser protagonista, en demasiadas ocasiones para mal, en ésta sería para bien.

García asumió aquella causa como suya propia (dado que además y para más inri se llevaba a matar con los dirigentes de la RFEF) y pidió la mediación del Consejo Superior de Deportes (o como se llamara ese organismo entonces) para que interviniera, para que obligara a la Federación a retrasar tan solo una hora el comienzo de su Final. Pero ni por esas. Haría falta picar más arriba… Años atrás, en otra final de Copa, García se había metido en el antepalco durante el descanso, micrófono en ristre, con la insana intención de entrevistar a todo bicho viviente que se le pusiera por delante. Poco a poco fue viniéndose arriba, tan arriba se vino que en un momento dado debió plantearse (o quizá lo tuviera ya pensado de antemano), anda ¿y por qué no al Rey? Entrevistar a Su Majestad era algo impensable por aquel entonces (casi sigue siéndolo ahora), evidentemente los guardaespaldas no le dejaron ni acercarse. Pero entre aquella marabunta de brazos de alguna manera debió apañárselas para colar el micrófono, y así de repente y sin previo aviso emergió por nuestros transistores una voz que nos resultaba tremendamente familiar, ese tono tan campechano, te ezcucho muchaz nochez, Jozé Madía, bastaron esas seis palabras para que García se esponjara, debió crecer como veinte centímetros de alto y otros tantos de ancho aquel día.

Es decir, García contaba con la complicidad de la Casa Real, se sabía escuchado en La Zarzuela y apeló en antena a la sensibilidad de dicha Institución para que no se privara al pueblo español de la posibilidad de presenciar íntegros ambos espectáculos deportivos. Fue suficiente. No sé quién llamó a quién ni cómo se desencadenó el proceso, sí sé que finalmente llegó la conformidad Real y a partir de ahí ya todo fue mucho más fácil: el Consejo Superior de Deportes (o como se llamara) se lo dijo a la Federación y a ésta (ya sin coartada) no le quedó otra que ceder, a ver cómo iba a ir en contra de los expresos deseos de Su Majestad. Eso sí, a regañadientes, tan rabiosos estaban que aún se reservaron el derecho al pataleo, en la casa de todos tendremos que hacer lo que nos manden pero al menos en la nuestra podremos hacer lo que nos dé la gana: retrasaron una hora el comienzo del fútbol para dejar sitio al basket (a la fuerza ahorcan) pero se negaron tajantemente a que éste pudiera verse por los videomarcadores de La Romareda. Es decir, al final los únicos ciudadanos que no tuvieron posibilidad alguna de ver el baloncesto fueron precisamente aquellos que estaban en las gradas esperando que empezara el fútbol. Por si a alguno le hubiera podido apetecer.

Si esto fuera ficción requeriría un final épico a juego con la historia, pero aquello era la cruda realidad y ahí por desgracia las cosas no suelen acabar tan bien. España perdió aquella Final, la perdió como había perdido las anteriores y como perdería las siguientes, éramos como el chiste aquél del póker, – Me encanta jugar finales y perder… – ¿Y ganar?Joder, ganar debe de ser la hostia… Aún nos llevaría veintitrés años comprobarlo en categoría absoluta, sólo dieciséis en categoría júnior. Aquella plata y (sobre todo) aquella otra que vendría catorce meses después en Los Ángeles contribuirían a inflar todavía más una burbuja que aún tardaría unos cuantos años en explotar (para ya no volverse a hinchar jamás). Pero que tampoco llegaría a poner nunca en peligro la supremacía del fútbol, no nos engañemos, a ellos la paranoia baloncestera aún les duraría un tiempo pero la supuesta crisis se les acabaría en apenas unos meses, 12-1 a Malta mediante. Eso sí, lo que ya nadie nos quitaría sería la satisfacción (ni a ellos el disgusto) por aquel hito que no tenía precedentes en la historia y que ya nunca jamás volvería a suceder: por primera (y última, y única) vez, un partido (y qué partido) de fútbol se vio obligado a retrasar su horario por culpa de un partido de baloncesto. No, no ganamos aquella Final, pero puede que lográramos otra victoria mucho más grande. Aunque entonces casi no nos diéramos cuenta.

2053   4 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 21 de junio de 2013)

Este pasado domingo 20 de abril de 2053 acabó por fin la temporada regular ACB tras la disputa de la trigésima y última jornada de Liga, en la que se enfrentaron (al igual que en las 29 anteriores) Real Madrid y FC Barcelona dado que (como ustedes bien saben) son ya desde hace años los únicos equipos que aún participan en dicha competición. El choque resultó enormemente disputado e hizo las delicias del respetable, más concretamente de los 76 espectadores (tan sólo 5 de ellos de pago) que se dieron cita en el Pabellón cubierto del Polideportivo de Moratalaz, cancha que ha acogido los partidos del Real Madrid como local en esta temporada 2052/2053 dado que su habitual pabellón de Coslada se encuentra en obras de reducción de aforo para adaptar su tamaño a la normativa ACB. El encuentro finalizó con victoria blanca por el ajustado tanteo de 29-28 confirmándose así lo que ya se esperaba, es decir, el Real Madrid finaliza en primera posición la Fase Regular y gozará de ventaja de campo en todas las series de playoffs, expresión ésta que aún seguimos utilizando como reliquia del pasado pero que ya se nos ha quedado manifiestamente obsoleta dado que series lo que se dice series ya sólo se disputa una, por supuesto la mismísima Final de esta apasionante competición.

Dicha Final comenzará el próximo viernes 25 de abril y se disputará como viene siendo habitual al mejor de 15 partidos, en formato 2-2-2-2-2-2-2-1. Es decir, los dos primeros partidos en el susodicho Polideportivo de Moratalaz, los dos siguientes en el Palau Blaugranaa1_98a4ecff (adaptado finalmente a la normativa ACB que impone un aforo máximo de 100 personas, si bien en este caso resulta manifiestamente excesivo dado que en ningún encuentro de la presente temporada se logró superar la decena de espectadores) y así sucesivamente hasta llegar a ese decimoquinto y decisivo partido que (sólo en caso de ser necesario) se disputaría también en cancha madridista. Obviamente el primer equipo que consiga ocho victorias se proclamará de inmediato campeón de la LXXI Liga ACB, mientras que el equipo perdedor descenderá de manera automática a la LEB Platino, si bien (como posteriormente explicaremos) dicho descenso es sumamente improbable que llegue a consumarse.

Ni que decir tiene que todos los encuentros de esta Final serán ofrecidos en directo por TVE a través de su recientemente recuperado Canal Nostalgia, como igualmente lo fueron los treinta encuentros anteriores de temporada regular, siempre con el espectacular despliegue de medios que caracteriza al Ente Público y que en este caso consiste en un único operador con su cámara al hombro para así cubrir todos los aspectos inherentes al juego, llevando además un micrófono incorporado para simultáneamente proceder a su narración. Todo ello por supuesto gracias al reciente acuerdo entre la Asociación de Clubes y el Ente Público por el cual éste obtuvo los derechos en exclusiva de dicha competición sin abonar contraprestación alguna y recibiendo a cambio 375 millones de euros anuales de la propia ACB en concepto de agradecimiento por prestarse a la difusión de su producto, con notable éxito de audiencia dicho sea de paso; de hecho el encuentro disputado este pasado domingo obtuvo una cifra récord de casi 1.800 espectadores, si bien se sospecha que al menos 1.500 de ellos pincharon ahí sólo por casualidad, porque les pillaba de paso en su camino hacia la Teletienda. Dada la satisfacción de las partes es más que probable que ACB y TVE se reúnan en los próximos días para prolongar su actual acuerdo por otros 32 años más, de tal manera que la cobertura de esta competición (o de lo que quede de ella) quedaría absolutamente garantizada hasta 2085 cuanto menos. Eso sí, parece que por ahora no será posible atender la solicitud de la ACB para que TVE incluya también los partidos en su canal de alta definición ya que éste continúa a día de hoy con su emisión en pruebas, lo cual le imposibilita para ofrecer otros contenidos que no sean Cuéntame cómo paso, Águila Roja, Los Misterios de Laura y demás prestigiosas series que obtuvieron gran predicamento a comienzos del presente siglo.

Mientras tanto continúa disputándose con gran éxito de crítica y público la segunda competición en importancia de nuestro país, la LEB Platino, Liga semiprofesional (que es tanto como decir semiamateur) auspiciada por la FEB que agrupa a Baskonia, Bilbao Basket, Obradoiro, Zaragoza, Joventut, Estudiantes, Valencia Basket, Málaga y Gran Canaria. Recordemos que estos nueve equipos (junto a los dos que disputan la ACB, obviamente) son los últimos que aún quedan en nuestro deporte tras la definitiva desaparición, ahogados por las deudas, penurias y/o penalidades varias, del resto de clubes que en su día poblaron nuestra geografía, en un proceso que significó de hecho la definitiva extinción del baloncesto en nueve Comunidades Autónomas así como en las Ciudades Autónomas de Ceuta y Melilla. Al respecto, una reciente encuesta realizada en Asturias, Cantabria, Navarra, La Rioja, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura, Murcia y Baleares confirmó lo que ya se esperaba, es decir, un 94 por ciento de entre los ciudadanos de dichas Comunidades dijo no saber o no recordar que en su territorio se hubiese jugado jamás a ese extraño deporte llamado baloncesto. Asimismo un 4 por ciento optó por el no sabe no contesta mientras que el 2 por ciento restante (ancianos venerables en su mayor parte) sí pareció recordar vagamente que hubo un tiempo en el que algunos jóvenes se dedicaban a lanzar balones al interior de unas canastas, un poco a la manera en que lo hacen los mocetones esos yanquis de la NBA. Si bien, dada la avanzada edad de este segmento de población, su opinión no deberá ser tomada en modo alguno en consideración.

Como decíamos la LEB Platino se acerca ya a su final, y todo parece indicar que de nuevo se cumplirán los pronósticos y será el equipo en otro tiempo conocido como Caja de Álava, Taugrés, Tau, Caja Laboral, Laboral Kutxa, Laboral Caja, Kutxa Laboral, Araba Kutxa, Gasteiz Kutxa, Kutxa Caja, Kutxa Kutxa (entre otras múltiples denominaciones) y hoy ya por fin como Baskonia a secas el que finalmente se alce con el título y logre una vez más ese ansiado ascenso a la ACB. Ascenso deportivo, entiéndase, ya que para que éste se hiciera efectivo debería la entidad baskonista cumplir con los requisitos que establece al respecto desde hace años la propia Asociación de Clubes, es decir (entre otros) el abono de un exiguo canon de 7.500 millones de euros y el compromiso de reducción de aforo que obligaría a tapiar en tiempo récord casi la totalidad del graderío del vetusto Buesa Arena dejando sólo al descubierto las dos filas más cercanas a pista. Aún a pesar del amplio plazo de 48 horas que les será dado para cumplir con estos requisitos, y aún a pesar de los denodados esfuerzos que a buen seguro pondrá en el empeño don Josean Querejeta (que a sus 96 años recién cumplidos aún continúa manejando el timón de la nave baskonista), todo parece indicar que un año más el equipo vitoriano no podrá hacer frente a estas condiciones y deberá continuar en LEB Platino, por lo que (como decíamos anteriormente) puede casi garantizarse que tanto Real Madrid como FC Barcelona permanecerán finalmente en ACB sea cual sea el resultado de su playoff final.

Eso sí, al menos al Baskonia siempre le quedará el consuelo de tener ya su plaza asegurada para la próxima edición de la Euroliga, competición a la que acudirá junto a los dos clubes de la ACB y al equipo en otro tiempo conocido como Unicaja y hoy ya tan solo como CB Málaga [Recuérdese al respecto que la macrocrisis planetaria del año 2038 acabó de un plumazo con los patrocinios deportivos y muy especialmente con los de las entidades bancarias (los únicos que aún seguían existiendo a esas alturas), dado que sus mandamases estimaron que seguir intentando convencer de sus bondades a una ciudadanía a la que al fin y al cabo ya tenían agarrada por los huevos era poco menos que tirar el dinero, y que total para tirarlo pues casi mejor se lo quedaban ellos, para así complementar su beneficio neto anual]. Por supuesto que el hecho de que el CB Málaga haya vuelto a quedar este año penúltimo de su Liga no será un impedimento ni supondrá un menoscabo en su participación, ya que (como bien saben) este derecho no se obtiene en base a criterios deportivos sino en base a los méritos contraídos en la primera mitad de la primera década del presente siglo, época en la que gracias a sus buenas actuaciones le fue adjudicada plaza vitalicia hasta que finalice el siglo XXXIII o hasta que el baloncesto se extinga definitivamente como deporte sobre la faz de la Tierra, según.

Ahora bien, pese a su magnífica marcha la ACB considera que todo es susceptible de mejorar, razón por la cual convocará en breve una Asamblea Extraordinaria de cara a incrementar aún más si cabe el atractivo de la competición, a la que está previsto que acudan la totalidad de los (dos) equipos que la integran. Por supuesto que la reunión estará presidida por su Comisionado Honorario, Vitalicio y Plenipotenciario don Eduardo Portela, que a sus 119 años sigue ahí al pie del cañón rigiendo con pulso tembloroso pero firme (por contradictorio que ello resulte) los azarosos des(a)tinos de nuestro baloncesto. Entre las medidas que se prevé aprobar estaría la de optimizar las retransmisiones televisivas, aprovechando para ello las inmensas ventajas que la tecnología pone hoy en día a nuestra disposición: concretamente se suprimirá el operador de cámara y se dejará la cámara sola para que funcione a su libre albedrío, y que sea lo que dios quiera; así a la emoción del partido en sí sumaremos también la emoción de no saber si lo vamos a ver o no, como en los viejos tiempos. Asimismo se aumentarán los requisitos para acceder a la ACB, incrementándose el canon de 7.500 a 30.000 millones de euros (no vaya a ser que algún año de éstos a Querejeta le toque el euromillón y tengamos un disgusto) y exigiéndose también a partir de ahora un juramento de fidelidad eterna al Dios Portela y un certificado de pertenencia a una institución futbolística de rancio abolengo con no menos de cincuenta títulos a sus espaldas, para así garantizar la viabilidad del proyecto. Con estas medidas (más otras que poco a poco se les irán ocurriendo) bien podremos estar seguros de que la ACB continuará aún por muchos años a la vanguardia de la alta competición y podrá seguir repitiendo una y otra vez con la cabeza muy alta aquello de que es la mejor liga profesional de baloncesto del mundo después de la NBA; entre otras cosas porque a estas alturas no queda ya ninguna otra liga profesional de baloncesto en el mundo más allá de la NBA.

aquel 7 de junio   4 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 6 de junio de 2013)

Recuerdo que aquel 7 de junio de 1993 fuimos mi señora y yo a pasar la tarde a casa de mis padres. Es raro porque era lunes y nunca solíamos ir entre semana, no sé qué demonios pintaríamos allí aquel día, quizás (dadas las fechas) nos hubieran pedido ayuda con su declaración de la renta, qué sé yo. Lo cierto es que llegamos y que, tras los besos, saludos y cortesías de rigor, mi madre en un momento dado me soltó, bueno ¿te has enterao, no?

Pues no, yo no me había enterado de nada. Yo había estado trabajando de espaldas al mundo, no había tenido tiempo de ver ni escuchar las noticias, hoy pasa cualquier cosa y nos coscamos casi al momento pero en aquel entonces Internet era poco más que una entelequia, sabíamos que existía porque nos lo decían los periódicos pero ni siquiera alcanzábamos a entender aún en qué consistía. Yo no sabía nada, así que puse mi mejor cara de sorpresa y me preparé para recibir una noticia inesperada, aún no sabía cuánto: pues que se ha matao Petrovic

Antes de continuar creo que debo hacerles dos aclaraciones: 1) Mi madre lo dijo así, tal cual, se ha matao, y reconozco que siempre me ha sorprendido que determinadas personas de determinada edad y (quizá también) determinada zona geográfica utilicen esa expresión para referirse a aquellos que mueren en accidente de tráfico, como si no fuera tal accidente sino una elección voluntaria, como si en vez de estrellarse se hubiera suicidado. Mi madre dijo que Petrovic se había matado como se lo he escuchado decir tantas otras veces de tantas otras personas, y sin embargo luego supimos que ni siquiera conducía él, que viajaba plácidamente dormido y muy probablemente ni siquiera se enteró de cómo se mató.

y 2) Es posible que les sorprenda que mi madre, mujer ajena por completo a todo lo que signifique deporte, supiera en cambio quién era Petrovic (de hecho me sorprende incluso a mí mismo cuando lo recuerdo). Hoy mi madre tiene ochenta años, tiene la cabeza casi tan bien como entonces pero creo que si yo ahora le preguntara por jugadores de baloncesto en activo probablemente contestaría (no sin esfuerzo) que Pau Gasol… y ya está, y pare usted de contar. No creo que ni siquiera conozca a su hermano Marc ni a Navarro, Ricky, Rudy o Calde, no sabrá quiénes son Kobe Bryant o LeBron James, no tendrá ni remota idea de la existencia de Spanoulis, Diamantidis, Papaloukas o Teodosic pongamos por caso (ni falta que le hace, claro). Es más, creo que si yo le preguntara (cualquier día haré el experimento) dime mamá, ¿quién te parece a ti que ha sido el mejor jugador español de baloncesto de todos los tiempos?, contestaría sin pensárselo que Emiliano, por supuesto, quién va a ser. Es así, hubo un tiempo en este país en el que no todo era fútbol, en el que los deportistas de otras disciplinas eran conocidos incluso por el gran público ajeno a ese deporte (tanto más en el caso de Emiliano, ya que el Régimen necesitaba fabricar y vender héroes que nos hicieran olvidar nuestras miserias cotidianas). Hoy tenemos una selección de baloncesto campeona de casi todo pero a la gran mayoría de nuestros jugadores (fuera del círculo de aficionados al deporte, entiéndase) no les conoce ni la madre que los parió.

Y sin embargo mi madre sabía perfectamente quién era Petrovic, no es ya que lo supiera mi madre sino que en aquel entonces lo sabía casi todo dios, les gustara el baloncesto o no, les interesara el deporte o no. La burbuja baloncestera se acababa de pinchar en aquellos primeros noventa, se apreciaba ya claramente la cuesta abajo pero todavía vivíamos de las rentas de los felices ochenta, aquella década prodigiosa en la que el baloncesto se convirtió de repente en deporte de masas y algunos nos creímos (ingenuamente, estúpidamente) que sería así para siempre, más dura fue luego la caída. Petrovic fue un fruto (acaso el más sabroso) de aquellos años, Drazen Petrovic empezó a aparecer sutilmente en nuestras vidas a comienzos de los ochenta y así de entrada casi ni reparamos en él, Petrovic estaba ya en aquella selección yugoslava a la que ganamos en el Eurobasket de Nantes 83 y en aquella otra a la que volvimos a ganar en la semifinal de Los Ángeles 84, y créanme que apenas nos dimos cuenta de su existencia. Y sin embargo sólo harían falta unos pocos meses más para que irrumpiera ya para siempre en nuestras vidas…

La culpa la tuvo la Copa de Europa, aún a nadie se le había ocurrido llamarla Euroliga. Hoy el Madrid (sigamos las comparaciones odiosas) juega la Final de la máxima competición continental y me la ponen en un canal de tercera que no ve ni dios, en cambio en aquel entonces cualquier partido europeo del Madrid (o de quien fuera), cualquiera, constituía casi un acontecimiento nacional. Fue el Madrid a jugar a Zagreb, vino la Cibona a jugar aquí y en ambos enfrentamientos (nunca mejor dicho) descubrimos a un tipo que no es que fuera bueno ni extraordinario sino que era algo más, era lo siguiente: un prodigio, una cosa nunca vista en el baloncesto europeo, un genio, genio en el más estricto sentido de la palabra. Hasta pinta de genio tenía con aquella cara de niño malo, con aquellos rizos naturales casi a lo afro que luego poco a poco iría recortando con el tiempo. Alguien le apodó Mozart, o Amadeus si así lo prefieren, muy pocas veces un apodo estuvo mejor puesto. Hasta en su prematuro final.

Drazen era un genio capaz de convertir en oro cualquier cosa que tocara, capaz de convertir en triple cualquier tiro que lanzara. Drazen era más bien un dos que podía jugar (y a menudo lo hacía) de uno y que sabías de antemano que se iba a hacer el amo del cotarro desde el uno o desde el dos, tanto daba. Drazen era talento puro, no me atrevería a afirmar categóricamente que haya sido el mejor jugador europeo de la historia (no me suelen gustar ese tipo de afirmaciones que me obligarían a compararlo con Sabonis, quizás también con Nowitzki) pero sí me arriesgaría a afirmar que ha sido el jugador de mayor talento que ha dado nuestro continente en toda su historia. Drazen jugaba como los ángeles y metía puntos a chorros, sólo con eso le habría bastado ya más que de sobra para hacer historia. Pero para pasar de la historia a la leyenda no basta con ser muy bueno, hace falta un paso más, algo que ya sólo está en manos de los elegidos.

Llamémosle carisma si así lo quieren. O llamémosle chulería, si así lo prefieren. Drazen era chulo porque podía, Drazen era muy bueno y jamás perdía ni una sola oportunidad de restregarte en la cara lo bueno que era. Drazen hacía una cosa que jamás se había visto antes en nuestro deporte y que muy pocas veces se vio después, Drazen celebraba las canastas como si fueran goles (lo cual, dado su caudal de anotación, sucedía un montón de veces en cada partido), saltaba, brincaba, elevaba los brazos al cielo mientras volvía a territorio defensivo y así de paso aprovechaba para arengar a las masas si jugaba en campo propio y para restregártelo sin más si jugaba en campo ajeno. Drazen provocaba reacciones encontradas y tumultuarias a su paso, era idolatrado y odiado a partes iguales, a menudo era odiado por los mismos que le idolatraban e idolatrado por los mismos que le odiaban, muchos admiraban su talento pero odiaban su carácter como si pudiera disociarse una cosa de la otra, como si una cosa no fuera en cierto modo consecuencia de la otra (y viceversa). Drazen se hizo odiar por el madridismo así en Zagreb como en Madrid en aquella temporada 84/85 en la que aún quedaría la traca final, la mismísima Final de la competición, Madrid-Cibona en Atenas, en plena Semana Santa, la FIBA para estas cosas siempre tuvo el don de la oportunidad. Recuerdo que viajaba yo hacia el norte con unos amigos, recuerdo que me empeñé en parar en sabrá dios qué bar de carretera (aún no se había impuesto el concepto área de servicio) entre Burgos y Santander, recuerdo que me abalancé de bruces sobre el televisor esperando encontrarme un final igualado y fui a encontrarme con todo lo contrario, Cibona ganando de qué sé yo cuánto, de 15, de 20, Petrovic pasándose el balón por detrás de la espalda o entre las piernas ante la atribulada mirada del imberbe base madridista Paco Velasco (antiguo compañero mío de colegio, por cierto), luego supimos que mientras le toreaba iba repitiéndole una y otra vez, hala Madrid, hala Madrid, hala Madrid

Era así, cuando aquellos (aún) yugoslavos te ganaban era como si te ganaran dos veces, te abrumaban en el juego y al mismo tiempo te humillaban, te lo restregaban por la cara. Drazen Petrovic se convirtió en la bestia negra del Madrid, el enemigo público número uno no ya del madridismo baloncestero sino del madridismo en pleno (en aquel entonces ambos conceptos venían a ser lo mismo, dada la inmensa popularidad de nuestro deporte). En el Palacio de los Deportes se hizo frecuente escuchar un cántico que empezaba por sí sí sí y que acababa por Petroví (así, en agudo, para que rimara), en medio dos palabras que no reproduciré aquí pero que no les resultará difícil imaginar. La temporada 85/86 fue más de lo mismo, la diferencia fue que esta vez el rival de la Cibona en la Final no fue el Madrid sino el Zalgiris, más de lo mismo en todos los sentidos, para la historia quedará el arrebato aquel de un Sabonis desquiciado que se cruzó toda la pista para agredir no a Petrovic sino a Nakic, punto y final, nuevo festival de Petrovic, nuevo título para la Cibona, nueva exhibición, nueva humillación.

De alguna manera todo aquello fue el caldo de cultivo para un partido que creo que no olvidaré jamás (mientras el señor Alzheimer me lo permita), uno de esos que te marcan para toda la vida. Yugoslavia-URSS, Madrid, Palacio de los Deportes, semifinal del Mundial 1986. Aquellos yugoslavos que empezaron en tromba, aquel parcial inicial de 18 ó 20-0, qué sé yo, aquella portentosa exhibición ante la que los atribulados soviéticos poco más podían hacer que parar la hemorragia, último minuto, todavía Yugoslavia 9 arriba a apenas 50 segundos para el final… y el resto es historia: aquellos tres triples, aquellos dobles de un jovencísimo Vlade Divac, aquella prórroga, aquel Palacio de Deportes enloquecido gritando casi al unísono Rusia, Rusia, Rusia (éramos así, nos costaba llamar a las cosas por su nombre, aquella era la Unión Soviética y para más inri estaba plagada de lituanos pero nosotros nunca supimos llamarle otra cosa que no fuera Rusia, años más tarde conseguimos por fin acostumbrarnos a decir Unión Soviética y justo entonces ésta desapareció y volvió a llamarse Rusia, qué cosas), Rusia (es decir, la Unión Soviética) ganó por fin aquel partido ante una grada enfervorizada, algún afamado pívot yugoslavo dijo luego a la prensa que ese público español bien merecería que los tanques rusos invadieran Madrid, para que supieran lo que se siente

Si no puedes vencer a tu enemigo únete a él, dicen. Aquel Real Madrid se aplicó con denuedo a la tarea de fichar a Petrovic, se tiró un par de años intentándolo, cuentan que el día que finalmente lo consiguió algunos periodistas se presentaron en el viejo pabellón de la Ciudad Deportiva haciéndose los tontos, esperaron a los jugadores a la salida del entrenamiento y les preguntaron su opinión sobre Drazen Petrovic (como si ésta necesitara ser preguntada), pues que es un tal y un cual, y un esto y un lo otro, y una vez que la canallesca tuvo ya la declaración que esperaba tener entonces ya sí espetaron al Romay de turno, pues que sepas que acaba de fichar por el Madrid; evidentemente el susodicho interlocutor reculaba de inmediato, a ver qué iba a hacer, en cualquier caso es un grandísimo jugador, el Madrid es un gran club que siempre quiere fichar a los mejores así que estaremos encantados de tenerle entre nosotros, seguro que una vez que le tengamos como compañero se olvidarán de un plumazo todas aquellas pequeñas rencillas que

Petrovic fichó por el Madrid y de inmediato, como por arte de magia, se produjo uno de esos milagros de la multiplicación de los panes y los peces que a veces suceden en nuestro deporte: el mismo madridismo que lo había odiado hasta la náusea y que le había llamado hijo de tal y de cual de repente lo acogió en su seno como a un hijo, acaso ese hijo que en el fondo siempre había deseado tener; y al mismo tiempo el antimadridismo de aquí y de allá, que siempre lo había considerado un ídolo, de repente pasó a tacharlo poco menos que de traidor a la causa por el mero hecho de haber fichado por el Madrid. Y aquellos que durante años echaron pestes de sus (presuntas) provocaciones y desplantes ahora pasaron a considerarlo lo más natural del mundo, y aquellos que habían festejado esas maneras durante tantos años ahora pasaron a etiquetarlo de provocador. Y es que estas cosas ya se sabe, son así.

Fue aquel 1988/1989 un año extraño, una temporada en cierto modo fascinante. La que empezó siendo Liga de Petrovic y acabó siendo recalificada como Liga de Neyro nos dejó unas cuantas actuaciones memorables, una inolvidable visita de los Celtics (McDonald’s mediante) y una final europea para la historia, una final de Recopa que ha generado a lo largo de los años mucha más literatura que tantas otras finales de la mismísima Copa de Europa. El genial Óscar Schmidt anotó 44 puntos para su Caserta que de nada sirvieron ante los 62 de Drazen, prodigiosa exhibición tanto más tratándose de una Final que el Madrid ganó por el escalofriante resultado de 117-113. A todo aquello debería haberle seguido una fiesta pero más bien pareció lo contrario: caras largas, gestos avinagrados y un mal rollo general que (cuentan que) explotó definitivamente en el vuelo de vuelta a Madrid. Sus compañeros no asimilaron bien aquello de que el título pareciera más de Drazen que del equipo, a su frente un Fernando Martín que se empeñó en hacer bueno durante todo el año aquel dicho de que dos gallos no caben en el mismo corral. Martín y Petrovic eran muy distintos pero también muy parecidos, demasiado: ambos eran líderes, ambos eran ganadores, ambos no conocían a nadie si había un resultado en juego, ambos eran capaces de casi todo con tal de ganar. Ambos se bebieron la vida a tragos y se atragantaron demasiado pronto, por desgracia no tardaríamos mucho en comprobarlo. Dos hombres y un destino.

En el verano de 1989 Drazen Petrovic, recién proclamado campeón de Europa con la mejor selección yugoslava que vieron los siglos (y que sería sólo el presagio de la que aún continuaría arrasando en los dos años siguientes), seguía aún teniendo contrato con el Madrid pero de repente empezó todo a torcerse, de buenas primeras empezó a rumorearse que se iría rumbo a Portland, que los Blazers (poseedores de sus derechos NBA) estaban deseosos de hacerse de una vez por todas con sus servicios. Comenzó así uno de esos típicos culebrones veraniegos, si tú dices digo yo digo diego, si tú dices Portland yo lo desmiento, desmentidos desde el Madrid y desde el propio círculo del jugador, así un día y otro y otro más hasta que de repente una mañana, sin previo aviso, sin mediar palabra, sencillamente desapareció. Desapareció para reaparecer finalmente un par de días más tarde al otro lado del charco, rodeado por todas las fuerzas vivas de la franquicia y por casi toda la prensa del Estado de Oregon y diciendo probablemente aquello tan socorrido que todo deportista que se precie suele decir en estos casos, éste es un sueño hecho realidad, toda la vida he sido de los Blazers, es algo que soñaba desde niño etc etc. Ni que decir tiene que el madridismo en pleno se quedó con un palmo de narices, que de un día para otro pasó unánimemente del que no hombre, que no, cómo se va a ir, si tiene contrato, si está en el Madrid, si no ha nacido todavía un jugador que se quiera ir del Madrid, el club más grande del mundo, dónde va a estar mejor que aquí… al lo ves, si ya te lo decía yo, que este tío no es trigo limpio, que no era de fiar, como si no le conociéramos ya de sobra de cuando venía aquí con la Cibona, anda que a otros les podría engañar pero a mí no, yo bien que le calé desde el principio… Y es que (insisto) estas cosas ya se sabe, son así.

Al Madrid le fue fatal sin Petrovic pero al susodicho en Portland no le fue mucho mejor, más bien al contrario. Irte hoy a la NBA es casi como si te fueras a jugar al pueblo de al lado, en cambio en aquellos tiempos te ibas a la NBA y era como si te fueras a Marte. Portland además tenía un equipazo que nos sabíamos todos de memoria, Porter, Drexler, Kersey, Williams, Duckworth más el insigne Cliff Robinson de sexto hombre, más que suficiente para que Rick Adelman no necesitara hacer ningún experimento con el europeo aquel tan raro que le habían plantificado en el banquillo y que a saber quién demonios sería. Y le fue bien (a Adelman, me refiero), no diré yo que no, aquellos Blazers fueron finalistas de la Liga un año y finalistas de conferencia al año siguiente, pero con todo y con eso a los europeos (incluidos aquellos que más le habían aborrecido), a todos aquellos que sabíamos perfectamente de lo que era capaz se nos rompía el alma de verle allí partido tras partido pelándose el culo en aquel banquillo…

No hay mal que cien años dure (dicen), en su caso sólo duró dos. La temporada 91/92 ya fue buena y la temporada 92/93 (en medio una inolvidable plata olímpica, ya por fin no yugoslavo sino -sólo- croata) fue sencillamente extraordinaria. Petrovic había cambiado Portland por New Jersey y de repente los americanos (de USA) descubrieron como si hubiera nacido ayer a un maravilloso jugador al que los europeos llevábamos ya casi diez años admirando, de repente hasta Clyde Drexler (que no tenía por costumbre dar una voz más alta que otra) se quejó amargamente desde la otra esquina de la nación, cómo es posible que hayamos desaprovechado a un jugador así en Portland teniéndolo en el banquillo durante dos años seguidos, con lo bueno que es, con lo bien que nos habría venido su concurso, es que no me lo explico… Y se salió también en playoffs, y debió ser all star pero incomprensiblemente no lo fue, y sin embargo luego fue escogido en el tercer mejor quinteto de la Liga. Ya estaba donde siempre quiso estar, ya era una estrella absoluta en la meca del baloncesto, ya era el líder indiscutible de aquellos Nets. Y sin embargo…

Y sin embargo no debía ser oro todo lo que relucía. Drazen Petrovic nunca fue un chico fácil de llevar ni estaba precisamente acostumbrado a que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Petrovic fue a caer en aquel vestuario de los Nets que era como una jaula de grillos y que incluía a personalidades tan peculiares como (por ejemplo) aquel insoportable (y extraordinario jugador, por otra parte) Derrick Coleman. El domador de toda aquella selva se llamaba Chuck Daly, traía un magnífico currículum de amansador de fieras en los ya lejanos Bad Boys de Detroit y de aglutinador de egos en el Dream Team, pero aquellos Nets acabarían siendo superiores a sus fuerzas. Cuentan que cierta aciaga noche, tras un partido cualquiera, un jugador pateó con todas sus fuerzas un bidón de bebida isotónica en dirección al coach, arruinándole de paso uno de sus costosos trajes. Cuentan que aquel jugador fuera de sí se llamaba Drazen Petrovic…

Fuera por lo que fuera, Drazen se dejó querer en aquella aciaga (aún no sabíamos que lo sería) primavera de 1993. Los armadores y demás magnates griegos (eran otros tiempos) estaban dispuestos a tirar la casa por la ventana para posibilitar su regreso a Europa, Panathinaikos y/o Olympiakos (supongo que aún con K por aquel entonces) pusieron ofertas absolutamente mareantes encima de su mesa, cifras astronómicas que los Nets dijeron no estar dispuestos a igualar de ningún modo. Muchos aseguraron que estaba ya prácticamente hecho y que Petrovic volvería a Europa, otros tantos dijeron que su único objetivo era tensar la cuerda para hacer subir la puja a los Nets (o a cualquier otra franquicia que estuviera dispuesta a pagar eso), se nos avecinaba un nuevo culebrón veraniego y mientras tanto Drazen continuaba concentrado con su selección, preparando ya en Alemania el Eurobasket que habría de celebrarse muy pocos días después, jugando amistosos como aquel tras cuya disputa rehusó volver con el equipo y prefirió hacerlo por carretera, en coche particular… Bueno ¿te has enterao, no? Pues que se ha matao Petrovic

Aquel 7 de junio de 1993 Drazen Petrovic tenía sólo 28 años, podía parecer mayor porque teníamos la sensación de llevar ya media vida siguiendo sus andanzas pero aún le faltaban cuatro meses y medio para cumplir los 29. En condiciones normales le habrían quedado no menos de seis o siete años al más alto nivel, en su punto óptimo de maduración, en Europa o en USA, donde fuera. Puede que no tenga ya mucho sentido a estas alturas pensar en lo que pudo haber sido y no fue, pero una cosa sí que está meridianamente clara: aquel 7 de junio de 1993 de alguna manera marcó un punto de inflexión en nuestro deporte y en nuestras vidas, hay un baloncesto antes de Petrovic y un baloncesto después de Petrovic, algo de este juego (quizá su parte más lúdica) se nos quedó con él en aquella carretera aunque entonces apenas fuéramos capaces de darnos cuenta. Aquel 7 de junio de 1993 murió un gran jugador y nació un mito, un mito que está más y más vivo cada día, que seguirá viviendo así que pasen veinte años y otros veinte y los que tengan que pasar, seguirá viviendo mientras sigan existiendo imágenes que nos permitan disfrutarlo, mientras aquellos que le vimos jugar sigamos aún aquí para contarlo. Hasta la vista, Drazen.

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