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CRÓNICAS DE MARZO (II)   2 comments

Habemus bracket, ergo como cada año por estas fechas toca que les ponga la cabeza mala con los emparejamientos del bracket. Avisados quedan…

SOUTH

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Florida es el indiscutible número 1 de la nación, Florida ha ganado sobradamente su conferencia (así la temporada regular como el Torneo, of course), Florida lleva sin perder desde que allá por primeros de diciembre (éramos más jóvenes) ese prodigioso incordio llamado Shabazz Napier le clavó aquel triple sobre la bocina que tan felices hizo a las buenas gentes de Connecticut. Florida es el principal favorito de esta edición sin favoritos (o con demasiados favoritos), qué duda cabe… pero yo no sería yo si no tocara un poco (sólo un poco) las narices al respecto. Florida se ha beneficiado de una conferencia como la SEC que pasa por ser grande pero que anda un poco sobrevalorada en estos últimos tiempos (opinión muy personal que no tienen por qué compartir, faltaría más); ganó en casa y fuera, ganó a todos los que se encontró pero también lo pasó mal por el camino, vean si no la final de Conferencia disputada este pasado domingo, llegó a tener a Kentucky 15 abajo y al final caminó sobre el alambre, si en la última jugada no se llega a resbalar el Wildcat James Young vaya usted a saber de qué estaríamos hablando ahora. Equipo muy completo, muy veterano, muy profundo pero que a mí con todo y con eso me deja alguna duda, qué le vamos a hacer.

Dando por supuesto que pasarán con la gorra la ronda de 64, el primer marrón lo encontrarán cuando les toque enfrentarse al ganador del 8 vs 9, Búfalos vs Tigres, Colorado vs Pittsburgh. Particularmente me gustaría que fueran los Buffaloes, equipo al que da gloria ver jugar y que no sólo se ha sobrepuesto a la lesión para toda la temporada de su estrella exterior Dinwiddie sino que incluso ha hecho un dignísimo papel. En cambio los Tigers tienden a aburrirme soberanamente, lo cual no quita para que reconozca una vez más el inmenso mérito de Jamie Dixon y de un equipo que fue de más a menos  en su estreno en la ACC pero que ahora parece estar acabando bien la temporada. Ojo con ellos.

El siguiente posible marrón de Florida (o de quien sea) también tendrá historia porque saldrá del cuarteto VCU-SFA, UCLA-Tulsa (será por siglas). VCU es la Virginia-Commonwealth de Shaka Smart, a la que le han dado un número 5 que a priori parece un chollo y en la práctica es un regalo envenenado porque se enfrentará a Stephen F. Austin (12), los Lumberjacks (¿?), universidad modesta donde las haya pero que lleva sin perder desde noviembre, segunda mejor racha tras (obviamente) Wichita St. Quien sobreviva se enfrentará al ganador del UCLA-Tulsa, que en condiciones normales deberían ser los Bruins de Alford, del maravilloso Kyle Anderson (debilidad absoluta) y del portentoso freshman Zach LaVine. Pero fíese usted de las condiciones normales. No sería la primera vez que los Golden Hurricanes de Tulsa la lían en el Torneo (en cierta ocasión hasta se plantaron en Elite 8, lo que lanzó a la fama a su entonces técnico Bill Self), sí que lo sería en cambio para su debutante entrenador de este año, un sujeto que llevaba ya unas cuantas temporadas de asistente en Kansas y que responde al afamado nombre de Danny Manning, Terciopelo Azul como si dijéramos. Pongámonos todos en pie.

Precisamente Kansas es la número 2 de esta Región Sur, es decir la que si todo fuera normal debería disputarle la final regional a Florida. No teman, no les pondré otra vez la cabeza mala con Wiggins, Embiid (que lleva un tiempo sin jugar, un tanto achacoso de la espalda anda la criatura), Selden y demás familia pero sí les contaré que en estas últimas semanas vienen flojeando un poco sin que la baja del camerunés deba servirles como coartada. Ganarán a Eastern Kentucky (otra cosa sería una catástrofe) y luego se las verán con el vencedor del New México-Stanford, a los Cardinals les tengo poco vistos (fallo imperdonable) pero no así a los Lobos de Albuquerque, equipazo que me encanta éste de Nuevo México, por nada del mundo me pierdan de vista al imponente base Kendall Cucamonga Williams (no es insulto sino localidad de nacimiento, Rancho Cucamonga, California) ni a ese alero australiano con pinta de surfero que responde al bello nombre de Cameron Bairstow.

Y quedaría hablarles (y sé que me va a costar) del número 3 de esta Región, o sea Syracuse. ¿Qué les cuento yo de mis Orange que no les haya contado ya? Que hasta mediados de febrero pareció que se iban a comer el mundo y desde entonces no se comen ni una mandarina (muy apropiado), que van de mal en peor (como demostraron durante el Torneo de la ACC cayendo ante North Carolina St.), que a estas alturas ya sólo el rutilante freshman Ennis aguanta a duras penas el tirón. Y que si ganan a Western Michigan (no lo demos por hecho en las actuales circunstancias) se las verán contra Ohio State o contra Dayton, que debería ser Ohio State pero vaya usted a saber, que los Buckeyes (con todo su Aaron Craft o su Laquinton Ross) también saben muy bien lo que es ir de más a menos. En este rincón del cuadro (en casi todos, en realidad) puede pasar cualquier cosa.

WEST

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Decir Región Oeste es decir Wildcats de Arizona, es hablar de otra de las grandes sensaciones de la temporada. A Sean Miller de alguna manera le vino dios a ver cuando al fin pudo utilizar a T.J. McConnell, transfer desde la modesta Universidad de Duquesne que no sé cómo sería en su anterior destino pero que aquí sencillamente se ha salido. Con él Miller encuentra al base puro que nunca tuvo estos últimos años, con él Nick Johnson puede liberarse de las tareas de creación para entregarse a las de anotación, con él el juego de estos Wildcats adquiere mucho más sentido. Con él y con el freshman Aaron Gordon, un jugador con el que yo era muy escéptico antes de comenzar la temporada porque me parecía el típico saltimbanqui, uno de esos que juegan como si se hubieran tragado un muelle… o no, porque en el momento en que entró en el engranaje de Arizona pudimos comprobar que además había un buen jugador detrás. Súmenle la apreciable mejora del enorme Kaleb Tarzewski (enorme en sentido literal, es decir, exclusivamente físico, tampoco nos volvamos locos) y réstenle al alero Brandon Ashley que en un momento dado se lesionó para toda la temporada, un contratiempo que a cualquier otro le habría hundido en la miseria pero que los Wildcats superaron elegantemente gracias a sus sexta y séptima piezas, el base tirador Gabe York y sobre todo el freshman chico-para-todo Rondae Hollis-Jefferson, que no es ya que haga de todo sino que todo lo que hace lo hace francamente bien, valgan todas las redundancias. Tan favoritos como el que más estos Arizona Babies.

Estos Arizona Babies (también llamados Wildcats) se desharán sin despeinarse de Weber State y luego se las verán con el ganador del Gonzaga (8)-Oklahoma State (9). Palabras mayores gane quien gane, así sean los tremendos Zags de Pangos y David Stockton (y de Bell Jr, Dower o el cada vez más enorme pívot polaco Karnowski) o los no menos tremendos Cowboys del ínclito Marcus Smart y sus amigos, que cuando tienen una buena tarde (y últimamente las están teniendo) son muy capaces de ganar y de paso desquiciar a cualquiera. Quizá el mejor partido (o al menos uno de los mejores) de esa 2ª ronda, en mi opinión.

A quien sobreviva de todo este lío, Arizona o el que sea, le esperará el que se salga con la suya en el cuarteto contiguo, que debería estar entre Oklahoma (¿imaginan un derby entre Cowboys y Sooners en Sweet Sixteen?) y San Diego State. Con ligera ventaja para estos últimos, que un año más han hecho un temporadón de la mano de ese tan veterano como incombustible técnico llamado Steve Fisher, ese mismo que ya ganaba campeonatos en la Michigan de los ochenta y ponía un poco de orden en los desbocados Fab Five de los noventa. Un grande, y un equipo estos Aztecas que a sus órdenes llevan ya unos cuantos años de esplendor.

Al otro lado del cuadro la principal amenaza se llama Wisconsin, ya saben, los Badgers, la habitual tela de araña de Bo Ryan… pero no nos quedemos sólo en eso porque este año sin perder un ápice de su eficacia defensiva se han dado también alguna que otra alegría en ataque, ya no son necesariamente ese equipo que agota una y otra vez las posesiones, ayuda a ello el tener tíos de tanto talento como Traevon Jackson, Decker, Gasser o el sorprendente pívot Frank Kaminski, viéndole la cara jamás imaginarías que llevara tanto baloncesto en su interior. Wisconsin se deshará sin problemas (digo yo) de la modesta American y afrontará luego un cruce envenenado frente al ganador del Oregon-BYU, sin duda otro de los enfrentamientos más atractivos de 2ª (ex 1ª) ronda. Los Patos oregonianos han tenido un año mucho más irregular de lo que cabía esperar (aquella sanción a Artis por venderle a sus compañeros el material deportivo que le facilita la universidad evidentemente no les ayudó en absoluto) pero han renacido de sus cenizas y tienen baloncesto más que de sobra para darle un disgusto a cualquiera. Como lo tiene por supuesto Brigham Young, la universidad mormona por antonomasia, el reino del gran Tyler Haws o del sorprendente pívot freshman Eric Mika. Partidazo.

Y aún quedaría completar el cuadro con Creighton, la casa de los McDermott como si dijéramos, apenas he podido verles este año (la nueva Big East vendió su alma televisiva a la Fox y ello hace que sea casi imposible encontrar partidos en Internet) y bien que lo siento, en cambio el año pasado debí verles como docena y media de veces y sé bien lo que pueden dar de sí todos ellos en general y ese incomparable Doug McDermott (¿jugador del año?) en particular. Un equipo que me cae francamente bien ya desde los tiempos en que los entrenaba Dana Altman (hoy en Oregon) y su estrella era Kyle Korver, por lo que me encantaría que todo les saliera a pedir de boca, que se deshicieran sin más trámite de Louisiana-Lafayette (probable) y luego sobrevivieran también al cruce frente al ganador del Baylor-Nebraska, que también es posible pero ya va a estar un poco más difícil. Baylor me suele decepcionar casi en la misma medida en que suele hacerlo su presunta estrella Isaiah Austin, siempre me parece que tiene equipo de sobra para no ser tan irregular como acaba siendo. No obstante han acabado bien, han alcanzado la Final de la Big12 y se la han peleado a Iowa State que es tanto como decir que pueden liársela a cualquiera. Por ejemplo a Nebraska que vendría a ser todo lo contrario, nadie contaba con ellos en la Big10 y han hecho un año inimaginable a priori para mayor gloria de su recién estrenado técnico Tim Miles. Otro de tantos partidos imprescindibles.

MIDWEST

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Los números por sí solos difícilmente puedan explicar la prodigiosa temporada de Wichita State pero aún así resulta inevitable recurrir a ellos, recordar por ejemplo que los Shockers aún prolongaron la racha durante el Torneo de su Conferencia, recordar que llegan finalmente a este momento de la temporada con ese inmaculado 34-0 que no tiene precedentes en la historia. Y que hacía 23 años que un equipo no llegaba invicto al Torneo Final (1991, aquella Nevada-Las Vegas que luego fue Final Four), y que hace ya 38 años (Indiana, 1976) que un equipo no prorroga aún más esa racha para acabar proclamándose campeón invicto. Ese será el reto al que se enfrentarán desde hoy estos Shockers, que siempre supimos que no tendrían un camino de rosas pero tampoco imaginamos jamás que fueran a tener tantas espinas, tres de los últimos cuatro campeones y el actual subcampeón en el horizonte, ahí es nada. Pero vayamos por partes…

Dando por supuesto que superarán sin problemas su primera ronda (que ahora se llama segunda ronda, recuerden) el primer marrón de consideración lo encontrarán en el cruce siguiente, frente al ganador del Kentucky-Kansas State. Que podrían ser perfectamente los Wildcats de Kansas State, equipo renacido de sus cenizas de la mano de Bruce Weber y que cuenta además con un freshman que sencillamente me entusiasma, Marcus Foster;  pero que es más que probable que sean los Wildcats de Kentucky, ya saben, el mismo Gabinete Calipari de siempre pero esta vez con Randle, Young, los gemelos Harrison y demás familia, quién nos lo iba a decir, si hace unos meses nos hubieran contado que Wichita St. estaría en el número 1 y Kentucky en el 8 no nos lo habríamos creído, es más, habríamos pensado que era el mundo al revés. Kentucky fue casi unánime favorita antes de comenzar la competición pero luego la cruda realidad de la vida fue poniendo las cosas en su sitio: inexperiencia, falta de cohesión, lo normal en un equipo lleno de imberbes yogurines como éste… hasta ahora. Porque ahora ya no son tan inexpertos ni están tan descoordinados, justo ahora están empezando a funcionar, que se lo pregunten a unos Gators de Florida que aún no se habrán quitado el susto del cuerpo y todavía estarán pensando en qué habría sido de ellos si no llega a resbalarse Young. Si yo fuera Kansas State y/o Wichita State no estaría nada tranquilo, en absoluto.

Pero es que lo siguiente podría ser el vigente campeón Louisville (¿imaginan un derby de Kentucky en Sweet Sixteen?), ahí es nada la pomada. Si alguien pensó que por perder a Siva, Dieng o Behanan (este último a mitad de temporada, y no por haberse hecho profesional sino por su mala cabeza) estos Cardinals serían menos competitivos es que no conoce suficientemente a Rick Pitino. Jones, Hancock o Van Treese apuntalan un equipo con dos patas básicas, a saber, el siempre alucinante Russ Smith (un inmenso chorro de talento generalmente muy mal administrado, ya saben) y el prodigioso ala-pívot sophomore Montrezl Harrell, para mí una de las grandes sensaciones de la temporada, un jugador que poco tiene que envidiar a (por ejemplo) Julius Randle y del que sin embargo se habla (repito, en mi opinión) mucho menos de lo que merecería. La primera piedra (y no pequeña) en el camino de Louisville será Manhattan, esos Jaspers de Steve Masiello que tras ganar brillantemente a sus vecinos de IONA se proclamaron flamantes campeones de la MAAC. Llegan muy de vez en cuando estos Jaspers al Torneo pero suelen dejar huella, así lo hicieron hace ya casi veinte años con nuestro Jerónimo Bucero y hace ya casi diez con el dominicano Luis Flores (sí, aquel mismo Luis Flores del Trío Los Panchos estudiantil), así pueden hacerlo este año con tíos como Michael Alvarado o Emmy Andújar por ejemplo, ponga un hispano (o mejor dos) en su vida. Quien gane se las verá previsiblemente con Saint Louis… o no, porque éste a su vez tendrá que haber ganado al superviviente de uno de esos duelos aislados de lo que ahora llaman primera ronda y yo preferiría llamar ronda previa, North Carolina State-Xavier, partidazo ya para empezar.

Al otro lado del cuadro baste decir que Michigan es el número 2 y Duke el 3, a ver si no son éstos motivos más que suficientes (junto con los de antes) como para que a las buenas gentes de Wichita les tiemblen las piernas.Captura de pantalla 2014-01-27 a las 18.14.14 Empecemos por los Wolverines, que creyeron que se les venía el mundo encima cuando se les lesionó para toda la temporada su fuerza interior Mitch McGary (que ahí anda el hombre agitando toallas y mostrando carteles motivacionales a falta de mejor suerte) pero Beilein tuvo claro aquello de que lo que no te mata te hace más fuerte y predicó con el ejemplo: Burke será historia pero Stauskas es puro presente, y qué presente, cada día que pasa es mejor jugador esta criatura; súmenle a LeVert, a Glenn Robinson III y al renacido pívot Jordan Morgan y ahí están los resultados, desde luego muy por encima de las expectativas que había generado este equipo. Eso sí, para que estos Wolverines lleguen a medirse con Duke en sweet sixteen tendrán antes que haber dado buena cuenta de Wofford y luego medirse al ganador del Texas-Arizona State, otras dos muy gratas sorpresas. Los Longhorns parecían estar en año de transición pero han causado sensación de la mano (sobre todo) de su emergente base freshman Isaiah Taylor; y los Sun Devils han respondido con creces a las esperanzas que generaban su eléctrico base sophomore Jahii Carson y su fornido pívot canadiense Jordan Bachynski. Bonito cruce.

Y cómo no, Duke, quizá uno de los mejores juegos exteriores de la nación, quizá uno de los más endebles juegos interiores hasta que Krzyzewski decidió hacer de la necesidad virtud: optimizó a Amile Jefferson, recurrió por fin a Marshall Plumlee (que no estará al nivel de sus dos hermanos mayores, pero que siempre ha respondido cuando se le ha necesitado) y acercó más al aro a esa maravilla disfrazada de jugador de baloncesto llamada Jabari Parker, mi particular número 1 del draft si no fuera por Embiid. No serán los mejores Blue Devils de la historia pero vuelven a aspirar a casi todo como casi todos los años. Eso sí, en el camino se las verán con Mercer y luego o bien con Massachusetts (me encanta su base Chaz Williams) o bien con el ganador de la ronda previa (o sea, primera ronda) entre Tennessee (me encanta su pívot Jarnell Stokes) y Iowa, una pena estos Hawkeyes que andan también en caída libre estas últimas semanas pero que vaya usted a saber si en llegando al Torneo no les diera a los Marble, Gesell y cía por recuperar su espléndido baloncesto anterior. Ojalá.

EAST

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Y si ya epataban los números de Wichita State no epatan menos los de Virginia, esos Cavaliers que no ganaban la temporada regular de la ACC desde hace 33 años (o sea, desde 1981) y no ganaban el Torneo de Conferencia desde hace la friolera de 38 años (o sea, desde 1976). TEMPORADÓN con mayúsculas el de estos chicos de Tony Bennett, esos maravillosos Harris, Brogdon, Tobey, Mitchell y demás familia… que sin embargo no habrían sido números 1 de esta Región de no haberse producido las derrotas postreras de Villanova, Kansas, Michigan o incluso Duke (ante la propia Virginia) en sus respectivas conferencias. Bien está lo que bien acaba, este seed 1 podrá haber sido el último en ser adjudicado pero no por ello es menos justo.

Tras ganar (démoslo por hecho) a los Chanticleers (¿?) de Coastal Carolina los Cavaliers se las verán con el ganador del Memphis-George Washington. No he podido ver a los Colonials (y bien que lo siento) pero sí unas cuantas veces a los Tigers del histriónico Josh Pastner y de Joe Jackson, Geron Johnson y Michael Dixon, veterano y muy físico juego exterior con calidad de sobra para liársela a cualquiera. Ese hipotético Virginia-Memphis podría ser un tremendo duelo táctico, quien lo gane sentirá poco menos que una liberación… y sin embargo su calvario no habrá hecho más que empezar ya que a la vuelta de la esquina bien podría esperarle Cincinnati o aún peor, nada menos que Michigan State.

Ningún sénior sin Final Four, he ahí el lema virtual de Izzo durante todos estos años, casi ya desde finales del pasado siglo. Ningún sénior sin Final Four, así fue durante casi todo este tiempo pero ahora corre cierto riesgo de que deje de serlo, de que tíos como Appling o Payne se le gradúen sin haber disfrutado de la experiencia. Para impedirlo (y para hacer valer su buen momento de forma, también, demostrado durante el reciente Torneo de la Big10) encararán a Delaware y luego probablemente se las verán con los musculitos de Cincinnati (mención especial para Sean Kilpatrick, uno de los jugadores del año sin ninguna duda) o en su defecto con los cerebritos de Harvard, una vez más brillantes campeones de la no menos brillante (en términos académicos) Ivy League. Un camino difícil porque a estas alturas ya no hay caminos fáciles, pero que tampoco parece el peor que les podría haber tocado, en absoluto. Izzo y sus Spartans tienen el legítimo derecho de volver a soñar.

Con permiso sobre todo del número 2 que llegará por el otro lado del cuadro, y que se llama Villanova. Habré de confesar aunque me avergüence que no he visto en todo el año a Villanova, no porque no haya querido sino porque no he podido, por lo que antes les conté de la católica Big East vendiendo su alma a la Fox. Poco más puedo aportar que lo que antes supe de ellos, que sigue entrenándoles (muy bien por cierto) el Clooney de los banquillos Jay Wright, que en la dirección en cancha seguirá ese frágil base de extraño apellido que nos cautivó en su año freshman, Ryan Arcidiacono (pronúnciese Archidiácono). Y que habrían sido número 1 con todas las de la ley (en detrimento precisamente de Virginia) de no haber caído prematuramente en el Torneo de su Conferencia ante Seton Hall.

Villanova deberá ahora deshacerse sin excesivos problemas de Wisconsin-Milwaukee y luego encarar al ganador del Connecticut-St. Joseph’s. Que en condiciones normales deberían ser los Huskies de Kevin Ollie y de ese espíritu libre llamado Shabazz Napier, pero que no descarten tampoco a los sorprendentes chicos de St. Joe’s. En el hipotético caso de que dieran la campanada (como ya la dieron en su conferencia cargándose en la Final contra todo pronóstico a VCU) hasta podríamos encontrarnos un Villanova-St. Joe’s, un insospechado derby de Philadelphia en la 3ª ronda del Torneo. Esperemos acontecimientos.

Y quedaría hablarles de otro de los equipos que más me han cautivado esta temporada, los Cyclones de Iowa State, de Fred Hoiberg y del afamado trío Kane-Ejim-Niang. Van con el número 3 lo que les hará verse de entrada con la desconocida (para mí al menos) North Carolina Central y luego ya con North Carolina (pero ésta ya no Central sino la de verdad, la de toda la vida) o Providence. Los Tar Heels han sido con diferencia el equipo más desconcertante de la temporada, el que un día te perdía con Belmont o UAB y al siguiente te ganaba a Michigan State o Kentucky pongamos por caso, el que una noche atacaba como los ángeles y a la siguiente defendía como el culo, con perdón. Marcus Paige es un fuera de serie, Tokoto, Bryce Johnson o McDonald hacen un gran trabajo, Britt y Meeks apuntan grandes cosas, van tan sobrados de talento que son perfectamente capaces de vencer a cualquiera… o de perder contra cualquiera, también. Con Providence por ejemplo, esos Friars que se llevaron contra todo pronóstico el Torneo de la (nueva) Big East ganándose de paso el billete para el baile, esos Friars que por desgracia tampoco pude ver en todo el año, lo de su Conferencia vendiendo el alma a la Fox, ya saben…

Si han llegado ustedes hasta aquí (cosa que dudo) sin duda merecen un premio, por ejemplo contarles que en apenas una semana (con permiso de la autoridad, y si el tiempo no lo impide) estará en sus pantallas la siguiente entrega, que en un alarde de originalidad llevará por título Crónicas de Marzo (III). Entre tanto denle una oportunidad a este maravilloso baloncesto universitario y a esta aún más maravillosa locura de marzo, háganme ese favor…

(publicado originalmente en tirandoafallar.com)

la que se nos viene encima   Leave a comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

O dicho de otra manera: todo aquello que siempre quiso saber sobre esta nueva temporada de baloncesto universitario, pero que jamás se le habría ocurrido preguntar. Como el saber no ocupa lugar (y menos en Internet), me dispongo a satisfacer su curiosidad al respecto incluso aunque no sienta dicha curiosidad, esto es así, aquí le damos respuestas aunque no tenga preguntas. Y todo por el mismo precio…

Creo que hacia finales de la pasada temporada les dije ya (y si no pues se lo digo ahora) que a esta NCAA 2013/2014 no la iba a reconocer ni la madre que le parió. Tal cual. Para empezar deberemos revisar todo lo que un día supimos sobre conferencias y equipos que las integran: no es ya que haya cambios puntuales (que esos los hay todos los años) sino que en algún caso concreto hay pocas cosas que continúen igual. La Big East, por ejemplo. A algunos, aficionados Orange(men) de por vida, se nos rompieron los esquemas cuando hace unos cuantos meses se anunció que Syracuse dejaría esa Conferencia en la que llevaba casi la vida entera (o casi desde que empezó a entrenarla Boeheim, que viene a ser lo mismo) para entrar a formar parte de la Atlantic Coast Conference, en siglas la ACC. O dicho de otra manera, que Syracuse dejaría de jugar en enero y febrero contra St. John’s o Georgetown como llevaba haciéndolo toda la vida de dios, que ahora pasaría a jugar contra Duke o North Carolina pongamos por caso. Y que no se iría sola, que con los Orange de la manita llegarían también a la ACC los Figting Irish de Notre Dame o los Panthers de Pittsburgh. Créanme que a algunos nos va a costar hacernos a la idea, casi tanto como nos va a costar que (quizá para hacerles hueco) Maryland deje en 2014 la ACC para ir a parar a la Big10 (con Indiana, Michigan, Michigan St…), una conferencia en la que no pega ni con cola, ni geográficamente siquiera. ¿Les parece raro? Pues mejor será que se vayan acostumbrando, porque todo esto con ser raro fue sólo el principio…

El lío gordo llegó a finales de la pasada temporada: siete universidades católicas de la Big East, a saber Georgetown, De Paul, Marquette, Seton Hall, Providence, St. John’s y Villanova, decidieron escindirse de la Big East y crear una conferencia nueva a la que tras darle muchas vueltas y quebrarse sobremanera la cabeza decidieron ponerle el bello nombre de… Big East. Como lo oyen (como lo leen, más bien), la vieja Big East tragó con que la nueva se llevara el nombre y hasta su tradicional Torneo Final en el Madison, todo ello a cambio de que la vieja se quedara con la caja común (o eso cuentan, que habré de reconocerles que yo en estos asuntos burocráticos me pierdo), así a priori tampoco parece un mal acuerdo. Así pues, a partir de esta temporada tendremos una nueva Big East con las siete universidades antes mencionadas más otras tres igualmente católicas llegadas a su vez de otros lares, Xavier, Butler (que últimamente sale a cambio de conferencia por año) y Creighton, ubicadas respectivamente en Cincinnati, Indianapolis y Omaha, cada una un poco menos al Este que la anterior, no está mal para llamarse Big East. Y tendremos asimismo una vieja Big East a la que obviamente a partir de ahora ya no volveremos a llamar nunca más Big East sino por su nuevo y flamante nombre, American Athletic Conference, en siglas AAC (qué bien pensadas para que nos confundamos una y otra vez con la ACC). De todo lo cual témome que apenas se habrá enterado de casi nada pero qué quiere que le haga, estas cosas son así, no sé contárselas de otra manera…

Todavía dos pequeñas aclaraciones respecto a todo lo ¿explicado? en el párrafo anterior: 1) No vayan a pensar en un cisma religioso ni nada similar, los católicos por un lado y los protestantes por otro cual si de una guerra santa se tratara, ni hablar, recuerden que aquello es América (Estados Unidos de), allí esta clase de transacciones no se rige por razones eclesiásticas sino por razones meramente comerciales, que allí podrán ser muy puritanos pero para la cosa de los negocios son muy prácticos: la cuestión tiene más que ver con que se agrupen por un lado las universidades más tradicionalmente baloncesteras y se queden por el otro las más tradicionalmente futboleras (fútbol americano, of course), tiene mucho más que ver con la respectiva negociación de sus respectivos contratos de televisión. Y 2) No vayan a pensar que todo esto va a parar aquí, en absoluto, la cosa del deporte universitario está en continuo movimiento: a lo que les contaba antes de Maryland cabría añadir que incluso la mismísima campeona en ejercicio, es decir Louisville, dejará también la ex Big East (o sea, la Athletic etc) a mediados de 2014 para ir a parar a… (adivinen): efectivamente, a la ACC, que quedará así ya convertida sin discusión alguna en la conferencia más fuerte (aún más si cabe) de todo el baloncesto universitario. Al menos hasta el siguiente movimiento…

Dejemos los temas burocráticos (no vaya a ser que acaben huyendo los pocos lectores que aún queden) y pasemos a los estrictamente deportivos. Así de entrada quédense con tres nombres, las tres joyas de la corona, tres sujetos de los que probablemente ya hayan oído hablar (incluso aunque no sigan para nada este baloncesto) y de los que mucho más oirán de aquí en adelante, no ya este año sino durante los próximos quince o veinte años: 1) Andrew Wiggins, portentoso alero canadiense, presunto número 1 del próximo draft, acaso el jugador al que más bola mediática se haya dado tras salir del insti desde los tiempos de LeBron James (y eso es decir mucho), y que tras darle muchas vueltas decidió finalmente jugar su one and done para los Jayhawks de Kansas; 2) Julius Randle, no menos portentoso ala-pívot, de imponentes condiciones físicas y no menos aparentes condiciones técnicas, que se decantó (fíjense qué original) por ponerse a las órdenes de Calipari en los Wildcats de Kentucky; y 3) Jabari Parker, alero al que poco a poco se le fue dando menos bombo que a los dos anteriores pero que es una auténtica delicia de jugador, y que tras pensárselo muy mucho (es mormón, por lo que a punto estuvo de recalar en BYU) decidió finalmente ponerse a las órdenes del Coach K en sus Blue Devils de Duke. Y no están solos, que la nueva generación viene sobrada de niños prodigio, que no habremos conocido muchas otras como ésta:  Tyler Ennis en Syracuse, Noah Vonleh en Indiana, Aaron Gordon (un brincador nato, un tipo que juega como si se hubiese tragado un muelle) en Arizona, Kasey Hill  en Florida, medio equipo de Kansas, casi el equipo entero de Kentucky… Buenísimos freshmen (y presuntos one and done) para dar y tomar.

Sí, el principal favorito para casi todo dios es Kentucky. Esta vez no es ya que Calipari se haya vuelto a llevar a la mejor promoción de novatos de la nación (que eso este año es decir mucho), es que incluso podría alinear un quinteto titular entero de freshmen si quisiera, un poco a la manera de aquellos legendarios Fab five de hace más de veinte años: los gemelos Harrison por fuera, el tremendo James Young de tres, el susodicho Randle de cuatro, Dakari Johnson completando el quinteto y hasta podría añadir aún un sexto novato en caso de necesidad, Marcus Lee. Tremendo despliegue de talento y (sobre todo) físico que se completa con el imponente pívot sophomore Cauley-Stein (titular indiscutible, así que lo del quinteto freshman va a estar difícil), el también sophomore Poythress… El típico equipo apisonadora calipariano, a cuya presumible inexperiencia se opondrán la inmensas sabidurías de Izzo en Michigan State (Payne, Appling, Harris), Krzyzewski en Duke (Cook, Sulaimon, el transfer de Mississippi State Rodney Hood, el ya mentado Parker), Self en Kansas (la joya Wiggins más los también freshmen Selden, Mason o Embiid, más el retorno de Perry Ellis) y cómo no, Pitino en Louisville (con buena parte del equipo campeón de hace 7 meses: Blackshear, Behannan, el talentoso a la par que anárquico Russ Smith…)

¿Aún más? Michigan (con el regreso de Glenn Robinson III, McGary o Stauskas), Syracuse, Arizona, Florida, Oklahoma State (con el retorno de ese portentoso incordio llamado Marcus Smart, que bien pudo haber sido top3 ó al menos top5 del pasado draft pero que finalmente decidió volver al campus de Stillwater, por razones que no me explico pero que me hacen sumamente feliz), Ohio State, Wichita State, Gonzaga, Oregon, UConn, VCU (con lo que se quiera sacar el mago Shaka Smart de su chistera…). Apunten además el eterno retorno a Creighton de ese impagable Doug McDermott, el de Jahii Carson a Arizona State, el de Kyle Anderson a un sumamente atractivo equipo de UCLA… Atractivo entre otras cosas porque largaron a Howland y contrataron como técnico a Steve Alford, como atractivos serán sus vecinos de USC (ese hotel de los líos) tras haberse puesto en manos de Andy Enfield (sí, el autor de aquel milagro del pasado marzo con Florida Gulf Coast). Como atractivos espero que sean los Gophers de Minnesota tras haber cesado a Tubby Smith y contratado en su lugar a Richard Pitino (que obviamente no es Rick Pitino sino su hijo, casualmente del mismo nombre). Como atractivos no sé ya si serán los Bulldogs de Butler con el ex asistente Brandon Miller o lo que es lo mismo, sin el impagable Brad Stevens, a día de hoy topándose ya contra la cruda realidad de la NBA…

Muchas cosas, demasiadas sin duda (y no vean las que me dejo) como para extractarlas en un solo (presunto) artículo, que digo yo que tampoco es cuestión de aburrirles (aún más si cabe) ya desde el primer día. Les invito a acompañarme si lo tienen a bien durante estos próximos cinco meses, ésta es su casa, pasen y encontrarán toda clase de historias al respecto. De verdad se lo digo, se nos viene encima una temporada NCAA sencillamente apasionante, quizá la más espectacular de estos últimos tiempos (así lo aseguran casi unánimemente todos los expertos, quién sería yo para llevarles la contraria aunque quisiera, que no quiero), yo que usted no la daría de lado por nada del mundo, no vaya a ser que luego se tenga que arrepentir…

la elección de Pitino   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 15 de abril de 2013)

En el otoño de 1987 descubrimos América. La descubrimos poco a poco, de hecho la íbamos descubriendo cada fin de semana, Trecet nos llevaba cerca de las estrellas y nosotros las devorábamos con ansia viva cada viernes o sábado, tal era nuestro afán por disfrutar de aquella maravillosa novedad. Uno de aquellos días tocó Knicks, tocó aquella mítica institución que tantas veces habíamos oído mencionar en tantas y tantas películas (tengo entradas para los Knicks, frase recurrente), tocó aquel no menos mítico Madison Square Garden del que tanto habíamos oído y desde el que tan pocas cosas habíamos visto. En aquellos Knicks nos reencontramos con un Pat Ewing que estaba casi igual que cuando le conocimos tres años antes allá por Los Ángeles 84, en aquellos Knicks descubrimos a un base rookie llamado Mark Jackson que tiraba que se las pelaba desde más allá de la línea de tres puntos, en aquellos Knicks vimos por primera vez a un técnico no menos rookie, un tipo insospechado que por edad (no tanto por estatura) aún podía pasar perfectamente por jugador, un yupie que por su aspecto más bien parecía que se hubiera escapado de Wall Street para reciclarse dirigiendo al más emblemático equipo de la Gran Manzana. Dinámico, energético, transmitía ese mismo dinamismo y esa misma energía a sus jugadores y de paso contagiaba a todos a su alrededor. Tenía buena pinta aquel tipo, parecía que podría hacer carrera en esto (no imaginábamos cuánta) y eso que aquel absurdo apellido italiano (que a nosotros nos sonaba como a diminutivo de pito) no le ayudaba en absoluto…

Claro está, aún no conocíamos nada más de él, no se me sorprenda, piense que en aquel entonces no existía Internet (o acaso sí existiera, pero como si no) y que las diversas revistas de baloncesto que pululaban por nuestros kioscos sólo caían en mis manos de pascuas a ramos ya que mi exiguo poder adquisitivo no me permitía otra cosa. Todavía no sabíamos que había llegado a Nueva York desde Providence, que había metido a los Friars en Final Four, que años antes había metido a la modesta (en términos estrictamente baloncestísticos) Universidad de Boston  en el Torneo, que aún antes de todo aquello había sido asistente en Syracuse, recuerden, el primero que fichó Boeheim para sus Orange(men) en aquel verano de 1976. No, aún no conocíamos entonces aquella merienda campestre (o lo que fuera) que nos contaron muchos años más tarde y que yo les conté hace unos meses, Boeheim, Pitino y sus respectivas cónyuges, sus planes de futuro, Boeheim diciendo que ya tenía el trabajo que quería en donde siempre lo había soñado, que allí era feliz y no aspiraba a casi nada más, Pitino incapaz de entenderlo, su ambición dándose de patadas con la apacible manera de entender la vida que tenía su jefe. Hoy, más de tres décadas y media después, sabemos que ambos respetaron escrupulosamente a lo largo de su vida aquella declaración de intenciones.

La ambición llevó a Pitino de Syracuse a Boston (University), de ahí a Providence y de ahí a Nueva York, allí le descubrimos (Trecet mediante) aquella madrugada de 1987, quién nos iba a decir entonces que más de un cuarto de siglo más tarde aún le tendríamos bien presente en nuestras vidas. Aquello de los Knicks se acabó un par de años después, y aunque me avergüence habré de confesarles que no sé demasiado bien por qué: no sé si pensó que aquello de la NBA no era para él (años más tarde volvería a cambiar de opinión), no sé si fueron los Knicks los que le retiraron la confianza, no sé si fue la irrupción de Kentucky la que lo cambió todo. El reto era precioso, desde luego: reflotar uno de los más grandes programas (en términos de baloncesto) de la nación, venido a menos en los últimos tiempos porque las irregularidades de reclutamiento durante la etapa de Eddie Sutton lo habían dejado muy tocado, sanciones NCAA incluidas. El reto era precioso y venía además aderezado con un cuantioso número de ceros a mano derecha para ayudarle a tomar su decisión. La ocasión la pintan calva (¿por qué se dirá esto?) debió pensar Pitino, que cambió de inmediato la populosa Nueva York por la apacible Lexington y el Madison Square Garden por el Rupp Arena. No era un paso atrás, en absoluto, a pesar de lo que aquí nos pudiera parecer.

Quedó así inaugurada la mejor etapa de su carrera, en mi opinión. Venían de la nada y apenas un año después ya todo dios hablaba de ellos, hasta en nuestros medios de información general de aquella época (El País, en mi caso) no era difícil encontrar alguna referencia puntual de aquellos Bombinos Pitinos, llamados así por su propensión a tirar de tres. Ese era uno de sus sellos de identidad, junto con el ritmo altísimo y (sobre todo) una defensa asfixiante, extenuante, salpicada a ratos con esa presión en toda la pista que a menudo lograba poner el partido entero del revés. Ya se quedaron a un palmo (a un triple imposible de Laettner, más bien) de la gloria en 1992, entonces aún no podíamos verlo (saben que nunca fue muy fácil ver NCAA en este país) pero tampoco tardaríamos mucho, Final Four de 1993, la primera que dio el Plus, acaso una de las más espectaculares por el nivel de sus contendientes que recordarse puedan: North Carolina, Kansas, Michigan y Kentucky, ahí es nada, de nuevo los Wildcats (casi) en la cima. Aquellos Jamal Mashburn, Travis Ford y demás familia nada pudieron (aunque no estuvieron lejos) ante Webber, Rose, Howard y demás Fab Five de Michigan pero la semilla ya estaba echada, el tallo era fuerte y sólo era cuestión de esperar a que acabara de crecer.

Acabó en 1996: Antoine Walker, Walter McCarthy, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk, calidad por arrobas, físico impresionante, defensa asfixiante, cuando se ponían a presionar no había rival al que no se le apagara la luz. Ganaron la Final a Syracuse, cortaron las redes y fue sólo el principio de un trienio mágico, tres años consecutivos jugando la Final, no habrá muchos equipos que puedan decir lo mismo en estas últimas décadas. En 1997 parecían predestinados a revalidar el título pero hete aquí que se cruzaron en su camino otros Wildcats, la Arizona de Lute Olson (y Mike Bibby, Miles Simon, Jason Terry) en una Final inolvidable. Y en 1998 presentaron un equipo infinitamente menor, un equipo que apenas nada tenía ya que ver con aquel de 1996 pero que sin embargo acabó alzándose de nuevo con el título, acaso fuera por pura inercia, por pura herencia del trabajo realizado durante todos estos años; aquel seguía siendo un baloncesto perfectamente reconocible, cualquiera que lo mirara podía ver tras aquel equipo la mano de Pitino… lo cual no dejaba de tener su mérito, dado que hacía ya un tiempo que Pitino no paraba por allí. 

Pitino estaba en Boston, llevaba ya unos cuantos meses afrontando otro reto aún mayor que el que aceptó cuando se hizo cargo de los Wildcats: reflotar a los Celtics. Una vez más un desafío a la medida de su ambición, un contrato lleno de ceros a la derecha (ya hubiera querido por ejemplo Phil Jackson cobrar una cifra siquiera medianamente parecida durante sus tiempos en Chicago), una oferta que ningún ser humano en su sano juicio podría rechazar. Y dicho y hecho, y todos esos aficionados célticos que llevaban ya una década instalados en la depresión recuperaron de repente la ilusión, volvieron a ser felices, pensaron que con Pitino la NBA volvería a ser verde, sólo era cuestión de tiempo… Efectivamente, sólo fue cuestión de tiempo que se estamparan de bruces contra la cruda realidad. Pitino el primero.

Creo que fue más o menos por aquellas fechas, entre la cresta de la ola de Kentucky y sus todavía prometedores comienzos en Boston, cuando el polifacético Pitino aprovechó el tirón para escribir un libro que no era tanto un libro de baloncesto como uno de esos manuales motivacionales de autoayuda que tanto gustan por aquellos pagos. Nunca lo vi ni lo hojeé ni lo tuve en mis manos siquiera pero tampoco es que haga mucha falta porque el título es de esos que lo dicen todo, una declaración de intenciones en toda regla: success is a choice o lo que viene a ser lo mismo, el éxito es una elección. Ya saben, aquella típica filosofía de que tienes lo que te mereces, hard work pays off, el trabajo duro siempre se recompensa, serás lo que quieras ser, cualquier sueño estará a tu alcance si luchas al máximo para alcanzarlo, etc. La cultura del esfuerzo, que diría Roig. Ojalá fuera todo tan fácil. No niego que las probabilidades de tener éxito en esta vida (quizá habría que empezar por definir qué es tener éxito) serán mucho mayores cuanto más trabajes para conseguirlo, no lo niego más que nada por la pura coherencia de estar diciéndole a mi hijo que estudie cada dos por tres, no lo niego ni siquiera aunque la realidad de mi país se empeñe en desmentírmelo día tras día. Pero al éxito y al fracaso apenas los separa una finísima línea, cuántos supremos esfuerzos que merecieron triunfar se fueron al limbo, no porque faltara trabajo sino por cualquier otra circunstancia, por no haber sabido estar en el momento justo en el sitio adecuado. Y el mejor ejemplo es el propio Pitino: no creo que su tesón y dedicación fueran menores en Boston de lo que lo fueron en Kentucky, más bien al contrario. ¿El éxito es una elección? De ser así cagarla también sería una elección. Y tan simplista sería lo uno como lo otro.

Pitino quizá comprendió tarde que la NBA no es la NCAA, que a ambas las separan mucho más que un par de siglas. En NCAA puedes valerte de tu prestigio y el de tu universidad para reclutar a los mejores jugadores, en NBA ya puedes hartarte a perder partidos y llevar más papeletas que nadie para que te toque Duncan que si luego va y le toca a San Antonio pues ahí te quedas, a conformarte con las migajas. En NCAA en el mejor de los casos juegas treintaitantos partidos de 40 minutos en cinco meses, en NBA en cinco meses y medio juegas 82 a razón de uno cada dos días, 48 minutos una noche y acaso otra vez a la noche siguiente, si les pones a presionar como en Kentucky les tendrás reventados antes de que llegue marzo, ya de playoffs ni hablemos. En NCAA les dices que presionen, que muerdan y hasta que se tiren por un barranco y te seguirán a pies juntillas, son estudiantes, no cobran un céntimo (más allá de su beca) y respetan el principio de autoridad más que nada porque no les queda más remedio; en NBA como te descuides alguno cobra más que tú (sí, incluso en el caso de Pitino), les pones a presionar e igual alguno te contesta que presione tu padre, y si ello te supone algún problema vámonos a ver al dueño a ver a quién hace caso de los dos. Los entrenadores que han logrado triunfar en NCAA y NBA se pueden contar con los dedos de una mano (y aún sobrarían cuatro dedos), se estampó Pitino como se fueron estampando también en mayor o menor medida Calipari, Carlesimo, Montgomery, Leonard Hamilton, tantos otros, todos aquellos que no se llamen Larry Brown.

Allá por la primavera de 2001 Pitino dio por finalizada su tormentosa relación con la NBA (a la fuerza ahorcan) y se encontró con unas cuantas universidades deseosas de llevársele de nuevo al huerto de la NCAA. Estos días hemos sabido que a punto estuvo de ser Michigan la elegida, precisamente Michigan, los Wolverines que también estaban de capa caída por aquel entonces. Cuentan que fueron los deseos de su señora esposa de volver a vivir en el Estado de Kentucky los que finalmente decantaron la balanza en contra de Michigan y a favor de Louisville. Cuentan además que Pitino era escéptico al respecto, los aficionados de Louisville jamás aceptarán a un entrenador que haya estado en Kentucky; se equivocó: más bien fueron los aficionados de Kentucky los que jamás aceptaron que un ex entrenador suyo (que les había hecho campeones, además), hubiera ido a parar a Louisville, ya una vez les conté cómo le recibieron en el Rupp Arena cuando se presentó allí por primera vez a dirigir las evoluciones del eterno rival.

El resto de la historia ya más o menos se la saben (y todo lo anterior probablemente también). Cuatro años tardó Pitino en convertirse en el primer entrenador en llevar a tres universidades diferentes a la Final Four, finalmente lo logró con aquellos improbables Cardinals liderados por Francisco García y en los que también estaba ya el colombiano Juan Palacios. Algunos tuvimos ya clarísimo entonces (y así lo escribimos, aunque a saber dónde) que más tarde o más temprano Pitino sería también el primer técnico en hacer campeonas a dos universidades diferentes, dicho y hecho, mérito increíble aunque quizá convendría establecer un pequeño matiz: ser campeón con dos universidades diferentes es muy difícil, véase la muestra, pero es todavía más difícil (casi imposible, incluso) si te tiras casi toda la vida en la misma universidad (toma ya perogrullada). Probablemente Krzyzewski, Boeheim o Izzo no lo lograrán jamás como tampoco lo lograron (por ejemplo) Dean Smith, Bobby Knight o John Wooden, y ello no les hace peores entrenadores. En absoluto.

No fue un tránsito fácil el de Pitino en Louisville, no fue un camino de rosas, no vayan a pensar. Primero porque hasta hace un par de años tuvo plantillas buenas o simplemente decentes pero no grandes como ésta de ahora o como las que llegó a manejar en Kentucky. Y segundo porque el éxito podrá ser una elección pero a veces es también un juego de palabras, a veces entre el éxito y el fracaso sólo hay una letra, cambie usted la L por la R y verá lo que sucede. Dado que las vidas privadas siempre me han traído al pairo habré de confesarles mi supino desconocimiento al respecto, y habré de confesarles también que me ha dado una pereza infinita documentarme sobre el tema. Hasta donde alcanzo a recordar (que no es mucho) resultó que Pitino había tenido tiempo atrás eso que nuestras abuelas llamaban un lío de faldas, un desliz, una amiga entrañable si prefieren que utilice una terminología más actual. Resultó que aquello tuvo consecuencias indeseadas (sigamos con los eufemismos), resultó que Pitino lo negó mientras pudo, resultó que años más tarde fue víctima de extorsión y al final no le quedó otra salida que reconocerlo… Todo lo cual me importaría un bledo (¿qué demonios será un bledo?) si no fuera por el pequeño detalle de que el escándalo casi le cuesta el puesto. Claro está, ahora lo fácil sería recurrir a la típica muletilla del puritanismo o la mojigatería yanqui, pero no es eso, o no es sólo eso: en Estados Unidos los técnicos universitarios no son sólo entrenadores, son también (y sobre todo) educadores, al fin y al cabo ejercen su magisterio en una institución educativa y las enseñanzas que transmiten a sus pupilos forman parte de su educación. Por eso se espera que su conducta sea irreprochable, que transmitan valores positivos, que actitudes como el engaño y la mentira no formen parte de su línea de actuación. Finalmente Pitino salvó los muebles, le ayudó a ello su sincero (supongo) acto de contrición, le ayudó también la predisposición de la Universidad a perdonarle dado que a ver dónde iban a encontrar otro entrenador mejor a estas alturas…

Hoy Pitino tiene ya sesenta bien disimulados años aunque le veamos casi la misma cara que hace un cuarto de siglo (milagros de la ciencia), hoy Pitino tiene una inmensa alegría que no le cabe en el cuerpo y que a poco que se descuide le hará saltar las costuras, de hecho durante la celebración tras la Final llegué a preocuparme al respecto. En apenas tres días ganó su segundo título NCAA, fue elevado a los altares del Hall of Fame, vio cómo su caballo (sí, también tiene un caballo) ganaba una de las más importantes carreras previas al afamado Derby de Kentucky y supo finalmente que su hijo Richard se convertía en nuevo entrenador-jefe de los Golden Gophers de Minnesota (curiosamente sustituyendo a quien hace dieciséis años ocupó su puesto en Kentucky, Tubby Smith). Hoy Pitino está ya (aún más si cabe) en el olimpo de los más grandes de este juego, hoy bien podrá reivindicar de nuevo (y a ver quién se atreve a discutírselo ahora) aquello de que el éxito es una elección. Su elección.

el final del camino   3 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 4 de abril de 2013)

Este es el final de un largo y tortuoso camino iniciado hace apenas cinco meses. Tomaron la salida trescientas y pico universidades que quedaron reducidas a 68 hace dos semanas, a tan sólo 16 una semana más tarde, únicamente cuatro de entre todas ellas continúan aún vivas a día de hoy. Puede que les parezca una metáfora un poco pedestre pero es lo que hay y además habré de decir en mi descargo que no es mía, al fin y al cabo sólo estoy versionando la metáfora que acostumbra a utilizar la propia NCAA, la misma que engalana sus pabellones durante todo el Torneo con la frase the road to the Final Four y que muy probablemente engalanará también el Georgia Dome este próximo fin de semana con la inequívoca sentencia the road ends here. Efectivamente, es así, de los trescientos y pico equipos que empezaron tan sólo cuatro han conseguido llegar a la meta (tampoco podría haber sido de ninguna otra manera), ahora ya sólo falta averiguar cuál de ellos la cruzará en primer lugar.

Louisville

Si hace dos semanas les dije que nadie era más favorito y hace una semana les reiteré que no veía otro favorito, pues imaginen qué puedo contarles de estos Cardinals a día de hoy. Por ponerlo en números: Louisville no sabe lo que es perder desde el 9 de febrero en cancha de Notre Dame, aquella histórica (e histérica) noche de las cinco prórrogas con la que ya les he dado la brasa alguna que otra vez. Perdieron, fueron necesarios 65 minutos para que perdieran pero perdieron… y puede que hasta les sentara bien, porque desde entonces no han hecho ya otra cosa más que ganar. Catorce victorias consecutivas, catorce (14), a saber, los siete últimos partidos de la Regular, los tres del Torneo de la Big East (que se adjudicaron, obviamente) y los cuatro que llevan del Torneo Final. Catorce victorias de las que sólo dos fueron por menos de 10 puntos, la que lograron el 2 de marzo en Syracuse y la que lograron el pasado viernes en su semifinal regional ante Oregon (pero que tiene truco, que al final sólo ganaron de 8 pero porque se relajaron tras ir ganando de 20); y con exhibiciones tan portentosas como aquella que ya les conté en su Final de Conferencia, otra vez ante Syracuse: a 15 minutos para el final perdían 29-45 y acabaron ganando 78-61, lo que viene siendo un parcial salvaje de 49-16 (en apenas 15 minutos, recuerden). Son así, el típico equipo ciclotímico, ya se lo dije: tienen ratos malos pero cuando entran en trance (generalmente coincidiendo con la presión al saque contrario) son casi imposibles de parar; el problema (para los rivales, entiéndase) es que últimamente estos trances les suceden demasiadas veces.

Les suceden hasta en situaciones de extrema emotividad como la que vivieron este pasado domingo ante Duke. No hará falta que les dé muchos detalles porque lo habrán visto ya con (demasiados) pelos y señales en cualquiera de nuestros (presuntos) medios de comunicación, de hecho será la única noticia de NCAA que habrán podido ver en esos mismos medios, de hecho gracias a esta noticia algún espectador habrá descubierto que existe la NCAA. Tyler Thornton (base suplente de Duke) fue a lanzar un triple y Kevin Ware (base suplente de Louisville) pegó un salto inverosímil para taponarlo del que aterrizó cargando todo el peso sobre su pie derecho, la pierna no pudo soportarlo y se le partió por completo, no en sentido figurado sino absolutamente literal, en ángulo recto como si dijéramos. No recuerdo haber visto nada tan terrible en directo en toda mi vida, no pude evitar acordarme de aquel (también ex de Louisville) Edgar Sosa con su selección dominicana pero créanme que esto de Ware fue mucho peor, afortunadamente la CBS tuvo la cortesía de no recrearse en los detalles y sólo nos dio dos repeticiones muy lejanas, pocas cosas hay allí que estén por encima de la noticia pero una de ellas es el respeto a la sensibilidad de sus espectadores (como aquí, vamos), habrá quien no esté de acuerdo pero yo al menos les estaré eternamente agradecido. Lo que sí vimos fue la consternación, sus compañeros desolados tirados en el suelo, sus rivales igual (especialmente Thornton ya que le tocó vivirlo en primera persona), incluso Pitino derramando alguna lágrima, gestos de pavor, silencio sepulcral en el pabellón. El partido se reanudó porque no quedaba más remedio pero durante varios minutos fue como si todo estuviera en una nube, ni quienes allí estaban ni quienes lo veíamos a miles de kilómetros al otro lado del ordenador podíamos sacarnos de la cabeza aquel horror…

Y entonces llegó Siva. Peyton Siva decidió hacer suyas las palabras que Pitino les contó que había dicho Ware mientras se lo llevaban en camilla, vosotros ocuparos de ganar el partido y no os preocupéis por mí; de un plumazo acabó con la languidez, cambió el paso, arrastró consigo a todo su equipo y en un abrir y cerrar de ojos aquello pasó de estar empatado a estar 20 arriba Louisville, aún Krzyzewski andará preguntándose cómo. Peyton Siva es un base espectacular, quizá un tanto ciclotímico como lo es su equipo (por definición), no tenía buen pronóstico en sus inicios debido a un pasado complejo y a tener un padre aún más complejo (no se lo pierdan si tienen ocasión) pero se fue asentando y lleva ya un tiempo convertido en el director de juego que precisa un equipo (con pinta de) campeón como Louisville. Peyton Siva es la prolongación sobre la cancha de Pitino casi en la misma medida en que su socio Russ Smith llega a ser la desesperación, a veces. A ver que me explique, muy pocos jugadores hay ahora mismo en todo el baloncesto universitario con el chorro de talento que tiene Russ Smith; pero claro, una cosa es el talento y otra muy distinta es saber qué hacer con él, que a menudo sabe pero hay ocasiones en que se le olvida: en aquel famoso partido de las cinco prórrogas se le olvidó unas cuantas veces y su equipo acabó pagándolo (y Pitino casi matándolo). Insisto, no tiene por qué ser así, por lo general no se la va la olla, sería un hecho aislado, no me lo tengan demasiado en cuenta.

Sí tengan en cuenta a las demás joyas de estos Cards: Blackshear, el impagable ala-pívot Behanan, el cénter Dieng (otro de mejora impresionante con los años) y cómo no, ese banquillo del que ya no emergerá Ware pero sí el triplista Hancock (Kuric bis) o los interiores Van Treese y Montrezl Harrell, ojo a este poderosísimo freshman que si no me le ponen la cabeza mala con cantos de sirena debería convertirse en la fuerza interior de Louisville en los próximos años. Pitino tiene de todo y todo bueno pero no es eso lo mejor, lo mejor es que por fin ha conseguido crear un equipo a su imagen y semejanza, una criatura casi tan perfecta como aquella de Kentucky que asombró al mundo en 1996 (ganando la Final a Syracuse por cierto, también es casualidad): Antoine Walker, Walter McCarthy, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk… No digo que estos sean necesariamente tan buenos como aquellos pero sí que éste es un equipo tan perfectamente engrasado como aquél (o más si cabe). Pitino, que ya fue el primer técnico en meter a tres universidades diferentes en Final Four, lleva ya mucho tiempo rondando ser el primer técnico que gane la NCAA con dos universidades diferentes. Y me temo que este año tiene muchas, demasiadas papeletas para lograrlo.

Wichita St.

Tal como fue la temporada (ya saben, pequeños ganando a grandes, resultados insospechados por doquier, sorpresas a tutiplén) no resultaba difícil imaginar a un invitado inesperado en esta Final Four. Pero claro, hasta para pensar en hipotéticas sorpresas solemos ser bastante conservadores los seres humanos: ¿Mid-majors? Pues sí, por qué no, pero dentro de un orden: pongamos (cómo no) Gonzaga o la siempre fiable Butler, o la Creighton de los McDermott, o la efervescente VCU o la sólida Saint Louis, o quién sabe si incluso UNLV o San Diego State… Puede que a algún wichitense o wichiteño (es decir, lo que viene siendo un habitante de Wichita, localidad de 360.000 almas al sur del Estado de Kansas) en un arrebato de optimismo le diera por apostar por su Universidad de Wichita State pero lo que es a usted y a mí (reconozcámoslo) ni se nos pasó por la imaginación. Les habíamos visto jugar (al menos yo) y hasta nos habían gustado pero ni aún así se nos habría ocurrido pensar en ellos como equipo de Final Four. Y sin embargo ahí les tienen, y no vayan a pensar que hay truco ni trampa ni cartón, no vayan a pensar que les favorecieron los cruces ni que les limpiaron el camino, no: entre sus víctimas (además de la siempre molesta Missouri y de la ruidosa La Salle) se cuentan el número 1 y el 2 de su Región, Gonzaga y Ohio State que verán la Final Four desde su casa tan ricamente sentados ante el televisor. No está mal para un presunto (sólo presunto) número 9 como Wichita St.

¿Qué les cuento yo de estos Shockers que no les haya contado ya? Ciertamente podría repetirme y hablarles de un equipo sólido y aguerrido, un equipo coral del que no resulta nada fácil entresacar a nadie… pero hoy intentaré currármelo algo más, para que no digan: si habláramos de una estrella ésta sería Cleanthony Early (¿qué se les pasaría a sus padres por la cabeza para ponerle Cleanthony a la criatura?), un alero cuyo tobillo les dio un buen susto durante la segunda mitad contra Ohio State pero afortunadamente no fue gran cosa, de hecho volvió antes de que acabara el partido; y siguiendo hacia adentro tocaría hablar de lo más parecido que tienen a un pívot (al margen del suplente nigeriano Orukpe), el tremendo Carl Hall. Pero no nos quedemos ahí y vayamos hacia afuera porque quizá su juego exterior sea una de las más gratas sorpresas del Torneo, para mí al menos: empezando por un estupendo base como Malcolm Armstead y siguiendo con dos freshmen que van ganando protagonismo cada día que pasa: el rubio, intenso y sumamente eficaz escolta Ron Baker y el base suplente (le queda poco para dejar de serlo) Fred Van Vleet, una delicia de jugador. Añadan a Tekele Cotton y tendrán ya la rotación completa, que así en frío puede parecer poca cosa en comparación con lo que hay alrededor pero que se lo pregunten por ejemplo a los Zags o a los Buckeyes a ver qué opinan. Y todo ello además convenientemente amasado por un técnico de aparente perfil bajo pero no se dejen engañar por las apariencias, Gregg Marshall, el verdadero padre de la criatura, sin lugar a dudas el secreto mejor guardado de estos Shockers.

Ahora bien, la pregunta sería: ¿existe alguna posibilidad por pequeña que sea de que Wichita State pueda hincarle el diente a Louisville en la semifinal que les enfrentará este próximo sábado (ya más bien domingo) a medianoche? Me gustaría pensar que sí (ya otra cosa será que lo piense), al fin y al cabo esto es deporte y es bien sabido que en el deporte (y tanto más en esta loca NCAA de nuestros desvelos) cualquiera puede ganar a cualquiera. En todo caso lo que verdaderamente importa no es lo que yo piense ni lo que piense usted sino lo que piensen ellos, que realmente se lo crean y no entren a la pista del Georgia Dome ya derrotados de antemano. Que entren como Butler contra Michigan State en 2010 (por ejemplo) y no como tantos otros que también arribaron a la Final Four contra pronóstico y luego ya se conformaron con ello sin mirar aún más allá. Hará falta un gran trabajo de motivación, qué duda cabe, y en esto como en tantas otras cosas Gregg Marshall parece ser un auténtico crack. Y hará falta además que a los manejadores de balón wichitenses (o wichiteños) no se les venga el mundo encima en cuanto Pitino mande a sus huestes a presionarles el saque de fondo. No es un tema baladí si nos atenemos a lo que ocurrió en su Final Regional ante Ohio State: ganaban de 20 a pocos minutos para el final, y fue justo entonces cuando Thad Matta debió decir de perdidos al río (o como se diga en USA) y puso a los suyos a presionar en toda la pista. No fue una presión como la que acostumbra a hacer Louisville porque estos Buckeyes son buenos defensores (especialmente su base Craft) pero no presionadores profesionales como aquellos, pero fue más que suficiente para que a los Shockers les entrara de inmediato la descomposición. A punto estuvieron de consumar la catástrofe, algunos ya veíamos a la virgen apareciéndose a los Buckeyes por tercera vez consecutiva (como ante Iowa State encarnada en Aaron Craft, como ante Arizona encarnada en LaQuinton Ross), al final no llegaron a tiempo pero faltó bien poco. Avisados quedaron estos Shockers: Louisville no esperará tanto ni concederá tantas facilidades para que (por ejemplo) le superen la presión con un pase bombeado hacia un palomero esperando solo en la otra canasta (alguno así se comió Ohio St.), Louisville intentará ahogarles desde su propia línea de flotación, necesitarán un extraordinario trabajo de sus manejadores de balón (Armstead, Van Vleet, Cotton) para salir medianamente indemnes de ese acoso. Esperemos que lo logren, esperemos que me equivoque (como tantas otras veces) y tengamos partido hasta el final.

Michigan

Cómo no retrotraerse veinte o veintiún años atrás, cómo no pensar en aquellos fabulosos cinco freshmen que iluminaron este baloncesto en 1992 y que (ya como sophomores) siguieron iluminándolo en 1993, Chris Webber, Jalen Rose, Juwan Howard más Ray Jackson y Jimmy King que también eran de dios, de hecho éste último anduvo durante un tiempo por aquí aunque hoy ya casi nadie lo recuerde. Cómo no establecer paralelismos aunque la propia universidad renegara luego de ellos, aunque los borrara de sus libros de historia (pero lo que no pudo hacer fue borrarlos de nuestra historia, de la memoria de todos aquellos que tuvimos ocasión de contemplarlos). ¿Saben por ejemplo que estos Wolverines edición 2013 tienen también su propio Fab Five, un quinteto freshman que sólo es titular al sesenta por ciento pero que podría coincidir perfectamente en cancha, de hecho puede que lo haya hecho ya un montón de veces sin que nos diéramos cuenta? Spike Albrecht, Caris Le Vert, Nik Stauskas, Glenn Robinson III y Mitch McGary, los dos primeros aún suplentes aprovechando los escasos huecos que les dejan Burke o Hardaway, los tres últimos titulares ya de pleno derecho y con perfil tan enebeable como el que más a medio/largo plazo, esperemos que largo a ser posible… Las comparaciones son odiosas tanto más si tenemos en cuenta que estos yogurines aún no habían nacido siquiera cuando sus prodigiosos antecesores ya andaban haciendo diabluras en aquellas lejanas primaveras de 1992 y 1993, las comparaciones podrán ser odiosas pero son también inevitables. Hubieron de pasar veinte años de travesía del desierto, nombres más o menos importantes que se acabaron quedando a medio camino, Louis Bullock, Maurice Taylor, el añorado Tractor Traylor, Manny Harris, Darius Miller, tantos otros que vistieron ese azul y amarillo (color maíz, dicen allí) y que hoy estarán tremendamente orgullosos de ver cómo su Universidad de Michigan ha recuperado por fin su sitio en la historia. Bendita historia, aunque les cueste reconocerla.

Y Burke, Trey Burke. Pudo dar el salto a la NBA tras su año freshman pero se lo pensó dos veces y finalmente decidió volverse a Ann Arbor, los aficionados a este baloncesto en cualquier parte del mundo nunca se lo agradeceremos lo bastante y los aficionados de Michigan no es ya que se lo agradezcan sino que deberían erigirle una estatua por suscripción popular a la puerta del Crisler Arena. Burke, en ésta su segunda temporada, ha dejado de ser uno de los mejores bases de la Liga para convertirse sencillamente en el mejor jugador de la Liga, así, con todas las letras. Habrá quien discrepe y me diga que si McDermott, Oladipo, Zeller, Smart y demás familia, muy buenos todos ellos por supuesto, grandísimas temporadas las suyas pero difícilmente comparables (aunque haya quien las compare) a la de Burke. ¿Les queda alguna duda? Véanse el desenlace de su Semifinal Regional contra Kansas, háganme el favor. Kansas que fue ganando casi todo el partido, Kansas que llegó con más de 10 arriba a los instantes finales, Burke que había estado desaparecido toda la primera mitad (mérito de la defensa de Kansas, también) pero que en llegando estos momentos empezó a carburar, la diferencia que empezó a reducirse pero no lo suficiente, a veintitantos segundos para el final Kansas gana de 5, canasta de Robinson III que les pone a 3, falta a Elijah Johnson que anota los dos tiros, otra vez a 5, canastón de Burke, de nuevo a 3, nueva falta a Johnson, quedan 12 segundos pero esta vez Elijah falla el uno más uno, ¿adivinan quién se juega el triple a la desesperada desde 9 metros para forzar la prórroga? Efectivamente. Y en la prórroga más y más Burke, para que no queden dudas. A Bill Self y sus Jayhawks ya no les quedará ninguna duda a día de hoy.

Estos de Kansas fueron realmente los únicos apuros que pasó Michigan a lo largo del Torneo. Antes se deshicieron sin despeinarse  de la South Dakota State del afamado Wolters y de la asfixiante defensa HAVOC inventada por Shaka Smart para su VCU, y que en este caso nada pudo ante la sobredosis de talento de los Wolverines. Y tras Kansas fue Florida, algunos pensaron que sería un duelo en la cumbre pero los Gators (en su línea habitual de esta temporada) prefirieron quedarse en el llano y no comparecieron, en su casa muy bien pero cada vez que les sacaron de su hábitat más que caimanes parecieron lagartijillas birriosas: Boynton y Rosario yendo por libre como es su costumbre, el resto haciendo lo que pueden que es más bien poco y entre lo uno y lo otro fueron pan comido para los lobitos o lobatos o lobeznos o lo que les apetezca que signifique Wolverines, pan comido para Burke y los hijísimos Hardaway y Robinson, para la manita de ese prodigio canadiense llamado Stauskas (mucho más que un mero tirador, por cierto), no digamos ya para ese McGary que empezó la temporada muy perdido pero ahora ejerce de amo y señor de las zonas, al final tendrán que agradecerle al pívot (hasta entonces) titular Jordan Morgan haberse lesionado por el crecimiento que significó para este tío. Sí, los Wolverines están de nuevo en Final Four y créanme que esa es una magnífica noticia, no ya porque nos retrotraiga a veinte años atrás sino porque significa que ha ganado el talento, el baloncesto alegre y bien jugado a la manera en que lo quiere su veterano técnico John Beilein. Ganen o pierdan nos harán disfrutar, pueden estar seguros.

Syracuse

Si me lo hubieran dicho hace un mes no me lo habría creído. Si hace treinta o cuarenta días se me hubiese presentado algún iluminado diciéndome oye, que sepas que tus Orange van a jugar la Final Four creo que de inmediato le habría contestado anda ya, vete a la…… (rellenen ustedes la línea de puntos con la incoveniencia que les parezca más adecuada). Mis Orange, por resumirlo de alguna manera, han atravesado durante la temporada tres fases muy distintas: una primera, desde noviembre hasta el 21 de enero, en la que lo ganaron casi todo, de hecho el casi sólo fue una derrota por 4 puntos ante Temple; finalmente ese 21 de enero ganaron a Cincinnati, apenas dos días antes habían ganado incluso a la mismísima Louisville (en Louisville), todo parecía ser felicidad en Syracuse… y de repente todo se les volvió del revés: en ese mes y medio que aún quedaba de Big East ganaron cinco partidos (todos ante rivales relativamente fáciles) pero perdieron siete, cayeron en el ranking y en una depresión profunda… de la que empezaron a salir hace tres semanas, en cuanto empezó el Torneo de su Conferencia: excepto esa aciaga Final contra Louisville (sí, la del parcial 49-16) todo lo demás fueron victorias, antes y (obviamente) después: me preocupó Montana (¡¡¡Montana!!!) y la barrieron 81-34, me inquietó California y cayó también (no sin apuros), 66-60. Y qué decir de esta semana pasada: primero se deshicieron de la archifavorita Indiana sin demasiados problemas (qué largo se les ha hecho este final de temporada a los Hoosiers) y finalmente apalizaron con aún menos problemas a esa siempre incómoda Marquette que venía a su vez de apalizar a Miami (qué largo se les ha hecho este final de temporada a los Hurricanes). Somos así, no tenemos remedio (ustedes me disculpen que de vez en cuando me salga la primera persona del plural), íbamos por el mismo lado del cuadro que Indiana o Miami, parecía más imposible que nunca y sin embargo aquí nos tienen, diez años después de Melo (Anthony, no Fab), de Warrick o de (el hoy asistente de Boeheim) McNamara aquí estamos de nuevo, otra vez encaramados a la Final Four.

Estamos en Final Four y esa alegría no nos la quita ya ni dios, por supuesto. Pero es ley de vida no dormirse en los laureles y mirar hacia el futuro, supongo que lo suyo sería hacerlo con optimismo pero el optimismo me cuesta, será la edad que voy teniendo o será que soy así de natural. A ver, no les negaré que he recuperado la fe en este equipo, no les negaré que he vuelto a creer en un base maravilloso como Michael Carter-Williams, hubo un tiempo en que dudé de él porque en los momentos decisivos tiende a aturullarse y pierde a veces demasiados balones pero habré de reconocer que en este Torneo Final me tiene subyugado; creo en MCW como creo en el fantástico alero CJ Fair, en los triples de Southerland, en la (cada vez mayor) potencia unida a la buena mano de Brandon Triche, en la defensa (y muy poco más) de Rakeem Christmas o en los aportes desde el banquillo de Cooney, Jerami Grant o Baye Moussa Keita. Y cómo no, en el verdadero culpable de todo esto, el hombre cuya mera mención hace que me ponga de pie (metafóricamente, que de lo contrario me resultaría muy difícil teclear), Jim Boeheim, 37 temporadas le contemplan, head coach de Syracuse desde 1976, tenía yo la misma edad que tiene mi hijo ahora y puede que usted ni siquiera hubiera nacido por aquel entonces. Sí, supongo que más pronto que tarde tendremos que empezar a pensar en una Syracuse sin Boeheim, es ley de vida… pero por ahora no me lo toquen, háganme el favor.

Me he ido del tema, estaba contándoles que a pesar de todo me cuesta ser optimista, qué le vamos a hacer: Quizá porque miro a Michigan y me parece un plantillón (aunque también hayan pasado sus buenas crisis en momentos puntuales); o quizá porque miro a Louisville y se me viene a la cabeza de inmediato esa Final de Conferencia de la que ya les he hablado chiquicientas veces (la del parcial 49-16, insisto); o quizá porque aunque me niegue a ello al final acaben haciéndome mella todos esos tópicos gratuitos sobre la defensa en zona que me toca escuchar o leer cada vez que Syracuse (o quien sea) llega a algo en esta vida: que si el verdadero baloncesto es hombre a hombre; que si la zona es un recurso, puede ser una excepción en un momento puntual pero de ninguna manera puede ser la regla; que si la zona no sirve ante los buenos tiradores (¿pongamos por ejemplo los de Michigan?)… Pues mire, no, hasta ahí podíamos llegar. Dicen que la zona es un problema pero yo no concibo esa razón, que diría el bolero (sólo que el bolero hablaba de otra cosa): una buena zona deniega tiros exteriores, una buena zona llega a cada pase y encima a cada hombre-balón cual si se tratara de una defensa individual… pero repito, una buena zona, una zona bien hecha, no esa otra que tantas veces solemos ver por aquí de poner a dos tíos delante y tres detrás pegando saltitos con los brazos extendidos, sin más, y que si funciona no es tanto por su propia efectividad como por el desconcierto que genera en los rivales. No hará falta que se lo diga, ésta de Syracuse es una buena zona y no sólo porque lleven 37 años haciéndola sino porque Boeheim cuenta con los jugadores adecuados para hacerla: tíos muy móviles, de largos brazos (véanse al respecto los de MCW), buenas piernas, gran capacidad física, adecuado conocimiento del juego y la intensidad necesaria para cada ocasión. Todo lo cual obviamente no garantiza nada, es bien sabido que una zona se puede desactivar de mil maneras (que si no dando tiempo a que se forme, que si invirtiendo rápido el balón de lado a lado, que si infiltrando entre líneas al grande de turno)… exactamente igual que una defensa al hombre. No, la zona no es el problema, en absoluto, en todo caso puede ser la solución como ya lo ha sido tantas otras veces. El problema (de haberlo) está en mí y mi natural tendencia al pesimismo, así que tampoco me hagan mucho caso ni me lo tengan demasiado en cuenta, háganme el favor.

Sólo tendremos que esperar hasta la madrugada del sábado 6 al domingo 7 para que empiecen a disiparse nuestras dudas; y sólo en un par de días más, madrugada del lunes 8 al martes 9, tendremos ya todas las respuestas. Qué quieren que les diga: abónense, descárguenlo, piratéenlo, búsquense la vida como puedan pero tengan clara al menos una cosa: perdérselo no debería ser una opción. Ustedes mismos.

el partido de nunca acabar   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 16 de febrero de 2013)

Cada sábado, la ESPN culmina su incesante chorro de partidos universitarios (a cuál mejor) con el College GameDay, lo que aquí llamaríamos el partido de la jornada. Ya imaginarán que dicho encuentro tiene tratamiento especial: los mejores medios, el mejor narrador y/o comentarista (generalmente Dan Schulman y el histriónico a la par que incomparable Dick Vitale) y toda la cohorte de analistas de esa casa (Jay Bilas y demás familia) que por una vez a la semana dejan el plató y se desplazan en pleno al lugar de los hechos haciendo desde allí el previo, los reportajes del descanso, etc. Un verdadero lujo emitido además en pleno prime time, a las 21:00 horas (como aquí, vamos), no se me sorprendan y recuerden que la ESPN al fin y al cabo es un canal de deportes, no tiene que preocuparse de otros contenidos, le basta con colocar en su mejor horario lo mejor que tiene. Y en estas fechas no hay mejor producto que éste, así que echa el resto: hace algunas semanas le tocó a aquel maravilloso Butler-Gonzaga, hace semana y pico fue el duelo en la cumbre entre Indiana y Michigan, este pasado sábado tocaba una oferta muy interesante pero quizá no tan llamativa en principio como las anteriores, Notre Dame-Louisville, dos muy buenos equipos (cada uno a su manera) que auguraban que al menos veríamos un buen partido. ¿Un buen partido, dije? ¿Un gran partido, tal vez? Entonces aún no podíamos ni imaginar (ni siquiera aquellos que lo vemos con casi tres días de retraso, que mi trabajo me cuesta no enterarme de según qué resultados) que el College GameDay se nos va a convertir en algo así como el College GameYear. El partido del año.

Hagamos las presentaciones, para empezar. Ortodoxia versus heterodoxia como si dijéramos. La ortodoxia vendría representada por el equipo local, Notre Dame, los Fighting Irish; que como decían no sé a santo de qué en un capítulo de Los Simpson (no me pongan esa cara, mi hijo es adicto, todo se pega), no deja de ser  curioso que se hagan llamar Irlandeses Combativos teniendo un nombre francés (pero eso sí, pronunciado siempre a la inglesa, Notredéim). Notre Dame es de esos equipos que siempre juegan bien (muy bien, incluso), de esos equipos cuyos resultados siempre parecen estar muy por encima de sus expectativas. Este año tampoco es una excepción: un buen base como es Atkins, un interesantísimo escolta como es Jerian Grant, el muy apañado alero Connaughton y sobre todo un cénter grandote y de aspecto tosco pero no se me fíen de las apariencias porque nada más lejos de la realidad: el gran Jack Cooley. Todos ellos (y alguno más, que ya irá apareciendo en escena) dirigidos por un pedazo de entrenador nunca suficientemente valorado (aunque ya alguna vez haya sido reconocido como técnico del año), Mike Brey. Desde luego, mucho menos mediático y glamouroso que su rival de hoy…

Porque enfrente están los Pitinitos (si Valdano dijo una vez que un equipo entrenado por Camacho siempre garantizaba once camachitos, lo mismo cabría decir de los equipos entrenados por Pitino), o sea los Cardinals, o sea Louisville. Louisville que a comienzos de temporada nos parecía lo más de lo más, un quinteto de lujo, el pívot senegalés Gorgui Dieng que cada año que pasa es mejor jugador, dos aleros imponentes como Blackshear y Behanan, el maravilloso base Peyton Siva y un escolta que es puro talento, Russ Smith, uno de esos tíos de los que siempre había pensado yo (ya desde la pasada temporada) que si en vez de estar en Louisville estuviera en un equipo menos coral sería una de las estrellas de la Liga (fíjense que lo he puesto en pasado, había pensado yo; luego verán por qué). Nadie parecía tener más argumentos que estos Cardinals pero por alguna misteriosa razón los equipos de Pitino suelen ser ciclotímicos, de rachas, así en los partidos (minutos de trance alternados con minutos de berza total) como en las temporadas incluso. No hace mucho alcanzaron el número 1 de la nación y justo entonces perdieron tres partidos seguidos (Syracuse, Villanova, Georgetown) así que ahora mismo ahí andan, entre el favoritismo y el desconcierto. Suelen pillar la racha buena en marzo, cuando llega la March Madness Pitino les pone a cien, si el pasado año fueron Final Four no hay razones objetivas para que este año no puedan repetirlo y hasta mejorarlo incluso. Pero de momento…

De momento vayamos a un partido que durante la primera mitad y buena parte de la segunda transcurre como tantos otros, ni mejor ni peor: igualdad, intensidad, baja anotación y una cierta tendencia arbitral a pitar más que de costumbre (virus bastante extendido en esos días por cierto, y no sólo en USA), con la consecuencia lógica de que unos cuantos jugadores importantes se carguen de faltas antes de tiempo. El problema parece más grave para el que menos profundidad de banquillo tiene, es decir Notre Dame, y la cosa se confirma abruptamente cuando el primer eliminado resulta ser nada menos que Jack Cooley, tras una quinta falta sumamente discutible (ya lo había sido la cuarta) que desata las iras de la parroquia (nunca  mejor dicho) que abarrota el Purcell Pavilion de South Bend, Indiana. Notre Dame para entonces ya pierde de 6, está atascadísimo en ataque, quedan aún casi siete minutos para el final. No tardarán mucho los Irish en perder también a su otro soporte interior, el mucho más discreto Tom Knight, y todo ello mientras enfrente Gorgui Dieng aún aguanta con sus cuatro personales sobre la pista. Así que pasa lo que tiene que pasar: Louisville se va en el marcador, 53-45 a falta de minuto y cuarto, 56-48 a falta de 50 segundos, 8 puntos de diferencia que con tan baja anotación parecen más aún, los estudiantes de a pie aún aguantan en los fondos con su entusiasmo habitual pero en las localidades caras empiezan a verse claros que antes no existían, buenas gentes que habrán dado todo el pescado por vendido, que acaso estén ya camino del aparcamiento…

Pero Jerian Grant no es de esa misma opinión. Jerian Grant aún no sabe que acaba de entrar en trance, Jerian Grant anota un triple que es su primera canasta de la noche y seguidamente (tras la consiguiente falta y los consiguientes tiros libres de Louisville) mete otro, y luego (tras otros dos tiros libres de Louisville) otro más y de repente Notre Dame que ya está a 3 puntos, ¡¡¡one possession game!!! grita Vitale sin dar crédito a lo que está viendo pero es que aquello todavía no ha acabado, Louisville tiene otros dos tiros libres pero esta vez le toca a Dieng que los estampa contra el hierro, quedan aún 23 segundos, la sube directamente Grant que esta vez por hacer algo diferente se va de cabeza hacia el aro, por supuesto la mete y saca de paso la falta, ni que decir tiene que convierte el adicional… ¡This game was over! dice Schulman sin entender nada, ¡absolutely! le responde alucinado Vitale, a falta de 46 segundos para el final ganaba Louisville 56-48, a falta de 16 segundos para el final el resultado es ya de empate a 60, esos 12 puntos locales anotados todos por el mismo jugador… Pero ojo que aún faltan esos 16 segundos, aún tendrán bola los Cardinals para ganar el partido, la sube Siva, se la da a Dieng, se le cae, no tiran… ¡PRÓRROGA! La locura en el Purcell Pavillion: Cooley brinca como un loco, Brey no sabe ni qué hacer, hasta el cura (trátase de una universidad católica como cualquiera podría deducir a la vista de su nombre, razón por la cual siempre hay un sacerdote en su banquillo, debe ser fundamental) está allí dando saltos de alegría en medio de la pista. Y aquellos claros de cuando perdían de 8 son ya historia, aquellas gradas vuelven a verse llenas quizá porque los que se iban se arrepintieron a tiempo antes de salir del recinto, o quizá porque los del gallinero se bajaron a ocupar los huecos dejados por los que se fueron (los cuales, si los hubiere, jamás en toda su vida se perdonarán haberse ido…)

Aquí suele decirse que las prórrogas las gana el que las fuerza, pero en USA no conciben esa razón. O no necesariamente, al menos. A falta de dos minutos estamos empate a 66 y es entonces cuando sobreviene otro drama para Notre Dame, la quinta falta de su hombre milagro Jerian Grant. Más difícil todavía. Tras el habitual intercambio de tiros libres (anotados) y tiros de campo (fallados) resulta nos encontramos otra vez en la misma situación, empate y Louisville de nuevo con la última bola a su entera disposición y casi 12 segundos para intentar ganar el partido, por alguna misteriosa razón deciden que esta vez no la suba Siva sino un Russ Smith que cruza parsimoniosamente la línea del centro del campo… y se para. Tal cual. Como si tuviera una posesión entera de 35 segundos, como si esperara a que le hicieran un aclarado, como si no hubiera compañeros a quienes dársela, como si no le quedaran ya 5, 4, 3… a Pitino le va a dar algo, Smith que finalmente se da cuenta (a la fuerza ahorcan), que se levanta desde casi 10 metros para tirarse un mendrugo, que lo falla como era de esperar, empate a 68, ¡¡PRÓRROGA!! (y ya serán dos), Pitino que abronca a Smith, que se lo quiere comer, que acaso luego lamente no habérselo comido…

Pues allá vamos, o here we go como dicen en USA. Continuamos de empate en empate pero a falta de 2,20 para el final de esta segunda prórroga se va a producir una sustanciosa novedad, la primera eliminación por faltas en Louisville (recordemos que los Irish ya llevan tres), nada menos que su base Peyton Siva. Habrá de ser Russ Smith quien se encargue de dirigir al equipo a partir de ahora… Russ Smith meterá un par de tiros libres a falta de 25 segundos para el final que situarán a los Cardinals tres arriba, una situación que ya nos resulta extrañamente familiar. Notre Dame obligada otra vez al milagro como no podía ser de otra manera, la sube Atkins, hace como que penetra pero se da la vuelta y encuentra en la línea de tres puntos al impronunciable alero freshman Biedscheid, ni que decir tiene que éste se levanta y la clava, otra vez empate pero quedan aún 15 segundos, otra vez (y van tres) Louisville dispone de la última bola para ganar, la sube Russ Smith (esta vez a velocidad normal), decide penetrar que se supone que es su especialidad pero se encuentra en su camino a las torres suplentes rivales y suelta por encima de ellas una especie de globo (lo que allí llamarían un floater y aquí una bombita a lo Navarro) que no toca ni el aro, ni de lejos, empate a 75, ¡¡¡PRÓRROGA!!! (y con ésta serán tres…)

A todo esto a los Irish ya no los reconoce ni la madre que los parió; aún siguen en cancha (jugando minutos y minutos, haciendo sendos partidazos, literalmente reventados) Atkins y Connaughton pero el resto son actores secundarios (algunos incluso terciarios), el ya mencionado alero Bietscheid, el ala-pívot freshman Zach Auguste y y el cénter sénior Garrick Sherman, que no se ha visto en otra semejante y que probablemente esté viviendo esa noche sus minutos de gloria, esos que ya no podrá olvidar jamás en la vida. Enfrente en cambio Louisville aún mantiene a su plana mayor (excepto Siva): Russ Smith (cuando no la caga) metiendo tiros libres, el impagable Behanan reboteando y anotando sin parar, el suplente (de lujo) Hancock enchufando triples desde las esquinas (desempeñando ese papel fundamental en cualquier equipo de Pitino, ése que el pasado año desempeñaba Kyle Kuric) y cómo no, Dieng, aún Dieng que lleva ya con cuatro faltas desde el siglo pasado poco más o menos. Y vuelta la burra al trigo, a 16 segundos para el final Behanan anota un tiro libre y empata, parece que esta vez la última opción será para Notre Dame pero tampoco, Atkins en su penetración se trompica y se cae, los defensores de Louisville recuperan la bola, piden tiempo, quedan aún casi 4 segundos, se la dan a Russ Smith, esta vez a la carrera, llega a tiempo, se levanta, pega en el hierro, empate a 83, ¡¡¡¡PRÓRROGA!!!! (y con ésta serán cuatro…)

La cuarta prórroga (se dice pronto) ya huele a final, no podría ser de otra manera dado que Louisville sigue con todo su arsenal y Notre Dame apenas con los meritorios. A 40 segundos gana Louisville de 4, Notre Dame ataca a la desesperada pero entonces emerge una vez más el último héroe inesperado de la noche, ese Garrick Sherman que debió salir de las profundidades de su banquillo para ocupar el hueco dejado en el centro de la zona por las prematuras eliminaciones de Cooley y Knight. Se anticipa en el salto a Behanan (los Cardinals también están cansados, obviamente), gana el rebote, la mete, todavía 2 abajo Notre Dame a falta de 34 segundos, balón para Louisville con casi una posesión completa a su entera disposición, el sentido común dicta que los Cardinals se limiten a tener el balón al menos hasta que los Irish decidan interrumpir el proceso y llevarlos a la línea de tiros libres… Pero el sentido común no es el fuerte de Russ Smith, que según recibe pasa de contemporizar y decide irse de cabeza hacia la canasta contraria. Si la metiera aún tendría un pasar, vale, les has regalado un chorro de segundos pero al menos has sumado dos puntos… No es el caso. La bandeja que ni siquiera toca el aro, Pitino que parece arrepentirse profundamente de haberle perdonado la vida allá por la primera prórroga, la bola otra vez para Notre Dame, 24 segundos aún por jugar, ¿creíamos haberlo visto todo? Bola para Atkins, está fundido y se le escapa pero la salva Auguste que se suelta un gancho imposible, pega en el aro, rebote para Sherman que la estampa contra el tablero pero aún así les vuelve otra vez la bola ante la imposibilidad e impasibilidad de las torres (no menos fundidas) de Louisville, Auguste y Sherman la palmean a dos manos, es otro empate, ¡¡¡unbelievable, unbelievable!!! grita Vitale, quedan aún 5 segundos, la última opción casualmente para Louisville que aún dispone de dos tiempos muertos pero nadie se acuerda de pedirlos, la última bola casualmente para un Russ Smith que en su cabalgada desesperada hacia el aro contrario se deja el balón atrás, ya lo que le faltaba a la criatura, cuando quiere recuperarlo ya es tarde, 93-93, ¡¡¡¡¡PRÓRROGA!!!!! y ya serán cinco, Vitale está enajenado, ¡¡¡¡¡¿Are you serious? ¿Are you serious? Five Overtimes!!!!!, Schulman apela al recuerdo de aquellas 6 prórrogas de hace cuatro años entre Syracuse y Connecticut, el Purcell Pavilion se instala en una especie de locura colectiva, incluso a los propios árbitros les da ya la risa…

Y a mí a esas alturas no diré que se me ha caído un mito con Russ Smith porque nunca alcanzó la categoría de mito, pero sí sé que a partir de ahora tendré que mirarlo de otra manera. O no, porque queda (al menos) otra prórroga y todo puede cambiar, vaya usted a saber. De momento lo que cambia es que a 4 minutos para el final cae por fin la quinta falta de Dieng casi media hora después (de juego real, me refiero) de que le pitaran la cuarta y de que cayera su rival Cooley. El puesto de Dieng pasa a ocuparlo un freshman más que interesante que hoy por alguna misteriosa razón ha jugado poquísimo, Montrezl Harrell, en cualquier caso Louisville sigue encomendándose a Behanan al igual que Notre-Dame sigue encomendándose a sus insospechados Auguste y Sherman, y en estas llegamos al último minuto con la ligera sensación de que algo ha cambiado por fin, de que por primera vez la iniciativa parece haber pasado a Notre Dame y Louisville parece ir a remolque, a 24 segundos para el final los Cardinals están 2 abajo y el susodicho Harrell tiene dos tiros libres para empatar pero los falla, Connaughton meterá uno para poner 3 arriba a los Irish, quedan aún 9 segundos y como en los cinco finales anteriores Louisville vuelve a tener a su disposición la última bola pero esta vez con una pequeña diferencia, esta vez no es bola para ganar sino para salvar los muebles, por supuesto que la sube Russ Smith, por supuesto que no mira a nadie, que se va a un costado para jugarse un triple (tampoco podía jugarse ya otra cosa) desde nueve metros que se estampa contra el aro, el rebote se va fuera, suena la bocina, 104-101, ¡¡¡¡¡¡IRISH WIN!!!!!!, es el acabose (nunca mejor dicho), en el Purcell Pavilion se instala la locura (sí, aún más si cabe), no ha pasado ni un segundo y ya hay cienes y cienes de estudiantes sobre el parquet abrazando a sus héroes mientras Pitino se retira desencajado, mientras sus jugadores se esconden donde buenamente pueden, mientras un no menos desencajado (pero inmensamente más feliz) Mike Brey atiende (policía mediante) a la piedepista de la ESPN, mientras aquellos (presuntamente) neutrales que lo vemos a muchos kilómetros (y a muchas horas) de distancia no podemos evitar pensar que al final ha ganado el que más lo mereció, el que mejor hizo las cosas, el que resistió y superó todas las adversidades imaginables, el que tuvo más fe (será por fe en Notre Dame); ese equipo de esa Universidad que además (y por si fuera poco todo lo anterior) resulta que está en Indiana, dónde si no, recuérdenlo una vez más, en los otros 49 estados es sólo baloncesto, pero

Jamás en mi vida (y miren que llevo vida) había visto yo un partido con cinco prórrogas. Evidentemente aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquel famoso Syracuse-Connecticut de las seis prórrogas pero no pude verlo en su día (y sólo yo sé cuánto me dolió perdérmelo, pérdida que subsanaré próximamente porque no hace mucho me lo bajé, por fin), como tampoco pude ver aquel Manresa-Barça con cuatro prórrogas que tuvo lugar más o menos en esas mismas fechas. Y hasta tengo oído que en tiempos remotos existió incluso algún partido con siete u ocho prórrogas… pero en lo que mí respecta mi récord personal estaba en tres, así en ACB (Estudiantes mediante) como en NBA o NCAA. Hasta ahora, claro, hasta este partido que duró 65 minutos, que acabó presuntamente con empate a 60 y que conoció sucesivos presuntos finales con empate a 68, 75, 83 y 93 antes de acabar (esta vez ya sí) 104-101. Por si les apetece algún dato particular les contaré que la versión que me descargué duraba más de tres horas (y eso que venía ya limpia de tiempos muertos y publicidades varias), que empecé a verlo el pasado martes a eso de las diez y media de la noche y lo acabé más allá de la una y media de la madrugada (hora prohibitiva para alguien a quien le suena el despertador cada mañana a las siete menos cuarto), y que una vez en la cama tardé al menos otra hora en poderme dormir, tal era el estado de excitación (en términos deportivos, entiéndase) que me había dejado el partido, con un montón de ideas bulléndome aún en mi cabeza y que acaso sólo encontraran salida si las plasmaba por escrito, aunque ello hubiera de ser unos cuantos días después…

Orangeman   2 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 8 de enero de 2013)

Verano de 1976. Aún no hacía un año que se había muerto Franco dejándolo todo atado y bien atado, aún no acabábamos de encontrar la manera de desatarlo, aún faltaban dos años y medio para que votáramos la Constitución. Dimitía Arias Navarro, se estrenaba Adolfo Suárez, acababa de nacer El País (el periódico, me refiero), en breve nacería Diario 16, parecía querer empezar a soplar algo de viento pero aún no estaban nuestras ventanas suficientemente abiertas. En las radios triunfaban unos críos llamados Los Golfos con una coplilla que rezaba Qué pasa contigo tío, conmigo qué va a pasar, que estoy to el día bebío saltando de lío en lío… eso sí, en dura competencia con Fernando Esteso y aquella otra de La Ramona es barrigona tié dos cántaros por pechoooo, Ramonaaa, te quieroooo… (ya ven que el nivel era alto). Yo acababa de aprobar la reválida de 6º de bachillerato (que hoy equivaldría a 4º de la ESO) y me disponía a empezar el COU (es decir, el Curso de Orientación Universitaria) como paso previo a la selectividad (sí, ya existía); tenía yo muy pocos meses más de los que tiene mi hijo ahora; y puede que usted ni siquiera hubiera nacido, que no hubiera sido ni pensado siquiera en aquel verano de 1976.

Verano de 1976. Nuestros televisores (y nuestras vidas) aún eran en blanco y negro, nuestros teléfonos sólo eran fijos (y aún tardarían muchos años en dejar de serlo), Internet aún no existía ni en nuestra imaginación, ni siquiera en nuestros sueños. En Argentina hacía ya tres meses que Videla se había hecho con el poder (y con el terror). En Montreal (Canadá) una niña de catorce años y nacionalidad rumana llamada Nadia Comaneci asombraba al mundo haciendo piruetas sobre unas barras asimétricas. En USA gobernaba el único presidente de su historia no elegido en las urnas (ni como presidente ni como vicepresidente), Gerald Ford; sólo habían pasado dos años desde la dimisión de Nixon por el escándalo Watergate, aún habrían de pasar unos pocos meses para que accediera al poder Jimmy Carter. Larry Bird estaba a punto de entrar en Indiana State, Magic Johnson aún iba al instituto, Michael Jordan aún iba al colegio, Kevin Garnett acababa de nacer, Steve Nash tenía sólo 2 años, aún faltaban otros dos para que naciera Kobe; LeBron, Melo, Durant, tantos otros, no eran ni ni proyectos siquiera en aquel verano de 1976.

Verano de 1976. En una ciudad al norte del Estado de Nueva York llamada Syracuse, y más concretamente en la universidad que lleva ese mismo nombre, de repente tienen un problema: Roy Danforth, exitoso entrenador de su equipo de baloncesto desde 1968, decide aceptar la jugosa oferta de la Universidad de Tulane, un dos por uno, técnico y  director atlético todo a la vez. En Syracuse le dan unas cuantas vueltas a ver por quién podrían sustituirle, exploran el mercado, no encuentran nada que les convenza y finalmente, como mal menor, deciden ofrecerle el puesto a ese alumno aventajado de Danforth que lleva ya siete años como asistente, ese que además conoce bien la casa porque estudió (y jugó) en esas mismas aulas, ese que lleva por nombre James Arthur Boeheim y aún no ha cumplido 32 años en aquel verano de 1976.

El resto es historia, y buena parte de ella seguro que ya la conocen: han pasado 36 años y medio desde entonces; hemos crecido, hemos madurado, nos hemos hecho mayores (demasiado, incluso), hemos visto cambiar el mundo unas cuantas veces, hemos avanzado mucho, acaso también retrocedido un poco (sobre todo en estos últimos tiempos) pero de cualquier manera nuestras vidas de hoy en día nada tienen ya que ver, en absoluto, con aquellas otras grises vidas de 1976. Muy pocas cosas han permanecido inalterables e indisolubles al paso del tiempo; si nos paráramos a buscarlas difícilmente podríamos encontrar alguna y sin embargo aquí mismo tenemos una de ellas: Hoy, 37 temporadas (incluida ésta) después, Jim Boeheim sigue siendo el entrenador del equipo de baloncesto de la Universidad de Syracuse.

Y no sólo eso. Hoy, 1.208 partidos después, Jim Boeheim ya es el segundo entrenador más exitoso de toda la historia del baloncesto universitario. El pasado miércoles 2 de enero Syracuse ganó a Rutgers en la que resultó ser la victoria número 903 en la carrera de Boeheim superando así los 902 triunfos de otro mito llamado Bobby Knight, a día de hoy ya jubilado y reconvertido en magnífico analista televisivo para la ESPN. Boeheim no es el primero porque aún tiene por delante (hablando de mitos) a Mike Krzyzewski, 940 victorias y subiendo, jamás podrá alcanzarle a menos que el Coach K se retire antes que él, cosa improbable ya que es casi tres años más joven. Pero créanme que hay algo en lo que Knight y Krzyzewski jamás podrían igualar a Boeheim: Knight empezó su carrera como técnico (teniendo como asistente precisamente a Krzyzewski) en la Academia Militar (West Point, para entendernos), de ahí pasó a ser leyenda en Indiana y finalmente acabó sus días como técnico en Texas Tech; Krzyzewski a su vez le sucedió en la Army antes de marcharse a Duke… Es decir (dado que llevarán un rato preguntándose a dónde quiero llegar a parar): Nadie ha conseguido más victorias que Boeheim en una sola universidad; y muy probablemente habrán de pasar aún unas cuantas décadas antes de que algún otro técnico pueda acercársele siquiera.

Y sin embargo, por increíble que hoy nos pueda parecer a la vista de estos números, hubo incluso un tiempo en que Jim Boeheim fue etiquetado como perdedor. Sí, no se me extrañen, deberían saber ya que en USA son bastante propensos a hacer estas cosas, te cuelgan un cartel y a poco que te descuides lo llevarás ya colgado para toda la vida. Si no llegas a las finales malo pero si llegas y no las ganas aún peor, la historia nos mostrará (sin necesidad de abandonar nuestro deporte) infinitos casos de perdedores que hubieron de padecer ese estigma hasta que un día ganaron (un título, un anillo, lo que fuera) y no es ya que dejaran de serlo sino que, mire usted por donde, de repente ya nadie pareció acordarse de que un día lo hubieran sido. Boeheim (o sea Syracuse) llegó a la Final en 1987 (Rony Seikaly, Sherman Douglas, Derrick Coleman), perdió ante Indiana por culpa de aquella histórica canasta sobre la bocina de Keith Smart y a nadie pareció importarle; pero Boeheim (o sea Syracuse) volvió a llegar la Final Four en 1996, se plantó incluso en la Final con un equipo en el que apenas había más estrella que John Wallace para enfrentarse a aquellos imponentes Wildcats de Kentucky con todo su arsenal, Antoine Walker, Walter McCarty, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk, Boeheim tenía todas las de perder, Boeheim perdió… y de inmediato se convirtió en perdedor, ya saben, la típica frase hecha, un entrenador que sirve para llegar a finales pero no sirve para ganarlas, no tiene lo que hay que tener… Siete años habrían de pasar aún para que se quitara la etiqueta.

Ya saben, la vida da muchas vueltas, la vida de Jim Boeheim se le pudo dar la vuelta por culpa de un cáncer de próstata en 2001, la vida deportiva se le dio por fin la vuelta en 2003. Acaso hoy nos pueda parecer que (esta vez sí) tenía un equipazo (Carmelo Anthony, Hakim Warrick, Gerry McNamara) pero no nos engañemos, tampoco era favorito, de hecho era el cabeza de serie número 3 de su Región, de hecho ya fue una sorpresa que se metiera en Final Four, ya fue aún más sorpresa que se cargara a Texas y accediera por fin a la Final. Y en la Final esperaba Kansas, la Kansas de Kirk Hinrich, Nick Collison, Keith Langford, Aaron Miles o Wayne Simien, la Kansas de otro técnico como Roy Williams también (mire usted por dónde) etiquetado como perdedor. Y aquel partido que empieza, aquella Syracuse que empieza a meter triples a chorros, aquella Kansas que no sabe ya por dónde esquivar los golpes, aquellos Orange que llegan con 53 puntos al descanso, lo nunca visto en una final (lo nunca visto casi en el torneo entero), la segunda mitad cambia el viento, a Syracuse le entra el miedo a ganar, Kansas reacciona, parece que volverá a girar la historia, últimos segundos, 81-78 gana Syracuse, balón para Kansas, bola a la esquina, ahí va ese triple para forzar la prórroga pero Warrick vuela, Warrick lo tapona, ¡¡¡Orange win!!! De un plumazo Boeheim deja de ser lo que nunca fue, curiosamente ahora ya no es ni será nunca un perdedor, su amigo y rival Roy Williams aún no sabe que sólo necesitará un par de años más (cambio de universidad mediante) para dejar también de serlo. Pero esa es otra historia…

Recuerdo como si fuera ayer aquella Final, recuerdo también demasiado bien cómo los pluseros Jesús Llama y Ramón Fernández hicieron todo lo posible por destrozárnosla pero afortunadamente no lo consiguieron, afortunadamente el baloncesto es mucho más grande que dos presuntos comentaristas aún por incompetentes que estos fueran. Y recuerdo también un par de historias que se nos contaron a posteriori y que nos hablan bien a las claras del talante de Jim Boeheim: no sé si fue Antoni Daimiel (o puede que fuera Miguel Ángel Paniagua) quien nos contó que en aquella Final Boeheim tenía a su mujer apoyándole casi en primera fila (hasta ahí nada de particular)… y que tenía también a su ex mujer apoyándole y animándole igualmente unas cuantas filas más atrás. Y no sé si fue Paniagua (o puede que fuera Daimiel) quien nos contó una comida campestre que habría tenido lugar muchos años atrás, pongamos que a mediados de los setenta, una comida a la que habrían acudido Jim Boeheim y Rick Pitino (aquél que fuera su primer asistente en Syracuse) con sus respectivas cónyuges; parece ser que a los postres Pitino empezó a verbalizar sus delirios de grandeza: tarde o temprano dejaría una población pequeña como Syracuse, aquello no era para él, él aspiraba a muchísimo más, él viajaría a grandes ciudades, entrenaría a los mejores equipos sobre la faz de la Tierra, triunfaría allá por donde fuera… Y parece ser que Boeheim le respondió que él no, que él era feliz en Syracuse y por nada del mundo querría dejar de serlo, que aquella era su casa y si por él fuera estaría entrenando allí toda la vida, que no aspiraba a absolutamente nada más. Huelga decir que Pitino se quedó alucinado ante la manera que tenía su amigo y mentor de entender la vida, algo que supongo que él desde su estrechez de miras sólo supo interpretar como una absoluta falta de ambición; y huelga decir también que en las décadas siguientes ambos fueron estrictamente fieles a sus principios: Pitino dejó raudo y veloz Syracuse y pasó con mayor o (en ocasiones) menor éxito por la Boston University, los Friars de Providence, los Knicks de Nueva York, los Wildcats de Kentucky, los Celtics de Boston y los Cardinals de Louisville; Boeheim obviamente jamás se movió de Syracuse: seguro que en todo este tiempo no le faltaron las oportunidades de cambiar de aires, pero… ¿total para qué habría él de complicarse la vida si allí estaba a gusto, si ganaba más que suficiente y se sentía feliz? Dicho y hecho.

Creo que fue Juanma Lillo (que no Juan Malillo), afamado entrenador de fútbol metido a filósofo o afamado filósofo metido a entrenador de fútbol, no sé, quien dijo una vez que para jugar en zona hay que vivir en zona. Es decir, una de esas frases huecas que así de primeras parece que no quieren decir nada, pero que luego las piensas y descubres que efectivamente, no quieren decir absolutamente nada. Vamos, de esas cosas que si las dice alguien famoso piensas joder, qué cabeza tiene este tío, pero que si las digo yo me mandarían de inmediato a cagar. Yo por desgracia no sé lo que significa vivir en zona pero reconozco que de alguna manera me acuerdo de esa frase cada vez que veo a Boeheim. Es decir, me acuerdo cada vez que veo a alguien como él que lleva toda la vida defendiendo en 2-3, alguien que sólo en ocasiones muy aisladas, muy puntuales y muy desesperadas habrá ordenado una asignación individual en un deporte en el que las asignaciones individuales son desde siempre abrumadora mayoría. Casi cuatro décadas defendiendo así, casi cuatro décadas interpretando esa zona a las mil maravillas, casi cuatro décadas aguantando a todos aquellos iluminados que en cuanto te descuidas te sentencian que el verdadero baloncesto es hombre a hombre por definición y que defender en zona no es baloncesto, acaso esos mismos iluminados que cuando llega el día en que les toca enfrentarse a una zona son incapaces de contrarrestarla, ya ven qué casualidad. No sé qué es vivir en zona pero entiendo que debe tener algo que ver con valores como humildad, sencillez, compromiso, solidaridad, buena actitud, mentalidad positiva, apoyo mutuo. No sé qué es vivir en zona pero cualquiera que haya visto a Boeheim entrenar a lo largo de estos años habrá podido comprobar que él no es en absoluto el típico energúmeno, que nunca monta pollos a los árbitros ni aún menos a sus jugadores, que sus protestas rara vez van más allá de una mera sonrisa irónica, que de alguna manera es el típico tío que te transmite confianza desde el primer momento en que le ves. No sé qué es vivir en zona pero estoy completamente seguro de que Boeheim no sólo juega en zona sino que además vive en zona; sea ello lo que fuere.

Hace algunos años los jugadores de Syracuse dejaron de ser Orangemen para convertirse simplemente en Orange, supongo que alguien debió pensar que de cara al merchandáisin resultaba muy costoso tener por un lado orangemen y por otro orangewomen según se tratara del equipo masculino o el femenino. Pero quizás sería hora de recuperar ese concepto sólo que en singular, Orangeman, siquiera fuera para identificar a un sujeto que ahí donde le ven lleva ya más de medio siglo ligado a su Universidad de Syracuse desde que ingresó allá por 1962 para estudiar ciencias sociales y jugar al baloncesto. Que se ausentó de ella tan solo un par de años para jugar profesionalmente en los Scranton Miners de la ABL (nada menos), que se reintegró como asistente en 1969 y que finalmente en aquel verano de 1976… El gigantesco Carrier Dome (concebido para fútbol americano) debería llamarse Boeheim Dome, entiendo que no pueda cambiarse tan alegremente el nombre porque la susodicha marca se dejará sus buenos dólares en concepto de patrocinio, al menos ese parquet sí fue rebautizado hace ya unos cuantos años como Boeheim Court. Y es que resulta sencillamente inimaginable concebir unos Orange sin Boeheim, esperemos que aún tarde mucho en llegar ese día porque de una sola cosa podremos estar bien seguros, le sucediera quien le sucediera ya nada sería igual; aquella universidad del norte del Estado de Nueva York (aquella ciudad, incluso) ya jamás volvería a ser lo mismo sin él. No te vayas nunca, Jim.

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