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el final del camino   3 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 4 de abril de 2013)

Este es el final de un largo y tortuoso camino iniciado hace apenas cinco meses. Tomaron la salida trescientas y pico universidades que quedaron reducidas a 68 hace dos semanas, a tan sólo 16 una semana más tarde, únicamente cuatro de entre todas ellas continúan aún vivas a día de hoy. Puede que les parezca una metáfora un poco pedestre pero es lo que hay y además habré de decir en mi descargo que no es mía, al fin y al cabo sólo estoy versionando la metáfora que acostumbra a utilizar la propia NCAA, la misma que engalana sus pabellones durante todo el Torneo con la frase the road to the Final Four y que muy probablemente engalanará también el Georgia Dome este próximo fin de semana con la inequívoca sentencia the road ends here. Efectivamente, es así, de los trescientos y pico equipos que empezaron tan sólo cuatro han conseguido llegar a la meta (tampoco podría haber sido de ninguna otra manera), ahora ya sólo falta averiguar cuál de ellos la cruzará en primer lugar.

Louisville

Si hace dos semanas les dije que nadie era más favorito y hace una semana les reiteré que no veía otro favorito, pues imaginen qué puedo contarles de estos Cardinals a día de hoy. Por ponerlo en números: Louisville no sabe lo que es perder desde el 9 de febrero en cancha de Notre Dame, aquella histórica (e histérica) noche de las cinco prórrogas con la que ya les he dado la brasa alguna que otra vez. Perdieron, fueron necesarios 65 minutos para que perdieran pero perdieron… y puede que hasta les sentara bien, porque desde entonces no han hecho ya otra cosa más que ganar. Catorce victorias consecutivas, catorce (14), a saber, los siete últimos partidos de la Regular, los tres del Torneo de la Big East (que se adjudicaron, obviamente) y los cuatro que llevan del Torneo Final. Catorce victorias de las que sólo dos fueron por menos de 10 puntos, la que lograron el 2 de marzo en Syracuse y la que lograron el pasado viernes en su semifinal regional ante Oregon (pero que tiene truco, que al final sólo ganaron de 8 pero porque se relajaron tras ir ganando de 20); y con exhibiciones tan portentosas como aquella que ya les conté en su Final de Conferencia, otra vez ante Syracuse: a 15 minutos para el final perdían 29-45 y acabaron ganando 78-61, lo que viene siendo un parcial salvaje de 49-16 (en apenas 15 minutos, recuerden). Son así, el típico equipo ciclotímico, ya se lo dije: tienen ratos malos pero cuando entran en trance (generalmente coincidiendo con la presión al saque contrario) son casi imposibles de parar; el problema (para los rivales, entiéndase) es que últimamente estos trances les suceden demasiadas veces.

Les suceden hasta en situaciones de extrema emotividad como la que vivieron este pasado domingo ante Duke. No hará falta que les dé muchos detalles porque lo habrán visto ya con (demasiados) pelos y señales en cualquiera de nuestros (presuntos) medios de comunicación, de hecho será la única noticia de NCAA que habrán podido ver en esos mismos medios, de hecho gracias a esta noticia algún espectador habrá descubierto que existe la NCAA. Tyler Thornton (base suplente de Duke) fue a lanzar un triple y Kevin Ware (base suplente de Louisville) pegó un salto inverosímil para taponarlo del que aterrizó cargando todo el peso sobre su pie derecho, la pierna no pudo soportarlo y se le partió por completo, no en sentido figurado sino absolutamente literal, en ángulo recto como si dijéramos. No recuerdo haber visto nada tan terrible en directo en toda mi vida, no pude evitar acordarme de aquel (también ex de Louisville) Edgar Sosa con su selección dominicana pero créanme que esto de Ware fue mucho peor, afortunadamente la CBS tuvo la cortesía de no recrearse en los detalles y sólo nos dio dos repeticiones muy lejanas, pocas cosas hay allí que estén por encima de la noticia pero una de ellas es el respeto a la sensibilidad de sus espectadores (como aquí, vamos), habrá quien no esté de acuerdo pero yo al menos les estaré eternamente agradecido. Lo que sí vimos fue la consternación, sus compañeros desolados tirados en el suelo, sus rivales igual (especialmente Thornton ya que le tocó vivirlo en primera persona), incluso Pitino derramando alguna lágrima, gestos de pavor, silencio sepulcral en el pabellón. El partido se reanudó porque no quedaba más remedio pero durante varios minutos fue como si todo estuviera en una nube, ni quienes allí estaban ni quienes lo veíamos a miles de kilómetros al otro lado del ordenador podíamos sacarnos de la cabeza aquel horror…

Y entonces llegó Siva. Peyton Siva decidió hacer suyas las palabras que Pitino les contó que había dicho Ware mientras se lo llevaban en camilla, vosotros ocuparos de ganar el partido y no os preocupéis por mí; de un plumazo acabó con la languidez, cambió el paso, arrastró consigo a todo su equipo y en un abrir y cerrar de ojos aquello pasó de estar empatado a estar 20 arriba Louisville, aún Krzyzewski andará preguntándose cómo. Peyton Siva es un base espectacular, quizá un tanto ciclotímico como lo es su equipo (por definición), no tenía buen pronóstico en sus inicios debido a un pasado complejo y a tener un padre aún más complejo (no se lo pierdan si tienen ocasión) pero se fue asentando y lleva ya un tiempo convertido en el director de juego que precisa un equipo (con pinta de) campeón como Louisville. Peyton Siva es la prolongación sobre la cancha de Pitino casi en la misma medida en que su socio Russ Smith llega a ser la desesperación, a veces. A ver que me explique, muy pocos jugadores hay ahora mismo en todo el baloncesto universitario con el chorro de talento que tiene Russ Smith; pero claro, una cosa es el talento y otra muy distinta es saber qué hacer con él, que a menudo sabe pero hay ocasiones en que se le olvida: en aquel famoso partido de las cinco prórrogas se le olvidó unas cuantas veces y su equipo acabó pagándolo (y Pitino casi matándolo). Insisto, no tiene por qué ser así, por lo general no se la va la olla, sería un hecho aislado, no me lo tengan demasiado en cuenta.

Sí tengan en cuenta a las demás joyas de estos Cards: Blackshear, el impagable ala-pívot Behanan, el cénter Dieng (otro de mejora impresionante con los años) y cómo no, ese banquillo del que ya no emergerá Ware pero sí el triplista Hancock (Kuric bis) o los interiores Van Treese y Montrezl Harrell, ojo a este poderosísimo freshman que si no me le ponen la cabeza mala con cantos de sirena debería convertirse en la fuerza interior de Louisville en los próximos años. Pitino tiene de todo y todo bueno pero no es eso lo mejor, lo mejor es que por fin ha conseguido crear un equipo a su imagen y semejanza, una criatura casi tan perfecta como aquella de Kentucky que asombró al mundo en 1996 (ganando la Final a Syracuse por cierto, también es casualidad): Antoine Walker, Walter McCarthy, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk… No digo que estos sean necesariamente tan buenos como aquellos pero sí que éste es un equipo tan perfectamente engrasado como aquél (o más si cabe). Pitino, que ya fue el primer técnico en meter a tres universidades diferentes en Final Four, lleva ya mucho tiempo rondando ser el primer técnico que gane la NCAA con dos universidades diferentes. Y me temo que este año tiene muchas, demasiadas papeletas para lograrlo.

Wichita St.

Tal como fue la temporada (ya saben, pequeños ganando a grandes, resultados insospechados por doquier, sorpresas a tutiplén) no resultaba difícil imaginar a un invitado inesperado en esta Final Four. Pero claro, hasta para pensar en hipotéticas sorpresas solemos ser bastante conservadores los seres humanos: ¿Mid-majors? Pues sí, por qué no, pero dentro de un orden: pongamos (cómo no) Gonzaga o la siempre fiable Butler, o la Creighton de los McDermott, o la efervescente VCU o la sólida Saint Louis, o quién sabe si incluso UNLV o San Diego State… Puede que a algún wichitense o wichiteño (es decir, lo que viene siendo un habitante de Wichita, localidad de 360.000 almas al sur del Estado de Kansas) en un arrebato de optimismo le diera por apostar por su Universidad de Wichita State pero lo que es a usted y a mí (reconozcámoslo) ni se nos pasó por la imaginación. Les habíamos visto jugar (al menos yo) y hasta nos habían gustado pero ni aún así se nos habría ocurrido pensar en ellos como equipo de Final Four. Y sin embargo ahí les tienen, y no vayan a pensar que hay truco ni trampa ni cartón, no vayan a pensar que les favorecieron los cruces ni que les limpiaron el camino, no: entre sus víctimas (además de la siempre molesta Missouri y de la ruidosa La Salle) se cuentan el número 1 y el 2 de su Región, Gonzaga y Ohio State que verán la Final Four desde su casa tan ricamente sentados ante el televisor. No está mal para un presunto (sólo presunto) número 9 como Wichita St.

¿Qué les cuento yo de estos Shockers que no les haya contado ya? Ciertamente podría repetirme y hablarles de un equipo sólido y aguerrido, un equipo coral del que no resulta nada fácil entresacar a nadie… pero hoy intentaré currármelo algo más, para que no digan: si habláramos de una estrella ésta sería Cleanthony Early (¿qué se les pasaría a sus padres por la cabeza para ponerle Cleanthony a la criatura?), un alero cuyo tobillo les dio un buen susto durante la segunda mitad contra Ohio State pero afortunadamente no fue gran cosa, de hecho volvió antes de que acabara el partido; y siguiendo hacia adentro tocaría hablar de lo más parecido que tienen a un pívot (al margen del suplente nigeriano Orukpe), el tremendo Carl Hall. Pero no nos quedemos ahí y vayamos hacia afuera porque quizá su juego exterior sea una de las más gratas sorpresas del Torneo, para mí al menos: empezando por un estupendo base como Malcolm Armstead y siguiendo con dos freshmen que van ganando protagonismo cada día que pasa: el rubio, intenso y sumamente eficaz escolta Ron Baker y el base suplente (le queda poco para dejar de serlo) Fred Van Vleet, una delicia de jugador. Añadan a Tekele Cotton y tendrán ya la rotación completa, que así en frío puede parecer poca cosa en comparación con lo que hay alrededor pero que se lo pregunten por ejemplo a los Zags o a los Buckeyes a ver qué opinan. Y todo ello además convenientemente amasado por un técnico de aparente perfil bajo pero no se dejen engañar por las apariencias, Gregg Marshall, el verdadero padre de la criatura, sin lugar a dudas el secreto mejor guardado de estos Shockers.

Ahora bien, la pregunta sería: ¿existe alguna posibilidad por pequeña que sea de que Wichita State pueda hincarle el diente a Louisville en la semifinal que les enfrentará este próximo sábado (ya más bien domingo) a medianoche? Me gustaría pensar que sí (ya otra cosa será que lo piense), al fin y al cabo esto es deporte y es bien sabido que en el deporte (y tanto más en esta loca NCAA de nuestros desvelos) cualquiera puede ganar a cualquiera. En todo caso lo que verdaderamente importa no es lo que yo piense ni lo que piense usted sino lo que piensen ellos, que realmente se lo crean y no entren a la pista del Georgia Dome ya derrotados de antemano. Que entren como Butler contra Michigan State en 2010 (por ejemplo) y no como tantos otros que también arribaron a la Final Four contra pronóstico y luego ya se conformaron con ello sin mirar aún más allá. Hará falta un gran trabajo de motivación, qué duda cabe, y en esto como en tantas otras cosas Gregg Marshall parece ser un auténtico crack. Y hará falta además que a los manejadores de balón wichitenses (o wichiteños) no se les venga el mundo encima en cuanto Pitino mande a sus huestes a presionarles el saque de fondo. No es un tema baladí si nos atenemos a lo que ocurrió en su Final Regional ante Ohio State: ganaban de 20 a pocos minutos para el final, y fue justo entonces cuando Thad Matta debió decir de perdidos al río (o como se diga en USA) y puso a los suyos a presionar en toda la pista. No fue una presión como la que acostumbra a hacer Louisville porque estos Buckeyes son buenos defensores (especialmente su base Craft) pero no presionadores profesionales como aquellos, pero fue más que suficiente para que a los Shockers les entrara de inmediato la descomposición. A punto estuvieron de consumar la catástrofe, algunos ya veíamos a la virgen apareciéndose a los Buckeyes por tercera vez consecutiva (como ante Iowa State encarnada en Aaron Craft, como ante Arizona encarnada en LaQuinton Ross), al final no llegaron a tiempo pero faltó bien poco. Avisados quedaron estos Shockers: Louisville no esperará tanto ni concederá tantas facilidades para que (por ejemplo) le superen la presión con un pase bombeado hacia un palomero esperando solo en la otra canasta (alguno así se comió Ohio St.), Louisville intentará ahogarles desde su propia línea de flotación, necesitarán un extraordinario trabajo de sus manejadores de balón (Armstead, Van Vleet, Cotton) para salir medianamente indemnes de ese acoso. Esperemos que lo logren, esperemos que me equivoque (como tantas otras veces) y tengamos partido hasta el final.

Michigan

Cómo no retrotraerse veinte o veintiún años atrás, cómo no pensar en aquellos fabulosos cinco freshmen que iluminaron este baloncesto en 1992 y que (ya como sophomores) siguieron iluminándolo en 1993, Chris Webber, Jalen Rose, Juwan Howard más Ray Jackson y Jimmy King que también eran de dios, de hecho éste último anduvo durante un tiempo por aquí aunque hoy ya casi nadie lo recuerde. Cómo no establecer paralelismos aunque la propia universidad renegara luego de ellos, aunque los borrara de sus libros de historia (pero lo que no pudo hacer fue borrarlos de nuestra historia, de la memoria de todos aquellos que tuvimos ocasión de contemplarlos). ¿Saben por ejemplo que estos Wolverines edición 2013 tienen también su propio Fab Five, un quinteto freshman que sólo es titular al sesenta por ciento pero que podría coincidir perfectamente en cancha, de hecho puede que lo haya hecho ya un montón de veces sin que nos diéramos cuenta? Spike Albrecht, Caris Le Vert, Nik Stauskas, Glenn Robinson III y Mitch McGary, los dos primeros aún suplentes aprovechando los escasos huecos que les dejan Burke o Hardaway, los tres últimos titulares ya de pleno derecho y con perfil tan enebeable como el que más a medio/largo plazo, esperemos que largo a ser posible… Las comparaciones son odiosas tanto más si tenemos en cuenta que estos yogurines aún no habían nacido siquiera cuando sus prodigiosos antecesores ya andaban haciendo diabluras en aquellas lejanas primaveras de 1992 y 1993, las comparaciones podrán ser odiosas pero son también inevitables. Hubieron de pasar veinte años de travesía del desierto, nombres más o menos importantes que se acabaron quedando a medio camino, Louis Bullock, Maurice Taylor, el añorado Tractor Traylor, Manny Harris, Darius Miller, tantos otros que vistieron ese azul y amarillo (color maíz, dicen allí) y que hoy estarán tremendamente orgullosos de ver cómo su Universidad de Michigan ha recuperado por fin su sitio en la historia. Bendita historia, aunque les cueste reconocerla.

Y Burke, Trey Burke. Pudo dar el salto a la NBA tras su año freshman pero se lo pensó dos veces y finalmente decidió volverse a Ann Arbor, los aficionados a este baloncesto en cualquier parte del mundo nunca se lo agradeceremos lo bastante y los aficionados de Michigan no es ya que se lo agradezcan sino que deberían erigirle una estatua por suscripción popular a la puerta del Crisler Arena. Burke, en ésta su segunda temporada, ha dejado de ser uno de los mejores bases de la Liga para convertirse sencillamente en el mejor jugador de la Liga, así, con todas las letras. Habrá quien discrepe y me diga que si McDermott, Oladipo, Zeller, Smart y demás familia, muy buenos todos ellos por supuesto, grandísimas temporadas las suyas pero difícilmente comparables (aunque haya quien las compare) a la de Burke. ¿Les queda alguna duda? Véanse el desenlace de su Semifinal Regional contra Kansas, háganme el favor. Kansas que fue ganando casi todo el partido, Kansas que llegó con más de 10 arriba a los instantes finales, Burke que había estado desaparecido toda la primera mitad (mérito de la defensa de Kansas, también) pero que en llegando estos momentos empezó a carburar, la diferencia que empezó a reducirse pero no lo suficiente, a veintitantos segundos para el final Kansas gana de 5, canasta de Robinson III que les pone a 3, falta a Elijah Johnson que anota los dos tiros, otra vez a 5, canastón de Burke, de nuevo a 3, nueva falta a Johnson, quedan 12 segundos pero esta vez Elijah falla el uno más uno, ¿adivinan quién se juega el triple a la desesperada desde 9 metros para forzar la prórroga? Efectivamente. Y en la prórroga más y más Burke, para que no queden dudas. A Bill Self y sus Jayhawks ya no les quedará ninguna duda a día de hoy.

Estos de Kansas fueron realmente los únicos apuros que pasó Michigan a lo largo del Torneo. Antes se deshicieron sin despeinarse  de la South Dakota State del afamado Wolters y de la asfixiante defensa HAVOC inventada por Shaka Smart para su VCU, y que en este caso nada pudo ante la sobredosis de talento de los Wolverines. Y tras Kansas fue Florida, algunos pensaron que sería un duelo en la cumbre pero los Gators (en su línea habitual de esta temporada) prefirieron quedarse en el llano y no comparecieron, en su casa muy bien pero cada vez que les sacaron de su hábitat más que caimanes parecieron lagartijillas birriosas: Boynton y Rosario yendo por libre como es su costumbre, el resto haciendo lo que pueden que es más bien poco y entre lo uno y lo otro fueron pan comido para los lobitos o lobatos o lobeznos o lo que les apetezca que signifique Wolverines, pan comido para Burke y los hijísimos Hardaway y Robinson, para la manita de ese prodigio canadiense llamado Stauskas (mucho más que un mero tirador, por cierto), no digamos ya para ese McGary que empezó la temporada muy perdido pero ahora ejerce de amo y señor de las zonas, al final tendrán que agradecerle al pívot (hasta entonces) titular Jordan Morgan haberse lesionado por el crecimiento que significó para este tío. Sí, los Wolverines están de nuevo en Final Four y créanme que esa es una magnífica noticia, no ya porque nos retrotraiga a veinte años atrás sino porque significa que ha ganado el talento, el baloncesto alegre y bien jugado a la manera en que lo quiere su veterano técnico John Beilein. Ganen o pierdan nos harán disfrutar, pueden estar seguros.

Syracuse

Si me lo hubieran dicho hace un mes no me lo habría creído. Si hace treinta o cuarenta días se me hubiese presentado algún iluminado diciéndome oye, que sepas que tus Orange van a jugar la Final Four creo que de inmediato le habría contestado anda ya, vete a la…… (rellenen ustedes la línea de puntos con la incoveniencia que les parezca más adecuada). Mis Orange, por resumirlo de alguna manera, han atravesado durante la temporada tres fases muy distintas: una primera, desde noviembre hasta el 21 de enero, en la que lo ganaron casi todo, de hecho el casi sólo fue una derrota por 4 puntos ante Temple; finalmente ese 21 de enero ganaron a Cincinnati, apenas dos días antes habían ganado incluso a la mismísima Louisville (en Louisville), todo parecía ser felicidad en Syracuse… y de repente todo se les volvió del revés: en ese mes y medio que aún quedaba de Big East ganaron cinco partidos (todos ante rivales relativamente fáciles) pero perdieron siete, cayeron en el ranking y en una depresión profunda… de la que empezaron a salir hace tres semanas, en cuanto empezó el Torneo de su Conferencia: excepto esa aciaga Final contra Louisville (sí, la del parcial 49-16) todo lo demás fueron victorias, antes y (obviamente) después: me preocupó Montana (¡¡¡Montana!!!) y la barrieron 81-34, me inquietó California y cayó también (no sin apuros), 66-60. Y qué decir de esta semana pasada: primero se deshicieron de la archifavorita Indiana sin demasiados problemas (qué largo se les ha hecho este final de temporada a los Hoosiers) y finalmente apalizaron con aún menos problemas a esa siempre incómoda Marquette que venía a su vez de apalizar a Miami (qué largo se les ha hecho este final de temporada a los Hurricanes). Somos así, no tenemos remedio (ustedes me disculpen que de vez en cuando me salga la primera persona del plural), íbamos por el mismo lado del cuadro que Indiana o Miami, parecía más imposible que nunca y sin embargo aquí nos tienen, diez años después de Melo (Anthony, no Fab), de Warrick o de (el hoy asistente de Boeheim) McNamara aquí estamos de nuevo, otra vez encaramados a la Final Four.

Estamos en Final Four y esa alegría no nos la quita ya ni dios, por supuesto. Pero es ley de vida no dormirse en los laureles y mirar hacia el futuro, supongo que lo suyo sería hacerlo con optimismo pero el optimismo me cuesta, será la edad que voy teniendo o será que soy así de natural. A ver, no les negaré que he recuperado la fe en este equipo, no les negaré que he vuelto a creer en un base maravilloso como Michael Carter-Williams, hubo un tiempo en que dudé de él porque en los momentos decisivos tiende a aturullarse y pierde a veces demasiados balones pero habré de reconocer que en este Torneo Final me tiene subyugado; creo en MCW como creo en el fantástico alero CJ Fair, en los triples de Southerland, en la (cada vez mayor) potencia unida a la buena mano de Brandon Triche, en la defensa (y muy poco más) de Rakeem Christmas o en los aportes desde el banquillo de Cooney, Jerami Grant o Baye Moussa Keita. Y cómo no, en el verdadero culpable de todo esto, el hombre cuya mera mención hace que me ponga de pie (metafóricamente, que de lo contrario me resultaría muy difícil teclear), Jim Boeheim, 37 temporadas le contemplan, head coach de Syracuse desde 1976, tenía yo la misma edad que tiene mi hijo ahora y puede que usted ni siquiera hubiera nacido por aquel entonces. Sí, supongo que más pronto que tarde tendremos que empezar a pensar en una Syracuse sin Boeheim, es ley de vida… pero por ahora no me lo toquen, háganme el favor.

Me he ido del tema, estaba contándoles que a pesar de todo me cuesta ser optimista, qué le vamos a hacer: Quizá porque miro a Michigan y me parece un plantillón (aunque también hayan pasado sus buenas crisis en momentos puntuales); o quizá porque miro a Louisville y se me viene a la cabeza de inmediato esa Final de Conferencia de la que ya les he hablado chiquicientas veces (la del parcial 49-16, insisto); o quizá porque aunque me niegue a ello al final acaben haciéndome mella todos esos tópicos gratuitos sobre la defensa en zona que me toca escuchar o leer cada vez que Syracuse (o quien sea) llega a algo en esta vida: que si el verdadero baloncesto es hombre a hombre; que si la zona es un recurso, puede ser una excepción en un momento puntual pero de ninguna manera puede ser la regla; que si la zona no sirve ante los buenos tiradores (¿pongamos por ejemplo los de Michigan?)… Pues mire, no, hasta ahí podíamos llegar. Dicen que la zona es un problema pero yo no concibo esa razón, que diría el bolero (sólo que el bolero hablaba de otra cosa): una buena zona deniega tiros exteriores, una buena zona llega a cada pase y encima a cada hombre-balón cual si se tratara de una defensa individual… pero repito, una buena zona, una zona bien hecha, no esa otra que tantas veces solemos ver por aquí de poner a dos tíos delante y tres detrás pegando saltitos con los brazos extendidos, sin más, y que si funciona no es tanto por su propia efectividad como por el desconcierto que genera en los rivales. No hará falta que se lo diga, ésta de Syracuse es una buena zona y no sólo porque lleven 37 años haciéndola sino porque Boeheim cuenta con los jugadores adecuados para hacerla: tíos muy móviles, de largos brazos (véanse al respecto los de MCW), buenas piernas, gran capacidad física, adecuado conocimiento del juego y la intensidad necesaria para cada ocasión. Todo lo cual obviamente no garantiza nada, es bien sabido que una zona se puede desactivar de mil maneras (que si no dando tiempo a que se forme, que si invirtiendo rápido el balón de lado a lado, que si infiltrando entre líneas al grande de turno)… exactamente igual que una defensa al hombre. No, la zona no es el problema, en absoluto, en todo caso puede ser la solución como ya lo ha sido tantas otras veces. El problema (de haberlo) está en mí y mi natural tendencia al pesimismo, así que tampoco me hagan mucho caso ni me lo tengan demasiado en cuenta, háganme el favor.

Sólo tendremos que esperar hasta la madrugada del sábado 6 al domingo 7 para que empiecen a disiparse nuestras dudas; y sólo en un par de días más, madrugada del lunes 8 al martes 9, tendremos ya todas las respuestas. Qué quieren que les diga: abónense, descárguenlo, piratéenlo, búsquense la vida como puedan pero tengan clara al menos una cosa: perdérselo no debería ser una opción. Ustedes mismos.

el partido de nunca acabar   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 16 de febrero de 2013)

Cada sábado, la ESPN culmina su incesante chorro de partidos universitarios (a cuál mejor) con el College GameDay, lo que aquí llamaríamos el partido de la jornada. Ya imaginarán que dicho encuentro tiene tratamiento especial: los mejores medios, el mejor narrador y/o comentarista (generalmente Dan Schulman y el histriónico a la par que incomparable Dick Vitale) y toda la cohorte de analistas de esa casa (Jay Bilas y demás familia) que por una vez a la semana dejan el plató y se desplazan en pleno al lugar de los hechos haciendo desde allí el previo, los reportajes del descanso, etc. Un verdadero lujo emitido además en pleno prime time, a las 21:00 horas (como aquí, vamos), no se me sorprendan y recuerden que la ESPN al fin y al cabo es un canal de deportes, no tiene que preocuparse de otros contenidos, le basta con colocar en su mejor horario lo mejor que tiene. Y en estas fechas no hay mejor producto que éste, así que echa el resto: hace algunas semanas le tocó a aquel maravilloso Butler-Gonzaga, hace semana y pico fue el duelo en la cumbre entre Indiana y Michigan, este pasado sábado tocaba una oferta muy interesante pero quizá no tan llamativa en principio como las anteriores, Notre Dame-Louisville, dos muy buenos equipos (cada uno a su manera) que auguraban que al menos veríamos un buen partido. ¿Un buen partido, dije? ¿Un gran partido, tal vez? Entonces aún no podíamos ni imaginar (ni siquiera aquellos que lo vemos con casi tres días de retraso, que mi trabajo me cuesta no enterarme de según qué resultados) que el College GameDay se nos va a convertir en algo así como el College GameYear. El partido del año.

Hagamos las presentaciones, para empezar. Ortodoxia versus heterodoxia como si dijéramos. La ortodoxia vendría representada por el equipo local, Notre Dame, los Fighting Irish; que como decían no sé a santo de qué en un capítulo de Los Simpson (no me pongan esa cara, mi hijo es adicto, todo se pega), no deja de ser  curioso que se hagan llamar Irlandeses Combativos teniendo un nombre francés (pero eso sí, pronunciado siempre a la inglesa, Notredéim). Notre Dame es de esos equipos que siempre juegan bien (muy bien, incluso), de esos equipos cuyos resultados siempre parecen estar muy por encima de sus expectativas. Este año tampoco es una excepción: un buen base como es Atkins, un interesantísimo escolta como es Jerian Grant, el muy apañado alero Connaughton y sobre todo un cénter grandote y de aspecto tosco pero no se me fíen de las apariencias porque nada más lejos de la realidad: el gran Jack Cooley. Todos ellos (y alguno más, que ya irá apareciendo en escena) dirigidos por un pedazo de entrenador nunca suficientemente valorado (aunque ya alguna vez haya sido reconocido como técnico del año), Mike Brey. Desde luego, mucho menos mediático y glamouroso que su rival de hoy…

Porque enfrente están los Pitinitos (si Valdano dijo una vez que un equipo entrenado por Camacho siempre garantizaba once camachitos, lo mismo cabría decir de los equipos entrenados por Pitino), o sea los Cardinals, o sea Louisville. Louisville que a comienzos de temporada nos parecía lo más de lo más, un quinteto de lujo, el pívot senegalés Gorgui Dieng que cada año que pasa es mejor jugador, dos aleros imponentes como Blackshear y Behanan, el maravilloso base Peyton Siva y un escolta que es puro talento, Russ Smith, uno de esos tíos de los que siempre había pensado yo (ya desde la pasada temporada) que si en vez de estar en Louisville estuviera en un equipo menos coral sería una de las estrellas de la Liga (fíjense que lo he puesto en pasado, había pensado yo; luego verán por qué). Nadie parecía tener más argumentos que estos Cardinals pero por alguna misteriosa razón los equipos de Pitino suelen ser ciclotímicos, de rachas, así en los partidos (minutos de trance alternados con minutos de berza total) como en las temporadas incluso. No hace mucho alcanzaron el número 1 de la nación y justo entonces perdieron tres partidos seguidos (Syracuse, Villanova, Georgetown) así que ahora mismo ahí andan, entre el favoritismo y el desconcierto. Suelen pillar la racha buena en marzo, cuando llega la March Madness Pitino les pone a cien, si el pasado año fueron Final Four no hay razones objetivas para que este año no puedan repetirlo y hasta mejorarlo incluso. Pero de momento…

De momento vayamos a un partido que durante la primera mitad y buena parte de la segunda transcurre como tantos otros, ni mejor ni peor: igualdad, intensidad, baja anotación y una cierta tendencia arbitral a pitar más que de costumbre (virus bastante extendido en esos días por cierto, y no sólo en USA), con la consecuencia lógica de que unos cuantos jugadores importantes se carguen de faltas antes de tiempo. El problema parece más grave para el que menos profundidad de banquillo tiene, es decir Notre Dame, y la cosa se confirma abruptamente cuando el primer eliminado resulta ser nada menos que Jack Cooley, tras una quinta falta sumamente discutible (ya lo había sido la cuarta) que desata las iras de la parroquia (nunca  mejor dicho) que abarrota el Purcell Pavilion de South Bend, Indiana. Notre Dame para entonces ya pierde de 6, está atascadísimo en ataque, quedan aún casi siete minutos para el final. No tardarán mucho los Irish en perder también a su otro soporte interior, el mucho más discreto Tom Knight, y todo ello mientras enfrente Gorgui Dieng aún aguanta con sus cuatro personales sobre la pista. Así que pasa lo que tiene que pasar: Louisville se va en el marcador, 53-45 a falta de minuto y cuarto, 56-48 a falta de 50 segundos, 8 puntos de diferencia que con tan baja anotación parecen más aún, los estudiantes de a pie aún aguantan en los fondos con su entusiasmo habitual pero en las localidades caras empiezan a verse claros que antes no existían, buenas gentes que habrán dado todo el pescado por vendido, que acaso estén ya camino del aparcamiento…

Pero Jerian Grant no es de esa misma opinión. Jerian Grant aún no sabe que acaba de entrar en trance, Jerian Grant anota un triple que es su primera canasta de la noche y seguidamente (tras la consiguiente falta y los consiguientes tiros libres de Louisville) mete otro, y luego (tras otros dos tiros libres de Louisville) otro más y de repente Notre Dame que ya está a 3 puntos, ¡¡¡one possession game!!! grita Vitale sin dar crédito a lo que está viendo pero es que aquello todavía no ha acabado, Louisville tiene otros dos tiros libres pero esta vez le toca a Dieng que los estampa contra el hierro, quedan aún 23 segundos, la sube directamente Grant que esta vez por hacer algo diferente se va de cabeza hacia el aro, por supuesto la mete y saca de paso la falta, ni que decir tiene que convierte el adicional… ¡This game was over! dice Schulman sin entender nada, ¡absolutely! le responde alucinado Vitale, a falta de 46 segundos para el final ganaba Louisville 56-48, a falta de 16 segundos para el final el resultado es ya de empate a 60, esos 12 puntos locales anotados todos por el mismo jugador… Pero ojo que aún faltan esos 16 segundos, aún tendrán bola los Cardinals para ganar el partido, la sube Siva, se la da a Dieng, se le cae, no tiran… ¡PRÓRROGA! La locura en el Purcell Pavillion: Cooley brinca como un loco, Brey no sabe ni qué hacer, hasta el cura (trátase de una universidad católica como cualquiera podría deducir a la vista de su nombre, razón por la cual siempre hay un sacerdote en su banquillo, debe ser fundamental) está allí dando saltos de alegría en medio de la pista. Y aquellos claros de cuando perdían de 8 son ya historia, aquellas gradas vuelven a verse llenas quizá porque los que se iban se arrepintieron a tiempo antes de salir del recinto, o quizá porque los del gallinero se bajaron a ocupar los huecos dejados por los que se fueron (los cuales, si los hubiere, jamás en toda su vida se perdonarán haberse ido…)

Aquí suele decirse que las prórrogas las gana el que las fuerza, pero en USA no conciben esa razón. O no necesariamente, al menos. A falta de dos minutos estamos empate a 66 y es entonces cuando sobreviene otro drama para Notre Dame, la quinta falta de su hombre milagro Jerian Grant. Más difícil todavía. Tras el habitual intercambio de tiros libres (anotados) y tiros de campo (fallados) resulta nos encontramos otra vez en la misma situación, empate y Louisville de nuevo con la última bola a su entera disposición y casi 12 segundos para intentar ganar el partido, por alguna misteriosa razón deciden que esta vez no la suba Siva sino un Russ Smith que cruza parsimoniosamente la línea del centro del campo… y se para. Tal cual. Como si tuviera una posesión entera de 35 segundos, como si esperara a que le hicieran un aclarado, como si no hubiera compañeros a quienes dársela, como si no le quedaran ya 5, 4, 3… a Pitino le va a dar algo, Smith que finalmente se da cuenta (a la fuerza ahorcan), que se levanta desde casi 10 metros para tirarse un mendrugo, que lo falla como era de esperar, empate a 68, ¡¡PRÓRROGA!! (y ya serán dos), Pitino que abronca a Smith, que se lo quiere comer, que acaso luego lamente no habérselo comido…

Pues allá vamos, o here we go como dicen en USA. Continuamos de empate en empate pero a falta de 2,20 para el final de esta segunda prórroga se va a producir una sustanciosa novedad, la primera eliminación por faltas en Louisville (recordemos que los Irish ya llevan tres), nada menos que su base Peyton Siva. Habrá de ser Russ Smith quien se encargue de dirigir al equipo a partir de ahora… Russ Smith meterá un par de tiros libres a falta de 25 segundos para el final que situarán a los Cardinals tres arriba, una situación que ya nos resulta extrañamente familiar. Notre Dame obligada otra vez al milagro como no podía ser de otra manera, la sube Atkins, hace como que penetra pero se da la vuelta y encuentra en la línea de tres puntos al impronunciable alero freshman Biedscheid, ni que decir tiene que éste se levanta y la clava, otra vez empate pero quedan aún 15 segundos, otra vez (y van tres) Louisville dispone de la última bola para ganar, la sube Russ Smith (esta vez a velocidad normal), decide penetrar que se supone que es su especialidad pero se encuentra en su camino a las torres suplentes rivales y suelta por encima de ellas una especie de globo (lo que allí llamarían un floater y aquí una bombita a lo Navarro) que no toca ni el aro, ni de lejos, empate a 75, ¡¡¡PRÓRROGA!!! (y con ésta serán tres…)

A todo esto a los Irish ya no los reconoce ni la madre que los parió; aún siguen en cancha (jugando minutos y minutos, haciendo sendos partidazos, literalmente reventados) Atkins y Connaughton pero el resto son actores secundarios (algunos incluso terciarios), el ya mencionado alero Bietscheid, el ala-pívot freshman Zach Auguste y y el cénter sénior Garrick Sherman, que no se ha visto en otra semejante y que probablemente esté viviendo esa noche sus minutos de gloria, esos que ya no podrá olvidar jamás en la vida. Enfrente en cambio Louisville aún mantiene a su plana mayor (excepto Siva): Russ Smith (cuando no la caga) metiendo tiros libres, el impagable Behanan reboteando y anotando sin parar, el suplente (de lujo) Hancock enchufando triples desde las esquinas (desempeñando ese papel fundamental en cualquier equipo de Pitino, ése que el pasado año desempeñaba Kyle Kuric) y cómo no, Dieng, aún Dieng que lleva ya con cuatro faltas desde el siglo pasado poco más o menos. Y vuelta la burra al trigo, a 16 segundos para el final Behanan anota un tiro libre y empata, parece que esta vez la última opción será para Notre Dame pero tampoco, Atkins en su penetración se trompica y se cae, los defensores de Louisville recuperan la bola, piden tiempo, quedan aún casi 4 segundos, se la dan a Russ Smith, esta vez a la carrera, llega a tiempo, se levanta, pega en el hierro, empate a 83, ¡¡¡¡PRÓRROGA!!!! (y con ésta serán cuatro…)

La cuarta prórroga (se dice pronto) ya huele a final, no podría ser de otra manera dado que Louisville sigue con todo su arsenal y Notre Dame apenas con los meritorios. A 40 segundos gana Louisville de 4, Notre Dame ataca a la desesperada pero entonces emerge una vez más el último héroe inesperado de la noche, ese Garrick Sherman que debió salir de las profundidades de su banquillo para ocupar el hueco dejado en el centro de la zona por las prematuras eliminaciones de Cooley y Knight. Se anticipa en el salto a Behanan (los Cardinals también están cansados, obviamente), gana el rebote, la mete, todavía 2 abajo Notre Dame a falta de 34 segundos, balón para Louisville con casi una posesión completa a su entera disposición, el sentido común dicta que los Cardinals se limiten a tener el balón al menos hasta que los Irish decidan interrumpir el proceso y llevarlos a la línea de tiros libres… Pero el sentido común no es el fuerte de Russ Smith, que según recibe pasa de contemporizar y decide irse de cabeza hacia la canasta contraria. Si la metiera aún tendría un pasar, vale, les has regalado un chorro de segundos pero al menos has sumado dos puntos… No es el caso. La bandeja que ni siquiera toca el aro, Pitino que parece arrepentirse profundamente de haberle perdonado la vida allá por la primera prórroga, la bola otra vez para Notre Dame, 24 segundos aún por jugar, ¿creíamos haberlo visto todo? Bola para Atkins, está fundido y se le escapa pero la salva Auguste que se suelta un gancho imposible, pega en el aro, rebote para Sherman que la estampa contra el tablero pero aún así les vuelve otra vez la bola ante la imposibilidad e impasibilidad de las torres (no menos fundidas) de Louisville, Auguste y Sherman la palmean a dos manos, es otro empate, ¡¡¡unbelievable, unbelievable!!! grita Vitale, quedan aún 5 segundos, la última opción casualmente para Louisville que aún dispone de dos tiempos muertos pero nadie se acuerda de pedirlos, la última bola casualmente para un Russ Smith que en su cabalgada desesperada hacia el aro contrario se deja el balón atrás, ya lo que le faltaba a la criatura, cuando quiere recuperarlo ya es tarde, 93-93, ¡¡¡¡¡PRÓRROGA!!!!! y ya serán cinco, Vitale está enajenado, ¡¡¡¡¡¿Are you serious? ¿Are you serious? Five Overtimes!!!!!, Schulman apela al recuerdo de aquellas 6 prórrogas de hace cuatro años entre Syracuse y Connecticut, el Purcell Pavilion se instala en una especie de locura colectiva, incluso a los propios árbitros les da ya la risa…

Y a mí a esas alturas no diré que se me ha caído un mito con Russ Smith porque nunca alcanzó la categoría de mito, pero sí sé que a partir de ahora tendré que mirarlo de otra manera. O no, porque queda (al menos) otra prórroga y todo puede cambiar, vaya usted a saber. De momento lo que cambia es que a 4 minutos para el final cae por fin la quinta falta de Dieng casi media hora después (de juego real, me refiero) de que le pitaran la cuarta y de que cayera su rival Cooley. El puesto de Dieng pasa a ocuparlo un freshman más que interesante que hoy por alguna misteriosa razón ha jugado poquísimo, Montrezl Harrell, en cualquier caso Louisville sigue encomendándose a Behanan al igual que Notre-Dame sigue encomendándose a sus insospechados Auguste y Sherman, y en estas llegamos al último minuto con la ligera sensación de que algo ha cambiado por fin, de que por primera vez la iniciativa parece haber pasado a Notre Dame y Louisville parece ir a remolque, a 24 segundos para el final los Cardinals están 2 abajo y el susodicho Harrell tiene dos tiros libres para empatar pero los falla, Connaughton meterá uno para poner 3 arriba a los Irish, quedan aún 9 segundos y como en los cinco finales anteriores Louisville vuelve a tener a su disposición la última bola pero esta vez con una pequeña diferencia, esta vez no es bola para ganar sino para salvar los muebles, por supuesto que la sube Russ Smith, por supuesto que no mira a nadie, que se va a un costado para jugarse un triple (tampoco podía jugarse ya otra cosa) desde nueve metros que se estampa contra el aro, el rebote se va fuera, suena la bocina, 104-101, ¡¡¡¡¡¡IRISH WIN!!!!!!, es el acabose (nunca mejor dicho), en el Purcell Pavilion se instala la locura (sí, aún más si cabe), no ha pasado ni un segundo y ya hay cienes y cienes de estudiantes sobre el parquet abrazando a sus héroes mientras Pitino se retira desencajado, mientras sus jugadores se esconden donde buenamente pueden, mientras un no menos desencajado (pero inmensamente más feliz) Mike Brey atiende (policía mediante) a la piedepista de la ESPN, mientras aquellos (presuntamente) neutrales que lo vemos a muchos kilómetros (y a muchas horas) de distancia no podemos evitar pensar que al final ha ganado el que más lo mereció, el que mejor hizo las cosas, el que resistió y superó todas las adversidades imaginables, el que tuvo más fe (será por fe en Notre Dame); ese equipo de esa Universidad que además (y por si fuera poco todo lo anterior) resulta que está en Indiana, dónde si no, recuérdenlo una vez más, en los otros 49 estados es sólo baloncesto, pero

Jamás en mi vida (y miren que llevo vida) había visto yo un partido con cinco prórrogas. Evidentemente aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquel famoso Syracuse-Connecticut de las seis prórrogas pero no pude verlo en su día (y sólo yo sé cuánto me dolió perdérmelo, pérdida que subsanaré próximamente porque no hace mucho me lo bajé, por fin), como tampoco pude ver aquel Manresa-Barça con cuatro prórrogas que tuvo lugar más o menos en esas mismas fechas. Y hasta tengo oído que en tiempos remotos existió incluso algún partido con siete u ocho prórrogas… pero en lo que mí respecta mi récord personal estaba en tres, así en ACB (Estudiantes mediante) como en NBA o NCAA. Hasta ahora, claro, hasta este partido que duró 65 minutos, que acabó presuntamente con empate a 60 y que conoció sucesivos presuntos finales con empate a 68, 75, 83 y 93 antes de acabar (esta vez ya sí) 104-101. Por si les apetece algún dato particular les contaré que la versión que me descargué duraba más de tres horas (y eso que venía ya limpia de tiempos muertos y publicidades varias), que empecé a verlo el pasado martes a eso de las diez y media de la noche y lo acabé más allá de la una y media de la madrugada (hora prohibitiva para alguien a quien le suena el despertador cada mañana a las siete menos cuarto), y que una vez en la cama tardé al menos otra hora en poderme dormir, tal era el estado de excitación (en términos deportivos, entiéndase) que me había dejado el partido, con un montón de ideas bulléndome aún en mi cabeza y que acaso sólo encontraran salida si las plasmaba por escrito, aunque ello hubiera de ser unos cuantos días después…

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