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aproximación al draft   10 comments

Quedan ya muy pocos días para el draft y de un momento a otro las webs especializadas se nos llenarán de completísimas predicciones al respecto, todas ellas perfectamente jerarquizadas del 1 al 10, al 30 ó al 60 dependiendo del nivel de conocimientos y del nivel de esfuerzo del experto en cuestión. No es mi caso. Saben que yo no me considero experto (ni de lejos) sino un mero aficionado, no me baso tanto en conocimientos como en gustos personales y por eso no deberán considerar esto como una predicción sino como una mera aproximación, por supuesto no jerarquizada sino in alphabetical order, de la A a la Z (nunca mejor dicho). Hecha esta salvedad, si aún así tienen a bien acompañarme…

Steven Adams (Pittsburgh): Esperé hasta el último momento que este freshman neozelandés (ya habitual en las selecciones de su país, por cierto) tuviera a bien retirar su nombre del draft y retornara a jugar con los Panthers su temporada sophomore… en vano, obviamente. Desde el punto de vista económico puede ser un acierto (al menos a corto plazo), desde el punto de vista deportivo creo sinceramente que la caga. Pívot tronquete, propenso a las faltas, que mejoraba a su equipo casi cada vez que se sentaba en el banquillo y que de vez en cuando (muy de vez en cuando) dejaba atisbos y esbozos de lo bueno que podría llegar a ser con trabajo, dedicación y minutos. Los que habría tenido en Pittsburgh, los que difícilmente va a tener allá donde vaya. Él sabrá.

Anthony Bennett (UNLV): A este monstruito me lo han comparado repetidas veces con Larry Johnson (espero que recuerden a Larry Johnson) y créanme que la comparación está bien traída, y no sólo por el hecho de que ambos provengan de la misma universidad. Anthony Bennett, canadiense por cierto (vayan acostumbrándose porque últimamente salen a chorros, ya les contaré), es el típico dos por dos casi literal, el típico al que la primera vez que le ves piensas que le faltan centímetros de alto (para jugar dentro, entiéndase) y le sobran de ancho. Esa primera vez que le ves (que debió ser el Nike Hoop Summit, o el McDonald’s All American) piensas que tiene unas condiciones físicas impresionantes pero te quedas ahí y no vas más allá, y sin embargo luego pasa el verano, luego te lo vuelves a encontrar en el baloncesto ya más organizado de los Running Rebels y entonces vas y exclamas ¡¡¡cáspita!!! (en realidad exclamas otra cosa, que no reproduciré), ¡pero si este tío sabe jugar, y cómo…! Unos fundamentos muy por encima de la media, una muñeca aceptable, un primer paso demoledor. No le he visto tanto como debería y por ello les ruego que no me lo tengan muy en cuenta, pero creo que apunta esbozos como para pensar que (con trabajo y paciencia, que aún le falta mucho) puede llegar a ser un gran jugador. No necesariamente un Larry Johnson (que eso ya son palabras mayores) pero sí un gran jugador.

Trey Burke (Michigan): Allá por el lejano diciembre, cuando les hablé de los Wolverines, ya expresé aquí mismo mi estupefacción ante el hecho de que este tío, siendo como era (casi) sin discusión alguna el mejor base de toda la competición universitaria, apenas figurase alrededor del puesto 20 (y eso en el mejor de los casos) en las previsiones pre-draft. Claro está, no hay mal que cien años dure y éste apenas duró tres meses, los que tardaron los pronosticadores en entrar en razón. Hoy ya a nadie se le ocurriría situarle más allá del puesto 10 y son muchos los que le ubican en el top 3 ó top 5. Eso sí, para que abrieran los ojos hizo falta que Burke pusiera sobre la mesa unas cuantas exhibiciones, que se echara el equipo a la espalda en el Torneo Final y lo llevara hasta la mismísima Final Nacional dejando por el camino actuaciones tan inolvidables como aquella de la Semifinal Regional ante Kansas. Burke pasó de ser considerado unánimemente el mejor base de la nación a ser considerado unánimemente el mejor jugador (de cualquier puesto) de la nación (a nivel universitario, entiéndase), de tal manera que hoy ya nadie pone los prejuicios físicos por encima de su talento, hoy la franquicia que le escoja tendrá claro que se estará llevando no sé si a una estrella (tampoco lo descarten) pero sí a un base titular de garantías para muchos, muchos años. Al tiempo.

Michael Carter-Williams (Syracuse): Por alguna misteriosa razón tiendo a ser más crítico con mis jugadores (con los jugadores de mis equipos, entiéndase) que con los demás, y quizá esa sea la causa de que no acabe de entusiasmarme con alguien como MCW que debería ser mi chico favorito. Y miren que reúne buena parte de las cualidades que se pueden pedir a un base: largos brazos, buenas piernas, mejor manejo de balón, pase correcto, adecuada lectura del juego, magníficos fundamentos técnicos, en transición y/o penetración es sencillamente imparable, su tiro es manifiestamente mejorable pero seguro que lo mejorará en cuanto se lo proponga… ¿Y entonces? Entonces me preocupa su proceso de toma de decisiones, tanto más cuanto más crujientes sean los minutos en que tenga que tomarlas. Que le he visto aturullarse demasiadas veces en los momentos decisivos, vamos. Lo cual tampoco tiene por qué ser demasiado grave: porque no deja de ser un pecado de juventud (que se cura con el tiempo), porque la tensión de cada partido NCAA poco tiene que ver con la existencia rutinaria de la temporada regular NBA (luego los playoffs ya son otra historia, claro) y porque me imagino que su destino a corto plazo será ejercer de base suplente allá donde caiga; años tendrá por delante para irse poco a poco acostumbrando a asumir la responsabilidad.

Shane Larkin (Miami): Una de las sensaciones de la temporada, un base al que me sorprende no ver aún más arriba en los pronósticos (no le dan más acá del 14) porque tiene un perfil muy enebeable (por decirlo así): base más anotador que director (lo cual no quiere decir que desdeñe esta última faceta), buenísima mano, aún mejores piernas, tremendo penetrador (suena feo esto), estupendo pasador y además con buen criterio a la hora de tomar decisiones gracias entre otras cosas a haber estado a las órdenes de un magnífico maestro como Jim Larrañaga. Y con cierto perfil mediático además ya que es hijo del hall of famer beisbolístico Barry Larkin, si usted es amante de dicho deporte sabrá quién es, desgraciadamente no es mi caso. Lo dicho, creo que tiene un amplio recorrido por delante en NBA, ya veremos si (como tantas otras veces) me equivoco.

Alex Len (Maryland): A día de hoy, para mi gusto, el mejor pívot de este draft. Lo cual no es decir mucho porque en este draft no hay shaquilles ni olajuwones ni de lejos, pero sí es bastante en estos tiempos que corren. Repito, a día de hoy, no vaya a ser que dentro de unos años tengamos a Noel convertido en megaestrella, no les digo yo que no (aunque lo dude) pero créanme que hoy por hoy el de Kentucky (aún sano) no le llega al de Maryland ni a la suela del zapato (ligera exageración). Repito también, para mi gusto… que no debe ser tan raro porque resulta que el ucraniano ha subido como la espuma en estas últimas semanas, de hecho hay mocks (qué palabras tan extrañas utilizamos a veces) que ya apuntan a él como número 1… supongo que más que nada porque los Cavs andan buscando un cénter y no acaban de fiarse de Noel. Si le escogen no habrán encontrado una estrella (pero es que de ésas no hay en este draft) pero sí habrán hecho una buena elección, ténganlo por seguro.

C.J. McCollum (Lehigh): McCollum entró de lleno en nuestras vidas y en nuestros corazones allá por el Torneo Final de 2012, llevando a la modestísima Lehigh a cargarse contra todo pronóstico a la archifavorita Duke con todo su Coach K y su Austin Rivers y sus Plumlee y demás familia. En aquel partido y en el siguiente McCollum se nos presentó como un base jugón maravilloso, un auténtico líder además. Y ya está, y no me pidan más porque eso fue en marzo de 2012, en la temporada 2012/2013 no le he visto ni una sola vez, que no es que sea Lehigh de las universidades más televisadas precisamente… aunque muy mal no le habrá ido si le listan tan arriba. Sea como fuere, ver a un base sénior (rara avis) de una universidad tan pequeña en puestos de lotería me parece una magnífica noticia. Seguro que el equipo que lo escoja no se va a equivocar.

Ben McLemore (Kansas): Me deja frío, no les voy a engañar. Es decir, reconozco que es un escolta de calidad excelsa al que apenas se le aprecian defectos evidentes, reconozco que aún siendo freshman fue con diferencia el mejor jugador de Kansas (lo cual tampoco es decir mucho, que el amigo Self hizo milagros con lo poco que tenía entre manos), reconozco que su comienzo de temporada fue sencillamente demoledor… y que luego muy poquito a poco fue yendo a menos, que empezó pareciendo la octava maravilla del universo y acabó pareciendo (casi) un jugador más. No sé, será que me acostumbré a él o será que le miro con malos ojos o será que en el fondo me parece uno de tantos, muy bueno pero muy parecido a tantos otros que también son muy buenos y que luego en NBA acaban convertidos en jugadores del montón. No sé lo que será pero lo cierto es que me deja frío, qué le vamos a hacer. No me lo tengan en cuenta.

Shabazz Muhammad (UCLA): hace algunos meses lo definí como LeBroncito. Una especie de sucedáneo del original, un Lebron de garrafón pero eso sí, manifiestamente mejorable todavía. Para la cosa de la mejorabilidad quizá no le habría venido mal tirarse un año a la vera de Alford para complementar el que se tiró a la vera de Howland, pero en vez de eso la criatura ha decidido dar el salto al draft, probablemente lo tuviera decidido ya desde bastante antes de su azarosa llegada a UCLA. En el pecado llevará la penitencia: hace un verano muchos le daban como número 1 de este draft y pocos le situaban más allá del puesto 3. Hoy en cambio casi nadie le da más acá del puesto 10.

Nerlens Noel (Kentucky): Si no hubiera sucedido lo que sucedió el pasado 12 de febrero en el encuentro ante Florida no les quepa la menor duda de que Noel (pronúnciese Nouel) sería el más que probable número 1 de este draft. Lo sería gracias a sus presuntos 6,10 pies de altura (no sé si le midieron con o sin tupé) y 7,3 de envergadura (lo que viene siendo en metros como 2,08 y 2,20, respectivamente), lo sería gracias a su físico perfectamente coordinado y su movilidad extrema, lo sería no tanto por lo que es como por lo que parece que puede llegar a ser. En ataque a día de hoy se limita a ejercer de pichichi y machacar lo que le ponen o lo que se pone él solo a partir de rebote ofensivo, no le pidan más porque hoy por hoy no sabe hacer más (o si lo sabe lo disimula); eso sí, sus posibilidades son inmensas, de que se aplique más o menos dependerá que se acabe convirtiendo en un Olajuwon de la vida (demasiado optimismo parece) o que se quede en poco menos que un Howard (en flaco) de la vida. Eso sí, donde no ofrece dudas es en defensa, una garantía en el rebote y una verdadera máquina a la hora de taponar… Todo lo cual, como les decía, caducó el pasado 12 de febrero. Ese día se dejó un ligamento al bies, cómo vuelva tras su recuperación es una incógnita (incógnita sería aún estando sano, así que estando así ya ni les cuento…). Algunos aún siguen apostando por él como número 1 del draft, yo creo que caerá bastante más atrás.

Victor Oladipo (Indiana): En la temporada 2011/2012 ya nos demostró bien a las claras que era un portento físico y un prodigio de intensidad. En la temporada 2012/2013 siguió demostrando (aún más si cabe) ambas cosas pero también una tercera: su enorme capacidad de mejora. Ya no era sólo el saltimbanqui desatado que un día conocimos, ya lucía también una coordinación de movimientos que jamás le habríamos sospechado, un progreso envidiable en el tiro y una imponente presencia defensiva que le hacía ser el designado por Crean para encimar al principal jugador rival así éste fuera alero o base, tipos tan solventes como Burke o Carter-Williams pueden dar buena fe de ello. La franquicia que lo elija escogerá a un valor seguro, si bien no me atrevo a imaginarle como estrella sino como machaka, ya saben, el típico especialista defensivo indesmayable que solemos encontrar en cualquier quinteto NBA que se precie. Machaka ilustrado si así lo quieren, machaka con un cierto nivel de calidad si así lo prefieren pero machaka al fin y al cabo. Nada más (y nada menos) que eso.

Kelly Olynyk (Gonzaga): Otro presunto integrante de esa selección canadiense para (pongamos) los Juegos de 2020 a la que intentaré dedicar un post próximamente (permanezcan atentos a sus pantallas). De la temporada 2011/2012 a la 2012/2013 Kelly Olynyk dejó crecer su pelo y vio también crecer exponencialmente su juego (una especie de Sansón a la inversa), sin que me conste que haya relación causa efecto entre ambos crecimientos. La franquicia que le escoja no tendrá una estrella (ni de coña) pero se asegurará un ala-pívot honesto y trabajador, que curra bien dentro y tiene una mano bastante aceptable desde fuera. No es poco.

Otto Porter (Georgetown): El mejor all-around-player que he visto jamás, la frase no es mía (que jamás me atrevería yo a tanto) sino de alguien que le sufrió desde el banquillo de enfrente, el mítico Jim Boeheim. Un tanto hiperbólico el insigne coach de Syracuse, me temo, pero ustedes cogen la idea. No estoy seguro de que sea para tanto pero sí creo firmemente que libra por libra es el jugador más completo de este draft, el típico jugador que es bueno en todo aunque tal vez no sea extraordinario en nada. Si yo tuviera una franquicia en los primeros puestos del draft me tiraría de bruces a por él… y ello a pesar de las reservas que me dejan últimamente los jugadores de Georgetown, que a veces me recuerdan a aquello que dijo cierto abrupto entrenador futbolístico de la cantera de cierto equipo, que según él sólo producía mingafrías. Jugadores que me enamoran técnicamente pero a los que luego en un momento dado parece faltarles ese instinto asesino, ese puntito de agresividad: como Hibbert (aunque se haya redimido sobradamente en estos pasados playoffs), como Monroe, como este Porter. Tantas eliminaciones prematuras de los Hoyas en el Torneo Final, casi siempre ante equipos presuntamente inferiores (culminadas este pasado marzo con su estrepitoso hundimiento ante Florida Gulf Coast) no pueden suceder por casualidad.

Cody Zeller (Indiana): Me acuso: reconozco que se me fue la olla con él, que le puse por las nubes demasiado pronto, que ponderé sus virtudes más allá de sus defectos. Aunque en mi descargo habré de alegar que no fui el único (mal de muchos…), a comienzos de temporada casi todo dios le daba el número 1 del draft y hoy ha caído hasta más allá del 10, y bajando. Su calidad es (a mi juicio) infinitamente superior a la de su rudimentario hermano Tyler, y sin embargo se da la paradoja de que Tyler acabó siendo mucho más eficaz y resolutivo en sus Tar Heels de lo que Cody ha acabado siéndolo en sus Hoosiers. Sobrado de fundamentos, sobrado de centímetros, sobrado de movilidad para (por ejemplo) correr bien la cancha… pero por resumir en una sola palabra sus carencias diría yo que le falta presencia. Presencia para hacerse valer en ataque y que no se le coman los pívots rivales, presencia sobre todo en defensa para que fuera capaz de intimidar un poquito siquiera… Me gustaría que le fuera bien (más que nada porque a los jugadores de clase siempre me gusta que les vaya bien) pero tengo serias dudas. Para mí es una incógnita.

Y hasta aquí. Quizás echen de menos a algún otro jugador, por ejemplo a ese anotador de la Universidad de Georgia que responde al proceloso nombre de Kentavious Caldwell-Pope y que tanto ha subido últimamente en los pronósticos (pero es que sólo le he podido ver en algún vídeo aislado, no le he visto un partido entero y en tales circunstancias no me atrevo a hablarles de él, lo siento). O por ejemplo a aquellos que no provienen de la NCAA, y de los que no voy a hablarles porque a algunos como Gobert o Adetokumbo (o como se llame) no los conozco y a otros como Nogueira o Abrines ya los conocemos todos demasiado, qué les voy a contar que ustedes no sepan ya. Pues eso, que hasta aquí. Y recuerden lo que les dije al principio, es sólo el punto de vista de un aficionado, en caso de cagada les agradeceré que no me lo tengan demasiado en cuenta…

Donut Team   3 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 8 de febrero de 2013)

Señoras, señores, me van a permitir que aprovechando estos fríos y estas ciclogénesis explosivas (esa cosa que antes acostumbrábamos a llamar temporal, hay que ver qué vulgares éramos), hoy les invite a dar un agradable paseo por las soleadas playas del sur de California. Bueno, no exactamente, tampoco se me vengan arriba tan temprano, en realidad no iremos mucho más allá del campus de la Universidad de California Los Ángeles, esa que ni dios llama así porque todo el mundo la conoce por sus siglas, nosotros las decimos tal cual, ucla, pero los americanos (de USA) que son más finos suelen pronunciarlas de una en una, iu si el ei, así queda mucho más elegante, dónde va a parar. Pues eso, acompáñenme si son tan amables en un recorrido baloncestero por la universidad más laureada de aquella nación, si bien nosotros no nos centraremos en aquel egregio pasado de los Wooden, Alcindor, Walton, Reggie Miller y demás familia (y no por falta de ganas) sino que procuraremos quedarnos lo más cerca posible del presente.

El presente de UCLA es raro, en realidad lleva ya unos cuantos años siéndolo. UCLA emergió de un prolongado ostracismo en 1995, ese año ganó el título de la mano de aquel magnífico entrenador llamado Jim Harrick y aquella no menos magnífica generación de los hermanos O’Bannon, Jiri Zidek, Toby Bailey o el gran Tyus Edney entre otros. Pero resultó que el susodicho coach Harrick además de magnífico era un tanto marrullero en cuestiones de reclutamiento (siguió siéndolo años más tarde en Rhode Island o Georgia), razón por la cual los rectores angelinos decidieron darle puerta antes de la cosa pasara a mayores y recurrieron en su lugar a un Steve Lavin con el que no hicieron sino ir de mal en peor. Así que nueva vuelta de tuerca, cambiamos el glamour y esos aires de playboy por el hormigón armado y veremos cómo en un abrir y cerrar de ojos las cosas vuelven a su ser: dicho y hecho, desde la capital americana del acero, o sea Pittsburgh (más concretamente desde la Universidad de ese mismo nombre), aterrizó Ben Howland, y en apenas un par de años empezaron a apreciarse los frutos de su trabajo: tres Final Four consecutivas, tres, entre 2006 y 2008, eso fue lo bueno, lo malo fue que no rascaron bola en ninguna de las tres. Pero parecían estar en el buen camino, volvía de nuevo la felicidad al Pauley Pavilion… o no. Cuatro años de sequía más tarde aquí tenemos otra vez a estos Bruins intentando renacer de sus cenizas, reinventándose de nuevo a partir de una camada de freshmen que así en principio nada tiene que envidiar a las mejores promociones caliparianas de Kentucky…

Empecemos por el jugador del que van a oír a hablar hasta la náusea, aquel que ocupará ya los primeros puestos del draft en este próximo mes de junio y que muy probablemente llegará ya con el cartel de estrella a allá donde caiga, Shabazz Muhammad, vayan acostumbrándose a ese nombre por la cuenta que les tiene. Para describirlo no se me ocurre nada mejor que utilizar el apelativo cariñoso con que lo he rebautizado y que suelo utilizar cada vez que le veo: Lebroncito. Sí, es ese tipo de jugador, un portento físico (si bien no tan aparatoso como el original, todavía), puro músculo así en brazos como en piernas, que te rompe en penetración (entre otras cosas porque más te vale apartarte si le ves venir de frente) y que si no le concedes la penetración te rompe igual, porque (digámoslo cuanto antes, para no ser injustos en su descripción) resulta que también sabe jugar, y mucho: tiene por ejemplo un más que aceptable tiro exterior. Por tener, tiene también hasta ese puntito de arrogancia tan lebroniano (aunque en éste sería más bien puntazo), vamos que uno se imagina a la comadrona en el paritorio diciéndole a su madre, señora, enhorabuena, ha tenido usted una estrella del basket, mire la pinta de sobrado que tiene, casi mejor póngale a jugar ya

Ahora bien, me pasa como con LeBron y Durant, que admirando profundamente al uno siempre prefiero al otro, pues aquí lo mismo: sin que merme un ápice mi estima por Muhammad, déjenme que les diga que yo me quedo con el otro freshman maravilla, de nombre Kyle Anderson. ¿Cómo les describiría yo a Kyle Anderson? Difícil, porque es un jugador que se sale por completo de lo corriente: para empezar por su aspecto, ese largo cuello, esa frente amplia, ese pelo a lo Punset (a lo Punset joven, entiéndase), esa sensación de fragilidad, ese aire como de poeta romántico del siglo XIX; y para continuar por su juego, que es una auténtica delicia, un verdadero clínic de fundamentos en cada entrada a canasta, en cada dribling. Un clínic impartido además a cámara lenta, tiene esa sinuosidad (¿existirá esta palabra?) de movimientos que hace que casi no sepas si estás viendo el directo o el replay, ya sé que exagero pero espero que me lo consientan. Todavía no he conseguido averiguar si es lento o si sólo lo parece pero lo cierto es que de alguna manera le funciona, de alguna manera los rivales apenas consiguen desentrañar la incógnita. Si hace muchos años se dijo en este país de un afamado futbolista con nombre de buitre que su mejor cualidad era la pausa, algo muy parecido cabría decir de este Kyle Anderson que además (y por si fuera poco todo lo anterior) resulta que hace gala de una gran visión de juego desde sus más de dos metros de atalaya, y que es también (y sobre todo, quizá más que ninguna otra cosa) un extraordinario pasador. Una delicia, ya se lo dije.

Ahora bien, como solía decir un antiguo jefe que tuve, lo que es, es, y lo que no es, no es (sí, era un prodigio de sabiduría). Ben Howland vio esa visión de juego y ese pase y decidió ponerle de base, así ya para empezar desde el primer día. Y fue un desastre. Anderson tiene muchas cualidades pero no tiene aún esa toma de decisiones ni esa lectura del juego ni tantas otras cosas que caracterizan a un buen playmaker (tampoco un tiro exterior medianamente consistente, por cierto), quizá con el tiempo llegue a tenerlas (y ojalá, porque eso aclararía muchísimo su futuro en el siguiente nivel) pero por ahora aún (repito, aún) no es un base, ni de lejos. Así que Howland hizo bueno el proverbio, rectificó muy sabiamente y hoy Anderson ya sólo ejerce de base en los escasos minutos en que descansa el titular, el cual no es otro que Larry Drew II, hijo como su propio nombre indica de Larry Drew I, a día de hoy entrenador de los Hawks de Atlanta. Drew es el prototipo de base aseado, que no te seduce como Anderson (ni tampoco lo pretende) pero sí dirige, distribuye, anota y cumple más que sobradamente con su cometido. Suficiente, por ahora.

Drew llegó hace unos años desde la otra punta del país, desde la mismísima Universidad de North Carolina, será que no se encontró a sí mismo a la vera de Roy Williams. Y no fue el único, de hecho el mismo camino recorrieron los gemelos Wear, Travis y David, que pasan por ser la principal referencia interior de este equipo aunque tienen de interiores lo que yo de monje cisterciense poco más o menos. Aleros disfrazados de pívots por necesidades del guión, dos gotas de agua que podrían perfectamente intercambiarse el uno por el otro, no les digo yo que en los exámenes no lo hagan pero en la cancha chirriaría un poco más, entre otras cosas porque hay sutiles diferencias baloncestísticas entre ambos: Travis es un poco mejor, un poco más interior, también ha estado un poco más lesionado últimamente lo cual obligó a Howland a recurrir a David casi full time, con resultados bastante pobres por cierto. Así las cosas, el quinteto titular lo acaban formando el Wear de turno de (falso) cinco, Muhammad de (no menos falso) cuatro, Anderson de (algo así como) tres, Drew de uno y a su lado ejerciendo de dos otro interesante freshman (y ya van tres), Jordan Adams, mucho menos glamouroso en cualquier caso que los dos anteriores. Puro lujo por fuera, puro vacío por dentro. Equipo dónut, incluso para los estándares NCAA.

Un dónut que no sería tal si no hubiese huido del lugar nada más empezar la temporada el orondo Joshua Smith, que decidió cambiar de aires y llevarse su inmensa humanidad a Georgetown, donde intentará justificar la buena fama de dicho centro en la formación de jugadores interiores a partir de la temporada que viene. No fue el único, también se marchó (prácticamente a la vez) el escolta Tyler Lamb, quizá pensó que con tanto freshmen en su posición era imposible que cupieran todos, no lo sé, sólo sé que a partir de la temporada próxima jugará para Long Beach State. Así las cosas, del banquillo apenas emergen (Wear aparte) el energético Norman Powell, auténtico sexto hombre del equipo, y, cómo no, Tony Parker. Tony Parker que en este caso no es base francés sino pívot norteamericano, auténtica fuerza de la naturaleza, freshman (y ya van cuatro) de imponente planta que parece estar predestinado para llenar por completo el agujero del dónut, de hecho si no lo hace aún (salvo contadísimos minutos) es porque está aún más verde que usted y que yo si nos pusieran en su lugar (ligera exageración). Posibilidades inmensas, sólo espero que no se le ocurra seguir el (mal) ejemplo de tantos otros coetáneos suyos y tirarse en plancha al draft porque en su caso sería para matarlo (deportivamente hablando, entiéndase). Necesita aún mucha, pero mucha formación.

El resultado de todo ello es un equipo muy atractivo de ver, quizá porque Howland haya acabado por entender que con este plantel tampoco puede jugar a otra cosa (no siempre fue así, que aquellos Bruins de mediados de la pasada década se empeñaban demasiadas veces en jugar con el freno de mano echado pese a contar sucesivamente con tipos como Darren Collison, Russell Westbrook, Aaron Afflalo, Kevin Love, Jordan Farmar o Josh Shipp entre otros muchos). Te aseguran la diversión, si además te aseguraran también el resultado ya sería la leche. Empezaron en plan caótico, entre los que no acababan de llegar (a Muhammad le tuvo la NCAA en cuarentena hasta bien entrada la temporada, hasta llegó a darse por hecho que le suspenderían para todo el año, bien pueden dar gracias al cielo de que al final le aclararan) y los que se querían ir aquello debió ser una jaula de grillos, con papelones tan dolorosos como aquella victoria por los pelos y en la prórroga ante la modestísima UC Irvine o aquella derrota ante la no menos modesta Cal Poly, ambas además en su propio feudo del Pauley Pavilion, dos de esos partidos que las grandes programan para ir rodándose y que no esperan perder ni en el peor de sus pesadillas. Con el paso de los meses fueron estabilizándose pero no por ello dejaron de ser un equipo manifiestamente irregular, capaz de en una misma semana perder ante Oregon, ganar con claridad en el feudo de todo un top10 como Arizona y seguidamente caer con todo el equipo en cancha de Arizona State. Y no contentos con ello volver a casa, recibir a sus (muy venidos a menos) vecinos de USC y caer de nuevo estrepitosamente, haciendo gala además (dónut también en eso) de una alarmante ternura defensiva. Es decir, pierden con quien les tocaría ganar (aunque Oregon merecería capítulo aparte a ese respecto, y lo tendrá en breve) y ganan donde les tocaría perder. En llegando al Torneo Final (y siempre y cuando se metan, o les metan, que a este paso no será fácil) tan capaces serán de caer con una universidad que no conozca ni su padre (ni su rector, en este caso) como de meterse en Final Four si les da por pillar la racha buena. Nada de particular, que ya estamos viendo este año que hay mucha más igualdad de lo que parece y que (casi) cualquiera puede ganar a cualquiera; pero en su caso aún más si cabe.

Y no quisiera yo acabar todo este largo tocho sin antes contestar (o intentarlo, al menos) esa pregunta que acaso usted lleve haciéndose desde que empezó a leerlo: ¿y Adrià Gasol? ¿por qué no nos cuenta nada de Adrià Gasol? ¿No se suponía que estaba en UCLA? A ver, estar, lo que se dice estar, está: yendo a clase y haciendo exámenes y trabajos y demás cositas propias de sus estudios de biomedicina, en la mejor tradición familiar. Pero en lo tocante al equipo de baloncesto ni está ni se le espera, por ahora al menos. Es decir, está de walk-on, de oyente como si dijéramos (traducción libre), de estudiante sin beca deportiva con derecho a participar en entrenamientos pero sin posibilidad de jugar todavía. Para más información pueden echarle un ojo (o los dos, incluso) al Gigantes de este mes (sumamente recomendable, y no sólo por este reportaje), en el que se nos dan pelos y señales al respecto: lo bien considerado que está por compañeros y cuerpo técnico, la íntima amistad que le une a Kyle Anderson o la inesperada afirmación de que le encanta el baloncesto y se divierte mucho jugando, todo lo cual me congratula porque no siempre fue así, porque hubo un tiempo en que lo odiaba, no es que lo diga yo (que no soy nadie para decirlo) sino que así se lo escuché una vez a su hermano Pau en una entrevista televisiva con estas mismas palabras, lo odiaba, supongo que es lo que puede pasar si te crías en el seno de una familia en la que no se mama otra cosa que no sea baloncesto a cualquier hora del día. Tiempo al tiempo, en cualquier caso: tan posible es que en apenas unos años Adrià sea una referencia en nuestro deporte como que sea doctor en medicina o como que no sea ni una cosa ni la otra, vaya usted a saber. Será lo que él quiera ser, punto. Así que por ahora casi mejor dejémosle tranquilo, no nos hagamos pajas mentales (yo el primero) y limitémonos a esperar.

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