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KOBE   1 comment

Durante años creí (sólo creí) ser de los Lakers.

O para ser más preciso: nunca supe ser de un equipo NBA, habré de reconocerlo aunque me avergüence. Sé de qué equipo soy en todos los demás baloncestos habidos y por haber, sé de qué equipo soy hasta en ligas futbolísticas que ni me van ni me vienen, sé que siempre seré de esos equipos independientemente de cómo, cuándo, dónde y con quién jueguen. Y sin embargo en NBA nunca conseguí pasar de una fidelidad a la japonesa, una fidelidad que no era tanto a equipos como a jugadores (y que mudaba de color en cuanto cambiaban de equipo esos mismos jugadores) y/o estilos de juego (y que mudaba de color en cuanto aparecía una propuesta que me seducía más que la anterior). Sé que mi fidelidad al Rayo Vallecano, a Estudiantes o a los Orange de Syracuse (por poner los tres ejemplos más evidentes) siempre estará muy por encima de las circunstancias, como sé también que las circunstancias siempre estarán muy por encima de mi hipotética fidelidad a cualquier equipo NBA. No les pido que lo entiendan ya que ni yo mismo lo entiendo, simplemente soy así (de raro). Y me temo que a estas alturas ya no voy a cambiar.

Y sin embargo, durante años creí (sólo creí) ser de los Lakers. La culpa la tuvieron Magic Johnson y James Worthy, quién si no. La culpa la tuvo TVE, al regalarnos tarde mal y nunca (en su contenedor deportivo de cada domingo por la mañana, probablemente un día de julio o agosto en el que no tendrían nada en directo que ofrecer y no encontraron mejor manera de rellenar) un partido cualquiera de la final de 1984 (o acaso fuera la de 1985). La culpa la tuvo el showtime, aquella maravillosa manera de correr la cancha, el repentino descubrimiento de que había otros baloncestos (pero estaban en éste), de que a esto se podía jugar también así. Me enamoré hasta las trancas (y las barrancas) de aquella maravillosa manera de entender el juego, me enamoré indirectamente de aquel glamuroso equipo que vestía de amarillo donde todos los demás iban de blanco y que corría (más bien volaba) sobre la pista como yo jamás había visto antes. Y me entusiasmé con el repeat y eché de menos el threepeat, y gocé con el advenimiento de Divac (en aquellos tiempos poner a un europeo en la NBA era más difícil que poner un pie en la luna), y vibré como nadie sabe con aquella primera victoria en la final de 1991 (tanto como sufrí con las cuatro derrotas siguientes, las que dieron su primer anillo a Jordan y sus Bulls). Y recibí con alborozo a una debilidad como Eddie Jones y hasta a un jugón como Van Exel, y pareció que nos uniría un vínculo sólido e indestructible… justo hasta ese día en que de repente me encontré a mí mismo queriendo que perdieran. No siempre, claro; sólo cuando jugaban contra otros que me atraían más (pero es que esos otros empezaban a proliferar peligrosamente en mi interior). Algo se había roto entre nosotros, quizás ya para siempre…

Y entonces llegó él.

cropped_kobePero no llegó de cualquier manera, no vayan a pensar. Llegó absolutamente por sorpresa, al menos en lo que a mí respecta. Hace veinte años sólo tenían Internet cuatro gatos y yo no era uno de ellos, razón por la cual mis fuentes informativas se limitaban a las de toda la vida, prensa, radio y televisión. Llegábamos al draft casi en ayunas, conociendo apenas a los universitarios que hubiéramos visto en la Final Four (siempre y cuando alguien hubiera tenido la cortesía de ofrecérnosla), acaso a algún otro cuya fama hubiera trascendido las fronteras, y casi pare usted de contar. Así que cuando nos contaron que los originales Charlotte Hornets (hoy New Orleans Pelicans) habían utilizado su elección número 13, nada menos que la 13 (no me hagan rimas) en una criaturilla recién salida del insti que respondía al extraño nombre de Kobe Bryant, pues como que nos quedamos a cuadros. Y ya cuando nos contaron que no lo querían para quedárselo sino para regalárselo envuelto y con lazo a los Lakers a cambio nada más y nada menos que de Vlade Divac pues ya no es que nos quedáramos a cuadros sino que directamente nos echamos las manos a la cabeza.

Jerry West, logo viviente y jefe de operaciones de los Lakers en aquel entonces, estaba muy por encima del bien y del mal. Su habilidad para detectar el talento antes que los demás y forjar equipos campeones le había otorgado merecida fama, pero aún así aquel movimiento pilló a buena parte del planeta baloncestístico a contrapié. ¿Tan potencialmente bueno habría de ser aquel imberbe yogurín como para sacrificar por ese futuro una buena parte del presente? ¿Había perdido el norte el bueno de West, se le había ido definitivamente la pinza? ¿O acaso había visto una vez más algo que nadie más vio, lo suficiente como para echar el resto y convertir casi en jugador-franquicia a un chaval que aún no había cumplido los 18 años?

Poco a poco fuimos sabiendo cosas. Cosas más o menos accesorias, como que se había criado en Milán por ser hijo del ex jugador de la Olimpia (Simmenthal, Billy, Tracer, Philips, Armani, etc etc) Joe Jellybean Bryant. O como que debía su nombre a aquel exquisito plato de carne (de Kobe, of course) que una noche cenaron sus padres en un restaurante japonés. O como su desclasamiento, por haberse criado lejos, por pertenecer a un segmento sociocultural poco habitual entre los de su raza o a una raza poco habitual en ese segkobe-draftmento sociocultural, lo que llevaba a que ni los unos ni los otros le identificaran como uno de los nuestros. O leyendas urbanas como aquella (cuyo fundamento desconozco) de que en el high school se tocaba a veces todo lo tocable durante tres cuartos, hasta dejaba a propósito que el contrario se fuera en el marcador para luego ya remontar él solo sin ayuda de nadie durante los últimos minutos, tal era su grado de suficiencia y sobradez. El mito estaba ahí llamando a la puerta, ya sólo era cuestión de abrirla y comprobarlo por nosotros mismos.

Recuerdo bien aquellos primeros partidos: era maravilloso, plástico, estético, delicioso, te entraba por los ojos y se te quedaba en ellos, se te convertía en debilidad a poco que te descuidaras, te devolvía las ganas de vivir y hasta las ganas de volver a amar a ese equipo del que ya apenas recordabas haber sido. Tenía muchísimas virtudes y un defecto, uno solo pero eso sí, demasiado visible como para pasarlo de largo: era un chupón desmesurado, se tiraba hasta los calcetines, se creía el centro del universo quizás porque estaba acostumbrado a que el universo entero girara alrededor de él. Nadie parecía haberle advertido que esto no era ya high school, que en NBA la atracción gravitacional funciona de manera muy diferente tanto más cuando acabas de llegar y tienes apenas dieciocho años recién cumplidos. Resultaba ya evidente a estas alturas que los Lakers habían acertado, que de la nada se habían sacado un jugador monstruoso que bien podría marcar toda una era. Pero resultaba no menos evidente que era un pura sangre sin domar, sin pasos intermedios, sin la dosis de humildad y trabajo que podría haberle proporcionado un breve paso por el baloncesto universitario. Tenían entre manos una verdadera joya, pero con eso no bastaba: tendrían además que complementarla para que pudiera brillar.

El primer gran complemento se llamó Shaquille O’Neal (o acaso fuera más bien Kobe el complemento de Shaq, aunque entrar en ese debate supondría reabrir viejas heridas). Eran el matrimonio perfecto, plagado de desavenencias como cualquier matrimonio perfecto. Estaban condenados a entenderse pero lo disimulaban, se resistían, se negaban el uno al otro. Shaq reclamaba más balones desde su privilegiada posición en el centro de la zona, Kobe seguía jugando básicamente para sí mismo. Eran dos gallos en el mismo corral, dos egos desmedidos, dos líderes irreconciliables. Cuando resultó evidente que no sólo no sumaban sino que restaban se fueron a buscar al único ser humano capaz de resolvkobe shaqer aquella ecuación, justo aquel que ya había resuelto otra años atrás en Chicago, aún más difícil si cabe. Señoras, señores, con ustedes Phil Jackson.

Y antes de que nos diéramos cuenta ya tenían un anillo, y luego otro, y al año siguiente otro más. Resultaba difícil no enamorarte de aquel juego triangular en el todo parecía ir como la seda, resultaba manifiestamente imposible no volver a ser de los Lakers, sobre todo cuando ya lo habías sido. Kobe y Shaq no se habían hecho amigos, no habían firmado la paz pero al menos (Maestro Zen mediante) parecían haber encontrado el equilibrio y sentado por fin las bases para una mínima relación de convivencia. Y a donde no llegaban ellos llegaba Derek Harper con su intendencia (¿albañilería, fontanería, electricidad? Llame a Harper Asociados), llegaba el Reflexivo Derek Fisher, llegaba cómo no ese extraño elemento llamado Robert Horry. Fui inmensamente feliz la noche aquella en que remontaron 17 puntos en el último cuarto del último partido a los Jail Blazers para meterse en la Final, disfruté como un enano (¿por qué se dirá esto?) de aquel anillo del 2000… y luego ya mi fiebre amarilla flaqueó, de nuevo: yo era de los Lakers, tenía que ser de los Lakers, cómo no iba a ser de los Lakers, pero le preguntaba al espejito mágico y el susodicho me respondía que sí, que los Lakers estaban muy bien pero que un poco más al norte, en un lugar llamado Sacramento, había otro equipo que tal vez no fuera mejor pero empezaba a resultar más atractivo. Y un día me descubrí a mí mismo viendo volar un triple de Horry sobre la bocina (uno de tantos) sin saber si quería que entrara o no, sin saber si quería que pasaran los Lakers porque eran presuntamente mi equipo o que pasaran los Kings porque sería una injusticia histórica que un baloncesto tan delicioso se quedara sin anillo. Como así fue.

No, no conseguí disfrutar como se merecían aquellos anillos de 2001 y 2002, no desde luego como el del 2000, no digamos ya aquellos otros de los Ochenta. Pero no me pasó a mí solo: de hecho tampoco pareció que los disfrutaran mucho ellos. Algo había empezado a resquebrajarse aún a pesar del delicado equilibrio propiciado por Phil Jackson, una pequeña grieta que se iba a hacer más y más grande en 2003 y que acabaría por abrirse del todo (y derrumbar todo a su paso) en 2004. El rosario de la aurora no fue nada al lado del final de aquel conglomerado de galácticos montado por la Familia Buss con la incorporación al proyecto de unphil-jackson-kobe-bryant-ftr-072715jpg_1rxv1b6xeor8m120gvzt51ctlsos Gary Payton y Karl Malone que a esas alturas estaban ya más fuera que dentro de la Liga. Un equipo que parecía haber sido creado para arrasar, pero que a la postre sólo fue capaz de arrasarse a sí mismo.

Kobe se quedó solo. No literalmente, claro: siguió teniendo compañeros pero éstos ya no se llamaban Shaq, siguió teniendo entrenadores pero éstos ya no se llamaban Jackson. Acaso fuera lo que siempre había deseado, demostrarle al mundo que él se bastaba y se sobraba para ganar anillos, mejor solo que mal acompañado, dónde va a parar. Resultaba ya evidente a estas alturas que Kobe era un ganador, uno de los mayores y mejores que haya conocido este juego; pero uno de esos ganadores que sólo parecen encontrar placer en la victoria cuando ésta gira sobre su eje. Era sin lugar a dudas (ya sí, por fin) lo más jordanesco que habíamos conocido desde Jordan, lo más jordanesco de una Liga que llevaba buscándole sucesor al susodicho desde antes de que se retirara (desde antes de todas y cada una de sus retiradas, quiero decir) como si eso fuera posible, como si alguien pudiera suceder a Dios. Era lo más jordanesco que habíamos conocido desde Jordan, pero no se daba cuenta de que hasta el mejor Jordan necesitó rodearse de los mejores para ejercer su deidad. Aún tardaría un tiempo en comprenderlo.

Fueron años muy fértiles en el plano individual, años estériles en el plano colectivo, años sumamente difíciles en el plano personal (pero no teman, eso hoy no toca, que hablen de ello quienes trabajen estos temas, no es mi caso). Un día metía 40, al otro 50 y al siguiente 60, rebozado todo ello de arabescos imposibles y canastas ganadoras inconcebibles sobre la bocina. Una mañana de enero de 2006 fui a mirar como cualquier otra mañana lo que había hecho en una liga Fantasy en la que tenía a Kobe en mi equipo, y al ver un 81 en su casilla de puntos pensé que no podía ser, que necesariamente tendría que tratarse de un error, o que en el improbable caso de que fuera cierto tendría que ser porque los Raptors hubieran opuesto una insospechada resistencia, hubieran forzado cuatro o cinco prórrogas, hubiera acabado el partido 180-170, qué sé yo. Tuve que ver el partido para comprobar que no era así, para no salkobejordanir de mi asombro, para descubrir que al término del segundo cuarto llevaba sólo 23 puntos (cifra ya de por sí asombrosa para cualquiera, pero que en él resultaba de lo más normal), ergo en los dos últimos tuvo que meter la friolera de 58, reparen por un segundo en dicha cifra, 58 puntos en 24 minutos que además no fueron tales, que alguno de ellos estuvo descansando en el banquillo. Aún habiéndome hecho spoiler a mí mismo me resultaba difícil de creer, aún sabiendo de antemano lo que iba a pasar me parecía estar asistiendo a un fenómeno paranormal. No puedo imaginar lo que debieron sentir quienes lo vieran en directo.

Kobe me fascinaba tanto o más que nunca, casi en la misma medida en que mi lakerismo se me iba diluyendo tanto o más que siempre. Mis (in)fidelidades NBA nunca tuvieron que ver con victorias ni derrotas (a alguien que es del Rayo y del Estu esas cosas ya no le hacen mella) sino con propuestas, y en aquellos días (muerto ya el sueño de los Kings) me derretía ya por unos Spurs que no sólo contaban en sus filas con Duncan, Parker y mi Manu sino que además jugaban a este juego como siempre pensé que debía jugarse. Me derretía y aún sigo derritiéndome, lo cual no me impide reconocer que mi fiebre amarilla aún habría de conocer un último episodio, que el destino aún me tenía preparada otra vuelta de tuerca.

Y es que Kobe finalmente comprendió (más vale tarde que nunca) que no podía hacerlo solo, que meter puntos a chorros estaba muy bien pero ganar anillos seguía estando mucho mejor. Pidió ayuda, y la pidió a su manera: incendiando de declaraciones los medios, amenazando más o menos veladamente con cambiar de aires si no se satisfacían sus peticiones. Dicho y hecho: de entrada rescataron de su rancho de Montana (o de donde estuviera) a un Phil Jackson que se resistió lo justo, más que nada porque tenía un par de buenas razones para no hacerlo: más allá de esa interminable ristra de ceros a ingresar en su cuenta corriente, su inacabada relación con la hija (y mano derecha, y verdadero brazo ejecutor de aquellos Lakers) del patriarca Buss terminó haciendo el resto.

Resuelto el tema del banquillo faltaba peinar el mercado, rebuscar acá o allá a ver de dónde podían sacar. Sacaron de Memphis, inventaron la cuadratura del círculo con aquel insólito traspaso entre hermanos que mandó un Gasol futuro a Tennessee y trajo un Gasol presente a la soleada California. kobepauCuentan que previamente Kobe llamó a Pau, que le preguntó si estaba dispuesto a ir a por todas, que Pau contestó que sí (lógicamente, a ver qué iba a contestar en tales circunstancias) y ya no hubo nada más que hablar. Y todos fueron felices y comieron perdices, todos tuvieron más o menos lo que querían, Pau su equipo ganador (que ya tocaba, tras seis años y pico penando en Memphis), Kobe su gente con la que ganar y yo mi fiebre amarilla convenientemente resucitada y puesta de limpio, una vez allí Pau ya era difícil ser de nadie más.

Cayeron tres finales, cayeron dos anillos, fruto cómo no de la desbordante hiperactividad de Kobe, fruto también de un contenido y solidario Pau que entendió perfectamente cuál era su papel (costó más que lo entendieran sus aficionados, muchos de los cuales dieron rienda suelta a sus más bajos instintos tras perder la Final de 2008, para afortunadamente tener que envainárselos sólo un año después). El triángulo fluía de nuevo, gracias también a un tercer vértice al que nunca se le acabó de reconocer suficientemente lo que significó en aquel equipo. Un prodigio llamado Lamar Odom, de triste comienzo y aún mucho más triste final pero que por el medio nos dejó sinfonías de baloncesto absolutamente maravillosas, y que en aquellos Lakers vino a ser el pegamento que todo lo unía, el verdadero base encubierto (como también lo era Pau a menudo) desde su atalaya, el que de alguna manera daba sentido a casi todo lo demás. Muchos aficionados, lacustres fijos o eventuales como es mi caso, estaremos eternamente en deuda con él, quede aquí al menos este pequeño párrafo de reconocimiento.

Y entonces (como no podía ser de otra manera) se jodió el invento, esta vez ya para siempre. Phil Jackson anunció que lo dejaba, y a la gerencia angelina no le ocurrió mejor idea que sustituirlo por un mediocre (dicho sea con todos los respetos; pero es lo que pienso) Mike Brown, un sujeto que venía de mostrar su probada incompetencia como coach y su probada competencia como hombre de paja en Cleveland. Acaso pensaran que aquí sería lo mismo, si había funcionado (relativamente) con LeBron a ver por qué no habría de funcionar con Kobe. El desastre duró año y medio y me quitó de raíz la escasa filiación amarilla que aún me quedaba, filiación que de nuevo fue a parar a San Antonio pero esta vez compartida con ukobe-bryant-and-lamar-odomn lugar de la Bahía de San Francisco en el que acababa de aterrizar un colibrí disfrazado de jugador de baloncesto, una criaturilla que me traía ya perfectamente enamorado desde que lo conocí haciendo sus primeras diabluras en la pequeña Universidad de Davidson. Cómo iba ya a ser de Lakers si hasta un pedazo de mi corazón se me fue poco después con Celtics (¡¡¡con Celtics!!!), justo cuando aterrizó en Boston ese Coach Stevens que me traía igualmente enamorado desde Butler… Chaqueterismo, sí, pero involuntario en cualquier caso. Ya se lo advertí, en NBA nunca supe ser de un equipo, sólo sé ser de quien me gusta.

Y de un desastre a otro todavía mayor, de Mike Brown a Mike D’Antoni, ¡¡¡fiesta!!!, baloncesto lúdico-festivo, como si importara el meter (hasta ahí todo normal) pero no el evitar que te metan. Todo parecía precipitarse hacia el abismo, todo se acabó de precipitar aquel mal día de abril de 2013 en el que a Kobe se le rompió el tendón (de tanto usarlo). Pareció el principio del fin, si no el fin mismo. Un aquiles parte cualquier carrera por la mitad, un aquiles al final del camino es casi terminal… salvo que te llames Kobe Bryant, claro. Contra todo pronóstico se empeñó en volver, contra todo pronóstico volvió, y se volvió a lesionar y volvió a volver y así sucesivamente. Muchos otros llegados a este punto se hubieran conformado con lo que les deparaba el destino, pero Kobe nunca fue de esos. Nunca dejó que el destino escribiera su vida, siempre prefirió escribirla él.

Con él se va el penúltimo jugador de dibujos animados que hayamos conocido, el último si exceptuamos a un Curry que (un poco a la manera de Pixar) ha llevado los dibujos animados a una nueva dimensión. Se va un tipo que puso el mundo del revés, que hasta logró subvertir el orden natural de las cosas, un día fue un jugador de baloncesto con nombre de ciudad, si hoy fuéramos a Japón pensaríamos en una ciudad con nombre de jugador de baloncesto. Se va y es como si se fueran veinte años de mi vida, cientos de partidos, miles de canastas imposibles, infinidad de momentos irrepetibles. Se va y sólo me sale darle las gracias, gracias por tantos recuerdos, gracias por tanta magia, gracias infinitas por permitirnos soñar…

Y gracias, sobre todo, por hacerme amar a un equipo del que nunca supe ser.

FRAUDE DE LEY   3 comments

Los leguleyos (también llamados juristas) manejan con relativa frecuencia el concepto fraude de ley, que en esencia vendría a ser (copio y pego de Internet, de la Enciclopedia Jurídica nada menos) la realización de un acto amparándose en una norma con la finalidad de alcanzar ciertos objetivos que, no siendo los propios de esa norma, sean además contrarios a otra ley o al ordenamiento jurídico. (…) El mandato legislativo no sólo se infringe porfraude-de-ley-1-728 actos francamente opuestos a su precepto, sino que también se provoca el criterio legal desarrollando una actividad que no resulta contraria al precepto legal literalmente considerado, pero sí que contradice su finalidad. Fin de la cita, que sospecho que les estaré aburriendo. Traduzco (a mi manera, y desde mi absoluta ignorancia): algo así como aprovecharse de una ley para incumplir la ley (otra ley), o al menos para ir en contra de la finalidad que se pretendía con dicha ley. O en versión española, que el que hace la ley hace la trampa… pero esta vez desde la propia ley. No sé si me explico.

Yo no sé nada de leyes (probablemente ya lo habrán notado), sé algo más (tampoco mucho) de baloncesto. Y los aficionados al baloncesto (sección NBA) asistimos con cierta perplejidad en los últimos tiempos a la generalización de un fenómeno que es más viejo que la tos, pero que de un tiempo a esta parte alcanza casi caracteres de pandemia: la comisión (del verbo cometer) de faltas personales sucesivas y sistemáticas sobre el mal lanzador de tiros libres para que así éste se estrelle una y otra vez desde la línea, volviendo el balón de inmediato al equipo infractor. Es decir, la comisión sistemática de un delito, ante el hecho evidente de que la pena impuesta por ese delito (y la escasa capacidad de quien ha de ejecutar la condena, también) es tan leve que a la larga resulta beneficiosa para el infractor. Darle la vuelta al concepto falta personal, de tal manera que el premio ya no es para quien la sufre sino para quien la comete; el perjudicado ya no es el infractor sino el receptor. Puede que no sea un fraude de ley, quién soy yo para decirlo; pero reconocerán que se le parece bastante.

No hemos inventado nada, podrían cantar a coro todos aquellos que lo hacen. Cuentan (y hasta donde alcanza mi memoria creo que es cierto) que el padre de la criatura fue el insigne Don Nelson, uno de los mayores genios de la estrategia que haya conocido nuestro juego, así para parir el small ball (y arruinarles la vida a unos cuantos grandes por el camino) como para retorcer el reglamento en beneficio propio, véase la muestra. El primer Hack-A fue Hack-A-Rodman, aunque a nadie se le ocurrió aún llamarlo así. La broma no pasó de mera anécdota, hubieron de pasar algunos años para que la anécdota trascendiera y se convirtiera en categoría: comienzos de este siglo, histórica final de conferencia entre Lakers y Blazers, Mike Dunleavy (padre hda hrdel actual jugador de los Bulls, por si alguien fuera tan joven como para no conocerlo) decidió desempolvar aquella vieja estrategia y aplicarla sobre Shaquille O’Neal, llevándole una y otra vez a la línea en cuanto saltaba el bonus. La cosa le salió como el culo, disculpen la vulgaridad, pero ahí quedó para la historia. Había nacido el Hack-A-Shaq. Luego vino Popovich (por quien profeso franca admiración, pero una cosa no quita la otra), vinieron tantos otros, el último (pero no por ello menos importante) el insigne Kevin McHale, que pese a tener al menos tres jugadores manifiestamente hackeables en sus filas (Dwight Howard, Josh Smith, Clint Capela) no ha dudado en aplicar hasta el hartazgo el Hack-A-DeAndre (es que si escribo Hack-A-Jordan se me revuelven las entrañas) ante los Clippers. Lo poco agrada pero lo mucho enfada, dicen, y esto ya está empezando a pasar de castaño oscuro. Como broma ya está bien.

Eso sí, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Porque esto mismo se lo vi yo hacer (y bien que le reí la gracia) a mi propio equipo, que es también el de usted y el de casi todos los que pasen por aquí: a nuestra mismísima selección, a finales del siglo pasado, cuando aún era sólo la selección y no llevaba eñes ni demás zarandajas mediáticas. Antes de que los Blazers crearan el Hack-A-Shaq nosotros ya habíamos inventado el Hack-A-Nosov. Vitaly Nosov, aparatoso pívot ruso de aire tosco, complexión robusta y muñeca de piedra al que una vez le dimos la tarde haciéndole falta cada vez que recibía el balón, regocijándonos con sus cuantiosos fallos en los tiros libres que a la postre nos dieron el partido… Eso sí, repárese en ese matiz: cada vez que recibía el balón. Obviamente la normativa FIBA no permite hacer faltas sistemáticas a un jugador que no lo tenga, la primera vez podría colar pero a la segunda o tercera hasta el árbitro más ingenuo acabaría reparando en ello y pitando antideportiva (acaso aún intencionada en aquella época). No es pequeño ese matiz, al que volveremos más tarde. Suficiente para que en nuestro continente no hayamos vuelto a conocer (que yo recuerde, al menos) otro caso igual.

Claro está, no faltan quienes ven en todo esto una forma de justicia poética, una especie de justo castigo al mal lanzador de tiros libres. Algo (sólo algo) de razón tienen, desde luego, cualquiera que vea baloncesto es capaz de apreciar cómo esta suerte esencial del juego se va deteriorando temporada tras temporada, puede que lo desmientan los números pero en mi caso están las sensaciones y éstas son peores cada año que pasa. Paso el invierno viendo NCAA y ahí ya el problema adquiere caracteres alarmantes, como si en los institutos ya sólo enseñaran a los niños a colgarse del aro y se olvidaran de explicarles los aspectos fundamentales del juego, Y no es un problema que se dé sólo entre chavales que pasan cuatro años hincando codos mientras juegan baloncesto (o viceversa) pero que luego no se van a ganar la vida con este deporte, se da también (y aún más si cabe) entre las presuntas estrellas del mañana: todavía recuerdo con pavor (por ejemplo) la horrorosa mecánica de aquel fornido mocetón de Connecticut llokaforamado Andre Drummond cada vez que ejecutaba (nunca mejor dicho) un tiro libre (tampoco parece que la haya mejorado mucho desde que está en NBA); y ni siquiera hace falta ir tan lejos, este mismo año hemos podido comprobar las portentosas habilidades al respecto del aspirante a jugador del año (que lo perdió por los pelos) y a número 1 del draft Jahlil Okafor, vigente campeón con Duke; o se pone las pilas este verano o en apenas unos meses acuñaremos la expresión Hack-A-Jahlil, al tiempo. Cada nueva temporada vemos que muchas criaturas vuelven de vacaciones con nuevas suertes recién incorporadas a su repertorio, fajadores a cuál más interior a quienes de repente te los reencuentras tirando de tres pero que cuando les llega la hora de ir a la línea resultan aún más pavorosos que el año anterior (estoy pensando en el ex Cardinal Montrezl Harrell mientras lo escribo, pero hay muchísimos más que encajarían en esta descripción). Mal endémico de un baloncesto USA (sobre todo en sus primeras etapas de formación) en el que lo accesorio parece importar más que lo esencial, el mate más que el fundamento, la espuma mucho más que el contenido que la sustenta. Son así.

Pero no mezclemos churras con merinas, por favor. No se nos ocurriría justificar un asesinato en base a la baja catadura moral del asesinado, a la levedad de las penas que se le impongan o a los beneficios penales establecidos (vale, ya sé que matar no es exactamente lo mismo que cometer falta personal, pero ustedes cogen la idea). Ni aún menos justificar un delito en base a la manifiesta torpeza del delinquido, la culpa es tuya por llevar el bolso abierto, por dejarlo ahí a la vista, por no poner alarma, por qué sé yo. Si no quieres que te mate no seas enemigo, que decía Gila. Pues no. La culpa de un delito siempre es del que delinque, la víctimhda sasa no es menos víctima por más o menos hábil que sea, por más o menos luces que tenga. Decimos les está bien empleado como si realmente fuera así, como si sirviera de escarmiento, pero hasta donde yo alcanzo a recordar no existe constancia de un Hack-A-etc que haya hecho mejorar los porcentajes de sus víctimas (acaso sí en ese momento puntual, pero no en términos globales), no digamos ya de aquellas otras víctimas potenciales que sólo lo ven por televisión. Si no meten los tiros libres es su problema, Popovich dixit. Cierto. Pero no es menos cierto que el deporte de élite no es sólo competición sino también (y aún más si cabe) espectáculo, tanto más si hablamos de NBA. Y el que se ponga en peligro ese espectáculo ya no es sólo problema de DeAndre Jordan, es también problema suyo y nuestro, de todos los que viven de él y de todos los que lo consumimos. De todos nosotros.

Y por eso mismo no me cabe la menor duda de que ha llegado la hora de que la NBA tome cartas en el asunto, y de que lo hará más pronto que tarde. Lo tienen bien fácil, al fin y al cabo existe ya una regla que penaliza las faltas al jugador sin balón en los dos últimos minutos de partido cual si de técnicas se tratara, tiro libre y banda para el equipo que la recibe; tan sencillo como aplicar esa misma norma en todos los cuartos, y no sólo en los dos últimos minutos sino en cuanto haya bonus, de tal manera que el equipo que hackee sepa que ahora ya la gracia no le va a servir para recuperar la bola. Obviamente no solucionaremos en su integridad el problema, el equipo infractor podrá seguir hackeando al torpe cuando reciba el balón pero ahora al menos tendrá que esperar a que le llegue (si es que le llega), ya el hack tendrá que ser a la española (modelo Nosov) y no a la americana, ya no habremos de soportar este basket interruptus en el que al mano de piedra se le empiezan a dar cachetes en media pista antes incluso de que el balón se ponga en juego (quién le iba a decir al bueno de Papanikolaou que quedaría para esto en NBA). Y todo ello basado en criterios objetivos, que el receptor de la falta tenga o no el balón, tan sencillo como eso, sin entrar en intencionalidades ni antideportividades varias. Es sólo una idea (y si aún se demostrara insuficiente podría incrementarse la dosis, dos tiros y banda si fuera menester), ahí se la dejo para lo que gusten mandar. Seguro que ustedes, en su docto entender y aún más recto proceder, encontrarán otra opción infinitamente mejor.

Lo que sea, pero hagan algo, ya. Paren esto de una vez por todas, inventen el Hack-A-Hack si se me permite la expresión. Que cuando hackean a Dwight, Josh o DeAndre nos hackean también a todos nosotros, que cuando acoquinamos pasta por una entrada, un canal de pago o un league pass no lo hacemos para ver a un sujeto parado ante una línea apedreando un aro, no lo hacemos para ver anticesto sino para ver (lo que toda la vida entendimos por) baloncesto. Que es tal la desesperación que todo ello nos produce que puede uno llegar a hacer cosas realmente absurdas, véase ésta misma que tienen ante sus ojos: tirarme un buen rato hablando de fraudes de ley y demás conceptos jurídicos como si en verdad supiera de qué demonios estoy hablando. No me obliguen a tener que repetirlo.

¿Y QUÉ?   2 comments

Hace algunos años (qué sé yo, pongamos diez, quince, no lo recuerdo con exactitud ni ganas tengo de mirarlo) Lenny Wilkens se convirtió en el entrenador con más victorias en la historia de la NBA. El logro fue glosado hasta la saciedad en los medios de aquel lado del Atlántico, el veterano técnico recibió toda clase de merecidos parabienes, loas y elogios por doquier… excepto en una populosa ciudad situada al norte de la frontera canadiense y que lleva por nombre Toronto.lenny-wilkens En aquel tiempo Wilkens entrenaba a los Raptors, en aquel tiempo perdía más que ganaba (como en casi todos los tiempos de dicha franquicia, por cierto), no necesariamente por culpa suya sino porque la plantilla tampoco daba para mucho más. Pero es bien sabido que el primero en llevarse palos en caso de derrota(s) acostumbra a ser el entrenador, si hasta al propio Laso hace unos días le querían colgar del palo mayor por haber perdido (por primera y hasta ahora única vez esta temporada) en Estambul, pues ya imaginarán cómo no habrían de pitarle los oídos en aquel entonces al bueno de Lenny. En aquellas circunstancias el récord de victorias pilló a la prensa canadiense con el pie cambiado, viéndose de repente en el trance de tener que elogiar a aquél a quien día tras otro se dedicaban casi exclusivamente a denostar. Claro que el desasosiego se les pasó al poco rato, exactamente lo que tardaron en darle la vuelta al dato: Lenny Wilkens podrá ser el entrenador con más victorias de la historia de la NBA, pero es también el segundo entrenador con más derrotas de la historia de la NBA, afirmaron sin cortarse un pelo con los números en la mano. Y se quedaron tan anchos.

No he podido evitar acordarme de aquel episodio en estos días, cuando se ha hecho público (a bombo y platillo, además) que Kobe Bryant se ha convertido en el jugador con más tiros fallados de la historia. Nada más y nada menos que 15.310 tiros errados (en el momento de publicarse la noticia, que ahora ya serán más), dicho así en bruto estremece, no lo vamos a negar. Repito, en bruto, los valores absolutos es lo que tienen, por eso nunca está de más relativizarlos.Kobe Bryant Poner las cosas en perspectiva. Ir un poco más allá de ese ¡¡¡Joder, pero pásala!!! ¡¡¡Dásela a Shaq (o a Pau, según épocas), suéltala ya de una pu…ñetera vez, chupón, que eres un chupón!!! que todos hemos gritado alguna vez o incluso miles de veces viéndole jugar, generalmente pocos segundos antes de que volviera por enésima vez a tirársela… y a meterla. Porque esa es la madre del cordero (la oveja), que las metía. Tanto más cuanto más se la chupara (qué mal suena esto), tanto más cuanto más difícil fuera. Hoy nos cuentan los fallos, miles y miles de fallos, es verdad. Casi tantos como aciertos.

Sigamos relativizando. Kobe Bryant lleva 19 (sí, diecinueve) temporadas en la NBA, exactamente desde la 1996/1997. Mi hijo (hoy a punto de ser mayor de edad) aún no había nacido, puede que alguno de ustedes tampoco. Bueno, pues en todos esos años su porcentaje de anotación jamás bajó del cuarenta por ciento. Que me dirán (con razón) que tampoco es para tanto un cuarenta por ciento, pero presuntas estrellas hay por ahí que rara vez lo sobrepasan y bien que seguimos riéndoles las gracias. Es más, en todos estos años su peor porcentaje fue precisamente en la temporada de su debut, la 96/97, un 41,7 por ciento, a partir de ahí no es ya que no bajara del 41 sino que en doce de esas temporadas ni siquiera bajó del 45 por ciento, cifra envidiable para cualquier jugador exterior. Regularidad absoluta que sólo está empezando a desplomarse en esta 2014/2015, a día de hoy anda por el 37,7 por ciento pero no estará de más recordar que aún queda casi toda la temporada por delante y que además tiene coartada(s):kobe_bryant_trayvon_martin_comment_0 ya cumplió los 36, viene de una dramática rotura del tendón de aquiles (que muchos otros a su edad habrían aprovechado para retirarse) y es hasta normal que ahora se tire hasta las zapatillas dada la caterva de indocumentados que tiene a su alrededor. Ya no es el que fue, y por no ser el que fue te puede hacer cualquier aciago viernes un 1 de 14, 7 por ciento si les queda la curiosidad. Pero aún no siendo el que fue te puede resurgir de sus cenizas y hacerte al domingo siguiente un 15 de 34 (44 por ciento) para totalizar 44 puntazos nada más y nada menos (eso sí, 34 tiros en sólo tres cuartos, 24 lanzamientos a canasta llevaba ya al descanso, cuando le da le da, genio y figura la criatura), 44 puntazos que de poco sirven si luego Steph Curry y sus amigos te clavan 136, que es bien sabido que en los Lakers el concepto defensa hace años que no lo trabajan. Pero 44 puntazos al fin y al cabo. Quede constancia de ello.

Llegados a este punto no estará de más recurrir a unos cuantos lugares comunes, para que se entienda un poco mejor de qué estamos hablando: quien camine más que nadie tropezará más que nadie, pero eso no le impedirá llegar más lejos que nadie (metáfora que tomo prestada del gran Gonzalo Vázquez). Nadie romperá más platos que quien más friegue, nadie se equivocará más que quien más decisiones tome, nadie pegará más gatillazos que quien más folle, disculpen la vulgaridad. Todo lo cual no debería eliminar la satisfacción ante los millones de kilómetros recorridos, los millones de platos bien fregados, las millones de decisiones acertadas o los miles (tampoco exageremos) de polvos enteramente satisfactorios. A igualdad de condiciones, quien viva cien años experimentará a lo largo de su vida muchos más disgustos que aquel que sólo viva cincuenta. Ahora bien, también habrá de experimentar muchas más satisfacciones (repito, a igualdad de condiciones), por una mera cuestión matemática.kobe-bryant-650x350 Quien tire treinta mil veces a lo largo de su carrera fallará mucho más que aquél que sólo tire quince mil, parece obvio, casi tan obvio como que también acertará mucho más a poca puntería que tenga. Para poder comparar valores tan dispares y evaluar los datos en su justa medida se inventaron unas cosas llamadas porcentajes, ya ven ustedes qué tontería. Fin del catálogo de obviedades.

Es curioso, en casi todas las noticias se informaba de que Kobe había batido el récord de tiros fallados pero en ninguna vi que se dijera a quiénes había superado, ni una mención acerca de quién lo ostentaba hasta la fecha, seguramente por torpeza mía que en vez de profundizar en la raíz de la información me quedé en la superficialidad del titular. Pero tenía mis sospechas, así que me he ido a investigarlo y así he podido comprobar que el primer clasificado hasta hace unos días (y ahora ya segundo, obviamente) era la leyenda céltica John Havlicek, desde 1962 hasta 1978 enchufándolas (y también fallándolas, claro) de todos los colores para los Arrogantes Verdes. En el tercer lugar de dicha ingrata clasificación estaría Karl Malone (figúrense la de asistencias que se perdió Stockton), cuarto clasificado sería un tal Michael Jordan y quinto Kareem Abdul Jabbar, es lo que tiene estar veinte años en la Liga, que por muy cerca que tires y muchos sky hooks que metas también te da tiempo a fallar. Ya lo ven, todos ellos jugadores mediocres y sin pedigrí, es lo que tiene. ¿Imaginan que alguien nos contara que nadie falló más tiros que Navarro en toda la historia de la ACB, o que nadie marró más disparos a puerta que Cristiano Ronaldo en toda la historia de la Champions? (lo digo por decir, no tengo datos al respecto ni falta que me hace). Seguro que a Víctor Claver (por poner un ejemplo tonto que ahora mismo se me acaba de ocurrir, no sé por qué) no le pasará nunca esto de estar en la lista de mayores falladores de la historia. Eso que se lleva por delante. Y por detrás.

Kobe tiene pros y contras como casi todo el mundo, Kobe ganó brillantemente cinco anillos, cerca anduvo de llevarse otros dos, fue MVP unas cuantas veces, dejó canastas y momentos inolvidables a chorros y forma ya (acabe como acabe su carrera) parte esencial de la historia de este juego, fruto todo ello de un talento superlativo y un gen competitivo sin parangón para la práctica del baloncesto.nba_bryant_jackson_580 Todo lo cual no quita para que Kobe fuera también un ego desmedido, una estrella con evidentes dificultades para implicar a sus compañeros en un proyecto común, alguien que en demasiadas ocasiones se creyó mucho más grande que su propio equipo y que tuvo la fortuna de que en un par de ocasiones a lo largo de su carrera se cruzara en su camino un tal Phil Jackson, acaso el único que a duras penas (y no sin dificultades) le logró domesticar. Pros y contras, usted decidirá si pesan más los primeros o los segundos, yo al menos tengo claro que (guste o no) Kobe quedará ya para siempre como uno de los GRANDES con mayúsculas de este deporte. ¿El que más tiros falló a lo largo de su historia? (Permítanme que les responda con otra pregunta) ¿Y QUÉ? Una anécdota que de ningún modo deberíamos convertir en categoría, una mera chorrada a la que en ningún caso deberíamos dar más importancia de la que tiene, un dato que de ninguna manera debería ocuparnos más de dos segundos ni merecernos más de dos renglones… Es decir, exactamente lo contrario a lo que estoy haciendo yo.

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