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aproximación al draft   10 comments

Quedan ya muy pocos días para el draft y de un momento a otro las webs especializadas se nos llenarán de completísimas predicciones al respecto, todas ellas perfectamente jerarquizadas del 1 al 10, al 30 ó al 60 dependiendo del nivel de conocimientos y del nivel de esfuerzo del experto en cuestión. No es mi caso. Saben que yo no me considero experto (ni de lejos) sino un mero aficionado, no me baso tanto en conocimientos como en gustos personales y por eso no deberán considerar esto como una predicción sino como una mera aproximación, por supuesto no jerarquizada sino in alphabetical order, de la A a la Z (nunca mejor dicho). Hecha esta salvedad, si aún así tienen a bien acompañarme…

Steven Adams (Pittsburgh): Esperé hasta el último momento que este freshman neozelandés (ya habitual en las selecciones de su país, por cierto) tuviera a bien retirar su nombre del draft y retornara a jugar con los Panthers su temporada sophomore… en vano, obviamente. Desde el punto de vista económico puede ser un acierto (al menos a corto plazo), desde el punto de vista deportivo creo sinceramente que la caga. Pívot tronquete, propenso a las faltas, que mejoraba a su equipo casi cada vez que se sentaba en el banquillo y que de vez en cuando (muy de vez en cuando) dejaba atisbos y esbozos de lo bueno que podría llegar a ser con trabajo, dedicación y minutos. Los que habría tenido en Pittsburgh, los que difícilmente va a tener allá donde vaya. Él sabrá.

Anthony Bennett (UNLV): A este monstruito me lo han comparado repetidas veces con Larry Johnson (espero que recuerden a Larry Johnson) y créanme que la comparación está bien traída, y no sólo por el hecho de que ambos provengan de la misma universidad. Anthony Bennett, canadiense por cierto (vayan acostumbrándose porque últimamente salen a chorros, ya les contaré), es el típico dos por dos casi literal, el típico al que la primera vez que le ves piensas que le faltan centímetros de alto (para jugar dentro, entiéndase) y le sobran de ancho. Esa primera vez que le ves (que debió ser el Nike Hoop Summit, o el McDonald’s All American) piensas que tiene unas condiciones físicas impresionantes pero te quedas ahí y no vas más allá, y sin embargo luego pasa el verano, luego te lo vuelves a encontrar en el baloncesto ya más organizado de los Running Rebels y entonces vas y exclamas ¡¡¡cáspita!!! (en realidad exclamas otra cosa, que no reproduciré), ¡pero si este tío sabe jugar, y cómo…! Unos fundamentos muy por encima de la media, una muñeca aceptable, un primer paso demoledor. No le he visto tanto como debería y por ello les ruego que no me lo tengan muy en cuenta, pero creo que apunta esbozos como para pensar que (con trabajo y paciencia, que aún le falta mucho) puede llegar a ser un gran jugador. No necesariamente un Larry Johnson (que eso ya son palabras mayores) pero sí un gran jugador.

Trey Burke (Michigan): Allá por el lejano diciembre, cuando les hablé de los Wolverines, ya expresé aquí mismo mi estupefacción ante el hecho de que este tío, siendo como era (casi) sin discusión alguna el mejor base de toda la competición universitaria, apenas figurase alrededor del puesto 20 (y eso en el mejor de los casos) en las previsiones pre-draft. Claro está, no hay mal que cien años dure y éste apenas duró tres meses, los que tardaron los pronosticadores en entrar en razón. Hoy ya a nadie se le ocurriría situarle más allá del puesto 10 y son muchos los que le ubican en el top 3 ó top 5. Eso sí, para que abrieran los ojos hizo falta que Burke pusiera sobre la mesa unas cuantas exhibiciones, que se echara el equipo a la espalda en el Torneo Final y lo llevara hasta la mismísima Final Nacional dejando por el camino actuaciones tan inolvidables como aquella de la Semifinal Regional ante Kansas. Burke pasó de ser considerado unánimemente el mejor base de la nación a ser considerado unánimemente el mejor jugador (de cualquier puesto) de la nación (a nivel universitario, entiéndase), de tal manera que hoy ya nadie pone los prejuicios físicos por encima de su talento, hoy la franquicia que le escoja tendrá claro que se estará llevando no sé si a una estrella (tampoco lo descarten) pero sí a un base titular de garantías para muchos, muchos años. Al tiempo.

Michael Carter-Williams (Syracuse): Por alguna misteriosa razón tiendo a ser más crítico con mis jugadores (con los jugadores de mis equipos, entiéndase) que con los demás, y quizá esa sea la causa de que no acabe de entusiasmarme con alguien como MCW que debería ser mi chico favorito. Y miren que reúne buena parte de las cualidades que se pueden pedir a un base: largos brazos, buenas piernas, mejor manejo de balón, pase correcto, adecuada lectura del juego, magníficos fundamentos técnicos, en transición y/o penetración es sencillamente imparable, su tiro es manifiestamente mejorable pero seguro que lo mejorará en cuanto se lo proponga… ¿Y entonces? Entonces me preocupa su proceso de toma de decisiones, tanto más cuanto más crujientes sean los minutos en que tenga que tomarlas. Que le he visto aturullarse demasiadas veces en los momentos decisivos, vamos. Lo cual tampoco tiene por qué ser demasiado grave: porque no deja de ser un pecado de juventud (que se cura con el tiempo), porque la tensión de cada partido NCAA poco tiene que ver con la existencia rutinaria de la temporada regular NBA (luego los playoffs ya son otra historia, claro) y porque me imagino que su destino a corto plazo será ejercer de base suplente allá donde caiga; años tendrá por delante para irse poco a poco acostumbrando a asumir la responsabilidad.

Shane Larkin (Miami): Una de las sensaciones de la temporada, un base al que me sorprende no ver aún más arriba en los pronósticos (no le dan más acá del 14) porque tiene un perfil muy enebeable (por decirlo así): base más anotador que director (lo cual no quiere decir que desdeñe esta última faceta), buenísima mano, aún mejores piernas, tremendo penetrador (suena feo esto), estupendo pasador y además con buen criterio a la hora de tomar decisiones gracias entre otras cosas a haber estado a las órdenes de un magnífico maestro como Jim Larrañaga. Y con cierto perfil mediático además ya que es hijo del hall of famer beisbolístico Barry Larkin, si usted es amante de dicho deporte sabrá quién es, desgraciadamente no es mi caso. Lo dicho, creo que tiene un amplio recorrido por delante en NBA, ya veremos si (como tantas otras veces) me equivoco.

Alex Len (Maryland): A día de hoy, para mi gusto, el mejor pívot de este draft. Lo cual no es decir mucho porque en este draft no hay shaquilles ni olajuwones ni de lejos, pero sí es bastante en estos tiempos que corren. Repito, a día de hoy, no vaya a ser que dentro de unos años tengamos a Noel convertido en megaestrella, no les digo yo que no (aunque lo dude) pero créanme que hoy por hoy el de Kentucky (aún sano) no le llega al de Maryland ni a la suela del zapato (ligera exageración). Repito también, para mi gusto… que no debe ser tan raro porque resulta que el ucraniano ha subido como la espuma en estas últimas semanas, de hecho hay mocks (qué palabras tan extrañas utilizamos a veces) que ya apuntan a él como número 1… supongo que más que nada porque los Cavs andan buscando un cénter y no acaban de fiarse de Noel. Si le escogen no habrán encontrado una estrella (pero es que de ésas no hay en este draft) pero sí habrán hecho una buena elección, ténganlo por seguro.

C.J. McCollum (Lehigh): McCollum entró de lleno en nuestras vidas y en nuestros corazones allá por el Torneo Final de 2012, llevando a la modestísima Lehigh a cargarse contra todo pronóstico a la archifavorita Duke con todo su Coach K y su Austin Rivers y sus Plumlee y demás familia. En aquel partido y en el siguiente McCollum se nos presentó como un base jugón maravilloso, un auténtico líder además. Y ya está, y no me pidan más porque eso fue en marzo de 2012, en la temporada 2012/2013 no le he visto ni una sola vez, que no es que sea Lehigh de las universidades más televisadas precisamente… aunque muy mal no le habrá ido si le listan tan arriba. Sea como fuere, ver a un base sénior (rara avis) de una universidad tan pequeña en puestos de lotería me parece una magnífica noticia. Seguro que el equipo que lo escoja no se va a equivocar.

Ben McLemore (Kansas): Me deja frío, no les voy a engañar. Es decir, reconozco que es un escolta de calidad excelsa al que apenas se le aprecian defectos evidentes, reconozco que aún siendo freshman fue con diferencia el mejor jugador de Kansas (lo cual tampoco es decir mucho, que el amigo Self hizo milagros con lo poco que tenía entre manos), reconozco que su comienzo de temporada fue sencillamente demoledor… y que luego muy poquito a poco fue yendo a menos, que empezó pareciendo la octava maravilla del universo y acabó pareciendo (casi) un jugador más. No sé, será que me acostumbré a él o será que le miro con malos ojos o será que en el fondo me parece uno de tantos, muy bueno pero muy parecido a tantos otros que también son muy buenos y que luego en NBA acaban convertidos en jugadores del montón. No sé lo que será pero lo cierto es que me deja frío, qué le vamos a hacer. No me lo tengan en cuenta.

Shabazz Muhammad (UCLA): hace algunos meses lo definí como LeBroncito. Una especie de sucedáneo del original, un Lebron de garrafón pero eso sí, manifiestamente mejorable todavía. Para la cosa de la mejorabilidad quizá no le habría venido mal tirarse un año a la vera de Alford para complementar el que se tiró a la vera de Howland, pero en vez de eso la criatura ha decidido dar el salto al draft, probablemente lo tuviera decidido ya desde bastante antes de su azarosa llegada a UCLA. En el pecado llevará la penitencia: hace un verano muchos le daban como número 1 de este draft y pocos le situaban más allá del puesto 3. Hoy en cambio casi nadie le da más acá del puesto 10.

Nerlens Noel (Kentucky): Si no hubiera sucedido lo que sucedió el pasado 12 de febrero en el encuentro ante Florida no les quepa la menor duda de que Noel (pronúnciese Nouel) sería el más que probable número 1 de este draft. Lo sería gracias a sus presuntos 6,10 pies de altura (no sé si le midieron con o sin tupé) y 7,3 de envergadura (lo que viene siendo en metros como 2,08 y 2,20, respectivamente), lo sería gracias a su físico perfectamente coordinado y su movilidad extrema, lo sería no tanto por lo que es como por lo que parece que puede llegar a ser. En ataque a día de hoy se limita a ejercer de pichichi y machacar lo que le ponen o lo que se pone él solo a partir de rebote ofensivo, no le pidan más porque hoy por hoy no sabe hacer más (o si lo sabe lo disimula); eso sí, sus posibilidades son inmensas, de que se aplique más o menos dependerá que se acabe convirtiendo en un Olajuwon de la vida (demasiado optimismo parece) o que se quede en poco menos que un Howard (en flaco) de la vida. Eso sí, donde no ofrece dudas es en defensa, una garantía en el rebote y una verdadera máquina a la hora de taponar… Todo lo cual, como les decía, caducó el pasado 12 de febrero. Ese día se dejó un ligamento al bies, cómo vuelva tras su recuperación es una incógnita (incógnita sería aún estando sano, así que estando así ya ni les cuento…). Algunos aún siguen apostando por él como número 1 del draft, yo creo que caerá bastante más atrás.

Victor Oladipo (Indiana): En la temporada 2011/2012 ya nos demostró bien a las claras que era un portento físico y un prodigio de intensidad. En la temporada 2012/2013 siguió demostrando (aún más si cabe) ambas cosas pero también una tercera: su enorme capacidad de mejora. Ya no era sólo el saltimbanqui desatado que un día conocimos, ya lucía también una coordinación de movimientos que jamás le habríamos sospechado, un progreso envidiable en el tiro y una imponente presencia defensiva que le hacía ser el designado por Crean para encimar al principal jugador rival así éste fuera alero o base, tipos tan solventes como Burke o Carter-Williams pueden dar buena fe de ello. La franquicia que lo elija escogerá a un valor seguro, si bien no me atrevo a imaginarle como estrella sino como machaka, ya saben, el típico especialista defensivo indesmayable que solemos encontrar en cualquier quinteto NBA que se precie. Machaka ilustrado si así lo quieren, machaka con un cierto nivel de calidad si así lo prefieren pero machaka al fin y al cabo. Nada más (y nada menos) que eso.

Kelly Olynyk (Gonzaga): Otro presunto integrante de esa selección canadiense para (pongamos) los Juegos de 2020 a la que intentaré dedicar un post próximamente (permanezcan atentos a sus pantallas). De la temporada 2011/2012 a la 2012/2013 Kelly Olynyk dejó crecer su pelo y vio también crecer exponencialmente su juego (una especie de Sansón a la inversa), sin que me conste que haya relación causa efecto entre ambos crecimientos. La franquicia que le escoja no tendrá una estrella (ni de coña) pero se asegurará un ala-pívot honesto y trabajador, que curra bien dentro y tiene una mano bastante aceptable desde fuera. No es poco.

Otto Porter (Georgetown): El mejor all-around-player que he visto jamás, la frase no es mía (que jamás me atrevería yo a tanto) sino de alguien que le sufrió desde el banquillo de enfrente, el mítico Jim Boeheim. Un tanto hiperbólico el insigne coach de Syracuse, me temo, pero ustedes cogen la idea. No estoy seguro de que sea para tanto pero sí creo firmemente que libra por libra es el jugador más completo de este draft, el típico jugador que es bueno en todo aunque tal vez no sea extraordinario en nada. Si yo tuviera una franquicia en los primeros puestos del draft me tiraría de bruces a por él… y ello a pesar de las reservas que me dejan últimamente los jugadores de Georgetown, que a veces me recuerdan a aquello que dijo cierto abrupto entrenador futbolístico de la cantera de cierto equipo, que según él sólo producía mingafrías. Jugadores que me enamoran técnicamente pero a los que luego en un momento dado parece faltarles ese instinto asesino, ese puntito de agresividad: como Hibbert (aunque se haya redimido sobradamente en estos pasados playoffs), como Monroe, como este Porter. Tantas eliminaciones prematuras de los Hoyas en el Torneo Final, casi siempre ante equipos presuntamente inferiores (culminadas este pasado marzo con su estrepitoso hundimiento ante Florida Gulf Coast) no pueden suceder por casualidad.

Cody Zeller (Indiana): Me acuso: reconozco que se me fue la olla con él, que le puse por las nubes demasiado pronto, que ponderé sus virtudes más allá de sus defectos. Aunque en mi descargo habré de alegar que no fui el único (mal de muchos…), a comienzos de temporada casi todo dios le daba el número 1 del draft y hoy ha caído hasta más allá del 10, y bajando. Su calidad es (a mi juicio) infinitamente superior a la de su rudimentario hermano Tyler, y sin embargo se da la paradoja de que Tyler acabó siendo mucho más eficaz y resolutivo en sus Tar Heels de lo que Cody ha acabado siéndolo en sus Hoosiers. Sobrado de fundamentos, sobrado de centímetros, sobrado de movilidad para (por ejemplo) correr bien la cancha… pero por resumir en una sola palabra sus carencias diría yo que le falta presencia. Presencia para hacerse valer en ataque y que no se le coman los pívots rivales, presencia sobre todo en defensa para que fuera capaz de intimidar un poquito siquiera… Me gustaría que le fuera bien (más que nada porque a los jugadores de clase siempre me gusta que les vaya bien) pero tengo serias dudas. Para mí es una incógnita.

Y hasta aquí. Quizás echen de menos a algún otro jugador, por ejemplo a ese anotador de la Universidad de Georgia que responde al proceloso nombre de Kentavious Caldwell-Pope y que tanto ha subido últimamente en los pronósticos (pero es que sólo le he podido ver en algún vídeo aislado, no le he visto un partido entero y en tales circunstancias no me atrevo a hablarles de él, lo siento). O por ejemplo a aquellos que no provienen de la NCAA, y de los que no voy a hablarles porque a algunos como Gobert o Adetokumbo (o como se llame) no los conozco y a otros como Nogueira o Abrines ya los conocemos todos demasiado, qué les voy a contar que ustedes no sepan ya. Pues eso, que hasta aquí. Y recuerden lo que les dije al principio, es sólo el punto de vista de un aficionado, en caso de cagada les agradeceré que no me lo tengan demasiado en cuenta…

la elección de Pitino   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 15 de abril de 2013)

En el otoño de 1987 descubrimos América. La descubrimos poco a poco, de hecho la íbamos descubriendo cada fin de semana, Trecet nos llevaba cerca de las estrellas y nosotros las devorábamos con ansia viva cada viernes o sábado, tal era nuestro afán por disfrutar de aquella maravillosa novedad. Uno de aquellos días tocó Knicks, tocó aquella mítica institución que tantas veces habíamos oído mencionar en tantas y tantas películas (tengo entradas para los Knicks, frase recurrente), tocó aquel no menos mítico Madison Square Garden del que tanto habíamos oído y desde el que tan pocas cosas habíamos visto. En aquellos Knicks nos reencontramos con un Pat Ewing que estaba casi igual que cuando le conocimos tres años antes allá por Los Ángeles 84, en aquellos Knicks descubrimos a un base rookie llamado Mark Jackson que tiraba que se las pelaba desde más allá de la línea de tres puntos, en aquellos Knicks vimos por primera vez a un técnico no menos rookie, un tipo insospechado que por edad (no tanto por estatura) aún podía pasar perfectamente por jugador, un yupie que por su aspecto más bien parecía que se hubiera escapado de Wall Street para reciclarse dirigiendo al más emblemático equipo de la Gran Manzana. Dinámico, energético, transmitía ese mismo dinamismo y esa misma energía a sus jugadores y de paso contagiaba a todos a su alrededor. Tenía buena pinta aquel tipo, parecía que podría hacer carrera en esto (no imaginábamos cuánta) y eso que aquel absurdo apellido italiano (que a nosotros nos sonaba como a diminutivo de pito) no le ayudaba en absoluto…

Claro está, aún no conocíamos nada más de él, no se me sorprenda, piense que en aquel entonces no existía Internet (o acaso sí existiera, pero como si no) y que las diversas revistas de baloncesto que pululaban por nuestros kioscos sólo caían en mis manos de pascuas a ramos ya que mi exiguo poder adquisitivo no me permitía otra cosa. Todavía no sabíamos que había llegado a Nueva York desde Providence, que había metido a los Friars en Final Four, que años antes había metido a la modesta (en términos estrictamente baloncestísticos) Universidad de Boston  en el Torneo, que aún antes de todo aquello había sido asistente en Syracuse, recuerden, el primero que fichó Boeheim para sus Orange(men) en aquel verano de 1976. No, aún no conocíamos entonces aquella merienda campestre (o lo que fuera) que nos contaron muchos años más tarde y que yo les conté hace unos meses, Boeheim, Pitino y sus respectivas cónyuges, sus planes de futuro, Boeheim diciendo que ya tenía el trabajo que quería en donde siempre lo había soñado, que allí era feliz y no aspiraba a casi nada más, Pitino incapaz de entenderlo, su ambición dándose de patadas con la apacible manera de entender la vida que tenía su jefe. Hoy, más de tres décadas y media después, sabemos que ambos respetaron escrupulosamente a lo largo de su vida aquella declaración de intenciones.

La ambición llevó a Pitino de Syracuse a Boston (University), de ahí a Providence y de ahí a Nueva York, allí le descubrimos (Trecet mediante) aquella madrugada de 1987, quién nos iba a decir entonces que más de un cuarto de siglo más tarde aún le tendríamos bien presente en nuestras vidas. Aquello de los Knicks se acabó un par de años después, y aunque me avergüence habré de confesarles que no sé demasiado bien por qué: no sé si pensó que aquello de la NBA no era para él (años más tarde volvería a cambiar de opinión), no sé si fueron los Knicks los que le retiraron la confianza, no sé si fue la irrupción de Kentucky la que lo cambió todo. El reto era precioso, desde luego: reflotar uno de los más grandes programas (en términos de baloncesto) de la nación, venido a menos en los últimos tiempos porque las irregularidades de reclutamiento durante la etapa de Eddie Sutton lo habían dejado muy tocado, sanciones NCAA incluidas. El reto era precioso y venía además aderezado con un cuantioso número de ceros a mano derecha para ayudarle a tomar su decisión. La ocasión la pintan calva (¿por qué se dirá esto?) debió pensar Pitino, que cambió de inmediato la populosa Nueva York por la apacible Lexington y el Madison Square Garden por el Rupp Arena. No era un paso atrás, en absoluto, a pesar de lo que aquí nos pudiera parecer.

Quedó así inaugurada la mejor etapa de su carrera, en mi opinión. Venían de la nada y apenas un año después ya todo dios hablaba de ellos, hasta en nuestros medios de información general de aquella época (El País, en mi caso) no era difícil encontrar alguna referencia puntual de aquellos Bombinos Pitinos, llamados así por su propensión a tirar de tres. Ese era uno de sus sellos de identidad, junto con el ritmo altísimo y (sobre todo) una defensa asfixiante, extenuante, salpicada a ratos con esa presión en toda la pista que a menudo lograba poner el partido entero del revés. Ya se quedaron a un palmo (a un triple imposible de Laettner, más bien) de la gloria en 1992, entonces aún no podíamos verlo (saben que nunca fue muy fácil ver NCAA en este país) pero tampoco tardaríamos mucho, Final Four de 1993, la primera que dio el Plus, acaso una de las más espectaculares por el nivel de sus contendientes que recordarse puedan: North Carolina, Kansas, Michigan y Kentucky, ahí es nada, de nuevo los Wildcats (casi) en la cima. Aquellos Jamal Mashburn, Travis Ford y demás familia nada pudieron (aunque no estuvieron lejos) ante Webber, Rose, Howard y demás Fab Five de Michigan pero la semilla ya estaba echada, el tallo era fuerte y sólo era cuestión de esperar a que acabara de crecer.

Acabó en 1996: Antoine Walker, Walter McCarthy, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk, calidad por arrobas, físico impresionante, defensa asfixiante, cuando se ponían a presionar no había rival al que no se le apagara la luz. Ganaron la Final a Syracuse, cortaron las redes y fue sólo el principio de un trienio mágico, tres años consecutivos jugando la Final, no habrá muchos equipos que puedan decir lo mismo en estas últimas décadas. En 1997 parecían predestinados a revalidar el título pero hete aquí que se cruzaron en su camino otros Wildcats, la Arizona de Lute Olson (y Mike Bibby, Miles Simon, Jason Terry) en una Final inolvidable. Y en 1998 presentaron un equipo infinitamente menor, un equipo que apenas nada tenía ya que ver con aquel de 1996 pero que sin embargo acabó alzándose de nuevo con el título, acaso fuera por pura inercia, por pura herencia del trabajo realizado durante todos estos años; aquel seguía siendo un baloncesto perfectamente reconocible, cualquiera que lo mirara podía ver tras aquel equipo la mano de Pitino… lo cual no dejaba de tener su mérito, dado que hacía ya un tiempo que Pitino no paraba por allí. 

Pitino estaba en Boston, llevaba ya unos cuantos meses afrontando otro reto aún mayor que el que aceptó cuando se hizo cargo de los Wildcats: reflotar a los Celtics. Una vez más un desafío a la medida de su ambición, un contrato lleno de ceros a la derecha (ya hubiera querido por ejemplo Phil Jackson cobrar una cifra siquiera medianamente parecida durante sus tiempos en Chicago), una oferta que ningún ser humano en su sano juicio podría rechazar. Y dicho y hecho, y todos esos aficionados célticos que llevaban ya una década instalados en la depresión recuperaron de repente la ilusión, volvieron a ser felices, pensaron que con Pitino la NBA volvería a ser verde, sólo era cuestión de tiempo… Efectivamente, sólo fue cuestión de tiempo que se estamparan de bruces contra la cruda realidad. Pitino el primero.

Creo que fue más o menos por aquellas fechas, entre la cresta de la ola de Kentucky y sus todavía prometedores comienzos en Boston, cuando el polifacético Pitino aprovechó el tirón para escribir un libro que no era tanto un libro de baloncesto como uno de esos manuales motivacionales de autoayuda que tanto gustan por aquellos pagos. Nunca lo vi ni lo hojeé ni lo tuve en mis manos siquiera pero tampoco es que haga mucha falta porque el título es de esos que lo dicen todo, una declaración de intenciones en toda regla: success is a choice o lo que viene a ser lo mismo, el éxito es una elección. Ya saben, aquella típica filosofía de que tienes lo que te mereces, hard work pays off, el trabajo duro siempre se recompensa, serás lo que quieras ser, cualquier sueño estará a tu alcance si luchas al máximo para alcanzarlo, etc. La cultura del esfuerzo, que diría Roig. Ojalá fuera todo tan fácil. No niego que las probabilidades de tener éxito en esta vida (quizá habría que empezar por definir qué es tener éxito) serán mucho mayores cuanto más trabajes para conseguirlo, no lo niego más que nada por la pura coherencia de estar diciéndole a mi hijo que estudie cada dos por tres, no lo niego ni siquiera aunque la realidad de mi país se empeñe en desmentírmelo día tras día. Pero al éxito y al fracaso apenas los separa una finísima línea, cuántos supremos esfuerzos que merecieron triunfar se fueron al limbo, no porque faltara trabajo sino por cualquier otra circunstancia, por no haber sabido estar en el momento justo en el sitio adecuado. Y el mejor ejemplo es el propio Pitino: no creo que su tesón y dedicación fueran menores en Boston de lo que lo fueron en Kentucky, más bien al contrario. ¿El éxito es una elección? De ser así cagarla también sería una elección. Y tan simplista sería lo uno como lo otro.

Pitino quizá comprendió tarde que la NBA no es la NCAA, que a ambas las separan mucho más que un par de siglas. En NCAA puedes valerte de tu prestigio y el de tu universidad para reclutar a los mejores jugadores, en NBA ya puedes hartarte a perder partidos y llevar más papeletas que nadie para que te toque Duncan que si luego va y le toca a San Antonio pues ahí te quedas, a conformarte con las migajas. En NCAA en el mejor de los casos juegas treintaitantos partidos de 40 minutos en cinco meses, en NBA en cinco meses y medio juegas 82 a razón de uno cada dos días, 48 minutos una noche y acaso otra vez a la noche siguiente, si les pones a presionar como en Kentucky les tendrás reventados antes de que llegue marzo, ya de playoffs ni hablemos. En NCAA les dices que presionen, que muerdan y hasta que se tiren por un barranco y te seguirán a pies juntillas, son estudiantes, no cobran un céntimo (más allá de su beca) y respetan el principio de autoridad más que nada porque no les queda más remedio; en NBA como te descuides alguno cobra más que tú (sí, incluso en el caso de Pitino), les pones a presionar e igual alguno te contesta que presione tu padre, y si ello te supone algún problema vámonos a ver al dueño a ver a quién hace caso de los dos. Los entrenadores que han logrado triunfar en NCAA y NBA se pueden contar con los dedos de una mano (y aún sobrarían cuatro dedos), se estampó Pitino como se fueron estampando también en mayor o menor medida Calipari, Carlesimo, Montgomery, Leonard Hamilton, tantos otros, todos aquellos que no se llamen Larry Brown.

Allá por la primavera de 2001 Pitino dio por finalizada su tormentosa relación con la NBA (a la fuerza ahorcan) y se encontró con unas cuantas universidades deseosas de llevársele de nuevo al huerto de la NCAA. Estos días hemos sabido que a punto estuvo de ser Michigan la elegida, precisamente Michigan, los Wolverines que también estaban de capa caída por aquel entonces. Cuentan que fueron los deseos de su señora esposa de volver a vivir en el Estado de Kentucky los que finalmente decantaron la balanza en contra de Michigan y a favor de Louisville. Cuentan además que Pitino era escéptico al respecto, los aficionados de Louisville jamás aceptarán a un entrenador que haya estado en Kentucky; se equivocó: más bien fueron los aficionados de Kentucky los que jamás aceptaron que un ex entrenador suyo (que les había hecho campeones, además), hubiera ido a parar a Louisville, ya una vez les conté cómo le recibieron en el Rupp Arena cuando se presentó allí por primera vez a dirigir las evoluciones del eterno rival.

El resto de la historia ya más o menos se la saben (y todo lo anterior probablemente también). Cuatro años tardó Pitino en convertirse en el primer entrenador en llevar a tres universidades diferentes a la Final Four, finalmente lo logró con aquellos improbables Cardinals liderados por Francisco García y en los que también estaba ya el colombiano Juan Palacios. Algunos tuvimos ya clarísimo entonces (y así lo escribimos, aunque a saber dónde) que más tarde o más temprano Pitino sería también el primer técnico en hacer campeonas a dos universidades diferentes, dicho y hecho, mérito increíble aunque quizá convendría establecer un pequeño matiz: ser campeón con dos universidades diferentes es muy difícil, véase la muestra, pero es todavía más difícil (casi imposible, incluso) si te tiras casi toda la vida en la misma universidad (toma ya perogrullada). Probablemente Krzyzewski, Boeheim o Izzo no lo lograrán jamás como tampoco lo lograron (por ejemplo) Dean Smith, Bobby Knight o John Wooden, y ello no les hace peores entrenadores. En absoluto.

No fue un tránsito fácil el de Pitino en Louisville, no fue un camino de rosas, no vayan a pensar. Primero porque hasta hace un par de años tuvo plantillas buenas o simplemente decentes pero no grandes como ésta de ahora o como las que llegó a manejar en Kentucky. Y segundo porque el éxito podrá ser una elección pero a veces es también un juego de palabras, a veces entre el éxito y el fracaso sólo hay una letra, cambie usted la L por la R y verá lo que sucede. Dado que las vidas privadas siempre me han traído al pairo habré de confesarles mi supino desconocimiento al respecto, y habré de confesarles también que me ha dado una pereza infinita documentarme sobre el tema. Hasta donde alcanzo a recordar (que no es mucho) resultó que Pitino había tenido tiempo atrás eso que nuestras abuelas llamaban un lío de faldas, un desliz, una amiga entrañable si prefieren que utilice una terminología más actual. Resultó que aquello tuvo consecuencias indeseadas (sigamos con los eufemismos), resultó que Pitino lo negó mientras pudo, resultó que años más tarde fue víctima de extorsión y al final no le quedó otra salida que reconocerlo… Todo lo cual me importaría un bledo (¿qué demonios será un bledo?) si no fuera por el pequeño detalle de que el escándalo casi le cuesta el puesto. Claro está, ahora lo fácil sería recurrir a la típica muletilla del puritanismo o la mojigatería yanqui, pero no es eso, o no es sólo eso: en Estados Unidos los técnicos universitarios no son sólo entrenadores, son también (y sobre todo) educadores, al fin y al cabo ejercen su magisterio en una institución educativa y las enseñanzas que transmiten a sus pupilos forman parte de su educación. Por eso se espera que su conducta sea irreprochable, que transmitan valores positivos, que actitudes como el engaño y la mentira no formen parte de su línea de actuación. Finalmente Pitino salvó los muebles, le ayudó a ello su sincero (supongo) acto de contrición, le ayudó también la predisposición de la Universidad a perdonarle dado que a ver dónde iban a encontrar otro entrenador mejor a estas alturas…

Hoy Pitino tiene ya sesenta bien disimulados años aunque le veamos casi la misma cara que hace un cuarto de siglo (milagros de la ciencia), hoy Pitino tiene una inmensa alegría que no le cabe en el cuerpo y que a poco que se descuide le hará saltar las costuras, de hecho durante la celebración tras la Final llegué a preocuparme al respecto. En apenas tres días ganó su segundo título NCAA, fue elevado a los altares del Hall of Fame, vio cómo su caballo (sí, también tiene un caballo) ganaba una de las más importantes carreras previas al afamado Derby de Kentucky y supo finalmente que su hijo Richard se convertía en nuevo entrenador-jefe de los Golden Gophers de Minnesota (curiosamente sustituyendo a quien hace dieciséis años ocupó su puesto en Kentucky, Tubby Smith). Hoy Pitino está ya (aún más si cabe) en el olimpo de los más grandes de este juego, hoy bien podrá reivindicar de nuevo (y a ver quién se atreve a discutírselo ahora) aquello de que el éxito es una elección. Su elección.

el final del camino   3 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 4 de abril de 2013)

Este es el final de un largo y tortuoso camino iniciado hace apenas cinco meses. Tomaron la salida trescientas y pico universidades que quedaron reducidas a 68 hace dos semanas, a tan sólo 16 una semana más tarde, únicamente cuatro de entre todas ellas continúan aún vivas a día de hoy. Puede que les parezca una metáfora un poco pedestre pero es lo que hay y además habré de decir en mi descargo que no es mía, al fin y al cabo sólo estoy versionando la metáfora que acostumbra a utilizar la propia NCAA, la misma que engalana sus pabellones durante todo el Torneo con la frase the road to the Final Four y que muy probablemente engalanará también el Georgia Dome este próximo fin de semana con la inequívoca sentencia the road ends here. Efectivamente, es así, de los trescientos y pico equipos que empezaron tan sólo cuatro han conseguido llegar a la meta (tampoco podría haber sido de ninguna otra manera), ahora ya sólo falta averiguar cuál de ellos la cruzará en primer lugar.

Louisville

Si hace dos semanas les dije que nadie era más favorito y hace una semana les reiteré que no veía otro favorito, pues imaginen qué puedo contarles de estos Cardinals a día de hoy. Por ponerlo en números: Louisville no sabe lo que es perder desde el 9 de febrero en cancha de Notre Dame, aquella histórica (e histérica) noche de las cinco prórrogas con la que ya les he dado la brasa alguna que otra vez. Perdieron, fueron necesarios 65 minutos para que perdieran pero perdieron… y puede que hasta les sentara bien, porque desde entonces no han hecho ya otra cosa más que ganar. Catorce victorias consecutivas, catorce (14), a saber, los siete últimos partidos de la Regular, los tres del Torneo de la Big East (que se adjudicaron, obviamente) y los cuatro que llevan del Torneo Final. Catorce victorias de las que sólo dos fueron por menos de 10 puntos, la que lograron el 2 de marzo en Syracuse y la que lograron el pasado viernes en su semifinal regional ante Oregon (pero que tiene truco, que al final sólo ganaron de 8 pero porque se relajaron tras ir ganando de 20); y con exhibiciones tan portentosas como aquella que ya les conté en su Final de Conferencia, otra vez ante Syracuse: a 15 minutos para el final perdían 29-45 y acabaron ganando 78-61, lo que viene siendo un parcial salvaje de 49-16 (en apenas 15 minutos, recuerden). Son así, el típico equipo ciclotímico, ya se lo dije: tienen ratos malos pero cuando entran en trance (generalmente coincidiendo con la presión al saque contrario) son casi imposibles de parar; el problema (para los rivales, entiéndase) es que últimamente estos trances les suceden demasiadas veces.

Les suceden hasta en situaciones de extrema emotividad como la que vivieron este pasado domingo ante Duke. No hará falta que les dé muchos detalles porque lo habrán visto ya con (demasiados) pelos y señales en cualquiera de nuestros (presuntos) medios de comunicación, de hecho será la única noticia de NCAA que habrán podido ver en esos mismos medios, de hecho gracias a esta noticia algún espectador habrá descubierto que existe la NCAA. Tyler Thornton (base suplente de Duke) fue a lanzar un triple y Kevin Ware (base suplente de Louisville) pegó un salto inverosímil para taponarlo del que aterrizó cargando todo el peso sobre su pie derecho, la pierna no pudo soportarlo y se le partió por completo, no en sentido figurado sino absolutamente literal, en ángulo recto como si dijéramos. No recuerdo haber visto nada tan terrible en directo en toda mi vida, no pude evitar acordarme de aquel (también ex de Louisville) Edgar Sosa con su selección dominicana pero créanme que esto de Ware fue mucho peor, afortunadamente la CBS tuvo la cortesía de no recrearse en los detalles y sólo nos dio dos repeticiones muy lejanas, pocas cosas hay allí que estén por encima de la noticia pero una de ellas es el respeto a la sensibilidad de sus espectadores (como aquí, vamos), habrá quien no esté de acuerdo pero yo al menos les estaré eternamente agradecido. Lo que sí vimos fue la consternación, sus compañeros desolados tirados en el suelo, sus rivales igual (especialmente Thornton ya que le tocó vivirlo en primera persona), incluso Pitino derramando alguna lágrima, gestos de pavor, silencio sepulcral en el pabellón. El partido se reanudó porque no quedaba más remedio pero durante varios minutos fue como si todo estuviera en una nube, ni quienes allí estaban ni quienes lo veíamos a miles de kilómetros al otro lado del ordenador podíamos sacarnos de la cabeza aquel horror…

Y entonces llegó Siva. Peyton Siva decidió hacer suyas las palabras que Pitino les contó que había dicho Ware mientras se lo llevaban en camilla, vosotros ocuparos de ganar el partido y no os preocupéis por mí; de un plumazo acabó con la languidez, cambió el paso, arrastró consigo a todo su equipo y en un abrir y cerrar de ojos aquello pasó de estar empatado a estar 20 arriba Louisville, aún Krzyzewski andará preguntándose cómo. Peyton Siva es un base espectacular, quizá un tanto ciclotímico como lo es su equipo (por definición), no tenía buen pronóstico en sus inicios debido a un pasado complejo y a tener un padre aún más complejo (no se lo pierdan si tienen ocasión) pero se fue asentando y lleva ya un tiempo convertido en el director de juego que precisa un equipo (con pinta de) campeón como Louisville. Peyton Siva es la prolongación sobre la cancha de Pitino casi en la misma medida en que su socio Russ Smith llega a ser la desesperación, a veces. A ver que me explique, muy pocos jugadores hay ahora mismo en todo el baloncesto universitario con el chorro de talento que tiene Russ Smith; pero claro, una cosa es el talento y otra muy distinta es saber qué hacer con él, que a menudo sabe pero hay ocasiones en que se le olvida: en aquel famoso partido de las cinco prórrogas se le olvidó unas cuantas veces y su equipo acabó pagándolo (y Pitino casi matándolo). Insisto, no tiene por qué ser así, por lo general no se la va la olla, sería un hecho aislado, no me lo tengan demasiado en cuenta.

Sí tengan en cuenta a las demás joyas de estos Cards: Blackshear, el impagable ala-pívot Behanan, el cénter Dieng (otro de mejora impresionante con los años) y cómo no, ese banquillo del que ya no emergerá Ware pero sí el triplista Hancock (Kuric bis) o los interiores Van Treese y Montrezl Harrell, ojo a este poderosísimo freshman que si no me le ponen la cabeza mala con cantos de sirena debería convertirse en la fuerza interior de Louisville en los próximos años. Pitino tiene de todo y todo bueno pero no es eso lo mejor, lo mejor es que por fin ha conseguido crear un equipo a su imagen y semejanza, una criatura casi tan perfecta como aquella de Kentucky que asombró al mundo en 1996 (ganando la Final a Syracuse por cierto, también es casualidad): Antoine Walker, Walter McCarthy, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk… No digo que estos sean necesariamente tan buenos como aquellos pero sí que éste es un equipo tan perfectamente engrasado como aquél (o más si cabe). Pitino, que ya fue el primer técnico en meter a tres universidades diferentes en Final Four, lleva ya mucho tiempo rondando ser el primer técnico que gane la NCAA con dos universidades diferentes. Y me temo que este año tiene muchas, demasiadas papeletas para lograrlo.

Wichita St.

Tal como fue la temporada (ya saben, pequeños ganando a grandes, resultados insospechados por doquier, sorpresas a tutiplén) no resultaba difícil imaginar a un invitado inesperado en esta Final Four. Pero claro, hasta para pensar en hipotéticas sorpresas solemos ser bastante conservadores los seres humanos: ¿Mid-majors? Pues sí, por qué no, pero dentro de un orden: pongamos (cómo no) Gonzaga o la siempre fiable Butler, o la Creighton de los McDermott, o la efervescente VCU o la sólida Saint Louis, o quién sabe si incluso UNLV o San Diego State… Puede que a algún wichitense o wichiteño (es decir, lo que viene siendo un habitante de Wichita, localidad de 360.000 almas al sur del Estado de Kansas) en un arrebato de optimismo le diera por apostar por su Universidad de Wichita State pero lo que es a usted y a mí (reconozcámoslo) ni se nos pasó por la imaginación. Les habíamos visto jugar (al menos yo) y hasta nos habían gustado pero ni aún así se nos habría ocurrido pensar en ellos como equipo de Final Four. Y sin embargo ahí les tienen, y no vayan a pensar que hay truco ni trampa ni cartón, no vayan a pensar que les favorecieron los cruces ni que les limpiaron el camino, no: entre sus víctimas (además de la siempre molesta Missouri y de la ruidosa La Salle) se cuentan el número 1 y el 2 de su Región, Gonzaga y Ohio State que verán la Final Four desde su casa tan ricamente sentados ante el televisor. No está mal para un presunto (sólo presunto) número 9 como Wichita St.

¿Qué les cuento yo de estos Shockers que no les haya contado ya? Ciertamente podría repetirme y hablarles de un equipo sólido y aguerrido, un equipo coral del que no resulta nada fácil entresacar a nadie… pero hoy intentaré currármelo algo más, para que no digan: si habláramos de una estrella ésta sería Cleanthony Early (¿qué se les pasaría a sus padres por la cabeza para ponerle Cleanthony a la criatura?), un alero cuyo tobillo les dio un buen susto durante la segunda mitad contra Ohio State pero afortunadamente no fue gran cosa, de hecho volvió antes de que acabara el partido; y siguiendo hacia adentro tocaría hablar de lo más parecido que tienen a un pívot (al margen del suplente nigeriano Orukpe), el tremendo Carl Hall. Pero no nos quedemos ahí y vayamos hacia afuera porque quizá su juego exterior sea una de las más gratas sorpresas del Torneo, para mí al menos: empezando por un estupendo base como Malcolm Armstead y siguiendo con dos freshmen que van ganando protagonismo cada día que pasa: el rubio, intenso y sumamente eficaz escolta Ron Baker y el base suplente (le queda poco para dejar de serlo) Fred Van Vleet, una delicia de jugador. Añadan a Tekele Cotton y tendrán ya la rotación completa, que así en frío puede parecer poca cosa en comparación con lo que hay alrededor pero que se lo pregunten por ejemplo a los Zags o a los Buckeyes a ver qué opinan. Y todo ello además convenientemente amasado por un técnico de aparente perfil bajo pero no se dejen engañar por las apariencias, Gregg Marshall, el verdadero padre de la criatura, sin lugar a dudas el secreto mejor guardado de estos Shockers.

Ahora bien, la pregunta sería: ¿existe alguna posibilidad por pequeña que sea de que Wichita State pueda hincarle el diente a Louisville en la semifinal que les enfrentará este próximo sábado (ya más bien domingo) a medianoche? Me gustaría pensar que sí (ya otra cosa será que lo piense), al fin y al cabo esto es deporte y es bien sabido que en el deporte (y tanto más en esta loca NCAA de nuestros desvelos) cualquiera puede ganar a cualquiera. En todo caso lo que verdaderamente importa no es lo que yo piense ni lo que piense usted sino lo que piensen ellos, que realmente se lo crean y no entren a la pista del Georgia Dome ya derrotados de antemano. Que entren como Butler contra Michigan State en 2010 (por ejemplo) y no como tantos otros que también arribaron a la Final Four contra pronóstico y luego ya se conformaron con ello sin mirar aún más allá. Hará falta un gran trabajo de motivación, qué duda cabe, y en esto como en tantas otras cosas Gregg Marshall parece ser un auténtico crack. Y hará falta además que a los manejadores de balón wichitenses (o wichiteños) no se les venga el mundo encima en cuanto Pitino mande a sus huestes a presionarles el saque de fondo. No es un tema baladí si nos atenemos a lo que ocurrió en su Final Regional ante Ohio State: ganaban de 20 a pocos minutos para el final, y fue justo entonces cuando Thad Matta debió decir de perdidos al río (o como se diga en USA) y puso a los suyos a presionar en toda la pista. No fue una presión como la que acostumbra a hacer Louisville porque estos Buckeyes son buenos defensores (especialmente su base Craft) pero no presionadores profesionales como aquellos, pero fue más que suficiente para que a los Shockers les entrara de inmediato la descomposición. A punto estuvieron de consumar la catástrofe, algunos ya veíamos a la virgen apareciéndose a los Buckeyes por tercera vez consecutiva (como ante Iowa State encarnada en Aaron Craft, como ante Arizona encarnada en LaQuinton Ross), al final no llegaron a tiempo pero faltó bien poco. Avisados quedaron estos Shockers: Louisville no esperará tanto ni concederá tantas facilidades para que (por ejemplo) le superen la presión con un pase bombeado hacia un palomero esperando solo en la otra canasta (alguno así se comió Ohio St.), Louisville intentará ahogarles desde su propia línea de flotación, necesitarán un extraordinario trabajo de sus manejadores de balón (Armstead, Van Vleet, Cotton) para salir medianamente indemnes de ese acoso. Esperemos que lo logren, esperemos que me equivoque (como tantas otras veces) y tengamos partido hasta el final.

Michigan

Cómo no retrotraerse veinte o veintiún años atrás, cómo no pensar en aquellos fabulosos cinco freshmen que iluminaron este baloncesto en 1992 y que (ya como sophomores) siguieron iluminándolo en 1993, Chris Webber, Jalen Rose, Juwan Howard más Ray Jackson y Jimmy King que también eran de dios, de hecho éste último anduvo durante un tiempo por aquí aunque hoy ya casi nadie lo recuerde. Cómo no establecer paralelismos aunque la propia universidad renegara luego de ellos, aunque los borrara de sus libros de historia (pero lo que no pudo hacer fue borrarlos de nuestra historia, de la memoria de todos aquellos que tuvimos ocasión de contemplarlos). ¿Saben por ejemplo que estos Wolverines edición 2013 tienen también su propio Fab Five, un quinteto freshman que sólo es titular al sesenta por ciento pero que podría coincidir perfectamente en cancha, de hecho puede que lo haya hecho ya un montón de veces sin que nos diéramos cuenta? Spike Albrecht, Caris Le Vert, Nik Stauskas, Glenn Robinson III y Mitch McGary, los dos primeros aún suplentes aprovechando los escasos huecos que les dejan Burke o Hardaway, los tres últimos titulares ya de pleno derecho y con perfil tan enebeable como el que más a medio/largo plazo, esperemos que largo a ser posible… Las comparaciones son odiosas tanto más si tenemos en cuenta que estos yogurines aún no habían nacido siquiera cuando sus prodigiosos antecesores ya andaban haciendo diabluras en aquellas lejanas primaveras de 1992 y 1993, las comparaciones podrán ser odiosas pero son también inevitables. Hubieron de pasar veinte años de travesía del desierto, nombres más o menos importantes que se acabaron quedando a medio camino, Louis Bullock, Maurice Taylor, el añorado Tractor Traylor, Manny Harris, Darius Miller, tantos otros que vistieron ese azul y amarillo (color maíz, dicen allí) y que hoy estarán tremendamente orgullosos de ver cómo su Universidad de Michigan ha recuperado por fin su sitio en la historia. Bendita historia, aunque les cueste reconocerla.

Y Burke, Trey Burke. Pudo dar el salto a la NBA tras su año freshman pero se lo pensó dos veces y finalmente decidió volverse a Ann Arbor, los aficionados a este baloncesto en cualquier parte del mundo nunca se lo agradeceremos lo bastante y los aficionados de Michigan no es ya que se lo agradezcan sino que deberían erigirle una estatua por suscripción popular a la puerta del Crisler Arena. Burke, en ésta su segunda temporada, ha dejado de ser uno de los mejores bases de la Liga para convertirse sencillamente en el mejor jugador de la Liga, así, con todas las letras. Habrá quien discrepe y me diga que si McDermott, Oladipo, Zeller, Smart y demás familia, muy buenos todos ellos por supuesto, grandísimas temporadas las suyas pero difícilmente comparables (aunque haya quien las compare) a la de Burke. ¿Les queda alguna duda? Véanse el desenlace de su Semifinal Regional contra Kansas, háganme el favor. Kansas que fue ganando casi todo el partido, Kansas que llegó con más de 10 arriba a los instantes finales, Burke que había estado desaparecido toda la primera mitad (mérito de la defensa de Kansas, también) pero que en llegando estos momentos empezó a carburar, la diferencia que empezó a reducirse pero no lo suficiente, a veintitantos segundos para el final Kansas gana de 5, canasta de Robinson III que les pone a 3, falta a Elijah Johnson que anota los dos tiros, otra vez a 5, canastón de Burke, de nuevo a 3, nueva falta a Johnson, quedan 12 segundos pero esta vez Elijah falla el uno más uno, ¿adivinan quién se juega el triple a la desesperada desde 9 metros para forzar la prórroga? Efectivamente. Y en la prórroga más y más Burke, para que no queden dudas. A Bill Self y sus Jayhawks ya no les quedará ninguna duda a día de hoy.

Estos de Kansas fueron realmente los únicos apuros que pasó Michigan a lo largo del Torneo. Antes se deshicieron sin despeinarse  de la South Dakota State del afamado Wolters y de la asfixiante defensa HAVOC inventada por Shaka Smart para su VCU, y que en este caso nada pudo ante la sobredosis de talento de los Wolverines. Y tras Kansas fue Florida, algunos pensaron que sería un duelo en la cumbre pero los Gators (en su línea habitual de esta temporada) prefirieron quedarse en el llano y no comparecieron, en su casa muy bien pero cada vez que les sacaron de su hábitat más que caimanes parecieron lagartijillas birriosas: Boynton y Rosario yendo por libre como es su costumbre, el resto haciendo lo que pueden que es más bien poco y entre lo uno y lo otro fueron pan comido para los lobitos o lobatos o lobeznos o lo que les apetezca que signifique Wolverines, pan comido para Burke y los hijísimos Hardaway y Robinson, para la manita de ese prodigio canadiense llamado Stauskas (mucho más que un mero tirador, por cierto), no digamos ya para ese McGary que empezó la temporada muy perdido pero ahora ejerce de amo y señor de las zonas, al final tendrán que agradecerle al pívot (hasta entonces) titular Jordan Morgan haberse lesionado por el crecimiento que significó para este tío. Sí, los Wolverines están de nuevo en Final Four y créanme que esa es una magnífica noticia, no ya porque nos retrotraiga a veinte años atrás sino porque significa que ha ganado el talento, el baloncesto alegre y bien jugado a la manera en que lo quiere su veterano técnico John Beilein. Ganen o pierdan nos harán disfrutar, pueden estar seguros.

Syracuse

Si me lo hubieran dicho hace un mes no me lo habría creído. Si hace treinta o cuarenta días se me hubiese presentado algún iluminado diciéndome oye, que sepas que tus Orange van a jugar la Final Four creo que de inmediato le habría contestado anda ya, vete a la…… (rellenen ustedes la línea de puntos con la incoveniencia que les parezca más adecuada). Mis Orange, por resumirlo de alguna manera, han atravesado durante la temporada tres fases muy distintas: una primera, desde noviembre hasta el 21 de enero, en la que lo ganaron casi todo, de hecho el casi sólo fue una derrota por 4 puntos ante Temple; finalmente ese 21 de enero ganaron a Cincinnati, apenas dos días antes habían ganado incluso a la mismísima Louisville (en Louisville), todo parecía ser felicidad en Syracuse… y de repente todo se les volvió del revés: en ese mes y medio que aún quedaba de Big East ganaron cinco partidos (todos ante rivales relativamente fáciles) pero perdieron siete, cayeron en el ranking y en una depresión profunda… de la que empezaron a salir hace tres semanas, en cuanto empezó el Torneo de su Conferencia: excepto esa aciaga Final contra Louisville (sí, la del parcial 49-16) todo lo demás fueron victorias, antes y (obviamente) después: me preocupó Montana (¡¡¡Montana!!!) y la barrieron 81-34, me inquietó California y cayó también (no sin apuros), 66-60. Y qué decir de esta semana pasada: primero se deshicieron de la archifavorita Indiana sin demasiados problemas (qué largo se les ha hecho este final de temporada a los Hoosiers) y finalmente apalizaron con aún menos problemas a esa siempre incómoda Marquette que venía a su vez de apalizar a Miami (qué largo se les ha hecho este final de temporada a los Hurricanes). Somos así, no tenemos remedio (ustedes me disculpen que de vez en cuando me salga la primera persona del plural), íbamos por el mismo lado del cuadro que Indiana o Miami, parecía más imposible que nunca y sin embargo aquí nos tienen, diez años después de Melo (Anthony, no Fab), de Warrick o de (el hoy asistente de Boeheim) McNamara aquí estamos de nuevo, otra vez encaramados a la Final Four.

Estamos en Final Four y esa alegría no nos la quita ya ni dios, por supuesto. Pero es ley de vida no dormirse en los laureles y mirar hacia el futuro, supongo que lo suyo sería hacerlo con optimismo pero el optimismo me cuesta, será la edad que voy teniendo o será que soy así de natural. A ver, no les negaré que he recuperado la fe en este equipo, no les negaré que he vuelto a creer en un base maravilloso como Michael Carter-Williams, hubo un tiempo en que dudé de él porque en los momentos decisivos tiende a aturullarse y pierde a veces demasiados balones pero habré de reconocer que en este Torneo Final me tiene subyugado; creo en MCW como creo en el fantástico alero CJ Fair, en los triples de Southerland, en la (cada vez mayor) potencia unida a la buena mano de Brandon Triche, en la defensa (y muy poco más) de Rakeem Christmas o en los aportes desde el banquillo de Cooney, Jerami Grant o Baye Moussa Keita. Y cómo no, en el verdadero culpable de todo esto, el hombre cuya mera mención hace que me ponga de pie (metafóricamente, que de lo contrario me resultaría muy difícil teclear), Jim Boeheim, 37 temporadas le contemplan, head coach de Syracuse desde 1976, tenía yo la misma edad que tiene mi hijo ahora y puede que usted ni siquiera hubiera nacido por aquel entonces. Sí, supongo que más pronto que tarde tendremos que empezar a pensar en una Syracuse sin Boeheim, es ley de vida… pero por ahora no me lo toquen, háganme el favor.

Me he ido del tema, estaba contándoles que a pesar de todo me cuesta ser optimista, qué le vamos a hacer: Quizá porque miro a Michigan y me parece un plantillón (aunque también hayan pasado sus buenas crisis en momentos puntuales); o quizá porque miro a Louisville y se me viene a la cabeza de inmediato esa Final de Conferencia de la que ya les he hablado chiquicientas veces (la del parcial 49-16, insisto); o quizá porque aunque me niegue a ello al final acaben haciéndome mella todos esos tópicos gratuitos sobre la defensa en zona que me toca escuchar o leer cada vez que Syracuse (o quien sea) llega a algo en esta vida: que si el verdadero baloncesto es hombre a hombre; que si la zona es un recurso, puede ser una excepción en un momento puntual pero de ninguna manera puede ser la regla; que si la zona no sirve ante los buenos tiradores (¿pongamos por ejemplo los de Michigan?)… Pues mire, no, hasta ahí podíamos llegar. Dicen que la zona es un problema pero yo no concibo esa razón, que diría el bolero (sólo que el bolero hablaba de otra cosa): una buena zona deniega tiros exteriores, una buena zona llega a cada pase y encima a cada hombre-balón cual si se tratara de una defensa individual… pero repito, una buena zona, una zona bien hecha, no esa otra que tantas veces solemos ver por aquí de poner a dos tíos delante y tres detrás pegando saltitos con los brazos extendidos, sin más, y que si funciona no es tanto por su propia efectividad como por el desconcierto que genera en los rivales. No hará falta que se lo diga, ésta de Syracuse es una buena zona y no sólo porque lleven 37 años haciéndola sino porque Boeheim cuenta con los jugadores adecuados para hacerla: tíos muy móviles, de largos brazos (véanse al respecto los de MCW), buenas piernas, gran capacidad física, adecuado conocimiento del juego y la intensidad necesaria para cada ocasión. Todo lo cual obviamente no garantiza nada, es bien sabido que una zona se puede desactivar de mil maneras (que si no dando tiempo a que se forme, que si invirtiendo rápido el balón de lado a lado, que si infiltrando entre líneas al grande de turno)… exactamente igual que una defensa al hombre. No, la zona no es el problema, en absoluto, en todo caso puede ser la solución como ya lo ha sido tantas otras veces. El problema (de haberlo) está en mí y mi natural tendencia al pesimismo, así que tampoco me hagan mucho caso ni me lo tengan demasiado en cuenta, háganme el favor.

Sólo tendremos que esperar hasta la madrugada del sábado 6 al domingo 7 para que empiecen a disiparse nuestras dudas; y sólo en un par de días más, madrugada del lunes 8 al martes 9, tendremos ya todas las respuestas. Qué quieren que les diga: abónense, descárguenlo, piratéenlo, búsquense la vida como puedan pero tengan clara al menos una cosa: perdérselo no debería ser una opción. Ustedes mismos.

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(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 8 de enero de 2013)

Verano de 1976. Aún no hacía un año que se había muerto Franco dejándolo todo atado y bien atado, aún no acabábamos de encontrar la manera de desatarlo, aún faltaban dos años y medio para que votáramos la Constitución. Dimitía Arias Navarro, se estrenaba Adolfo Suárez, acababa de nacer El País (el periódico, me refiero), en breve nacería Diario 16, parecía querer empezar a soplar algo de viento pero aún no estaban nuestras ventanas suficientemente abiertas. En las radios triunfaban unos críos llamados Los Golfos con una coplilla que rezaba Qué pasa contigo tío, conmigo qué va a pasar, que estoy to el día bebío saltando de lío en lío… eso sí, en dura competencia con Fernando Esteso y aquella otra de La Ramona es barrigona tié dos cántaros por pechoooo, Ramonaaa, te quieroooo… (ya ven que el nivel era alto). Yo acababa de aprobar la reválida de 6º de bachillerato (que hoy equivaldría a 4º de la ESO) y me disponía a empezar el COU (es decir, el Curso de Orientación Universitaria) como paso previo a la selectividad (sí, ya existía); tenía yo muy pocos meses más de los que tiene mi hijo ahora; y puede que usted ni siquiera hubiera nacido, que no hubiera sido ni pensado siquiera en aquel verano de 1976.

Verano de 1976. Nuestros televisores (y nuestras vidas) aún eran en blanco y negro, nuestros teléfonos sólo eran fijos (y aún tardarían muchos años en dejar de serlo), Internet aún no existía ni en nuestra imaginación, ni siquiera en nuestros sueños. En Argentina hacía ya tres meses que Videla se había hecho con el poder (y con el terror). En Montreal (Canadá) una niña de catorce años y nacionalidad rumana llamada Nadia Comaneci asombraba al mundo haciendo piruetas sobre unas barras asimétricas. En USA gobernaba el único presidente de su historia no elegido en las urnas (ni como presidente ni como vicepresidente), Gerald Ford; sólo habían pasado dos años desde la dimisión de Nixon por el escándalo Watergate, aún habrían de pasar unos pocos meses para que accediera al poder Jimmy Carter. Larry Bird estaba a punto de entrar en Indiana State, Magic Johnson aún iba al instituto, Michael Jordan aún iba al colegio, Kevin Garnett acababa de nacer, Steve Nash tenía sólo 2 años, aún faltaban otros dos para que naciera Kobe; LeBron, Melo, Durant, tantos otros, no eran ni ni proyectos siquiera en aquel verano de 1976.

Verano de 1976. En una ciudad al norte del Estado de Nueva York llamada Syracuse, y más concretamente en la universidad que lleva ese mismo nombre, de repente tienen un problema: Roy Danforth, exitoso entrenador de su equipo de baloncesto desde 1968, decide aceptar la jugosa oferta de la Universidad de Tulane, un dos por uno, técnico y  director atlético todo a la vez. En Syracuse le dan unas cuantas vueltas a ver por quién podrían sustituirle, exploran el mercado, no encuentran nada que les convenza y finalmente, como mal menor, deciden ofrecerle el puesto a ese alumno aventajado de Danforth que lleva ya siete años como asistente, ese que además conoce bien la casa porque estudió (y jugó) en esas mismas aulas, ese que lleva por nombre James Arthur Boeheim y aún no ha cumplido 32 años en aquel verano de 1976.

El resto es historia, y buena parte de ella seguro que ya la conocen: han pasado 36 años y medio desde entonces; hemos crecido, hemos madurado, nos hemos hecho mayores (demasiado, incluso), hemos visto cambiar el mundo unas cuantas veces, hemos avanzado mucho, acaso también retrocedido un poco (sobre todo en estos últimos tiempos) pero de cualquier manera nuestras vidas de hoy en día nada tienen ya que ver, en absoluto, con aquellas otras grises vidas de 1976. Muy pocas cosas han permanecido inalterables e indisolubles al paso del tiempo; si nos paráramos a buscarlas difícilmente podríamos encontrar alguna y sin embargo aquí mismo tenemos una de ellas: Hoy, 37 temporadas (incluida ésta) después, Jim Boeheim sigue siendo el entrenador del equipo de baloncesto de la Universidad de Syracuse.

Y no sólo eso. Hoy, 1.208 partidos después, Jim Boeheim ya es el segundo entrenador más exitoso de toda la historia del baloncesto universitario. El pasado miércoles 2 de enero Syracuse ganó a Rutgers en la que resultó ser la victoria número 903 en la carrera de Boeheim superando así los 902 triunfos de otro mito llamado Bobby Knight, a día de hoy ya jubilado y reconvertido en magnífico analista televisivo para la ESPN. Boeheim no es el primero porque aún tiene por delante (hablando de mitos) a Mike Krzyzewski, 940 victorias y subiendo, jamás podrá alcanzarle a menos que el Coach K se retire antes que él, cosa improbable ya que es casi tres años más joven. Pero créanme que hay algo en lo que Knight y Krzyzewski jamás podrían igualar a Boeheim: Knight empezó su carrera como técnico (teniendo como asistente precisamente a Krzyzewski) en la Academia Militar (West Point, para entendernos), de ahí pasó a ser leyenda en Indiana y finalmente acabó sus días como técnico en Texas Tech; Krzyzewski a su vez le sucedió en la Army antes de marcharse a Duke… Es decir (dado que llevarán un rato preguntándose a dónde quiero llegar a parar): Nadie ha conseguido más victorias que Boeheim en una sola universidad; y muy probablemente habrán de pasar aún unas cuantas décadas antes de que algún otro técnico pueda acercársele siquiera.

Y sin embargo, por increíble que hoy nos pueda parecer a la vista de estos números, hubo incluso un tiempo en que Jim Boeheim fue etiquetado como perdedor. Sí, no se me extrañen, deberían saber ya que en USA son bastante propensos a hacer estas cosas, te cuelgan un cartel y a poco que te descuides lo llevarás ya colgado para toda la vida. Si no llegas a las finales malo pero si llegas y no las ganas aún peor, la historia nos mostrará (sin necesidad de abandonar nuestro deporte) infinitos casos de perdedores que hubieron de padecer ese estigma hasta que un día ganaron (un título, un anillo, lo que fuera) y no es ya que dejaran de serlo sino que, mire usted por donde, de repente ya nadie pareció acordarse de que un día lo hubieran sido. Boeheim (o sea Syracuse) llegó a la Final en 1987 (Rony Seikaly, Sherman Douglas, Derrick Coleman), perdió ante Indiana por culpa de aquella histórica canasta sobre la bocina de Keith Smart y a nadie pareció importarle; pero Boeheim (o sea Syracuse) volvió a llegar la Final Four en 1996, se plantó incluso en la Final con un equipo en el que apenas había más estrella que John Wallace para enfrentarse a aquellos imponentes Wildcats de Kentucky con todo su arsenal, Antoine Walker, Walter McCarty, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk, Boeheim tenía todas las de perder, Boeheim perdió… y de inmediato se convirtió en perdedor, ya saben, la típica frase hecha, un entrenador que sirve para llegar a finales pero no sirve para ganarlas, no tiene lo que hay que tener… Siete años habrían de pasar aún para que se quitara la etiqueta.

Ya saben, la vida da muchas vueltas, la vida de Jim Boeheim se le pudo dar la vuelta por culpa de un cáncer de próstata en 2001, la vida deportiva se le dio por fin la vuelta en 2003. Acaso hoy nos pueda parecer que (esta vez sí) tenía un equipazo (Carmelo Anthony, Hakim Warrick, Gerry McNamara) pero no nos engañemos, tampoco era favorito, de hecho era el cabeza de serie número 3 de su Región, de hecho ya fue una sorpresa que se metiera en Final Four, ya fue aún más sorpresa que se cargara a Texas y accediera por fin a la Final. Y en la Final esperaba Kansas, la Kansas de Kirk Hinrich, Nick Collison, Keith Langford, Aaron Miles o Wayne Simien, la Kansas de otro técnico como Roy Williams también (mire usted por dónde) etiquetado como perdedor. Y aquel partido que empieza, aquella Syracuse que empieza a meter triples a chorros, aquella Kansas que no sabe ya por dónde esquivar los golpes, aquellos Orange que llegan con 53 puntos al descanso, lo nunca visto en una final (lo nunca visto casi en el torneo entero), la segunda mitad cambia el viento, a Syracuse le entra el miedo a ganar, Kansas reacciona, parece que volverá a girar la historia, últimos segundos, 81-78 gana Syracuse, balón para Kansas, bola a la esquina, ahí va ese triple para forzar la prórroga pero Warrick vuela, Warrick lo tapona, ¡¡¡Orange win!!! De un plumazo Boeheim deja de ser lo que nunca fue, curiosamente ahora ya no es ni será nunca un perdedor, su amigo y rival Roy Williams aún no sabe que sólo necesitará un par de años más (cambio de universidad mediante) para dejar también de serlo. Pero esa es otra historia…

Recuerdo como si fuera ayer aquella Final, recuerdo también demasiado bien cómo los pluseros Jesús Llama y Ramón Fernández hicieron todo lo posible por destrozárnosla pero afortunadamente no lo consiguieron, afortunadamente el baloncesto es mucho más grande que dos presuntos comentaristas aún por incompetentes que estos fueran. Y recuerdo también un par de historias que se nos contaron a posteriori y que nos hablan bien a las claras del talante de Jim Boeheim: no sé si fue Antoni Daimiel (o puede que fuera Miguel Ángel Paniagua) quien nos contó que en aquella Final Boeheim tenía a su mujer apoyándole casi en primera fila (hasta ahí nada de particular)… y que tenía también a su ex mujer apoyándole y animándole igualmente unas cuantas filas más atrás. Y no sé si fue Paniagua (o puede que fuera Daimiel) quien nos contó una comida campestre que habría tenido lugar muchos años atrás, pongamos que a mediados de los setenta, una comida a la que habrían acudido Jim Boeheim y Rick Pitino (aquél que fuera su primer asistente en Syracuse) con sus respectivas cónyuges; parece ser que a los postres Pitino empezó a verbalizar sus delirios de grandeza: tarde o temprano dejaría una población pequeña como Syracuse, aquello no era para él, él aspiraba a muchísimo más, él viajaría a grandes ciudades, entrenaría a los mejores equipos sobre la faz de la Tierra, triunfaría allá por donde fuera… Y parece ser que Boeheim le respondió que él no, que él era feliz en Syracuse y por nada del mundo querría dejar de serlo, que aquella era su casa y si por él fuera estaría entrenando allí toda la vida, que no aspiraba a absolutamente nada más. Huelga decir que Pitino se quedó alucinado ante la manera que tenía su amigo y mentor de entender la vida, algo que supongo que él desde su estrechez de miras sólo supo interpretar como una absoluta falta de ambición; y huelga decir también que en las décadas siguientes ambos fueron estrictamente fieles a sus principios: Pitino dejó raudo y veloz Syracuse y pasó con mayor o (en ocasiones) menor éxito por la Boston University, los Friars de Providence, los Knicks de Nueva York, los Wildcats de Kentucky, los Celtics de Boston y los Cardinals de Louisville; Boeheim obviamente jamás se movió de Syracuse: seguro que en todo este tiempo no le faltaron las oportunidades de cambiar de aires, pero… ¿total para qué habría él de complicarse la vida si allí estaba a gusto, si ganaba más que suficiente y se sentía feliz? Dicho y hecho.

Creo que fue Juanma Lillo (que no Juan Malillo), afamado entrenador de fútbol metido a filósofo o afamado filósofo metido a entrenador de fútbol, no sé, quien dijo una vez que para jugar en zona hay que vivir en zona. Es decir, una de esas frases huecas que así de primeras parece que no quieren decir nada, pero que luego las piensas y descubres que efectivamente, no quieren decir absolutamente nada. Vamos, de esas cosas que si las dice alguien famoso piensas joder, qué cabeza tiene este tío, pero que si las digo yo me mandarían de inmediato a cagar. Yo por desgracia no sé lo que significa vivir en zona pero reconozco que de alguna manera me acuerdo de esa frase cada vez que veo a Boeheim. Es decir, me acuerdo cada vez que veo a alguien como él que lleva toda la vida defendiendo en 2-3, alguien que sólo en ocasiones muy aisladas, muy puntuales y muy desesperadas habrá ordenado una asignación individual en un deporte en el que las asignaciones individuales son desde siempre abrumadora mayoría. Casi cuatro décadas defendiendo así, casi cuatro décadas interpretando esa zona a las mil maravillas, casi cuatro décadas aguantando a todos aquellos iluminados que en cuanto te descuidas te sentencian que el verdadero baloncesto es hombre a hombre por definición y que defender en zona no es baloncesto, acaso esos mismos iluminados que cuando llega el día en que les toca enfrentarse a una zona son incapaces de contrarrestarla, ya ven qué casualidad. No sé qué es vivir en zona pero entiendo que debe tener algo que ver con valores como humildad, sencillez, compromiso, solidaridad, buena actitud, mentalidad positiva, apoyo mutuo. No sé qué es vivir en zona pero cualquiera que haya visto a Boeheim entrenar a lo largo de estos años habrá podido comprobar que él no es en absoluto el típico energúmeno, que nunca monta pollos a los árbitros ni aún menos a sus jugadores, que sus protestas rara vez van más allá de una mera sonrisa irónica, que de alguna manera es el típico tío que te transmite confianza desde el primer momento en que le ves. No sé qué es vivir en zona pero estoy completamente seguro de que Boeheim no sólo juega en zona sino que además vive en zona; sea ello lo que fuere.

Hace algunos años los jugadores de Syracuse dejaron de ser Orangemen para convertirse simplemente en Orange, supongo que alguien debió pensar que de cara al merchandáisin resultaba muy costoso tener por un lado orangemen y por otro orangewomen según se tratara del equipo masculino o el femenino. Pero quizás sería hora de recuperar ese concepto sólo que en singular, Orangeman, siquiera fuera para identificar a un sujeto que ahí donde le ven lleva ya más de medio siglo ligado a su Universidad de Syracuse desde que ingresó allá por 1962 para estudiar ciencias sociales y jugar al baloncesto. Que se ausentó de ella tan solo un par de años para jugar profesionalmente en los Scranton Miners de la ABL (nada menos), que se reintegró como asistente en 1969 y que finalmente en aquel verano de 1976… El gigantesco Carrier Dome (concebido para fútbol americano) debería llamarse Boeheim Dome, entiendo que no pueda cambiarse tan alegremente el nombre porque la susodicha marca se dejará sus buenos dólares en concepto de patrocinio, al menos ese parquet sí fue rebautizado hace ya unos cuantos años como Boeheim Court. Y es que resulta sencillamente inimaginable concebir unos Orange sin Boeheim, esperemos que aún tarde mucho en llegar ese día porque de una sola cosa podremos estar bien seguros, le sucediera quien le sucediera ya nada sería igual; aquella universidad del norte del Estado de Nueva York (aquella ciudad, incluso) ya jamás volvería a ser lo mismo sin él. No te vayas nunca, Jim.

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