Archivo para la etiqueta ‘Tim Duncan

EL NADADOR   Leave a comment

Un huracán nunca trae nada bueno, por definición. Cualquier huracán sólo acostumbra a dejar muerte, destrucción, miseria y desolación allá por donde pasa, tanto más cuanto más pobre sea el lugar por el que pase. Y obviamente el huracán Hugo no fue una excepción, no podía serlo. Hugo fue un huracán de hasta fuerza 5 que en septiembre de 1989 devastó amplias zonas de Puerto Rico, Dominica, el archipiélago de las Islas Vírgenes y hasta el estado norteamericano de Carolina del Sur, dejando además 61 víctimas mortales por el camino. Otra de tantas tragedias que nos depara periódicamente la naturaleza, una más, ante la cual obviamente no cabe consuelo alguno… y a la que sin embargo los aficionados al baloncesto (aún por cínico que resulte, aún por mal que me sienta al escribirlo) siempre le tendremos que estar involuntariamente agradecidos.

hugo_track2

Más o menos cuatro años y medio después, pongamos que hacia febrero de 1994, Canal + decidió tener un maravilloso detalle con sus abonados baloncesteros (sumamente escasos, recordemos que en aquel entonces aún no habían adquirido la NBA), especialmente con aquellos que (como fue mi caso) habíamos llegado meses atrás, al reclamo de su primera Final Four NCAA: ofrecer baloncesto universitario en temporada regular (sí, incluso antes del Madness), algo que nunca habían hecho antes y que hasta donde alcanzo a recordar tampoco han vuelto a hacer después. El pretexto fue que teníamos a un puñadito de compatriotas haciendo las américas, lo cual en aquel tiempo (casi cinco años después de que se nos fuera Fernando Martín, casi cinco años antes de que se nos apareciera Pau Gasol) nos parecía lo más de lo más. Y así vimos a St. John’s porque allí jugaba Sergio Luyk (DEP), vimos a Providence porque allí estaba Borja Larragán (gracias a lo cual pudimos conocer a un magnífico alero que jugó luego a gran nivel en NBA, Eric Williams), puede que hasta viéramos a Manhattan porque allí jugaba Jerónimo Bucero (aunque habré de confesarles que esto último no lo recuerdo con exactitud)… y vimos, cómo no, a Wake Forest. Sobre todo vimos a Wake Forest.

En aquellos Demon Deacons jugaba a gran nivel Ricardo Peral, chaval vallisoletano de 207 centímetros proveniente de la cantera del Madrid, que empezó siendo la gran esperanza blanca, que decían que sería el Kukoc español (nada menos) pero que acabó siendo un juguete roto por razones que se me escapan (aunque algunas las intuyo), si bien ésa es otra historia que habrá de ser contada en otra ocasión (por quien la conozca, a ser posible). Junto a Peral destacaba un base sumamente chupón llamado Randolph Childress, cuya carrera profesional (lejos de USA) transcurrió con mucha más pena que gloria y del que lo último que supe es que había vuelto a Wake Forest para ejercer de asistente a la vera de Danny Manning. Y la tercera pata (por decirlo así) de aquellos Demon Deacons 1993/1994 era un freshman, un espigado chaval que había llegado apenas unos meses antes a Winston Salem y que no provenía de ningún gueto cercano sino de las lejanas Islas Vírgenes, nada menos. Su nombre quizá les resulte lejanamente familiar. Un tal Tim Duncan.

Lo nuestro (lo mío con él, más bien) fue un flechazo absoluto. Quien me conozca sabe que se me gana mucho más por fundamentos que por físico, sabe aún mejor que cuando se dan las circunstancias adecuadas soy de enamoramiento fácil (entiéndase en términos estrictamente baloncestísticos) pero aquello ya no es que fuera fácil, aquello más bien fue amor a primera vista. Fue (suena un tanto grandilocuente decirlo hoy, pero lo cuento tal como lo viví en su día) como descubrir al sucesor de Olajuwon cuando éste aún estaba en plenitud y no necesitaba que nadie le sucediera.Tim Duncan Es curioso, si pensamos en el Duncan NBA no pensamos en él en términos olajuwonianos, para nada. Le recordamos más de cara al aro que de espaldas, más tirando a tabla desde el poste alto que girándose en el bajo. Pero créanme que aquel Tim Duncan recién llegado a Wake Forest tenía un juego de pies sencillamente prodigioso, lo más parecido al gran Hakeem que podía verse entonces y pudo verse después. Y eso con ser bueno no era lo mejor, lo mejor era que fuera sólo freshman (y aún sin estatus de estrella), que producía auténtico vértigo imaginar siquiera lo que aquella criatura podría llegar a ser. Como para no enamorarse.

Pero aquella criatura tenía una historia detrás, quién sabe si a medio camino entre la realidad y la leyenda. Se nos contó (supongo que nos lo contarían Daimiel y Segurola que solían ser quienes hacían NCAA en aquellos tiempos, si bien no puedo precisarlo con exactitud) que Tim Duncan iba para nadador, y no un nadador cualquiera: ya a muy temprana edad poseía algunos récords significativos en 50, 100 ó 400 metros libres, ya muchos apostaban por él para representar a su país en Barcelona 92… hasta que llegó Hugo. Hugo destruyó la única piscina olímpica que había en Saint Croix, razón por la cual el joven Tim (poco más de trece años en aquel entonces) se iba a ver obligado a entrenar en mar abierto. Y cuenta la leyenda que aquello no le hizo ninguna gracia, sobre todo porque aquel chaval tenía un miedo más que respetable a los tiburones. Se fue distanciando, y aún más se habría de distanciar cuando un cáncer se llevó por delante la vida de su madre muy pocos meses después. Las sólidas premisas que le habían sustentado hasta ese momento (la familia, la natación) de repente se le rompieron en pedazos, dejándole sumido en un lógico periodo de indefinición del que sólo empezó a salir cuando alguien se cruzó en su camino y le hizo aquella mítica pregunta, tantas veces referida en tantas otras ocasiones: chaval, y tú con lo alto que eres… ¿por qué no juegas al baloncesto? Y hasta ahora.

Ríanse si quieren (que querrán), pero siempre pensé que ese pasado como nadador formaba parte esencial de su repertorio como jugador, aunque me resulte muy difícil explicar por qué. Hay algo en su gracilidad, en su manera no tanto de moverse como de deslizarse por la pista,td-hermana incluso en su estructura morfológica (tantos hombros para tan poca cintura) que de alguna manera evoca al nadador que pudo haber sido y no fue. O acaso sí lo fue, aunque no nos diéramos cuenta. Quizá sólo cambió el medio, sólo sustituyó el agua por el parquet pero siguió nadando de igual manera. Como si poseyera el don de la ingravidez, que en su caso no se reflejaba (como en tantos otros de sus congéneres) en mates escalofriantes ni vuelos sin motor sino en su condición de flotabilidad. Otros permanecen firmemente apegados a la tierra y cada vez que saltan es como si temblara el mundo, él no. Él era etéreo, por imposible que resulte cuadrar semejante concepto en un corpachón como el suyo. No jugaba sino que fluía. Nunca dejó de nadar.

Nunca más volví a verle en Wake Forest, qué más hubiera querido yo. En los siguientes años la cobertura universitaria del Plus se limitó básicamente a la Final four, evento al que aquellos Demon Deacons jamás llegaron a comparecer siquiera. Pero que no lo viera no significa que no siguiera sus pasos, al menos en la medida de mis limitadas posibilidades: a mediados de los Noventa Internet era aún una entelequia fuera de mi alcance y del de casi todo dios por estos pagos, había que conformarse con leer lo que se pudiera, donde se pudiera. Poco a poco fui sabiendo que por una vez (y sin que sirviera nunca más de precedente) mi percepción de aquel primer año no había sido errónea en absoluto; que ya no era bueno sino grande, que de ahí había pasado a ser una referencia y luego ya LA REFERENCIA, con mayúsculas. Recuerdo una de aquellas impagables crónicas de Daniel Searl para Gigantes, en la que nos habló de una universidad muy menor (a saber cuál) que en los albores de la temporada 1996/1997 (su año sénior) fue a jugar contra Wake Forest; me acuerdo sobre todo de la transcripción de las palabras de su entrenador en la charla previa a sus jugadores: hoy no es ya que vayáis a jugar contra un futuro profesional, contra alguien que pueda ganar algún anillo, no; HOY VAIS A JUGAR CONTRA UN TÍO QUE ALGÚN DÍA ESTARÁ EN EL HALL OF FAME. Disfrutad de cada segundo que estéis en cancha, porque recordaréis este partido durante el resto de vuestras vidas. Algo así. No, él tampoco iba desencaminado, en absoluto.

Aún no habíamos llegado a la era del one and done, aún se le daba un valor a la formación, aún el permanecer cuatro años en la universidad se consideraba una prueba a favor del jugador y no en su contra. Aún estábamos en 1997, y no fueron pocas las franquicias que en aquella primavera se agarraron al sueño (casi) imposible de Tim Duncan como su única tabla de salvación.td-celtics Paradigmático fue el caso de los Celtics, que si no practicaron el tanking sí hicieron algo que se le pareció mucho; todo ello por supuesto contando con la aquiescencia de sus otrora ganadores aficionados, que no parecían tener ningún reparo en acudir al Garden a ver perder a su equipo pero eso sí, exhibiendo carteles en los que le daban la bienvenida a Boston como si ya hubiera llegado, o incluso precarios fotomontajes que nos mostraban al susodicho aparentemente vestido de verde. Como expresión de un deseo no estuvo mal, pero la cruda realidad se empeñó en ir por otro lado como tantas otras veces.

El azar tiene a veces razones que la razón no entiende. Quiso el azar (habrá quien piense que no fue el azar sino alguna mano negra, nunca mejor dicho; de hecho no hay sorteo de draft en que a los perdedores no se les aparezca ese argumento, pero permítanme que yo no lo compre, haciendo gala de mi proverbial ingenuidad) que esta vez la virgen no se apareciera en Nueva Inglaterra sino al sur de Texas, a orillas de El Álamo más concretamente. Es caprichoso el azar: sólo en una ocasión en los últimos veintisiete años (es decir, desde que David Robinson aterrizó en San Antonio) han faltado los Spurs a los playoffs, y ello fue precisamente en aquella temporada 1996/1997; la lesión de Robinson propició un año fallido, en el que sólo ganaron veinte partidos y en el que Popovich cesó a Bob Hill para seguidamente (y tras sopesar con detenimiento el amplio abanico de candidatos) proponerse a sí mismo para el cargo (con muy buen criterio, como pudimos comprobar después). ¿Año fallido, dije? Hay equipos que se hinchan a perder temporada tras temporada sin conseguir jamás un número 1 del draft, y cuando finalmente lo consiguen resulta que justo ese año toca un draft de mierda; a los Spurs en cambio les bastó un solo año perdedor para que se les apareciera ese número 1… y justo el mejor año en que les podía tocar. Es caprichoso el azar, ya se lo dije.

Llovía sobre mojado en San Antonio, y eso que no es lugar lluvioso precisamente. Aún estábamos en el segundo milenio, aún quien tenía un cénter tenía un tesoro, aún no había comenzado (aunque ya se atisbaba) la era de la versatilidad absoluta, el monoteísmo del triple, los cuatros abiertos, los cincos de mentira y los all around player de dos metros y medio (o casi). Casi cualquier franquicia habría matado por un pívot de verdad, de los de toda la vida… y sin embargo el premio gordo le fue a caer a una de las pocas que ya tenía más que cubierta esa posición. Renacía en San Antonio el concepto Torres Gemelas, diez años después de que se disolvieran las de Houston, cuatro años antes de que quedara ya proscrita para siempre (en lo que a baloncesto se refiere) dicha expresión.

Pensé que la convivencia de ambos dos sobre el parquet no sería tan difícil, pensé que Robinson evolucionaría al cuatro para hacer sitio a Duncan en el cinco. En lo primero acerté (no tenía mucho mérito), en lo segundo me equivoqué de plano como en tantas otras ocasiones.td-dr Fue Duncan el que (sin dejar de ser un cinco) evolucionó al puesto de cuatro, o mejor sería decir que redimensionó el concepto de cuatro. No era un cuatro al uso, no era el típico cuatro más ancho que largo que se estilaba entonces (no era Barkley ni Malone, para entendernos) ni puñetera falta que le hacía. Duncan gobernaba cada partido desde el poste alto como habría podido gobernarlo (y lo gobernaba también, de hecho) desde el bajo, Duncan atacaba el aro de cara con la misma fiabilidad (o aún mayor si cabe) que de espaldas, Duncan antes de que nos diéramos cuenta había incorporado la suerte del tiro a tabla (esa que cada vez se ve menos, esa que muy pocos supieron interpretar con tanta maestría como él) a su ya de por sí selecto repertorio. Duncan había llegado para jugar al lado de Robinson, pero no tardó en ser Robinson el que jugaba al lado de Duncan.

No había acabado de llegar y ya era Jugador de la Semana, no había acabado de afianzarse y ya era All Star, no había acabado de aterrizar y ya tenía un anillo, el primero, el de 1999, el del asterisco, Phil Jackson dixit. Jackson enredó y del enredo (y de su inmenso talento como entrenador y/o domador de egos, y de Shaq y Kobe) se fueron tres anillos consecutivos a Los Ángeles. No importó. Podía haber pasado ya el último tren por Sacramento pero todos sabíamos que por San Antonio volvería a pasar tarde o temprano, sólo era cuestión de tiempo. No hizo falta esperar mucho. En 2003 ya no estaba a su vera David Robinson pero a cambio acababan de llegar dos criaturas con ansias de comerse el mundo y talento más que de sobra para lograrlo, Tony Parker y Manu Ginóbili. Fue sólo el principio, o más bien la continuación de aquel otro principio de 1999. Podría gustar más o menos (a mí más, a muchos otros menos), podría ser cemento (como lo calificaban de manera injusta algunos, obviando deliberadamente la fluidez de su juego), podría no ser espectacular ni vistoso (especialmente para aquellos que no buscaban tanto partidos como highlights) pero era BALONCESTO, en estado puro. Se estaba gestando una auténtica obra maestra, que en realidad no había hecho sino comenzar.

Duncan producía y producía. Sin ruido, sólo nueces. Infinitas nueces. Duncan no hacía declaraciones altisonantes, no daba que hablar fuera de la pista, no se le conocían peleas ni procesos ni tiroteos en discotecas a las tantas de la mañana, ni posesiones de sustancias ni conducciones bajo la influencia ni asuntos turbios de ninguna clase. Nunca (que yo sepa). Duncan llegaba, jugaba y se iba, nada más (y nada menos) que eso. Sin aspavientos, sin pedruscos en sus orejas, sin colgantes enormes que pusieran en riesgo la integridad de sus cervicales, sin aditivos ni conservantes ni colorantes. Cero cáscara, cero envoltorio, todo sustancia.

No era lo que se llevaba, claro. En aquellos días empecé a comprar la revista norteamericana Slam, acaso la mejor publicación escrita de baloncesto que se edite en USA (o al menos así era en aquellos tiempos), con reportajes y documentos extraordinarios pero también con una manifiesta orientación hacia ese estilo (como si dijéramos) gangsta, esa moda contracultural imperante en aquellos días y en tantos otros.td-slam Recuerdo como si fuera ayer que mi primer Slam llevaba a Duncan en portada (y es bien sabido que en las revistas yanquis se sacraliza la portada, como si ésta fuera mucho más importante que el contenido) fotografiado entre bloques de hielo como metáfora de su frialdad, como un nuevo Iceman sanantoniano que sucediera a aquel mítico George Gervin. Y recuerdo aún mejor que en el siguiente Slam los lectores (a través de su sección Trash Talking, lo que vendrían a ser las cartas al director) sometieron a los rectores de la publicación a un auténtico linchamiento por haber consagrado su portada a semejante jugador. Cómo podía ser posible, si no era espectacular, si no la rompía en cada mate, si no generaba espuma ni burbujas sino simples canastas, si era un sieso, si no iba de macarra por la vida, si no era de los nuestros, si no era Marbury ni Iverson ni Garnett…

Pero ganaba. Otro anillo en 2005, otro más en 2007. Títulos en años alternos, como si los cursos impares fueran para trabajar y los pares fueran sabáticos. Fue quizá tras ese título de 2007 cuando Popovich viajó a Serbia (cabe suponer que fuera la tierra de sus ancestros, a la vista de su apellido) a impartir unos clínics (o similar). Allí fue preguntado por el secreto de su éxito como entrenador, y su respuesta no dejó lugar a dudas. Tan sólo tres letras: TIM. Y como dijo aquel, no hace falta decir nada más.

Claro está, no se puede caer bien a todo el mundo (hace dos párrafos quedó ya meridianamente claro), tanto menos si no juegas en Nueva York, Chicago o Los Ángeles sino en el profundo sur de Texas, a cuatro pasos de la frontera mexicana, en uno de los menores mercados de toda la Liga. Duncan no buscaba incidentes, pero no siempre podía evitar que los incidentes le buscaran a él. ¿Recuerdan aquel salto entre dos? El árbitro tras lanzar el balón no supo cómo quitarse, se quedó plantificado allí en medio como un pasmarote hasta que Duncan se lo encontró en su desesperado camino hacia aquella bola; lo apartó, en una reacción meramente instintiva y perfectamente comprensible que sin embargo la NBA interpretó como una afrenta, sancionándole a posteriori con (creo recordar) dos partidos de suspensión.td-crawford Mucho peor fue lo de Joey Crawford, aquel cruce de cables vestido de gris al que ya antes algunas voces interesadas habían acusado de (presunta) animadversión premeditada hacia los Spurs, y al que en cierta ocasión no se le ocurrió otra manera de zanjar un rifirrafe verbal que diciéndole a Duncan a la salida te espero. Duncan no le esperó pero la Liga sí, enviándole durante un añito al rincón de pensar para que recapacitara un poco acerca de la intachable conducta que en cualquier circunstancia debe presidir el comportamiento arbitral.

A todo esto empezaron a pasar de largo los trenes (2008, 2009…) y de cada tren que pasó de largo se anunció inequívocamente que era el último como si en verdad lo fuera, como si el tiempo en San Antonio no tuviera su propio ritmo, ajeno por completo al del resto de la humanidad. Mientras el mundo entero los enterraba continuaban trabajando, mientras les reclamaban su reconstrucción ellos quitaban el prefijo y simplemente construían (sin re): inyectando talento al servicio del equipo (que no a la inversa como tantos otros), interpretando el juego justo como siempre pensamos que debía ser jugado, manteniendo como premisa básica la continuidad. Duncan empezaba a tener ya demasiados años, como empezaba a tenerlos Manu, como no tardaría en tenerlos Parker. La naturaleza jugaba en su contra, pero ellos (de la mano de Pop y sus infinitas rotaciones, de la mano –enorme- de Kawhi) aún se guardaban un último as bajo la manga. Y hasta un penúltimo.

El penúltimo fue en 2013. Retaron contra pronóstico a los vigentes campeones Heat, los pusieron contra las cuerdas, los tuvieron incluso al otro lado de las cuerdas, al otro lado de aquella cinta que se empezó a montar en la banda del American Airlines Arena de Miami a falta de unos segundos para el final del sexto encuentro. Se trataba de ir ganando tiempo, de ir preparando ya la ceremonia de entrega del Trofeo Larry O’Brien al campeón, que a esas alturas parecía ya manifiestamente evidente que vestía de negro y plata y había llegado de San Antonio. O no. O acaso donde no llegaban LeBron, Wade o Bosh llegara el eterno Ray Allen, acaso su muñeca incorrupta decidiera hacer la gracia cuando ya no tocaba, cuando ya nadie lo esperaba. Aquel final (todos sabíamos que era el final, por más que los protagonistas lo disimularan en un séptimo partido cuyo desenlace estaba escrito de antemano) resultó especialmente doloroso por la manera en que se produjo, pero también porque todos pensamos que se les acababa de escapar (una vez más, pero ésta ya la definitiva) el último tren. El último de todos los últimos. Con las edades prohibitivas que alcanzaban ya sus principales criaturas, cómo imaginar siquiera que aún les hubiera de quedar un último baile…

Y qué baile, señores. Nunca sabremos qué habría pasado si hubieran ganado aquel anillo de 2013, si se habrían dado ya por satisfechos, si fue precisamente aquella derrota la que les hizo rearmarse para volver con más fuerza si cabe en 2014 aunque no fuera impar. Si así fuera todavía tendríamos que estarle agradecidos a aquel triple postrero de Ray Allen, porque su (presunta) consecuencia fue presenciar un año más tarde acaso el mejor baloncesto que hayamos visto en nuestra vida. Si existiera una Capilla Sixtina de este deporte habría que decorarla con escenas de aquella nueva Final contra los Heat, si aún hoy me preguntaran por el mejor juego que he visto desplegar jamás sobre una cancha tendría que quedarme necesariamente con la primera mitad de aquel inolvidable tercer partido, miren que sobrepaso ya sobradamente el medio siglo y aún así por más que lo pienso me cuesta encontrar nada semejante (o quizá tendría que remontarme a los Lakers del showtime, pero son tiempos y circunstancias tan distintas que me cuesta mucho trabajo compararlas).td-5 Recuerdo bien que me pegué el madrugón para ver aquel tercer encuentro antes de irme a trabajar, recuerdo aún mejor que luego estuve casi toda la mañana alelado, como en una nube, prisionero de una especie de Síndrome de Stendhal baloncestístico. Dicen que la perfección no existe, pero si existiera (en lo que a nuestro deporte se refiere) se parecería muchísimo a aquellos maravillosos veinticuatro minutos. Deberíamos revisionarlos una y otra y otra y otra vez, siquiera fuera a modo de terapia.

Fue el quinto anillo de Duncan, década y media después del primero. Aún nos regaló un par de años más, siquiera fuera para demostrar que si te cuidas, no cometes excesos, llevas una alimentación equilibrada y tienes un entrenador que te administre cuidadosamente los esfuerzos puedes jugar hasta los cuarenta, como fue el caso. Muchos esperaron que anunciara su adiós con el anillo aún caliente en aquel 2014, no fueron pocos quienes lo dieron por hecho en 2015, unos y otros se quedaron obviamente con las ganas. Fue en 2016, pero fue a su manera. Bien pudo haberlo anticipado ocho o diez meses antes para que allá por donde pasara le rindieran homenajes, le pusieran vídeos recopilatorios y le regalaran placas conmemorativas, pero ése no es su estilo, nunca lo fue, a ver por qué iba a empezar a serlo ahora. Dejó que acabara la temporada, hizo caso omiso a las especulaciones, vio pasar las semanas, consultó a su mente, más tarde a su cuerpo y finalmente dijo basta, ya está, hasta aquí. Así de sencillo. Se fue como llegó, como jugó, sin alharacas ni parafernalias innecesarias, sólo esencia. Mera esencia.

Y este artículo debió parirse entonces y no ahora, mea culpa… que acaso también tenga una explicación. Si me permiten otra comparación manifiestamente desafortunada, creo que el proceso (el mío, al menos) es relativamente similar al que se produce tras la pérdida de un ser querido, salvando obviamente las inmensas distancias entre una y otra circunstancia. Cualquier muerte es un mazazo, por definición; pero en las horas siguientes, entre el papeleo, el velatorio y el entierro, estás como aturdido, como en una nube, como sin acabar todavía de tomar conciencia de la nueva situación. Y sólo es días después, una vez que te quedas solo en la intimidad de tu hogar e intentas retomar tu vida, cuando finalmente el dolor se apodera de ti al tomar definitiva conciencia de su ausencia, de la magnitud de ese vacío. No es lo mismo, ya sé bien que no es lo mismo, pero quiero que me entiendan: te dicen en julio que se retira fulano o mengano y lo lamentas, cómo no lo vas a lamentar, pero entonces estás en otras cosas: vacaciones, mercado de fichajes, preparativos olímpicos, qué sé yo. Y es justo ahora, justo cuando empieza la temporada, cuando finalmente tomas conciencia de que ya no verás a Kobe, ni a Garnett (que no fuera santo de mi devoción no significa que no le vaya a echar de menos), ni a Raül López, ni a Dimitris Diamantidis… ni a Tim.td-parker-manu Me dirán que estas cosas son así, que antes de que nos demos cuenta estaremos también echando de menos al propio Manu, a Pau, Navarro o Calde, a tantos otros. Ya lo sé, es ley de vida. Hay que joderse con la ley de vida.

O como comentó Popovich al inicio de la pretemporada, lo más duro será llegar cada mañana al entrenamiento, mirar a tu alrededor y ver que ya no está. Le entiendo perfectamente, aún salvando las (inmensas) distancias. En su caso fueron diecinueve temporadas de convivencia diaria, de victorias (muchas) y derrotas (pocas), de dichas y sinsabores y amarguras y alborozos compartidos. Por supuesto, nada que ver con lo que unos simples aficionados podamos sentir. Pero a nuestro lejano nivel también llevamos lo nuestro, lo llevo yo al menos. En mi caso no son ya diecinueve años sino veintitrés, veintitrés temporadas desde que en la 1993/1994 se me apareció con la casaca de Wake Forest en la pantalla del Plus. Veintitrés años, casi media vida, para otros una vida entera porque no faltarán quienes ni hubieran nacido siquiera por aquel entonces. Veintitrés años, se dice pronto. Como para no echarle de menos.

Claro está, nunca sabremos qué habría sido de él si aquel dichoso huracán no hubiera marcado su vida. Probablemente habría seguido nadando, habría sido olímpico, puede que hasta hubiera cosechado medallas nacionales e internacionales, que hasta hubiera sido becado igualmente por alguna universidad americana (pero para natación, en este caso);td-agua y quizás hoy sería poco más que un probo ciudadano en su isla caribeña de Saint Croix, quizás un padre de familia como tantos otros, dedicado a sus quehaceres profesionales por la mañana y a dar clases de natación por las tardes. O no, vaya usted a saber. O quizás, aunque no hubiera mediado huracán alguno, tarde o temprano alguien al ver su estatura le habría acabado haciendo igualmente aquella mítica pregunta, chaval, y tú con lo alto que eres, ¿por qué no juegas al baloncesto? Nunca sabremos lo que pudo haber sido, sólo sabemos lo que fue. Con eso es más que suficiente.

Sólo sabemos que aquel huracán causó muchas desgracias, que arruinó muchas vidas pero que a nosotros (aficionados al baloncesto) involuntariamente nos hizo un regalo. En medio de tanta desolación, Hugo nos regaló el mejor cuatro de la historia, discútanme otras posiciones si así lo quieren pero ésa no, por favor. EL MEJOR CUATRO DE LA HISTORIA. No va a ser fácil aprender a vivir sin él.

Anuncios

EL BALONCESTO SEGÚN SAN ANTONIO (edición 2014)   4 comments

Desmontemos tópicos: (…) tal vez los Spurs sean, hoy por hoy, el equipo que mejor defiende de toda la NBA. Pero son, también, el equipo que mejor ataca de toda la NBA.

No, no nos echemos las manos a la cabeza. Pensemos fríamente en ello y descubriremos que ningún equipo mueve el balón en ataque como San Antonio (…) Ningún equipo tiene tanto equilibrio interior-exterior, ningún equipo es tan bueno en la toma de decisiones, ningún equipo abre tan bien la cancha, ningún equipo utiliza con tanta sabiduría su lado débil, ningún equipo encuentra tan a menudo la opción correcta, el jugador abierto.

Y sin embargo todos nosotros, a menudo, nos sentamos a ver a los Spurs envueltos en prejuicios: baloncesto sobrio, sólido, rocoso… Sí. Pero también suelto, fluido, alegre cuando es preciso. (…) Una verdadera fiesta para los sentidos siempre y cuando éstos estén desprejuiciados, predispuestos a apreciar en su justa medida todo aquello que tienen ante sí.

Pero eso sí: sin concesiones a la galería. Mates, los justos y necesarios; filigranas, las imprescindibles; virguerías, las justas. Otros pondrán el énfasis en el espectáculo, ellos, en el juego. Otros pondrán el énfasis en lo individual, ellos en lo colectivo. Otros buscan gustar, ellos quieren ganar. Otros miran la estética, ellos la eficacia. Ahí reside su verdadera estética.

En eso, y en la mera contemplación de ese balón que va de mano en mano, de posición a posición a la velocidad perfecta, a la suficiente para acabar volviendo loca a cualquier defensa, para que al final de cada jugada siempre encuentren a ese tío completamente solo en aquella esquina, o quizás incluso debajo mismo del aro, anotando con tal sencillez que los defensores acabarán pareciéndonos unos lelos, unos pardillos con el resuello descompuesto tras haberse pasado veinte segundos persiguiendo sombras. Y así una vez, y otra, y otra más detrás de aquel mecanismo en el que todo encaja a la perfección, en el que todo parece funcionar con la exacta precisión de un reloj suizo.

Seguramente la expresión “jugar de memoria” nunca fue más cierta que con esta gente. Tal vez los secundarios cambian pero los protagonistas permanecen, siguen siendo los mismos desde hace ya tanto tiempo que apenas si podemos recordarlo. Miremos cualquier equipo de la NBA (apenas se me ocurren dos o tres excepciones), miremos su plantilla actual y comparémosla con la de hace tres, cuatro años, y comprobaremos que ambas apenas se reconocen entre sí. Ahora miremos a la principal excepción, San Antonio: Duncan, Ginóbili, Parker, Popovich (…) Media carrera llevan juntos, toda una vida…

*****

Esto que acaban de leer lo podría haber escrito perfectamente ayer, o quizás esta misma mañana, pero aunque parezca mentira lo parí hace siete años (parece incluso mentira que ya anduviera por aquí aburriéndoles hace siete años), el 9 de junio de 2007 para ser exactos. Lo escribí como si fuera un puñetazo en la mesa, como la justa reivindicación de un equipo que me fascinaba y al que sin embargo algunos (eternos poseedores de la verdad absoluta) aún se empeñaban en negarle el pan y la sal, en vendérnoslo como el prototipo del feísmo y la espesura cuando en realidad era todo lo contrario, cuando ofrecía más espectáculo que casi cualquier otro. Sólo había que saber dónde mirar.

Llevaban ya para entonces tres anillos y apenas les restaba una semana para el cuarto, para llevarse por delante a aquellos Cavs presuntamente entrenados por Mike Brown y que giraban alrededor de un aún imberbe (si es que fue imberbe alguna vez) LeBron James. Eran otros tiempos, como lo eran en 2005 ante Pistons o en 2003 ante Nets, no digamos ya en 1999 ante Knicks. Eran otros tiempos… y sin embargo parece como si no hubiera pasado el tiempo, como si aquellos tres o cuatro años que decía yo entonces fueran ya trece o catorce a día de hoy. Cambian más algunas franquicias en quince meses (o en quince días) que lo que han cambiado éstos en quince temporadas. Casi nada sucede por casualidad.

Cambian algunos nombres, cómo no habrían de cambiar, es ley de vida. Los Bowen, Horry, Barry, Finley, Turkoglu, Nesterovic u Oberto de ayer (por citar sólo algunos) son los Leonard, Green, Mills, Belinelli, Splitter, Diaw o Joseph de hoy. Cambian tal vez las piezas accesorias (cada vez menos accesorias) pero la esencia permanece; llámese Duncan, Parker o Ginóbili, llámese Popovich, llámese idea, filosofía. Llámese EQUIPO.

Y no será porque no les dieron motivos para cambiar. A partir de 2008 el Oeste se convirtió en Territorio Lakers, Lamar y Pau sumándose a un Kobe aún en sazón, tres finales, dos anillos, Phil Jackson mediante. En 2011 se apagaron los Lakers pero emergieron (por fin) los Mavs de Dirk, en 2012 fue la hora Thunder, aquellos Durant, Westbrook, Ibaka o Harden (a quien nunca acabarán de añorar lo suficiente) cerrándoles las puertas de la puerta de la gloria. Pensamos entonces que los Spurs habían perdido su último tren…

Mentira. No lo pensamos entonces, llevábamos cinco años pensándolo. Así cayeran en final de conferencia o en primera ronda ante los Grizzlies daba igual, cada derrota llevaba aparejado el comentario, se acabó, estaban ante su última oportunidad, ya son mayores, todo tiene su fin, deberán reconstruir, es ley de vida. O no. Donde otros perderían el culo por ponerlo todo del revés ellos simplemente tiraban de draft, de fondo de armario internacional y de una buena dosis de sentido común. Añádase tal vez algún ajuste fino en el mercado libre y a tirar, para qué más. ¿Reconstruir, dice usted? Eso es de pobres (de espíritu), de quienes se caen a pedazos, tantas y tantas franquicias que se afanan en reconstruir cuando jamás fueron capaces de construir nada. Allá cada cual con sus escombros pero a nosotros déjennos en paz, tenemos un edificio sólido, algo viejo acaso pero aún firme, algún que otro parche, una buena mano de pintura y como nuevo. Cuántos lo quisieran.

Y si en 2012 (y anteriores) pensamos que se les había escapado su último tren, qué decir ya de 2013. Aquella inmolación del sexto partido, aquel Ray Allen salvándoles una vez más la vida a los Heat… Era el final, forzosamente tenía que serlo, cómo no habría de serlo si en junio de 2014 Duncan ya tendrá (tiene) 38 años, si Ginóbili estará a punto de cumplir los 37, si Parker y su paisano Diaw andarán ya en los 32. Tanto poner como ejemplo a los gatos porque (supuestamente) tienen siete vidas, y qué, si eso no es , unos mediocres los gatos, a partir de ahora no diga más vidas que un gato, diga más vidas que los Spurs. Será por trenes.

Quién nos lo iba a decir, que aquellos otrora tan denostados Spurs acabarían convirtiéndose en el equipo de América, que en este caso es tanto como decir el equipo del mundo entero. Miren el mapa y comprobarán que 49 de los 50 estados de la Unión van con San Antonio, que sólo en Florida van con Miami, será quizá porque tampoco hayan preguntado mucho en Orlando.apoyoSpursHeat Habrá quien diga que los encuestados no quieren tanto que ganen los Spurs como que pierdan los Heat, bien por romper la tendencia de estos últimos años o bien por la odiabilidad que aún pueda generar LeBron. No niego que dicho componente pueda existir, pero desde luego no es mi caso y tampoco creo que sea el de la mayoría. LeBron pudo generar rechazo hasta 2011 pero desde entonces (desde que se humanizó, derrota ante Mavs mediante) genera mucha más admiración, la que merece el mejor jugador de baloncesto de este tiempo y uno de los mejores de todos los tiempos, sin discusión. Vale, aún habrá quien quiera que pierdan los Heat (como habrá quien quiera que ganen) pero somos muchos más quienes simplemente queremos que ganen los Spurs, sin necesidad de mirar al de enfrente: porque su baloncesto enamora, porque es el juego que más se aproxima a la perfección, porque es el fruto de un verdadero equipo y no de una mera suma de individuos, aún por portentoso que sea alguno de esos individuos. Por pura armonía.

¿Se imaginan? ¿Duncan y Popovich ganando su quinto anillo quince años después de haber ganado el primero, Parker y Ginóbili ganando el cuarto cuando han pasado ya once temporadas desde que se estrenaron, todos ellos retornando a lo más alto de un cajón del que se apearon hace ya siete largos años? No es ya que haya llovido (sí, incluso en San Antonio), es que ha caído la de dios. Y ahí siguen. Y ahí vuelven. ¿Se imaginan? Sé que me emocionaré si ello sucede, me emocionaré como si fuera un equipo de aquí al lado de mi casa y no el de una ciudad a la que muy probablemente no viajaré jamás en mi vida (ni con la imaginación siquiera), me emocionaré como si me hubiera ido la vida en ello. Me emocionaré sobre todo, por encima de todos, por Manu, mi Manu, ya no debilidad absoluta sino en un escalón superior, quizá el único jugador del que me compraría la camiseta si aún estuviera en edad de comprarme y ponerme camisetas. Pero también por ese Duncan al que conocí (televisivamente) hace ya más de ¡¡¡20 años!!!, cuando aún era freshman en Wake Forest; también por ese Parker al que conocí (Antonio Rodríguez mediante) en aquel inolvidable Nike Hoop Summit del 2000; también por tantos otros de los nuestros, il Bello Belinelli, el tan orondo como inteligentísimo Diaw, el australiano de St. Mary’s Patty Mills. Y también, cómo no, por Splitter, nuestro Tiago, quién se lo iba a decir cuando nos llegó hecho un crío desde Brasil, cuando se hacía a diario el trayecto Bilbao-Vitoria en aquellos interminables primeros años, cuando se forjó a fuego a la vera de Dusko, quién se lo iba a decir incluso cuando fue MVP de la ACB, que algún día tal vez podría presumir también de anillo NBA. Ojalá…

Claro está que también puede suceder que pierdan, que ahí nos veamos otro año más repitiendo que se acabó, que éste ya sí era el último de entre todos los últimos trenes posibles. O no. Qué duda cabe, tarde o temprano dejarán de pasar trenes por San Antonio, es ley de vida. Quizás aún puedan subirse en marcha en 2015, difícil será que puedan ya hacerlo en 2016. ¿Pero saben qué les digo? Que aunque ya no pasen trenes ellos aún seguirán esperando en el andén, conscientes de que si alguna vez vuelve a pasar la única manera de cogerlo será que te pille en la estación. Saltemos otros siete años en el tiempo, imaginemos a Parker dirigiendo con la edad que ahora mismo tiene Duncan, imaginemos a Qué Guay Leonard convertido en la nueva megaestrella de los Spurs, imaginemos (puestos a imaginar) a un Splitter en plena madurez reconvertido en uno de los mejores cénters de la Liga, imaginemos a Duncan sentado en la grada a la vera del Almirante y a Ginóbili sentado en el banquillo a la vera de Pop, preparado para sucederle en breve plazo… Quien sabe, quizá para entonces (si aún estoy en este mundo, y en este blog) escriba el baloncesto según San Antonio (edición 2021), y lo empiece citando todas estas chorradas que escribí en 2014. ¿Imposible? Tan imposible como me habría parecido en 2007, si alguien me hubiera dicho entonces que escribiría esto mismo siete años después. Imaginar es libre, y es gratis. Y por ahora no hace falta ir tan lejos, no hace falta esperar siete años, nos vale ir relamiéndonos con lo que pueda suceder dentro de siete días, quizás alguno más. ¿Se imaginan…?

WIGGINS, EMBIID, KANSAS   2 comments

Unos llevan la fama y otros cardan la lana, que decía mi abuela (supongo que además de mi abuela lo diría más gente pero yo por si acaso lo aclaro, no fuera a ser sólo suya la frase). La fama la lleva la Universidad de Kentucky, habitual paraíso del caliparismo o lo que viene siendo lo mismo, de los novatos de usar y tirar (también llamados one and done). Pero la lana también la cardan otros además de la propia Kentucky. La carda por ejemplo la no menos prestigiosa Universidad de Kansas, Jayhawks para los amigos, que este año cuenta en su rotación con la friolera de seis freshmen de los que dos no es ya que sean candidatos al one and done sino que son candidatos incluso a entrar en el Top5 del próximo draft. Y hasta puede que me esté quedando corto, habrá que ver cómo evolucionan los acontecimientos en los próximos meses pero créanme que a día de hoy no sería descabellado que ambos fueran nada menos que las elecciones 1 y 2 del susodicho draft. Paso a presentárselos (aunque sospecho que a estas alturas ya les conocerán de sobra): a ambos dos, y de paso al resto de Jayhawks 2013/2014.

¿Qué les cuento yo a estas alturas de Andrew Wiggins que no sepan ya? Dicen quienes miden estas cosas que desde los tiempos de un tal LeBron James no ha habido otro jugador de instituto que recibiera tanto seguimiento mediático, y aunque hayamos de recordar que también nos pusieron la cabeza mala en su día con Oden, Durant o Wall (por ejemplo), no seré yo ahora quien les lleve la contraria. Pero no estará de más contarles por si aún no lo supieran que Wiggins es canadiense de la parte de Ontario, que es hijo del ex jugador de Bulls, Rockets y Sixers Mitchell Wiggins y de la ex medallista olímpica y aún hoy recordwoman canadiense de 400 metros lisos Marita Payne, que ambos padre y madre se formaron y conocieron en la Universidad de Florida State (razón por la cual los Seminoles estuvieron hasta el último momento en la carrera por llevársele al huerto) y que además tiene dos hermanos mayores llamados Mitchell y Nick jugando también en NCAA, en la lejana Southeastern y la vecina Wichita State respectivamente. Andrew Wiggins vendría a ser un dos/tres (aquí más tres que dos, cabe esperar que en NBA será más dos que tres) de físico espectacular y talento muy por encima de la media, que no destaca tanto por su tiro (lo mejorará, sin duda) como por su agresividad de cara al aro contrario. Y que además tiene una cualidad fundamental a estos niveles, que es que no elude el choque jamás. Otros van encebollados hacia el aro, se les plantifica allí en medio el defensor y puede suceder que se lo coman con patatas (con la consiguiente falta en ataque) o bien que se paren a buscar otras opciones. Él no, el tira p’alante como si tuviera la canasta entre ceja y ceja, y como además sucede que tiene dos muelles por piernas, un tren superior importante y una portentosa velocidad y/o flexibilidad para cambiar de ritmo y/o dirección (y una consideración arbitral por encima de la media, también, es lo que tiene ser famoso) pues por lo general se las apaña para salirse con la suya y que la falta se la coma el defensor. Y si le hacen dos contra uno pues mejor que mejor (para él, se entiende), de hecho esa es quizá su principal imagen de marca, la que verán en cualquier vídeo, su innata capacidad para tirar de potencia, encontrar la ranura y meterse por el medio dejando a ambos dos defensores con un palmo de narices. Obviamente en NBA no le será tan simple, los músculos profesionales no son tan fáciles de voltear pero denle tiempo y seguro que también encontrará la manera.

Todo lo cual por supuesto está muy bien, pero yo no sería yo (ni me aguantarían lo que aguantan) si no les contara también la otra parte. Creo haberme visto ya como una docena de partidos de Kansas (no llevo la cuenta, quizás esté exagerando pero ocho o nueve desde luego que no me los quita nadie) y todavía a estas alturas no me atrevería a asegurar que Wiggins sea un ser humano. Todavía no le he visto jamás sonreír, ni celebrar, ni alegrarse, ni cabrearse, ni protestar, ni exteriorizar frustración ni mostrar ninguna clase de emoción ni hacer la más mínima mueca que me haga pensar que siente y padece, que detrás de ese impasible gesto de esfinge se esconde un jugador de carne y hueso y no un mero robot programado por ordenador. Probablemente corra sangre por sus venas pero él se esfuerza concienzudamente en disimularlo, de hecho no estaría de más que algún día le pincharan para que pudiéramos salir de dudas. Claro que ustedes me dirán (cargaditos de razón, como no podría ser de otra manera) que a ver si todo esto que les cuento tiene algo que ver con su juego. Pues no necesariamente… o eso creía yo, al menos. En sus primeros partidos pensé que esa frialdad gestual no se correspondía en absoluto con su puesta en escena sobre la cancha, que acaso fuera sólo una pose o una actitud ante la vida pero que en modo alguno repercutía en su desempeño. En cambio en estos últimos encuentros me ha dejado más dudas al respecto, véase por ejemplo el que jugó el sábado 18 de enero ante el gran Marcus Smart y sus aguerridos cómplices de Oklahoma State. Duelo en las trincheras, cuentas pendientes para dar y tomar, cuchillo entre los dientes, tanganas por doquier, uno de esos choques que (por recurrir al tópico) separan a los niños de los hombres. En semejantes circunstancias fueron muchos los que se engrandecieron para firmar un duelo formidable (que acabó llevándose al huerto Kansas por un ajustado 80-78) pero no así Wiggins que casualmente aprovecho la refriega para firmar su peor actuación de la temporada, apenas 3 puntos y 2 rebotes en 23 minutos sobre el parquet. Desaparecido en combate, nunca mejor dicho. Prefiero pensar que fuera un hecho puntual, sin más, prefiero (por ahora) pensar que toda esa frialdad sea una pose. Lo que sí es cierto es que se contagia, y quizá por eso a mí a día de hoy Wiggins me deja mucho, muchísimo más frío que sus coetáneos Jabari Parker y Julius Randle, no digamos ya su compañero Embiid…

Vi jugar por primera vez a Joel Embiid allá por la pasada primavera, durante uno de esos saraos que algunas afamadas marcas montan para que vayamos conociendo a las estrellas del mañana que aún se encuentren en edad de merecer: McDonald’s All American, Nike Hoop Summit, Jordan Brand Classic y demás eventos varios para yogurines de instituto, ya saben. Me puse a verlo (previa descarga más o menos clandestina) buscando todos esos nombres con los que nos venían bombardeando ya desde meses atrás, los Wiggins, Parker & Randle pero también otros como Aaron Gordon, Tyler Ennis, James Young, Chris Walker o los gemelos Harrison por ejemplo. De Embiid nada esperaba porque nada sabía, de hecho hasta ese momento ni le había oído nombrar siquiera. Pensé nada más verle que sería otro de tantos sietepiés africanos como brotan en estos días pero bastaron apenas un par de movimientos de espaldas al aro para descubrir que no era eso, o que no era sólo eso, que ahí había mucho más que un mero físico. Luego empezó la temporada y de entrada fue suplente, pensé como tantas otras veces que me habría venido arriba fruto de uno de mis habituales ataques de debilidad… hasta que le vi aparecer, para descubrir finalmente que no sólo no me había pasado sino que me había quedado corto. Más allá de su tamaño, más allá de su intensidad, más allá de esos brazos de grúa que le permitían taponar a diestro y siniestro todo lo habido y por haber resultaba que este tío además sabía jugar, y cómo. Te maravillaba que aún en su primer mes como universitario tuviera ya ese juego de pies, pero aún más te maravillaba cuando te contaban que la criatura apenas llevaba un par de años practicando el baloncesto, que antes sólo había jugado al fútbol o al voleibol en su Camerún natal (hecho éste que provocó el asombro del histórico a la par que histriónico analista de la ESPN Dick Vitale, sorprendido al parecer de que existiera el voleibol en Camerún). Si en tan corto espacio de tiempo había conseguido ya desarrollar tan amplia gama de movimientos, producía casi vértigo pensar hasta dónde podría llegar en cuanto progresara un poco más.

Claro está, de inmediato se dispararon del cero al infinito sus previsiones pre-draft, de inmediato rebasó a Parker, Randle, su compañero Wiggins y demás familia, de inmediato se instaló en un número 1 del que ya no habrá quien le mueva (que por mucho que nos quieran cambiar este juego la carne de cénter bueno sigue cotizándose más que cualquier otra)… y de inmediato comenzaron las odiosas comparaciones, también. Con su procedencia, su físico y sus maneras era sólo cuestión de tiempo que a alguien le diera por rebautizarle como el nuevo Olajuwon, yo no sé usted que pensará al respecto pero a mí estas cosas como que me dan mucho miedo. El cementerio (baloncestístico, entiéndase) está lleno de nuevos Jordan, nuevos Magic, nuevos Bird o nuevos Petrovic por poner sólo cuatro ejemplos, un montón de chavales a quienes desde el comienzo les colgaron ya un cartel con el que apenas pudieron durante el resto de sus carreras. Aquellos que alucinamos con el bailarín de claqué tenemos aún tan fresco ese recuerdo que si alguien viene a hablarnos del nuevo Olajuwon es como si nos diera una patada en el hígado. ¿Jugamos a las comparaciones? Miren, yo no llegué a ver a Olajuwon en su etapa universitaria (y bien que lo siento) pero sí les diré que en los años que llevo viendo NCAA sólo recuerdo otro jugador que tuviera ya en su año freshman unos movimientos de espaldas al aro similares a los de Embiid (y aún mejores, incluso), un chaval que jugaba en la Universidad de Wake Forest (pudimos verle aquí gracias a que allí jugaba también un paisano nuestro llamado Ricardo Peral y por eso nos televisaron unos cuantos partidos, si no de qué), provenía de Islas Vírgenes y se llamaba Tim Duncan, tal vez les suene. Duncan luego coincidió con David Robinson y ello le hizo evolucionar hacia la posición de cuatro, hoy bien podemos decir que es quizá el mejor cuatro de la histora pero créanme que de haberse quedado en el cinco también sería hoy uno de los mejores de la historia (y eso ya son palabras mayores). ¿Y voy a decir yo por todo ello que acaso Embiid pueda ser el nuevo Duncan? Pues no, ni loco, ni por asomo (entre otras cosas porque son muy diferentes). Joel Embiid es Joel Embiid, punto, con eso a día de hoy tiene más que suficiente. Recuérdenlo cuando dentro de veinte o treinta años emerja otro pívot de parecido origen y similares características y alguien nos lo venda como el nuevo Embiid. Al tiempo.

Joel Embiid tiene también defectos, sólo faltaría que no los tuviera a tan corta edad y con el poco tiempo que lleva en esto. Uno es obvio y se le curará con los años, la toma de decisiones, el saber cuándo es más adecuado irte por un lado o por el otro, cuándo es mejor jugártela o sacarla (la pelota), cuándo conviene irte al tapón o calmar tus ímpetus… El otro defecto me resulta mucho más preocupante, y creo que si no lo domestica le va a dar grandes quebraderos de cabeza a lo largo de su carrera: Embiid es… (¿cómo se lo diría?) de mecha corta, basta con que le acerques un poquito una cerilla para que explote sin remedio. Embiid tiene pinta de ser (mera elucubración, quizá me equivoque) demasiado noble, el típico chaval criado sin malicia ninguna en las praderas y los descampados de su Yaoundé natal y que no está acostumbrado a que nadie venga a buscarle las cosquillas. Y otra cosa no, pero a estos niveles del hipercompetitivo baloncesto USA los buscadores de cosquillas y los prendedores de cerillas están a la orden del día, me temo. Quien le busca le encuentra, basta con que se lo sepan para que buscarle deje de ser una mera circunstancia del juego y pase a convertirse en estrategia. Si está por ver que Wiggins tenga sangre en las venas resulta en cambio evidente que Embiid tiene demasiada, tal vez no les vendría mal una transfusión mutua, ese mismo duelo al sol ante los Cowboys de Oklahoma State del que antes les hablaba fue también una buena prueba al respecto. Por la posición que ocupa a Embiid le van a dar más que a una estera y no le van a pitar ni la cuarta parte de lo que le den, mejor será que se vaya haciendo a la idea por la cuenta que le tiene. Hoy al tercer mandoble que le sacuden saca el codo (y anda que tiene poco codo la criatura), eso en un baloncesto como éste en el que los codos te los miran con lupa es casi pecado mortal. En lo que llevamos de Big12 sale casi a sanción disciplinaria (técnica o flagrante) por partido, y esto no ha hecho sino comenzar. Ojalá lo controle.

Estos Jayhawks no son sólo Wiggins y Embiid, aunque demasiadas veces lo parezca. Son también otros freshmen de postín como (sobre todo) Wayne Selden Jr., poderoso escolta que en cualquier otra universidad levantaría pasiones y desataría ríos de tinta pero que aquí en cambio queda un poco ensombrecido por los dos bichos antes mencionados, cabe suponer que a partir de la próxima temporada llegará su momento siempre y cuando no se precipite y se tire en plancha al draft, que no debería pero vaya usted a saber; como freshman es también el base Frank Mason, que empezó la temporada como titular hasta que quedó claro que estaba aún más tierno que una lechuga para tan alta empresa, con tiempo y paciencia llegará a ser importante pero por ahora no pasa de brote verde que aporta energía y vitalidad desde el banquillo; como freshmen son también Conner Frankamp y Brannen Greene, eficientes escoltas de buena mano y mejor pinta (sobre todo el segundo), que aparecen aún de pascuas a ramos en la rotación pero con los que seguro que nos iremos familiarizando en años venideros.

Pero no sólo de novatos vive Kansas, no vayan a pensar, de hecho estos Jayhawks apenas serían nadie (aún a pesar de todo lo mencionado) si no fuera por el poso y la solidez que le aportan tipos como Naadir Tharpe, base junior ya consolidado como titular tras el fallido experimento Mason: no es la ilusión de mi vida como director de juego pero cumple con creces el expediente; o como el sophomore Perry Ellis, indiscutible cuatro titular y pieza fundamental por intensidad y calidad, por la cantidad de cosas que aporta y hasta por la atención que recibe y los espacios que genera para facilitar así (aún más si cabe) la eclosión de Embiid; o como la imponente pareja interior que acostumbra a dar el relevo a Ellis y Embiid, a saber, el sophomore Jamari Traylor y el sénior (transfer desde Memphis) Tarik Black, genuino tipo duro de esos que es preferible tener como amigo que como enemigo por lo que pueda pasar. Todos ellos componen el (para mi gusto) mejor equipo que haya tenido Kansas en estos últimos años, al menos desde aquel que se alzó con el título en 2008. Mejor sin duda que el que fue finalista en 2012 agarrado a los fornidos brazos de Thomas Robinson, mejor sin duda que el que hace apenas diez meses flirteó también con la Final Four sin más argumento que (el ligeramente sobrevalorado) Ben McLemore. Uno y otro equipo demostraron una vez más la probada capacidad de Bill Self para sacar petróleo de las piedras, miedo da pensar lo que pueda extraer este año de la mina de oro que tiene a su disposición. Luego pasará lo que tenga que pasar (que es bien sabido que una mala noche en marzo puede arruinarte una temporada entera) pero a día de hoy no veo a nadie con más argumentos que ellos para alzarse con el título a comienzos de abril (y cuando digo nadie quiero decir nadie, es decir, ni los invictos Arizona o Syracuse, ni Michigan State, Wisconsin, Duke, Kentucky, Florida o cualesquiera otros que usted pueda imaginar). Esperemos acontecimientos.

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

desagraviando a LeBron   1 comment

Hace ya más de un año que le debo un post a LeBron James. Hace ya más de un año, quizá desde el día aquel en que ganó su primer anillo, desde entonces llevo dándole vueltas sin haber conseguido empezarlo nunca. Un post de desagravio en cierto modo, porque no creo haber sido jamás injusto con LeBron pero puedo admitir que alguna vez no fui del todo justo. No fui justo cuando ponderé sus portentosas capacidades físicas y me olvidé de ponderar sus cualidades técnicas, no fui justo cuando pegó la espantá tras la derrota ante Orlando, no fui justo cuando anunció su traspaso a Miami, aún menos justo fui cuando su ego desmedido mordió el polvo ante Nowitzki… No fui justo o puede que (a mi manera) sí lo fuera, puede que lo injusto no sea tanto lo que escribí entonces como lo que no escribí después. Por eso digo que le debo un desagravio, veremos ahora si lo consigo…

Pero antes de nada me curaré en salud, porque sé que habrá quien (sólo a partir de este primer párrafo) me haya situado ya en esa extraña categoría que ahora solemos llamar haters. ¿Haters? Hasta donde alcanzo a recordar el verbo to hate significa odiar, ergo haters debería significar odiadores aunque el señor gúguel tenga a bien traducírnoslo por aborrecedores, supongo que porque el término odiador no existirá en castellano. Hater vendría a ser un extraño cajón de sastre que englobaría a los críticos, a los tibios, a los indecisos e incluso a aquellos que un día puntual dejan de cantar sus alabanzas para decir que ha estado mal, como si eso pudiera ser posible:  ya han salido a relucir todos los haters de LeBron, estaban ahí todos agazapados en sus madrigueras esperando a que hubiera una oportunidad, estas cosas y otras peores hubimos de leer en Twitter tras el tercer partido de la Final, aquella enorme paliza en San Antonio. No sé, yo desde siempre tengo debilidad absoluta por Manu Ginóbili o por Sergio Rodríguez (cada uno a su manera), lo saben ustedes de sobra, y sin embargo ello no me impide reconocer que la mayoría de los partidos de sus respectivas finales los jugaron ambos dos casi como el culo, me duele en el alma reconocerlo pero es así y lo tengo que reconocer. Pero claro, una cosa es la debilidad absoluta y otra ya el enamoramiento o la enajenación mental transitoria, una cosa es admirar a un determinado jugador y otra es mirarlo como si fuéramos crías de trece años mirando a Justin Bieber, no sé si me explico (y ustedes disculpen porque sé que la comparación no es muy adecuada, pero es lo que hay). Supongo que fueron demasiados años de tirarnos todos (unos más que otros) al cuello de LeBron y que a partir de ahí muchos fans ultramontanos acabaron desarrollando una especie de paranoia que hoy les impide distinguir entre opinión, crítica y odio. No estaría de más que se relajaran: a estas alturas, dos anillos mediante, no creo que quede nadie en su sano juicio que no reconozca los méritos de LeBron. Y aún menos creo que nadie odie (lo que yo entiendo por odiar) a LeBron.

Claro que también puede pasar que el hate en inglés no suene tan fuerte como aquí el odio. En castellano lo contrario de gustar no es odiar ni aborrecer, es más bien no gustar, disgustar en todo caso. Odiar sólo sería lo contrario de amar, de hecho odio y amor suelen ser dos caras de una misma moneda, difícilmente podrían entenderse el uno sin el otro, difícilmente puedes odiar de verdad a alguien a quien no hayas amado antes, había una vieja canción (más vieja que yo, incluso) que lo explicaba bastante bien…

Ódiame por piedad, yo te lo pido 
ódiame sin medida ni clemencia 
odio quiero más que indiferencia 
porque el rencor hiere menos que el olvido 

Si tú me odias quedaré ya convencido 
de que me amaste, mujer, con insistencia 
porque ten presente, de acuerdo a la experiencia 
que tan solo se odia lo querido

Pero no estarán ustedes para filosofías baratas a estas horas (sean cuales sean estas horas) así que seré más concreto. No odio a LeBron, no creo haberle odiado jamás… quizá porque tampoco le amé jamás, hasta ahí podíamos llegar. De hecho no creo haber odiado a nadie jamás en mi vida, soy así de raro, y miren que en estos últimos tiempos la actualidad nos pone a güevo unos cuantos nombres para odiar cada mañana pero oigan, que ni por esas. Antipatía, rechazo, desprecio, todo lo que ustedes quieran pero no odio. Quizá porque tampoco les amé antes…

No odio ni odié nunca a LeBron, pero sí habré de reconocer que hubo un tiempo en que me resultó profundamente antipático. Hubo un tiempo en que no soportaba sus patochadas, el numerito aquel de la foto (y sus compañeros tirándose por el suelo cuando disparaba, descacharrados de la risa), el numerito de los polvos de talco, tantos otros. No soportaba su mezquindad descojonándose de los rivales desde el banquillo con el partido ya resuelto, no soportaba esa manera de humillar a un compañero echándole broncas desproporcionadas en público (recuerdo una a Varejao sencillamente apocalíptica), no soportaba esa indignidad de marcharse derrotado al vestuario sin pararse a dar la mano al vencedor (en honor a la verdad habré de reconocer que en esto no fue el primero ni fue el último, este mismo año sin ir más lejos también hemos tenido algún otro ejemplo; y me pareció igual de mal, por supuesto). No soportaba que se montara (con la complicidad del operador televisivo, tampoco lo olvidemos) un programa de siete horas para anunciar que se llevaba todos sus talentos a South Beach, manda narices con la frasecita de marras, para anunciar eso le habrían bastado cinco segundos. No soportaba que se creyera dios y que se empeñara en demostrárnoslo a cada paso que daba, llámenme hater si así lo quieren, nunca lo fui pero llámenmelo si se quedan más a gusto.

Puede que cambiara yo, no les digo que no. Pero lo que sí tengo claro es que sobre todo cambió él. Hay en toda esta historia un punto de inflexión, un antes y un después, no descubro nada entre otras cosas porque él mismo lo dijo. Aquella noche de junio de 2011 en que se consumó su derrota ante los Mavericks LeBron debió hacerse muchas preguntas, probablemente siguió haciéndoselas una y otra vez durante las noches siguientes, durante todo aquel verano. Aquella fórmula retórica que repetía una vez tras otra en aquel anuncio que protagonizó unos meses antes, what should I do, qué se supone que debería hacer yo, probablemente dejó de ser ficción publicitaria para convertirse en una pura realidad que repiqueteó noche tras noche en su cabeza. El resultado de aquel periodo de reflexión fue que LeBron bajó a la Tierra, que el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, que dejó de ser dios y se hizo humano. Y entonces sucedió lo que parecía evidente, lo que cualquiera podría haber imaginado: de dios no se había comido nunca una rosca por su incapacidad para adaptarse al reino de los humanos, en cambio de humano su superioridad es absoluta ya que no existe ningún otro ser humano sobre la faz de la Tierra que se le pueda comparar. Lástima que tardara tanto en darse cuenta.

LeBron es el hombre biónicosi tuviéramos la capacidad de diseñar por ordenador al jugador perfecto muy probablemente nos saldría una cosa así. LeBron James es al baloncesto lo que (salvando las distancias) Jonah Lomu fue al rugby hace veinte años, un prodigio físico y técnico adelantado en (pongamos) medio siglo a su tiempo. Pero LeBron James no es sólo físico, quítenselo de la cabeza cuanto antes, si sólo fuera físico sería Dwight Howard, afortunadamente no es el caso. La naturaleza es muy importante pero no lo es todo, no se juega como lo hace LeBron ni se defiende como defiende LeBron ni se llega a donde ha llegado LeBron sin que haya mucho, muchísimo trabajo detrás. Tienes el físico, tienes los fundamentos, faltaba acaso la madurez pero ese tema empezó también a resolverse hace un par de años como ya quedó suficientemente explicado en el párrafo anterior. No creo que hoy nadie discuta ya que LeBron es ahora mismo el mejor jugador de baloncesto sobre la faz de la Tierra. Ya otra cosa es que además sea el que más nos guste.

No les voy a engañar, esta pasada Final fui con San Antonio, fui con San Antonio como en 1999, 2003, 2005 y 2007, fui con San Antonio como vengo haciéndolo casi desde siempre, desde que nos los vendían como la viva imagen del cemento hasta el punto de que hubo un tiempo en que llegué a sentirme como un antisistema (o aún peor, como un purista), de que en este país llegó casi a estar mal visto ir con los Spurs. Fui con San Antonio por Ginóbili, Duncan, Parker y ahora también por Leonard, fui con San Antonio porque me encanta de toda la vida de dios verles mover el balón, porque a mí se me gana por lo colectivo, porque me priva ver a un equipo y no a una mera suma de individuos. Fui con San Antonio y sólo yo sé el cabreo que me llevé al trabajo en la mañana del miércoles 19 de junio tras pegarme el madrugón para ver aquel sexto partido, suelo decir (a mi hijo se lo he dicho más de una vez) que la alegría por una victoria nos puede durar toda una vida pero la tristeza tras una derrota nunca debería durarnos más de cinco minutos, al fin y al cabo esto es sólo un juego y no nos va la vida en ello, suelo decirlo y además suelo cumplirlo pero aquel día fui incapaz, aquel disgusto me duró toda la mañana, puede que aún me dure (si bien ya convenientemente asimilado) a día de hoy. Lo vi tan cerca que fue casi como si me lo arrancaran de las manos, curiosamente en el séptimo mi disgusto fue mucho menor, supongo que lo tenía ya plenamente asumido con antelación. Fui con los Spurs como fui también con los Pacers (por Hibbert y George pero también por Vogel y su sentido colectivo del juego) en la Final del Este, como fui también con los Thunder (por Durant, Ibaka y aún entonces Harden, aunque ahí su sentido colectivo del juego deje mucho que desear) en la Final de 2012. Suelo ir con los equipos que me gustan, también habría ido con Memphis, Denver o Golden State en una hipotética final si se hubiera dado el caso, créanme que mi forma de entender el deporte es ir con y nunca ir contra… pero no les voy a negar que me cuesta mucho trabajo ir con los Heat, de tal manera que casi siempre acabo encontrando razones para ir con el equipo que juegue contra los Heat. Con Miami en general me pasa como con LeBron en particular: me impresiona, me abruma, casi me intimida… pero no me seduce. Y a mí (aún a mis años) todavía se me entra por la seducción.

Creo sinceramente que llegará el día en que LeBron sea considerado uno de los GRANDES de la historia de este juego, y fíjense que no digo grande (que eso lo es ya) sino GRANDE, con mayúsculas. Creo sinceramente que cuando dentro de veinte, treinta o cincuenta años (si todavía estamos por aquí, cosa improbable) nos pongamos a hacer como tantas otras veces el quinteto ideal de toda la historia NBA tendremos que incluirle, aún por mucho que nos duela aquél al que tengamos que quitar para ponerle a él. LeBron a día de hoy tiene 28 años y medio, es decir que su exuberante físico aún se tomará un tiempo antes de empezar a declinar, su conocimiento del juego en cambio seguirá creciendo día tras día. Estoy casi convencido de que LeBron al final tendrá razón en su pronóstico del día en que se presentó en Miami, cuando se puso a contar presuntos anillos con los dedos y le faltaron dedos: no uno, no dos, no tres, no cinco… Algún día utilizaremos el concepto dinastía para referirnos a estos Heat, tanto más gracias a los buenos oficios de la franquicia a la hora de encontrar los parches adecuados para cada ocasión: allá a donde no lleguen LeBron, Wade o Bosh siempre quedará un Battier, un Mike Miller, un Chris Andersen o un Ray Allen para sacarles las castañas del fuego. Es así, así habré de asumirlo aunque no me entusiasme pero no me pidan además que lo disfrute. Lo contemplaré, lo admiraré y me aguantaré (más o menos por ese orden) más que nada porque no me quedará otra, pero no me pidan además que me enamore. Seguiré prefiriendo el modelo fino estilista al modelo apisonadora, mi corazón (baloncestístico, entiéndase) seguirá estando con los Durant, Stephen Curry o Tim Duncan de la vida, o con los Olajuwon, Worthy, Penny Hardaway o Brad Daugherty por poner también algún ejemplo (variado, surtido) de otro tiempo. Soy así, qué le voy a hacer, supongo que a estas alturas ya va a ser difícil que cambie, supongo que por ser así no faltará quien interprete este presunto (intento de) desagravio como todo lo contrario, quien incluso me vuelva a colgar el cartel de hater… Como dijo el torero, ha de haber gente pa tó.

el Mejor   1 comment

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 31 de mayo de 2013)

De alguna manera es un salto cualitativo. Hasta ahora habíamos mandado a nuestras criaturas a hacer las américas, hasta ahora nos habíamos sentido orgullosos de ellos (incluso de aquellos que más pronto que tarde hubieron de volverse con el rabo entre las piernas), hasta ahora habíamos presumido de tener a uno de los mejores jugadores interiores de la NBA (caso de Pau), algún año también pudimos presumir de tener a uno de los mejores bases de la Liga (caso de Calde) y aún a veces nos lanzamos al ruedo y presumimos de tener a uno de los tíos con más y mejor futuro de esa competición (caso de Ricky). Pero eso, siempre en plural, nunca en singular. Siempre uno de los mejores, nunca el mejor. Nunca… hasta hoy. Hoy ya sí. Por fin.

Acaso piense que me estoy refiriendo a Marc Gasol, y en ese caso habré de reconocerle que evidentemente está usted en lo cierto. Acaso crea que me estoy refiriendo a su reciente nombramiento como Mejor Defensor del Año, y en ese caso habré de decirle que está usted absolutamente equivocado. Pero antes de que se me tire al cuello al grito de ya está aquí el tocahuevos éste tirando por tierra nuestros magníficos logros a escala internacional, permítanme al menos que me explique: yo no le habría dado a Marc Gasol ese premio al Mejor Defensor, y no se lo habría dado por pura coherencia personal, porque ya en alguna ocasión despotriqué acerca del hecho de que de un tiempo a esta parte la NBA sólo reparta dicho galardón entre los pívots como si sólo ellos defendieran, como si defender bien fuera sólo intimidar, plantificarte allí en medio de la zona y poner tapones, como si cualquier otra manera de parar reglamentariamente a un rival no mereciera ser tenida en consideración. Antaño fueron Ben Wallace o Mutombo, más recientemente (reiteradas veces) Dwight Howard, el pasado año Chandler, éste Marc, más pronto que tarde lo será Ibaka. Créanme que nadie estará más contento que yo (igual es posible, más es difícil) por el hecho de que a nuestro Gasolito le haya caído en gracia este premio, pero una cosa es eso y otra no reconocerle que yo tal vez se lo habría dado antes al abrasivo LeBron James o en su defecto a cualquiera de los machakas que pueblan esa Liga, quién sabe si a su mismísimo compañero Tony Allen. Es un premio raro éste de Defensor del Año, tan raro es que hasta puede suceder que el Defensor del Año no forme parte del Quinteto Defensivo del Año, cualquier año sucederá (precedentes hay al respecto) que el MVP de la Liga no forme parte del Quinteto Ideal de la Liga, si algo así pasara en ACB se nos llevarían los demonios (de hecho ya se nos llevan sin que pase), en cambio allí nos cuentan que es que son votantes diferentes, mire usted, y sólo con eso ya nos parece de lo más normal. Somos así.

Ahora bien, es posible que usted con su natural perspicacia aprecie una contradicción entre mi satisfacción del primer párrafo y mi discrepancia del segundo, así que déjeme que le explique: no creo que Marc Gasol sea el Mejor Defensor de la Liga, pero sí creo firmemente que es (no uno de los mejores, sino) el Mejor en otro aspecto muy concreto de dicha Liga. Marc, permítaseme el atrevimiento, es a día de hoy el mejor cénter puro de la NBA. Repito, cénter puro, o pívot puro o cinco puro si así lo prefieren. Repito una vez más, a día de hoy.

Escribí esto mismo en Twitter hace algunas semanas y por si acaso me curé en salud, por si acaso empecé advirtiendo que no soy precisamente de aquellos que suelen pecar de chauvinismo, no me fueran a linchar. Y contra todo pronóstico no me linchó nadie, contra todo pronóstico casi todo dios me dio la razón, si acaso alguno prefirió puntualizar que lo sería igualado con Fulano o que estaría al mismo nivel que Mengano, pudieron encontrarle alguno a su altura pero nadie, nadie por encima. Nadie a día de hoy, insisto en ello, hace apenas un año aún le situábamos en tercer lugar pero hoy aquellos dos primeros clasificados andan desaparecidos o en vías de desaparición: Andrew Bynum no ha vuelto a jugar ni tan siquiera un segundo desde entonces, sumido al parecer en una peculiar convalecencia que no le impide viajar por todo lo largo y ancho de este mundo ni participar en los más variopintos saraos, inclúyanse tablaos flamencos y demás antros y garitos de la noche madrileña cuando es menester. En Philadelphia estarán contentos. Y el inefable Dwight Howard prosigue su interminable viaje hacia la insignificancia, hace años creyó haberse convertido en Supermán y a día de hoy no nos consta que haya vuelto a bajar a la Tierra, con que se hubiera preocupado un poco menos de sus músculos y un poco más de sus fundamentos ya le habría bastado para convertirse en un pívot absolutamente incomparable, no fue el caso, en su lugar prefirió enredar, ahora me apetece cargarme este entrenador, ahora ser el amo de este equipo, ahora ya me he cansado de estar aquí y me quiero ir allí que hay más playa, ahora me vuelvo a cambiar que es que allí hace demasiado calor, durante años le rieron las gracias como a todo niño malcriado que se precie pero ya cansa, cansa a los aficionados y acabará cansando hasta a las franquicias más pacientes a este paso. Qué desperdicio.

Ausentes (o algo así) Bynum y Howard, ¿quién queda? Vale, sí, la NBA ha incluido a Marc en su segundo mejor quinteto, lo cual habría de significar que para los votantes sí que hay un cinco mejor que Marc; and the winner is… Tim Duncan. Pues vale, pues será así si usted lo dice pero yo creo que eso es trampa, qué quiere que le diga. Algunos conocimos a Duncan hace ya casi veinte años (tópico al canto, madre mía, cómo pasa el tiempo, si parece que fue ayer), cuando el Plus nos ofreció unos pocos partidos de temporada regular de Wake Forest para que viéramos a nuestro Ricardo Peral; recuerdo que nos recomendaron que nos fijáramos sobre todo en Randolph Childress (excelso chupón, de quien luego poco más se supo) pero nuestros ojos se nos fueron de inmediato hacia aquel pívot novato recién llegado de Islas Vírgenes que parecía ya entonces la mismísima reencarnación de Olajuwon, sin duda habría heredado su trono de haber caído en cualquier otra franquicia pero fue a parar a San Antonio por obra y gracia del más afortunado sorteo del draft que recuerdan los tiempos. Sucedió que allí ya estaba desde tiempo inmemorial David Robinson lo cual le obligó a moverse a la posición de cuatro, cuatro y medio si así lo prefieren, y en ello sigue desde entonces. Tim Duncan puede ser eventualmente un cinco, hasta podría ser un seis o un siete si dichas posiciones existieran pero lo que sí es full time es un cuatro, no un cuatro cualquiera sino acaso el mejor cuatro de toda la historia de este juego. No me lo comparen pues con Marc, no procede, en lo que cincos respecta Duncan está fuera de concurso.

¿Otros? Obviamente el kilo de cinco bueno va bastante caro en estos días, obviamente la demanda supera con creces a la oferta. Podríamos meter en la comparación a Joakim Noah, ya saben, el hombre arrebatado por antonomasia, pura garra, cuajo, carácter… pero que en lo tocante a talento creo yo que está algún pueblo por detrás del segundo de los Gasoles. O a su ex compañero (de Noah, me refiero) en Florida, Al Horford (¿no sería también cuatro y medio?), o a ese pobre Andrew Bogut al que las lesiones le han dejado en menos de la mitad de lo que fue. ¿Quién más? Ese Monroe que es seda pura pero al que quizá le falte un hervor todavía, ese Cousins que podría ser lo que él quisiera si no fuera por esa cabeza que parece un sonajero, ese Varejao que fue a lesionarse justo cuando mejor estaba, ese Brook López que apenas parece tener sangre en las venas… ¿Todavía alguien más (recuerden, cincos puros, sucedáneos abstenerse)? ¿Tyson Chandler, DeAndre Jordan, JaVale McGee, Omer Asik? ¿¡¡¡Kendrick Perkins!!!? (Vale, está bien, ya lo dejo…)

Y aún quedaría uno que nos es muy familiar en estos días (y a quien me he dejado fuera a propósito con la sana intención de dedicarle párrafo aparte), Roy Hibbert, un sujeto por el que confieso tener una particular debilidad desde sus ya lejanos tiempos en Georgetown, un sujeto que además tiene en común con Marc una fascinante historia de superación personal: a ambos les sobra estatura para jugar de lo que juegan pero ambos también, por tipología física (el uno por exceso, el otro por defecto), tuvieron muy mal pronóstico en sus comienzos. Hoy Hibbert ya es la imponente presencia interior que yo siempre pensé que sería, un pívot que pudo alguna vez dejarnos fríos en temporada regular pero que está alcanzando su consagración definitiva en estos playoffs. ¿Significa ello que esté al nivel de Marc? No, en mi opinión. Significa simplemente que es muy bueno y será aún mejor, como lo será el propio Marc, como lo será Noah, como lo será cualquier jugador que tenga una mínima inquietud por prosperar en su profesión, como no lo será Howard si no cambia ni Bynum si no madura (física y mentalmente). Lo que ocurra en el futuro no podemos saberlo ni falta que nos hace, con el presente tenemos ya más que de s0bra. Y el presente nos dice que hoy por hoy Hibbert es un obstáculo casi insalvable en defensa que cada vez se mueve más y mejor en ataque, pero que con todo y con eso no creo que tenga aún la movilidad ni los fundamentos técnicos ni la capacidad de pase ni el conocimiento del juego ni el toque suave de muñeca que atesora nuestro Marc. Opinión personal, creo que alejada de cualquier chauvinismo (aunque no soy la persona más adecuada para juzgarlo). No obstante son ustedes muy dueños de pensar lo contrario, faltaría más.

Habría estado bonito un duelo a siete partidos Hibbert-Marc en la Final de la NBA, pero por ahora nos vamos a quedar con las ganas. Marc Gasol está ya de vacaciones, acaso pensándose si va a la selección o si se toma un verano sabático (o acaso teniéndolo ya decidido y callándose astutamente). Sea como fuere el futuro es suyo, entre otras cosas porque suyo es también el presente. Marc Gasol es a día de hoy el mejor cinco puro de la Liga, no es que lo diga yo que no soy nadie sino que lo dicen ya hasta en USA, de hecho parece haber mucho más consenso en esto que en lo del Mejor Defensor. Todo lo cual, como diría un señor de cuyo nombre no quiero acordarme, me llena de orgullo y satisfacción. Genuino orgullo, inmensa satisfacción. Que sea así por muchos años.

dos mundos   2 comments

(publicado originalmente en jordanypippen.com el 21 de diciembre de 2012)

Tanta globalización, tanto Internet, tanta red social y tanta leche pero en el fondo seguimos siendo dos mundos, ellos en el suyo y nosotros en el nuestro. Donde nosotros tenemos escudos ellos tienen logos, donde nosotros tenemos ultras ellos ponen cheerleaders, donde nosotros metemos himnos ellos escuchan el rock & roll de Gary Glitter, donde ellos tienen mascotas nosotros tenemos a Manolo el del Bombo. Dos mundos paralelos, acaso cada vez más cerca el uno del otro aunque el Atlántico siga siendo igual de ancho, acaso más permeabilizados en estos últimos tiempos pero aún dos mundos al fin y al cabo. En Europa el deporte el general (y el fútbol en particular, pero también a veces por extensión otros deportes de equipo) viene siendo la continuación de la guerra por otros medios, como dijo aquél. En USA es una fiesta. En USA la gente acude a los estadios o a los pabellones a disfrutar del espectáculo, si luego resulta que además gana su equipo tanto mejor. En Europa la gente acude a ver ganar a su equipo, si luego resulta que además juega bien tanto mejor, si no tampoco pasa nada, no crean, con ganar así sea por lo civil o por lo criminal ya nos parece más que suficiente. Aquí la victoria está siempre por encima del espectáculo, allí no es ya que el espectáculo esté por encima de la victoria sino que hay incluso un tercer factor que está por encima de ambos, espectáculo y victoria: el negocio. Al fin y al cabo ellos inventaron el show business, choubisnes como si dijéramos, la simbiosis perfecta, espectáculo y negocio unidos en un solo concepto. Otro mundo, ya se lo dije.

Antes de que me echen los perros les reconoceré que sí, que estoy generalizando. Antes de que me digan que ustedes no son así o que conocen a uno de allí que tampoco es asao, les reconoceré que en todas partes hay de todo (afortunadamente); de hecho yo soy el primero que no me identifico en absoluto con esa filosofía europea casi prebélica. Yo no soy así y conozco a muchos de por aquí que tampoco son así pero por desgracia también conozco a demasiados que sí lo son, los veo y los escucho a cada rato en el trabajo, en el bar del desayuno, en los transportes públicos, ganar a toda costa, ganar por encima de todo, ganar de cualquier manera, ganar aunque sea de penalti injusto en el último minuto, a quién le importa lo demás. Basta echar una ojeada a la prensa deportiva o escuchar las emisoras de más audiencia para comprobar que eso es exactamente lo que venden, si lo venden es porque el cliente se lo pide. No podemos luchar contra ello como tampoco podemos luchar contra la telebasura (y no estoy comparando una cosa con otra, se trata de dos realidades paralelas, simplemente), no podemos acabar con la oferta si no modificamos antes la demanda, la filosofía que lo sustenta. Y eso es imposible, es la cruda realidad y no vamos a poder cambiarla, limitémonos a adaptarnos a ella para poder sobrevivir.

Dos mundos, tan cerca y tan lejos. En nuestro deporte hemos asistido a unos cuantos intentos de aproximación, algunos han funcionado pero muchos otros se han acabado estrellando contra esa cruda realidad de la que antes les hablaba. Importamos las cheerleaders y funcionó, cómo no iba a funcionar, eso nos gusta a todos, que también guste a todas ya sería otro cantar. Importamos los playoffs y también cuajó, cuajó entre los del baloncesto pero los que son de otros deportes y sólo pasan por aquí de vez en cuando nunca dejan pasar la oportunidad de echárnoslos en cara. Importamos con ansia viva los all star, los concursos de triples y mates, creímos que cuajarían pero se nos fueron muriendo sistemáticamente uno tras otro precisamente por eso, porque aquí podemos entender un deporte sin divertimento pero nos resulta sencillamente imposible entender un divertimento (presuntamente deportivo) sin deporte. Y cuántos de por aquí no nos habremos hecho pajas mentales (yo el primero, no crean, y cantidad de veces) con la posibilidad de convertir nuestras euroligas y acebés del alma en ligas cerradas al más puro estilo USA, sin ascensos, sin descensos, sin clasificaciones previas. De verdad les digo que me encantaría, pero de verdad les digo también que en mi fuero interno estoy convencido (mal que me pese) de que a la larga sería un fracaso, el aficionado mayoritario europeo no lo entendería, el aficionado mayoritario europeo (y el de aquí no digamos) se alimenta exclusivamente de fútbol desde que se levanta hasta que se acuesta, no tiene otra cultura deportiva que no sea la del fútbol, no entiende otro modelo de competición que no sea el del fútbol, si ya les damos playoffs y se nos descomponen no quiero ni pensar si además les diéramos ligas cerradas, probablemente se les descuajaringaría la neurona.

Sí, hemos asistido a muchos intentos (la mayoría de los cuales han sido casi como picar piedra) de acercar aquel mundo a éste; y sin embargo a lo que casi nunca habíamos asistido hasta ahora es que desde aquel mundo se intentara copiar algo de éste. Les supongo al cabo de la calle, hace algunas semanas los Spurs estaban de larga gira por el Este, llevaban ya cinco partidos y les tocaba el sexto y último en Miami antes de volver a San Antonio para recibir a los Grizzlies. Se ve que Popovich vio cansados a sus tres principales y veteranísimos jugadores, Tim Duncan, Tony Parker y Manu Ginóbili, y decidió ahorrarles la parada en Florida y mandarles para casa junto con Danny Green que es del país y conoce el camino, no fuera a ser que se perdieran las criaturas. Y qué, dirán ustedes, sabiendo como saben que los Spurs disponen de un espectacular fondo de armario que les permite presentar batalla en cualquier situación como lo prueba el hecho de que en ese mismo partido, aún sin estrellas, estuvieran a punto de cargarse a domicilio al mejor equipo de la Liga. Y qué, dije también yo, dijimos casi todos, debería también haberlo dicho David Stern pero en lugar de eso montó en cólera, cólera que trasladó al propietario de los Spurs en forma de multa por un cuarto de millón de dólares, lo que vienen siendo casi doscientosmil eurillos. Que serán poco más que calderilla para tan acaudalado señor, no digo yo que no, que para él serán como si a usted o a mí nos sancionan con veinte euros por cruzar la calle con el semáforo en rojo, un suponer, pero que aún así no le habrán hecho ni puñetera gracia, pueden estar seguros.

Lo que subyace bajo todo esto no es sólo la legítima decisión deportiva de un técnico ni el legítimo arrebato de un Comisionado, lo que subyace es todo un modelo de espectáculo, es decir, de negocio. Les pondré un ejemplo que debió suceder hace aproximadamente veinte años, no puedo precisar la fecha exacta. Los Bulls andaban de gira por el Oeste y en uno de sus partidos, pongamos en Denver, se montó una tangana a consecuencia de la cual a Michael Jordan le cayeron dos partidos de sanción. Los dos siguientes partidos de los Bulls pongamos que fueran en Utah y en Phoenix (del de Utah estoy seguro, lo de Phoenix no puedo asegurarlo). ¿Cómo reaccionaron los aficionados de dichos lugares ante esa noticia? ¿Cómo reaccionarían los aficionados de Valladolid si hoy les dijeran que el Barça va sin Messi, los de Málaga si les dijeran que el Madrid va sin Cristiano? Probablemente se pondrían como unas castañuelas, darían palmas con las orejas, preguntarían que dónde hay que firmar. ¿Igualito que en Utah y (pongamos que) en Phoenix? Pues no, porque seguramente ya imaginarán que en dichos lugares se montó la de dios. No les diré que salieran en manifestación porque allí no se estila, no les diré que expresaran su descontento en las redes sociales porque entonces no había, simplemente escribieron cartas, colapsaron las centralitas radiofónicas, probablemente lucieron alguna pancarta durante el partido, puede que hubiera alguno que hasta exigiera la devolución de lo que había pagado por su entrada aunque no me consta ese dato. Querían ver a Jordan, no tendrían otra oportunidad en temporada regular de ver a Jordan, habían pagado por ver a Jordan. Puede que también hubiera alguno que se alegrara porque la ausencia de Jordan les daba más posibilidades de ganar el partido pero si lo hubo nadie nos contó. Lo que sí se nos contó, largo y tendido, con pelos y señales, fue lo otro: la indignación.

Volvamos al presente. En realidad Popovich lo único que hizo en Miami (evidentemente sin saberlo, sin planteárselo de esa manera) fue aplicar un concepto que a este lado del Atlántico llevamos siglos aplicando: las rotaciones. No me refiero a rotaciones en un sentido baloncestístico, un rato en la cancha y otro en el banquillo, que ésas sí las importamos de USA y así nos pasa (dos mundos, recuerden), que cada dos por tres nos las echan en cara todos aquellos que se quedaron anclados en tiempos de Lolo Sainz, ya saben, los buenos permanentemente en cancha sin descansar jamás salvo que les echen por faltas. Me refiero más bien a rotaciones de día completo, rotaciones en un sentido más futbolístico (que en baloncesto salvo contadas excepciones no tenemos plantillas tan largas), hoy me dejo fuera a Messi, Xavi e Iniesta en liga porque quiero que estén frescos para la Champions del martes, cosas así. Que parece muy moderno pero créanme que cuando yo era niño ya se hacía (y créanme que hace ya muchos años de eso), cuántas veces no jugaba el Madrid con sus suplentes la Liga del sábado para tener a sus titulares frescos y lozanos en la Copa de Europa del miércoles. Evidentemente se hacía mucho menos que ahora, pero es que tampoco los calendarios deportivos de entonces tenían nada que ver en términos de exigencia con los de ahora. Hoy lo vemos a menudo y a todo dios le parece lo más normal del mundo, nadie se escandaliza porque un equipo juegue la Copa con sus suplentes o porque determinadas estrellas descansen un partido de cada tres. Y por supuesto, a nadie en su sano juicio se le ocurriría plantearse siquiera la posibilidad de que un equipo cualquiera pudiera ser sancionado por ello, al fin y al cabo no hay normas al respecto y además todo el mundo entiende que esa parcela es competencia exclusiva del entrenador; y en todo caso si quieren jugar sin estrellas allá ellos, es su problema, ellos se lo pierden. Sin más.

Evidentemente no estoy en absoluto de acuerdo con la sanción a los Spurs. Evidentemente me parece una barbaridad, porque soy de este mundo (del de este lado del Atlántico, me refiero) y me he criado en una filosofía según la cual el entrenador tiene pleno derecho a decidir sobre su equipo sin que nadie tenga por qué entrometerse en dicha decisión. Que esto es como aquella manida frase, el entrenador no va a tirar piedras contra su propio tejado… pero claro, ya otra cosa es que las tire contra el tejado de la empresa que le paga o, para ser más precisos, de la empresa a la que pertenece la franquicia que le paga. Para los estándares europeos no tendría nada de particular, para los americanos (de USA) digamos que traspasó una muy delgada línea roja. Dé usted descanso a Duncan, Parker o Ginóbili si así lo desea pero de uno en uno, sin aglomeraciones, no me los mande a casa a todos a la vez. O dé usted descanso a todos a la vez si es la última jornada de temporada regular y no hay nada en juego, eso se consiente y hasta se fomenta para que las criaturas lleguen más frescas a los playoffs. Pero dar descanso a todos a la vez el día que viajan a Miami, que a mí me puede parecer lo más normal del mundo, a David Stern le parece poco menos que un torpedo bajo la línea de flotación de ese inmenso transatlántico llamado NBA. Popovich piensa en victorias, Stern piensa en dólares. Stern piensa en los que se han repantingado en su sofá para verlo a través de una plataforma de pago, piensa en los que han aflojado un pastón inmenso por una silla de pista o un palco del American Airlines Arena y de inmediato me le dan los siete males, la tierra entera moviéndose bajo sus pies. Porque sabe que este tinglado se sostiene sobre los hombros de sus estrellas, sabe que el aficionado paga por verlas, que luego jueguen cinco minutos en vez de cuarenta tanto dará pero al menos sáquelas a pasear para que las gente las vea, no me las esconda usted por dios. Que no importa tanto el resultado como el espectáculo, que ni siquiera importa tanto el espectáculo como el negocio que sostiene dicho espectáculo. Choubisnes, recuerden. O como solía decirse en aquellas películas de temática circense que estuvieron tan de moda hace varias décadas, pase lo que pase el espectáculo debe continuar. Pues eso.

Publicado diciembre 24, 2012 por zaid en NBA

Etiquetado con , , , , , , , ,

A %d blogueros les gusta esto: