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INCUNABLES (I) – Connecticut-Syracuse (12/03/2009)   Leave a comment

Hace ahora dos años, cuando migré el blog desde su anterior (y tristemente desaparecida) ubicación hasta esta otra tan lustrosa que ahora ocupa, expresé mi intención de que ya no hubiera aquí sólo palabras. Me propuse ilustrar con imágenes casi todas mis entradas para que resultaran menos farragosas (creo que más o menos lo he cumplido), e incluso me propuse insertar de vez en cuando algún vídeo. Pero no de cualquier manera ni con vídeos de dos minutos para aligerar un texto sino más bien al contrario, vídeos que justificaran por sí solos su publicación, y en los que el texto (si lo hubiere) fuera un mero aditamento perfectamente prescindible. Es decir, partidos completos, íntegros, desde el salto inicial hasta la bocina final, rescatados de las profundidades de Internet y puestos de limpio para la ocasión. Pero no partidos cualesquiera, no vayan a pensar, sino mis particulares partidos del (más de medio) siglo. Bocata di cardinale, o como se diga. Aquellos que, bien por acción (casi todos) o bien por omisión (como éste de hoy) han marcado por completo mi vida. Por supuesto que se tratará de una selección meramente subjetiva, qué quieren, es mi blog, no puedo hacer otra cosa. No puedo prometerles que vayan a estar todos los que son, qué más quisiera; pero sí que serán todos los que estén.

Pensé en ponerlo en marcha uno de estos veranos. Ya saben, menos horas de trabajo, menos baloncesto para ver, menos temas de los que escribir, mucho más tiempo libre… Y una leche. El hombre propone y la vida dispone, o bien (si lo prefieren a la gubernativa manera) que lo que me impide cumplir mis propósitos es la realidad. No sé como me las apaño pero en verano siempre acabo teniendo menos tiempo que en el resto del año (o acaso tenga más tiempo pero menos ganas, no sé). Así que nunca es tarde si la dicha es buena, dicen: aprovechando el segundo aniversario de la migración del blog, y aprovechando también (a qué negarlo) una cierta sequía creativa (espero que pasajera), paso por fin a inaugurar mi carpeta de INCUNABLES. Eso sí, antes de que me echen el nombre en cara me curaré en salud: sé bien (porque lo he consultado, si no de qué) que la palabra no tiene ese significado, sé bien que el concepto incunable según la Real Academia Española de la Lengua sólo se refiere a toda edición hecha desde la invención de la imprenta hasta principios del siglo XVI. Pues vale, pero seguro que el concepto vintage tampoco tendría en origen el significado que hoy le damos, y además por no ser ni es palabra castellana siquiera. Incunable sí, y hace tiempo que la utilizamos a veces en nuestro lenguaje coloquial para referirnos a cosas antiguas y/o especialmente valiosas, a verdaderos objetos de coleccionista. Esa sería la intención, que lo consiga o no ya será otro cantar.

Así que ya lo saben, a partir de ahora encontrarán ahí a la izquierda (junto a las habituales ACB, NBA, NCAA, Euroliga, selecciones, etc) una pestaña denominada incunables. En cada post un partido (que a mí me parece) histórico, primero el vídeo en sí mismo a su entera disposición para pinchar y verlo, y luego a continuación una explicación más o menos somera (lo más posible, dentro de mis limitaciones) de por qué elegí ese partido y no otro, de por qué me resulta tan importante como para querer compartirlo con ustedes. Siempre en ese orden, primero el vídeo y luego el rollo, por si alguien quisiera verlo sumido en la ignorancia o por si le sobrara la palabrería, según. Claro, me dirán que para este viaje no hacían falta alforjas, que cualquier partido que pegue yo aquí también podrían encontrarlo en otros sitios. Pero es que de eso se trata precisamente, de que no tengan que buscarlos, de que quien pinche en la pestaña incunables sepa que va a encontrar partidos que quizá nunca imaginó ver (o sí) pero que siempre merecerá la pena ver. Auténticas delicias de baloncesto, las que (antes o después) nos enamoraron para siempre de este juego, las que tienen buena parte de culpa de que aún esté yo aquí dándoles el coñazo, tantos años después. Ya saben, esto es suyo, tan suyo como todo lo demás que hay (y seguirá habiendo) en este blog. Sin más, disfrútenlo.

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Quizá recuerden (aquellos que ya anduvieran por aquí hace cinco años y medio, que alguno quedará) un amargo post de marzo de 2009 al que puse por título 70 minutos. Fue algo así como el recurso al pataleo ante el hecho de haberme perdido un partido que habría de quedar para los anales de la historia. New York, Madison Square Garden, cuartos de final de la Big East (es decir, la loca semana de los torneos de conferencia que precede a la Locura de Marzo propiamente dicha), de un lado los Huskies de Connecticut, del otro los Orange (mis Orange) de Syracuse. Con tales ingredientes cualquiera habría podido pronosticar un gran partido pero nadie, ni el más enajenado aficionado sobre la faz de la tierra, se habría atrevido siquiera a imaginar lo que acabaría sucediendo: un delirio colectivo, una sobredosis de baloncesto sin precedentes, un espectáculo crepuscular que jamás podrán olvidar mientras vivan todos aquellos que lo presenciaron in situ como tampoco podrán olvidarlo todos aquellos que lo vieron por televisión, como tampoco podremos olvidarlo todos aquellos que nos lo perdimos y que lamentaremos toda nuestra vida habérnoslo perdido. Me prometí a mí mismo aquella mañana que recuperaría aquel partido como fuera, y así lo hice: me lo descargué de Internet en cuanto tuve ocasión, si bien en una versión que (supongo que por cuestiones de tamaño) sólo lo recogía a partir de la segunda mitad; así hasta que finalmente conseguí encontrar en Youtube la versión íntegra (nada más que tres horas y cinco minutos, y eso que ya viene limpio de publicidad), justo ésta que ahora mismo dejo aquí a su entera disposición.

Si aún no lo ha visto, si nunca lo vio, yo que usted no me lo pensaría. Eso sí, tómese su tiempo, no se ponga si tiene algo que hacer o si prevé que dentro de un rato tendrá que salir. Escoja una de esas tardes/noches otoñales perfectas para ver la lluvia al otro lado de la ventana, cójase una cerveza y/o algo de picar (o cualquier otra cosa que le apetezca), desmorónese en su sofá, dele al play y déjese llevar. Y luego ya si eso léase ese post que escribí en su día, mírese esos datos que ahí le puse y otros tantos que pueda usted encontrar… pero eso, luego. Por ahora cuanto menos sepa casi mejor (aunque la ignorancia absoluta sea imposible, aunque haya datos que estén en la propia pantalla mientras lo vamos viendo). Quién sabe, lo mismo así a lo tonto consigue enamorarse de ese baloncesto universitario que tantas veces le vendo y al que tan poco caso me hace. Y si así no fuera, al menos sí que puedo garantizarle que pasará un buen rato, un grandísimo rato viéndolo (y créame que no me refiero a su duración). Nada más, sólo de eso se trata.

HISTORIAS DE CONNECTICUT   Leave a comment

– Hace ahora trece meses, justo cuando empezaba el Torneo Final de 2013, le quise dedicar unos párrafos a un equipo que no iba a participar en ese Torneo Final de 2013. Era irracional, bastante lío tenía ya con escribir sobre los emparejamientos de aquel bracket como para ponerme a disertar casi a la vez sobre un equipo que había acabado ya su temporada pero qué quieren, soy así de raro, me encanta complicarme la vida por si la vida no me trajera ya suficientes complicaciones de serie. Aquel equipo era Connecticut, obviamente, y si había acabado ya su temporada no era por deméritos propios sino por decisiones ajenas. Castigados sin postre por su mala cabeza, porque aquello mal que bien seguía siendo una universidad, además de rendimiento deportivo tendrás que ofrecer rendimiento académico y si no lo ofreces tendrás al menos que procurar que no se te note cuando trates de disimularlo. UConn la cagó, pagó con creces por ello en 2013 y yo entonces pensé que ese precisamente había sido el secreto de su (inútil) éxito, un equipo que jugaba sin la presión de ganar porque en realidad no tenía nada que perder. Me equivoqué. Hoy, un año después, queda claro que aquel equipo que fue bueno sin presión en 2013 ha sido aún mejor bajo presión en 2014. Tanto mejor cuanta más presión, además. Se pudo dejar ir en momentos determinados de la temporada, pero nadie fue mejor que ellos cuando llegó la hora de la verdad.

– Kevin Ollie era uno de esos jugadores NBA que solemos llamar de perfil bajo, el típico que hacía que a Montes y Daimiel (y luego a todos los demás) se les llevaran los demonios cuando el Larry Brown de turno le prefería antes que al Larry Hughes de turno pongamos por caso. Kevin Ollie no era el típico base/escolta de diseño sino todo lo contrario, ese jugador sobrio, administrativo y funcionarial que aparece de vez en cuando para recordarnos que de todo ha de haber en esta vida (y en esa Liga). Kevin Ollie no aportaba liderazgo, fantasía, creatividad ni riesgo, no era el típico jugador que te entraba por los ojos pero como solía decir mi abuela, algo tendrá el agua cuando la bendicen. Pensarán algunos que no sería para tanto (y no lo era, de hecho) cuando llegó a jugar en una docena de equipos sin consolidarse en ninguno pero yo se lo pongo al revés, si doce equipos uno tras otro confiaron en él para completar su rotación será quizá porque ofrece otros valores que escapan a los ojos del aficionado medio: seguridad tal vez, la certeza de que su toma de decisiones podría no ser brillante pero jamás te va a incurrir en ninguna locura; sentido común, sin duda. Un sentido común que forma también parte de su bagaje como entrenador: la dirección sin aspavientos, la autoridad sin autoritarismo, la correcta toma de decisiones, la optimización de virtudes propias (correr siempre que se pueda, por ejemplo) para minimizar de paso las virtudes ajenas. Nada más (y nada menos) que eso.

– Fíjense si sería bajo el perfil de Ollie que algún presunto compañero suyo no dudó en ponerle como ejemplo negativo en cuanto se le presentó la ocasión. ¿Recuerdan aquel año 2008 en que Calderón estuvo a punto de ir al All Star? Calde presentaba unos números excepcionales en porcentajes, triples, asistencias y ratio asistencias/pérdidas, Calde estuvo en las quinielas hasta el último momento pero a algún colega suyo (o similar) no le pareció bien y no se recató en manifestarlo con este elegante comentario: Jose Calderon? Who? Come on man, this is All-Star, people. When I’ve seen some of the names that are being thrown around on the ticker as snubs, it’s killing me. I understand Calderon has the best assist-turnover ratio in the league, but you know what’s funny? All back-up point guards have the best assist-turnover ratios. Screw it, Kevin Ollie should be an All-Star then! For like five or six years, Ollie was No. 1 in assist-turnover ratio!  Quien así hablaba con esa desenvoltura no era otro que Gilbert Arenas, todavía en aquel entonces representando su papel de estrella de la Liga aunque cada vez nos lo creyéramos menos. Calde no era comparable en absoluto con Ollie (ni tenía por qué serlo) en términos de liderazgo, anotación, creación de juego o peso específico sobre la cancha, Calde dirigía mientras que Ollie interpretaba… pero con todo y con eso no creo que Calde se sintiera ofendido por que le compararan con Ollie, más bien al contrario, resulta casi un elogio que te comparen con alguien tan honesto y trabajador. Ofensivo sería que te compararan con Arenas…

– Kevin Ollie llegó (a Connecticut) y besó el santo. Si ya fue asombroso que metiera a su equipo en el Torneo a la primera oportunidad, si ya fue alucinante que metiera a su equipo en Final Four a la primera oportunidad (algo que a muchos les cuesta veinte o treinta años, algo que muchos más no consiguen nunca), díganme ustedes cómo calificar el hecho de haber ganado el título a la primera oportunidad. Y para que no queden dudas, dejando tirados por el camino a experimentadísimos técnicos como Martelli, Wright, Hoiberg (éste más emergente que experimentado, pero grande igualmente), Izzo, Donovan o Calipari, ahí es nada la pomada. Kevin Ollie ya está a en lo más alto sin haber pisado siquiera los escalones intermedios, un meteórico ascenso a los altares que obviamente no ha pasado desapercibido a esa acaparadora NBA que un día fue su casa y a la que ahora ya se le empiezan a hacer los dedos huéspedes (signifique eso lo que signifique) con el susodicho. Que se tomen un valium y le dejen en paz durante unas cuantas temporadas, que por ahora Ollie está muy bien donde está.

– Una vez escribí que el mérito que ya nadie podría quitarle a Pablo Laso (incluso aunque no hubiera ganado todavía ningún título) es el de haber recuperado para la causa del baloncesto a Sergio Rodríguez. Del mismo modo casi podría decirse que el mérito que ya nadie podrá quitarle a Kevin Ollie (incluso aunque no hubiera ganado este título) es el de haber recuperado para la causa del baloncesto a Shabazz Napier. Obviamente las comparaciones son odiosas, obviamente no estoy comparando a Laso con Ollie y aún menos a Sergio con Napier, líbreme el cielo, obviamente soy mucho más chachista que shabazzista (mucho más chachista que casi cualquier cosa, en realidad). Pero ustedes cogen la idea. De aquel Napier indómito y asilvestrado de sus dos primeros años sólo queda ya el recuerdo, puede que hoy Napier siga tirándose más tiros de los que convienen a su equipo pero al menos ya no tienes jamás la sensación de que le perjudica (como sí la tuvimos en su infausta segunda temporada) sino todo lo contrario. Hoy resulta evidente que a Calhoun (ya entonces más fuera que dentro) se le fue de las manos, que en cambio Ollie le debió dar unas premisas básicas, tendrás garantizada tu cuota de protagonismo siempre y cuando entiendas que aquí eres el mejor, pero de ningún modo eres el único. Algo así. Hoy todos esos presuntos excesos de Napier ya no son nada comparados con los que monta su madre cuando la vemos ahí pegando brincos en primera fila, justo detrás de su entrenador. Y Napier lo sabe (lo de Ollie me refiero, lo de su madre supongo que también), sabe cuánto le ha costado pero sabe también (y sobre todo) a quién debe agradecérselo. Ese inmenso abrazo entre lágrimas, nada más acabar la Final, difícilmente podría expresarlo mejor. 

– Si nos pidieran hacer una lista con las principales universidades (en términos de baloncesto) del universo NCAA, probablemente tardaríamos en incluir a Connecticut. Puede que sea grande pero no la meteríamos necesariamente entre las grandes GRANDES con mayúsculas, al menos en nuestro imaginario colectivo… Y sin embargo en estos últimos tiempos nadie ha ganado tantos títulos como los Huskies, ni de lejos. Retrotrayéndonos a los quince últimos años (lo que vienen a ser dieciséis temporadas) descubriremos que en ese periodo UConn ha ganado nada menos que cuatro títulos, que a mucha distancia le siguen Duke, North Carolina y Florida con dos cada uno, que luego vendrían Michigan State, Maryland, Syracuse, Kansas, Kentucky y Louisville con uno por barba y para usted de contar. Connecticut nunca ganó nada hasta fin de siglo pero desde entonces promedia casi un título cada cuatro años: 1999 (Khalid El Amin, Richard Hamilton, Jake Voskuhl…), 2004 (Ben Gordon, Emeka Okafor, Charlie Villanueva…), 2011 (Kemba Walker, Jeremy Lamb…) y finalmente éste de 2014. Y lo más llamativo es que a ninguna de esas cuatro ediciones llegó UConn como favorita: en 1999 ganó contra pronóstico la Final a Duke y en 2004 hizo lo propio en la semifinal para luego imponerse a los Yellow Jackets de Georgia Tech. Y qué decir de 2011, cuando los Huskies hubieron de ganar no ya seis partidos consecutivos sino once para alzarse con el título, los cinco que necesitaron para ganar la Big East (sí, cinco y en cinco días consecutivos además, tan mal venían que hasta hubieron de partir desde una ronda previa) más los seis del Torneo Final propiamente dicho. Y qué decir de este 2014 que no sepan ya, algunos linces como el que suscribe ya ni siquiera apostamos por ellos en su primera eliminatoria ante esos pujantes chicos de St. Joe que venían de ganar brillantemente su conferencia. Aún menos creímos en ellos contra Villanova o Iowa State, no digamos ya contra Michigan State, para qué hablar de la semifinal ante Florida o la Final ante Kentucky. Jamás dimos un duro (un euro, un dólar) por ellos, sólo ellos mismos creyeron en ellos, tanto como para ir dándonos partido tras partido con nuestro pronóstico en las narices. Cosas como éstas son las que hacen (aún más) grande a la NCAA.

– No vendrá mal tampoco que antes de acabar les recuerde un par de datos que no por obvios resultan menos trascendentes: 1) Shabazz Napier, Tyler Olander y el alemán Niels Giffey se gradúan con dos títulos universitarios en su zurrón, créanme que no hay muchos profesionales por el mundo que puedan decir lo mismo (de hecho en lo que llevamos de siglo sólo pudieron decirlo unos cuantos mocetones de Florida). Subieron a los altares el primer año, cayeron a los infiernos en el segundo, vieron abrirse el suelo bajo sus pies en el tercero y volvieron a tocar el cielo en el cuarto. Las vieron de todos los colores, pero que les quiten lo bailao. Y 2) Por si tuvieron poca fiesta con la consecución del título masculino, al día siguiente sus compañeras de clase se dieron también el gustazo de conseguir el título femenino. Acaparando, como si dijéramos. Claro que en este caso no se trató de ninguna sorpresa, trátase tradicionalmente de uno de los programas más pujantes de la nación, invictas llegaron e invictas salieron estas Huskies de Geno Auriemma, 40-0 en el total de la temporada. Quede Stors proclamada capital absoluta del baloncesto en estos días, deberíamos acudir todos juntos en peregrinación…

– Desconfíen de las apariencias y no se dejen engañar por los números, la Final (la masculina, me refiero) fue una grandísima final. Quizá no tan buena como la del año pasado o como tantas otras que se me vienen ahora a la mente, pero sí una final de altísimo nivel. Claro está que aquellos que no la vieron llegaron al día siguiente, miraron el resultado, leyeron 60-54 y de inmediato pusieron cara de asco, y pobre de ti como se te ocurriera decirles que en realidad había sido un buen partido porque entonces ya te trataban como si fueras un enfermo mental al que habría que ingresar en un psiquiátrico (acaso estén en lo cierto). Qué quieren que les diga, por más que lo intento no acabo de entender por qué el baloncesto (y sobre todo este baloncesto) debe estar sometido a esta especie de tiranía según la cual un partido es bueno o malo no en base a las sensaciones que te genere sino en base a los dígitos que señale el marcador. Las comparaciones son odiosas, pero día y medio después hubo un Atleti-Barça de Champions que acabó 1-0 y no recuerdo que a nadie se le ocurriera decir que aquello había sido una mierda por no haber quedado 3-2 (por ejemplo), más bien al contrario, todo dios dijo que había sido un partidazo (porque lo fue) y hasta un monumento al fútbol. De acuerdo, nada que objetar, pero si te entusiasmas con un gol y media docena de ocasiones en noventa minutos y en cambio le pones pegas a 114 puntos en cuarenta minutos pues entonces quizá sea todo mucho más sencillo, quizá simplemente te guste el fútbol y no te guste el baloncesto. Pues vale, me parece perfecto, haber empezado por ahí y así lo tendremos todos muchísimo más claro, así los del basket no tendremos ya esta horrible sensación de estar pasando un examen cada vez que enseñamos un marcador. No tenemos remedio.

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Y ahora me van a permitir que acabe con otra historia que nada tiene que ver con todo lo anterior, y que de hecho no afecta a Connecticut sino al que fue uno de sus rivales en este Torneo, Michigan State. O para ser más exactos, al jugador más emblemático de Michigan State. Cuentan que hace un par de años Adreian Payne acudió a visitar una clínica de niños enfermos de cáncer, cuentan que Payne podría haber hecho lo que tantos otros en similares circunstancias, dejar regalos, hacerse fotos con los niños, jugar un rato con ellos, cubrir el expediente y luego ya si te he visto no me acuerdo pero Payne no, Payne por alguna razón se quedó prendado de una pequeña admiradora llamada Lacey Holsworth. Volvió a visitarla no una ni dos sino un montón de veces, se implicó con ella como si fuera de su familia, entablaron ambos una hermosa relación de amistad y complicidad… Hacia finales de temporada regular se hizo habitual que las cámaras de la ESPN nos enfocaran en cada partido a una niña rubia en las gradas del Breslin Center; la misma que acompañó a Payne en su despedida de los Spartans durante la noche de los séniors, la misma que le ayudó a cortar las redes del Fieldhouse de Indianapolis tras ganar el Torneo de la Big Ten, la misma que le acompañó in situ (en compañía de su madre, obviamente) durante todo el Torneo Final, esa misma a la que aún vimos hace apenas una semana en Dallas, animando a Payne durante el concurso de mates previo a la Final Four… Pero Lacey estaba ya para entonces mucho peor de lo que su abundante cabellera rubia (que evidentemente no era suya) parecía hacernos creer, Lacey Holsworth dejó finalmente este mundo (tras sólo ocho años de permanencia en él) este pasado miércoles 9 de abril. Vayan estas líneas en homenaje a su memoria, pero vayan también en reconocimiento a un jugador que desde bien temprano entendió que la vida es algo más que meter canastas. Sabíamos ya que Adreian Payne era grande (en todos los sentidos) dentro de la pista, pero hoy sabemos que es aún mucho más grande fuera. Ojalá que le vaya bonito en su carrera profesional.

CRÓNICAS DE MARZO (y IV)   Leave a comment

Aunque el calendario diga que ya estamos en abril, para mí sigue siendo marzo. Para mí y para todos los que amamos (en exceso, incluso) este baloncesto universitario seguirá siendo marzo hasta que el próximo lunes 7 (que para nosotros será ya martes 8) se entregue el trofeo al ganador, hasta que se apaguen finalmente las luces del gigantesco estadio de los Cowboys de Dallas, hasta que en los televisores norteamericanos (y poco después en los youtubes del mundo entero) suene por fin ese imprescindible one shining moment, la catarata de escenas inolvidables de cada torneo final. Sí, en nuestros corazones y en nuestras vidas sigue siendo marzo, seguirá siendo aún March Madness aunque ya sólo nos queden tres partidos, ese maravilloso colofón de cada temporada que solemos llamar Final Four. Los cuatro finales, los cuatro únicos supervivientes, los cuatro grandes. Aquí los tienen.

FLORIDA

Una vez más perdí una magnífica oportunidad de permanecer callado. Fue aquí mismo, hace apenas dos semanas, cuando en lugar de dejarme llevar por la vía fácil y conceder el favoritismo a Florida como hizo casi todo dios preferí meterme en camisas de once varas y decirles que Florida era el principal favorito de esta edición sin favoritos (o con demasiados favoritos) (…) Se ha beneficiado de una conferencia como la SEC que pasa por ser grande pero que anda un poco sobrevalorada en estos últimos tiempos (opinión muy personal que no tienen por qué compartir, faltaría más); ganó en casa y fuera, ganó a todos los que se encontró pero también lo pasó mal por el camino (…) Equipo muy completo, muy veterano, muy profundo pero que a mí con todo y con eso me deja alguna duda, qué le vamos a hacer. Si algún aficionado gator tuvo la infeliz ocurrencia de leerse esta solemne sarta de tonterías creo yo que debió quedarse muy tranquilo, dadas mis conocidas habilidades pronosticadoras. Dicho y hecho, hoy Florida está ya en Final Four y yo a la altura del betún. Cada cosa en su lugar.

La cosa no es ya que Florida esté en Final Four, la cosa es que está en Final Four sin despeinarse, sin dar casi un palo al agua ni hacer el más mínimo esfuerzo más allá de lo estrictamente necesario. Obviamente contó con la ventaja de que le fueron limpiando el camino, obviamente se lo fue limpiando Dayton que les quitó del medio a Ohio State, Syracuse y Stanford la cual a su vez se había cargado previamente a Kansas. Así las cosas, rivales de postín como si dijéramos Florida sólo se encontró a Pittsburgh y UCLA y a ambos los despachó con solvencia, con suficiencia incluso. Todo ello antes de jugarse la Final Four con la sorprendente Dayton, esos modestos Flyers que juegan como los ángeles (no me refiero a los Lakers precisamente) y que hasta osaron oponer un atisbo de resistencia pero hubieron de acabar claudicando ante la maquinaria pesada Gator como no podía ser de otra manera. La maquinaria pesada de un talentazo (a la par que portento físico) como Scottie Wilbekin en la dirección (no es propiamente un director, pero se las apaña), de un interior sólido y efectivo (aunque no alcanzó a ser todo lo que yo esperaba en su primer año) como Patrick Young, de la intendencia de un Will Yeguete, de un sumamente mejorado Casey Prather y de un jugador del que apenas se habla (quizá por ser el único sophomore entre tanto sénior) pero que cuenta con una de las muñecas más prodigiosas de la Liga, Michael Frazier. Llevan mucho tiempo juntos (salvo Frazier, obviamente), se conocen como si se hubieran parido, juegan de memoria y defienden como lobos (o como caimanes, sería más apropiado en este caso). He ahí su principal valor.

Llevan sin perder desde que allá por el 2 de diciembre Connecticut (precisamente Connecticut) les ganara gracias a un canastón sobre la bocina de Napier (precisamente Napier). Podríamos pensar entonces que han tenido un año fácil pero nada más lejos de la realidad, de hecho sus dificultades fueron más fuera de la cancha que dentro y empezaron ya en verano con alguna historia extradeportiva que hizo dudar de la presencia de Wilbekin y/o Yeguete en esta temporada. Y eso sólo fue el principio, lo siguiente fueron las dificultades para incorporar a su debido tiempo a sus dos más rutilantes freshmen, Kasey Hill y Chris Walker, por haber incumplido sabrá dios cuál de las doscientosmil millones de normas de la NCAA. Hill pudo jugar por fin desde mediados de temporada (y bien que lo agradece Wilbekin, a quien a menudo libera de sus responsabilidades en la dirección permitiéndole dedicarse casi por entero a lo que mejor hace, la anotación) y Walker desde febrero, más vale tarde que nunca, ambos aportan desde el banquillo (sobre todo el primero) aunque quien más aporta desde el banquillo (el verdadero sexto hombre de este equipo, de hecho) es otro sophomore que llegó vía transfer desde Virginia Tech, Dorian Finney-Smith, quédense con ese nombre (aunque sea largo) porque seguro que oirán y leerán hablar de él largo y tendido en los próximos años. Equipo sólido, sin grandes estrellas (Wilbekin, si acaso) pero sin fisuras, al que es dificilísimo hincarle el diente como lo prueba el que sólo se lo hayan hincado dos veces en esta temporada, la ya comentada de Connecticut (precisamente Connecticut) y anteriormente Wisconsin (precisamente Wisconsin), contra su tercer compañero de viaje a Dallas (o sea Kentucky) ya no perdieron pero también las pasaron canutas (o cualquier otra cosa que acabe en utas) en las tres ocasiones en que les tocó enfrentarse, especialmente en la tantas veces mencionada Final de la SEC. También es casualidad, tiene pocas bestias negras este año Florida pero todas han ido a juntársele en esta Final Four, ya veremos si ello les aporta un plus de motivación o más bien les supone una complicación.

CONNECTICUT

En 2011 tocaron el cielo. En 2011 los Huskies de Connecticut, guiados desde el banquillo por el reputado a la par que veterano técnico Jim Calhoun y desde la cancha por ese milagro llamado Kemba Walker, ganaron el campeonato universitario. Ganaron a la meritoria Butler de Brad Stevens, ganaron 53-41 en una Final infame pero ganaron, fueron felices, comieron perdices y colorín colorado que este cuento se ha acabado, entre otras cosas porque el cuento que empezó a continuación fue más bien una especie de pesadilla. En la temporada 2011/2012 Kemba ya era historia, las sospechas de amaños académicos se cernían sobre la universidad, Calhoun (entre enfermedades y sanciones) estaba ya casi más fuera que dentro y el equipo en sí mismo era una jaula de grillos, a mayor gloria y miseria de un sujeto llamado Shabazz Napier. Si el año anterior nos habían encantado los relevos que le daba a Kemba, en éste resultaba pavoroso verle ir por libre tirándose lo suyo y lo de los demás. El equipo soy yo parecía decir, y el equipo que era él, ante la aparente dejación de funciones por parte de Calhoun, se encaminó paulatinamente hacia el desastre. Sólo fue el principio. La NCAA confirmó las sanciones que ya se venían barruntando desde tiempo atrás, la más importante de las cuales fue castigarles sin postre o lo que viene a ser lo mismo, que aún por bien que lo hicieran durante toda la temporada regular 2012/2013 no les sería permitido disputar el Torneo Final. Calhoun acabó por fin de irse y además no se fue solo, ante semejante panorama hubo unos cuantos pesos pesados del vestuario que no se recataron en pedir también el transfer. De repente el equipo era un solar. Sin futuro, casi sin presente, sin más clavo ardiendo al que agarrarse que un jugón egocéntrico y una panda de colegas desestructurados… ¿quién demonios querría lidiar con semejante situación?

ollieNBAQuiso Kevin Ollie. Sabíamos que había jugado también en los Huskies en sus años mozos, le habíamos conocido luego ejerciendo labores de intendencia en no sé cuántas franquicias NBA (resulta casi más fácil enumerar los equipos en que no jugó que aquellos en los que jugó), finalmente tras retirarse encontró cobijo a la vera de Calhoun en su alma máter… hasta ahora. Ante situaciones desesperadas, medidas desesperadas. Le ofrecieron el cargo y lo aceptó, probablemente muchos fans de Connecticut pensaran que era una locura darle las llaves del reino a un tipo con tan escaso bagaje como técnico, probablemente muchos amigos de Ollie pensaran que era otra locura meterse en un marrón de semejante calibre… Unos y otros se equivocaron de medio a medio, afortunadamente. Ya ese primer año de Ollie fue estupendo, no tendrían derecho al Madness pero nadie les podría quitar el derecho a jugar bien y a ser competitivos y a fe que lo fueron, de principio a fin. De repente los Huskies volvían a parecer un equipo, de repente incluso Napier pareció haber encontrado el punto exacto de equilibrio entre su felicidad y la de sus compañeros, el ser por fin capaz de ayudar a su equipo (o de no ser contraproducente, al menos) sin tener que renunciar por ello a su espontaneidad y su frescura. Todo eran buenas noticias en UConn pero claro (siempre hay un pero claro), al fin y al cabo era un año sin presión, cuando llegue la 2013/2014 y se tengan que jugar las habichuelas de cara al Madness ya veremos lo que pasa…

Pues pasó que hicieron un año sumamente irregular, con grandísimas victorias como esa (tan cacareada ya) ante Florida pero también con derrotas impropias de su condición, pongamos por ejemplo ante Houston o ante la SMU de Larry Brown (dos veces) en esa nueva American Athletic Conference. Pasó que subieron y bajaron, que entraron y salieron del Top25 y que finalmente lograron meterse en el Torneo Final (lo cual está muy bien) pero con un seed 7 que casi les convertía de inmediato en carne de cañón. Nadie dio un duro por ellos más allá del campus de Storrs, pero hete aquí que Shabazz y sus amigos (su alma gemela Boatright, el termómetro DeAndre Daniels, el alemán Giffey, el repescado del JuCo Kromah o el descomunal freshman ghanés Brimah pongamos por caso) tenían otros planes: de entrada ganaron con muchísimas dificultades a esa St. Joseph’s que venía de campeonar en su Conferencia y seguidamente se cepillaron a la mismísima Villanova, uno de los gallitos de esta temporada desde la nueva Big East. Claro está que con el atrevimiento que nos caracteriza todos nos lanzamos a interpretar dicho resultado en base a los deméritos de Villanova y no a los méritos de UConn, así que Ollie y sus chicos nos hubieron de dar un par de veces más (y de qué manera) en las narices, nada menos que ante Iowa State y ante la favoritísima (para casi todo dios) Michigan State. Hoy son ya Final Four y el resto es historia, y creo yo (aunque no tenga datos al respecto) que no habrá por ahí muchos entrenadores que puedan presumir (como presume ya Kevin Ollie, y a mucha honra) de haberlo logrado en su primera oportunidad. ¿Carne de cañón? Pues qué quiere que le diga, yo no volvería a pensar en ellos en esos términos, más que nada porque no tienen nada que perder. Y nadie es más peligroso que Shabazz Napier cuando no tiene nada que perder.

WISCONSIN

Tiene cara de pardillo, de pringao como si dijéramos. Ese típico crío patoso y bonachón al que le dirían que no las chicas cuando las invitara al baile, ese al que le quitarían el bocata en los recreos, le meterían porquería en la taquilla y le pondrían la chincheta en el asiento cuando fuera a sentarse. O no, vaya usted a saber. Las apariencias engañan, vaya que si engañan. Si hubo hace muchos años un presidente del gobierno que a la hora de nombrar ministros del interior valoraba que tuvieran cara de represor, igualmente hubo un entrenador que a la hora de buscar pívots valoraba que tuvieran cara de intimidador. La mirada del tigre, ya saben. Frank Kaminski no es ya que no tenga cara de intimidador ni mirada de tigre sino que por no tener ni siquiera tiene pinta de haber roto jamás un plato en su vida, muchos se quedarían sólo en eso pero Bo Ryan supo ver aún más allá. Bo Ryan no dudó en reclutarle aún a pesar de que no parecía responder en absoluto al típico patrón germánico y cabezacuadrada de tantos otros Badgers de antaño (Leuer, Bruesewitz, Berggren, Krabbenhoft, Nankivil, Butch…), Bo Ryan llamó a filas a aquel escuálido sietepiés quizá porque supo ver que más allá de su frágil apariencia había mucho baloncesto en su interior. En sus dos primeras temporadas en Madison no pasó de ser un jugador más, uno cualquiera, esos promedios de apenas 4 puntos y 2 rebotes no hacían presagiar grandes cosas pero se ve que el talento permanecía ahí agazapado esperando sólo el momento adecuado para aparecer. Apareció por fin en esta 2013/2014 y fue como si hubiera pasado de la nada al todo de un día para otro, si de noviembre a febrero ya nos maravilló lo que ha hecho en marzo roza casi lo paranormal: envidiables movimientos de espaldas, talento igualmente para atacar de cara, buena mano desde donde sea (de tres, incluso), rebotes a espuertas, buenos pases desde el poste, defensa insospechada, carácter en los momentos decisivos y sobre todo esa lectura del juego, ese tomar siempre la decisión más adecuada para ocasión. El verdadero MVP de lo que llevamos de Madness, no les quepa la menor duda.

Pueden estar seguros, el cénter arizónico Kaleb Tarczewski ya no podrá olvidar jamás en lo que le quede de vida a Frank Kaminski [En este Torneo Final tuvimos (que yo recuerde) un Tarczewski, dos Kaminskis, un Bachynski y un Karnowski… de los que sólo este último es polaco, por cierto].Tarzewski no podrá olvidar a Kaminski como Arizona entera no podrá ya olvidar a estos Badgers que se les presentaron casi a las puertas de su casa (Annaheim, California) para levantarles a la chica y llevársela al huerto, es decir a la Final Four (ruego me disculpen si la metáfora no les parece adecuada). ¿Que cómo lo hicieron? Pues utilizando una estrategia muy vieja, muy gastada, que cada vez está menos de moda pero no por ello resulta menos efectiva: jugando muy bien (qué digo muy bien, extraordinariamente bien) al baloncesto. En este mismo Torneo hemos visto unas cuantas universidades pequeñas que interpretan maravillosamente bien este juego (pequeño detalle que a igualdad de calidad es el que te permite marcar diferencias), pero entre las universidades (digamos) grandes no creo que haya ninguna otra que lo interprete como lo hace Wisconsin. Kaminski podrá ser medio equipo (literalmente, a veces) pero de ninguna manera me dejen de lado al otro medio: Decker, Gasser, Traevon Jackson y el tirador Brust más la interesante aportación desde el banquillo del prometedor freshman Hayes y el alero (con nombre de dieta) Dukan. Acaso la mayor concentración de talento que haya tenido jamás entre manos Bo Ryan, un talento que no le impide seguir siendo una de las mejores defensas de la nación pero que le permite además regalarse desacostumbradas alegrías en ataque: ya no necesitan tirarse necesariamente treinta segundos por jugada moviendo la bola hasta encontrar finalmente ese resquicio por el que clavársela al rival, ya su calidad les permite intentar cosas que antes no intentaban o jugarse (y hasta meter) tiros que antes ni por asomo se jugaban. Y hasta correr, cuando se les presenta la ocasión. No les voy a engañar, si buscan un baloncesto trepidante y vertiginoso Wisconsin no es (o no tiene por qué ser) su equipo; pero si buscan un baloncesto bien jugado y que explote como ningún otro las debilidades del contrario difícilmente encontrarán otro equipo que les satisfaga tanto como Wisconsin.

ryanSagerTras acabar esa Final Regional ante Arizona vimos a un Bo Ryan visiblemente emocionado, con voz rota y que apenas podía contener las lágrimas ante el micrófono de Craig Sager (y no, esta vez no se trataba de la lógica reacción ocular ante el deslumbramiento producido por los estrafalarios trajes que acostumbra a lucir el susodicho). Emoción plenamente justificada porque sólo Bo Ryan sabe lo que le ha costado llegar hasta aquí, la de generaciones que han pasado por sus manos durante todos estos años, las veces que lo ha rondado y las que se ha quedado literalmente a las puertas… Clasificarse para la Final Four es un fin en sí mismo, es incluso un título (el de campeones regionales) en sí mismo, pero puede ser también un principio, el principio de algo mucho más grande todavía: Wisconsin casi es novata en estas lides, miren que en esta Final Four tendremos tres equipos que fueron campeones ayer como quien dice mientras que en cambio los Badgers no llegaban tan arriba desde el 2000, cuando aún les entrenaba Dick Bennett (padre del actual técnico de Virginia Tony Bennett), cuando aún Bo Ryan se ganaba la vida en la vecina Wisconsin-Milwaukee. Es así, Wisconsin tiene menos experiencia en estas lides que los demás pero tiene tanto baloncesto como el que más, si no más (valgan las redundancias). Sólo hará falta que se lo crean.

KENTUCKY

Miren que se lo vengo diciendo, que este año perdí unas cuantas oportunidades de permanecer callado. Esta vez fue en diciembre, cuando me despaché a gusto sobre aquel Gabinete Calipari de mis pecados: dos obviedades, que les falta experiencia y que un equipo acostumbra a ser mucho más que la mera suma de sus miembros. El talento lo tienen, la cohesión (aún por secundaria que a su técnico le parezca) tendrá que llegar también tarde o temprano. (…) qué duda cabe de que volverán a estar entre los favoritos… pero eso, a estar entre, no a ser, no sé si captan la sutil diferencia: hoy ya nadie apuesta que esta Big Blue Nation vaya a llevarse necesariamente el gato al agua… lo cual tampoco significa que no pueda llevárselo a poco que se lo proponga. Mimbres tienen para ello, más que nadie. Ya otra cosa será que acaben de hacer el cesto… Todo eso y más escribí yo en diciembre sin reparar precisamente en ese pequeño detalle de que aún estábamos en diciembre. En este juego (y no digamos ya en esta competición, y no digamos ya si además tienes un equipo casi enteramente nuevo y plagado de chavales recién salidos del insti) las realidades de noviembre o diciembre muy poco tienen que ver con las de marzo, menos aún con las de abril para aquellos privilegiados que aún pueden darse el gusto de seguir jugando en abril. Como estos Wildcats, precisamente.

Al final Calipari hizo el cesto, y como los mimbres son buenos pues resulta que el cesto no puede tener mejor pinta. Los mimbres no hace falta que se los presente porque ya se los conocerán de sobra, pero como el saber no ocupa lugar (y menos en Internet) permítanme que les recuerde que el principal se llama Julius Randle, portento físico adobado con nada desdeñables virtudes técnicas, cuatro de libro que rebotea que es un primor y cuya mera fuerza centrífuga (amén de su habilidad en los reversos) hace que los rivales vayan cayéndose a su paso cual bolos al paso de la bola. Un monstruo que debería salir revalorizadísimo hacia el draft (aún más si cabe) por méritos propios pero también por deméritos ajenos, los de Wiggins mayormente. Y a su alrededor pues ya saben, sus egregios compañeros de promoción, el alero James Young y esos gemelos Harrison que parecen mejores cada día que pasa, Andrew cada vez mejor director de juego y más agresivo de cara al aro rival, Aaron cada vez mejor tirador y más clutch, más decisivo en esos momentos en que a otros les tiembla el pulso, pregúntenselo a los Wolverines si les queda alguna duda. El quinteto titular lo completa el quinto freshman (no recuerdo otro caso igual desde aquellos Fab 5 del 92) Dakari Johnson, por méritos propios (cada día que pasa tiene mejor pinta este cénter) pero también por deméritos y achaques varios de Willie Cauley-Stein (pedazo de examen tendrá que pasar mi amigo Kaminski ante este tremendo juego interior). Y no me perdonaría acabar el párrafo sin hacer siquiera una mínima mención a un actor secundario al que hubo de recurrir Calipari cuando los problemas le crecieron por dentro: se llama Marcus Lee, es también freshman (para variar), apenas había jugado en todo el año pero de no haber sido por su portentosa demostración ante Michigan (10 puntos y 8 rebotes -7 de ellos ofensivos- en apenas 15 minutos) hoy los Wildcats no estarían en Final Four. Así de sencillo.

Ya les conté muchas veces que si no ganaron la Final de la Southeastern a Florida fue sólo porque Young tuvo la fatalidad de resbalarse en la jugada clave, algo que por sí solo debería haberme bastado para revalorizar a Kentucky pero que yo en cambio interpreté al revés, minusvalorando a Florida en particular y a la SEC en general, ya me vale. Mal de muchos consuelo de tontos, el Comité de Selección (o como se llame) de la NCAA hizo lo propio y colocó a los Wildcats en el seed 8 de la Región de la Muerte, para empezar cárgate a Kansas State y luego ponte en el trance de tener que cepillarte a la invicta (y aún más revalorizada ahora si cabe, visto el éxito de su rival) Wichita State, aquel milímetro que faltó para que entrara el triple de VanVleet bien pudo cambiar la historia. Luego tendrás que acabar también con tu eterno rival Louisville y ni tiempo tendrás siquiera de recrearte viendo a Pitino sobre la lona porque a la vuelta de la esquina te esperarán Stauskas y sus Wolverines, acaba con todos, métete en Final Four y a ver quién demonios se atreve ahora a no darte como favorito para todo lo que te queda por delante, tan sólo mirando a lo que ya dejaste por detrás. Que nadie tiene unos mimbres como los de Kentucky ya lo sabíamos, ahora sabemos también que finalmente Calipari hizo el cesto, y qué cesto. Que sea además el mejor cesto aún está por demostrar.

Pues ya está, presentada queda la Final Four, por una vez no me dirán que se lo he puesto difícil, cuatro universidades cada una con el mero nombre de su respectivo estado, sin apellidos ni State ni otros palabros raros, sin aditivos ni conservantes ni colorantes, más fácil no puede ser. Ahora bien, ¿qué va a pasar? Buena pregunta (que es lo que se suele contestar cuando no se tiene clara la respuesta). Con el corazón me encantaría una final Connecticut-Wisconsin pero con la cabeza mucho me temo que tendremos una final Florida-Kentucky, una reedición corregida y aumentada de la pasada Final de la SEC. De todos modos creo que en los renglones precedentes ya les he dejado pruebas más que abundantes de mis portentosas habilidades como pronosticador, así que casi mejor no me lo tengan en cuenta…

(publicado originalmente en tirandoafallar.com)

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(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 19 de marzo de 2013)

Recapitulemos. Temporada 2010/2011, los Huskies de UConn ganan el título con una imponente pareja exterior formada por Kemba Walker y Jeremy Lamb, por detrás de los cuales emerge un interesantísimo base freshman llamado Shabazz Napier. Temporada 2011/2012, Kemba Walker se va a la NBA pero los Huskies mantienen una imponente pareja exterior formada esta vez por Lamb y Napier, por detrás de los cuales emerge un interesantísimo freshman llamado Ryan Boatright. Temporada 2012/2013, Jeremy Lamb se va a la NBA (o algo así) pero los Huskies mantienen una imponente pareja exterior formada esta vez por Napier y Boatright, por detrás de (más bien al lado de) los cuales emerge un interesantísimo freshman llamado Omar Calhoun… Visto así parecería que nada ha cambiado en lo esencial en la Universidad de Connecticut, que el tiempo sigue su curso y la vida transcurre allí plácidamente propiciando los lógicos relevos de manera completamente natural… Bueno, pues no. Quítenselo de la cabeza cuanto antes, porque nada más lejos de la realidad.

Y es que la NCAA, que es muy de poner sus ojos sobre las universidades a su cargo, puso sus ojos sobre Connecticut al parecer por la sencilla razón de que sus criaturas no se aplicaban lo suficiente, no hincaban los codos como es debido y como consecuencia de ello se resentían sus resultados académicos; puede parecer un tema menor (y probablemente lo sea) al lado de tantos otros escándalos como acostumbramos a encontrarnos en este baloncesto, ya saben, irregularidades en el reclutamiento, falsificación de notas, trapicheos varios, puede parecer en un principio que esto es menos importante pero se ve que la NCAA se ha puesto últimamente muy seria a este respecto, razón por la cual decidió que la sanción a UConn (y a otros nueve colleges de mucho menos peso específico en la competición) habría de ser ejemplar: un año entero, este 2012/2013, condenados a no disputar post-temporada, entendiendo por post-temporada no sólo el Torneo Final o el NIT sino también el torneo de su conferencia. Un negro panorama que propició (entre otras muchas cosas) la marcha del hombre que había regido sus destinos desde el banquillo durante casi tres décadas, Jim Calhoun. No nos engañemos, de no haber mediado todo este lío probablemente también se hubiera ido dada su edad y sus recurrentes problemas de salud, pero la perspectiva de esas sanciones sobre la universidad (y acaso también sobre sí mismo, de haberse quedado) seguramente fue lo que acabó de precipitar su decisión. Jim Calhoun dejaba huérfanos a unos Huskies que después de tantos años habrían de buscar entrenador en plena crisis, a ver dónde iban a encontrar a uno que estuviera dispuesto a comerse semejante marrón…

No tuvieron que ir muy lejos, de hecho no tuvieron ni que molestarse en mirar siquiera más allá del staff técnico de la propia universidad. Allí llevaba ya un par de años ejerciendo de asistente un tipo cuyo nombre no le resultará en absoluto desconocido, sobre todo si (aunque no tenga usted ni papa de NCAA) acostumbra a seguir siquiera medianamente la NBA: Kevin Ollie. Kevin Ollie que jugó (y estudió también, supongo) en Conncecticut de 1991 a 1995, que repartió luego su inquieta carrera profesional entre no menos de una docena de franquicias, que nunca brilló pero siempre cumplió con su cometido, que fue de esos jugadores mucho más apreciados por sus técnicos que por sus aficionados. Kevin Ollie colgó las botas en el verano de 2010 y ya en ese mismo momento ingresó en su alma máter a la vera de Calhoun, quién le iba a decir entonces que en apenas un par de temporadas se encontraría ya con esta oferta encima de la mesa. La aceptó, claro, hay propuestas a las que no puedes decir que no aún por negro que sea el panorama que se presente ante tus ojos. La aceptó acaso pensando en la que se le venía encima, si alguien le hubiera dicho entonces que apenas un par de meses más tarde estaría ya firmando una extensión de contrato por cinco años más probablemente ni se lo habría creído…

Y es que el panorama era desolador; a la marcha de Calhoun había que sumar (más bien sería al revés, ya que la marcha del técnico fue posterior) la de unos cuantos jugadores que estaban llamados a soportar el peso del equipo en las siguientes temporadas: lo de Andre Drummond al fin y al cabo se veía venir, ni dios dudaba de que lo suyo sería un one and done, a mí entonces me parecía una barbaridad (plenamente formado en lo físico, escasamente en lo técnico) pero a la vista de lo bien que le va en los Pistons habré de envainármela, con perdón. Lo que ya no se veía venir de ninguna manera, lo que no habría sucedido de ningún modo de no haber sido por las susodichas sanciones, fue lo que vino después: el pívot Alex Oriakhi (fundamental en el título de 2011) pidió el transfer y se marchó a Missouri, Roscoe Smith hizo lo propio y se buscó la vida en Nevada-Las Vegas, el aún suplente (pero que este año habría sido muy importante) Michael Bradley se fue a buscársela a Western Kentucky… Madre mía pero dónde me estoy metiendo, pensaría Kevin Ollie ante semejante situación. Al menos el retorno (contra pronóstico) de los exteriores Napier y Boatright vino a endulzarle mínimamente el panorama…

¿Mínimamente? Tengo para mí (que diría Paniagua) que Shabazz Napier y Ryan Boatright componen la pareja exterior de mayor talento puro de todo el baloncesto universitario. Es decir, no digo que no haya otras mejores en cuanto a sensatez, equilibrio, toma de decisiones o conocimiento del juego pero en lo que se refiere a (lo que solemos entender por) talento para jugar a esto no creo que haya otra que se le pueda comparar. Otra cosa ya es que sepas qué hacer con ese talento, claro. Napier hizo una magnífica temporada freshman en aquellos Huskies campeones 2010/2011 dando relevos de calidad a Kemba o Lamb, pero bastó la marcha de Kemba para que el Napier sophomore 2011/2012 dijera ésta es la mía y se creyera el ombligo del mundo. Estaba asilvestrado, tirándoselo casi todo, jugándose lo suyo y lo de los demás hasta el punto de que no es ya que no ayudara a su equipo sino que era manifiestamente contraproducente, todo ello a las (presuntas) órdenes de un Calhoun que parecía completamente superado por la situación, como si hubiera decidido dejarlo por imposible ante el convencimiento de que no había nada que hacer. Apenas unos meses después de que los Huskies de Kemba epataran al mundo los Huskies de Napier parecían haberse convertido en el coño de la Bernarda, con perdón. Y si esto era así con Calhoun, ¿cómo habría de ser (cabía preguntarse) en su año júnior, a las (presuntas) órdenes de un entrenador novato como Ollie?

Pues su año júnior contra todo pronóstico ha sido casi extraordinario. A ver, tampoco exageremos, sigue yendo de jugón por la vida pero créanme que ha estado mucho más domesticado, jugando para él pero también haciendo jugar a sus compañeros, poniendo su talento al servicio del grupo y no al revés. Créanme que yo desde la distancia no sé si es mérito suyo o de Ollie, me gustaría pensar que ha madurado y se ha dado finalmente cuenta de que en el plan que estaba no iba a llegar a ningún sitio, pero aún más me gustaría pensar que su nuevo técnico haya tenido algo (o mucho) que ver en todo este proceso. Meter a este tío en una dinámica de equipo me parece casi su mayor logro, aún por encima de los buenos resultados cosechados en esta difícil temporada. Y claro está, si a eso le sumas a Ryan Boatright a pleno rendimiento pues ya es como si juntaras a Zipi y Zape, una verdadera delicia, un placer para los sentidos. Y a su vera (para acabar de liarla) el freshman Omar Calhoun, un sujeto cuyo apellido no habrá pasado inadvertido al avispado lector… pero tampoco vayan a pensar lo que no es. Ya sé que no es un apellido muy corriente, ya sé que parece mucha casualidad que llegue un Calhoun al equipo justo cuando se va otro Calhoun después de un cuarto de siglo de estar allí entrenando, pero créanme que el uno y el otro no tienen absolutamente nada que ver. Y si lo tienen lo disimulan muy bien, dado que su color de piel no puede ser más diferente…

Probablemente ya habrá deducido usted a estas alturas que estamos ante un conjunto plenamente orientado al juego exterior no por gusto sino por necesidad, porque dicen que de donde no hay no se puede sacar. El quinteto titular lo completaban DeAndre Daniels y Tyler Olander, dos supuestos interiores con manifiesta tendencia (sobre todo el primero) a buscarse la vida por fuera en cuanto el juego lo permitía. Añádanle al eficaz sexto hombre Niels Giffey (alemán, pronúnciese Guifái) y ya está, y punto pelota, y pare usted de contar (es decir, alguno más había lógicamente, más que nada para completar la plantilla, pero que entrarían ya en el terreno de lo irrelevante). Y con todo y con eso han hecho un año más que decente, han acabado con 20 victorias y 10 derrotas (10-8 en su Conferencia), puede que no parezcan números como para tirar cohetes pero ya se habrían dado con un canto en los dientes (a riesgo de hacerse daño) si les hubieran dicho algo así antes de empezar la temporada. Quién lo habría imaginado cuando les vimos aparecer vestidos de camuflaje en aquella primera cita de Alemania ante Michigan State, acaso pudimos empezar a imaginarlo apenas un rato después viendo marcharse a aquellos Spartans con el rabo entre las piernas, viendo como su base Appling era incapaz de encontrar la manera de parar a Napier…

Aunque parezca lo contrario (y lo sea), los Huskies han jugado con ventaja. Los Huskies han jugado todo el año como si no tuvieran nada que ganar, por la sencilla razón de que tampoco tenían nada que perder. Algo que puede resultar negativo en términos de motivación pero que también puede resultar muy positivo en términos de presión. Los Huskies jugaron y ganaron su último partido del año (contra Providence) el pasado sábado 9 de marzo, hoy casi todos los demás equipos de la nación están aún pringados en sus respectivos torneos de conferencia y sin embargo UConn está ya de vacaciones o para ser más preciso, está ya (supuestamente) en otras actividades académicas que nada tienen que ver con el baloncesto. Castigados, viendo el Torneo de la Big East por televisión más o menos igual que verán el Gran Baile, el NIT, etc. Y ya sé que me dirán que no tiene mucho sentido soltar ahora esta entrada acerca de una universidad a la que ya no podremos ver jugar, por supuesto que sí, tienen ustedes toda la razón del mundo, entono el mea culpa, este rollo debería haber sido escrito mucho antes. Pero aunque ya sea demasiado tarde me ha parecido que era de justicia rendir este pequeño homenaje a un equipo que hizo de tripas corazón (por qué se dirá esto), plantó cara a la adversidad y jugó todo el año como si en verdad tuviera algo por lo que jugar. Dicho queda.

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